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jueves, 31 de marzo de 2011

LA FALSA MUERTE DE PETRONIO, SEGÚN MARCEL SCHWOB

Petronio es conocido por los lectores modernos sobre todo como uno de los principales personajes de la novela -y después película cinematográfica- Quo Vadis. Marcel Schwob lo convirtió en personaje de lectores fetichistas. Algo parecido hace Gustave Mouraeu con el poeta Tirteo (en la fotografía). POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE No en vano, a finales del siglo XIX Petronio estaba indirectamente de moda gracias a la novela histórica del novelista polaco Sienckiewicz, autor de la popular Quo vadis? Sobre la fama y, sobre todo, la vulgarización de lo latino gracias a esta novela podemos encontrar un reflejo directo y cómico en el Viaje a Samoa de Schwob: “La estulticia de los pasajeros, como la belleza del mar Jónico, satisface la imaginación. He aquí la conversación que oí ayer desde mi sillón, mantenida por tres hombres del mejor mundo, que van de smoking todas las noches. A.–Querido, ¿ha leído usted Quo Vadis? ¿Le parece buena? Hay descripciones... B.–Sí, sí, y he leído A hierro y a fuego. Admirables, estos polacos. Son como niños en medio de sus matanzas, ¿no? Y estos cuatro héroes... ¿Sabe a qué me recuerdan, querido? Sorprendentemente me hacen pensar en Los tres mosqueteros. Y esto, señor, lo fastidia todo. C.–También yo he leído todo esto. Pero me resulta difícil debido a la gran cantidad de personajes. Veamos... ¿Popea era la mujer de César? A.–Hay tantos Césares de estos... Pero no importa, «Sicossié» (Sienckiewicz) es un hombre rudo. Mire otra cosa, «Salenbeau» (Salamm’bô), pues bien, allí hay pasajes de las armadas, con la descripción de todos los diversos pueblos, y es magnífico. ¡Qué fuerte es «Salenbeau»! Pero no se puede comparar con «Sicossié». Allí hay matanzas, querido... B.–Sí, sí. Vi esto en el teatro, Quo vadis? no dice nada. A.–Porque no han sabido interpretarlo. Yo siempre lo he dicho... La escena de las arenas -magnífica- hacen que se represente entre bastidores. Con el gusto moderno por los deportes, si nos hubiesen enseñado esto, la arena, los juegos antiguos, querido... B.–Sí, pero la escena de la Puerta de San Martín... Se habría necesitado el Hipódromo. C.–Sí, sí, ¡el Hipódromo! A.-¡Bah! ¡Bah! B.(Sacando su cuaderno de notas).- Por cierto, dígame, hay algo que me han recomendado leer. Según parece es muy curioso. Se llama El festín de Trimalción. Es de Petronio. A.(Con desprecio).- Pues es una traducción. Además, no es de «Sicossié», por si quiere saberlo. Lea, querido, A hierro y a fuego, ¿entiende? B.–Si es lo que yo digo, Los tres mosqueteros. A.(Chasqueando la lengua).-¡Ah, este «Sicossié» ¡No quiero oír hablar de otro!” (Viaje a Samoa, traducción de Enrique Vila-Matas, Barcelona, 1998, págs. 31-32) La representación del novelista como personaje en la novela Quo Vadis supuso, ante todo, su inclusión en el imaginario de los lectores modernos. Lo podemos ver en otro de sus cuentos latinos, “Las estrigas”, que abre Corazón doble, y donde es posible vislumbrar el episodio más notable de la novela de Petronio, el conocido como la cena de Trimalción: “Estábamos tumbados en nuestros lechos alrededor de la mesa suntuosamente servida. Las lámparas de plata ardían suavemente; la puerta acababa de cerrarse tras el malabarista, que había acabado por cansarnos con sus cerdos amaestrados; y había en la sala un olor a piel chamuscada producido por los círculos de fuego por los que hacía saltar a sus chillones animales. Trajeron el postre: pasteles rociados de miel caliente, erizos de mar confitados, huevos cubiertos de buñuelos, tordos en salsa rellenos de harina de flor, pasas y nueces.” (Schwob, “Las estrigas”, en Corazón doble, traducción de Elena del Amo, Madrid, 2001 2ª ed, pág. 31) Pero Schwob convierte a Petronio en una pieza de orfebrería finisecular gracias a su recreación en las Vidas Imaginarias, donde aparecen recreados detalles de la famosa cena de Trimalción, pero, en la más pura línea literaria de Schwob, como si pertenecieran a la propia vida -imaginaria- de Petronio: “Nació en los días en que saltimbanquis vestidos con trajes verdes hacían pasar a cerditos amaestrados por aros de fuego; cuando porteros barbudos, con túnica cereza, desgranaban legumbres en una bandeja de plata, delante de los mosaicos galantes a la entrada de las quintas; cuando los libertos, llenos de sestercios, maniobraban en las ciudades de provincia para obtener cargos municipales; cuando los rapsodas, a los postres, cantaban poemas épicos; cuando el lenguaje estaba relleno de vocablos de ergástulo y redundancias ampulosas venidas de Asia. Su infancia transcurrió entre elegancias como ésas. No se ponía dos veces seguidas una lana de Tiro. La platería que caía en el atrio se hacía barrer junto con la basura . Las comidas estaban compuestas por cosas delicadas e inesperadas y los cocineros variaban sin cesar la arquitectura de las vituallas . No había que asombrarse si al abrir un huevo se encontraba una pasa de higo , ni temer cortar una estatuilla imitación de Praxiteles esculpida en foiegras. El yeso que tapaba las ánforas estaba diligentemente dorado (...) Alrededor de los treinta años, Petronio, ávido de esa libertad diversa, comenzó a escribir la historia de esclavos errantes y disipados (...). Se dice que cuando acabó los dieciséis libros de su invención, mandó llamar a Siro para leérselos, y que el esclavo reía y gritaba muy fuerte golpeando sus manos. En ese momento maquinaron el proyecto de llevar a la práctica las aventuras compuestas por Petronio. Tácito refiere mentirosamente que Petronio fue árbitro de la elegancia en la corte de Nerón y que Tigelino, celoso, le hizo enviar la orden de muerte. Petronio no se desvaneció delicadamente en una bañera de mármol, murmurando versitos lascivos. Huyó con Siro y terminó su vida recorriendo los caminos.” (Vidas imaginarias, trad. de Julio Pérez Millán, Barcelona, Orbis (Biblioteca personal J.L.Borges), 1987, pp. 57-60) En este caso, Schwob desmiente a Tácito y concede una larga vida errante al novelista, quien, al contrario de lo que le ocurría a Lucrecio, tiene tiempo para escribir su novela. Frente a lo esperable, donde la literatura es consecuencia de la vida, y donde la novela de Petronio no sería más que el resultado de sus propias experiencias vitales, aquí la novela escrita servirá de modelo, a priori, para la vida, que se convertirá en una consecuencia de la propia literatura. Schwob se ha centrado en varios pasajes de la cena de Trimalción, la parte mejor conservada de la novela. FRANCISCO GARCÍA JURADO

lunes, 28 de marzo de 2011

LA MODERNIDAD Y SUS MELANCOLÍAS

Las clases que imparto esta semana sobre pervivencia de la literatura latina en la española tratan sobre la segunda mitad del siglo XIX. Para adentrarnos en el tema es necesario conocer cómo ciertos autores y artistas cayeron en un característico estado de ánimo que ya habían conocido algunos emperadores de la antigüedad: el taedium vitae, o la melancolía de vivir. Oscar Wilde nos ilustra bien sobre ello (en la fotografía, la estatua de Oscar Wilde, en segundo término, sita en la ciudad de Dublín. Fotografía de F. García Jurado). POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
En una conocida novela de Oscar Wilde se describe un estado de ánimo concebido como una enfermedad propia de artistas: “(...) enfermo de ese tedio, de ese terrible taedium vitae, que se apodera de aquellos a quienes la vida no niega nada” (Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray. Trad. De Julio Gómez de la Serna, Barcelona, Orbis-Origen, 1982, p. 202). Esta enfermedad del espíritu recibe comúnmente el nombre de slpeen (así lo vemos ya en el Tristram Shandy, de Sterne), y también se alude a ella con las palabras latinas de taedium vitae. Nuestro término “melancolía” puede recoger, aunque sólo en parte, el concepto que nos interesa. Esta enfermedad del espíritu creador ha de remitirse a un momento histórico, las postrimerías del siglo XIX, y tiene que adscribirse a un autor determinado, el francés Joris Karl Huysmans. Huysmans crea un personaje, el decadentista Des Esseintes, que ha sido inspirador de creaciones literarias como la de Dorian Gray, personaje que es, precisamente, lector del autor francés: “El héroe de la maravillosa novela que tanto influyó en su vida conocía por sí mismo aquellas curiosas fantasías. Cuenta en el capítulo VII que se sentó, coronado de laurel, como Tiberio, en un jardín de Capri, leyendo los imprudentes libros de Elefantina, mientras unos enanos y unos pavos reales se contoneaban a su alrededor, y el tocador de flauta se burlaba del turiferario y, como Calígula, estuvo de francachela en las cuadras con caballistas de camisas verdes, y cenó en un pesebre de marfil con pedrerías; y como Domiciano, se paseó por una galería recubierta de espejos de mármol, mirando a su alrededor con ojos alucinados, pensando en la daga que iba a terminar sus días, enfermo de ese tedio, de ese terrible taedium vitae, que se apodera de aquellos a quienes la vida no niega nada; y examinó, a través de una clara esmeralda, las sangrientas carnicerías del circo, y después, en una litera de perlas y de púrpura tirada por mulas herradas de plata, le transportaron por la Vía de las Granadas hasta la Casa de Oro, y oyó gritar a los hombres a su paso: «¡Nero César!», y como Heliogábalo, se pintó la cara, tejió en la rueca entre mujeres, e hizo traer la Luna desde Cartago y la dio al Sol en unos esponsales místicos” (Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray. Trad. De Julio Gómez de la Serna, Barcelona, Orbis-Origen, 1982, p. 202).

