Share It

viernes, 27 de junio de 2014

Solemnidad y amistad: labrar un recuerdo

Ya he regresado de Ámsterdam feliz y cargado de recuerdos indelebles. A la mañana siguiente de mi regreso veo que Rocío Rosa me ha enviado parte de las preciosas fotografías que tomó durante el miércoles 25 de junio. Es buena fotógrafa y capta el alma, no puedo decir más. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

A Rocío y Cristian, para quienes el futuro es nuevo cada día


Fui estudiante en Holanda, durante los míticos tiempos en que realizaba mi tesis doctoral. Entre verbos latinos de vestir y concordancias de léxico puedo encontrar, aún en mi recuerdo, el sonsonete de los tranvías amarillos y parte de ese característico barullo que siempre hay (y habrá) en el Rokin. La tesis doctoral de Cristian Crusat me ha devuelto a aquellos días, ahora no como doctorando, sino como tribunal de su propia tesis. Es una gran tesis que nació, por cierto, del flechazo académico que ambos sentimos cuando el profesor Fernando García Romero nos presentó hace muchos años en la Complutense. Pocos temas se prestaban tanto a aplicar la noción de “Historia no académica de la literatura” como las vidas imaginarias de Marcel Schwob. Al cabo del tiempo Cristian ha podido terminar su tesis y defenderla, y yo he tenido el honor de darle el título, por gentileza de sus promotores, la profesora Ieme van derPoel y el profesor Pedro Valdivia.
Fue un día más que emocionante, en la preciosa capilla de la universidad, por donde tantas veces había pasado yo mismo mientras pensaba en mi trabajo de tesis. El acto de la defensa de la tesis fue solemne y se atuvo a los ritos preestablecidos por el protocolo. Me encantó vestirme de “Erasmo” con mi buen amigo el doctor Albadalejo, que también entró en el juego con el buen humor que era esperable en él. Tras la defensa, Cristian nos ofreció un cóctel en la planta baja del mismo edificio, donde todo el mundo se fue marchando después “a la holandesa”.
Yo le había prometido que no me marcharía (por ello me quedé un día más en Ámsterdam). Así que tras este cóctel nos fuimos a comer después tanto Cristian como Rocío Rosa y una amiga común de ellos, Luisa, que ha comenzado una nueva vida en Holanda.
Aquí comenzó la etapa más entrañable de ese día, sin cuyo complemento toda la solemnidad de la mañana se hubiera quedado desnuda. Gracias a aquella comida distendida y amable en un típico coffeshop holandés fuimos tomando cierta conciencia de lo ocurrido unas horas antes. Tras un descanso, sobre todo para que los nervios acumulados por tanta emoción se relajaran, quedamos luego, a las ocho, Rocío, Cristian y yo para ir tomar algo en el café De Jare, tan cercano a la propia Universidad de Ámsterdam y a todos mis recuerdos (allí habíamos tomado una cerveza el profesor Jan de Jon y yo en otro tiempo, tras una búsqueda sistemática de un verbo latino en las entonces primitivas concordancias electrónicas de Cicerón).

Rosa llevó su cámara de fotos y en realidad aquellas horas restantes, mientras la noche se cernía sobre los canales y las luces cálidas dominaban el café, terminaron siendo mágicas.
Recordamos algunos cuentos de Cristian, en especial aquel que recrea a un profesor en Marsella que, precisamente, había hecho su tesis sobre los verbos de vestir en latín (y mientras él escribía este cuento, yo, sin que casi nadie lo supiera, estaba en Marsella), hablamos de las luces de Ámsterdam prendidas en las pupilas de la Albertine de Proust, de un poema de Safo donde se habla de la contemplación amorosa y de los días que duran para siempre, según Cavafis. Aquella tarde-noche se volvió el broche sutil de un gran día, al igual que el paseo que después dimos, pues yo quería acompañarles hasta su casa, entre canales nocturnos.
Rosa quiso hacer una fotografía a una puerta rodeada de naturaleza, lo que me trajo una extraña sensación de cercanía a la infancia. FRANCISCO GARCÍA JURADO

jueves, 19 de junio de 2014

¡Viva la república! La muerte de Lucrecia

La identificación de los monarcas con los tiranos se puede encontrar ya, naturalmente, en la propia Historia Antigua. Tarquinio el Soberbio, el último rey etrusco, ha pasado a la historia como déspota y corruptor de virtudes. La cobarde violación de una honrada matrona, Lucrecia, desbordó el vaso que terminó dando lugar a la república romana. Lucrecia decidió el suicidio antes que el oprobio o la humillación. El episodio ha encontrado luego su relectura moderna en todos aquellos que alimentan el anhelo por la renovación y la regeneración política. El pintor Rosales y el dramaturgo Leopoldo Cano pusieron moderna imagen y voz al terrible y, a la vez, ejemplar episodio. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

Leopoldo Cano compone en 1884 La muerte de Lucrecia, cuya fuente literaria clásica se encuentra al final del libro I del Ab urbe condita, de Tito Livio (Liv.1, 57-59). El argumento, entendido ya desde la ciencia histórica del XIX como parte de la historia mítica de Roma , tiene todos los ingredientes que lo hacen interesante para los gustos de la época: la tensión entre la intachable virtud de Lucrecia con el acto de la violación a manos de Tarquinio, que se ha consumado antes de que comience la obra, seguido todo ello de la truculenta escena del suicidio de la heroína en la escena final, donde no puede obviarse su relación con los gustos de la pintura histórica, a la que se alude explícitamente.

He aquí uno de los pasajes fundamentales de la obra, rebosante de patetismo:

"LUCRECIA. ¡Acercaos!
No perdáis ni una frase de esta historia
y escribidla con sangre de tiranos.
Bajo este honrado techo
halló hospitalidad un hombre osado,
que en nombre de mi esposo la pedía;
y, antes que despuntase en nuevo día,
oí desde mi lecho
el ruego vergonzoso del malvado.
¡Era Sexto Tarquino!
Al ver por mi desprecio y energía
que, al deshonor, la muerte prefería,
«Cede a mi amor,» -me dijo el libertino-
«que aún puede ser tu suerte
mucho más espantosa que la muerte.»
«Si mi ruego amoroso
rechazas, sobre el lecho de tu esposo
haré poner un siervo degollado
y diré a Roma entera
que fue de esta manera
por infame adulterio castigado .»" (...)

Saca un puñal rápidamente y se le clava en el corazón. Todos lanzan un grito de horror. Séptimo Lucrecio y Publio Valerio sostienen a Lucrecia. Colatino cae desfallecido sobre el lecho, y Junio Bruto, tomando el puñal que le entregara Lucrecia, cuando lo indique el diálogo, se aleja del grupo principal, de manera que todas las figuras queden en la disposición que ocupan en el cuadro de Rosales."

Imaginamos que el interés por este asunto de la historia de Roma guarda asimismo relación con el del florecimiento de las novelas históricas, volcadas, por aquel entonces, en el nacimiento del cristianismo, como es el caso de Fabiola o la iglesia de las catacumbas, de N.P.S.Wiseman, editada en 1854 , así como de la decadencia de Roma, de la que pueden encontrarse versos en el drama de Lucrecia. El propio Leopoldo Cano tiene una composición titulada "El triunfo de la fe" , que, fiel a los gustos truculentos del momento, se deleita en la muerte de una pequeña niña cristiana en la arena. Debido a la rareza del texto, y a su posible interés para la historia de la novela histórica en España, nos permitimos reproducirlo:

"Ancha es la sacra vía/que va al Anfiteatro, y todavía/a su pesar se funde y se codea/el pueblo-rey, con la canalla aquea./Himnos de gloria, lúdicas canciones,/acentos de dolor, imprecaciones,/se mezclan en extraño desconcierto./Ya el crujir de la férula, que hostiga/los corceles de rápida cuadriga,/que transporta al pretor... y a su liberto;/ya el gruñido estridente del beodo,/que danza con abyecta cortesana,/al caer desplomado sobre el lodo,/lecho nupcial de la impureza humana;/ya una risa que acaba en un quejido;/ya un lamento, seguido de una nota/que espira sollozando, apenas brota/de címbalo sonoro mal tañido;/todo a la vez resuena confundido/y dice, en las palabras de ese idioma/ en que se explica un pueblo conmovido,/que hoy es gran día y se divierte Roma./Por la fiesta, el Edil dejó el Consejo;/apoyado en su báculo va el viejo,/arrastrando su cuerpo hacia la cuesta/donde el Anfiteatro se divisa,/y la toga pretexta/recoge el joven, por andar de prisa./En vano algún líctor, con golpe rudo,/ por abrir paso al senador ceñudo/flagela al vil esclavo, hijo de Grecia,/que su aviso colérico desprecia;/el esclavo se aparta/rechazando el empuje que le ahoga,/mas no bastante, y la romana toga/se roza con la clámide de Esparta./La muerte el extranjero merecía,/mas hoy el senador es tolerante;/a su adusto semblante,/como rayo de luna en noche umbría,/una sonrisa de placer asoma..../que un tigre envidiaría./Hoy correrá un raudal de sangre impía;/hoy se divierte triunfante Roma./ Mira allí al patrono y su cliente/ y al altivo Pretor, a quien saluda/ un parásito vil, humildemente;/hacia el Anfiteatro van sin duda./ Turba de histriones con alegre coro/el ritmo imprime de grotesca danza,/y, muellemente reclinada, avanza/en su litera de marfil y oro,/la meretriz procaz, casi desnuda,/que el cuello de nieve/acaso más valor en joyas lleve/que pudiera costar la tribu entera/de los siervos que llevan su litera./Se ríen los histriones; sonríe la ramera,/y no les faltan, en verdad, razones./Han traído de Libia una pantera/y un gladiador responde de la fiera./Hoy se derramará sangre cristiana/y al Circo va la alegre caravana./Hoy es día feliz, día de broma,/pues con la sangre se divierte Roma./¡Grandioso Anfiteatro! ¿Veis el solio/que ocupa aquella escuálida persona/pálida, como muerto con corona?/ Pues ha costado más que el Capitolio./Rojo dosel, con arrogante emblema,/se refleja sangriento en su diadema;/ perlas hay a sus plantas/tachonando el cojín; pero son tantas/y de modo tan triste resplandecen,/que torrente de lágrimas parecen/de las madres cristianas, que han llorado/a los pies del verdugo despiadado./Cien mil espectadores/se agitan en la inmensa gradería; en el pódium, los graves senadores,/para ver de más cerca la agonía/ de una niña, que al medio de la arena/empuja un gladiador. ¡Soberbia escena!/La fiera va a salir. Llegó la hora./Se aleja el gladiador, la niña llora;/la plebe ruge; el bronce toca a muerte;/el rey bosteza; el pueblo se divierte./¿Quién es la niña? ¿Cuál es su delito?/¿Por qué la turba con salvaje grito/su aparición saluda?/Miradla triste, resignada, muda,/sin temor, sin orgullo y sin enojos,/pues es cristiana, y sufre los agravios/sin entreabrir las rosas de sus labios,/sin llorar por los cielos de sus ojos./Su mano hace una cruz, y en ella imprime/el beso ardiente de la Fe sublime./¡Qué ternísima escena!/Es la rosa besando a la azucena./Ha buscado el suplicio, y no es suicida,/porque va a conseguir la eterna vida./Se humilla y vence. Cuando muere un lirio,/al cielo va su delicado aroma;/el alma se sublima en el martirio/cuando el mísero cuerpo se desploma./¡Piedad! dice una voz. ¡Inútil ruego!/ Es implacable el populacho ciego,/El César hizo la señal de muerte/y su pueblo con sangre se divierte./¡Impía Roma! De tu ley severa/es digno ejecutor esa pantera./Tu víctima sucumbe; un raudal brota/del níveo seno por la horrible herida;/pero toda esa sangre, gota a gota,/abrasará tu frente maldecida./El héroe muere, pero no su ejemplo./Lo que es Circo, mañana será tu templo./No celebres tu efímera victoria;/en ese Anfiteatro has erigido/un pedestal al mártir, que ha ceñido/el lauro inmarcesible de la gloria./Escucha el alarido de la guerra./El coloso de cieno se derrumba./¡Pesa mucho la losa de una tumba/que mártires encierra!/¡Roma cruel! No vistas férrea malla/ni acudas presurosa a la muralla./Has de morir. Herido está de muerte/el pueblo que con sangre se divierte!"

Llama la atención esta viva descripción de una Roma no exenta de exotismo, personalizada en la meretriz cargada de joyas, frente a la pobre niña cristiana, que hacen moverse el texto entre una Salomé y una Fabiola. Francisco García Jurado

domingo, 1 de junio de 2014

Sobre ferias del libro y otras vidas

"Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca / aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach". De esta forma tan propia de un pensador presocrático nos recuerda Borges la feliz y, a la vez, trágica condición múltiple de los seres humanos, pues, ciertamente, tras los años nos damos cuenta de cuántas encarnaciones hemos sufrido dentro de una misma vida. El niño soñador, el adolescente altanero, el joven ambicioso, el varón incipiente que quiere vivir todas las vidas posibles, el hombre maduro que mira hacia atrás sus errores..., y no sé cuántas me esperan. La feria del libro es, tanto con las presencias como con las ausencias, parte de ese escenario donde han paseado esos diferentes seres que siempre leyeron. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que fui a la feria del libro. Lo hice en compañía de mi abuelo. De aquella tarde gloriosa recuerdo el olor a lluvia del Parque del Retiro, el aroma a libro nuevo y un cuento de las fábulas de Esopo que me llevé como regalo de mi propio abuelo. Después, siempre que pasábamos por el quiosco de prensa donde mi abuelo compraba sus periódicos, intentaba evocar en la memoria olfativa ese momento sublime de una tarde de lluvia en el Retiro. Al cabo de los años fue ya con mis padres, y por la mañana de un sábado o domingo, con quien acudí a la feria. Me atraía entonces ya cierta literatura, como una edición preciosa de unos cuantos sonetos de Miguel Hernández (reproducida en la ilustración), o El contrato social de Rousseau. También acudí sólo a la feria, en especial una tarde de sábado tras haber terminado mi segundo curso de filología clásica (inusitadamente, había dado fin a mis exámenes muy pronto). Fue aquella tarde cuando compré la novela Rayuela de Cortázar y creí escuchar por megafonía el estruendoso título de un libro escrito por alguien desconocido que al cabo de unos años llegaría a ser famoso. También la feria supuso el paseo con las contadísimas novias que he tenido, y un momento para compartir lo poco que he sabido compartir: el amor a los libros. Todas esas tardes quedaron en el recuerdo, perdidas como se quedan atrás los carteles en las carreteras, con la certidumbre de que fueron efímeros y plenamente pasajeros. Ya no voy a la feria. Recuerdo que, cuando publiqué mi libro sobre Borges y la Eneida, el editor, que jamás me dio un duro, sugirió que podía firmar ejemplares allí. A mí aquel acto me espantó, no tanto por el hecho de ir allí a firmar, sino por la cara de circunstancias que se me pondría al ver que, a lo sumo, un par de lectores vendría a que se lo firmara, y acaso por equivocación. Todavía recuerdo esa cara de circunstancias en el rostro de algunos escritores aspirantes a famosos. La vanidad es una enfermedad del alma. Salvo excepciones, los "escritores" que más público acaparan son los mediáticos y, sobre todo, los que publican libros de autoayuda diversas. Esto es inevitable, pues un editor necesita vender libros, cuanto más mejor. Los tímidos libros que han salido de mi mano han estado seguramente en la feria, pero abandonados a su pobre suerte ya desde su nacimiento. No sé, tampoco, si algún día de estos volveré por la feria. Hace como tres años regresé porque un amigo firmaba libros. Ya ni tan siquiera me atengo a estos compromisos. En cualquier caso, quizá no tenga el valor de pasar junto al niño que va con su abuelo, el chaval que acude con sus padres una radiante mañana de sábado, o el joven dichoso que acaba de terminar segundo de clásicas. En mi particular feria hay ya demasiados fantasmas. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

miércoles, 28 de mayo de 2014

Dos imágenes: políticas y nostalgia, o el tiempo recobrado


Este blog no trata sobre política, sino que pretende hacer una lectura de dos imágenes que se han superpuesto en mi "retina de la memoria". Cuando el flamante líder de "Podemos", por cierto colega universitario de la Complutense, apareció celebrando su inesperado triunfo electoral, me vino a la mente una antigua imagen de Felipe González, joven y arrollador. No se trata de parecidos ni de cuestiones comunes, sino de una atmósfera que ya no es reconocible en la encorsetada política actual. Se trata de unas personas jóvenes con las que no comparto mayores afinidades, pero en las que sí puedo reconocer ilusiones perdidas en el tiempo. Esta es la breve crónica de mis impresiones, conscientemente imprecisas. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Hubo unos tiempos en que, aunque hoy parezcan irreales, la gente sintió ilusión por la política o, más bien, por sus políticos. Posiblemente todo estaba condenado a perderse, porque nos hacemos mayores y los propósitos se degradan, porque dejamos de ser quienes fuimos y nos convertimos en personas acomodaticias. Los partidos políticos, en particular el PP, el PSOE e IZQUIERDA UNIDA han crecido con nosotros, con los que somos de una generación ya madurita, y también ellos se han hecho mayores. Me hace gracia cuando los llamados "progres", es decir, algunos artistas y gente sobre todo del cine, se reúnen para reivindicar algo. Creo que el poeta García Montero es el más joven de entre ellos. Aquellas reuniones de intelectuales parecen ya más un viaje del inserso que una reivindicación. También hemos visto cómo envejecía el "guapo" Felipe (mi abuela decía que parecía un mono), ahora convertido en un señor gordo y rico, qué cosas. El PP, ciertamente, siempre fue viejo, formado por votantes que leían el ABC (ese periódico que llegó a tener un suplemento cultural maravilloso, con Blanca Berasategui y Ansón). El PSOE supo hacerse con un buen sector de votantes entre los jóvenes, y eso que OTAN, DE ENTRADA NO y otras pifias ya nos hicieron ver a aquellos jóvenes que estos políticos no eran ni tan claros ni tan honestos como los pintaba ingenuamente el dibujante José Ramón.

IZQUIERDA UNIDA fue el fruto de tantas batallas internas del PCE, para regocijo de los socialistas, que se llevaban sus electores cansados de tanto dogma y escición. Ay, aquellos lectores del difunto DIARIO 16, cuando no de MUNDO OBRERO. En fin, ahora os veo a todos, con vuestras diferencias, ilusiones y mentiras, como parte de mi biografía. Habéis ido viviendo gracias a vuestros votantes incondicionales, es decir, el PP gracias a esa gente que sólo vota y votará, hasta que se muera, a la derecha, porque es lo bueno y lo cristiano: ancianitas que aún recuerdan a los rojos de la Guerra civil y gente bien pensante que lleva sus hijos a colegios religiosos. Nuevas generaciones. Al PSOE lo votan todos aquellos que sólo votan al PSOE, como parte de mis colegas de la Universidad, porque recuerdan a los grises corriendo tras de ellos, porque el PSOE es un mal menor y porque quieren una educación pública mejor, aunque sus hijos (ya nietos) vayan a los mismos colegios de curas que los hijos de los del PP. En fin, mis amigos los pijoprogres. Por lo demás, y en cuanto a los votantes de IZQUIERDA UNIDA, vaya ahora mi recuerdo emocionado de Jos, mi querido colega de filología alemana, militante de Comisiones y fiel votante del PCE, que se dejó retratar en sus últimos días de vida para reivindicar el derecho a morir dignamente. Jos llevaba un bigote a lo Gunter Grass y era una estampa viva del intelectual de la República Democrática Alemana, aquella que luego se descompuso en su propia mierda. Sin embargo, cuando pienso en Jos y su capacidad de entusiasmarnos me emociono más allá de las ideas. En fin, todo esto lo cuento simplemente porque el otro día, pese a que este joven Pablo Iglesias no me gusta ni me convence, me hizo ver, como a Proust le ocurre en
El tiempo recobrado, que el tiempo de ciertos políticos y de ciertos partidos ha pasado ya. ¿Qué ocurrirá cuando las viejecitas que sólo votan al PP se vayan al cielo, o cuando los pijoprogres del PSOE se vuelvan ya tan mayores que no puedan ni ir a votar (ahora, buena parte de los profesores de instituto que ganaron su plaza en tiempos de Felipe se están jubilando)? ¿IZQUIERDA UNIDA acabará siendo una sucursal de PODEMOS? En fin, con nostalgia, al ver los rostros jóvenes e ilusionados de quienes dentro de veinte años ya no serán tan jóvenes, recordé las primeras elecciones de Felipe, porque allí se podían ver igualmente estos rostros, quizá más épicos.
En esta feria de las vanidades políticas, donde candidatas frustradas con voz de flauta se ven a hora marginadas, casi nada es verdad y todo, todo es mentira, pero quizá la nostalgia de lo vivido se nos muestra como una rara forma de verdad sentimental. FRANCISCO GARCÍA JURADO



viernes, 9 de mayo de 2014

Carta abierta, o familiar, para el poeta Santos Domínguez Ramos

Querido amigo, admirado poeta:

Algunas circunstancias, y ya no suelo incurrir en el inoportuno ejercicio de hallar las causas, han hecho que por la mañana leyera a Petrarca y ahora, por la tarde, como si se tratara de un puro servicio vespertino, fueras tú el objeto de mis lecturas. Ha llegado a mis manos hoy tu libro titulado El dueño del eclipse, de quien Félix Grande, tan llorado, se ha convertido ahora en su merecido destinatario. He recobrado la belleza de tus libros acariciado por la luz dorada de la Sierra del Guadarrama (ya ves que se trata de una bella y coherente combinación), he vuelto a visitar a “una sibila oscura”, que me remonta a las hipálages y las deudas contraídas contigo, he entrevisto las antiguas Siracusa y Babilonia, o la lluvia en Agrigento, acaso tan negra y tan rara. Ya sabes que te has convertido en estilo, irremediable destino de los buenos poetas. Toda esta emoción es ahora la que procuro expresar en estas pobres palabras.

Admirado poeta y querido amigo, no creo que sea casualidad que esta mañana, en las frías salas de espera de un laboratorio de análisis, haya estado leyendo a Petrarca y que ahora te esté leyendo a ti, acariciado por la doble belleza, material y lingüística, de tu libro y de un ocaso serrano. Acaso las casualidades no se explican, sólo se sienten como obras que el tiempo pretende hacer con el arte. FRANCISCO GARCÍA JURADO

jueves, 24 de abril de 2014

Sertorio: Hispania contra Roma

De oscuro linaje, según Plutarco, Quinto Sertorio contaba con varias de las virtudes que pueden convertir a un general en mítico: su valentía y su ingenio. Sin embargo, historiadores antiguos y modernos han visto en él desde un héroe hasta un traidor. En cualquier caso, Sertorio mantuvo en jaque a Roma durante diez años y volvió a resucitar las aspiraciones independentistas de los lusitanos tras la muerte de su caudillo Viriato. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
En el año 82 a.C. Sertorio se encontraba en Mauritania, cumpliendo una misión muy precisa: reclutar un ejército para combatir a Sila, que había sido nombrado dictador como cabeza del partido de los aristócratas. Entonces Sertorio recibió una propuesta inesperada: los lusitanos le ofrecían encabezar una rebelión contra Roma. De esta forma, un pueblo oriundo de la Península Ibérica se ponía voluntariamente en manos de un general romano. Los intereses de los lusitanos no coincidían exactamente con los de Sertorio: los primeros querían librarse del yugo de Roma, el segundo sólo pretendía acabar con el poder de Sila. Pero tenían un enemigo común que hizo posible la alianza. Sertorio ya había estado antes en Hispania acompañando al cónsul Didio, que actuó con implacable impiedad contra los lugareños. Fue así como Sertorio se dio cuenta de que era mucho más inteligente tenerlos como aliados. Por tanto, tras la invitación a encabezar la guerra, Sertorio dejó una parte de sus tropas en África y marchó con 4.000 hombres a Hispania en el año 80 a.C. Comenzaba el mito de Sertorio entre los lusitanos.
Es, precisamente, en ese momento cuando tiene lugar uno de los episodios de la vida de Sertorio que aunque parece anecdótico no lo es en absoluto. Plutarco nos cuenta que un lugareño llamado Espano había encontrado una cierva recién parida. Tras hacerse con la cría, se la regaló a Sertorio, pues era un animal extraordinario por su blancura. La cervatilla terminó haciéndose tan inseparable del general que éste quiso hacer creer que aquel regalo había sido hecho por la propia diosa Diana y que gracias al animal podía conocer secretos vedados a los demás mortales. De esta forma, si algún mensajero traía la noticia de la victoria de uno de sus ejércitos, ocultaba a éste y hacía ver que era la cervatilla la que se lo había transmitido, logrando ser tenido como un dios entre los supersticiosos lusitanos.
Gracias a tales cosas, Sertorio encarnaba en su persona al buen romano, al general aguerrido y al hombre dotado de cualidades sobrenaturales. En cierto sentido, había suplido la nostalgia del antiguo caudillo lusitano Viriato. En lo militar, Sertorio supo combinar sabiamente la táctica romana con la peculiar lucha de guerrillas lusitana: no dar tregua al enemigo, devastar y rapiñar, obrar con rapidez y evitar batallas en campo abierto. Es así como logró poner en jaque a Cecilio Metelo, a quien Sila había enviado a Hispania como procónsul. De manera paradójica, Sertorio lograba las victorias mediante sus estratégicas retiradas. Fue así como Sertorio, con su lugarteniente Hirtuleyo, logró neutralizar la ofensiva de Metelo y avanzar hacia la Hispania Citerior desde la Ulterior. Según Schulten, este avance hacia el Este debió de ser un cómodo paseo triunfal. Sertorio tomó Segóbriga y Caraca, y continuó por Bílbilis y Contrebia. Ahora también los celtíberos hacían causa común con Sertorio.
