sábado 14 de febrero de 2009

LA FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS Y LA SEGUNDA REPÚBLICA ¿FIN DE UNA AVENTURA?


El día 15 de febrero termina la exposición de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid durante la Segunda República. Toda una aventura intelectual abanderada por Santiago López Ríos y Juan Antonio González Cárceles que ya será, para algunos de nosotros, una etapa de nuestra vida personal y académica. Ha sido un honor trabajar con ellos y compartir su entusiasmo. Quiero reproducir aquí el texto que publiqué hace ya unas semanas como reseña en http://www.madrimasd.org/.


Mañana domingo termina la exposición, pero queda una magnífica vidriera art decó en nuestra facultad y un catálogo de 767 páginas. ¿Sólo eso? No, también la conciencia de un tiempo vivido con intensidad, más allá del tedio académico que nos preside, de las circunstancias más inmediatas. A veces la vida nos brinda estos privilegios.


"La Facultad de Filosofía y Letras de Madrid en la Segunda República"

Centro Cultural Conde Duque, hasta el 15 de febrero de 2009

Mis alumnos -más bien, mis alumnas- no dejan de asombrarse cuando les explico, año tras año, que en el edificio donde hoy estudian tuvo lugar un milagro intelectual. El día 15 de enero de 1933 se inauguraba una parte de la moderna Facultad de Filosofía y Letras en el flamante campus de la Ciudad Universitaria de Madrid. No era un hecho puntual. Con aquella inauguración tenía lugar la primera plasmación de un anhelado proyecto de renovación educativa y cultural. No podemos entender, como seguramente hoy haríamos, que aquella inauguración era simplemente un acto académico, ni mucho menos una circunstancia local o meramente corporativa. Qué pobres nos hemos vuelto intelectualmente si no somos capaces de entender que la cultura española se encarnaba aquella mañana del domingo 15 de enero en el asombro de un edificio de estilo racionalista, resultado de haber aunado lo mejor de la arquitectura académica alemana y norteamericana con el ladrillo y el granito madrileño. A pesar del estricto estilo racionalista del edificio, con sus ventanales corridos y sus líneas rectas, su planta recuerda, aún hoy, a las simetrías complejas del museo del Prado. Toda esta realidad, a menudo difuminada por el tiempo, ha vuelto a revivir gracias a la labor incansable de dos personas admirables, los profesores Santiago López Ríos y Juan Antonio González Cárceles, filólogo y arquitecto, respectivamente. Ambos son los comisarios de la exposición que hasta el día 15 de febrero de 2009 podemos admirar en las salas del Centro Cultural Conde Duque de Madrid. La colaboración de un filólogo y un arquitecto ha dado lugar al planteamiento que preside esta intensa aventura de rescatar un episodio notable de la cultura española: la relación estrecha que se da entre el intangible mundo de las ideas con la arquitectura, ya que no en vano la segunda constituye el contexto más inmediato de las primeras. A tono con el ambiente invernal de estos días, unos jóvenes estudiantes nos saludan, desde una gran fotografía en blanco y negro, nada más entrar en la exposición. A partir de ahí, comienza la magia que nos lleva a la conciencia de un tiempo magistralmente recobrado, gracias al trabajo minucioso y sensible de los responsables de esta exposición. La primera parte de la muestra está dedicada al edificio, obra de vanguardia proyectada por Agustín Aguirre y milagrosamente viva aún hoy. Los planos, símbolo perenne de proyectos y utopías, muestran un edificio donde se ofrece la gran alternativa al viejo caserón de la calle de San Bernardo, la añeja facultad inscrita en el Madrid que hoy llamamos “galdosiano”. Ahora estamos en otro lugar, la continuación natural de ese Madrid de la zona noroeste en el que Juan Ramón Jiménez intuyó una ciudad europea y moderna. Es también la facultad que mira al Guadarrama y su valor educativo, tan evocador de aromas institucionistas. El mundo académico más cotidiano, el de las pizarras, los bancos de madera y el alumnado, nos va acogiendo a medida que nos internamos en la exposición. La cotidianeidad de un momento extraordinario. Todo ello está presidido por el gran símbolo de la vidriera que por muy poco tiempo adornó el interior del hall del edificio de la facultad, lugar que todavía no había sido construido en 1933. Además de esta reconstrucción a menor escala dentro de la exposición, la gran vidriera Art Decó ha vuelto a ocupar, resucitada, su original emplazamiento, como si fuera un gran programa iconográfico de las humanidades. Merece la pena acudir a la misma Ciudad Universitaria para verla en todo su esplendor. Sin embargo ellas, que eran mayoría, las estudiantes de aquellos lejanos años 30, no tienen entre sus recuerdos la monumental vidriera, pues apenas dio tiempo a inaugurarla, y pronto aquel lugar para el conocimiento y la curiosidad se convirtió en escenario bélico. Si seguimos avanzando por la exposición entramos después en los estrictos recintos del saber, los filosóficos, filológicos, históricos y pedagógicos. Allí están los grandes maestros, como García Morente, Ortega, Montesinos, Menéndez Pidal, Asín Palacios, González de la Calle, o María de Maeztu. Pequeñas joyas bibliográficas y documentales de lo que hoy llamamos la “Edad de Plata de la cultura española” pueden admirarse dentro de las vitrinas, junto a cuadros y otros objetos personales. No puede dejarse de reseñar la sección dedicada a la biblioteca, recreada mediante una fotografía en blanco y negro de grandes dimensiones donde los visitantes, vistos delante de ella, parecen acceder al pasado. El recuerdo a la bibliotecaria Juana Capdeville supone, en sí mismo, un grito contra la barbarie y nos lleva al estremecimiento provocado por una violencia incomprensible. Y, ya en el último tramo de esta parte de la exposición, no desmerece de todo lo visto la evocación del mítico crucero por el Mediterráneo que en 1933 hicieron algunos profesores con los alumnos -aquí es pertinente hablar de la presencia notable de las alumnas-. El Ciudad de Cádiz, cuya maqueta podemos admirar aquí, sirvió de universidad itinerante, marinera, y de símbolo de una nueva concepción de la enseñanza, quizá la más avanzada que se haya podido concebir hasta la fecha. Cámaras de fotos, diarios y hasta un viejo salakov, tan ligado a la imagen mítica de los viajeros europeos por Oriente, vuelven a la vida, testigos de su aventura inolvidable, dentro de las vitrinas de la exposición.
Finalmente llegamos a la gran sala que cierra la exposición. Está presidida por una enorme maqueta que representa la Ciudad Universitaria durante los años de la guerra civil. Libros que sirvieron de parapeto y salvaron vidas muestran hoy día las balas y los desgarros entre sus páginas. La facultad quedó parcialmente arrasada, pero su estructura soportó las bombas hasta el punto de poder ser reconstruida, una vez más, bajo la dirección del arquitecto Aguirre, ya en una nueva y lejana circunstancia. Aquella facultad, al margen de los nuevos discursos políticos de tinte imperial, fue también réplica muda de un tiempo pasado y perdido. Nada volvió a ser igual. Esta facultad fue concebida por primera vez en una monarquía, se construyó en una república, se reconstruyó en una dictadura y hoy, de nuevo en una monarquía, vuelve a ser motivo de evocación y de ejemplo.
Quedará para recuerdo un monumental catálogo que ya es una obra de referencia. Sus estudios y documentación gráfica lo convierten en un ilustrado festín y suponen una aportación impagable.
Francisco García Jurado
Universidad Complutense

viernes 13 de febrero de 2009

DARWIN EN LA HISTORIA DE LA LITERATURA. EL CASO DE CANALEJAS


Aprovecho la ocasión de que el día 12 de febrero de 1809 nació Charles Darwin para volver a pubicar una entrada de este blog que estaba dedicada, precisamente, al insigne naturalista inglés. Como es de esperar, la oportunidad de publicar esta entrada sobre Charles Darwin tiene que ver, naturalmente, con la propia historiografía literaria. Lo mejor es ir a la entrada directamene para poder apreciar mejor lo que digo.
El Museo de Ciencias Naturales de Madrid tiene una tienda que es mucho más que eso. Me sorprendió ya hace tiempo que, entre pequeños recuerdos y dinosaurios de goma, la tienda fuera, en realidad, una librería especializada en facsímiles de gran calidad y viejos libros de ciencia. Allí está la traducción al español de algunas obras de Alexander von Humboldt o libros de algunos de nuestros mejores científicos hispanos, entre estudios botánicos y monografías sobre el universo. De alguna memorable visita hecha a esta gran librería jamás olvidaré el haber encontrado allí la recopilación titulada El grabado en la ciencia hispánica que hizo José Mª López Piñero. La representación de un megaterio, precisamente la ilustración que abre esta entrada, se ha terminado convirtiendo en digno emblema de esta pequeña gran historia.
No nos llevemos a engaño. La ciencia hispánica es una gran desconocida, y aún mucho más los nombres que la han hecho. Pero España no ha sido sólo un país de toreros y artistas. El gran problema para entender esta pequeña gran historia está en el mito del héroe romántico aplicado a la propia Historia de la Ciencia : como no hemos tenido nombres descollantes (a excepción de Cajal), a falta de “grandes héroes”, entendemos, pues, que no ha habido ciencia. Desconocer que la ciencia tiene un contexto y que precisa de una comunidad, no sólo de un “héroe”, es uno de los errores más comunes a la hora de historiarla. Algo parecido, en otra escala, ocurre cuando hacemos historia de, por ejemplo, los estudios filológicos en España. Por supuesto, ahí están los grandes “héroes” llamados Menéndez Pelayo y Menéndez Pidal, pero quedan como nombres aislados.
Ahora que llevo un tiempo tratando de hacer una “Historia de las Historias de la Literatura en España” es cuando puedo entender con mayor propiedad estos errores de concepción. Los manuales tienen una clara vinculación con el horizonte en el que se divulgan las nuevas ideas científicas, como bien llevan estudiando hace años los componentes del grupo MANES (con sede en la UNED). El grupo MANES lleva descubriendo hace ya tiempo de qué manera estos humildes libros escolares han sido, en definitiva, los grandes divulgadores de las ideas científicas en sus respectivas comunidades. Me pareció, a este respecto, muy interesante, el estudio y exposición que la profesora Margarita Hernández Laille organizó en 2006 acerca de la propagación de las ideas de Darwin en España durante el siglo XIX a través de los manuales de Historia Natural. Como tuve ocasión de leer en un nota de prensa publicada también entonces: «Antes de que El Origen de las Especies (1859) se tradujera al español ya los libros de texto recogían la teoría de la evolución de Charles Darwin, un científico que, tanto en el idioma de Shakespeare como en el de Cervantes, encontró partidarios y detractores. El primer libro de texto que incluía la revolucionaria teoría biológica salió de la imprenta granadina de Francisco Ventura y Sabatel en 1867: el manual se titulaba
Libro de Historia Natural y su autor fue Rafael García Álvarez.».
Es más, Aunque parezca sorprendente, el eco de Darwin ya había llegado durante aquellos años hasta los propios manuales de Literatura Latina. Uno de los manuales más interesantes publicados en España es el del conocido político José Canalejas y Méndez, que fue alumno de Alfredo Adolfo Camús. Es un manual publicado precisamente cuando se crea la Institución Libre de Enseñanza y tiene un claro sesgo liberal (estoy preparando un estudio concreto sobre este libro). Cabe señalar que el propio Canalejas habla ya de las nuevas teorías de Darwin al tratar acerca del poema científico de Lucrecio:

«No faltan tampoco en el poema de Rerum natura ciertos presentimientos respecto de problemas planteados por la ciencia contemporánea, como por ejemplo, el de los séres ante-diluvianos y la famosa teoría Darwiniana de la selección natural, admirablemente planteados por Lucrecio.
Ofreciendo el cuadro de la Humanidad primitiva, sirve Lucrecio á las tendencias de su escuela, mostrándonos como el hombre nacido del seno de la tierra por una especie de generación espontánea, se ejercita poco á poco en el uso de sus facultades, y de progreso en progreso concluye por abandonar su primitiva incultura, gozando de los encantos de la civilización.» (Canalejas y Méndez, J., Apuntes para un Curso de Literatura Latina. Tomo I, Madrid, 1874, pp. 167-168)

En lo que a Lucrecio respecta, este párrafo nos muestra un notable ejemplo de relectura y actualización de un autor antiguo al calor de las nuevas teorías científicas y sociales, de inspiración darwinista (“selección natural”), en el primer caso, y positivista (“progreso”) en el segundo. Marx alabó a Lucrecio como buen difusor de las teorías materialistas de Epicuro, y nuestro abate Marchena, viejo ilustrado y precedente del ideario liberal, hizo una encendida traducción de su poema épico-científico.
No por ser menos conocidas estas pequeñas historias dejan de existir.

