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jueves, 31 de diciembre de 2009

LAS FRONTERAS DEL TIEMPO, ENTRE 2009 Y 2010


Que el tiempo no es igual u homogéneo es algo que sabemos, precisamente, desde hace tiempo. Recurrencias o duraciones de mayor o menor alcance van construyendo el tiempo como una materia compleja, sobre todo cuando éste termina siendo parte de nuestra conciencia, que no sería otra cosa más que la propia Historia. El tiempo termina siento en nosotros una abstracción, como la del cuadro de Kandinsky que ilustra este blog. Insisto a menudo en el hecho de que la Historia no es lineal, de que no es una mera cronología. Por ello, cuando advierto las euforias colectivas ante el cambio de año pienso ocioso en lo que realmente implica esto. Como hecho positivo, como parte de la Historia externa, mañana habrán subido de manera generalizada los precios y habrá, ya en el ámbito de las sensaciones, una actitud melancólica que vulgarmente se llama resaca. Los grandes cambios, sin embargo, no vendrán con el cambio de año, sino cuando menos nos enteremos. Incluso ahora, mientras escribo estas líneas, se puede estar produciendo algo en el mundo que cambie nuestra visión de las cosas para siempre. Posiblemente, la conciencia de los cambios es la que marca la experiencia de la Historia, sobre todo en oposición a las recurrencias, las "durées" de mayor o menor extensión de las que tanto sabe el historaidor francés Braudel. Hoy, más bien, celebramos de nuevo una recurrencia, el cambio de año, que en realidad es un falso cambio, pues no deja de ser una esperable recurrencia que ciframos mediante un cambio puramente numérico. Cabe hacer propósitos, pero en realidad ya hemos sembrado casi todo aquello que condicionará el nuevo año. No podemos empezar de cero, afortunadamente. Al cabo de muchos años, cuando ya no pueda importarnos, algún historiador dará color a nuestro tiempo, elevándonos a la condición de precursores de algo que todavía no conocemos o condenándonos a la de simples epígonos.


FRANCISCO GARCÍA JURADO

H.L.G.E.

martes, 29 de diciembre de 2009

COMENZANDO UN NUEVO ENSAYO: LA CIUDAD INVISIBLE DE LOS CLÁSICOS


Cuando emprendemos un nuevo trabajo, bien un ensayo, bien un artículo, entramos en un período de incertidumbre, llenos de ilusión y expectativa, palabra que el diccionario de la Real Academia define como la "esperanza de realizar o conseguir algo". Lo que no sabemos, desde luego, es cuándo pondremos fin a la empresa emprendida. Sin haberme dado cuenta, desde hace al menos cinco años llevo estudiando el concepto de "clásico" aplicado a la literatura en sus diferentes facetas, positivas y peyorativas. El tema ya ha sido abordado por eminentes estudiosos, de entre los cuales destaco, por una cuestión de franca simpatía, el trabajo que Harry Levin, el gran comparatista de Harvard de los años 50 y 60, dedicó al asunto. El trabajo se titula "Contexts of the Classics", y sé que debia haberlo conocido antes, pero tuve noticia de él por casualidad en una librería norteamericana este mismo verano. Levin, como judío norteamericano, se asombra ante la carga fiscal que presenta el término "clásico" aplicado a la literatura, pues de "ciudadano de primer orden", es decir, con una gran solvencia económica, frente al pobre "proletarius" ("el que sólo puede aportar prole") pasa a designar a los autores literarios que resultan también más solventes. Todo esto nos lo cuenta mientras al otro lado del mundo, en la URSS, los historiadores marxistas de la vieja Roma actualizaban el sentido del término "proletarius" a la luz del materialismo dialéctico. La Guerra Fría, por tanto, tuvo también su pequeña traducción al mundo académcio de las humanidades. Por tanto, la decisión de emprender un estudio general sobre el devenir del concepto de clásico, desde su supuesto creador, Aulo Gelio, hasta nuestro más cercano Italo Calvino, ha ido madurando poco a poco y a golpe de lecturas y lecciones. Concretamente tres conferencias impartidas durante 2009, la primera en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra (una reunión de trabajo sobre bilingüismo en el mundo grecolatino), la segunda en la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense (el congreso internacional "Ciudades creativas") y la tercera en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad del País Vasco (segundas jornadas sobre "Antiguos y modernos") me han aclarado mucho las ideas para finalmente decidirme a dar el paso. En estas conferencias aprendí mucho, pues tuve que organizar los diversos materiales y, sobre todo, prestar atención a las atinadas preguntas y sugerencias de quienes me escucharon. Poco a poco se fue tendiendo el hilo invisible que ligada a Gelio, autor latino del siglo II de nuestra era, con el conocido autor italiano Italo Calvino, no en vano, creador de un inigualable libro ensayístico titulado "Por qué leer los clásicos". Asimismo, una singular casualidad me animó poderosamente a esta empresa: Gelio pensó fundamentalmente en el comediógrafo Plauto como habitante de la primera clase en una Roma ideal y literaria, e Italo Calvino creó una ciudad invisible donde se representaba a Plauto eternamente. Si en la metáfora urbana de Gelio era Plauto el ciudadano principal, en una de las ciudades invisibles de Calvino, la llamada Melania, era el espíritu del comediógrafo lo que vivía y pervivia.

Este blog ya es parte previa al proceso de redacción del trabajo que voy a emprender. Aquí, en libertad, intento trazar algunas de las claves argumentales que después utilizaré. Espero que dentro de unos meses pueda ofreceros buenas nuevas sobre esta ciudad invisible, que hoy represento aquí mediante una imagen de Harvard tras un cristal.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

domingo, 27 de diciembre de 2009

ITÁLICA Y EL TEATRO QUE NO VIO RODRIGO CARO: PARADOJAS DEL TIEMPO


Hoy domingo hemos visitado las ruinas de Itálica, en el pueblo sevillano de Santiponce. Tras estos días lluviosos hemos podido disfrutar de un día de sol, aunque las ruinas estaban encharcadas. No obstante, esto es preferible al sol ardiente del verano, pues la suave mañana invernal nos ha permitido disfrutar del recorrido sin calor sofocante. En la tienda del museo nos hemos encontrado con un libro singular, precisamente un facsímil del libro titulado “ANTIGVEDADES Y PRINCIPADO DE LA ILVSTRISSIMA CIVDAD DE SEVILLA Y CHOROGRAPHIA DE SV CONVENTO IVRIDICO, O ANTIGVA CHANCILLERIA. DIRIGIDA AL EXCELENTISSIMO SEÑOR Don Gaspar de Guzman, Conde Duque de Sanlucar la Mayor. AVTOR EL D. RODRIGO CARO, AÑO 1634. CON PRIVILEGIO. EN SEVILLA, Por Andres Grande. Impressor de Libros.” El facsímil, de la sevillana editorial Alfar, es de 1998 y reproduce el ejemplar de D. José María Vázquez Soto. El autor de la obra, Rodrigo Caro, contribuyó al mito de las ruinas de Itálica dos siglos antes que los viajeros románticos con un famoso poema que aparece reproducido a la entrada de las excavaciones (“Estos, Fabio ¡ay dolor! que ves ahora, / campos de soledad, mustio collado, / fueron un tiempo Itálica famosa; (...)”. Me ha parecido interesante utilizar este libro para comprobar sobre el terreno qué conocía nuestro polígrafo sevillano sobre Itálica en la primera mitad del siglo XVII. El anfiteatro, uno de los lugares más notables, es descrito de la manera siguiente: “A quedado todavia por reliquias de aquella antigüedad vn Amphiteatro, en Sevilla la vieja (que es vna de la[s] cosas insignes de España.) Del haze memoria Iusto Lipsio en un tratado, que escrivio de Amphiteatro.” (p. 25). En lo que respecta al teatro, dado que fue descubierto en 1937 y no comenzó a ser excavado hasta 1970, nada puede contar de él Rodrigo Caro. Por esta razón, si bien lo normal es que los antiguos autores nos hablen de monumentos que nosotros ya no podemos ver, en este caso las circunstancias se invierten. En la fotografía que me ha hecho María José ya al caer la tarde aparezco representando una sutil paradoja: leo junto al teatro de Itálica el libro de Rodrigo Caro. Él no lo conocía ni pudo verlo. En esa suerte de juego que hacemos los lectores con nuestros autores predilectos, yo leo a Rodrigo Caro imaginando cuánto le hubiera deleitado esta vista que aparece detrás de mí.
Francisco García Jurado
H.L.G.E.

viernes, 25 de diciembre de 2009

PROPALADIA, O LA DIVULGACIÓN DE LO OCULTO

Ayer adquirí en una librería sevillana (Maymen, dedicada sobre todo a restos editoriales), una edición facsímil, con el sello de la Real Academia de la Lengua, de la obra titulada "Propalaria", de Bartolomé Torres Naharro. La obra (cuyo título juega con el verbo de origen latino "propalar", es decir, "divulgar algo oculto"), es muy conocida por los especialistas en literatura española del siglo XVI y por aquellos que estudian la antigua literatura dramática en general, y resulta admirable tanto por su contenido literario en sí como por la preciosa tipografía de la primera mitad del siglo XVI, en particular una edición elaborada en Nápoles en 1517 que puede consultarse ahora en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?portal=41&Ref=9476). Lo anecdótico del asunto, que no lo menos importante, está en el hecho de que esta edición facsímil, encuadernada en símil-piel, a la manera de una pasta española con bellos dorados, sólo me costó cinco euros. El único esfuerzo que supuso fue encontrarla, enterrada literalmente entre los miles de libros (a menudo pura basura) variopintos, caracterizados por sus portadas de colorines. Libros, por lo general, que fueron o pretendiron ser éxitos editoriales, ya caducos, cuya existencia supone una cruel paradoja, pues vuelven a los estantes tras no haber sido vendidos como se esperaba. Entre tanto fracaso editorial, los facsímiles de la Real Academia afloran de vez en cuando como pequeños islotes. El facsímil de Torres Naharro no se concibió para ser un éxito editorial que diera mucho dinero, sino como un servicio para los investigadores. Como luego podréis leer en el texto que a continuación reproduzco, este autor dramático no fue fácilmente accesible, en parte por la escasez de ediciones, que terminaban pasando a formar parte del coto cerrado y exclusivo de los bibliófilos, que no historiadores de la literatura. Emilio Cotarelo, que escribe una interesante reseña a comienzos del siglo XX a propósito de la edición de Torres Naharro preparada por Menéndez Pelayo, denuncia, asimismo, que sólo se hayan impreso ciento cincuenta ejemplares que, sin duda, irán a parar a unas pocas manos. Hoy día, esa misma edición moderna ya es considerada como libro antiguo. No sé qué pensaría don Emilio si hubiera estado ayer en esta librería de dos pisos y hubiera encontrado los tres ejemplares facsímiles de este libro, en su opinión, tan codiciado. Acaso el deseo no es más que una cuestión de tiempo. Os dejo con el texto prometido:

Notas Bibliográficas

Emilio Cotarelo

Bartolomé de Torres Naharro y su "Propaladia," estudio crítico por DON M. MENÉNDEZ y PELAYO, Presidente de la Sociedad de Bibliófilos españoles: Madrid, Imp. de Fe, 1900.-8º, CLIII páginas.

El estudio de los orígenes de nuestro gran teatro nacional es de los que más lenta y penosamente han ido elaborándose en el siglo que ahora termina; no, en verdad, por dificultades inherentes á su contenido histórico, sino por circunstancias meramente externas, relacionadas con la dificultad de reunir las materiales indispensables para tal obra.
No hablemos de dramas litúrgicos, misterios ni moralidades de que aún seguimos en casi total carencia, ni tampoco de farsas góticas, escritas en la primera mitad del siglo XVI, pues aunque hoy, se cuentan algunas docenas, son tan raras y alcanzan tan enorme precio y tal estimación (léase ocultación) éntre los bibliófilos, que excepto algunas pocas, modernamente reimpresas las demás son desconocidas de la generalidad de los aficionados. Y digo que no debemos hablar de tales piezas de teatro, porque aun de los autores más importantes de este período apenas si se sabía otra cosa que lo que D. Leandro Fernández de Moratín dejó consignado en su estimable, y en su tiempo preciosa obra, de los Orígenes del teatro español.
Hasta que en 1893 la Academia Española publicó el teatro completo, ó casi completo, de Juan del Encina, no era posible juzgar con seguro criterio la obra de este patriarca de la escena castellana. La misma Academia había reimpreso antes la rarísima colección de Farsas y églogas de Lucas Fernández, contemporáneo de Encina y de su misma escuela. En 1874 los Bibliófilos Andaluces estamparon por vez primera el Cancionero de Horozco con sus cinco obras dramáticas, de las que, algunos años antes, había impreso tres el Sr. Asensio. Dos mil duros dio el Estado porque el único ejemplar conocido de la Recopilación de Diego Sánchez de Badajoz no fuese á parar al extranjero y así pudieron salvarse para nosotros las 28 piezas dramáticas que contiene, y que luego reimprimió D. Vicente Barrantes. Cuatro años solamente hace que, gracias al inolvidable bibliófilo señor Marqués de la Fuensanta, se vieron reunidas todas las obras que se conocían de Lope de Rueda, y por último, quedan todavía sumidos en el misterio de las primeras ediciones Gil Vicente (1), Yanguas, Timoneda, Alonso de la Vega, Juan de la Cueva, Virués y otros, salvo tal cual obra de alguno de ellos que figura en ciertas colecciones de poco valor científico.
Con semejante penuria de textos comprendese que Cañete no pudiese dar cima ni casi empezar seriamente su Historia, del teatro anterior á Lope de Vega, ofrecida durante más de treinta años. Hoy, aunque la cosa se ha simplificado y facilitado notablemente, todavía, á nuestro juicio, no ha llegado á sazón, debiendo preceder algunas monografías ó estudios parciales de cada uno de los autores como los ya indicados.
Sobre uno de ellos, y el más importante bajo ciertos aspectos, versa el notable trabajo histórico y crítico con que el Sr. Menéndez y Pelayo, practicando aquel consejo del sabio que mandaba interpolar, con el principal, trabajos de índole diversa, á fin de que el uno fuera descanso del otro, acaba de enriquecer la historia de nuestra primitiva escena.
También Bartolomé de Torres Naharro era autor casi inédito hasta hace algunas años, pues aunque sus comedias fueron varias veces impresas durante el siglo XVI, habían llegado á un punto tal de rareza, que, al menos en ediciones completas y no expurgadas, era sumamente difícil poder leerle.

Moratín primero y Bóhl de Faber luego, imprimieron (con supresiones) cuatro de las obras cómicas de Naharro; todavía quedaban, sin contar el Auto del Nacimiento, otras cuatro comedias que no fueron impresas hasta 1880, en que D. Manuel Cañete empezó la edición esmerada á que pone hoy fin y sello nuestro siempre grande é incomparable maestro Menéndez y Pelayo.
Cañete, que publicó, como va dicho, el tomo primero de los dos que en esta edición habían de tener las obras de Naharro, ofreció para el segundo el estudio biográfico y crítico del poeta; pero, sin duda á causa de las dificultades de la empresa, fue abandonándola poco á poco, hasta que once años después le sobrecogió la muerte sin llevarla á cabo.
Hoy la realiza el Sr. Menéndez y Pelayo, y de modo, tal, que juzgo que si la parte biográfica puede recibir, y recibirá probablemente, nuevas adiciones el día menos pensado, porque los archivos parece que en estos últimos años han dado en manifestarse pródigos de sus tesoros, compensando con usura su antigua esquivez (quizá porque hasta ahora no fueron debidamente solicitados), especialmente en lo relativo al teatro del siglo XVI, en cuanto á la apreciación estética de las obras de Naharro y al puesto histórico que al, autor señala Menéndez y Pelayo, creemos que puede considerarse definitivo, al menos mientras el gusto en materias de arte no cambie radicalmente.
Sólo una cosa censurable hallamos en esta publicación (censura que no reza en modo alguno con el autor del Estudio sobre Naharro) , y es la escasa tirada que se ha hecho de tan excelente obra. Menéndez y Pela yo, que fue de los primeros (también el ínclito Marqués de Valmar) que lograron hacer amenos y atractivos los estudios de erudición, no debe estar condenado á que sus libros sean raros desde el principio: lo que debe procurarse es que sean baratos, para que lleguen á todas partes, y con 350 ejemplares, repartidos en el acto entre los devotos del Maestro, no se va muy lejos. Hay muchos bibliófilos que lo son al revés ó por antífrasis. Parece natural que las sociedades que se crean con igual dictado no lo sean para hacer más raros los libros; sino, al contrario, para reimprimir los libros raros y buenos á fin de que dejen de serio. Todo esto sin que de cuando en cuando no deba reimprimirse alguna obra de poco valor intrínseco, aunque singular por otras razones. Pero de una colección de Torres Naharro y con estudio preliminar de Menéndez y Pelayo, ¿por qué no han de tirarse miles de ejemplares? ¿Es que en España no se estudia literatura española en varias Facultades, ó se estudia sólo para no volver á hablar de ella en lo sucesivo?
Pero dejando estas consideraciones, debemos ya dar una idea del trabajo del insigne Director de la Biblioteca Nacional. Va dividido en dos partes principales, estudiándose en la primera la persona del autor en relación con la época gloriosa para España en que tuvo la suerte de vivir. Menéndez y Pelayo traza vigorosas semblanzas de algunos personajes amigos y protectores de Naharro, tales como el Cardenal D. Bernardino Carvajal, su paisano; el primer Duque de Nájera, D. Pedro Manrique de Lara; el General pontificio Fabricio Colonna, y su yerno el invicto D. Fernando Dávalos, Marques de Pescara.
Descríbese también la solemne ocasión en que hubo de representarse en la Corte papal y ante León X una de las obras de Naharro, la Comedia Trofea, cuando la suntuosa embajada de Tristán de Acuña en nombre del Rey D. Manuel de Portugal á fin de entregar al Pontífice las primicias de los frutos traídos de la India oriental.
Estúdianse igualmente en esta parte las poesías líricas de Naharro, que no descolló mucho en este género de composiciones, si se exceptúa la singular importancia que tiene como satírico, y termina con algunas disquisiciones erudita y críticas acerca de la prohibición parcial que á mediados del siglo XVI, es decir, cuando ya iban hechas seis ediciones, sufrió la Propaladia, á fin de que en adelante no pueda ya decirse que la tal prohibición fue causa de que Naharro no fuese más popular entre nosotros.
Más interesante y curiosa es aún la segunda parte del estudio del Sr. Menéndez y Pelayo, destinada al examen analítico y de conjunto de las ocho comedias que se conservan del famoso autor extremeño. Empezando por las doctrinas de estética y preceptiva dramáticas contenidas en el proemio de la Propaladia, en que son de notar algunas cosas, como la división que Naharro hace de la comedia en idealista y realista (que él llama comedias a fantasía y comedias á noticia), entra el Sr. Menéndez y Pelayo de lleno en el juicio de las obras de teatro, fijando desde luego la parte que en ellas pueda haber de imitación italiana.
Del estudio comparativo resulta Naharro mucho más original que otros dramáticos nuestros de época posterior (Rueda, por ejemplo), Pudo tomar tipos ó caracteres, como el de fraile hipócrita, en muy reducido número, porque la mayor parte de sus personajes son de los que él veía diariamente en las plazas de Roma ó en las antesalas y tinelos de los Obispos y Cardenales. Con tales figuras y otras que son de seguro creación de su mente, teje Naharro la urdimbre de sus comedias, derramando las sales cómicas, no siempre del mejor gusto, en un estilo y poesía muy adecuados al asunto.
Entre todas las comedias del extremeño sobresale una, la Himenea, que, á no constar de un modo positivo su autenticidad, pudiera ,creérsela escrita setenta ó más años después. Es la comedia de capa y espada tal como la entendió y desarrolló Lope de Vega y nadie más hasta él. El Sr. Menéndez y Pelayo consagra á esta linda obra ,párrafos de gran sustancia y belleza, así como los finales que dedica al resumen crítico y á la influencia, por desgracia no tan inmediata y eficaz como merecía, que ejerció la escuela de Torres Naharro en el curso de nuestra escena.
Si el insigne Académico, para descansar de ,sus grandes trabajos de ilustrador de Lope de Vega y ordenador de la ya célebre Antología de nuestra lírica, se decide á reimprimir algún otro dramático de los Orígenes (Timoneda, por ejemplo), satisfará otro de los grandes deseos de los aficionados á esta clase de estudios.

EMILIO COTARELO.


Madrid 1.° dé Julio de 1900.

(1) De Gil Vicente se hicieran en el presente siglo dos ediciones; pero por circunstancias especiales, una de ellas al menos no circuló en el comercio, de modo que las abras de aquel insigne poeta san muy raras aun en el mismo Portugal.

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FICHA: Bartolomé de Torres Naharro y su Propaladia, estudio crítico por Don M. Menéndez y Pelayo...Madrid, Imp. de Fe, 1900 : notas bibliográficas / Emilio Cotarelo. - P. 559-562 ; 24 cm
En : Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos. - Madrid : Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos. -Tercera época.. - T. IV (1900), p. 559-562


FRANCISCO GARCÍA JURADO
H.L.G.E.

sábado, 19 de diciembre de 2009

DON GABRIEL DE BORBÓN Y SAJONIA, HUMANISMO REGIO

Si tuviera que quedarme con algún personaje de la monarquía española, sin duda lo haría con el infante Don Gabriel, que me remonta a la segunda mitad del siglo XVIII y a uno de los episodios más granados de la Ilustración española. Cuando comencé a interesarme por los libros antiguos supe que uno de los más avezados traductores de Salustio al castellano había sido precisamente este infante, y el hecho me llenó de asombro y curiosidad. Ciertamente, no resulta normal que una persona de esta condición se hubiera dedicado a una actividad intelectual de semejante calado. También supe que este Salustio, traducido bajo la atenta mirada y corrección de su preceptor, Pérez Bayer, fue publicado por Joaquín Ibarra en 1772, en lo que ya es lugar común considerar como la mejor edición jamás salida de una prensa hispana. Era y es un libro regio, confeccionado por un infante y pensado para reyes que hoy, gracias a la técnica y las bibliotecas, está al alcance de aquellos que podemos apreciarlo. Nacido en 1752, el infante, hijo de Carlos III, pasó sus primeros años en Nápoles, donde pudo vivir de primera mano los apasionantes descubrimientos de Pompeya, que cambiaron para siempre la visión de la Antigüedad. En 1760 inicia un nuevo periodo de su vida, ya en Madrid, donde seguirá con su formación en artes y ciencias. El cuadro de Rafael Mengs que ilustra este blog, conservado en el Museo del Prado, fue pintado entre 1765 y 1767 y representa a nuestro personaje todavía jovencísimo, pero lleno de carácter. Si hubiera que poner música a la biografía del infante habría que recurrir al clavecín del padre Soler, el Scarlatti español (aunque yo personalmente prefiero a Soler). El padre Soler, tan ligado al monasterio de El Escorial, gozó del culto mecenazgo y admiración del infante. Es posible que ya sólo por este mecenezgo de una música inmortal Don Gabriel se hubiera ganado un lugar en la Historia, pero la traducción del Salustio es posiblemente su obra más notable. Cabe pensar con cierto fundamento que la traducción fue obra conjunta tanto del Infante como del humanista ilustrado Pérez Bayer. Este último, de hecho, incluyó su estudio sobre los caracteres fenicios como uno de los muchos ornatos con que cuenta la edición. Hoy he vuelto a ver el egregio libro en la Calcografía Nacional, y en alguna ocasión lo he tenido en mis manos, porque la Biblioteca Marqués de Valdecilla conserva dos ejemplares. El historiador Salustio dejó dos grandes obras históricas: la Conjuración de Catilina y La guerra de Yugurta. Es un autor que se caracterizó por escribir historias cercanas a su propio tiempo, el siglo I antes de Cristo, con un gran contenido moral. Conviene leer cuando menos un párrafo inicial de su relato sobre Catilina, el conspirador romano que le merece tanto la admiración como el reproche:

“Lucio Catilina fue de linaje ilustre y dotado de grandes fuerzas y talento, pero de inclinación mala y depravada. Desde mancebo fue amigo de pendencias, muertes, robos y discordias civiles, y en esto pasó su juventud. Sufría cuanto no es creíble el hambre, la falta de sueño, el frío y demás incomodidades del cuerpo; en cuanto al ánimo era osado, engañoso, vario, capaz de fingir y de disimular cualquiera cosa, codicioso de lo ajeno, pródigo de lo suyo, vehemente en sus pasiones, harto afluente en el decir, pero poco cuerdo.”

Esta es, precisamente, la versión del infante. Que un miembro de la realeza se interesara por traducir a Salustio no es un hecho ajeno a los nuevos planes educativos del gran erudito Gregorio Mayáns, preocupado por la regeneración del buen gusto literario a partir de las mejores traducciones de los clásicos. Su Vida de Virgilio, publicada en 1778, es un excelente ejemplo de lo que decimos. Murió don Gabriel en 1788, el mismo año que su padre, y ninguno de los dos tuvo que conocer cómo un mundo caduco terminaba y otro, más incierto, daba comienzo con la Revolución francesa.
Habrá quien piense, desde presupuestos modernos, que esta historia sobre un infante que traduce a un clásico no tiene mayor importancia. Pero creo que peor sería la historia de un infante que no hubiera hecho nada, circunstancia mucho más común, por desgracia. Él tuvo los medios para hacerlo y lo hizo.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

jueves, 17 de diciembre de 2009

LA ESTANCIA DE HOMERO EN ESPAÑA, O LA PERVIVENCIA DE LOS FALSOS CRONICONES


El impar Julio Caro Baroja refiere en su libro titulado "Las falsificaciones de la Historia" (Barcelona, Seix Barral, 1992, pp. 101-102) a la curiosa cita que un autor de cronicones hace sobre la estancia del poeta Homero en España. Se refiere al llamado Cronicón de Auberto, "un supuesto mozárabe de Sevilla, de origen alemán, porque sus abuelos llegaron a la ciudad en tiempo de Carlomagno". La autoría de esta obra falsa se debe a un tal don Antonio de Nobis, "clérigo en Ibiza, más conocido por los nombres de don Antonio Lupián de Zapata o Lupián de Zapata". Tales cronicones eran ya sospechosos incluso durante el siglo XVII, pero un benedictino, fray Gregorio Argaiz, lo terminó publicando con glosas abundantes en 1667. En cierto momento, hablando éste acerca de un antiguo duque llamado Nathando, que ejercio un despótico gobierno en las tierras septentrionales de Castilla, comenta que hubo después una fase de gobierno republicano que duró 175 años:

"En ellos aprendieron los españoles, y conocieron la diferencia que tiene el gobierno monárquico del aristocrático, que es el de pocos y buenos; el de la oligarquía, que es el de pocos; y el de la democracia, que es el popular (si acaso lo probaron, que lo dudo)"

Y comenta, a su vez, Caro Baroja, que "esto se halla apoyado en el texto de Hauberto sobre la estancia en España de Homero, a quien el cronicón hace español de madre". El paso de Homero por España es un asunto bastante pintoresco que me he encontrado sorprendentemente en el no menos pintoresco "Epítome de literatura griega y latina" de Pedro Bartolomé Casal, publicado en Santiago de Compostela en la tardía fecha de 1881. El autor es profesor en la Universidad de Santiago, y se caracteriza por sus pintorescos juicios sobre literatura, en una época donde autores como Martínez Losada, o González Garbín escriben manuales imbuidos por la nueva ciencia positiva de Mommsem y Niebuhr. En particular, destaco lo que comenta acerca de Homero (p. 14):

"¿Habrá sido Homero de origen español por parte de padre? Criteis, su madre, le dió á luz por efecto de secretas relaciones. Muere Criteis, y Mentes, capitán de un barco procedente de las cosas occidentales de Europa, recoje al jovencito Homero, le educa con paternal cariño, le hace viajar, le asiste en todo y le lleva á las playas del Atlántico. Que Homero visitó nuestra España no admite duda. Sus descripciones, sus alusiones á las costumbres españolas, sus imágenes, grandes y bellos cuadros lo están declarando. Por otra parte no es tan despreciable, como la crítica superficial supone, la biografía de Homero que se atribuye a Herodoto. Graves críticos la admiten, y en ella aparecen los datos para sostener la procedencia española, que también casi consta por Estrabón, quien en el libro III, que es un tesoro para España, dice que Homero estuvo en la Turdetania y recorrió las márgenes del Tarteso y del Betis."
Las afirmaciones tajantes como la de "no admite duda" son muy propias de historiografías fabulosas. Como bien comenta Caro Baroja, cuanto más falso es un aserto, más contundente. Curiosamente, aquí se le atribuye a Homero un padre español, frente al croninón, para quien la española es la madre. El autor de este manual, Casal, es un hombre contrario a la ciencia moderna, a la que tacha de "superficial". De hecho, desprecia a quienes no creen en la existencia de Homero como persona, ligando este desmonte de la persona de Homero a lo que otros pretenden hacer con las historias bíblicas. Este es un caso evidente de falsedades, en especial porque tales asertos, propios de un cronicón del siglo XVII, ya se han vuelto anacrónicas. Sin embargo, hay que pensar que Casal daba clase en un universidad a finales del siglo XIX, y que muchos alumnos no recibirían más instrucción en literatura clásica que la suya. Imagino que ya aquellos desmanes poco importan.
Francisco García Jurado
H.L.G.E.

martes, 15 de diciembre de 2009

ILUSTRACIÓN E HISTORIAS LITERARIAS


La exposición titulada "La Imprenta Real. Fuentes de la tipografía española", que se celebra desde finales de diciembre de 2009 a enero de 2010 en la Calcografía Nacional, dentro de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, me ha devuelto a una de mis aficiones más queridas: los libros del siglo XVIII. Todavía recuerdo vivamente la exposición que se dedicó al gran editor Antonio de Sancha en este mismo lugar. Es probablemente este gusto por la bibliografía española del XVIII el que más satisfacciones científicas y estéticas me ha proporcionado. Trabajar con estos libros, en mis caso los dedicados a autores grecolatinos, me ha hecho ver la huella de las ideas, en particular de la idea de Historia, en estos bellos documentos. Hoy quería aprovechar la circunstancia de esta exposición para mostraros un discreto ejemplar de la Imprenta Real, llamada también "Typographia Regia, vulgo de la Gaceta", pues era la que publicaba aquellos delgados ejemplares que con el tiempo llegarían a ser el Boletín Oficial del Estado. El ejemplar que quiero mostraros es el que aparece en la fotografía, y se trata de una discreta rareza bibliográfica. Es una bibliografía escolar de autores latinos publicada en tiempos de Carlos IV. Pertenece al género erudito de las Historias Literarias, pero aún no es una Historia de la Literatura.



El siglo XVIII supone el nacimiento de las historias literarias, concebidas entonces como obras básicamente bibliográficas y eruditas. Al margen de las obras de los hermanos Mohedano y otras aproximaciones a la Historiografía Literaria, es en Gregorio Mayáns donde cabe buscar unos fundamentos críticos más consistentes para el enfoque correcto del estudio de la Literatura Latina dentro de España. En lo que a los autores latinos respecta, en el mundo literario de la España del XVIII hay una cuestión capital, como es la de los autores españoles e hispanolatinos, plasmada en la superioridad del “español” Lucano frente a Virgilio. Así las cosas, en la discusión terciaron nombres tan conocidos como el Padre Feijoo en su Teatro Crítico, concretamente en sus “Grandezas de España”, y al cabo del tiempo se creó una peculiar polémica frente a los ataques de algunos eruditos italianos, como Tiraboschi y Belletti, que afirmaban que la literatura española de todos los tiempos era la que había corrompido el gusto. En España (y luego incluso entre algunos de los jesuitas expulsos, como Llampillas) se hacía una defensa ciega de lo español. El asunto puede ilustrarse perfectamente con la primera alocución que celebró a mitad del siglo XVIII la llamada Academia Latina Matritense en la madrileña iglesia de San Ginés, una de cuyas conclusiones iba a destinada a demostrar que Noster Hispanus Poeta Lucanus dignitate canendi, pura Latinitate Virgilium superavit. Este es el contexto, en buena medida tópico, del principal problema que atañe a lo que podemos considerar la incipiente Historiografía Literaria de la época. Debe tenerse en cuenta, además, que la consideración de autores como Séneca y Lucano como españoles es un hecho que pervivirá, disfrazado con diferentes ropajes, hasta comienzos del siglo XX. A esta cuestión de la superioridad de Lucano, unida al tópico de la corrupción hispana de la literatura, que sostienen los eruditos italianos aludidos, se añade el problema de cuál ha sido la aportación hispana al conocimiento, que promueve Nicolás Masson, y que después dará lugar a la polémica decimonónica sobre la ciencia en España. Mayáns da un nuevo giro a la cuestión en su Vida de Virgilio, donde establece los fundamentos de una Historiografía Literaria ligada a una incipiente conciencia de Tradición Clásica, más allá de los tópicos relativos a la corrupción hispana de la literatura o a la supuesta superioridad del «español» Lucano sobre Virgilio. A partir de unos nuevos presupuestos historiográficos cuyos fundamentos se encuentran en las tradicionales Poética y Retórica, de un lado, y en la Bibliografía, de otro, va a relacionar a Virgilio con la literatura española a partir del estudio razonado de sus traducciones al castellano. Precisamente, los traductores seleccionados son los que prefiguran claramente la idea de un Siglo de Oro de la literatura española, como Fray Luis de León. La Vida de Virgilio escrita por Mayáns está concebida en el marco de un ambicioso proyecto de edición de las mejores traducciones del Virgilio al castellano y con un claro propósito de fomentar el buen gusto literario nacional mediante la imitación de los mejores modelos por parte de la juventud. No en vano, la obra de Mayáns es contemporánea al Ensayo de una biblioteca de traductores españoles de Juan Antonio Pellicer (1778), que es el precursor de la Bibliografía Hispano-Latina clásica de Menéndez Pelayo.
El vacío dejado en el mundo de la enseñanza tras la expulsión de los jesuitas en 1767 obligó a suplir por diferentes medios las nuevas demandas docentes: la orden de los Escolapios llenó una parte considerable de ese vacío y también el mundo de los propios ilustrados, como en el caso de Iriarte o Mayáns, autores de gramáticas latinas. En este contexto, y ligado al círculo de Campomanes, Casto González Emeritense escribe su Compendiaria in Latium Via (1792). Se trata de un libro destinado al conocimiento fácil y rápido de los autores latinos mediante una cuidada bibliografía de los estudios sobre Historia Latinae Linguae, aspectos concretos de ésta y una exposición cronológica, desde los orígenes hasta el siglo XIV, de los autores que han escrito en latín (la herencia del antiguo género de la biografía, si bien ahora muy sucinta, sigue viva). La obra, destinada a la juventud, tiene sus antecedentes en las grandes obras bibliográficas del siglo XVIII, en particular la Bibliotheca Latina de Johannes Albertus Fabricius (1728), y la obra de Johannes Nikolaus Funck (Funccius) (1720-1750), que concibe la Lengua Latina como un organismo viviente en su De origine et pueritia, de adolescentia, de virili aetate, de inminente senectute, de vegeta senectute, de inerte ac decrepita senectute linguae Latinae. De hecho, ambos autores aparecen citados en la bibliografía de Casto González dentro del primer apartado. La obra está, por tanto, más ligada a los antiguos estudios bibliográficos que a los emergentes trabajos de Historiografía Literaria, de orientación filosófica, que es donde se sitúa Wolf. Aunque en 1787 se publica en Halle el programa de curso de Wolf destinado a la Historia de la Literatura Latina, no hay rastro de este autor en Casto González. No obstante, ambos autores comparten el criterio cronológico, si bien Wolf es mucho más cuidadoso, pues plantea una división en Historia Interna e Historia Externa sobre la que articula su nueva concepción historiográfica. Llama, asimismo, la atención que en Casto González no encontremos la formulación de la juntura “Historia de la Literatura Latina”, que está en buena medida subsumida por la aludida formulación de Historia Latinae Linguae. El relato cronológico, a partir de períodos, nace precisamente de los estudios sobre la Historia de la Lengua, frente al criterio de los géneros, que es más afín a los presupuestos de la propia Poética. Junto a la obra de Casto González, que podemos considerar, avant la lettre, el primer manual de Literatura Latina, debe recordarse el que será, dentro de lo que es una visión general de la literatura, el primer manual utilizado en España para una cátedra de Historia Literaria. Se trata de la obra de Juan Andrés, uno de los jesuitas llegados a Italia tras la expulsión de España en 1767. Juan Andrés compone en Italia una monumental obra titulada Origen, progresos y estado actual de toda la literatura. La traducción que hizo luego su hermano de casi toda la obra entre 1784 y 1806 dio lugar a su uso docente a comienzos del siglo XIX (Juretschke 1951: 228-230). En este libro se contempla una parte, muy breve, dedicada a la “Literatura de los romanos” (obsérvese la formulación) seguida de un cotejo de esta literatura con la de los griegos (Caerols 1996). La división que hace Andrés es la siguiente: “Origen de la literatura romana”, “Poesía”, “Elocuencia”, “Historia”, “Filología”, “Ciencias” y “Jurisprudencia”. De igual manera, los diferentes tomos de su historia están dedicados a los distintos géneros. Estos primeros escarceos de una Historiografía de la Literatura van a verse interrumpidos en este punto.


FRANCISCO GARCÍA JURADO
H.L.G.E.

viernes, 11 de diciembre de 2009

PATRIMONIO DE LA EDUCACIÓN Y LAS IDEAS


Me permito enviaros el texto de una carta que he hecho llegar para su posible publicación a Tribuna Complutense, el órgano de información quincenal de la UCM. Viene motivada esta carta por la reciente concesión a nuestro campus del título de "Campus de Excelencia", donde se va a prestar una especial atención al "patrimonio":


PATRIMONIO EDUCATIVO DE LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE: CARTA ABIERTA AL RECTOR

Como miembro de la comunidad universitaria a la que pertenezco, no se me escapa la trascendencia que tiene el hecho de que el Campus de Moncloa sea ya oficialmente Campus de Excelencia Internacional. Tras leer con mucha atención toda la información que ha llegado a mis manos acerca de este hecho, incluidos los documentos oficiales, me gustaría que esta empresa para la que se van a destinar tantos esfuerzos en los años venideros fuera realmente una labor real y que en ella quedara implicada toda la comunidad universitaria. De entre las cinco grandes áreas de actuación me preocupa particularmente una, la de patrimonio, por el sentido restrictivo que en mi opinión se le está dando a este concepto: patrimonio “material”, no ligado necesariamente a otro aspecto que también se contempla en el plan de actuación desde una perspectiva más general: nuestra propia historia y significado como campus universitario moderno procedente de una universidad centenaria. Quienes nos hemos dedicado con pasión y entrega a la reconstrucción de las historias de nuestros estudios y facultades (pienso en este momento en los actos conmemorativos de la Facultad de Filosofía y Letras durante los años treinta, o los relativos a la creación de la Facultad de Ciencias a partir de la Ley Moyano del siglo XIX), sentimos la preocupación de que no se vayan a tener en cuenta las aportaciones de los que hemos estudiado precisamente ese patrimonio educativo no sólo a partir de la materialidad de sus libros y edificios, sino también y básicamente a la luz de las ideas que dieron lugar a tales aspectos. Creo, en definitiva, que la idea de “patrimonio” que se maneja es esencialmente restrictiva, muy técnica, y que va a desaprovechar la verdadera “interdisciplinariedad” que podrían aportarle (bien a título individual, como miembros de grupos de investigación consolidados o de otras facultades, además de las mencionadas en el documento), quienes vienen estudiando la historia de este campus que fue pionero y cuya historia quedó interrumpida por culpa de una guerra.
Alguien debería tener la suficiente lucidez como para evitar que ese nuevo y prometedor proyecto quede reducido a la mera retórica de palabras grandilocuentes.

Francisco García Jurado, Grupo de investigación UCM “Historiografía de la literatura grecolatina en España”.

martes, 8 de diciembre de 2009

APUNTES PARA UNA HISTORIA NO ACADÉMICA DE LA LITERATURA

La idea de escribir una historia no académica de la literatura grecolatina en las letras modernas me lleva rondando, más bien obsesionando, desde hace años. Y el tiempo no pasa en vano, pues he ido acostumbrándome a su diferente naturaleza, tan diferente de las historias oficiales de la literatura, y poco a poco va adquiriendo forma. Sus tensiones, su articulación en torno a las ideas del autor/libro, los textos/citas, los comentarios/críticas o las relecturas modernas de los antiguos géneros. Todo ello crea al fin el mapa general de un sinfín de relaciones literarias que desafían al tiempo. Me apetece esta noche ensayar tan sólo una de las modalidades que he encontrado en la indagación incansable de lecturas distintas. Me refiero en concreto a la idea del AUTOR SIN OBRA. En un reciente trabajo que hemos publicado María José Barrios y yo acerca de la estética del cuento latino en Marcel Schwob y Leopoldo Alas Clarín, observamos fascinados cómo ambos autores desarrollaban aspectos distintos de esta singular idea. En principio, que un autor no tenga obra es una circunstancia que se nos antoja extrema. Caben diferentes posibilidades: que el autor todavía no la haya escrito (o no pretenda, ni tan siquiera, escribirla, como Sócrates), o que su obra se haya perdido para siempre. El poeta Lucrecio, según la vida imaginaria que de él traza Schwob, es un autor sin obra en la ficción, ya que llega a concebir su poema sobre la Naturaleza de las cosas precisamente antes de morir y comprender las causas últimas del amor y la muerte. El poeta Vario, según nos lo presenta Clarín, es un poeta que ve cómo su obra terminará perdiéndonse, devorada por las castástrofes y el tiempo. El autor sin obra es una suerte de desafío, incluso más poderoso que el de la obra sin autor. Las obras anóminas son también terribles, pues nos impiden imaginar, tras un nombre que a veces no es más que una máscara, la figura de quién las compuso, pues este ejercicio imaginativo es algo que a los lectores nos encanta hacer. Borges habló en cierta ocasión de la posibilidad de una literatura sin autores. Esto daría lugar a una literatura ciega, pero también a una dimensión claramente democrática de la literatura, donde no habría propiedades intelectuales ni tampoco préstamos indebidos, pues todo sería de todos. Estos planteamientos son, entre otros, los que nos ofrece la inacabable historia no académica de la literatura. La representación de los autores, de sus biografías y sus voces, también es una forma de lectura, sobre todo de representación de esa lectura. Lucrecio murió, de forma significativa, tras leer los textos de Epicuro. Para la ficción de Schwob, Lucrecio fue, ante todo, lector, en particular lector de Epicuro. Leer es una forma significativa de imaginar al autor, a veces de dialogar con él, incluso de suplantarlo.



Francisco García Jurado
H.L.G.E.

martes, 1 de diciembre de 2009

DE VUELTA DE VITORIA: BLOGS Y CONFERENCIAS


Escribir un blog es un hábito y al cabo del tiempo se convierte en una forma de estar en el mundo. Circunstancias concretas e ideas se dan cita casi sin solución de continuidad en estas páginas que se suceden y crean, sin pretenderlo, una forma de diario abierto. Tras haber ido a Vitoria a pasar el fin de semana y después a intervenir en las II Jornadas sobre antiguos y modernos, regreso también a este pequeño mundo cotidiano, al encuentro con unos lectores, entre conocidos y lejanos, que crean en mí una razón poderosa para escribir. Cuando antes de la conferencia me presentó mi amiga Maite García de Iturrospe mencionó los blogs que desarrollo como parte de una inquietud vital, en especial este blog dedicado a los lectores audaces. Realmente ha supuesto toda una experiencia, un ejercicio de escritura rápida y, a la vez, constante. Alimentar un blog requiere mucha madera, pero también es una forma de alimentarla. Cuántas veces he esbozado aquí lo que con el tiempo terminaría siendo un trabajo. Así ocurre con mi charla en Vitoria, "La ciudad invisible de los clásicos: entre Aulo Gelio e Italo Calvino", que en buena manera he contado como si se tratara de una conferencia-blog. Deliberadamente decidí llevar un tema no terminado, algo en lo que llevo trabajando desde hace tiempo y que me da mucha pena terminar: la historia del concepto de "clásico", desde que Aulo Gelio lo utilizó para hablar de los antiguos autores latinos hasta la genialidad posmoderna de Italo Calvino. Siglos de distancia, pero, sin embargo, un camino invisible entre ambos autores me ha permitido desarrollar una de las conferencias más personales y vividas que jamás he impartido. Ideas y biografía unidas a través de un riguroso análisis textual. Si la metáfora social de los´clásicos deja entrever una Roma ideal en la que habita Plauto, Calvino, el gran reformulador del concepto de clásico a finales del siglo XX, hace que se represente eternamente una comedia del mismo Plauto en una de sus ciudades invisibles: la de Melania. Al cabo del tiempo he conseguido articular con un lenguaje propio las claves esenciales para trazar una historia no académica de la literatura grecolatina en las letras del siglo XX. He visto cómo nacía la idea (no sé si a mi pesar) y he persenciado el milagro de su consolidación, de lo que comienza a ser una existencia propia que transciende una circunstancia personal. Este blog se ha convertido en una herramienta indispensable para dar a conocer ideas y proyectos, mucha más allá de un mero medio o circunstancia.
Francisco García Jurado
H.L.G.E.

