viernes 13 de marzo de 2009

ORIENTALISMOS Y CONSTRUCCIÓN DE IMAGINARIOS: ESQULO Y KADARÉ


Llevo pensando desde hace años en la confección de un libro dedicado a la literatura comparada que tuviera como punto de partida "natural" la relación entre los autores antiguos y los modernos. En este libro, que esbocé, de hecho, hace ya casi un año en un máster que impartí en la Universidad de León, cabrían planteamientos tan novedosos como los llamados estudios poscoloniales y, en particular, la peculiar visión que nuestro muento construye a partir de lo que entendemos como Antigüedad.

El auge de los planteamientos multiculturales y de los diversos movimientos poscoloniales ha dado lugar a la crisis del sistema de ideas y creencias que conocemos, genéricamente, en términos de cultura europea. La cultura europea, entendida como una manera legitimada de interpretar el mundo, tanto el propio como el ajeno, mediante unos criterios propiamente occidentales, no sería otra cosa que un elaborado “discurso del poder”, en términos de Foucault, perfectamente establecido a lo largo de varios siglos de historia de Europa y articulado, entre otras cosas, gracias al desarrollo de sus ciencias y artes. Mediante este discurso se ha interpretado el resto de realidades culturales que no eran europeas, como es el caso de Oriente, donde no sería exagerado decir que fue literalmente inventado por los occidentales gracias a la creación de un complejo marbete de disciplinas científicas (históricas, arqueológicas, lingüísticas y literarias) que aseguraban su dominio merced a un supuesto conocimiento exhaustivo. De esta forma lo expone Edward Said en un libro ya clásico sobre el tema:

"Para definir el orientalismo me parece útil emplear la noción de discurso que Michel Foucault describe en L’Archéologie du savoir y en Surveiller et punir. Creo que si no se examina el orientalismo como un discurso, posiblemente no se comprenda esta disciplina tan sistemática a través de la cual la cultura europea ha sido capaz de manipular e incluso dirigir Oriente desde un punto de vista político, sociológico, militar, ideológico, científico e imaginario a partir del periodo posterior a la Ilustración." (Said 2003, 21-22)

De igual manera que “la acepción de orientalismo más admitida es la académica” (Said 2003: 20), ocurre algo muy parecido con nuestro propio concepto de “mundo clásico”. No en vano, es una construcción propia de la Europa moderna, a caballo entre la Ilustración y el Romanticismo, y coincidente con el propio nacimiento de lo que conocemos como Filología Clásica, o Ciencias de la Antigüedad. Asimismo, partimos de otra idea de Said sobre Oriente: “De hecho, mi tesis consiste en que el orientalismo es -y no solo representa- una dimensión considerable de la cultura, política e intelectual moderna, y, como tal, tiene menos que ver con Oriente que con «nuestro» mundo.” (Said 2003: 35). La construcción moderna del mundo clásico, que en otro lugar he llamado “La reinvención literaria de la Antigüedad”, tiene, en efecto, mucho más que ver con nuestra propia realidad cultural que con lo que pasara realmente hace miles de años, incluso a pesar de que la ciencia historicista haya depurado sus métodos de tal manera que podamos tener la ilusión de pensar que sabemos lo que ocurrió realmente. Una tercera idea pertinente de Said es que “el argumento del especialista puede bloquear con bastante eficacia la perspectiva intelectual, que, en mi opinión, es más extensa y seria” (Said 2003: 36). Ya hemos planteado en otros lugares la posibilidad de trazar una historia no académica de la literatura antigua. Vamos a centrarnos en el caso de uno de los autores más importantes de la literatura griega, Esquilo, tanto en calidad de sujeto que escribe como de objeto de estudio para los modernos especialistas. Para Said, el primer orientalista conocido, y uno de los más avezados, fue el propio tragediógrafo griego Esquilo con su obra Los persas. Conviene leer lo que nos cuenta al respecto:

“Espero haber dejado claro que mi preocupación por la autoridad no presupone un análisis de lo que subyace en el texto orientalista, sino, por el contrario, un análisis de su superficie, de la exterioridad con relación a lo que describe. Creo que nunca se insistirá demasiado en esta idea. El orientalismo se fundamenta en la exterioridad, es decir en el hecho de que el orientalista, poeta o erudito, hace hablar a Oriente, lo describe, y ofrece abiertamente sus misterios a Occidente, porque Oriente solo le preocupa en tanto que causa primera de lo que expone. Lo que dice o escribe, en virtud de que está dicho o escrito, pretende indicar que el orientalista está fuera de Oriente tanto desde un punto de vista existencial como moral. El producto principal de esta exterioridad es, por supuesto, la representación: ya en la obra de Esquilo Los persas, Oriente deja de tener la categoría de un Otro lejano y a veces amenazante, para encarnarse en figuras relativamente familiares (en el caso de Esquilo, las mujeres asiáticas oprimidas). La inmediatez dramática de la representación en Los persas encubre el hecho de que el público observa una representación muy artificiosa de lo que un no oriental ha convertido en símbolo de todo Oriente. Mi análisis del texto orientalista, por tanto, hace hincapié en la evidencia –que de ningún modo es invisible- de que estas representaciones son representaciones, y no retratos «naturales» de Oriente.” (Said 2003: 44-45)

El escrito albanés Ismael Kadaré ha escrito un interesante ensayo sobre Esquilo desde una perspectiva balcánica que desafía claramente la visión construida del autor griego durante siglos de ciencia filológica occidental. Su propuesta de unos orígenes balcánicos de la tragedia antigua, es decir, de una comunidad cultural geográfica que engloba lugares como Albania y Grecia, se propone desde el propio emplazamiento, no desde un despacho universitario de una universidad alemana o francesa. Este olvido de Occidente llevó, en su opinión, a crear un imaginario de la literatura griega del que quedó excluido uno de los núcleos adyacentes. Estas son sus palabras:

“Son varias las circunstancias que han contribuido a fomentar esta concepción un tanto desvinculada de su propio territorio a propósito del más extraordinario tesoro espiritual de nuestro continente.
Entre los motivos principales figura sin lugar a dudas el puente latino-romano a través del cual se transmitió la literatura griega a la herencia europea. Fueron los romanos quienes, después de entusiasmarse, de dejarse conquistar por ella (lo que indudablemente constituye un mérito suyo), la editaron, la reeditaron, la tradujeron y exploraron ampliamente.
Es precisamente ahí donde se produjo la primera de las mutilaciones sufridas por esa literatura. A pesar de la benignidad romana para con el arte griego, no se debe perder de vista ni un solo instante que los romanos eran invasores, y además de los más groseros y contumaces que haya conocido la historia. En su condición de tales, jamás se encontraron en disposición de concebir los hondos pozos de donde emergían los preceptos y mensajes de un pueblo, los que establecen y programan su arte. Arrogantes y desdeñosos ante los pueblos sometidos, menos aún podían comprender los romanos las influencias recíprocas entre los distintos pueblos balcánicos y muy en especial el intercambio de sus tesoros espirituales.
Desgraciadamente, los condicionamientos, las investigaciones y las tesis latinas sobre la literatura griega antigua adquirieron cierto estatuto de oficialidad en el mundo europeo. Las mencionadas tesis de mantuvieron tras la caída de Roma y bastantes de ellas sobreviven todavía, con independencia de sus refinamientos formales…
El desarrollo, por una parte, de los países europeos occidentales y el atraso, por otra, de los países balcánicos, que cayeron bajo sucesivos y oscuros dominios, acrecentaron todavía más el menosprecio de las metrópolis hacia el territorio que había engendrado una vez fascinantes obras maestras. El desprecio romano sería sustituido por el desprecio común de los grandes Estados occidentales, los cuales, pese a los reiterados llamamientos de Byron o Séller, Goethe o Hörderlin, bien pronto olvidaron a quién le debían sus raíces culturales.” (Kadaré 2003: 165-167).

El texto de Kadaré puede explicarse sin violencia desde los presupuestos de Said, si bien el primero no habla de Oriente, sino de una región de Europa durante la Antigüedad. Estos fenómenos de “representación” y de “exterioridad” aducidos por Said no son privativos para el llamado Orientalismo.