Francisco García Jurado
HLGE

miércoles 11 de febrero de 2009

BIBLIOTECA MEDICEA LAURENZIANA DE FLORENCIA


Aprovechando que nuestra compañera Virginia ha pasado unos días en Florencia, feliz entre incunables y bibliotecas magníficas, he querido que compartiera con nosotros algo de esa vivencia humanista con un breve relato sobre una de las bibliotecas que para mí entran en la categoría de míticas, la Laurenziana. Mi recuerdo de esta biblioteca tiene sabor de manzana, pero esta supuesta arbitrariedad puede explicarse. Cuando estuve en Florencia por vez primera tenía veinte años y muy poco dinero (tampoco ahora tengo mucho más, eso sigue siendo una constante). En el mercado que está cerca de la biblioteca mis compañeros de viaje y yo compramos unas manzanas que me parecieron las más sabrosas que jamás había probado en mi vida. Debía de ser el hambre y la magia de aquellos días. Hoy esas manzanas guardan un recuerdo de felicidad y belleza. Disfrutad de esta bonita crónica que ilustro, por cierto, con el grabado que la propia Virginia me ha traído como regalo. En él se ve, como ella misma me cuenta, de qué manera quedaban los libros protegidos bajo lienzos en esos magníficos bancos. Lugar mágico como pocos es esta biblioteca de Miguel Ángel.


Ahora pasamos a la reseña de Virginia:


"La Biblioteca Medicea Laurenciana fue creada por Cosme el Viejo, para disfrute de todos los ciudadanos de la República Florentina en 1444, en su propio Palazzo Médicis de la ‘Via Larga’, a donde iban las adquisiciones del Canciller de Florencia y humanista Coluccio Salutati y regalos en son de paz como el Tito Livio de Alfonso V el Magnánimo de Nápoles. Los fondos de los manuscritos griegos y latinos, recogidos en los trasalpinos por Poggio Bracciolini y mandados a Florencia para ser copiados por Nicolás Niccolì se vieron ampliados por su hijo Piero el Gotoso y su nieto Lorenzo el Magnífico, protector de los Studia Humanitatis. Un creador y partícipe de la Academia Platónica de Marsilio Ficino que junto con Ángelo Poliziano o Cristoforo Landino más los estudiosos del griego como Crisoloras o Demetrio el greco conformaban el gobierno de una ciudad ideal, proyectada por Juan Bautista Alberti. Durante los años 1480 hasta la muerte de Lorenzo en 1494, los mecenas- banqueros como F. Sasseti o Giovanni Tornabuoni colaboraron en el esplendor de esta biblioteca en la que ya se encontraban lujosas ediciones impresas, adquiridas con su propio peculio, y encargadas de su revisión crítica a los humanistas. La Biblioteca fue desmantelada en la época del fraile Girolamo Savonarola, y en parte llevada a San Marcos. Para que no fuera saqueada fue recogida y traslada al Vaticano por el hijo del Magnífico, que había subido al papado con el nombre de León X. Posteriormente el papa Clemente VII- otro Médicis-, en 1524, le encargó a Miguel Ángel Buonarroti realizar el proyecto arquitectónico de una Biblioteca pública, aneja a San Lorenzo, apropiada para guardar las joyas bibliográficas adquiridas por los Médicis, durante casi un siglo. Cosme I de Médicis, casado con la española Leonor de Toledo, continuó financiando la obra. Miguel Ángel agrandó los espacios con volutas en su escalera principal y diseñó la sala de lectura, tal como podemos verla hoy en día, finalizándola en 1564."

