sábado 5 de diciembre de 2009

EL FALSO SARCÓFAGO ETRUSCO DEL MUSEO BRITÁNICO


A pesar de que el Museo Británico se resistió a aceptarlo durante bastante tiempo con toda su artillería académica, finalmente tuvo que reconocer que uno de sus hermosos sarcófagos etruscos era falso. Al menos no era totalmente verdadero, pues a pesar de que estaba compuesto en buena medida por piezas realmente antiguas y etruscas, la suma resultante sólo era una falsificación. Supe de esta historia por primera en un artículo de el diario El País, y creo recordar que lo había escrito el inolvidable antropólogo y erudito Julio Caro Baroja. Ahora que he adquirido por librería de viejo su conocido libro sobre las falsificaciones de la Historia recupero fresca aquella noticia que quedó grabada en la memoria durante tantos años:

"Hay algunas falsificaciones de momumentos etruscos muy famosas. En 1873 ingresó en el Museo Británico un hermoso sarcófago. El propietario anterior había sido Alessandro Castellani, que lo había comprado a Pietro Perecelli, hermano de un escayolista del Louvre. Salomon Reinach sabía que, en su juventud, y estando al servicio del marqués Pietro Campana, este gran artífice había llevado a cabo restauraciones de fragmentos antiguos, que vendía a los turistas deseosos de llevarse algún recuerdo material de Italia. En última instancia también hizo falsificaciones completas. Por él supo Reinach que, con su hermano, había labrado el sarcófago de Cerveteri, que enterraron y luego descubrieron "como por casualidad". El director del Museo Británico interrogó a Perecelli, que primero confesó que era verdad lo de la falsificación, desmintiéndolo después. Pero las pruebas del hecho parecían evidentes. La inscripción estaba copiada de la de una fíbula que existía en París. La pareja representada no estaba en un kliné, como las de momumentos conversados en el Louvre o la Villa Giulia, sino en una caja rectangular, hábilmente compuesta de fragmentos de relieves, algunos de los cuales eran auténticos. Por otra parte, la indumentaria de la mujer y la desnudez y postura del hombre eran impropios de un banquete funerario. La resistencia a retirar la obra duró varias décadas, pero al fin fue retirada de exposición pública." (Julio Caro Baroja, Las falsificaciones de la Histoira (en relación con la de España), Barcelona, Seix Barral, 1992, pp. 21-22)
Pues bien, nuestra cronologías son a menudo juguetonas con los propios hechos. Un año antes de la publicación de este libro, en 1991, tuve la suerte de adquirir en unos puestecillos de libros viejos alojados junto al claustro de la facultad de Derecho de la Universidad de Ámsterdam una vieja postal del Museo Británico con la siguiente leyenda: "Etruscan Terra Cotta Sarcophagus. Sixth Century B.C. From Cervetri (Room of Terra Cottas). British Museum. Printed at the Oxford University Press. Se trata de la preciosa reproducción que aparece al comienzo de este blog. En algún momento leí el texto de Caro Baroja, más o menos como he reproducido más arriba, pero lo recuerdo en el formato de una página de diario. Desde entonces siempre tuve la razonable sospecha de que se trataba de la falsificación, pues se trata de un conjunto escultórico demasiado brillante y diferente como para ser real. No soy capaz de rescatar aquel texto periodístico de Caro Baroja (puede que se tratara de un avante o resumen del libro que esta a punto de publicar) y, lo que es todavía peor, no encuentro en internet imagen alguna de este supuesto sarcófago. Me pregunto si aquella preciosa mentira quedó oficialmente borrada una vez se descubrió que era mentira y hoy sólo aparece en las amarillentas fotografías de comienzos de siglo XX.
En todo caso, la moraleja de esta historia es que, por paradójico que nos parezca, LA MENTIRA SE VUELVE PARTE DE NUESTRA HISTORIA y, a su manera, su recuerdo es también una forma de verdad. En todo caso, mi principal propósito en este blog era que vierais unidos el texto de Caro Baroja y la antigua postal, que como tal postal es indudablemente una joya. Esto demuestra otra de mis inquietudes, que LA BELLEZA ES AJENA A CIRCUNSTANCIAS TAN SUTILES COMO LO QUE ES VERDAD O MENTIRA.
Francisco García Jurado
H.L.G.E.

