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sábado, 25 de septiembre de 2010

A SILVIA, RECUERDO DE LA PRIMAVERA

Tengo el gusto de traer aquí uno de los poemas más conocidos del poeta Giacomo Leopardi, su elegía a Silvia, donde la melancolía, como evocación de tiempos felices, preside todos los versos. Entramos en tiempos difíciles, además, se va acercando el invierno, y me alegro de que al menos tengamos la gran poesía para poder evocar las cosas perdidas. Al poeta latino Propercio, al que tanto debe Leopardi, su amada Cintia se le apareció como un fantasma. A Leopardi tan sólo le basta la evocación contenida para hacerla revivir. En la imagen, la tumba de Leopardi, cerca de Nápoles, y junto a la supuesta tumba del gran Virgilio. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE.

Poema A Silvia de Giacomo Leopardi

¿Todavía recuerdas
de tu vida mortal, Silvia, aquel tiempo,
en el que la beldad resplandecía
en tus ojos huidizos y rientes,
y alegre y pensativa, los umbrales
juveniles cruzabas?
Resonaban las calmas
estancias, y las calles
vecinas con tu canto inagotable,
mientras a las labores femeniles
te sentabas, dichosa
de aquel vago futuro de tus sueños.
Era el mayo oloroso: y tú solías
pasar el día así.
Yo los gratos estudios
tal vez dejando y los sudados pliegos,
que mi temprana edad
gastaban y de mí la mejor parte,
en los balcones del hogar paterno
escuchaba el sonido de tu voz
y tu mano ligera
recorriendo la tela fatigosa.
Miraba el cielo calmo,
los dorados caminos y los huertos,
y allá el lejano mar, y allá los montes.
Lengua mortal no dice
lo que mi alma sentía.
¡Qué dulces pensamientos
qué esperanzas, qué pálpitos, oh Silvia!
¡Cómo la vida humana
y el hado contemplábamos!
Cuando recuerdo tantas ilusiones,
me abruma un sentimiento
acerbo y sin consuelo,
y me vuelve a doler mi desventura.
Oh tú, naturaleza,¿por qué no das después
lo que un día prometes? ¿por qué tanto
engañas a tus hijos?
Antes que el frío arideciera el prado,
de extraña enfermedad presa y vencida,
moriste, oh mi ternura, sin que vieras
las flores de tu edad;
no alegraba tu alma
el dulce elogio o de las negras trenzas
o de tu vista esquiva y amorosa;
ni contigo en las fiestas las amigas
de amoríos hablaban.
También murieron pronto
mis dulces esperanzas: a mis años
también les negó el hado
la juventud. ¡Ah, cómo,
cómo pasaste, cara compañera
de mi primera edad,
mi llorada ilusión!
¿Es este el mundo aquel? ¿estas las obras,
el amor, los sucesos, los placeres
de los que tanto entre los dos hablábamos?
¿esta es la suerte de la raza humana?
Al llegar la verdad
tú, mísera, caíste: y con la mano
la fría muerte y la desnuda tumba
de lejos señalabas.
Versión de Luis Martínez de Merlo

martes, 21 de septiembre de 2010

¿AUTORES SIN OBRA? ENTRE EL ACCIDENTE Y EL MITO

Nos parece lo más natural del mundo que un autor escriba una obra literaria, o que una obra literaria pertenezca a un autor concreto. Sin embargo, son frecuentes las ocasiones en que este esquema del autor y su obra se rompe por circunstancias diversas. Hay obras sin autor, aquellas que generalmente denominamos “anónimas”, pero también puede haber, en sentido inverso, autores sin obra. Esta circunstancia va desde lo real a lo meramente verosímil. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Hay un extraordinario cuento de Clarín que lleva como título un nombre propio romano: “Vario”. Vario fue un reconocido poeta de la época de Augusto que ha pasado a la posteridad con su obra completamente perdida, con la excepción de un par de versos. Clarín recrea la figura de Vario en el foro, orgulloso de su obra y de su fama. En una suerte de viaje imaginario ulterior, Vario recibe un mensaje terrible por parte de unas sirenas. Éstas le dicen que su obra se perderá para siempre, y que todos sus esfuerzos literarios han sido en vano. Hay muchos autores antiguos que han pasado a los modernos manuales de literatura privados de sus obras, que han terminado convertidas acaso en unos escuetos títulos. Estos autores han quedado privados de sus precisados frutos literarios, pero han sido autores reales alguna vez. Cuando estudiamos este cuento de Clarín, María José Barrio y yo nos atrevimos a compararlo con otro texto de estética latina escrito por Marcel Schwob, concretamente su vida imaginaria de Lucrecio. Quedamos sorprendidos al comprobar cuántas semejanzas se daban entre ambos cuentos. Una de las más notables es que Schwob también planteaba el asunto del autor sin obra en la figura del poeta Lucrecio. En la ficción, Lucrecio moría imaginando o entreviendo tan sólo la magna obra por la que hoy le conocemos, el “De rerum natura”. En este caso, la vida singular y repleta de elementos visionarios, de amor y de muerte, se convertía en la gran obra del autor. Este mito que convierte la vida de un escritor en su gran obra tiene claros referentes bohemios y decadentes. En España, Alejandro Sawa, a pesar de ser el autor de un libro titulado Iluminaciones, ha pasado a nuestro imaginario como personaje de Valle-Inclán. El hecho de convertirse en un famoso autor sin obra va mucho más allá de la circunstancia en la estética bohemia. Es, cuando menos, una manera de creación irrepetible e inenarrable con la materia más cercana a nosotros: nuestra propia existencia. Como podéis ver, la posibilidad de un autor sin obra, ya por accidente, ya como una actitud, resulta realmente interesante. A este tema nos condujo nuestro estudio sobre Clarín y Schwob, ahora publicado en el número dos de los “Cahiers Marcel Schwob”, y también constituye uno de los lugares más curiosos de la historia no académica de la literatura antigua en las letras modernas. (En la ilustración puede verse el cuadro "Tirteo", de Gustave Moureau). FRANCISCO GARCÍA JURADO