Virginia Bonmatí Sánchez

martes 10 de febrero de 2009

PATRIAS "NATURALES". IDEALES ROMÁNTICOS CONTRA EL HUMANISMO


Una de las falacias más recurrentes de cualquier movimiento político reside en la justificación de hechos meramente convencionales, contextualizables en contextos históricos determinados, como “hechos naturales”. Las “patrias naturales”, con su antecesor mítico incluido (como, por ejemplo, el caso de Túbal en los cronicones que mitificaban una visión austracista de la historia de España), son caldo abonado de este tipo de planteamientos falaces. Hoy quiero destacar cómo funcionan ciertas asociaciones “naturales” a sus anchas, como aquella de que a un pueblo le corresponde “naturalmente”· una lengua. En mis estudios acerca de la difusión de ciertas ideas políticas y literarias a lo largo del siglo XIX no ha dejado jamás de asombrarme la difusión que tuvieron las ideas de Friedrich Schlegel (en la imagen), gracias a obras como su Historia de la literatura antigua y moderna (1825). Este libro se publicó en España traducido por un tal “P.C.”, y sus dos tomos sirvieron de libro de cabecera para la construcción moderna y liberal de la literatura española (liberalismo que, como ha visto José Carlos Mainer, deja a un lado los viejos ideales ilustrados de universalidad para abrazar causas nacionales más concretas). La obra contribuye a abonar en el pensamiento europeo el mito ya sembrado por Herder de la equivalencia “natural” entre lengua, literatura y nación. Vamos a destacar dos ideas significativas desarrolladas en la obra, que gozó de una buena traducción al español en 1843:[1]

-La unión de lo gótico y lo cristiano, frente a lo clásico y lo pagano:

“No hay monumentos en los cuales el genio de la edad media en general, pero en particular el de los Alemanes, se haya expresado tan completamente como en la arquitectura llamada gótica, cuyo origen, desarrollo y variaciones no se conoce sin embargo todavía bien. A la verdad, está reconocido en el día que no proviene de los Godos, porque nació más tarde, y porque apareció de repente bastante perfecta y casi sin tradición. Hablo del estilo de arquitectura cristiana que tiene por caracteres distintivos esas ojivas y esas galerías majestuosamente elevadas, esas columnas parecidas a un manojo de cañas, esos adornos que consisten en hojas y en flores esculpidas, y que difieren por lo mismo enteramente del antiguo género de monumentos construidos conforme al gusto neogriego y según el modelo de la iglesia de santa Sofía de Constantinopla (Schlegel, Historia, vol. I, pp. 326-327).

A este respecto, cabe destacar las coincidencias que presenta con otros autores de la época, como el ya citado John Ruskin, protestante, o el ultracatólico abate Gaume, cuyas ideas tuvieron una notable difusión en España.[2]

-Según Schlegel, la ”perniciosa influencia” de los poetas latinos modernos como enemigos de la difusión de la literatura en las lenguas vernáculas:

“Nada tuviera de extraño que algunos de los autores que en el siglo quince y en Italia, escribieron en latín, tuviesen formalmente la intención de hacer desaparecer del todo el idioma vulgar, y convertir la antigua lengua romana en una lengua viva y generalmente dominante” (Schlegel, Historia, vol. II, pp. 23 y 28-29).

Schlegel, en suma, presenta una interpretación de la historia literaria contraria a los ideales humanistas, “antinaturales”, y aboga por las lenguas nacionales (“expresión genuina de los pueblos”) como expresión legítima de éstos, frente a lenguas de carácter universal como el latín humanístico. Asimismo, cuestiona descubrimientos como la imprenta, a la que comparada, por su peligro y mal uso, con el descubrimiento de la pólvora.[3]


Francisco García Jurado

H.L.G.E.

[1] Federico Schlegel, Historia de la literatura antigua y moderna, escrita en alemán por Federico Schlegel, traducida al castellano por P.C., vol. I-II, Barcelona-Madrid, 1843. Precisamente, citaremos por esta edición.
[2] Francisco García Jurado, “La Iglesia Católica contra la enseñanza de los clásicos en el siglo XIX: el abate Gaume y su repercusión en España: una página poco conocida de la educación clásica”, EC, 125 (2004), pp. 65-81. No debe olvidarse que uno de los intereses fundamentales de ponderar al Renacimiento como el comienzo de la Edad Moderna es la aparición del protestantismo.
[3] Schlegel, Historia, vol. II, pp. 35-36.