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sábado, 12 de marzo de 2011

CLARÍN Y MENÉNDEZ PELAYO ANTE LAS HUMANIDADES

En su necrología (1892) sobre el maestro Alfredo Adolfo Camús, «Clarín» nos refiere una anécdota que él mismo vivió el primer día que llegó a la cátedra donde suponía que impartía su clase el propio Camús. «Clarín» esperaba encontrarse con un anciano que estaría enseñando literatura latina, pero quien estaba en ese momento en la cátedra era un joven moreno que impartía metafísica. Como pudo saber luego, se había producido un cambio de hora entre la clase de Camús con la de Urbano González Serrano, entonces ayudante de la Cátedra de Metafísica de Nicolás Salmerón, de manera que cuando «Clarín» entró en la clase por vez primera, en lugar del viejo latinista encontró a un joven pensador meridional que transmitía las nuevas ideas de una filosofía venida de Alemania . POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Esta anécdota, contada por otra persona que no fuera «Clarín», quizá podría haber sido utilizada de manera demagógica como la alegoría de una juventud dedicada al nuevo pensamiento filosófico frente a un ancianidad caduca dedicada a la enseñanza del latín. Pero nada más lejos de esto. «Clarín», de hecho, ve a Camús como una persona que utiliza de manera natural la nueva pedagogía del entusiasmo, no lejana a los presupuestos educativos del krausismo. Este planteamiento, dadas las muchas lagunas que tenemos con respecto al pensamiento de Camús, nos hace pensar en la relación que este profesor pudo tener con los propios krausistas ya en la misma universidad. Sabemos que tenía buenas relaciones con Nicolás Salmerón, quien, de hecho, asistiría años después a su entierro, y su ausencia en la toma de posesión como catedrático de Menéndez Pelayo, sin entrar ahora en el trasfondo político de aquel episodio, es un indicio más que suficiente de la postura que Camús adoptó en ese delicado momento . Podemos decir que si bien Camús es hijo del pensamiento francés, su relación con el krausismo oficial y universitario no debió de ser hostil, a diferencia de lo que ocurrió con Menéndez Pelayo ya desde su época de estudiante en la misma Universidad Central. En definitiva, «Clarín» nos presenta a Camús como ejemplo de docente que ha sido capaz de salvar con creces, gracias a su entusiasmo, el esperable desinterés de los estudiantes de derecho que acuden por obligación gubernamental a su cátedra de literatura latina sin saber nada de latín. Leamos uno de los pasajes más emotivos de la necrología:

"Y Camus se entusiasmaba; (...) y era elocuente desde luego aquel amor por lo clásico, a lo griego, que se manifestaba en sus gestos, en el timbre de su voz, en el calor que le enrojecía el rostro, mientras maldecía de los pícaros romancistas y elogiaba con ditirambo perpetuo a cuantos, desde el Renacimiento acá, supieron comprender y sentir de veras el quid divinum del arte helénico. (...) Si hubiera muchos Camus, las dulces humanidades no correrían en España a la fatal ruina a que se precipitan. La famosa cuestión del latín tiene para mí estas dos diferentes soluciones condicionales. Las letras clásicas explicadas por maestros como don Alfredo Adolfo Camus, a nadie le sobran: las letras clásicas explicadas por los pedantes, por el vulgo del profesorado mecánico, no sirven para nada." (Leopoldo Alas «Clarín», “Camus”, en Ensayos y revistas 1888-1892, Madrid, Manuel Fernández y Lasanta, 1892, pp. 5-26).

La necrología sobre Camús puede considerarse, en este sentido, como un ensayo acerca de la filosofía de la educación. Camús, por lo demás, no es un profesor fanático de su disciplina, sino una persona capaz de darse cuenta de que el humanismo cerrado y caduco no conduce a ninguna parte. Llama, asimismo, la atención, el hecho de que «Clarín» culpe del declive de las humanidades clásicas a los profesores que califica de “pedantes” y de “profesorado mecánico”. Este pequeño detalle podría pasar desapercibido si no pusiéramos en contraste el testimonio de «Clarín» con el de Menéndez Pelayo, pues la pedagogía natural, de inspiración krausista, que «Clarín» atribuye a Alfredo Adolfo Camús es la que en el testimonio de Menéndez Pelayo se convierte, precisamente, en el verdugo de su educación, merced a las “dosis cada vez más homeopáticas” de conocimiento que se da a los alumnos, como podemos leer en uno de los párrafos más encendidos de la necrología:

“En 1845, fecha de la memorable transformación de nuestros estudios, faltaban manuales de muchas artes y ciencias, y Camús y otros profesores, entonces novísimos, acudieron a llenar este vacío, ajustándose a los programas que de Francia había importado Gil y Zárate. (...) Mucho más importantes y originales, aunque no bastante conocidos, son sus estudios como humanista. Además de la Synopsis de sus lecciones, impresa en 1850, puede y debe citarse la extensa y bien ordenada colección de clásicos latinos y castellanos, en cinco volúmenes, que, por encargo del Gobierno, formó en 1849, asociado con otro eminente profesor de esta Universidad y memorable historiador de nuestras letras en la Edad Media, D. José Amador de los Ríos; obra que, por la riqueza de su contenido, por lo vario y ameno de los textos, por la integridad con que se presentan, por las doctas ilustraciones que los acompañan, por el buen gusto y la amplitud de criterio con que la selección fue hecha, y por el carácter histórico-crítico que sus autores la dieron, traspasa los límites de una vulgar antología y llega a ser una pequeña biblioteca, que ojalá hubiera sido compañera inseparable de cuantos han pisado desde entonces nuestras aulas de letras humanas. Fue aquel un grande esfuerzo, y no sé si bastante agradecido, y de generaciones formadas por aquel método, algo y aun mucho hubiera podido esperarse; pero la rutina venció, como tantas otras veces, al buen celo, y sepultó en olvido, al cabo de pocos años, la colección de Camús y de Amador, por el capital e imperdonable defecto de ser demasiado buena, sustituyéndola con dosis cada vez más homeopáticas, útiles tan sólo par mantener la ignorancia y la desidia, hasta que totalmente acabe de borrarse en España todo vestigio de latinidad.” (Marcelino Menéndez Pelayo, Discurso leído en la Universidad Central en la solemne inauguración del curso académico de 1889 a 1890, sobre La vicisitudes de la Filosofía platónica en España, en Obras Completas de Menéndez Pelayo (Edición Nacional) Vol, XLIII, Ensayos de crítica filosófica, Santander, Aldus, 1948, pp. 9-115)

De esta nueva consideración acerca de la enseñanza de las humanidades se desprende, además, una visión diferente del mundo clásico, pues mientras en «Clarín» éste tiene que ponerse necesariamente en función del mundo moderno, en Menéndez Pelayo encontramos una visión absoluta y nostálgica. Asimismo, apartándose de lo que decía «Clarín», Menéndez Pelayo ve en las instituciones gubernamentales a los culpables reales de la ruina de la letras clásicas.
De esta forma, «Clarín» y Menéndez Pelayo consideran desde posturas ideológicas bien diferentes las causas de la ruina de las humanidades, y éste último pasa por alto cualquier dato, por anecdótico que sea, que ponga en relación a Camús con las corrientes liberales de su tiempo. FRANCISCO GARCÍA JURADO

domingo, 6 de marzo de 2011

FEIJOO Y VIRGILIO

¿Virgilio o Lucano? Aunque hoy parezca mentira, esta ha sido una de las cuestiones polémicas que ocuparon a algunos de nuestros más eminentes eruditos dieciochescos. Terciaron en esta polémica autores como Feijoo, a favor de Lucano, o Luzán, a favor de Virgilio. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
A este respecto, destaca la obra del jesuita Joaquín Xavier Aguirre titulada "El príncipe de los poetas Virgilio, mantenido en su soberanía contra las pretensiones de Lucano, apoyadas por el Rmo. Padre fray Benito Jerónimo Feijoo" (Madrid, Imprenta y Librería de Manuel Fernández, 1744). Asimismo, es significativa la disputa que, según relata Luis Gil, tuvo lugar a mitad del siglo XVIII, en el seno de la Academia Latina Matritense: “La Academia de latinidad de la corte, en este y otros aspectos, nacía ya muerta científicamente y todos los esfuerzos de Campomanes y de algunos de sus miembros para insuflarle vida fueron infructuosos. Una idea de la altura de los actos literarios de esta institución en los primeros años de su vida la depara el título de las conclusiones que el 16 de diciembre de 1756 defendió en la iglesia parroquial de San Ginés don José Pastor, a la sazón secretario de la Academia. Era la primera: Noster Hispanus poeta Lucanus, dignitate canendi, pura Latinitate Virgilium superavit; (...) Pastor había demostrado con ayuda de un discípulo, por vía silogística, nada menos que la superioridad de Lucano sobre Virgilio (...).” Mayáns fue más allá de los tópicos y replanteó perfectamente la cuestión, como he tenido ocasión de contarlo en otro lugar, cuando establece una relación razonada entre Virgilio y los mejores autores del siglo de Oro, como Fray Luis.
Por su interés, reproduzco el texto de Feijoo, extraído del Proyecto de Fillsofía en Español:


Teatro crítico universal / Tomo cuarto


Discurso catorce
Glorias de España. Segunda parte
XV
38. {Poesía} Lo que tengo que decir de los Españoles en orden a la Poesía, dista poco de lo que he dicho en orden a la Retórica. Tiene no sé que parentesco la gravedad y celsitud del genio Español con la elevación del Numen Poético, que sin violencia nos podemos aplicar lo de Est Deus in nobis. De aquí es, que en los tiempos en que florecía la lengua Latina, todas las demás Naciones sujetas al Imperio Romano, todas, digo, juntas no dieron a Roma tantos Poetas, como España sola; y Poetas, no como quiera, sino de los más excelentes; que si no exceden, por lo menos igualan ó compiten a los mejores que nacieron en el seno de Italia. Tales fueron Silio Itálico, Lucano, Marcial, Séneca el Trágico, Columela, Latroniano, y otros.
39. Lo que es muy de notar es, que entre los expresados hay uno que no tuvo igual en lo festivo, y otro que disputa la preferencia al más eminente (según la opinión común) en lo heroíco. El primero es Marcial, a quien nadie cuestiona el Principado en las sales y agudezas jocosas: el segundo Lucano, a quien Stacio, y Marcial (votos sin duda de gran valor) dan preferencia sobre Virgilio. Del mismo sentir es el discreto y erudito Historiador Francés Benjamín Priolo. Otros algunos se contentaron con hacerle igual. Y aunque no puede negarse que la común opinión le deja inferior, creo que la preocupación favorable por el Poeta Mantuano, y la envidia de las demás Naciones a la nuestra, contribuyó más que la razón a establecer la inferioridad del Poeta Español. Lisonjeó con exceso Virgilio a los Romanos, en tiempo que estos reinaban no sólo en los hombres, mas aún en las opiniones de los hombres: interesábanse en la gloria de un Poeta que [420] había trabajado y mentido tanto por la gloria de ellos. Por eso procuraron remontar tanto su fama, que no alcanzase a ella el vuelo de otra pluma. El favor de Augusto la ayudó mucho. Son los Príncipes Astros que ilustran a los sujetos hacia donde inclinan sus rayos; y cuyo benigno aspecto influye aún en la fortuna de la fama. En Augusto concurrieron mil grandes cualidades para hacer en él más eficaz este influjo. Su poder era inmenso, su discreción acreditada, y su felicidad como contagiosa, que se pegaba a todos los que arrimaba el corazón. Al contrario miraban los Romanos a Lucano; esto es, con indiferencia cuando le consideraban Extranjero, y con aversión cuando le contemplaban émulo de Virgilio. [421]
{(a) Confieso que sería insigne temeridad sostener por mi capricho sólo, la igualdad, mucho más la preferencia de Lucano a Virgilio. Mas entretanto que hallo votos de la más alta clase, y desnudos de toda parcialidad a favor de nuestro Español, no es justo abandonar su partido. He alegado por él a Estacio, el cual dos veces le da la preferencia de los versos que compuso, solemnizando después de muerto Lucano, el día de su nacimiento. La primera, cuando dijo: Baetim Mantua Provocare noli; la segunda, cuando después de concederle ventajas sobre Ennio, Lucrecio, Valerio Flaco, y Ovidio, añadió: Quin Majus loquor, ipsa te Latinis Aeneis venerabitur conantem. Contémplese de cuánto peso es Estacio en materia de Poesía, a quien Lipsio llamó grande y supremo Poeta: Sublimis, & celsus, magnus, & summus Poeta: De quien Julio César Scaligero, el Idólatra de Virgilio, dijo que era el Príncipe de todos los Poetas Latinos y Griegos, exceptuando únicamente al Mantuano: At profecto heroicorun Poetarum (si Phaenicem illum nostrum eximas) tum Latinorum, tum etiam Graecorum facile Princeps: Nam & meliores versus facit, quam Homeris.
2. Añadiremos ahora al voto de Estacio el de otro Poeta, no menos, y acaso podré decir más plausible entre los modernos, que fue Estacio entre los antiguos. Hablo del gran Cornelio, aquel que subió al más alto punto de perfección el Teatro Francés. Tengo el testimonio del Marqués de S. Aubin (trait. De l’Opin. Tom. I, lib. I, cap. 5.) de que este grande hombre daba preferencia a Lucano sobre Virgilio.
