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martes, 11 de noviembre de 2014

Entre Antígona y la Reina Sofía: leyes familiares, leyes no escritas


Hasta por lo que hoy sabemos, la infanta Cristina de Borbón y Grecia está imputada por un delito de fraude fiscal y evasión de impuestos. Pese a esto, la Corona no dice nada, y cuando se ha pronunciado ha sido a favor de la infanta. Tenemos imágenes de nuestra antigua reina griega saliendo con su hija e hijo político muy sonriente de un hotel de Nueva York. ¿Estamos ante una nueva Antígona? POR MARÍA JOSÉ BARRIOS CASTRO HLGE

Cada trimestre, como ocurre desde que estoy en la enseñanza, obligo a mis alumnos a que lean una obra latina y otra griega. Evidentemente, se trata de traducciones al español, pero siempre he considerado que no basta con que un alumno aprenda latín y griego, pues tengo por seguro que de eso se van a olvidar. Sin embargo, sé que si leen algo de literatura latina y griega, aunque sea traducida, de eso sí que tengo la certeza de que difícilmente se van a olvidar.

El hecho es que este trimestre les pedí a  mis alumnos que se leyeran dos obras,  a saber, la Antígona de Sófocles y la Aulularia de Plauto. Hace un par de semanas les hice cuestiones del tipo de si era Antígona una heroína, mártir o masoquista, o si era responsable Creonte de la muerte y desgracia de Antígona o cómo describe Sófocles el poder absoluto en Antígona, entre otras cuestiones.
Mi idea, sin explicarles todavía qué significa la hybris griega, era saber cuál era el mensaje recibido y, con sinceridad, era el que me esperaba.


Para ellos, la heroína es Antígona. Son adolescentes, se enfrentan ante el poder fáctico de su tío, un adulto. No esperaba menos. Todos los que hemos estudiado clásicas sabemos que ambos, Antígona y Creonte, faltan, porque son soberbios y no son capaces de ser dúctiles o tener tacto.

Ahora yo les pongo un ejemplo nuevo. Supongamos que la hermana del rey ha cometido un delito. La cuestión es: ¿debe el rey seguir las normas dictadas por la lealtad a los familiares (cosa que ha hecho su madre y antigua reina griega Sofía) y dejar libre a Cristina, o debemos seguir las leyes dictadas por Creonte, de que cualquiera que cometiere delito debe ir a la cárcel?


Por ahora, respecto al libro de Antígona según mis alumnos, gana Sofía. ¿Qué opináis vosotros? POR MARÍA JOSÉ BARRIOS CASTRO HLGE

sábado, 8 de noviembre de 2014

Morir en Grecia... para vivir siempre

Llevo ya unos meses disfrutando de una estancia académica en la Universidad de Oldcastle. Ustedes se preguntarán por qué he tenido a bien abandonar las tierras meridionales para vivir en este frío constante y este otoño casi eterno. Pues bien, me encuentro aquí recopilando los versos del poeta post-romántico y bohemio Edmund James (1889-1965),  El poeta nació en la ciudad inglesa de Oldcastle y falleció setenta y seis años más tarde en Venecia, sumido en la "sublime indigencia", como él mismo quiso llamar a su ruina. En estos momentos preparo una antología de sus versos y una traducción al castellano. Ofrezco a continuación una primicia, como es la traducción parcial de su desconocido poema "Morir en Grecia... para vivir siempre", que cambió el sentido estético de una época. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

Para María José Barrios, incondicional lectora de James

Se trata de unas cuartillas bien escritas, con una caligrafía primorosa y propia de quienes han renunciado a cualquier medio mecánico de escritura que vaya más allá de una pluma. Por problema de derechos, no puedo ofrecerles aquí la reproducción facsímil de la primera página o, en especial, aquella donde aparece el bello poema "Dying in Greece", que comienza con el insuperable verso: "About failures... I know everything". Les voy a ofrecer ahora un conato de traducción, aún a sabiendas de que mis palabras no recogen la intensidad de unos versos escritos casi en los últimos días de la existencia de Edmund James, cuando la miseria se asociaba con los bellos ocasos de la ciudad de los canales. James, por lo que parece, se inspiró en la imagen de Lord Byron y en el hecho de que todo lo que la vida nos pide es "vivir para morir intensamente". El poema crea la imagen antagónica del sujeto gris y mezquino que sólo vive para ahorrar y cifrar su vida en esa "forma de muerte que es el aburrimiento". "Para vivir", nos dice James en uno de sus escritos, "es preciso fracasar", equivocarse con la misma intensidad con que "los pájaros surcan los ciegos ocasos". Pues bien, les ofrezco ahora, por primera vez en versión española, el comienzo del poema:

"Acerca del fracaso...
todo lo sé. Ya no lo temo,
pues libre estoy
de esperanzas y empeños.

