Share It

lunes, 13 de octubre de 2014

La magia de la formación de las palabras




Suele ser el fino olfato lingüístico de mis buenas amigas, como es el caso de Rosa Ruiz y de Inmaculada Collado, el que a menudo me ofrece pistas para escribir alguno de estos blogs donde pienso en alto acerca del lenguaje. En este caso, las dudas que Inmaculada ha expresado en facebook acerca de si es correcto "implicamiento" o "implicación", o bien "desmantelación" o "desmantelamiento", me han animado a escribir estas líneas. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Las cuestiones a menudo tienen un componente de reto y, a la vez, de trampa. Si se nos pregunta cuál de las dos palabras es correcta, "implicamiento" o "implicación", tendemos a dar una respuesta electiva y directa que nos saque de la duda, pero a lo mejor nos olvidamos de lo más curioso: en caso de que "implicación" sea la forma, digamos, correcta, por qué alguien ha llegado a generar la palabra "implicamiento". Formar palabras supone un trabajo a menudo arduo y repleto de senderos sinuosos. Las palabras no suman sus componentes al mismo tiempo, sino poco a poco, como en un proceso de sedimentación que hace que, especialmente en algunas lenguas, no todo sea posible a la vez. Por ejemplo, yo puedo decir "descerebrado", pero no existe, o no es posible, el correspondiente adjetivo "cerebrado", acaso porque no hace falta. Puedo decir "tolerable" e "intolerable", pero al correspondiente "tolerar" no puedo contraponer un "intolerar". "Implicar" es un verbo precioso que tiene que ver con la idea de "plegar". Curiosamente, lo que tiene un solo pliegue es "simple" (del latín simplex), mientras lo que presenta muchos es complicado o complejo. Ya en latín se creó un sustantivo implicatio al tiempo que un implicamentum para referirse a ciertas envolturas. Pero ambos sustantivos se crearon sobre un verbo im-plico  ("envolver", "implicar"). Así, pues, al latín le debemos este pequeño milagro de un concepto que luego hemos utilizado tantas veces cuando queremos relacionar una cosa con otra "envolviéndolas". Son palabras cultas (el latín plico da en español "plegar"), y seguramente ya no fue necesario más que adoptar una de ellas, cuando dejamos de tener conciencia cierta de la diferencia habida entre los sufijos -tio y -mentum (el primero tiene que ver más con el acto en sí, y el segundo con el producto de este acto). En castellano, "implicación" ha pasado ya como una palabra entera, sin conciencia de su antigua formación latina (primero im-plico y ya después implica-tio). Si alguien utiliza, sin embargo, "implicamiento", quizá esté dejándose llevar por la analogía con otras palabras acabadas en "-miento", como "sufrimiento" o "lucimiento". En el caso de "desmantelamiento" y "desmantelación", el camino ha sido, curiosamente, el contrario. FRANCISCO GARCÍA JURADO