viernes, 27 de noviembre de 2009

HERMANN Y DOROTEA: ECOS CLÁSICOS ANTE UN MUNDO EN CRISIS


Hoy tengo ganas de recordar una obra cuya importancia para la historia de la literatura y del humanismo en general es tan grande como su actual olvido. Recordad que no por saber menos somos necesariamente más modernos o felices.
Hermann y Dorotea, de J. W. Goethe, como peculiar muestra de lo que el autor alemán quiso que llegara a ser un nuevo género en el que el ciudadano burgués fuera una transposición del antiguo héroe épico, supone, frente al culturalismo de algunas de sus obras anteriores, como las Elegías romanas, una actuación humanizada de las fuentes literarias en cuestión. Se trata de una pequeña obra que tuvo en su momento gran celebridad. El libro se divide en nueve cantos, cada uno dedicado a una musa, y su estilo trata de imitar el hexámetro de la épica homérica. El poema pretende dar un sentido a la historia y a la vida humana tras las consecuencias devastadoras de la Revolución Francesa de 1789 mediante la interpretación trascendente de los ecos clásicos, entendidos éstos como una clave para poder comprender los acontecimientos futuros. A ello se suma, además, un “idilio burgués” de marcado carácter pastoril que permite establecer una singular asociación entre la tradición clásica y el amor universal. Dado este planteamiento, tenemos un esquema argumental muy sencillo: Hermann, el joven protagonista, se enamora de una bella joven que huye entre los desgraciados ciudadanos que se han visto obligados a dejar sus casas a causa de la invasión francesa. Nuestro protagonista logra el consentimiento de sus padres para ir a buscar a esta joven, llamada Dorotea, que terminará siendo su esposa. El análisis más detenido de tres aspectos (autor antiguo, características e intención) muestra una serie de hechos relevantes:

a) El autor antiguo que ha elegido Goethe como modelo de su epopeya es Homero, lo que no responde a un hecho casual. De un lado, hay una razón biográfica, como es la reacción que experimenta Goethe frente a la tradición clásica más culta de los poetas latinos (Tibulo, Propercio) tras uno de sus viajes a Italia. De otro lado, desde el punto de vista de la historia literaria y de la estética, se está produciendo una recuperación de Homero, tan denostado como poeta bárbaro en los tiempos de la “Batalla de los antiguos y los modernos”, de la que se hacen eco, entre otros, autores como Perrault o Swift. En palabras de Antonio Tovar, “el helenismo directo, cuando Werther lee a Homero y Shelley arrostra la tormenta fatal con Sófocles en el bolsillo, coincide precisamente con la aparición de la gran escuela alemana filológica”. Son los tiempos de la Ilíada en la versión alemana de Johann Heinrich August Voss, que Goethe lee a un selecto auditorio allá por 1796, como nos cuenta en sus Diarios y Anales: “Poco a poco fuese consolidando una tertulia de hombres cultísimos que todos los viernes reuníase en mi casa. Leí yo un canto de la Ilíada, de Voss, granjéeme aplauso, despertó gran interés el poema y expresóse glorioso reconocimiento al traductor”.

b) Homero se contextualiza en esta obra de Goethe merced a una serie de innovaciones formales, tales como la libre adaptación que hace del hexámetro dactílico:

Also gingen die zwei entgegen der sinkenden Sonne,
Die in Wolken sich tief, gewitterdrohend, verhüllte,
Aus dem Scheleier, bald hier bald dort, mit glühenden Blicken
Strahlend über das Feld die ahnungsvolle Beleuchtung.
(Hermann und Dorothea, “Melpomene” vv. 1-4)

“Sus pasos seguían el camino del sol, que se dirigía a su descanso entre impresionantes nubes que eran presagio de tormenta. A intervalos no regulares, el sol se escondía o se asomaba enrojeciendo las nubes y vertía sobre los campos una luz irreal.” (J,W.Goethe, Hermann y Dorotea. Traducción de Rafael Ballester, Barcelona, Bruguera, 1984, p. 89)

Asimismo, podemos apreciar cómo el uso de ciertos adjetivos nos recuerda a los epítetos homéricos:

Und es sagte darauf der edle verständige Pfarrherr (“Melpómene” v. 78)

“Haciendo gala de gran discreción, el bondadoso cura atendía en silencio.” (“Melpómene”)

Se trata, en definitiva de verter un vino nuevo, es decir, un asunto propio de la sociedad burguesa de finales del siglo XVIII, en los viejos odres de la épica homérica.

c) En tercer lugar, las razones por las que Goethe hace este sorprendente uso de Homero tratando de imitar sus versos responde a un complejo planteamiento que tiene su referente histórico en un hecho tan fundamental como la quiebra de valores que supuso la Revolución francesa de 1789. Estamos, pues, ante una de las muestras más representativas del uso del humanismo clásico como reacción frente a tales eventos revolucionarios. Las viejas formas homéricas, convenientemente actualizadas, sirven para conformar este ensayo de “idilio burgués” que encuentra, asimismo, referentes clásicos en la “novela pastoril”. El idilio es, en definitiva, el que nos propone el amor (en este caso el amor familiar) como única salvación posible frente al caos, y así lo expone Hermann al final de la obra:

Desto fester sei, bei der allgemeinen Erschüttrung
Dorotea, der Bund! Wir wollen halten und dauern,
Fest uns halten und fest der schönen Güter Besitztum (“Urania” vv. 299-301)

“Dorotea, espero que nuestro próximo matrimonio, concertado en un tiempo de caos, sea afortunado hasta nuestro último día. Hagamos que el infortunio se aleje de nosotros, y lo conseguiremos si permanecemos siempre unidos; hagamos que nuestra vida sea enteramente nuestra, pues es la verdadera riqueza que se nos ha dado, y luchemos para conservar lo que hemos heredado, y así podremos disfrutar con más ilusión del futuro que nos aguarda” (“Urania”)

Finalmente, la dedicatoria de cada canto a una musa, tal y como lo hiciera Herodoto en sus Nueve libros de la Historia, es la que nos da la idea más clara de la dimensión trascendente que tiene en esta obra el humanismo clásico. A este respecto, es fundamental el comienzo del canto noveno, dedicado a Urania, musa de la Astronomía:

Musen, die ihr so gern die herzliche Liebe bugünstigt,
Auf dem Wege bisher den trefflichen Jüngling geleitet,
An die Brust ihm das Mädchen noch vor der Verlobung gedrückt habt:
Helfet auch ferner den Bund des lieblichen Paares vollenden,
Teilet die Wolken sogleich, die über ihr Glück sich heraufziehn!
Aber saget vor allem, was jetzt im Hause geschiehet! (“Urania”, vv. 1-6)

“Musas que hacéis realizable el amor que sale del corazón, que habéis conducido hasta este lugar al joven de tan altas virtudes en su difícil itinerario y habéis querido que fuera posible el abrazo con su amada antes de aceptar ser su prometida, no los abandonéis en ningún momento: haced que se produzca la unión de estos dos seres y que muy pronto desaparezcan las nueves que amenazan su cielo de felicidad. Entretanto, relatadnos lo que pasaba en el hogar de Hermann.” (“Urania”)

Lo más singular, en nuestra opinión, es esta sugerente asociación entre ese clasicismo humanizado del que hace uso Goethe con el amor. En uno y otro caso, ambos contribuyen a resolver el caos de los acontecimientos.


Francisco García Jurado

H.L.G.E.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

UNA HERMOSA REFLEXIÓN DE LEOPOLDO ALAS "CLARÍN" SOBRE LOS CLÁSICOS


A los seguidores de este blog, a los más antiguos y a este que acaba de hacerse seguidor.


Quiero hoy esconderme discretamente tras un texto de mi admirado Leopoldo Alas "Clarín", que escribe recordando a su maestro de Literatura latina de la Universidad Central de Madrid, Alfredo Adolfo Camús. Todavía hay quien supuestamente ama la Antigüedad en odio a lo moderno, como dice el escritor ovetense, e incluso quienes aman lo moderno en odio a lo antiguo, añado yo mismo. Ahora que llevo ya cerca de quince años estudiando las complejas relaciones entre lo antiguo y lo moderno echo una mirada atrás. Poco a poco se van abriendo paso mis propuestas, poco a poco me "canonizo" con ellas, y esto me hace pensar en las paradojas del tiempo. Mis historia no académicas de la literatura van siendo un territorio cada vez más compartido, y no dudo de que este blog ha contribuido decisivamente a ello. Me gusta pensar que alguna de mis ideas me sobrevivirán. Ahora leed a Clarín:


“Hay dos clases de eruditos: los que aman la antigüedad en odio a lo moderno, y los que, ansiosos de conocer la belleza donde quiera que esté, se toman el trabajo de estudiar la antigüedad para conocer también sus obras notables. Camús es de estos últimos. En sus cátedras de literatura latina y de literatura griega no hay fronteras; se habla de todas las literaturas; en el examen se pregunta el argumento de El Mercader de Venecia y la intención de Atta Troll de Heine.
No ha habido afectación ni pedantería en la empresa llevada a feliz término por los discípulos del anciano ilustre; para Camús no hay más atrevimiento en resucitar a Plauto que en resucitar a Tirso. En España parece esto muy extraño, y es porque aquí los eruditos casi siempre han sido pedantes y oscurantistas; han amado lo viejo, sin entenderlo, en odio a lo nuevo; y de ahí esa protesta general de las fuerzas vivas del ingenio español contemporáneo. Por desgracia la reacción ha ido demasiado lejos, hemos corrido contra el enemigo verdadero y contra quien no lo era. Con el dómine hemos derrotado a Horacio. ¡Horacio! ¡Un poeta más moderno que muchos de los que hoy pretenden representar el lirismo del siglo! (...)” (Leopoldo Alas «Clarín», “Palique. Plauto en escena”, publicado en La Unión, nº 373, 14 de diciembre de 1879)


Francisco García Jurado

H.L.G.E.

martes, 24 de noviembre de 2009

SOBRE LA MENTIRA Y LOS MENTIROSOS: MONTAIGNE Y PEDRO MEJÍA


Ahora que al fin termino uno de mis trabajos más ambiciosos, precisamente el estudio sobre Aulo Gelio y la literatura española del siglo XVI, se me vienen a la cabeza diversas reflexiones que sólo la tranquilidad de la mañana me proporcionan. Cuando veo las posibilidades que tiene una investigación general acerca de Aulo Gelio y la literatura escrita en catellano a lo largo de todos los tiempos, pienso en cómo las fronteras nacionales se vuelven, una vez más, sutiles, pues este estudio no puede tener lugar sin la ocurrencia de otros autores modernos que, sin embargo, no escriben en castellano. Pienso ahora en el ejemplo magnífico de Pedro Mejía haciendo de intermediario entre Aulo Gelio y Michel de Montaigne. Ni Mejía y Montaigne son muy dados a hacer especulaciones gramaticales en sus respectivas obras, al contrario de lo que hace Gelio. No obstante, las reflexiones del ensayista francés acerca de “decir mentira” y “mentir” (“Des menteurs”, Ensayos I, 9) parecen estar inspiradas en la versión francesa del texto que Pedro Mejía dedica a la mentira y que parte, a su vez, de Gelio (Noches áticas 11, 11):