jueves 3 de diciembre de 2009

POMPEYA, O LA ÉPICA DEL DESASTRE


Quienes murieron el año 79 en Pompeya bajo las cenizas, los gases y lava no supieron que aquella montaña que vomitaba fuego era, en realidad, un volcán. Esa ignorancia hizo que pareciera tan extraordinario e imprevisible lo que allí ocurrió. El muerto más conocido de aquel desastre, el erudito Plinio el Viejo, que estaba precisamente al norte de la bahía, quedó tan asombrado por lo que contemplaba desde lejos que decidió embarcarse para observar mejor el prodigio. Su sobrino Plinio el Joven nos cuenta esta historia en una conocida carta que remite a su amigo el historiador Tácito. Se trata del testimonio escrito más importante de la época, a pesar de que muchos historiadores lo cuestionan como poco fidedigno. Sin embargo, no todos los comentaristas han reparado en que la carta está escrita desde una interesante visión heroica que nos sugiere ver el desastre del Vesubio a partir de la comparación con la misma guerra de Troya. Como hasta muchos siglos después no se supo que el Vesubio era un volcán, observamos cómo el mismo Plinio el Viejo sólo lo cita en su Historia Natural (14, 22) para decirnos que es un lugar donde se crían ásperos vinos. A pesar de todo lo que sabía sobre el mundo conocido, Plinio no pudo adivinar que lo que él consideraba una fértil montaña acabaría también con su vida, como terminó con la de cientos de personas que apenas hoy conocemos. Él murió igual, pero morir tras haber dejado grandes escritos o hazañas implica, al menos, no morir del todo. El Vesubio ya había sido escenario antiguo de sucesos históricos, pues allí comenzó su particular aventura liberadora el gladiador Espartaco. Pero el suceso que convirtió al Vesubio en protagonista de la historia antigua fue su brutal erupción.
Así pues, lo que algunos atribuyeron a un cruel castigo de los dioses terminó encontrando al cabo de los siglos una causa más natural, pues el Vesubio era un volcán. Esta afirmación, sin embargo, no sirve de nada si no tenemos en nuestra cabeza el concepto de volcán. El problema está en el hecho de que en latín no existía ni la palabra ni la idea de lo que era semejante cosa. Bien es verdad que ya Cicerón había hablado de las Vulcaniae insulae al referirse a las islas volcánicas o Eolias que se encuentran al norte de Sicilia, pero aún así no dejaba de pensar en el dios Vulcano como morador del Etna. La palabra “volcánico” nos remite, en principio, a este dios mitológico, el Hefesto de los griegos, engañado por Afrodita (o Venus, en el caso de que lo llamemos Vulcano) y dotado de extraordinarias habilidades en el uso de la fragua. Como es el dios del fuego, los antiguos situaban su fragua precisamente bajo el imponente Etna siciliano. Al cabo de los siglos, tuvieron que llegar a nuevas latitudes los navegantes portugueses para que se les ocurriera aplicar aquella poderosa imagen del mundo clásico a los nuevos volcanes tropicales que descubrían. Aquello fue lo que produjo un singular efecto de ida y vuelta, ya que los descubridores llamaron volcanes a inéditas realidades que, sin embargo, ya eran antiguas. El imaginario grecolatino servía para comprender mejor lo que se iba descubriendo. El Etna, la antigua mansión de Vulcano, pasó por tanto a ser un volcán, al igual que ocurrió con el Vesubio. Pero en la época de la erupción del 79, al desconocer las verdaderas causas naturales del desastre, aquel suceso pudo ser visto como una señal del fin de los tiempos. A los pensadores estoicos, como Séneca, les gustaba pensar de esta manera, interpretando así los fenómenos naturales como castigos ejemplares. Cuesta mucho entender que semejante destrucción sea tan gratuita, y algo parecido sintieron los mismos pensadores ilustrados, como Voltaire y Rousseau, ante el terremoto de Lisboa de 1755. La caída de la piedra pómez y la ceniza sobre Pompeya bajo una interminable noche cuyos únicos resplandores provenían de la lava encendida creó un perfecto imaginario apocalíptico.