Llegado a Osca (la actual Huesca), Sertorio fundó una inusitada escuela con el fin de instruir a los hijos de los nobles celtíberos. Sin embargo, el fin de este centro de enseñanza no era tan filantrópico como pudiera parecer, pues le servía para mantener a los hijos de estos nobles en calidad de rehenes. También creó en Osca un senado, si bien no era más que un mero órgano consultivo. Sertorio se acercaba así a la figura que unos años más tarde encarnaría el propio Augusto, pues su verdadera intención era convertirse en emperador. Según Schulten, el propósito de Sertorio era crear en Hispania una segunda Roma para poder lograr así el control de la misma Roma. Hispania se convertía de esta forma no tanto en el objetivo de Sertorio como en el instrumento ideal para terminar con el poder de Sila. Hacia el año 76 a.C., Sertorio estaba ya en la cumbre de su poder, lo que le permitió organizar una gran ofensiva hacia el Levante. Quien acabará siendo su asesino, M. Perpenna Vento, une ahora sus fuerzas a las suyas. Es entonces cuando Sila envía hasta Hispania a otro de sus grandes generales, Pompeyo. Este logra vencer a Perpenna, pues era muy inferior en astucia y valentía al propio Sertorio. No obstante, Sertorio logró interponerse entre ambos contendientes en la ciudad de Lauro, equidistante de Sagunto, donde había establecido su campamento Pompeyo, y de Valentia, a donde había huido Perpenna. Sin embargo, la llegada de las tropas de Metelo, quien había logrado terminar incluso con el lugarteniente Hirtuleyo, supuso un grave revés para Sertorio. Tuvo entonces lugar en Sagunto uno de los combates más decisivos, aunque se libró con una victoria pírrica para Sertorio, por culpa de Perpenna, una vez más. En el otoño del 75 a.C. fue Pompeyo quien atacó a Sertorio, pero sin obtener tampoco una victoria clara. El mito de Sertorio como general invicto comienza a resquebrajarse. Pompeyo envía entonces una carta al Senado de Roma (conservada gracias a Salustio) para conseguir más recursos y tropas. Gracias a esta nueva ayuda, Pompeyo y Metelo ponen cerco a la sertoriana Calagurris en el año 74 a.C. Tras haberse hecho con la Hispana Citerior preparan ahora su ofensiva contra Sertorio en la Ulterior. Además de la ofensiva externa, la división que se va produciendo entre los aliados de Sertorio es cada vez mayor a causa de lo incierto de sus victorias. Para colmo de males, se extravió la cierva del general, encontrada casualmente gracias a unos que la reconocieron corriendo por el campo. Sertorio preparó teatralmente el reencuentro con el animal, dejando que ésta acudiera públicamente hasta él como si de un hecho divino se tratara. No era más que el desesperado intento de recuperar su fama sobrenatural. Pero ya todo era en vano. En el año 73 a.C., el poder de Sertorio se derrumba, una vez perdida la Celtiberia. Obligado a refugiarse en el territorio del valle del Ebro, Sertorio terminará convirtiéndose en un personaje vil y despótico. Las relaciones con los pueblos nativos se vuelven turbias. Incluso va a ordenar la muerte o la venta como esclavos de los hijos que los caudillos iberos habían dejado en la escuela de Osca. También los romanos que habitan con él en Osca recelan cada vez más de su persona. Es entonces cuando movido por la envidia y el miedo Perpenna organiza una conspiración contra Sertorio, al tiempo que el Senado de Roma decretaba el perdón para todos aquellos partidarios de Sertorio que depusieran las armas. Once fueron los coautores del magnicidio, que tuvo lugar durante un banquete organizado en casa de Perpenna para celebrar una falsa victoria. Esto ocurría en el 72 a.C. El asesinato de Sertorio puso fin a su paulatina decadencia, pero también a diez años de campañas militares por Hispania. Tras su muerte, la causa sertoriana fue desvaneciéndose. Tan sólo Calagurris se mantuvo firme hasta el punto de que sus habitantes, sitiados, recurrieron a la ingesta de cadáveres humanos. FRANCISCO GARCÍA JURADO

martes, 15 de abril de 2014

La ciencia rodea al espíritu: el Divinity Hall de Harvard


Desde que conocí un poco el pensamiento transcendentalista de Ralf Waldo Emerson, posiblemente el primer filósofo norteamericano considerado como tal, siempre me resultó muy sugerente la identificación que hacía del ser humano con el universo. Era el siglo XIX, y el transcendentalismo no dejaba de ser en buena medida una forma de religión, que había importado de Europa el idealismo alemán para hacerlo propio. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

Para Ángel Sáez-Badillos, en grata memoria de su buen quehacer, 
y a mis antiguos compañeros del Grupo de investigación 
del Real Colegio Complutense (Harvard)

Fascinado por la aureola romántica del transcendentalismo, luego tuve noticia, ya dentro del mundo de la Tradición Clásica, de las traducciones que del griego había hecho un compañero y amigo suyo, Henry David Thoreau, que vertió al inglés dos tragedias de Esquilo, entre otras obras clásicas. El escenario natural de ambos autores es Nueva Inglaterra, y los imaginé impartiendo sus charlas en lugares como Harvard. Al fin pude ver, concretamente, uno de los escenarios de tales alocuciones, precisamente el Divinity Hall, que se encuentra, como era de esperar, en la Divinity Avenue (es memorable la alocución que Emerson impartió el 15 de julio de 1838 con el título “Acquaint Thyself at First Hand with Deity”). El edificio sigue allí, fabricado en ladrillo rojo y graciosamente simétrico, pero me llamó mucho la atención, y así se lo comenté a María José una soleada tarde, que aquel lugar se encontrara rodeado, más bien asediado, por una imponente facultad de Biología que lo cerraba por tres de sus lados. Ya más adelante, y tras pasar junto a invernaderos e instalaciones científicas varias, se llega a la Divinity School, que es un edificio más reciente construido en piedra y con evidentes aires de una Inglaterra soñada. Así pues, quedé muy sorprendido por el emplazamiento del viejo Divinity Hall, que yo imaginaba entre árboles centenarios, semejante a una de esas litografías coloreadas de la época. Esto mismo les comenté, de manera ociosa, a mis compañeros del grupo avanzado de investigación una mañana de alegre sol en que fuimos paseando desde el Real Colegio Complutense hasta la Divinity School de Harvard. Me apuntaron, entre bromas y veras, que aquello quizá tenía un significado simbólico. Pues bien, cuál habrá sido mi sorpresa cuando leo en las páginas de un libro del profesor Harry Levin, el gran comparatista de Harvard, unas reflexiones semejantes a las mías. En este caso, como ocurre en la dedicatoria de Borges a Leopoldo Lugones, no puedo ocultar cierta vanidad confundida ya con la nostalgia de un mundo que he tenido que dejar atrás. Me refiero al libro titulado “Contexts of criticism”, publicado en 1957. En el libro puede encontrarse, entre otros trabajos de gran interés, un estudio que se titula intencionadamente “New frontiers in the humanities”. “Fronteras”, pero no “barreras”, es lo que quiere precisar el profesor Levin al hablarnos sobre los límites y las relaciones entre los saberes. Así piensan los buenos comparatistas. No me resisto a reproducir el texto inicial de este trabajo, lleno de gracia y de impresiones relativas, precisamente, al Divinity Hall: “Looking toward this highly propitious occasion, looking out of my study window in the general direction of Waltham, I might have looked to a source of inspiration which has quickened many an American scholar. It so happens that my house in Cambridge is no more than a stone`s throw from Divinity Hall, where Emerson delivered his famous address on that very theme – no less a theme than man himself, the whole man, thinking and acting in a world where nature and idea are at one, and where yesterday emerges into today. But if I were to throw a proverbial stone, it would crash against the plate-glass windows of the more modern Biological Laboratories, which impede my view of the old Emersonian structure by surrounding it on three sides. On the fourth side it is confronted and, of course, overshadowed by the Peabody Museum of Archaeology and the Agassiz Museums of Natural History. I sometimes wonder what Emerson, who was so fond of parables, would make of this object-lesson in containment, which outflanks and exhibits the fragile sell of his dream for humanity – and for the humanities – as if it were a fossil preserved from some prehistoric epoch. The missing link in that scientific quadrangle, a new botanical building, is now under construction; and, as a consequence, Divinity Avenue has become a dead-end street. I refrain from pursuing the further implications of that impasse all the more willingly because, at the moment, it seems to be under public litigation.”
Este texto me ha devuelto a unos días gloriosos que ya son mi pasado, y a unas vivencias extraordinarias, tanto académicas como humanas.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.