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miércoles, 3 de marzo de 2010

TRES DÍAS DE DICIEMBRE DE 1791: ELOGIO DE LA HISTORIOGRAFÍA LITERARIA


Parece hoy día más necesario que nunca poder definir, más bien redefinir, la naturaleza de una literatura europea y, de manera más específica, de una historia de la literatura europea. Asimismo, sería necesario devolver a la propia literatura su papel crucial a la hora de formar generaciones, de hacer crecer la mente. Al hilo de tales reflexiones, supone un privilegio intelectual poder adentrarse en los documentos originarios que alumbraron tales ideas. Por Francisco García Jurado.
La circunstancia, más bien la dicha, de que estos días tenga en mis manos uno de los ejemplares originales de los EXERCICIOS PÚBLICOS DE HISTORIA LITERARIA QUE HAN DE TENERSE EN LA BIBLIOTECA DE LOS ESTUDIOS REALES DE MADRID, donde se publicaron los primeros resultados de la primera cátedra de HISTORIA LITERARIA que hubo en España, precisamente durante el último decenio del siglo XVIII, me ha llevado a reflexionar, una vez más, sobre el lugar que la literatura y la cultura ocupan en nuestra vidas. En este documento todavía se habla sobre LITERATURA para referirse a la PRODUCCIÓN ESCRITA en general, como hace el propio Abate Juan Andrés en su magna obra titulada ORIGEN, PROGRESO Y ESTADO DE TODA LA LITERATURA. Es curioso, además, que fuera la obra de un jesuita expulso la que sirviera de primer libro de texto para la cátedra de Historia literaria de los Reales Estudios de San Isidro. La Historia literaria viene definida en buena manera por la inscripción que hay justamente bajo la puerta principal del actual Instituto San Isidro, donde se dan cita las diversas ciencias. El siglo siguiente, el XIX, nos trajo una visión más restrictiva de la idea de literatura, vinculada a las Bellas letras, pero no por ello perdió su valor formativo como reflejo de la Historia y de las ideas. Es la época donde, además, se configura la idea de LITERATURA EUROPEA, cuya complejidad es notable ya desde su propia génesis. Se puede establecer un itinerario que parta de la obra ya citada de Juan Andrés, a finales del siglo XVIII, y que llegue hasta Paul van Tieghem y su Compendio de Historia Literaria de Europa, publicado a comienzos del siglo XX. Este último se expresa así al comienzo de su obra: “En varias ocasiones he intentado, en estos últimos años, hacer ver cuál puede y debe ser el lugar de la historia litraria general al lado de la historia de las diferentes literaturas y de los estudios particulares de literatura comparada.” Pero cabe observar cómo se fue perdiendo la conciencia de una literatura europea como categoría universal al tiempo que fue desarrollándose la historia de las diferentes literaturas. La literatura dejó de ser una entidad atemporal y universal para entrar en los parámetros de la historicidad y los nacionalismos. El caso de la “Historia de la Literatura Latina” en la transición que va desde la Ilustración al Romanticismo es un ejemplo notable de lo que decimos. El variado conjunto de ideas que conforman lo que entendemos como historiografía literaria es el resultado de un planteamiento que cobra razón de ser en unas condiciones históricas determinadas, precisamente, en esa transición compleja que se da entre el siglo XVIII y el XIX. La comprensión cabal de la necesidad de hacer historiografía literaria, es decir, el lugar de ser de las historias de la literatura, encuentra uno de sus fundamentos en la nueva mentalidad burguesa (Maravall) de la Ilustración, que dio lugar a una actitud de distanciamiento intelectual con respecto al autor y la obra del pasado aparejada a un esfuerzo por situar las obras en su contexto histórico. Semejante nueva actitud ilustrada frente a las manifestaciones artísticas y literarias trajo consigo, y ésta será una de las herencias más preciadas del siglo XVIII para la centuria siguiente, la conciencia de la “historicidad” de las obras de arte, que busca la razón de las causas profundas que motivan el devenir de unos períodos a otros en un planteamiento que transciende la mera sucesión cronológica . En este sentido, y en lo que respecta a la consideración de las lenguas clásicas, esta nueva actitud de distanciamiento dio lugar a la utilización de tales lenguas en calidad de llaves para el conocimiento de una cultura pretérita, lo que las situó en la antesala de los modernos estudios filológicos. Así pues, la historiografía literaria se va abriendo paso entre los siglos XVIII y la primera mitad del XIX, frente a una concepción de la literatura eminentemente retórica. Su gradual articulación como disciplina viene a ser la última consecuencia de la “Batalla de los antiguos y los modernos”, que terminó en tablas. Este paso trajo consigo, además, la oportunidad de establecer una periodización, en unos casos más acertada que en otros , que favorece la reflexión sobre el desarrollo de las diferentes literaturas nacionales, confluyendo así el novedoso planteamiento historicista con la crítica estética. Este nuevo panorama historiográfico para el estudio de la literatura se vio favorecido por el favor institucional, al instaurarse en el nuevo contexto de las universidades decimonónicas cátedras de historia literaria, con la consiguiente necesidad de profesores y la proliferación de programas de clase y manuales.
Por todas estas razones, la lectura de este documento originario de 1791 me suscita muchas reflexiones. Han pasado exactamente 219 años desde aquellos lejanos tres días de diciembre en que tuvieron lugar aquellas sesiones literarias, a las tres y media de la tarde. Supone un gran placer intelectual poder sumergirse en estas páginas pulcramente editadas y en los sueños ilustrados de un mundo perdido.
FRANCISCO GARCÍA JURADO
H.L.G.E.