Mi vida no ha sido más
que un completo despropósito
de afanes irrealizables,
de falsas frustraciones.

Pues bien, quiero morir en Grecia,
de pie, ante el sol,
y reírme de aquellos que hicieron
de su vida un triste acopio de éxitos."

He renunciado a los matices que recuerdan a Dickens cuando nuestro poeta habla más adelante de los "hombres grises, administradores implacables de una vida entre barrotes de humana miseria", prefiriendo quedarme con la idea pura y desnuda de esta denuncia vitalista. En definitiva, Edmund James fracasó porque vivió, y vivió porque fracasó. Me quedo con esa idea, tan estoica de estar "free of hopes and purposes...".



martes, 28 de octubre de 2014

Lecturas y censuras: historias no académicas

Leer a los clásicos en la actualidad es una actividad relativamente sencilla, al menos desde el punto de vista del acceso a las obras de los autores, pues es innegable el hecho de que jamás fue tan fácil tener libros y, en buena medida, tan barato. Por otra parte, los lectores de tercer milenio dispondremos de un acervo literario riquísimo, tanto de literaturas antiguas como modernas. Pero no siempre fue tan fácil. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE.Los lectores actuales, por lo demás, ya no tenemos que escondernos de las censuras ni arriesgar nuestras vidas para leer autores que en otra época estuvieron proscritos. Todavía en el siglo XIX se condenaba la lectura de algunos clásicos latinos por impíos, y hoy día podemos adquirir una traducción de los Coloquios de Erasmo en unos grandes almacenes sin que nos denuncien por herejes. Esta no era, ciertamente, la situación de aquel humanista de la localidad extremeña de Barcarrota cuando tuvo que emparedar algunos de sus más queridos libros, como el Lazarillo publicado en Medina del Campo en 1554 o una edición de la Lingua, de Erasmo (Jesús Casas Murillo, Una edición recién descubierta de Lazarillo de Tormes. Medina del Campo, 1554, Mérida, Junta de Extremadura, 1997). No es necesario remontarse al Renacimiento, pues en pleno siglo XIX podemos asistir a una auténtica cruzada contra los clásicos abanderada por el ultracatolicismo del abate Gaume, persona hoy desconocida, pero que en su momento tuvo una gran repercusión ideológica. El propio Menéndez Pelayo fue acusado de “pagano” por escribir un prólogo a la traducción de los Idilios de Teócrito de su amigo Ignacio Montes de Oca. Fue, precisamente, el poeta Lucrecio quien acaparó buena parte de las críticas, debido a su impiedad, como podemos leer en la Historia de la Literatura Latina de Martín Villar y García:

“El poema didáctico de Lucrecio, titulado De rerum natura, contiene la doctrina de la filosofía epicúrea, que habiendo empezado como una secta de apariencia elevada, degeneró en grosero materialismo que hacía consistir la felicidad en la satisfacción del placer, y no en los goces del espíritu y señorío de las pasiones como había enseñado el fundador Epicuro. En esta funesta degeneración pasó a los romanos la escuela del filósofo de Samos con todas las absurdas máximas que la habían hecho lisonjera y popular; y no contribuyó poco a que se desataran sus vínculos religiosos y se precipitaran violentamente por el sendero de la corrupción. Reducido todo a la materia, niega la existencia de la vida futura quitando así todos los estímulos a la virtud, y como consecuencia de este absurdo principio, niega también la espiritualidad del alma y su existencia distinta del cuerpo. Tal doctrina debió forzosamente contribuir a la desmoralización de Roma que veía levantar al vicio. Ídolo que adoraba, un monumento magnífico: sensible extravío del genio, que repetidamente se manifiesta en la literatura romana.” (Martín Villar y García, Historia de la Literatura Latina, Zaragoza, 1875, p. 118)

No todas las lecturas son las mismas ni tan siquiera en una misma época. Así lo vemos en el tono bien diferente que emplea entre 1839 y 1841 un doctorando alemán acerca de los textos de Lucrecio y el epicureísmo. Se trata de Carlos Marx, quien nos ha dejado siete interesantes cuadernos relativos a esta etapa:

“Así como la naturaleza en primavera se acuesta desnuda y, por así decir, segura de su victoria, pone a la vista todos sus encantos, mientras que en invierno cubre sus vergüenzas y su desnudez con nieve y hielo, de igual modo se diferencia Lucrecio, el fresco, audaz, poético señor del mundo, de Plutarco, quien envuelve su mezquino Yo en la nieve y el hielo de la moral.” (Karl Marx, Escritos sobre Epicuro (1839-1841). Traducción, presentación y notas de Miguel Candel, Barcelona, Crítica, 1988, p. 156)


En esta apreciación sobre Lucrecio nos damos cuenta de que lo que cobra una gran relevancia es la particular lectura que ha hecho de sus versos un lector moderno. La historia de una literatura puede entenderse, dejando a un lado los principios positivistas, como la historia de las distintas lecturas que se han hecho de ella a lo largo de los siglos, sobre todo si se trata de una literatura como la clásica grecolatina. Hasta tal punto es importante el estudio de las lecturas que la historia de éstas puede constituir una suerte de historia alternativa y no necesariamente académica, frente a las historias al uso, que tiende a rescatar generalmente una sucesión de datos. Desde hace unos años, y desde posturas muy cercanas a las de la “estética de la recepción” de Jauss, venimos defendiendo la posibilidad de plantear una historia de las lecturas de la literatura grecolatina en los autores modernos, desde el siglo XVIII hasta nuestros tiempos. Esta historia es la que, precisamente, da cuenta de la vitalidad, y nos ofrece datos a menudo distintos de aquellos que podemos extraer de las historias académicas. Pero para que exista un historia no académica de la literatura grecolatina tiene que haber, evidentemente, lectores (pues los autores ya no están vivos entre nosotros), y no basta con los filólogos clásicos u otros especialistas. Generalmente, el acceso a los autores clásicos ha venido dado por medio de dos vías: por un lado, el paso por la escuela, que permite acceder a ciertos autores que podemos considerar como el canon escolar, y, por otro, el acervo de distintas lecturas, sobre todo aquellas que remiten a otros libros, lo que va configurando en el lector una suerte de “antología inminente”, en palabras de Alfonso Reyes.
Francisco García Jurado H.L.G.E.

lunes, 13 de octubre de 2014

La magia de la formación de las palabras




Suele ser el fino olfato lingüístico de mis buenas amigas, como es el caso de Rosa Ruiz y de Inmaculada Collado, el que a menudo me ofrece pistas para escribir alguno de estos blogs donde pienso en alto acerca del lenguaje. En este caso, las dudas que Inmaculada ha expresado en facebook acerca de si es correcto "implicamiento" o "implicación", o bien "desmantelación" o "desmantelamiento", me han animado a escribir estas líneas. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Las cuestiones a menudo tienen un componente de reto y, a la vez, de trampa. Si se nos pregunta cuál de las dos palabras es correcta, "implicamiento" o "implicación", tendemos a dar una respuesta electiva y directa que nos saque de la duda, pero a lo mejor nos olvidamos de lo más curioso: en caso de que "implicación" sea la forma, digamos, correcta, por qué alguien ha llegado a generar la palabra "implicamiento". Formar palabras supone un trabajo a menudo arduo y repleto de senderos sinuosos. Las palabras no suman sus componentes al mismo tiempo, sino poco a poco, como en un proceso de sedimentación que hace que, especialmente en algunas lenguas, no todo sea posible a la vez. Por ejemplo, yo puedo decir "descerebrado", pero no existe, o no es posible, el correspondiente adjetivo "cerebrado", acaso porque no hace falta. Puedo decir "tolerable" e "intolerable", pero al correspondiente "tolerar" no puedo contraponer un "intolerar". "Implicar" es un verbo precioso que tiene que ver con la idea de "plegar". Curiosamente, lo que tiene un solo pliegue es "simple" (del latín simplex), mientras lo que presenta muchos es complicado o complejo. Ya en latín se creó un sustantivo implicatio al tiempo que un implicamentum para referirse a ciertas envolturas. Pero ambos sustantivos se crearon sobre un verbo im-plico  ("envolver", "implicar"). Así, pues, al latín le debemos este pequeño milagro de un concepto que luego hemos utilizado tantas veces cuando queremos relacionar una cosa con otra "envolviéndolas". Son palabras cultas (el latín plico da en español "plegar"), y seguramente ya no fue necesario más que adoptar una de ellas, cuando dejamos de tener conciencia cierta de la diferencia habida entre los sufijos -tio y -mentum (el primero tiene que ver más con el acto en sí, y el segundo con el producto de este acto). En castellano, "implicación" ha pasado ya como una palabra entera, sin conciencia de su antigua formación latina (primero im-plico y ya después implica-tio). Si alguien utiliza, sin embargo, "implicamiento", quizá esté dejándose llevar por la analogía con otras palabras acabadas en "-miento", como "sufrimiento" o "lucimiento". En el caso de "desmantelamiento" y "desmantelación", el camino ha sido, curiosamente, el contrario. FRANCISCO GARCÍA JURADO

domingo, 28 de septiembre de 2014

Picasso y Lauro de Bosis, o la tradición "clásica" como vanguardia

No pasa de moda la “Suite Vollard” de Picasso, grabada en los convulsos años que van de 1930 a 1937. Su estética clásica (que no “clasicista”), tanto formal como temática a menudo se admira con sorpresa en el contexto del arte de vanguardia, si bien lo clásico constituye, dentro del abanico de opciones artísticas que se abren en el siglo XX, una opción profundamente vanguardista. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Conviene saber que lo que durante siglos se entendió simplemente como “tradición”, es decir, un legado aprendido ante la contemplación del arte antiguo, terminó añadiendo el adjetivo “clásica” en el trascendental paso que va del siglo XIX al XX. Esto no es un hecho baladí, sino una importante restricción de sentido. La tradición por antonomasia pasó a llamarse “clásica” porque surgieron nuevas formas de tradición, en particular la tradición moderna y la tradición popular. En Los hijos del limo, Octavio Paz denominó genialmente a la tradición moderna la “tradición de la ruptura”. He ido descubriendo tales hechos poco a poco, y con esfuerzo he logrado plasmarlos por escrito, esencialmente en un trabajo del que me siento especialmente orgulloso (“¿Por qué nació la juntura «Tradición Clásica»?: razones historiográficas para un concepto moderno”, Cuadernos de filología clásica: Estudios latinos, ISSN 1131-9062, Vol. 27, Nº 1, 2007, pags. 161-192 Texto completo disponible en http://revistas.ucm.es/fll/11319062/articulos/CFCL0707120161A.PDF). La manera en que Picasso conjuga la vanguardia con lo clásico es hoy día un hecho bien analizado. Los estudiosos de la historia del arte están bastante más avanzados que los historiadores de la literatura en este tipo de percepciones, quizá porque lo visual invita a planteamientos que van más allá del tiempo y que no son meramente lineales. No se trata tanto de ver en la Suite Vollard cómo ha podido “influir” la estética de la escultura clásica o la cerámica griega, sino, más bien, interpretar la nueva mirada de Picasso sobre estas formas artísticas y sus intermediarios (por ejemplo John Flaxmann en el siglo XVIII o Rembrandt en el XVII). La mirada suele ser retrospectiva, y la influencia debe analizarse en un doble sentido que invita a pensar en el diálogo.
También propia de estos tiempos convulsos es la publicación de una obra póstuma escrita por un notable escritor italiano, Lauro de Bosis. Icaro, with a translation from the Italian by Ruth Draper and a Preface by Gilbert Murray. New York: Oxford University Press, 1933. Tanto en la Suite Vollard como en la tragedia Ícaro aparecen sendos minotauros, bien distintos en cada caso, pero igualmente complejos. El minotauro de Picasso ha sido sobradamente estudiado en calidad de alter ego de Picasso. El otro minotauro, el de la tragedia Ícaro, es una transposición de Mussolini, hecho que nos invita a comparar la tragedia con el propio cuadro de Guernika. Lauro de Bossis, amigo de Thorntom Wilder, fue un destacado autor antifascista. En todo caso, tanto Picasso como Lauro de Bossis “optan” por un lenguaje clásico, lo eligen conscientemente dentro de un ramillete de posibilidades estéticas. Seguiré hablando en otra ocasión de la tragedia de Bossis, hoy sólo quería plantear esta sugerente vía de acceso para su mejor comprensión.
Me refiero a su tragedia “Ícaro”, de cuya existencia supe hace ya mucho tiempo cuando di con un ejemplar de su obra en un rastro de objetos de segunda mano:
Francisco García Jurado
H.L.G.E.

viernes, 27 de junio de 2014

Solemnidad y amistad: labrar un recuerdo

Ya he regresado de Ámsterdam feliz y cargado de recuerdos indelebles. A la mañana siguiente de mi regreso veo que Rocío Rosa me ha enviado parte de las preciosas fotografías que tomó durante el miércoles 25 de junio. Es buena fotógrafa y capta el alma, no puedo decir más. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

A Rocío y Cristian, para quienes el futuro es nuevo cada día


Fui estudiante en Holanda, durante los míticos tiempos en que realizaba mi tesis doctoral. Entre verbos latinos de vestir y concordancias de léxico puedo encontrar, aún en mi recuerdo, el sonsonete de los tranvías amarillos y parte de ese característico barullo que siempre hay (y habrá) en el Rokin. La tesis doctoral de Cristian Crusat me ha devuelto a aquellos días, ahora no como doctorando, sino como tribunal de su propia tesis. Es una gran tesis que nació, por cierto, del flechazo académico que ambos sentimos cuando el profesor Fernando García Romero nos presentó hace muchos años en la Complutense. Pocos temas se prestaban tanto a aplicar la noción de “Historia no académica de la literatura” como las vidas imaginarias de Marcel Schwob. Al cabo del tiempo Cristian ha podido terminar su tesis y defenderla, y yo he tenido el honor de darle el título, por gentileza de sus promotores, la profesora Ieme van derPoel y el profesor Pedro Valdivia.
Fue un día más que emocionante, en la preciosa capilla de la universidad, por donde tantas veces había pasado yo mismo mientras pensaba en mi trabajo de tesis. El acto de la defensa de la tesis fue solemne y se atuvo a los ritos preestablecidos por el protocolo. Me encantó vestirme de “Erasmo” con mi buen amigo el doctor Albadalejo, que también entró en el juego con el buen humor que era esperable en él. Tras la defensa, Cristian nos ofreció un cóctel en la planta baja del mismo edificio, donde todo el mundo se fue marchando después “a la holandesa”.
Yo le había prometido que no me marcharía (por ello me quedé un día más en Ámsterdam). Así que tras este cóctel nos fuimos a comer después tanto Cristian como Rocío Rosa y una amiga común de ellos, Luisa, que ha comenzado una nueva vida en Holanda.
Aquí comenzó la etapa más entrañable de ese día, sin cuyo complemento toda la solemnidad de la mañana se hubiera quedado desnuda. Gracias a aquella comida distendida y amable en un típico coffeshop holandés fuimos tomando cierta conciencia de lo ocurrido unas horas antes. Tras un descanso, sobre todo para que los nervios acumulados por tanta emoción se relajaran, quedamos luego, a las ocho, Rocío, Cristian y yo para ir tomar algo en el café De Jare, tan cercano a la propia Universidad de Ámsterdam y a todos mis recuerdos (allí habíamos tomado una cerveza el profesor Jan de Jon y yo en otro tiempo, tras una búsqueda sistemática de un verbo latino en las entonces primitivas concordancias electrónicas de Cicerón).

Rosa llevó su cámara de fotos y en realidad aquellas horas restantes, mientras la noche se cernía sobre los canales y las luces cálidas dominaban el café, terminaron siendo mágicas.
Recordamos algunos cuentos de Cristian, en especial aquel que recrea a un profesor en Marsella que, precisamente, había hecho su tesis sobre los verbos de vestir en latín (y mientras él escribía este cuento, yo, sin que casi nadie lo supiera, estaba en Marsella), hablamos de las luces de Ámsterdam prendidas en las pupilas de la Albertine de Proust, de un poema de Safo donde se habla de la contemplación amorosa y de los días que duran para siempre, según Cavafis. Aquella tarde-noche se volvió el broche sutil de un gran día, al igual que el paseo que después dimos, pues yo quería acompañarles hasta su casa, entre canales nocturnos.
Rosa quiso hacer una fotografía a una puerta rodeada de naturaleza, lo que me trajo una extraña sensación de cercanía a la infancia. FRANCISCO GARCÍA JURADO

jueves, 19 de junio de 2014

¡Viva la república! La muerte de Lucrecia

La identificación de los monarcas con los tiranos se puede encontrar ya, naturalmente, en la propia Historia Antigua. Tarquinio el Soberbio, el último rey etrusco, ha pasado a la historia como déspota y corruptor de virtudes. La cobarde violación de una honrada matrona, Lucrecia, desbordó el vaso que terminó dando lugar a la república romana. Lucrecia decidió el suicidio antes que el oprobio o la humillación. El episodio ha encontrado luego su relectura moderna en todos aquellos que alimentan el anhelo por la renovación y la regeneración política. El pintor Rosales y el dramaturgo Leopoldo Cano pusieron moderna imagen y voz al terrible y, a la vez, ejemplar episodio. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

Leopoldo Cano compone en 1884 La muerte de Lucrecia, cuya fuente literaria clásica se encuentra al final del libro I del Ab urbe condita, de Tito Livio (Liv.1, 57-59). El argumento, entendido ya desde la ciencia histórica del XIX como parte de la historia mítica de Roma , tiene todos los ingredientes que lo hacen interesante para los gustos de la época: la tensión entre la intachable virtud de Lucrecia con el acto de la violación a manos de Tarquinio, que se ha consumado antes de que comience la obra, seguido todo ello de la truculenta escena del suicidio de la heroína en la escena final, donde no puede obviarse su relación con los gustos de la pintura histórica, a la que se alude explícitamente.

He aquí uno de los pasajes fundamentales de la obra, rebosante de patetismo:

"LUCRECIA. ¡Acercaos!
No perdáis ni una frase de esta historia
y escribidla con sangre de tiranos.
Bajo este honrado techo
halló hospitalidad un hombre osado,
que en nombre de mi esposo la pedía;
y, antes que despuntase en nuevo día,
oí desde mi lecho
el ruego vergonzoso del malvado.
¡Era Sexto Tarquino!
Al ver por mi desprecio y energía
que, al deshonor, la muerte prefería,
«Cede a mi amor,» -me dijo el libertino-
«que aún puede ser tu suerte
mucho más espantosa que la muerte.»
«Si mi ruego amoroso
rechazas, sobre el lecho de tu esposo
haré poner un siervo degollado
y diré a Roma entera
que fue de esta manera
por infame adulterio castigado .»" (...)

Saca un puñal rápidamente y se le clava en el corazón. Todos lanzan un grito de horror. Séptimo Lucrecio y Publio Valerio sostienen a Lucrecia. Colatino cae desfallecido sobre el lecho, y Junio Bruto, tomando el puñal que le entregara Lucrecia, cuando lo indique el diálogo, se aleja del grupo principal, de manera que todas las figuras queden en la disposición que ocupan en el cuadro de Rosales."

Imaginamos que el interés por este asunto de la historia de Roma guarda asimismo relación con el del florecimiento de las novelas históricas, volcadas, por aquel entonces, en el nacimiento del cristianismo, como es el caso de Fabiola o la iglesia de las catacumbas, de N.P.S.Wiseman, editada en 1854 , así como de la decadencia de Roma, de la que pueden encontrarse versos en el drama de Lucrecia. El propio Leopoldo Cano tiene una composición titulada "El triunfo de la fe" , que, fiel a los gustos truculentos del momento, se deleita en la muerte de una pequeña niña cristiana en la arena. Debido a la rareza del texto, y a su posible interés para la historia de la novela histórica en España, nos permitimos reproducirlo:

"Ancha es la sacra vía/que va al Anfiteatro, y todavía/a su pesar se funde y se codea/el pueblo-rey, con la canalla aquea./Himnos de gloria, lúdicas canciones,/acentos de dolor, imprecaciones,/se mezclan en extraño desconcierto./Ya el crujir de la férula, que hostiga/los corceles de rápida cuadriga,/que transporta al pretor... y a su liberto;/ya el gruñido estridente del beodo,/que danza con abyecta cortesana,/al caer desplomado sobre el lodo,/lecho nupcial de la impureza humana;/ya una risa que acaba en un quejido;/ya un lamento, seguido de una nota/que espira sollozando, apenas brota/de címbalo sonoro mal tañido;/todo a la vez resuena confundido/y dice, en las palabras de ese idioma/ en que se explica un pueblo conmovido,/que hoy es gran día y se divierte Roma./Por la fiesta, el Edil dejó el Consejo;/apoyado en su báculo va el viejo,/arrastrando su cuerpo hacia la cuesta/donde el Anfiteatro se divisa,/y la toga pretexta/recoge el joven, por andar de prisa./En vano algún líctor, con golpe rudo,/ por abrir paso al senador ceñudo/flagela al vil esclavo, hijo de Grecia,/que su aviso colérico desprecia;/el esclavo se aparta/rechazando el empuje que le ahoga,/mas no bastante, y la romana toga/se roza con la clámide de Esparta./La muerte el extranjero merecía,/mas hoy el senador es tolerante;/a su adusto semblante,/como rayo de luna en noche umbría,/una sonrisa de placer asoma..../que un tigre envidiaría./Hoy correrá un raudal de sangre impía;/hoy se divierte triunfante Roma./ Mira allí al patrono y su cliente/ y al altivo Pretor, a quien saluda/ un parásito vil, humildemente;/hacia el Anfiteatro van sin duda./ Turba de histriones con alegre coro/el ritmo imprime de grotesca danza,/y, muellemente reclinada, avanza/en su litera de marfil y oro,/la meretriz procaz, casi desnuda,/que el cuello de nieve/acaso más valor en joyas lleve/que pudiera costar la tribu entera/de los siervos que llevan su litera./Se ríen los histriones; sonríe la ramera,/y no les faltan, en verdad, razones./Han traído de Libia una pantera/y un gladiador responde de la fiera./Hoy se derramará sangre cristiana/y al Circo va la alegre caravana./Hoy es día feliz, día de broma,/pues con la sangre se divierte Roma./¡Grandioso Anfiteatro! ¿Veis el solio/que ocupa aquella escuálida persona/pálida, como muerto con corona?/ Pues ha costado más que el Capitolio./Rojo dosel, con arrogante emblema,/se refleja sangriento en su diadema;/ perlas hay a sus plantas/tachonando el cojín; pero son tantas/y de modo tan triste resplandecen,/que torrente de lágrimas parecen/de las madres cristianas, que han llorado/a los pies del verdugo despiadado./Cien mil espectadores/se agitan en la inmensa gradería; en el pódium, los graves senadores,/para ver de más cerca la agonía/ de una niña, que al medio de la arena/empuja un gladiador. ¡Soberbia escena!/La fiera va a salir. Llegó la hora./Se aleja el gladiador, la niña llora;/la plebe ruge; el bronce toca a muerte;/el rey bosteza; el pueblo se divierte./¿Quién es la niña? ¿Cuál es su delito?/¿Por qué la turba con salvaje grito/su aparición saluda?/Miradla triste, resignada, muda,/sin temor, sin orgullo y sin enojos,/pues es cristiana, y sufre los agravios/sin entreabrir las rosas de sus labios,/sin llorar por los cielos de sus ojos./Su mano hace una cruz, y en ella imprime/el beso ardiente de la Fe sublime./¡Qué ternísima escena!/Es la rosa besando a la azucena./Ha buscado el suplicio, y no es suicida,/porque va a conseguir la eterna vida./Se humilla y vence. Cuando muere un lirio,/al cielo va su delicado aroma;/el alma se sublima en el martirio/cuando el mísero cuerpo se desploma./¡Piedad! dice una voz. ¡Inútil ruego!/ Es implacable el populacho ciego,/El César hizo la señal de muerte/y su pueblo con sangre se divierte./¡Impía Roma! De tu ley severa/es digno ejecutor esa pantera./Tu víctima sucumbe; un raudal brota/del níveo seno por la horrible herida;/pero toda esa sangre, gota a gota,/abrasará tu frente maldecida./El héroe muere, pero no su ejemplo./Lo que es Circo, mañana será tu templo./No celebres tu efímera victoria;/en ese Anfiteatro has erigido/un pedestal al mártir, que ha ceñido/el lauro inmarcesible de la gloria./Escucha el alarido de la guerra./El coloso de cieno se derrumba./¡Pesa mucho la losa de una tumba/que mártires encierra!/¡Roma cruel! No vistas férrea malla/ni acudas presurosa a la muralla./Has de morir. Herido está de muerte/el pueblo que con sangre se divierte!"

Llama la atención esta viva descripción de una Roma no exenta de exotismo, personalizada en la meretriz cargada de joyas, frente a la pobre niña cristiana, que hacen moverse el texto entre una Salomé y una Fabiola. Francisco García Jurado