domingo, 28 de septiembre de 2014

Picasso y Lauro de Bosis, o la tradición "clásica" como vanguardia

No pasa de moda la “Suite Vollard” de Picasso, grabada en los convulsos años que van de 1930 a 1937. Su estética clásica (que no “clasicista”), tanto formal como temática a menudo se admira con sorpresa en el contexto del arte de vanguardia, si bien lo clásico constituye, dentro del abanico de opciones artísticas que se abren en el siglo XX, una opción profundamente vanguardista. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Conviene saber que lo que durante siglos se entendió simplemente como “tradición”, es decir, un legado aprendido ante la contemplación del arte antiguo, terminó añadiendo el adjetivo “clásica” en el trascendental paso que va del siglo XIX al XX. Esto no es un hecho baladí, sino una importante restricción de sentido. La tradición por antonomasia pasó a llamarse “clásica” porque surgieron nuevas formas de tradición, en particular la tradición moderna y la tradición popular. En Los hijos del limo, Octavio Paz denominó genialmente a la tradición moderna la “tradición de la ruptura”. He ido descubriendo tales hechos poco a poco, y con esfuerzo he logrado plasmarlos por escrito, esencialmente en un trabajo del que me siento especialmente orgulloso (“¿Por qué nació la juntura «Tradición Clásica»?: razones historiográficas para un concepto moderno”, Cuadernos de filología clásica: Estudios latinos, ISSN 1131-9062, Vol. 27, Nº 1, 2007, pags. 161-192 Texto completo disponible en http://revistas.ucm.es/fll/11319062/articulos/CFCL0707120161A.PDF). La manera en que Picasso conjuga la vanguardia con lo clásico es hoy día un hecho bien analizado. Los estudiosos de la historia del arte están bastante más avanzados que los historiadores de la literatura en este tipo de percepciones, quizá porque lo visual invita a planteamientos que van más allá del tiempo y que no son meramente lineales. No se trata tanto de ver en la Suite Vollard cómo ha podido “influir” la estética de la escultura clásica o la cerámica griega, sino, más bien, interpretar la nueva mirada de Picasso sobre estas formas artísticas y sus intermediarios (por ejemplo John Flaxmann en el siglo XVIII o Rembrandt en el XVII). La mirada suele ser retrospectiva, y la influencia debe analizarse en un doble sentido que invita a pensar en el diálogo.
También propia de estos tiempos convulsos es la publicación de una obra póstuma escrita por un notable escritor italiano, Lauro de Bosis. Icaro, with a translation from the Italian by Ruth Draper and a Preface by Gilbert Murray. New York: Oxford University Press, 1933. Tanto en la Suite Vollard como en la tragedia Ícaro aparecen sendos minotauros, bien distintos en cada caso, pero igualmente complejos. El minotauro de Picasso ha sido sobradamente estudiado en calidad de alter ego de Picasso. El otro minotauro, el de la tragedia Ícaro, es una transposición de Mussolini, hecho que nos invita a comparar la tragedia con el propio cuadro de Guernika. Lauro de Bossis, amigo de Thorntom Wilder, fue un destacado autor antifascista. En todo caso, tanto Picasso como Lauro de Bossis “optan” por un lenguaje clásico, lo eligen conscientemente dentro de un ramillete de posibilidades estéticas. Seguiré hablando en otra ocasión de la tragedia de Bossis, hoy sólo quería plantear esta sugerente vía de acceso para su mejor comprensión.
Me refiero a su tragedia “Ícaro”, de cuya existencia supe hace ya mucho tiempo cuando di con un ejemplar de su obra en un rastro de objetos de segunda mano:
Francisco García Jurado
H.L.G.E.

viernes, 27 de junio de 2014

Solemnidad y amistad: labrar un recuerdo

Ya he regresado de Ámsterdam feliz y cargado de recuerdos indelebles. A la mañana siguiente de mi regreso veo que Rocío Rosa me ha enviado parte de las preciosas fotografías que tomó durante el miércoles 25 de junio. Es buena fotógrafa y capta el alma, no puedo decir más. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

A Rocío y Cristian, para quienes el futuro es nuevo cada día


Fui estudiante en Holanda, durante los míticos tiempos en que realizaba mi tesis doctoral. Entre verbos latinos de vestir y concordancias de léxico puedo encontrar, aún en mi recuerdo, el sonsonete de los tranvías amarillos y parte de ese característico barullo que siempre hay (y habrá) en el Rokin. La tesis doctoral de Cristian Crusat me ha devuelto a aquellos días, ahora no como doctorando, sino como tribunal de su propia tesis. Es una gran tesis que nació, por cierto, del flechazo académico que ambos sentimos cuando el profesor Fernando García Romero nos presentó hace muchos años en la Complutense. Pocos temas se prestaban tanto a aplicar la noción de “Historia no académica de la literatura” como las vidas imaginarias de Marcel Schwob. Al cabo del tiempo Cristian ha podido terminar su tesis y defenderla, y yo he tenido el honor de darle el título, por gentileza de sus promotores, la profesora Ieme van derPoel y el profesor Pedro Valdivia.
Fue un día más que emocionante, en la preciosa capilla de la universidad, por donde tantas veces había pasado yo mismo mientras pensaba en mi trabajo de tesis. El acto de la defensa de la tesis fue solemne y se atuvo a los ritos preestablecidos por el protocolo. Me encantó vestirme de “Erasmo” con mi buen amigo el doctor Albadalejo, que también entró en el juego con el buen humor que era esperable en él. Tras la defensa, Cristian nos ofreció un cóctel en la planta baja del mismo edificio, donde todo el mundo se fue marchando después “a la holandesa”.
Yo le había prometido que no me marcharía (por ello me quedé un día más en Ámsterdam). Así que tras este cóctel nos fuimos a comer después tanto Cristian como Rocío Rosa y una amiga común de ellos, Luisa, que ha comenzado una nueva vida en Holanda.
Aquí comenzó la etapa más entrañable de ese día, sin cuyo complemento toda la solemnidad de la mañana se hubiera quedado desnuda. Gracias a aquella comida distendida y amable en un típico coffeshop holandés fuimos tomando cierta conciencia de lo ocurrido unas horas antes. Tras un descanso, sobre todo para que los nervios acumulados por tanta emoción se relajaran, quedamos luego, a las ocho, Rocío, Cristian y yo para ir tomar algo en el café De Jare, tan cercano a la propia Universidad de Ámsterdam y a todos mis recuerdos (allí habíamos tomado una cerveza el profesor Jan de Jon y yo en otro tiempo, tras una búsqueda sistemática de un verbo latino en las entonces primitivas concordancias electrónicas de Cicerón).