Ismaíl Kadaré, Esquilo, el gran perdedor, traducción del albanés de Ramón Sánchez Lizarralde y aría Roces, Madrid, Biblioteca de Ensayo Siruela, 2006

Eward Said, Orientalismo, Barcelona, Debolsillo, 2003


Francisco García Jurado

H.L.G.E.

jueves 12 de marzo de 2009

IDEALISMO Y KRAUSISMO EN LAS IDEAS LITERARIAS DE PEDRO URBANO GONZÁLEZ DE LA CALLE



Estos días el misnisterio de Ciencia e Innovación me pide que rinda cuentas del progreso del proyecto de investigación que se nos concedió para estudiar el estado de la historiografía de la literatura grecolatina durante la Edad de Plata de la cultura española, entre los años 1868 y 1939. Es un hermoso proyecto que, entre otras cosas, me ha legitimado para formar parte del comité científico de la exposición celebrada en el Centro Cultural Conde Duque sobre la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid en los años de la Segunda República. Pero hay otros acontecimientos más discretos que también merecen recuerdo, como el encuentro de documentos de gran interés para poder comprobar cuáles eran las ideas de algunos de los filólogos clásicos españoles de comienzos del siglo XX. Cada vez que profundizo más en el pensamiento de Pedro Urbano González de la Calle es mayor mi asombro. Ahora preparo un trabajo sobre su traducción de la literatura latina de F. Leo, traducción que se hizo en 1935, pero que se terminó publicando en Bogotá en 1950. Esto será, precisamente, para una revista colombiana, y qué mejor homenaje que publicar en el país que acogió primeramente a Pedro Urbano. Su pensamiento es sutil, inteligente y está a la altura de los grandes pensadores y filólogos europeos de su época. No pueden imaginarse ahora mis lectores las maravillosas argumentaciones que estoy encontrando en las notas de su traducción del manual de Leo, y cómo amplifica o corrige las ideas del profesor alemán. Pero lo que quería contar hoy es otro hallazgo igualmente excepcional. Se trata de una reseña publicada en 1935 en la revista Emerita, del Centro de Estudios Históricos. Es una reseña de un libro de V. Ussani, un manual de Literatura Latina en la Edad Republicana y Augustea (Emerita 3, 1939, pp. 376-378). Pedro Urbano muestra su inteligente admiración por el planteamiento idealista que se da a la literatura latina, por lo que es destacable en la breve reseña el eco de la crítica estética de Croce, frente al positivismo de la historiografía literaria, pero también puede verse la herencia intelectual krausista que viene de su propia familia, pues el padre de Pedro Urbano, Urbano González Serrano[1], había sido discípulo dilecto de Nicolás Salmerón:

“Piensa Ussani que en dicha obra puede y deber intentar una rectificación, no sin duda del método histórico, mas sí de las viciosas y superficiales aplicaciones de ese procedimiento turístico, para conservar a la crítica estética su cardinal papel y su significación legítima en la historia de la literatura. El indicado propósito nos parece tan justificado como laudable, y contra sus posibles, aunque siempre muy problemáticos, impugnadores nos creemos capaces de romper alguna lanza de nuestra pobre dialéctica. (…)
Advirtamos, sin embargo, que, como nuestro autor cree que una historia de la literatura no es, ni puede, ni debe ser un confuso amasijo de referencias biográficas, rótulos de obras y nombres y fechas de manuscritos, ediciones y versiones, sino una artística y sistemática construcción doctrinal que refleje las cardinales directivas y vicisitudes de la evolución literaria estudiada, no piensa que su labor de expositor puede quedar reducida a la fría y superficial relación de los hechos literarios narrados. En esa narración haya que poner calor de alma y acuidad de visión interior para “percibir lo entre las cosas” –como decía un maestro inolvidable, D. Nicolás Salmerón y Alonso – y para superar, por tanto, el plano de la corriente trivialidad, en que se agostan muy valiosas energías. De la posición doctrinal que implican los asertos precedentes, ofrece Ussani, en el capítulo IX de la obra que glosamos (…) un claro testimonio.”

[1] Estudiado por A. Jiménez García, El krausopositivismo de Urbano González Serrano, Badajoz, Diputación Provincial de Badajoz, s.d.



Es un hermoso testimonio de una España que, entre otras cosas, pudo ser y no ser.



Francisco García Jurado

H.L.G.E.



