Share It

lunes, 5 de abril de 2010

LLEGAR A BAYAS Y LEER UN VERSO DE HORACIO


Es reconfortante encontrar un verso de Horacio en la portada del tríptico que sirve de guía al parque arqueológico de Bayas. El verso, además, aparece recogido en latín, para no perder la esencia o el prestigio. Los turistas ya no ven aquellos lugares con la evocación de los antiguos poetas, pero para mí un verso valió por todo lo visto. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
La fiesta de Pascua en Nápoles se deja notar en todos los lugares. La ciudad se convierte, de manera inusitada, en un lugar "casi" tranquilo, y se puede ver a muchos napolitanos provistos de los huevos de pascua envueltos en brillantes y festivos envoltorios. Pero ese día los trenes dejan de funcionar a la una y media de la tarde, y entonces los viajeros han de apurar el tiempo. El domingo teníamos intención de llegar hasta Cumas, pero lo que parecía fácil terminó siendo más diíficil de lo esperado. Ningún transporte ferroviario llega ahora hasta allí, a pesar de que la estación figura en los planos de líneas de tren y de metro, por lo que se hace necesario tomar un autobús. Pero los autobuses se vuelven casi invisibles en días tan señalados. Tras un largo viaje desde Nápoles llegamos a la estación de Fusaro, ya en los Campi Flegrei, que quizá son uno de los lugares más cargados de nombres míticos que nos ha legado la Antigüedad. Más o menos a tres kilómetros está Cumas, pero la prudencia nos hizo desistir de llegar a pie hasta allí, pues eso conllevaba que había que volver después, posiblemente a pie. Retrocedimos, por tanto, hasta Lucrino, donde hay un famoso lago que no está lejos de otro no menos famoso, el que se conoce como el Averno. Desde Lucrino pensábamos coger un autobús para llegar hasta la mítica Bayas, que era otro de nuestros objetivos. Sin embargo, allí un amable vendedor de prensa nos dijo que el servicio estaba interrumpido por un corte en la carretera. Dos kilómetros nos separaban desde Lucrino hasta Bayas, por lo que no dudamos en emprender el camino hacia allí, con el tiempo justo de regresar para tomar el último tren. Una carretera que recorre en su primer tramo el pequeño lago Lucrino comenzó a acercarnos poco a poco hasta el precioso golfo donde se encuentra la mítica ciudad. El lugar, verdaderamente, ha perdido mucho desde los míticos tiempos en que se construyeron las grandes villas y templos. Sólo queda el encanto de un lugar que fue, pero que no es. Ascendimos en dirección a la termas para poder visitar el conjunto arqueológico. Allí, un empleado nos dice que él no puede vendernos la entrada, pues sólo es posible encontrarla en el "Castello Aragonese", lo que suponía al menos emprender un nuevo kilómetro de camino. El contratiempo no era tan malo como parecía, pues en este precioso e imponente castillo hay un completo museo arqueológico dedicado a los Campos Flegrei que merece la pena visitar. Sin embargo, como era Pascua, tan sólo había una sala abierta, y esto lo supimos una vez llegados a la fortaleza. En todo caso, las vistas del golfo desde el castillo son espectaculares, y queda en la retina el recuerdo de una paisaje insuperable que compensa al menos de tantas cosas no vistas. Pero si tuviera que quedarme con un recuerdo de esta excursión accidentada, aunque divertida, éste sería un precioso verso de Horacio, el 83 de la epístola primera: "nullus in orbe sinus Baiis praelucet amoenis". No hay golfo alguno que supere a la preciosa Bayas, comenta Horacio, aunque, más bien, habría que cambiar el tiempo verbal y ponerlo en pasado. Recuerdo que traduje esta carta primera en los tiempos de la carrera, cuando Bayas no era para mí más que un mero nombre geográfico. Ahora estábamos en ella, y el verso volvía a mi recuerdo gracias al tríptico que presenta el parque arqueológico. De las pocas ruinas que pudimos ver resultan imponentes los llamados Templo de Diana, que preside una plaza pública, y el Templo de Venus (en la fotografía), que bien podría haber inspirado a cualquier pintor romántico (al margen de la farola, que sirve de perfecto contrapunto). La fealdad moderna se salpica por todas partes y no por ser moderna, sino por mediocre. Menos mal que el color del mar y el verso latino no han perdido su frescura todavía. Qué importante es situar un antiguo verso en su lugar, por feo e insulso que éste sea ahora. FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE.