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viernes, 11 de diciembre de 2009

PATRIMONIO DE LA EDUCACIÓN Y LAS IDEAS


Me permito enviaros el texto de una carta que he hecho llegar para su posible publicación a Tribuna Complutense, el órgano de información quincenal de la UCM. Viene motivada esta carta por la reciente concesión a nuestro campus del título de "Campus de Excelencia", donde se va a prestar una especial atención al "patrimonio":


PATRIMONIO EDUCATIVO DE LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE: CARTA ABIERTA AL RECTOR

Como miembro de la comunidad universitaria a la que pertenezco, no se me escapa la trascendencia que tiene el hecho de que el Campus de Moncloa sea ya oficialmente Campus de Excelencia Internacional. Tras leer con mucha atención toda la información que ha llegado a mis manos acerca de este hecho, incluidos los documentos oficiales, me gustaría que esta empresa para la que se van a destinar tantos esfuerzos en los años venideros fuera realmente una labor real y que en ella quedara implicada toda la comunidad universitaria. De entre las cinco grandes áreas de actuación me preocupa particularmente una, la de patrimonio, por el sentido restrictivo que en mi opinión se le está dando a este concepto: patrimonio “material”, no ligado necesariamente a otro aspecto que también se contempla en el plan de actuación desde una perspectiva más general: nuestra propia historia y significado como campus universitario moderno procedente de una universidad centenaria. Quienes nos hemos dedicado con pasión y entrega a la reconstrucción de las historias de nuestros estudios y facultades (pienso en este momento en los actos conmemorativos de la Facultad de Filosofía y Letras durante los años treinta, o los relativos a la creación de la Facultad de Ciencias a partir de la Ley Moyano del siglo XIX), sentimos la preocupación de que no se vayan a tener en cuenta las aportaciones de los que hemos estudiado precisamente ese patrimonio educativo no sólo a partir de la materialidad de sus libros y edificios, sino también y básicamente a la luz de las ideas que dieron lugar a tales aspectos. Creo, en definitiva, que la idea de “patrimonio” que se maneja es esencialmente restrictiva, muy técnica, y que va a desaprovechar la verdadera “interdisciplinariedad” que podrían aportarle (bien a título individual, como miembros de grupos de investigación consolidados o de otras facultades, además de las mencionadas en el documento), quienes vienen estudiando la historia de este campus que fue pionero y cuya historia quedó interrumpida por culpa de una guerra.
Alguien debería tener la suficiente lucidez como para evitar que ese nuevo y prometedor proyecto quede reducido a la mera retórica de palabras grandilocuentes.

Francisco García Jurado, Grupo de investigación UCM “Historiografía de la literatura grecolatina en España”.

martes, 8 de diciembre de 2009

APUNTES PARA UNA HISTORIA NO ACADÉMICA DE LA LITERATURA

La idea de escribir una historia no académica de la literatura grecolatina en las letras modernas me lleva rondando, más bien obsesionando, desde hace años. Y el tiempo no pasa en vano, pues he ido acostumbrándome a su diferente naturaleza, tan diferente de las historias oficiales de la literatura, y poco a poco va adquiriendo forma. Sus tensiones, su articulación en torno a las ideas del autor/libro, los textos/citas, los comentarios/críticas o las relecturas modernas de los antiguos géneros. Todo ello crea al fin el mapa general de un sinfín de relaciones literarias que desafían al tiempo. Me apetece esta noche ensayar tan sólo una de las modalidades que he encontrado en la indagación incansable de lecturas distintas. Me refiero en concreto a la idea del AUTOR SIN OBRA. En un reciente trabajo que hemos publicado María José Barrios y yo acerca de la estética del cuento latino en Marcel Schwob y Leopoldo Alas Clarín, observamos fascinados cómo ambos autores desarrollaban aspectos distintos de esta singular idea. En principio, que un autor no tenga obra es una circunstancia que se nos antoja extrema. Caben diferentes posibilidades: que el autor todavía no la haya escrito (o no pretenda, ni tan siquiera, escribirla, como Sócrates), o que su obra se haya perdido para siempre. El poeta Lucrecio, según la vida imaginaria que de él traza Schwob, es un autor sin obra en la ficción, ya que llega a concebir su poema sobre la Naturaleza de las cosas precisamente antes de morir y comprender las causas últimas del amor y la muerte. El poeta Vario, según nos lo presenta Clarín, es un poeta que ve cómo su obra terminará perdiéndonse, devorada por las castástrofes y el tiempo. El autor sin obra es una suerte de desafío, incluso más poderoso que el de la obra sin autor. Las obras anóminas son también terribles, pues nos impiden imaginar, tras un nombre que a veces no es más que una máscara, la figura de quién las compuso, pues este ejercicio imaginativo es algo que a los lectores nos encanta hacer. Borges habló en cierta ocasión de la posibilidad de una literatura sin autores. Esto daría lugar a una literatura ciega, pero también a una dimensión claramente democrática de la literatura, donde no habría propiedades intelectuales ni tampoco préstamos indebidos, pues todo sería de todos. Estos planteamientos son, entre otros, los que nos ofrece la inacabable historia no académica de la literatura. La representación de los autores, de sus biografías y sus voces, también es una forma de lectura, sobre todo de representación de esa lectura. Lucrecio murió, de forma significativa, tras leer los textos de Epicuro. Para la ficción de Schwob, Lucrecio fue, ante todo, lector, en particular lector de Epicuro. Leer es una forma significativa de imaginar al autor, a veces de dialogar con él, incluso de suplantarlo.



Francisco García Jurado
H.L.G.E.