(Nota, la fotografía que ilustra este blog está tomada en la Residencia de Estudiantes de Madrid y fue hecha por Cristina Martínez)

ANTONIO GAMONEDA Y DIOSCÓRIDES


Conocia la obra de Antonio Gamoneda con motivo de una circunstancia concreta, allá por el año de 1997. Me llegó la noticia por medio de la radio de que se había publicado un bello y extraño libro titulado Libro de los venenos en la editorial Siruela. El libro se inspiraba precisamente, en la Materia Medicinal de Dioscórides traducida por el humanista segoviano Andrés Laguna y pubicada en Amberes en 1555. Me resultó un hecho sumamente fascinante que un poeta que aún no conocía bien, Antonio Gamoneda, se inspirara en un viejo libro de medicina para componer una obra lírica. Este tipo de relecturas de obras de la Antigüedad en clave de nuevas lecturas ya lo han hecho grandes autores como Borges, que relee los textos de la historia natural de Plinio el Viejo en clave de relato fantástico. Hay un bello facsímil en color que reproduce con todo lujo de detalles la obra de Dioscórides-Laguna. Lo imprimió en 1991 la Consejería de Agricultura de la Comunidad de Madrid. Este creo que es el libro que inspiró a Gamoneda su así llamada "corrupción y fábula" del libro originario, donde a la voz de Dioscórides y de Laguna se une ahora la del propio Gamoneda en una polifonía hermosa y de extraño lirismo. La voz de Gamoneda es muy personal en este libro, y pueden verse algunos de sus temas recurentes, como la tristeza, la tarde o la melancolía. Publiqué un artículo sobre este tema que tuvo egregios lectores, como el querido Joan Perucho y el propio Gamoneda. Para quien quiera leerlo ahora está disponible en la siguiente dirección de la UNED: http://e-spacio.uned.es/fez/eserv.php?pid=bibliuned:Epos-EF525F2B-5653-DF95-9889-4AAFB323D7B1&dsID=PDF. Es un trabajo que ha pasado a formar parte de las bibliografía de estudios dedicados a Gamoneda y su obra. Esto, para mí, no es un mérito académico, es, ante todo, vital.

Hoy Marga Baños, librera de un gusto literario refinado y notable, nos ha regalado en su pequeño homenaje de los jueves, la lectura de un poema de Gamoneda. Es un poema inmenso dedicado a una madre, donde se pueden leer versos hermosos como "alguna vez sube el olvido aún al corazón". El recuerdo es una forma de olvido. Me di cuenta de que Marga Baños amaba su trabajo al llegarme los primeros libros que le encargué a su librería Solar del Bruto (http://www.solardelbruto.com/). Venían perfectamente forrados con papel cristal y, más allá de la transacción comercial, había una sensación fresca e ingenua de regalo, como el que nos hace cada jueves con sus lecturas líricas.


Francisco García Jurado
H.L.G.E.

miércoles 11 de marzo de 2009

PEPE GARCÍA BLANCO, HASTA SIEMPRE

Jorge Luis Borges sueña, en cierto momento, que el tiempo se confunde y que puede ofrecer en persona un libro a su admirado Leopoldo Lugones: “Mi vanidad y mi nostalgia han armado una escena imposible. Así será (me digo) pero mañana yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos y la cronología se perderá en un orbe de símbolos y de algún modo será justo afirmar que yo le he traído este libro y que usted lo ha aceptado.” (Jorge Luis Borges, “A Leopoldo Lugones”). Con todo el cariño del mundo, el profesor José García Blanco siempre será el grato recuerdo en el que quisiera confundirme más allá del tiempo. En los años ochenta tuve el privilegio de seguir su curso de literatura griega en la Universidad Autónoma de Madrid. Allí recorrimos de una manera inolvidable lo mejor de la literatura escrita en la lengua de Homero. No me quedé satisfecho, sin embargo, con la nota de un examen, y sin afán alguno de modificarla sí acudí a su despacho para hablar con él. Allí ocurrió un hecho transcendente para mi vida, pues en su mesa había unas separatas suyas con un sugerente titulo: "Juliano en Cavafis". Pepe me regaló una, creo que por mi expresión de asombro y fascinación, y de allí surgió una entrañable amistad. En aquel momento descubrí por vez primera que un profesor también podía tener una intensa faceta de investigador. Aquel instante se convirtió en algo absoluto. El emperador Juliano había ocupado una parte importante de su trabajo y aquello me introdujo como por arte de magia en la literatura griega de época imperial. Después tuve el honor de que me asesorara para un trabajo sobre el concepto de sensación en Cavafis que muy bien podría haber sido una tesis sobre el epicureísmo en la literatura neoalejandrina. Opté por el latín, y ahora sé que prescindí de Cavafis.