Uno de los aspectos más característicos de Des Esseintes es su reacción contra un mundo burgués, bienpensante y autosatisfecho. Asimismo, se rebela contra la naturaleza, rompiendo con uno de los más arraigados preceptos de la estética clásica acerca de la capacidad imitadora que tiene el arte con respecto a la naturaleza, por lo que decide aislarse en un mundo de artificios. Esa sociedad bienpensante que queda fuera de su residencia abarca también a la Universidad y los críticos académicos. Por ello, resulta muy interesante ver cómo se dedica un capítulo entero de la novela a invertir los cánones de la literatura latina. Si Virgilio aúna en su persona la circunstancia de ser la cumbre del canon de la literatura latina y el gran cantor de la naturaleza, hay dos motivos básicos para mostrar un radical desprecio hacia él, así como a todo el denominado periodo augusteo de esa literatura: “Entre otros, el dulce Virgilio, al que los pedantes apodan «el cisne de Mantua», sin duda porque no nació en esta ciudad, le parecía uno de los más terribles maestros de escuela, uno de los más siniestros lateros que la antigüedad haya producido nunca. Sus pastores lavados y emperifollados, tirándose por turno a la cabeza pucheros llenos de versos sentenciosos y helados; su Orfeo, a quien compara con un ruiseñor lacrimoso; su Aristeo, que lloriquea a causa de las abejas, y su Eneas, ese personaje indeciso y alfeñicado que se pasea, cual una sombra chinesca, con gestos de madera, detrás del transparente mal sujeto y mal engrasado del poema, le exasperaban. Habría aceptado las fastidiosas faramallas que esos monigotes cambian entre sí en un rincón; habría aceptado hasta los impúdicos hurtos hechos a Homero, a Teócrito, a Enio y a Lucrecio; el simple robo que nos ha revelado Macrobio del segundo canto de la Eneida, casi copiado palabra tras palabra de un poema de Pisandro; toda la inenarrable vacuidad, en fin, de ese montón de cantos. Pero lo que le horripilaba más era la factura de esos hexámetros que sonaban a hojalata, a caldero vacío, y prolongaban sus raciones de palabras pesadas por kilos con arreglo a la inmutable receta de una prosodia presuntuosa y seca; era la contextura de esos versos rasposos y engolados en su indumento oficial y en su bajuna reverencia a la gramática, de esos versos cortados mecánicamente por una imperturbable cesura, siempre de la misma manera, por el choque de un dáctilo contra un espondeo (...) (J.K. Huysnams, Al revés. Prólogo de Vicente Blasco Ibáñez. Versión española de Germán Gómez de la Mata, Valencia, Prometeo, ca. 1919, pp. 74-75)


En este texto, al margen de la sorpresa que pueda depararnos, hay una serie de aspectos muy interesantes que conciernen a la propia historia de la literatura y de la crítica contemporánea a Huysmans. Por una parte, estamos ante un autor que tiene clara conciencia de esa disciplina tan propia del siglo XIX que es la historia de la literatura. La literatura concebida en su historicidad es fruto del romanticismo y del positivismo. Ésta divide las creaciones literarias de una nación por géneros y periodos cronológicos . Por otra parte, puede resultar inesperado que una literatura como la latina desempeñe un papel en la conformación de unos juicios estéticos que atañen directamente a uno de los movimientos artísticos que se convierten en prototipo de lo moderno, como el decadentismo. Pero a cualquier especialista en este periodo no se le escapa el conocimiento que autores como Baudelaire tenían de los clásicos . De hecho, la denominación peyorativa de “decadente” aplicada a la literatura latina que se escribe a partir del siglo II (desde Lucano, concretamente) es la que, por analogía, luego se vino a aplicar a los poetas modernos. FRANCISCO GARCÍA JURADO