Durante aquellas horas de incertidumbre, miedo y agonía, Plinio el Viejo se convirtió en un héroe a su pesar. Plinio el Joven nos relata la hazaña de su tío y su propia experiencia de lo sucedido. Sin embargo, este relato no tuvo crédito durante muchos siglos, hasta que la moderna ciencia de los volcanes pudo comprobar que lo que allí narrado suponía una precisa observación. Lo que en un principio fue considerado una fantasía de su autor terminó viéndose como un importante testimonio. Pero no creemos que lo más importante sea cómo cuenta Plinio el fenómeno natural en sí mismo, sino su propia visión de los hechos. Las cartas suponen también un esfuerzo por comprender una terrible desgracia que Plinio, tanto por su educación escolar como por una necesidad de situarse ante la Historia, va a comparar con la propia caída de Troya. La pequeña gran epopeya comienza cuando tío y sobrino se encontraban en Miseno, a unos 32 kilómetros del Vesubio. Su tío estaba entonces al mando de la flota de la región. Era verano, probablemente el 24 de agosto del año 79, hacia la hora séptima (la una de la tarde), cuando pudo verse a lo lejos un nube gigantesca semejante a un pino (hay que entender que un pino mediterráneo, de copa redonda). Por su situación, aquella gran nube de humo debía de provenir del monte Vesubio. El naturalista queda admirado por lo que ve y decide acercarse hasta donde se produce el fenómeno como algo digno de estudio. Por ello ordena que se le prepare una nave pequeña para hacer la travesía. Invita a su sobrino a acompañarle, pero éste rehúsa con la razón o excusa de que debe seguir con el trabajo de investigación encomendado por su propio tío. Antes de partir ocurre un suceso inesperado que anticipa la desgracia: recibe Plinio el Viejo una petición de ayuda de unos amigos suyos que están cerca del Vesubio. En este momento, a la simple curiosidad se añade la voluntad de socorro, pues decide entonces enviar unas embarcaciones mayores en auxilio de los necesitados. Quizá la imagen más heroica de todo este relato sea la que nos permite imaginar a Plinio el Viejo navegando hacia el volcán en dirección contraria de los que huyen, bajo una lluvia de piedras. Sin embargo, su embarcación no pudo acercarse tanto como él quiso hasta el volcán y se vio obligado a desviarse hacia Estabia, más al sur, donde estaba la villa de su amigo Pomponiano. Una vez allí, Plinio infunde ánimos y pide ser llevado a la sala de baños para quitarse la suciedad acumulada durante un viaje expuesto al humo y la lluvia de piedra. Desde allí se aprecia claramente que hay fuego en el Vesubio, lo que crea todavía mayor temor, pero él tranquiliza a sus amigos aduciendo que deben de ser antorchas dejadas por la gente que huye. Una vez más, la incomprensión de lo que ocurre nos hace ver sólo lo que queremos. Tras la cena, Plinio duerme plácidamente en lo que iba a ser sin duda su última noche con vida. Este comportamiento deja patente la valentía del naturalista y militar, si bien es posible que su sobrino haya querido infundirle estos tintes heroicos para dar mayor dramatismo a su muerte. Como la lluvia de piedras persistía y parecía que la casa se iba a venir abajo, se decidió despertar a Plinio y valorar si era mejor permanecer dentro o fuera. La noche cerrada persistía a la hora del amanecer, y ya no quedaba más salida que acudir a la costa para intentar escapar. Sin embargo, el mar era innavegable, quedando cerrada así la única salida posible. Es entonces cuando a Plinio le sorprendió la muerte, quizá por causa de un infarto, sin sufrir mayores agonías.

Al otro lado de la bahía, su sobrino Plinio el Joven vive otra peripecia, aunque con mejor suerte. Cuando su amigo Tácito le pide que recuerde lo que le ocurrió también a él, se siente como Eneas ante la reina Dido al comenzar a narrar a ésta las desgracias de Troya. Esta comparación de situaciones ayuda a Plinio a entender mejor su propia experiencia, pues la educación clásica servía precisamente para establecer tales analogías y comprender mejor nuestra propia experiencia. Si Plinio comparó la destrucción de Pompeya con la caída de Troya, Primo Levi, en su poema “La niña de Pompeya”, tendrá como referentes a Anna Frank y la bomba de Hiroshima, pues cada época presenta sus desgracias ejemplares. Por tanto, Plinio el Joven nos refiere cómo continuó trabajando tras la partida de su tío. A sus diecisiete años, no era un joven demasiado consciente de la gravedad de aquellos temblores de tierra. Intentó seguir estudiando, quizá para intentar olvidar lo que ocurría fuera. Tanto él como su madre se habían refugiado en el patio de la casa, sin saber que estaban corriendo un grave peligro, pues las paredes circundantes podían venirse abajo en cualquier momento. Por ruego de un amigo salen e intentan huir. Fue allí donde se dieron cuenta de la verdadera gravedad de lo que ocurría, al mezclarse con la multitud aterrada. Dejaron atrás la población con el Vesubio en erupción a sus espaldas, y al volver la vista contemplaron, entre temblores de tierra, cómo el mar devoraba las playas, mientras la montaña continuaba vomitando fuego y piedras. Ante un espectáculo tan apocalíptico la única solución era seguir alejándose, pero tanto a su madre como a él les preocupaba la suerte de su tío. Sin embargo, Plinio obliga a su madre a continuar huyendo, a pesar de que ella prefiere permanecer expuesta al peligro. Llegó la noche, que algunos creyeron que ya sería eterna, y el propio Plinio creyó que el mundo iba a perecer con él. A medida que la lluvia de piedra y los temblores amainaron, Plinio y su madre regresaron a Miseno, a la espera de nuevas sobre su tío, a quien ya no verían más con vida.

Tras este episodio el Vesubio ya no volvió a ser aquella montaña fértil de antes. Su aspecto cambió, al desplomarse sus laderas y quedar un enorme cráter de unos once kilómetros de circunferencia. Las laderas boscosas y los olivares y viñedos de las faldas se tornaron en un paisaje gris. El poeta hispano Marcial describe la devastación de lo que en otro tiempo fue un lugar lleno de vida:

“He aquí el Vesubio, hace poco verde bajo la sombra de los pámpanos; aquí la noble uva había hecho desbordarse las cubas llenas de vino: éstas son las cumbres que Baco amó más que a las colinas de Nisa, en este monte danzaron los sátiros. Esta era la morada de Venus, más grata para ella que Lacedemonia, este lugar era famoso por el nombre de Hércules. Todo yace sumergido en llamas y en siniestra ceniza: ni los dioses del cielo hubieran querido que esto les fuese permitido.” (Mart. 4,44,1 trad. de Dulce Estefanía).


Francisco García Jurado y María José Barrios

H.L.G.E.

martes 1 de diciembre de 2009

DE VUELTA DE VITORIA: BLOGS Y CONFERENCIAS


Escribir un blog es un hábito y al cabo del tiempo se convierte en una forma de estar en el mundo. Circunstancias concretas e ideas se dan cita casi sin solución de continuidad en estas páginas que se suceden y crean, sin pretenderlo, una forma de diario abierto. Tras haber ido a Vitoria a pasar el fin de semana y después a intervenir en las II Jornadas sobre antiguos y modernos, regreso también a este pequeño mundo cotidiano, al encuentro con unos lectores, entre conocidos y lejanos, que crean en mí una razón poderosa para escribir. Cuando antes de la conferencia me presentó mi amiga Maite García de Iturrospe mencionó los blogs que desarrollo como parte de una inquietud vital, en especial este blog dedicado a los lectores audaces. Realmente ha supuesto toda una experiencia, un ejercicio de escritura rápida y, a la vez, constante. Alimentar un blog requiere mucha madera, pero también es una forma de alimentarla. Cuántas veces he esbozado aquí lo que con el tiempo terminaría siendo un trabajo. Así ocurre con mi charla en Vitoria, "La ciudad invisible de los clásicos: entre Aulo Gelio e Italo Calvino", que en buena manera he contado como si se tratara de una conferencia-blog. Deliberadamente decidí llevar un tema no terminado, algo en lo que llevo trabajando desde hace tiempo y que me da mucha pena terminar: la historia del concepto de "clásico", desde que Aulo Gelio lo utilizó para hablar de los antiguos autores latinos hasta la genialidad posmoderna de Italo Calvino. Siglos de distancia, pero, sin embargo, un camino invisible entre ambos autores me ha permitido desarrollar una de las conferencias más personales y vividas que jamás he impartido. Ideas y biografía unidas a través de un riguroso análisis textual. Si la metáfora social de los´clásicos deja entrever una Roma ideal en la que habita Plauto, Calvino, el gran reformulador del concepto de clásico a finales del siglo XX, hace que se represente eternamente una comedia del mismo Plauto en una de sus ciudades invisibles: la de Melania. Al cabo del tiempo he conseguido articular con un lenguaje propio las claves esenciales para trazar una historia no académica de la literatura grecolatina en las letras del siglo XX. He visto cómo nacía la idea (no sé si a mi pesar) y he persenciado el milagro de su consolidación, de lo que comienza a ser una existencia propia que transciende una circunstancia personal. Este blog se ha convertido en una herramienta indispensable para dar a conocer ideas y proyectos, mucha más allá de un mero medio o circunstancia.
Francisco García Jurado
H.L.G.E.

viernes 27 de noviembre de 2009

HERMANN Y DOROTEA: ECOS CLÁSICOS ANTE UN MUNDO EN CRISIS


Hoy tengo ganas de recordar una obra cuya importancia para la historia de la literatura y del humanismo en general es tan grande como su actual olvido. Recordad que no por saber menos somos necesariamente más modernos o felices.
Hermann y Dorotea, de J. W. Goethe, como peculiar muestra de lo que el autor alemán quiso que llegara a ser un nuevo género en el que el ciudadano burgués fuera una transposición del antiguo héroe épico, supone, frente al culturalismo de algunas de sus obras anteriores, como las Elegías romanas, una actuación humanizada de las fuentes literarias en cuestión. Se trata de una pequeña obra que tuvo en su momento gran celebridad. El libro se divide en nueve cantos, cada uno dedicado a una musa, y su estilo trata de imitar el hexámetro de la épica homérica. El poema pretende dar un sentido a la historia y a la vida humana tras las consecuencias devastadoras de la Revolución Francesa de 1789 mediante la interpretación trascendente de los ecos clásicos, entendidos éstos como una clave para poder comprender los acontecimientos futuros. A ello se suma, además, un “idilio burgués” de marcado carácter pastoril que permite establecer una singular asociación entre la tradición clásica y el amor universal. Dado este planteamiento, tenemos un esquema argumental muy sencillo: Hermann, el joven protagonista, se enamora de una bella joven que huye entre los desgraciados ciudadanos que se han visto obligados a dejar sus casas a causa de la invasión francesa. Nuestro protagonista logra el consentimiento de sus padres para ir a buscar a esta joven, llamada Dorotea, que terminará siendo su esposa. El análisis más detenido de tres aspectos (autor antiguo, características e intención) muestra una serie de hechos relevantes:

a) El autor antiguo que ha elegido Goethe como modelo de su epopeya es Homero, lo que no responde a un hecho casual. De un lado, hay una razón biográfica, como es la reacción que experimenta Goethe frente a la tradición clásica más culta de los poetas latinos (Tibulo, Propercio) tras uno de sus viajes a Italia. De otro lado, desde el punto de vista de la historia literaria y de la estética, se está produciendo una recuperación de Homero, tan denostado como poeta bárbaro en los tiempos de la “Batalla de los antiguos y los modernos”, de la que se hacen eco, entre otros, autores como Perrault o Swift. En palabras de Antonio Tovar, “el helenismo directo, cuando Werther lee a Homero y Shelley arrostra la tormenta fatal con Sófocles en el bolsillo, coincide precisamente con la aparición de la gran escuela alemana filológica”. Son los tiempos de la Ilíada en la versión alemana de Johann Heinrich August Voss, que Goethe lee a un selecto auditorio allá por 1796, como nos cuenta en sus Diarios y Anales: “Poco a poco fuese consolidando una tertulia de hombres cultísimos que todos los viernes reuníase en mi casa. Leí yo un canto de la Ilíada, de Voss, granjéeme aplauso, despertó gran interés el poema y expresóse glorioso reconocimiento al traductor”.

b) Homero se contextualiza en esta obra de Goethe merced a una serie de innovaciones formales, tales como la libre adaptación que hace del hexámetro dactílico:

Also gingen die zwei entgegen der sinkenden Sonne,
Die in Wolken sich tief, gewitterdrohend, verhüllte,
Aus dem Scheleier, bald hier bald dort, mit glühenden Blicken
Strahlend über das Feld die ahnungsvolle Beleuchtung.
(Hermann und Dorothea, “Melpomene” vv. 1-4)

“Sus pasos seguían el camino del sol, que se dirigía a su descanso entre impresionantes nubes que eran presagio de tormenta. A intervalos no regulares, el sol se escondía o se asomaba enrojeciendo las nubes y vertía sobre los campos una luz irreal.” (J,W.Goethe, Hermann y Dorotea. Traducción de Rafael Ballester, Barcelona, Bruguera, 1984, p. 89)

Asimismo, podemos apreciar cómo el uso de ciertos adjetivos nos recuerda a los epítetos homéricos:

Und es sagte darauf der edle verständige Pfarrherr (“Melpómene” v. 78)

“Haciendo gala de gran discreción, el bondadoso cura atendía en silencio.” (“Melpómene”)

Se trata, en definitiva de verter un vino nuevo, es decir, un asunto propio de la sociedad burguesa de finales del siglo XVIII, en los viejos odres de la épica homérica.

c) En tercer lugar, las razones por las que Goethe hace este sorprendente uso de Homero tratando de imitar sus versos responde a un complejo planteamiento que tiene su referente histórico en un hecho tan fundamental como la quiebra de valores que supuso la Revolución francesa de 1789. Estamos, pues, ante una de las muestras más representativas del uso del humanismo clásico como reacción frente a tales eventos revolucionarios. Las viejas formas homéricas, convenientemente actualizadas, sirven para conformar este ensayo de “idilio burgués” que encuentra, asimismo, referentes clásicos en la “novela pastoril”. El idilio es, en definitiva, el que nos propone el amor (en este caso el amor familiar) como única salvación posible frente al caos, y así lo expone Hermann al final de la obra:

Desto fester sei, bei der allgemeinen Erschüttrung
Dorotea, der Bund! Wir wollen halten und dauern,
Fest uns halten und fest der schönen Güter Besitztum (“Urania” vv. 299-301)

“Dorotea, espero que nuestro próximo matrimonio, concertado en un tiempo de caos, sea afortunado hasta nuestro último día. Hagamos que el infortunio se aleje de nosotros, y lo conseguiremos si permanecemos siempre unidos; hagamos que nuestra vida sea enteramente nuestra, pues es la verdadera riqueza que se nos ha dado, y luchemos para conservar lo que hemos heredado, y así podremos disfrutar con más ilusión del futuro que nos aguarda” (“Urania”)

Finalmente, la dedicatoria de cada canto a una musa, tal y como lo hiciera Herodoto en sus Nueve libros de la Historia, es la que nos da la idea más clara de la dimensión trascendente que tiene en esta obra el humanismo clásico. A este respecto, es fundamental el comienzo del canto noveno, dedicado a Urania, musa de la Astronomía:

Musen, die ihr so gern die herzliche Liebe bugünstigt,
Auf dem Wege bisher den trefflichen Jüngling geleitet,
An die Brust ihm das Mädchen noch vor der Verlobung gedrückt habt:
Helfet auch ferner den Bund des lieblichen Paares vollenden,
Teilet die Wolken sogleich, die über ihr Glück sich heraufziehn!
Aber saget vor allem, was jetzt im Hause geschiehet! (“Urania”, vv. 1-6)

“Musas que hacéis realizable el amor que sale del corazón, que habéis conducido hasta este lugar al joven de tan altas virtudes en su difícil itinerario y habéis querido que fuera posible el abrazo con su amada antes de aceptar ser su prometida, no los abandonéis en ningún momento: haced que se produzca la unión de estos dos seres y que muy pronto desaparezcan las nueves que amenazan su cielo de felicidad. Entretanto, relatadnos lo que pasaba en el hogar de Hermann.” (“Urania”)

Lo más singular, en nuestra opinión, es esta sugerente asociación entre ese clasicismo humanizado del que hace uso Goethe con el amor. En uno y otro caso, ambos contribuyen a resolver el caos de los acontecimientos.


Francisco García Jurado

H.L.G.E.

miércoles 25 de noviembre de 2009

UNA HERMOSA REFLEXIÓN DE LEOPOLDO ALAS "CLARÍN" SOBRE LOS CLÁSICOS


A los seguidores de este blog, a los más antiguos y a este que acaba de hacerse seguidor.


Quiero hoy esconderme discretamente tras un texto de mi admirado Leopoldo Alas "Clarín", que escribe recordando a su maestro de Literatura latina de la Universidad Central de Madrid, Alfredo Adolfo Camús. Todavía hay quien supuestamente ama la Antigüedad en odio a lo moderno, como dice el escritor ovetense, e incluso quienes aman lo moderno en odio a lo antiguo, añado yo mismo. Ahora que llevo ya cerca de quince años estudiando las complejas relaciones entre lo antiguo y lo moderno echo una mirada atrás. Poco a poco se van abriendo paso mis propuestas, poco a poco me "canonizo" con ellas, y esto me hace pensar en las paradojas del tiempo. Mis historia no académicas de la literatura van siendo un territorio cada vez más compartido, y no dudo de que este blog ha contribuido decisivamente a ello. Me gusta pensar que alguna de mis ideas me sobrevivirán. Ahora leed a Clarín:


“Hay dos clases de eruditos: los que aman la antigüedad en odio a lo moderno, y los que, ansiosos de conocer la belleza donde quiera que esté, se toman el trabajo de estudiar la antigüedad para conocer también sus obras notables. Camús es de estos últimos. En sus cátedras de literatura latina y de literatura griega no hay fronteras; se habla de todas las literaturas; en el examen se pregunta el argumento de El Mercader de Venecia y la intención de Atta Troll de Heine.
No ha habido afectación ni pedantería en la empresa llevada a feliz término por los discípulos del anciano ilustre; para Camús no hay más atrevimiento en resucitar a Plauto que en resucitar a Tirso. En España parece esto muy extraño, y es porque aquí los eruditos casi siempre han sido pedantes y oscurantistas; han amado lo viejo, sin entenderlo, en odio a lo nuevo; y de ahí esa protesta general de las fuerzas vivas del ingenio español contemporáneo. Por desgracia la reacción ha ido demasiado lejos, hemos corrido contra el enemigo verdadero y contra quien no lo era. Con el dómine hemos derrotado a Horacio. ¡Horacio! ¡Un poeta más moderno que muchos de los que hoy pretenden representar el lirismo del siglo! (...)” (Leopoldo Alas «Clarín», “Palique. Plauto en escena”, publicado en La Unión, nº 373, 14 de diciembre de 1879)