Rosa llevó su cámara de fotos y en realidad aquellas horas restantes, mientras la noche se cernía sobre los canales y las luces cálidas dominaban el café, terminaron siendo mágicas.
Recordamos algunos cuentos de Cristian, en especial aquel que recrea a un profesor en Marsella que, precisamente, había hecho su tesis sobre los verbos de vestir en latín (y mientras él escribía este cuento, yo, sin que casi nadie lo supiera, estaba en Marsella), hablamos de las luces de Ámsterdam prendidas en las pupilas de la Albertine de Proust, de un poema de Safo donde se habla de la contemplación amorosa y de los días que duran para siempre, según Cavafis. Aquella tarde-noche se volvió el broche sutil de un gran día, al igual que el paseo que después dimos, pues yo quería acompañarles hasta su casa, entre canales nocturnos.
Rosa quiso hacer una fotografía a una puerta rodeada de naturaleza, lo que me trajo una extraña sensación de cercanía a la infancia. FRANCISCO GARCÍA JURADO

jueves, 19 de junio de 2014

¡Viva la república! La muerte de Lucrecia

La identificación de los monarcas con los tiranos se puede encontrar ya, naturalmente, en la propia Historia Antigua. Tarquinio el Soberbio, el último rey etrusco, ha pasado a la historia como déspota y corruptor de virtudes. La cobarde violación de una honrada matrona, Lucrecia, desbordó el vaso que terminó dando lugar a la república romana. Lucrecia decidió el suicidio antes que el oprobio o la humillación. El episodio ha encontrado luego su relectura moderna en todos aquellos que alimentan el anhelo por la renovación y la regeneración política. El pintor Rosales y el dramaturgo Leopoldo Cano pusieron moderna imagen y voz al terrible y, a la vez, ejemplar episodio. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

Leopoldo Cano compone en 1884 La muerte de Lucrecia, cuya fuente literaria clásica se encuentra al final del libro I del Ab urbe condita, de Tito Livio (Liv.1, 57-59). El argumento, entendido ya desde la ciencia histórica del XIX como parte de la historia mítica de Roma , tiene todos los ingredientes que lo hacen interesante para los gustos de la época: la tensión entre la intachable virtud de Lucrecia con el acto de la violación a manos de Tarquinio, que se ha consumado antes de que comience la obra, seguido todo ello de la truculenta escena del suicidio de la heroína en la escena final, donde no puede obviarse su relación con los gustos de la pintura histórica, a la que se alude explícitamente.

He aquí uno de los pasajes fundamentales de la obra, rebosante de patetismo:

"LUCRECIA. ¡Acercaos!
No perdáis ni una frase de esta historia
y escribidla con sangre de tiranos.
Bajo este honrado techo
halló hospitalidad un hombre osado,
que en nombre de mi esposo la pedía;
y, antes que despuntase en nuevo día,
oí desde mi lecho
el ruego vergonzoso del malvado.
¡Era Sexto Tarquino!
Al ver por mi desprecio y energía
que, al deshonor, la muerte prefería,
«Cede a mi amor,» -me dijo el libertino-
«que aún puede ser tu suerte
mucho más espantosa que la muerte.»
«Si mi ruego amoroso
rechazas, sobre el lecho de tu esposo
haré poner un siervo degollado
y diré a Roma entera
que fue de esta manera
por infame adulterio castigado .»" (...)