“Pero, porque no todos lo entienden bien, declaremos agora la diferencia y distancia que puede aver entre dezir mentira y mentir, y en quántas maneras puede ser, pues Aulo Gelio y otros de más autoridad se preciaron de tratarlo y es cierto que no es siempre todo uno. Y, para mejor entenderse, se sepa primero que mentir es afirmar o negar el hombre algo al contrario de lo que siente o tiene por verdad; y el que ansí no lo hiziere, no se podrá dezir que miente. Passa, pues, desta manera: que puede uno afirmar una mentira, pensando que es verdad; y éste tal dize mentira, pero no miente, porque no haze contra lo que siente y cree. (...) refiere Aulo Gelio que dezía Publio Nigidio que el buen hombre deve hazer de manera que no mienta, y el prudente y sabio cómo no diga mentira. Pero, a mi juyzio, también deve el bueno procurar lo mismo; porque no basta que uno piense que dize verdad en lo que afirma, sino que mire lo que dize y ponga diligencia en saber si es cierto.” (Mejía, Silva de varia lección II, pp. 483-484)

Así pues, este pasaje de Mejía, en su versión francesa, sirvió de fuente a Montaigne a la hora de confeccionar un ensayo temprano, el titulado precisamente “Des menteurs”:

“No falta razón cuando se dice que aquel que no se siente bastante seguro de su memoria no ha de meterse a mentiroso. Si bien que los gramáticos distinguen entre decir mentira y mentir; y dicen que decir mentira es decir cosa falsa mas considerando uno mismo que es verdadera; y que la definición de la palabra mentir en latín, de donde nació nuestro francés, implica ir contra la conciencia y por consiguiente solo atañe a aquellos que hablan contra lo que saben, a los cuales me refiero.” (Montaigne, Ensayos I, 9, p. 78)

Todo esto me suscita curiosas reflexiones. ¿Cómo fue el texto de Mejía, y no directamente el de Gelio, el que atrajo la atención de Montaigne? Seguramente, la proximidad con Mejía, que cultiva la miscelánea, pero que la actualiza de acuerdo con los nuevos tiempos que vive. Mejía es autor de la Silva de varia lección, pero también es, no lo olvidemos, un lector de Gelio. Con esta labor lectora actualiza al viejo autor latino y, es más, lo prepara para una nueva lectura, la del humanismo del siglo XVI. De hecho, lo que en Gelio es una lectura fundamentalmente gramatical, si bien de alcance más lejano, en Mejía y Montaigne se transforma en una lectura plenamente moral y ejemplar. El cambio a menudo es sutil, pero en esa sutileza es donde aparecen las nuevas ideas, los nuevos presupuestos culturales que preparan la modernidad. Estos dos textos que aquí presento son testigos de ese pequeño gran milagro.
Alguien dirá que este blog no trata sobre cosas actuales. ¿Estáis seguros?

Bibliografía

Mexía, Pedro. Silva de varia lección I-II, Antonio Castro (ed.). Madrid: Cátedra, 1989-1990.

Montainge, Michel de. Ensayos completos. Almudena Montojo (trad.) y Álvaro Muñoz Robledano (intr.). Madrid: Cátedra, 2003.


Francisco García Jurado

H.L.G.E.

domingo, 22 de noviembre de 2009

LOS PORQUÉS DE LA "LEYENDA NEGRA", O LA HISTORIA HISTORIOGRÁFICA


La reflexión que hace José María Ridao a propósito de un nuevo libro de Joseph Pérez me ha devuelto a otros tiempos en los que el diario EL PAÍS se parecía realmente a un diario de calado más que a esos de usar y tirar que se nos reparten gratis en el Metro. Ya había indicado en nuestro perfil del grupo de Historiografía de la Literatura que tenemos en Facebook la relevancia de la noticia, pero debo reconocer que el artículo de análisis todavía me dejó más impactado. Que la acuñación de "Leyenda negra" se deba a autores españoles de comienzos del siglo XX viene a ser una desmostración fehaciente de que la Historia se vuelve cada vez más historiográfica. Estudiar "lo que suceció realmente" en el pasado, a la manera de la Historia objetiva Ranke, es tan ilusorio como tratar de encontrar "la verdad" en las versiones enfrentadas de dos personas que discuten. Lo que en realidad estudiamos sobre el pasado es nuestro relato del mismo, la elaborada conciencia que se articula en torno a un hecho que queda ahogado por las sucesivas capas de interpretaciones que después llamamos "Historia". José Antonio Maravall lo dejó muy claro en alguno de sus ensayos. Por estas razones me apasiona estudiar, en mi caso, la moderna "Historiografía de la literatura latina" en Europa y en España, tras la Europa que subsigue al fracaso de los sueños imperiales de Napoleón. Saber que el carácter "nacional" de esta literatura se vuelve un fenómeno contemporáneo al de las ideas de Madame de Stäel o de Friedrich Schlegel, es decir, los pensadores románticos, no es tan diferente del hecho de encontrar en los autores españoles de comienzos del siglo XX la acuñación historiográfica de "Leyenda negra", en especial a partir de los mitos puramente románticos que había engendrado en autores como Schiller o Verdi.


Francisco García Jurado

H.L.G.E.


ANÁLISIS:
Agravios de siglos atrás
JOSÉ MARÍA RIDAO 21/11/2009
Después de una monumental Historia de España y de diversas monografías sobre los Comuneros, la expulsión de los judíos o el reinado de Isabel la Católica, Joseph Pérez aborda en su último libro uno de los asuntos más sensibles para la historiografía nacionalista: la leyenda negra. La novedad de la aproximación de Pérez radica en que aborda las invectivas contra los monarcas de la Casa de Austria como un asunto cerrado, que tiene sus orígenes en la propaganda de Guillermo de Orange contra Felipe II, vuelve a estar de actualidad entre los escritores del entorno del 98 y acaba disolviéndose con la instauración del sistema democrático y la incorporación de España al proyecto europeo.
Pérez analiza los contenidos de la leyenda negra tratando de separar los hechos contrastados y las fabulaciones en las que más tarde buscarían inspiración algunos artistas europeos como Schiller o Verdi, contribuyendo a extenderlas y popularizarlas. Con este propósito, Pérez incorpora en su trabajo el punto de vista de la reciente historiografía que ha cuestionado el carácter excepcional del pasado español. Felipe II, según Pérez, no habría sido un rey más despiadado que sus pares ingleses o franceses. Como tampoco la Inquisición católica habría actuado con mayor severidad que en otros reinos donde triunfó la Reforma. Ni siquiera el comportamiento de los conquistadores en las Indias habría sido más cruel que el dispensado a los nativos de otras colonias por las metrópolis europeas.
La obra de Pérez constituye, sin duda, un valioso instrumento para conocer las luchas que contribuyeron a forjar la imagen de los Austria en Europa. Pero una vez que se conocen, cabría preguntarse por qué los escritores españoles de principios del siglo XX consideraron como una urgencia historiográfica inaplazable desmentir agravios de siglos atrás. A tal punto, que es entonces, y sólo entonces, cuando forjaron la expresión "leyenda negra".
© EDICIONES EL PAÍS S.L. - Miguel Yuste 40 - 28037 Madrid [España] - Tel. 91 337 8200

viernes, 20 de noviembre de 2009

VICENTE GARCÍA DE DIEGO: UN LATINISTA EXCEPCIONAL, UNA BIOGRAFÍA MERIDIANO


Ya casi hemos terminado la monografía sobre la Historia de la literatura grecolatina durante la Edad de Plata de la cultura española. En ella habrá un trabajo de mucho calado sobre la obra gramatical de don Vicente García de Diego, trabajo elaborado por Javier Espino. Quería aprovechar estas circunstancias para desgranar aquí algunas notas que yo mismo escribí sobre la figura de este latinista cuya vida ha recorrido cien años de la historia de España.La participación de ciertos profesores encargados de curso en la vida académica de la Facultad de Filosofía y Letras de García Morente supuso un claro enriquecimiento, sobre todo cuando se trataba de personas como Vicente García de Diego (1878-1978), catedrático del Instituto Cardenal Cisneros, que en la Facultad estuvo encargado de la asignatura de Latín del año preparatorio durante los cursos 33-34, 34-35 y 35-36. Puede considerarse como uno de los profesores que contribuyeron decididamente a la renovación de la enseñanza de la Lengua Latina a comienzos del siglo XX con la aplicación del método histórico-comparado, y estuvo muy ligado al Centro de Estudios Históricos. Fue uno de los catedráticos legendarios del Instituto Cardenal Cisneros de Madrid. Rafael Lapesa lo recuerda de manera emocionada:Pensemos lo que significa esta huella que el magisterio de don Vicente había impreso, durante un solo curso, en uno de tantos alumnos suyos. Cuando yo lo fui, García de Diego llevaba diecisiete años enseñando, luego continuó por espacio de otros veintiocho: cuarenta y cinco en total, lo que supone haber sembrado el germen del saber humanístico en más de siete mil adolescentes españoles. Y, esto, limitándonos a los que tuvimos la suerte de recibir directamente su enseñanza personal; a muchos otros les llegó a través de sus esmerados libros de texto. Ya me he referido a los de latín; (...) Lástima que las existencias de instrumentos didácticos tan valiosos desaparecieran con la guerra civil.[1]Es importante señalar que a comienzos del siglo XX conviven diferentes métodos para la enseñanza del Latín, desde los más tradicionales, como los Nebrijas renovados, las reediciones latinas de la gramática de Álvarez, propias de seminarios, o los muy decimonónicos manuales del Raimundo de Miguel, hasta los nuevos manuales de enfoque histórico-comparado que aportan nociones de Morfología Histórica, y que permiten presentar de manera novedosa las declinaciones y conjugaciones a partir del criterio de la diferenciación de temas (raíz, radical y tema) y desinencias. Precisamente, estos nuevos planteamientos de la Gramática Histórica, unidos a los de la Lexicología[2] y la renovación pareja de la enseñanza de la Literatura Latina[3], se van plasmando ya desde el bachillerato gracias a la labor callada y constante de personas como García de Diego. [1] R. Lapesa, “Don Vicente García de Diego (1878-1978)”, en Generaciones y semblanzas de filólogos españoles, Madrid, RAH, 1998, pp. 75-76.[2] García de Diego contribuyó también en sus manuales a la renovación de la enseñanza del vocabulario latino gracias a novedosos planteamientos lexicológicos, mediante el agrupamiento de las palabras por ideas, por su “trato en castellano”, o por su formación (V. García de Diego, Lexicología latina, Madrid, Tip. de la «Revista de Archivos», 1923, pp. 3-4). En el caso de la agrupación de las palabras por ideas no podemos dejar de pensar en la labor de su contemporáneo Julio Casares, autor del diccionario ideológico de la lengua española, que leyó su discurso de ingreso en la Real Academia Española con el significativo título de Nuevo concepto del diccionario de la lengua (Madrid, G. Koehler, 1921). Esta perspectiva lexicológica que va desde las cosas a los nombres estaba en pleno florecimiento a comienzos del pasado siglo XX gracias a la escuela de Wörter und Sachen, y precedida, asimismo, por el nacimiento de la nueva disciplina de la Semántica, a cargo de Michel Bréal, cuyo libro circulaba traducido al español gracias a la editorial La España Moderna.[3] El buen hacer de García de Diego en la enseñanza de la Literatura Latina puede verse, por ejemplo, en su Literatura latina y antología (Madrid, Tipografía de la «Revista de Archivos», 1927), destinado al Bachillerato Universitario de Letras. Francisco García JuradoH.L.G.E.