Francisco García Jurado

H.L.G.E.

martes 24 de noviembre de 2009

SOBRE LA MENTIRA Y LOS MENTIROSOS: MONTAIGNE Y PEDRO MEJÍA


Ahora que al fin termino uno de mis trabajos más ambiciosos, precisamente el estudio sobre Aulo Gelio y la literatura española del siglo XVI, se me vienen a la cabeza diversas reflexiones que sólo la tranquilidad de la mañana me proporcionan. Cuando veo las posibilidades que tiene una investigación general acerca de Aulo Gelio y la literatura escrita en catellano a lo largo de todos los tiempos, pienso en cómo las fronteras nacionales se vuelven, una vez más, sutiles, pues este estudio no puede tener lugar sin la ocurrencia de otros autores modernos que, sin embargo, no escriben en castellano. Pienso ahora en el ejemplo magnífico de Pedro Mejía haciendo de intermediario entre Aulo Gelio y Michel de Montaigne. Ni Mejía y Montaigne son muy dados a hacer especulaciones gramaticales en sus respectivas obras, al contrario de lo que hace Gelio. No obstante, las reflexiones del ensayista francés acerca de “decir mentira” y “mentir” (“Des menteurs”, Ensayos I, 9) parecen estar inspiradas en la versión francesa del texto que Pedro Mejía dedica a la mentira y que parte, a su vez, de Gelio (Noches áticas 11, 11):

“Pero, porque no todos lo entienden bien, declaremos agora la diferencia y distancia que puede aver entre dezir mentira y mentir, y en quántas maneras puede ser, pues Aulo Gelio y otros de más autoridad se preciaron de tratarlo y es cierto que no es siempre todo uno. Y, para mejor entenderse, se sepa primero que mentir es afirmar o negar el hombre algo al contrario de lo que siente o tiene por verdad; y el que ansí no lo hiziere, no se podrá dezir que miente. Passa, pues, desta manera: que puede uno afirmar una mentira, pensando que es verdad; y éste tal dize mentira, pero no miente, porque no haze contra lo que siente y cree. (...) refiere Aulo Gelio que dezía Publio Nigidio que el buen hombre deve hazer de manera que no mienta, y el prudente y sabio cómo no diga mentira. Pero, a mi juyzio, también deve el bueno procurar lo mismo; porque no basta que uno piense que dize verdad en lo que afirma, sino que mire lo que dize y ponga diligencia en saber si es cierto.” (Mejía, Silva de varia lección II, pp. 483-484)

Así pues, este pasaje de Mejía, en su versión francesa, sirvió de fuente a Montaigne a la hora de confeccionar un ensayo temprano, el titulado precisamente “Des menteurs”:

“No falta razón cuando se dice que aquel que no se siente bastante seguro de su memoria no ha de meterse a mentiroso. Si bien que los gramáticos distinguen entre decir mentira y mentir; y dicen que decir mentira es decir cosa falsa mas considerando uno mismo que es verdadera; y que la definición de la palabra mentir en latín, de donde nació nuestro francés, implica ir contra la conciencia y por consiguiente solo atañe a aquellos que hablan contra lo que saben, a los cuales me refiero.” (Montaigne, Ensayos I, 9, p. 78)

Todo esto me suscita curiosas reflexiones. ¿Cómo fue el texto de Mejía, y no directamente el de Gelio, el que atrajo la atención de Montaigne? Seguramente, la proximidad con Mejía, que cultiva la miscelánea, pero que la actualiza de acuerdo con los nuevos tiempos que vive. Mejía es autor de la Silva de varia lección, pero también es, no lo olvidemos, un lector de Gelio. Con esta labor lectora actualiza al viejo autor latino y, es más, lo prepara para una nueva lectura, la del humanismo del siglo XVI. De hecho, lo que en Gelio es una lectura fundamentalmente gramatical, si bien de alcance más lejano, en Mejía y Montaigne se transforma en una lectura plenamente moral y ejemplar. El cambio a menudo es sutil, pero en esa sutileza es donde aparecen las nuevas ideas, los nuevos presupuestos culturales que preparan la modernidad. Estos dos textos que aquí presento son testigos de ese pequeño gran milagro.
Alguien dirá que este blog no trata sobre cosas actuales. ¿Estáis seguros?