Saca un puñal rápidamente y se le clava en el corazón. Todos lanzan un grito de horror. Séptimo Lucrecio y Publio Valerio sostienen a Lucrecia. Colatino cae desfallecido sobre el lecho, y Junio Bruto, tomando el puñal que le entregara Lucrecia, cuando lo indique el diálogo, se aleja del grupo principal, de manera que todas las figuras queden en la disposición que ocupan en el cuadro de Rosales."

Imaginamos que el interés por este asunto de la historia de Roma guarda asimismo relación con el del florecimiento de las novelas históricas, volcadas, por aquel entonces, en el nacimiento del cristianismo, como es el caso de Fabiola o la iglesia de las catacumbas, de N.P.S.Wiseman, editada en 1854 , así como de la decadencia de Roma, de la que pueden encontrarse versos en el drama de Lucrecia. El propio Leopoldo Cano tiene una composición titulada "El triunfo de la fe" , que, fiel a los gustos truculentos del momento, se deleita en la muerte de una pequeña niña cristiana en la arena. Debido a la rareza del texto, y a su posible interés para la historia de la novela histórica en España, nos permitimos reproducirlo:

"Ancha es la sacra vía/que va al Anfiteatro, y todavía/a su pesar se funde y se codea/el pueblo-rey, con la canalla aquea./Himnos de gloria, lúdicas canciones,/acentos de dolor, imprecaciones,/se mezclan en extraño desconcierto./Ya el crujir de la férula, que hostiga/los corceles de rápida cuadriga,/que transporta al pretor... y a su liberto;/ya el gruñido estridente del beodo,/que danza con abyecta cortesana,/al caer desplomado sobre el lodo,/lecho nupcial de la impureza humana;/ya una risa que acaba en un quejido;/ya un lamento, seguido de una nota/que espira sollozando, apenas brota/de címbalo sonoro mal tañido;/todo a la vez resuena confundido/y dice, en las palabras de ese idioma/ en que se explica un pueblo conmovido,/que hoy es gran día y se divierte Roma./Por la fiesta, el Edil dejó el Consejo;/apoyado en su báculo va el viejo,/arrastrando su cuerpo hacia la cuesta/donde el Anfiteatro se divisa,/y la toga pretexta/recoge el joven, por andar de prisa./En vano algún líctor, con golpe rudo,/ por abrir paso al senador ceñudo/flagela al vil esclavo, hijo de Grecia,/que su aviso colérico desprecia;/el esclavo se aparta/rechazando el empuje que le ahoga,/mas no bastante, y la romana toga/se roza con la clámide de Esparta./La muerte el extranjero merecía,/mas hoy el senador es tolerante;/a su adusto semblante,/como rayo de luna en noche umbría,/una sonrisa de placer asoma..../que un tigre envidiaría./Hoy correrá un raudal de sangre impía;/hoy se divierte triunfante Roma./ Mira allí al patrono y su cliente/ y al altivo Pretor, a quien saluda/ un parásito vil, humildemente;/hacia el Anfiteatro van sin duda./ Turba de histriones con alegre coro/el ritmo imprime de grotesca danza,/y, muellemente reclinada, avanza/en su litera de marfil y oro,/la meretriz procaz, casi desnuda,/que el cuello de nieve/acaso más valor en joyas lleve/que pudiera costar la tribu entera/de los siervos que llevan su litera./Se ríen los histriones; sonríe la ramera,/y no les faltan, en verdad, razones./Han traído de Libia una pantera/y un gladiador responde de la fiera./Hoy se derramará sangre cristiana/y al Circo va la alegre caravana./Hoy es día feliz, día de broma,/pues con la sangre se divierte Roma./¡Grandioso Anfiteatro! ¿Veis el solio/que ocupa aquella escuálida persona/pálida, como muerto con corona?/ Pues ha costado más que el Capitolio./Rojo dosel, con arrogante emblema,/se refleja sangriento en su diadema;/ perlas hay a sus plantas/tachonando el cojín; pero son tantas/y de modo tan triste resplandecen,/que torrente de lágrimas parecen/de las madres cristianas, que han llorado/a los pies del verdugo despiadado./Cien mil espectadores/se agitan en la inmensa gradería; en el pódium, los graves senadores,/para ver de más cerca la agonía/ de una niña, que al medio de la arena/empuja un gladiador. ¡Soberbia escena!/La fiera va a salir. Llegó la hora./Se aleja el gladiador, la niña llora;/la plebe ruge; el bronce toca a muerte;/el rey bosteza; el pueblo se divierte./¿Quién es la niña? ¿Cuál es su delito?/¿Por qué la turba con salvaje grito/su aparición saluda?/Miradla triste, resignada, muda,/sin temor, sin orgullo y sin enojos,/pues es cristiana, y sufre los agravios/sin entreabrir las rosas de sus labios,/sin llorar por los cielos de sus ojos./Su mano hace una cruz, y en ella imprime/el beso ardiente de la Fe sublime./¡Qué ternísima escena!/Es la rosa besando a la azucena./Ha buscado el suplicio, y no es suicida,/porque va a conseguir la eterna vida./Se humilla y vence. Cuando muere un lirio,/al cielo va su delicado aroma;/el alma se sublima en el martirio/cuando el mísero cuerpo se desploma./¡Piedad! dice una voz. ¡Inútil ruego!/ Es implacable el populacho ciego,/El César hizo la señal de muerte/y su pueblo con sangre se divierte./¡Impía Roma! De tu ley severa/es digno ejecutor esa pantera./Tu víctima sucumbe; un raudal brota/del níveo seno por la horrible herida;/pero toda esa sangre, gota a gota,/abrasará tu frente maldecida./El héroe muere, pero no su ejemplo./Lo que es Circo, mañana será tu templo./No celebres tu efímera victoria;/en ese Anfiteatro has erigido/un pedestal al mártir, que ha ceñido/el lauro inmarcesible de la gloria./Escucha el alarido de la guerra./El coloso de cieno se derrumba./¡Pesa mucho la losa de una tumba/que mártires encierra!/¡Roma cruel! No vistas férrea malla/ni acudas presurosa a la muralla./Has de morir. Herido está de muerte/el pueblo que con sangre se divierte!"

Llama la atención esta viva descripción de una Roma no exenta de exotismo, personalizada en la meretriz cargada de joyas, frente a la pobre niña cristiana, que hacen moverse el texto entre una Salomé y una Fabiola. Francisco García Jurado

domingo, 1 de junio de 2014

Sobre ferias del libro y otras vidas

"Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca / aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach". De esta forma tan propia de un pensador presocrático nos recuerda Borges la feliz y, a la vez, trágica condición múltiple de los seres humanos, pues, ciertamente, tras los años nos damos cuenta de cuántas encarnaciones hemos sufrido dentro de una misma vida. El niño soñador, el adolescente altanero, el joven ambicioso, el varón incipiente que quiere vivir todas las vidas posibles, el hombre maduro que mira hacia atrás sus errores..., y no sé cuántas me esperan. La feria del libro es, tanto con las presencias como con las ausencias, parte de ese escenario donde han paseado esos diferentes seres que siempre leyeron. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que fui a la feria del libro. Lo hice en compañía de mi abuelo. De aquella tarde gloriosa recuerdo el olor a lluvia del Parque del Retiro, el aroma a libro nuevo y un cuento de las fábulas de Esopo que me llevé como regalo de mi propio abuelo. Después, siempre que pasábamos por el quiosco de prensa donde mi abuelo compraba sus periódicos, intentaba evocar en la memoria olfativa ese momento sublime de una tarde de lluvia en el Retiro. Al cabo de los años fue ya con mis padres, y por la mañana de un sábado o domingo, con quien acudí a la feria. Me atraía entonces ya cierta literatura, como una edición preciosa de unos cuantos sonetos de Miguel Hernández (reproducida en la ilustración), o El contrato social de Rousseau. También acudí sólo a la feria, en especial una tarde de sábado tras haber terminado mi segundo curso de filología clásica (inusitadamente, había dado fin a mis exámenes muy pronto). Fue aquella tarde cuando compré la novela Rayuela de Cortázar y creí escuchar por megafonía el estruendoso título de un libro escrito por alguien desconocido que al cabo de unos años llegaría a ser famoso. También la feria supuso el paseo con las contadísimas novias que he tenido, y un momento para compartir lo poco que he sabido compartir: el amor a los libros. Todas esas tardes quedaron en el recuerdo, perdidas como se quedan atrás los carteles en las carreteras, con la certidumbre de que fueron efímeros y plenamente pasajeros. Ya no voy a la feria. Recuerdo que, cuando publiqué mi libro sobre Borges y la Eneida, el editor, que jamás me dio un duro, sugirió que podía firmar ejemplares allí. A mí aquel acto me espantó, no tanto por el hecho de ir allí a firmar, sino por la cara de circunstancias que se me pondría al ver que, a lo sumo, un par de lectores vendría a que se lo firmara, y acaso por equivocación. Todavía recuerdo esa cara de circunstancias en el rostro de algunos escritores aspirantes a famosos. La vanidad es una enfermedad del alma. Salvo excepciones, los "escritores" que más público acaparan son los mediáticos y, sobre todo, los que publican libros de autoayuda diversas. Esto es inevitable, pues un editor necesita vender libros, cuanto más mejor. Los tímidos libros que han salido de mi mano han estado seguramente en la feria, pero abandonados a su pobre suerte ya desde su nacimiento. No sé, tampoco, si algún día de estos volveré por la feria. Hace como tres años regresé porque un amigo firmaba libros. Ya ni tan siquiera me atengo a estos compromisos. En cualquier caso, quizá no tenga el valor de pasar junto al niño que va con su abuelo, el chaval que acude con sus padres una radiante mañana de sábado, o el joven dichoso que acaba de terminar segundo de clásicas. En mi particular feria hay ya demasiados fantasmas. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

miércoles, 28 de mayo de 2014

Dos imágenes: políticas y nostalgia, o el tiempo recobrado


Este blog no trata sobre política, sino que pretende hacer una lectura de dos imágenes que se han superpuesto en mi "retina de la memoria". Cuando el flamante líder de "Podemos", por cierto colega universitario de la Complutense, apareció celebrando su inesperado triunfo electoral, me vino a la mente una antigua imagen de Felipe González, joven y arrollador. No se trata de parecidos ni de cuestiones comunes, sino de una atmósfera que ya no es reconocible en la encorsetada política actual. Se trata de unas personas jóvenes con las que no comparto mayores afinidades, pero en las que sí puedo reconocer ilusiones perdidas en el tiempo. Esta es la breve crónica de mis impresiones, conscientemente imprecisas. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Hubo unos tiempos en que, aunque hoy parezcan irreales, la gente sintió ilusión por la política o, más bien, por sus políticos. Posiblemente todo estaba condenado a perderse, porque nos hacemos mayores y los propósitos se degradan, porque dejamos de ser quienes fuimos y nos convertimos en personas acomodaticias. Los partidos políticos, en particular el PP, el PSOE e IZQUIERDA UNIDA han crecido con nosotros, con los que somos de una generación ya madurita, y también ellos se han hecho mayores. Me hace gracia cuando los llamados "progres", es decir, algunos artistas y gente sobre todo del cine, se reúnen para reivindicar algo. Creo que el poeta García Montero es el más joven de entre ellos. Aquellas reuniones de intelectuales parecen ya más un viaje del inserso que una reivindicación. También hemos visto cómo envejecía el "guapo" Felipe (mi abuela decía que parecía un mono), ahora convertido en un señor gordo y rico, qué cosas. El PP, ciertamente, siempre fue viejo, formado por votantes que leían el ABC (ese periódico que llegó a tener un suplemento cultural maravilloso, con Blanca Berasategui y Ansón). El PSOE supo hacerse con un buen sector de votantes entre los jóvenes, y eso que OTAN, DE ENTRADA NO y otras pifias ya nos hicieron ver a aquellos jóvenes que estos políticos no eran ni tan claros ni tan honestos como los pintaba ingenuamente el dibujante José Ramón.