martes, 17 de noviembre de 2009

EL SIGLO XVIII Y LAS HISTORIAS LITERARIAS


Como de vez en cuando tengo necesidad de hablar sobre asuntos historiográficos hoy vuelvo a la carga. Así tengo la sensación de la placidez de la biblioteca, de cierta permanencia, frente al devenir enloquecido de las cosas. Además, tenía ganas de explicar por qué surgen las Historias literarias, verdaderos precedentes de lo que al siglo siguiente serán las historias de las literaturas nacionales. Asimismo, esto es, de manera sucinta, lo que conté en la pasada actividad de la IX Semana de la Cienica junto al arco de San Ginés. El siglo XVIII supone el nacimiento de las historias literarias, concebidas entonces como obras básicamente bibliográficas y eruditas. Al margen de las obras de los hermanos Mohedano y otras aproximaciones a la Historiografía literaria, es en Gregorio Mayáns donde cabe buscar unos fundamentos críticos más consistentes para el enfoque correcto del estudio de la Literatura Latina dentro de España. En lo que a los autores latinos respecta, en el mundo literario de la España del XVIII hay una cuestión capital, como es la de los autores españoles e hispanolatinos, plasmada en la superioridad del «español» Lucano frente a Virgilio. Así las cosas, en la discusión terciaron nombres tan conocidos como el Padre Feijoo en su Teatro Crítico, concretamente en sus «Grandezas de España», y al cabo del tiempo se creó una peculiar polémica frente a los ataques de algunos eruditos italianos, como Tiraboschi y Belletti, que afirmaban que la literatura española de todos los tiempos era la que había corrompido el gusto. En España (y luego incluso entre algunos de los jesuitas expulsos, como Llampillas)se hacía una defensa ciega de lo español. El asunto puede ilustrarse perfectamente con la primera alocución que celebró a mitad del siglo XVIII la llamada Academia Latina Matritense en la madrileña iglesia de San Ginés, una de cuyas conclusiones iba a destinada a demostrar que "Noster Hispanus Poeta Lucanus dignitate canendi, pura Latinitate Virgilium superavit." Este es el contexto,en buena medida tópico, del principal problema que atañe a lo que podemos considerar la incipiente Historiografía literaria de la época. Debe tenerse en cuenta, además, que la consideración de autores como Séneca y Lucano como españoles es un hecho que pervivirá, disfrazado con diferentes ropajes, hasta comienzos del siglo XX. A esta cuestión de la superioridad de Lucano, unida al tópico de la corrupción hispana de la literatura, que sostienen los eruditos italianos aludidos, se añade el problema de cuál ha sido la aportación hispana al conocimiento, que promueve Nicolás Masson, y que después dará lugar a la polémica decimonónica sobre la ciencia en España. Mayáns da un nuevo giro a la cuestión en su Vida de Virgilio, donde establece los fundamentos de una Historiografía Literaria ligada a una incipiente conciencia de Tradición Clásica, más allá de los tópicos relativos a la corrupción hispana de la literatura o a la supuesta superioridad del «español» Lucano sobre Virgilio. A partir de unos nuevos presupuestos historiográficos cuyos fundamentos se encuentran en las tradicionales Poética y Retórica, de un lado, y en la Bibliografía, de otro, va a relacionar a Virgilio con la literatura española a partir del estudio razonado de sus traducciones al castellano.10 Precisamente, los traductores seleccionados son los que prefiguran claramente la idea de un Siglo de Oro de la literatura española, como Fray Luis de León. La Vida de Virgilio escrita por Mayáns está concebida en el marco de un ambicioso proyecto de edición de las mejores traducciones del Virgilio al castellano y con un claro propósito de fomentar el buen gusto literario nacional mediante la imitación de los mejores modelos por parte de la juventud. No en vano, la obra de Mayáns es contemporánea al Ensayo de una biblioteca de traductores españoles de Juan Antonio Pellicer (1778), que es el precursor de la Bibliografía Hispano-Latina clásica de Menéndez Pelayo.

Francisco Garcia Jurado
H.L.G.E.

lunes, 16 de noviembre de 2009

EL MADRID DE CARLOS III. IX SEMANA DE LA CIENCIA

Hoy hemos celebrado la actividad del Madrid de Carlos III, organizada por la profesora Mirella Romero Recio, dentro de la IX Semana de la Ciencia. Este año no hemos tenido ocasión de poder quejarnos del tiempo, ya que Madrid ha lucido sus mejores galas cromáticas. Aunque el tiempo de la actividad parecía dilatado (desde las diez de la mañana hasta las dos y media), no ha sobrado ni un minuto y todo ha transcurrido amenamente. Nuestro apretado programa era el siguiente:

Plaza de la Villa (Sociedad Económica Matritense), por Alfredo Alvar, 10 h.
Arco de San Ginés - Francisco García Jurado, 10,55 h.
Instituto de San Isidro - Mirella Romero, 11,30 h.
Descanso hasta las 12,30.
Puerta de San Vicente - Francisco García Jurado. 13 h.
Palacio Real (Jardines de Campo del Moro en la entrada de Virgen del Puerto) - Ángel Bahamonde 13,30.

Hemos logrado llevar a cabo un recorrido distinto, diferente de lo que entendemos como una ruta turística, que ha servido para que nuestro público aprecie en qué consisten nuestras investigaciones históricas. Sería difícil y prolijo narrar de manera pormenorizada la excursión, sobre todo los matices y las diferentes ideas que han ido esbozando una visión del Madrid de la segunda mitad del siglo XVIII. No es lo mismo, por supuesto, explicar todo lo que hemos contado en una clase que en un paseo, pudiendo apreciar cómo los lugares se asocian a las ideas, o cómo las ideas configuran los lugares. Puro espíritu de la semana de la ciencia, divulgación vivida y de alta calidad. Como tuve ocasión de contar en otro blog, divulgar es vivir. En la foto, puede verse a nuestro público, lo mejor, sin duda, de la semana de la ciencia.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

jueves, 12 de noviembre de 2009

LA ACTIVIDAD "MADRID GÓTICO Y SUBLIME"


Finalmente, la mañana del día once de noviembre de 2009 celebramos la actividad "Madrid gótico y sublime", dentro del marco de la IX Semana de la Ciencia de la Comunidad de Madrid. El día soleado confería una bella especial a la Sacramental de San Justo, que se convirtió por unas horas en un cementerio a la parisina, convertido en lugar para el recuerdo y la culura, como pueden ser Pere Lachaise http://www.pere-lachaise.com/ o Montparnasse. La actividad se repartió en tres partes, perfectamente cronometradas. Don Juan Antonio Pino, que lleva trabajando ya cuarenta años en este cementerio y que es su mayor conocedor, nos regaló con su amable charla y los pequeños secretos del lugar. Visitamos panteones singulares y tumbas que son verdaderas joyas, como la que está coronada por una escultura de Vitorio Macho que, lamentablemente, recibió el impacto de una bomba. El paseo transcurrió por algunos de los patios más notables del cemeterio, en especial los de Santa Gertrudis, donde se encuentra el "otro" panteón de hombres ilustres, con nombres tan señeros como el de Mariano José de Larra. Después, Ana González-Rivas Fernández nos ilustró sobre las claves estéticas de los cementerios románticos, estética de lo "sublime", una forma de arte que va más allá de la belleza, pues pretende estremecer y conmover. Quien esto escribe terminó la actividad hablando sobre los cementerios y la escritura de la Historia, evocando los nuevos estilos arquitectónicos del siglo XIX que conocemos como los "neos" (neobizantino, neogótico...).

Fue una mañana memorable. Las cuarenta personas que acudieron a la actividad mostraron un interés verdaderamente loable. Cuántas ganas de aprender y de aprovechar el tiempo. Mi agradecimiento va dirigido a Juan Antonio Pino y a Ana Gonzalez-Rivas. Mi admiración es para el público asistente.


Podéis ver el álbum de fotos de la actividad en http://www.facebook.com/home.php?#/album.php?aid=122842&id=130834052198


Francisco García Jurado

H.L.G.E.

martes, 10 de noviembre de 2009

Cuando el tiempo se detiene: Pedro Urbano González de la Calle


Por fin ha aparecido publicado en la revista "Literatura: teoría, historia, crítica" (número 11, pp. 303-332. ISSN 0122-011x) uno de los artículos donde más me he implicado vitalmente. Como ya he contado en otras ocasiones, la figura de Pedro Urbano González de la Calle, su brillante carrera académica en España y su no menos brillante exilio, han sido uno de los más hermosos descubrimientos del proyecto de investigación sobre los estudios clásicos y la Edad de Plata de la cultura española. Cuando llegó a mis manos la traducción del manual de literatura latina que tradujo del alemán, con su firma autógrafa, sentí que debía escribir un trabajo para contar los avatares de aquel libro, concebido en la España de los años '30 y publicado en la Colombia de 1950. Un tránsito motivado por el exilio tras la Guerra civil española, pero, al mismo tiempo, un libro donde puede sentirse todavía vibrar un tiempo detenido quince años atras, un tiempo que a duras penas puede suturarse ya con los nuevos tiempos, pero que se guarda en la conciencia lúcida de quien vivió y confiesa haber vivido. He colgado la versión eletrónica del trabajo en el repositorio de la Universidad Complutense en la dirección electrónica http://eprints.ucm.es/9554/. Sin embargo, quisiera adelantaros sólo una parte, como selección personal de mi propio texto. Por circunstancias bien diferentes, concebí este trabajo en Madrid, en la actual Universidad Complutense, donde ya casi nadie recuerda que Pedro Urbano fue profesor allí, y terminé de revisarlo en la de Harvard, lugar de acogida de otros intelectuales exiliados. Os dejo, finalmente, con el texto prometivo, donde tras Pedro Urbano yo también escondo mi pequeño exilio:


"La bibliografía final, que completa y actualiza ampliamente la ofrecida por Leo, es de gran interés para poder situar en un tiempo real el trabajo de Pedro Urbano. Como es natural, el grueso de la
actualización bibliográfica se sitúa entre 1924, fecha de la reedición en aleman del manual de Leo, y el año 1936, cuando Pedro Urbano ultimaba su versión traducida y comentada para su publicación. No obstante, tambien hay libros recogidos con fecha posterior a 1936, que son señal inequivoca de que Pedro Urbano quiso seguir completando su ya copiosa bibliografía para salvar los casi quince anos de distancia entre 1936 y 1950. En esta bibliografía son notables algunas
presencias, y tambien destacan algunos conscientes olvidos relativos a los estudios hispanos. Entre las primeras, la edición en curso de las obras completas de Menendez Pelayo, quien no por participar de presupuestos ideológicos bien distintos a los de Pedro Urbano deja de ser un autor bien considerado por él. Asimismo, destaca la referencia a la traduccion que de Horacio hace un bibliotecario y latinista, Bonifacio Chamorro, que ejerció como ayudante de latín en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid durante los años treinta. Pedro Urbano da noticia de la publicación de veinte odas de Horacio a cargo de Chamorro antes de la Guerra Civil (1935-1936). (...)
También los avatares políticos y bélicos de los años cuarenta afloran puntualmente en la misma bibliografía. Es el caso de la nota a pie de pagina que, con pasmo, hace Urbano ante la “arianización” del nombre del editor de Tibulo, que de Levy cambia su nombre por el de Lenz. Asimismo, y sin comentario alguno, es destacable la referencia a una coleccion de clásicos grecolatinos auspiciada por Benito Mussolini (249). La historia condiciona la vida de esta traducción de Leo y, asimismo, esa misma historia se deja ver discretamente entre sus paginas."
(en la imagen "Exilio" (1944) de Robert Capa)