Bibliografía

Mexía, Pedro. Silva de varia lección I-II, Antonio Castro (ed.). Madrid: Cátedra, 1989-1990.

Montainge, Michel de. Ensayos completos. Almudena Montojo (trad.) y Álvaro Muñoz Robledano (intr.). Madrid: Cátedra, 2003.


Francisco García Jurado

H.L.G.E.

domingo 22 de noviembre de 2009

LOS PORQUÉS DE LA "LEYENDA NEGRA", O LA HISTORIA HISTORIOGRÁFICA


La reflexión que hace José María Ridao a propósito de un nuevo libro de Joseph Pérez me ha devuelto a otros tiempos en los que el diario EL PAÍS se parecía realmente a un diario de calado más que a esos de usar y tirar que se nos reparten gratis en el Metro. Ya había indicado en nuestro perfil del grupo de Historiografía de la Literatura que tenemos en Facebook la relevancia de la noticia, pero debo reconocer que el artículo de análisis todavía me dejó más impactado. Que la acuñación de "Leyenda negra" se deba a autores españoles de comienzos del siglo XX viene a ser una desmostración fehaciente de que la Historia se vuelve cada vez más historiográfica. Estudiar "lo que suceció realmente" en el pasado, a la manera de la Historia objetiva Ranke, es tan ilusorio como tratar de encontrar "la verdad" en las versiones enfrentadas de dos personas que discuten. Lo que en realidad estudiamos sobre el pasado es nuestro relato del mismo, la elaborada conciencia que se articula en torno a un hecho que queda ahogado por las sucesivas capas de interpretaciones que después llamamos "Historia". José Antonio Maravall lo dejó muy claro en alguno de sus ensayos. Por estas razones me apasiona estudiar, en mi caso, la moderna "Historiografía de la literatura latina" en Europa y en España, tras la Europa que subsigue al fracaso de los sueños imperiales de Napoleón. Saber que el carácter "nacional" de esta literatura se vuelve un fenómeno contemporáneo al de las ideas de Madame de Stäel o de Friedrich Schlegel, es decir, los pensadores románticos, no es tan diferente del hecho de encontrar en los autores españoles de comienzos del siglo XX la acuñación historiográfica de "Leyenda negra", en especial a partir de los mitos puramente románticos que había engendrado en autores como Schiller o Verdi.


Francisco García Jurado

H.L.G.E.


ANÁLISIS:
Agravios de siglos atrás
JOSÉ MARÍA RIDAO 21/11/2009
Después de una monumental Historia de España y de diversas monografías sobre los Comuneros, la expulsión de los judíos o el reinado de Isabel la Católica, Joseph Pérez aborda en su último libro uno de los asuntos más sensibles para la historiografía nacionalista: la leyenda negra. La novedad de la aproximación de Pérez radica en que aborda las invectivas contra los monarcas de la Casa de Austria como un asunto cerrado, que tiene sus orígenes en la propaganda de Guillermo de Orange contra Felipe II, vuelve a estar de actualidad entre los escritores del entorno del 98 y acaba disolviéndose con la instauración del sistema democrático y la incorporación de España al proyecto europeo.
Pérez analiza los contenidos de la leyenda negra tratando de separar los hechos contrastados y las fabulaciones en las que más tarde buscarían inspiración algunos artistas europeos como Schiller o Verdi, contribuyendo a extenderlas y popularizarlas. Con este propósito, Pérez incorpora en su trabajo el punto de vista de la reciente historiografía que ha cuestionado el carácter excepcional del pasado español. Felipe II, según Pérez, no habría sido un rey más despiadado que sus pares ingleses o franceses. Como tampoco la Inquisición católica habría actuado con mayor severidad que en otros reinos donde triunfó la Reforma. Ni siquiera el comportamiento de los conquistadores en las Indias habría sido más cruel que el dispensado a los nativos de otras colonias por las metrópolis europeas.
La obra de Pérez constituye, sin duda, un valioso instrumento para conocer las luchas que contribuyeron a forjar la imagen de los Austria en Europa. Pero una vez que se conocen, cabría preguntarse por qué los escritores españoles de principios del siglo XX consideraron como una urgencia historiográfica inaplazable desmentir agravios de siglos atrás. A tal punto, que es entonces, y sólo entonces, cuando forjaron la expresión "leyenda negra".
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