domingo, 28 de febrero de 2010

LA PRIMERA HISTORIA DE LA LITERATURA ROMANA


El curriculum vitae de una persona tiene mucho de biográfico, y no deja de ser una historia externa de su a veces incansable labor, de su amor por las cosas. Pero un curriculum, como una historia externa, no deja tampoco de ser una sucesión fría de datos donde falta el relato de las motivaciones, los éxitos y los fracasos. Que mi compañero Bern Marizzi y yo mismo hayamos publicado en Cuadernos de Filología Clásica (Estudios latinos), concretamente en el número 29/2 del año 2009, un trabajo sobre la primera historia (moderna) de la literatura latina es un dato frío que quedará registrado en las bibliografías especializadas más allá de nosotros. Pero nadie podrá saber, salvo mis queridos lectores, cómo y dónde surgió este trabajo y cómo en él ha nacido, quizá lo más importante de todo, una amistad y respecto intelectual entre ambos coautores que no siempre se da en la vida académica. Fue precisamente un día en la estación de metro de Ciudad Universitaria. No recuerdo si Bern venía o yo me marchaba, pero el caso es que coincidimos en el vestíbulo. Fue allí cuando planeamos emprender un trabajo conjunto, y yo le propuse traducir el programa de Literatura romana de Wolf. Creo que él al principio no sintió demasiado entusiasmo ante lo que, a priori, no era más que traducir un programa de curso. Sin embargo, poco a poco fue viendo cómo aquello era algo de mayor calado, sobre todo cuando encontró ecos de Winckelmann, el historiador del arte, e importantes nociones de Filosofía de la Historia que remitían a Herder. La labor de Marizzi fue traducir el alemán dieciochesco de Wolf, la mía transcribir los nombres de los autores latinos al castellano. En algún momento nos dimos cuenta de que el trabajo era mayor del previsto, pero no por ello nos rendimos. Al mismo tiempo fuimos construyendo la introducción del artículo, donde Marizzi desarrolló un aspecto que yo desconocía, como era la relación de Wolf con España a través nada menos que de personajes como Pardo de Figueroa, que hizo de intermediario entre el propio Wolf y Godoy. En fin, de todo aquello fue surgiendo un retrato del pequeño mundo de la Filología europea antes y después de Napoleón, el delicado tránsito de la erudición ilustrada a la romántica, y muchas nuevas ideas para futuros proyectos. Wolf es hoy día un fría nombre para la historia de la Filología, pero su vida, sus circurnstancias, son tan interesantes como sus ideas. Cuando tuvo que salir de su amada Halle, a causa de las invasiones napoleónicas, Guillermo de Humboldt se lo llevó a Berlín, donde le hizo partícipe de su nuevo proyecto científico y universitario. Wolf no llevó bien el traslado, y de igual manera que un árbol que se ha transplantado comenzó a secarse poco a poco. Curiosamente, vislumbró en 1787 cómo serían los estudios literarios tras Napoleón y la nueva concepción romántica y nacionalista del muno, pero ese nuevo mundo pasó sobre él y lo dejó fuera de su propio tiempo. Nuestro artículo supone la primera traducción del programa de curso de Wolf al español. En uno de los epígrafes de la introducción cuento cómo ciertos intermediarios, en especial la versión francesa del manual de Ficker, permitieron que sus ideas pasaran a los manuales de literatura españoles. Tras este dato se esconde mi conocimiento de estos documentos que constituyen un interesante patrimonio educativo y por el que algunas generaciones, como la de Clarín, descubrieron ciertos pormenores de la literatura clásica. También en estos pormenores se esconde mi pasión por las pequeñas cosas. Como decía al comienzo, los datos quedarán almacenados en las frías bases bibliográfica, descarnados ya de nuestras circunstancias, que en parte he contado aquí. Los que nos dedicamos a la Historiografía sabemos que las circunstancias muchas veces se vuelven argumentos, pero cuando las circunstancias se borran por efecto del tiempo sólo queda la posibilidad de adivinarlas.


FRANCISCO GARCÍA JURADO

H.L.G.E.