Francisco García Jurado

H.L.G.E.

domingo, 8 de noviembre de 2009

NUESTRO SIGLO DE ORO


Por diversas razones, hoy dedico este blog al profesor Antonio Barnés, autor de un libro dedicado a la Tradición clásica y el Quijote cuya lectura me está resultando verdaderamente grata. Creo que no es casualidad que ahora el libro esté en mi biblioteca, enriqueciendo la sección de Tradición clásica, y que sobre todo me sirva como motivo de reflexión. Tampoco creo que sea casual el triángulo ideal configurado por Cervantes, Mayáns y la propia idea de Tradición. Mayáns escribió la primera gran biografía del autor del Quijote y no en vano es el pionero de los estudios sobre Tradición. En otro lugar, precisamente en un artículo titulado “Virgilio y la llustración. Mayáns y los fundamentos críticos de la tradición literaria en España” (Revista de Historiografía) dediqué mis vigilias a analizar cómo la Poética y la Retórica, la Bibliografía y la Traducción convergen en la articulación de los nuevos estudios que van a dar lugar a la moderna Historia Literaria. El caso es que ante la vieja cuestión, alimentada por ciertos autores italianos, de la corrupción de la literatura española, que no desaparece, sino que se va a transformar en la infundada polaridad entre el barroquismo de la tradición hispana y el clasicismo de la tradición francesa, hay, de hecho, una tercera vía posible: la tradición hispana de carácter reformista (Vives, El Brocense…) apuntada ya en Mayáns, según Antonio Mestre. Mayáns ha de situarse dentro de un marco historiográfico que tiende a convertir el Renacimiento en el paradigma de la tradición literaria, con su correspondiente mirada a las letras clásicas. Este autor presenta, además, la peculiaridad de ciertos intelectuales españoles que desde el siglo XVIII intentaron recuperar la herencia hispánica de ese periodo. Y resulta hermoso comprobar cómo la herencia de Mayáns no desapareció del todo en el siglo XIX. Con respecto al intento de convertir el siglo XVI hispano en el verdadero Siglo de Oro de la literatura resulta interesante la reivindicación que de él se hace en la Colección de Autores Selectos, compilada, si bien no se explicita, por dos de los grandes historiadores de la literatura del siglo XIX: Alfredo Adolfo Camús y su amigo y paisano Amador de los Ríos. Allí encontramos, además de resabios ilustrados, como la idea de «restaurar el buen gusto» de las humanidades, la elocuente relación entre «Humanistas del siglo XVI» y «nuestro siglo de Oro»:

«No podía en consecuencia dejar de acudir el Gobierno á poner la debida enmienda en tan punible olvido de las buenas doctrinas clásicas. Para conseguirlo no bastaba solo el recomendar al digno profesorado de segunda enseñanza el ejercicio y aplicación de los mejores métodos: habíase perdido enteramente la tradición del excelente y luminoso empleado por nuestros eminentes humanistas del siglo XVI: y sin restablecerlo de antemano, inútiles hubieran sido sin duda todos los esfuerzos. A este propósito se encamina por tanto el presente volumen: solo con la asidua lectura, análisis é imitación de los autores de nuestro siglo de Oro y de los que en tiempos posteriores han logrado seguir de cerca sus huellas, será posible restaurar el buen gusto en el campo de las humanidades, levantando de nuevo la lengua y la elocuencia española al grado de esplendor en que las pusieron los Mendozas, Marianas y Granadas y Cervantes. » (Amador de los Ríos y Camús 1849, pp. V y VI)

De manera significativa, el primer texto que abre la colección de autores es el de la Oración en que se exhorta á seguir la verdadera idea de la elocuencia española, de Gregorio Mayáns y Siscar. Nótese el uso que se hace en el texto citado de expresiones como «las buenas doctrinas clásicas», «la tradición» o «siglo de Oro», que muestran no sólo una toma de postura, sino también una clara conciencia de la idea de Tradición Literaria hispana. Si bien otros libros del siglo XIX, como el compilado por Gil de Zárate para dar cuenta de la Historia de la Literatura española, harán bascular el llamado Siglo de Oro hacia el siglo XVII, en particular al género dramático, no podemos obviar el hecho de que la acuñación historiográfica que entendemos como «Siglo de Oro» de la literatura española sea esencialmente un mito dieciochesco que mira de manera retrospectiva al XVI, y que en Mayáns tenga, además, una de las figuras más representativas para ilustrarlo. El canon de la literatura española durante el siglo XIX se ha articulado en torno a lo que Mainer denomina «un canon mixto», basado en el doble concepto de literatura y utilidad, si bien conviene revisar la visión de la literatura del XVIII que se difunde durante el siglo siguiente, dado que se contempla básicamente a autores como Moratín o Cadalso y no a otros como Mayáns. No obstante, en alguno de los manuales españoles de literatura latina publicados durante el siglo XIX en España todavía aparece la oportuna referencia al estudio virgiliano de Mayáns.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

viernes, 6 de noviembre de 2009

EL LUCRECIO DE SCHWOB Y EL LUCRECIO DE SAUSSURE


Esta semana, durante la impartición de una de las asignaturas que tengo asignadas, el "Comentario de textos lingüísitcos", he vuelto a pensar en un viejo tema de trabajo que entreví hace ya un par de años. Cuando terminaba mi libro titulado "Marcel Schwob. Antiguos imaginarios" pude comprobar como este escritor francés de finales del siglo XIX había asistido a los mismos ambientes académicos a los que acudía también el lingüista Saussure durante su etapa parisina. De hechos, ambos recibieron enseñanzas del gran semantista Michel Bréal. Si Saussure concibió una lingüística estructural, basada en la vieja dialéctica de las polaridades, Schwob conbibió una forma de estudio literario que conpartia los mismos principios. Arte frente a Historia de Schwob no deja de ser la polaridad entre Sincronía y Diacronía de Saussure. Pues bien, al margen de estas coincidencias vitales y temáticas, ambos autores posaron sus ojos, aunque por razones diferentes, en un mismo autor latino: el poeta Lucrecio, autor del poema en hexámetros titulado Sobre la naturaleza de las cosas. Saussure lo hizo para investigar cómo al comienzo del poema, precisamente en la invocación a Venus, se esconde tras las palabras "visibles" el nombre griego de la diosa: Afrodita. Sea un hecho buscado o no, nos quedamos boquiabiertos ante lo que el mismo Saussure llama "el hecho material" de ver cómo, en efecto, puede leerse escondido y algo desordenado el nombre griego. Puede que sea casualidad, pero esta investigación llevó a Saussure buena parte de los años que pasó en Ginebra impartiendo el Cours de linguistique. Por su parte, Schwob crea una de las vidas imaginarias más intensa cuando habla acerca de Lucrecio y su descubrimiento del rollo de Epicuro en la biblioteca vacía. Allí será donde Lucrecio comprenda por qué vive y, al mismo tiempo, por qué va a morir. Lucrecio es un poeta que todavía en el siglo XIX presenta problemas ante los partidarios de la religión y la moral. Los manuales de literatura latina no se cansan de alabarlo o despreciarlo. Esa conciencia de la literatura latina es la que, por otra parte, hemos estudiado María José Barrio y yo en un trabajo que hemos dedicado a Schwob y Clarín en torno a la estética del cuento latino. Hemos elegido el relato sobre Lucrecio de Schwob y el cuento que Clarín dedicó al poeta Vario. En ambos casos se baraja la posibilidad de un poeta sin obra, ya sea en la ficción o en la triste realidad de los siglos venideros. Este trabajo ha sido publicado en Cahiers Schwob número 2, una exquisita publicación francesa que la profesora Agnès Lhermite hace posible con una pasión y dedicación envidiable.

Cuánto queda por estudiar, cuánto por aprender. Todo esto es posible si sabemos alejarnos de las personas nocivas que a menudo nos acompañan en nuestras vidas cotidianas y laborales.


Francisco García Jurado

H.L.G.E.

martes, 3 de noviembre de 2009

FRANCISCO AYALA, IN MEMORIAM


No ha llegado a su centésimo cuarto cumpleaños, pero la vida ha sido generosa con él, convirtiéndolo en una biografía meridiano, una de esas vidas que atraviesan como flechas diferentes periodos de tiempo. Ofrezco, lacónicamente, una parte del prólogo que escribí para el libro de Inmaculada López Calahorro, Francisco Ayala y el mundo clásico, publicado por la Universidad de Granada:

"Dos libros sobre Ayala que hay en mi biblioteca marcan el tiempo inmediatamente anterior al año 75 y el tiempo posterior. El primero, publicado por la editorial Novelas y Cuentos, recoge una selección de sus relatos. Está publicado en 1972. El segundo es la edición en Espasa Calpe de El tiempo y yo y El jardín de las delicias. Está publicado en 1978 y supone, la vuelta de Ayala a la literatura española no ya como autor del exilio, sino como autor español, a secas. Curiosamente el tiempo, al pasar, unifica, borra fronteras. Separar ambos libros será sólo un empeño histórico con el irremediable paso de los años. La historia española está construida a partir de inmensas discontinuidades, como diría Claudio Guillén. Y fue precisamente en ese ejemplar de El tiempo y yo donde tuve la grata experiencia de la prosa miscelánea de Ayala, una dimensión compartida con otros escritores de su tiempo, como el catalán Joan Perucho. La miscelánea es un fenómeno antiguo, se trata de una exposición ajena a los sistemas, a los esquemas, que aspira a una reconstrucción ulterior, a cargo del lector, del aparente desorden. Es materia de gran interés cómo las cosas intrascendentes de cada día se convierten en materia solemne, duradera, gracias al uso de textos clásicos, especialmente los de Plinio, Tácito o Apuleyo. El afán de conferir trascendencia a una noticia anclada en la actualidad inmediata es un hábil juego con el tiempo, casi un anhelo. Ayala penetra en el concepto de fama a través de las reflexiones que sobre ella, como afán vital, hace Plinio el Joven. El autor latino convierte este afán de fama en un acto de nobleza, no de vanidad, en un propósito legítimo. La trascendencia de los hechos asegura, al fin y al cabo, su permanencia en el tiempo. Recuerdo que González Iglesias ha cantado las hazañas de los atletas españoles en Atlanta, pues sus empeños humanos no podían quedar reducidos a la hueca narración de la prosa deportiva. Para ello escribió, como Píndaro, unas nuevas Olímpicas.

Ahora es tiempo de terminar. Al cabo de los años aspiramos a conservar vivos los mejores recuerdos de nuestra vida. Veo mientras escribo estas líneas una foto de Ayala junto al cuadro Nuestro jardín, el que pintara su madre antes de casarse. Una niña mira ensimismada, tras dejar el aro en el suelo, lo que hay dentro del estanque rodeado de flores. Es ya una mirada eterna."

Francisco García Jurado
H.L.G.E.