3. Finalmente no quiero omitir lo que Gaspar Bartio (que sobre insigne Crítico, fue también Poeta) dice de Lucano; porque ya que [421] no en todos, en muchos primores de la Poesía le concede asimismo ventajas sobre Virgilio: Lucanus Poeta magni ingenii, neque vulgaris doctrinae, vero prorsus heroyci, jam inde ex eo tempore quo floruit, maxima semper fuit autoritate; praecipue apud Philosophos, propter grave, nervosum, & acutum, vibransque, & penetrabile scientiarum pondus, quibus universa ejus oratio mirifice floruit, adeo ut in genere parem nunquam ullm habuerit. (Apud Pope-Blount).
4. Confesaréle a Lucano un defecto, de que ya otros le han acusado, que es la prolijidad y amplificación algo tediosa en varias partes del Poema, nacida de que no era dueño del ímpetu que le arrebataba para reprimirle oportunamente. ¿Pero no hay también en Virgilio defectos? Pienso que más esenciales; porque desfiguran a su Héroe, degradándole de tal. Este punto hemos tocado en el Discurso, alegando algunas pruebas que ahora confirmaremos con otras. El erudito Carlos Perrault le notó haber pintado un llorón a Eneas. Es así que frecuentemente y sin mucho motivo le hace derramar copiosas lágrimas. Otro Crítico satisfizo esta acusación, diciendo que Virgilio en las fingidas lágrimas de Eneas tuvo la ingeniosa mira de lisonjear las verdaderas de Augusto, de quien refiere que era de corazón tierno y muy ocasionado al llanto. Mas replico, que si ese fuese su designio, pintaría a Eneas clemente, y fácil en condonar la vida a sus enemigos cuando les veía rendidos, como lo hizo comúnmente Augusto. Bien lejos de eso, jamás le permite dar cuartel en la campaña, aunque varias veces el enemigo postrado imploró su clemencia. Más desdice de lo heróico esta dureza, que aquella ternura.
5. Pero lo que sobre todo no puede perdonársele a Virgilio, es haber representado en algunas ocasiones a su Eneas con ánimo apocado. Lo de tristi turbatus pectora bello es nada, con aquel hielo del corazón, ó frío desaliento que mostró al empezar la tempestad que se pinta en el primer libro:
Extemplo Aeneae solvuntur frigore membra:Ingemit, &c.
6. ¡Oh qué diferente papel hace César en Lucano, constituido en el mismo trance! A los primeros furores del Mar le notifica el Barquero Amiclas, que respecto de la horrenda tempestad que se previene, no hay otro remedio para salvar la vida que retroceder sin dilación al Puerto de donde acababan de salir. ¿Qué responde César? [422]
Sperne minas, inquit, pelagi, ventoque furentiTrade sinum: Italiam, si caelo auctore, recusas,Me pete, &c.
Cierto que por grande que se contemple el corazón de Julio César, nunca puede considerarse mayor que cual se representa en la suprema energía de esta valentísimas voces. No pienso que excederá quien diga que el espíritu Poético de Lucano igualó al valor heroico de César.
7. Los que notando en Lucano la falta de ficción quieren excluirle por este capítulo de la clase de los Poetas, inútilmente se embarazan en una cuestión de nombre. El más apasionado de Lucano se empeñará poco en su defensa sobre este artículo, como en el resto le concedan todos los primores que pide la versificación heróica. ¿Pero es cierto como pretenden estos Censores, que la ficción es de esencia de la Poesía? Es sin duda este el dictamen más válido. Dudo si el más verdadero. Julio César Scaligero, nada indulgente por una parte con Lucano, le reconoce sin embargo de la falta de ficción, por Poeta: Nugantur, dice, more suo Grammatico, cum objiciunt illum Historiam composnisse. Principio fac Historiam meram: oportet eum a Livio differre: differt autem versu: hoc vero Poetae est. (I. 2. Poetic. c. 2.)


Francisco García Jurado H.L.G.E.