IZQUIERDA UNIDA fue el fruto de tantas batallas internas del PCE, para regocijo de los socialistas, que se llevaban sus electores cansados de tanto dogma y escición. Ay, aquellos lectores del difunto DIARIO 16, cuando no de MUNDO OBRERO. En fin, ahora os veo a todos, con vuestras diferencias, ilusiones y mentiras, como parte de mi biografía. Habéis ido viviendo gracias a vuestros votantes incondicionales, es decir, el PP gracias a esa gente que sólo vota y votará, hasta que se muera, a la derecha, porque es lo bueno y lo cristiano: ancianitas que aún recuerdan a los rojos de la Guerra civil y gente bien pensante que lleva sus hijos a colegios religiosos. Nuevas generaciones. Al PSOE lo votan todos aquellos que sólo votan al PSOE, como parte de mis colegas de la Universidad, porque recuerdan a los grises corriendo tras de ellos, porque el PSOE es un mal menor y porque quieren una educación pública mejor, aunque sus hijos (ya nietos) vayan a los mismos colegios de curas que los hijos de los del PP. En fin, mis amigos los pijoprogres. Por lo demás, y en cuanto a los votantes de IZQUIERDA UNIDA, vaya ahora mi recuerdo emocionado de Jos, mi querido colega de filología alemana, militante de Comisiones y fiel votante del PCE, que se dejó retratar en sus últimos días de vida para reivindicar el derecho a morir dignamente. Jos llevaba un bigote a lo Gunter Grass y era una estampa viva del intelectual de la República Democrática Alemana, aquella que luego se descompuso en su propia mierda. Sin embargo, cuando pienso en Jos y su capacidad de entusiasmarnos me emociono más allá de las ideas. En fin, todo esto lo cuento simplemente porque el otro día, pese a que este joven Pablo Iglesias no me gusta ni me convence, me hizo ver, como a Proust le ocurre en
El tiempo recobrado, que el tiempo de ciertos políticos y de ciertos partidos ha pasado ya. ¿Qué ocurrirá cuando las viejecitas que sólo votan al PP se vayan al cielo, o cuando los pijoprogres del PSOE se vuelvan ya tan mayores que no puedan ni ir a votar (ahora, buena parte de los profesores de instituto que ganaron su plaza en tiempos de Felipe se están jubilando)? ¿IZQUIERDA UNIDA acabará siendo una sucursal de PODEMOS? En fin, con nostalgia, al ver los rostros jóvenes e ilusionados de quienes dentro de veinte años ya no serán tan jóvenes, recordé las primeras elecciones de Felipe, porque allí se podían ver igualmente estos rostros, quizá más épicos.
En esta feria de las vanidades políticas, donde candidatas frustradas con voz de flauta se ven a hora marginadas, casi nada es verdad y todo, todo es mentira, pero quizá la nostalgia de lo vivido se nos muestra como una rara forma de verdad sentimental. FRANCISCO GARCÍA JURADO



viernes, 9 de mayo de 2014

Carta abierta, o familiar, para el poeta Santos Domínguez Ramos

Querido amigo, admirado poeta:

Algunas circunstancias, y ya no suelo incurrir en el inoportuno ejercicio de hallar las causas, han hecho que por la mañana leyera a Petrarca y ahora, por la tarde, como si se tratara de un puro servicio vespertino, fueras tú el objeto de mis lecturas. Ha llegado a mis manos hoy tu libro titulado El dueño del eclipse, de quien Félix Grande, tan llorado, se ha convertido ahora en su merecido destinatario. He recobrado la belleza de tus libros acariciado por la luz dorada de la Sierra del Guadarrama (ya ves que se trata de una bella y coherente combinación), he vuelto a visitar a “una sibila oscura”, que me remonta a las hipálages y las deudas contraídas contigo, he entrevisto las antiguas Siracusa y Babilonia, o la lluvia en Agrigento, acaso tan negra y tan rara. Ya sabes que te has convertido en estilo, irremediable destino de los buenos poetas. Toda esta emoción es ahora la que procuro expresar en estas pobres palabras.

Admirado poeta y querido amigo, no creo que sea casualidad que esta mañana, en las frías salas de espera de un laboratorio de análisis, haya estado leyendo a Petrarca y que ahora te esté leyendo a ti, acariciado por la doble belleza, material y lingüística, de tu libro y de un ocaso serrano. Acaso las casualidades no se explican, sólo se sienten como obras que el tiempo pretende hacer con el arte. FRANCISCO GARCÍA JURADO