Querido Pepe, me he acordado de ti mucho estos días, y creo que ha sido como una premonición de lo inevitable. Por otras circunstancias tuvimos que acudir este verano al hospital de San Chinarro, tan cerca de la urbanización donde está tu casa, y aquello me trajo asociaciones de ideas entre la alegria y el dolor, entre el pasado y el presente.

Déjame al menos pensar que aquella mañana de 1984, cuando me regalaste la separata de "Juliano en Cavafis", durará para siempre.


Francisco García Jurado

H.L.G.E.

domingo 8 de marzo de 2009

DEJAD A LOS POETAS SER ELLOS MISMOS


A medida que pasa el tiempo me cansan cada vez más aquellos individuos que pretenden justificar su existencia imponiéndose sobre los demás e imponiendo sus criterios mediante la descalificación de aquello que no controlan. Están por todas partes, en la política, la religión, el trabajo, la enseñanza... y no paran de nacer. Odian la diversidad, que ellos llaman caos, y no entienden las relaciones simétricas con los demás, mediante la aplicación de la terrible norma de que si no estás con ellos estás en su contra. El ámbito en que me muevo, la universidad, es un lugar abonado para estos nuevos inquisidores o comisarios políticos. Hoy me he acordado, a propósito de ellos, de unos versos conmovedores escritos por el poeta Ossip Mandelstan, inspirados precisamente en Ovidio. Cuando paseamos por las calles de Petersburgo, en especial por los lugares que mejor reflejan los años veinte y treinta del siglo XX, no podemos dejar de preguntarnos qué fue lo que pasó para que todo aquello desapareciera, cómo se barrió, en aras de un mundo "nuevo", un mundo tan rico y personal de individuos irrepetibles.


Si el libro titulado Tristia sólo supone el comienzo de la identificación de Mandelstam con el poeta romano, la primera parte de los Cuadernos de Voronezh, escritos ya como experiencia del exilio real, en la década de los años treinta, son el resultado de una suerte de vivencia equivalente a la obra del exilio ovidiana, si bien desde unas claves poéticas propias. En todo caso, no es esperable una mera imitación por parte de Mandelstam, sino una expresión de su experiencia vertida a un lenguaje moderno donde se implican otras voces de la historia literaria, como la de Dante, Gógol o Pushkin, sin que falte, a veces puntualmente, la del propio Ovidio, como vemos en estos versos:

Privándome del mar, del vuelo y del correr,
y dando al pie el apoyo de una tierra herida,
¿qué habéis logrado? Excelente cálculo:
no podréis arrancar mis labios trémulos.

Mayo de 1935[1]

Los versos del poeta latino, muy cercanos, no podían ser otros que estos que cito a continuación en su versión original y castellana:

en ego, cum caream patria vobisque domoque,
raptaque sint, adimi quae potuere mihi,
ingenio tamen ipse meo comitorque fruorque;
Caesar in hoc potuit iuris habere nihil. (Ov. Tr. iii 7 45-48)

Versos inmortales que me atevo a traducir de la manera siguiente:


«heme aquí, aunque privado de mi patria, de vosotros y de mi casa,
y aunque se me ha arrebatado todo cuanto quitarme se pudo,
sigo acompañado, sin embargo, de mi ingenio y de él disfruto;
ningún derecho pudo el César tener sobre él.»


Este breve poema de Mandelstam, según expone García Gabaldón,[2] constituye una doble alusión tanto a los Tristia de Ovidio como a los del propio Mandelstam. La primera persona del poema ha fundido magistralmente las dos voces poéticas: la máscara del poeta latino, pero también la propia máscara que el poeta ruso ha creado a partir de sí mismo. Mandelstam ha logrado el encuentro complejo de su poesía con la figura y el texto de Ovidio y ha creado su propia tradición poética moderna, paradójicamente, a partir de Ovidio.

Hay quien no aceptará ni tan siquiera que yo estudie estas cosas que, por cierto, ha publicado una prestigiosa revista científica dirigida por una profesor de la Sapienza de Roma. Antes pensaba que no hacía daño a nadie, pero se ve que sí, que pensar por uno mismo es algo que molesta mucho, y más de lo que pudiéramos creer.


Francisco García Jurado

H.L.G.E.



[1] Osip Mandelstam, Cuadernos de Voronezh. Prólogo de Anna Ajmátova. Traducción y epílogo de Jesús García Gabaldón, Tarragona, Igitur, 1999, p. 40.
[2] Epílogo a los ya citados Cuadernos de Voronezh (p. 177).