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domingo, 7 de febrero de 2016

Safo habla de sus tres amores... desde la cárcel

Nuestra fuerza vital, nuestra pasión, queda a menudo a merced de un papel quebradizo, y esto no deja de ser una magnífica metáfora de nosotros mismos, de nuestra efímera condición de seres débiles y pasajeros que sueñan con la eternidad. Estos papeles, como nosotros, son a menudo capaces de sobrevivir al tiempo. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

De vez en cuando, la Biblioteca Nacional de Madrid expone sus nuevas adquisiciones patrimoniales. Recuerdo especialmente la exposición titulada "Tesoros al descubierto: adquisiciones patrimoniales de la BNE". De todo lo expuesto allí, quizá lo que más me llamó la atención fue un documento autógrafo de Federico García Lorca que contenía un poema escrito en Nueva York. El poema estaba fechado en 1929, coincidiendo con la estancia del poeta en la ciudad de los rascacielos. La apariencia frágil del documento, un papel amarillento y emborronado con una caligrafía nerviosa, encerraba un frágil tesoro de contenido indeleble y poderoso: "La luna pudo deternerse al fin (por) la curva blanquísima de los caballos (...)". Nuestra fuerza vital, nuestra pasión, queda a menudo a merced de un papel quebradizo, y esto no deja de ser una magnífica metáfora de nosotros mismos. El color del papel y su carácter me hizo pensar inmediatamente en otro documento que atesoro en mi biblioteca, una copia mecanoscrita de un poema sobre Safo realizada por mi abuelo, Antonio Jurado López, en algún momento del decenio de los años cuarenta, probablemente en la cárcel del Dueso.
Conocí este documento cuando estudiaba, precisamente, los fragmentos de Safo en versión griega. Le comenté a mi abuelo que no se conservaba completo ninguno de sus poemas, y él se quedó muy extrañado. No tardó en traerme su poema (no le pregunté cómo había conseguido conservarlo desde los lejanos años cuarenta) y no terminó de convencerse de que aquello que él me traía como regalo realmente fuera un poema moderno sobre Safo y no escrito por ella misma. El problema era localizar la autoría, como prueba irrefutable de esa modernidad. Una lectura superficial de la composición daba cuenta inmediata de que participaba claramente de la estética simbolista y parnasiana, a la manera de lo que había hecho con el propio Homero el poeta Leconte de Lisle (cuya versión española luego tradujo Germán Gómez de la Mata para la editorial Prometeo). Los parnasianos trajeron consigo una nueva visión de ciertos autores de la literatura griega, una visión alejada de los comedidos presupuestos clasicistas que habían quedado conformando una estética antirromántica a lo largo del siglo XIX que conocemos como "clasicismo".
Cierta sensualidad y encendida pasión sexual preside este poema donde Safo habla sin ambages de sus amores femeninos. También conservo de la biblioteca de mi abuelo algún ejemplar de Alberto Insúa, cuyo fino erotismo terminó calando en la estética modernista de autores dispares desde el punto de vista político. Finalmente, tras no pocas indagaciones y un certero golpe de buena suerte, he llegado a la autoría del poema, debida al nicaragüense León Santiago Argüello:

“Habla Safo
de sus tres amores”

LEÓN SANTIAGO ARGÜELLO
(León, 1872-Managua, 1940)

¡Oh, vírgenes de Lesbos...! ¡Adoradas
y encantadoras vírgenes! ¡Vosotras
prendéis en el fanal de mi pupila
esa vívida lumbre de las diosas!
¡Qué fulgentes los ortos de mi dicha
cuando os veo venir; cuando radiosas,
el perfume esparcís de las praderas;
cuando, a su paso, vuestros pies enfloran;
cuando bajan en densas espirales,
del cabello, las víboras, que enroscan
sus anillos de seda en vuestro cuello:
esas ávidas víboras que flotan
como obscuros afluentes del Cocito
o cual rayos de una alba esplendorosa,
buscando sobre el seno palpitante
la miel de Hymeto en la colmena roja!
¡Athis divina! ¡Que se encienda mi alma
en la risa de luz que hay en tu boca,
y que es rayo auroral que va jugando
en los pétalos frescos de una rosa!
¡Que me envuelva tu pelo rubio, como
un áureo manto real! Y que a la sombra
de tu pestaña crespa, Amor encienda
en tus célicos ojos tus auroras,
en tus ojos azules como el Actium,
y como el Etna ardientes...
¡Tú, Anactona,
que enloqueces mi mente! ¡Tú, el ensueño
del alma ambicionado...! ¡De tu boca
riega sobre la mía la cascada
de tus ígnicos besos!
¡Venid todas,
bellas hijas de Pira...! ¡Ven, Cyrina,
la del mohín lascivo...! ¡Ven, Andrómeda!
¡Timas, Naís... volad! ¡Volad! ¡Que escancie
la madre del Amor en nuestras copas
sus embriagantes vinos...! ¡Que se tiñan
los auríferos bordes, y las rosas
de vuestros grasos labios encendidos
ensangrienten la tez de sus corolas!
¡Matadme, delirantes...!
¡Ven, Corina;
hazme que pruebe de tu piel sabrosa!
¡Ponme borracho de deleite...! ¡Déjame
con mis sedientos labios en la copa!
Y tú, mi Cydno, ¡mi adorada Cydno!
¡Blanca como el plumón de la garzota,
como la espuma que envolvió a Citeres
en pañales de tul...! Ya la zozobra
de nuestras gratas expansiones íntimas
me agita el corazón, e hirviendo, azota
mi sangre las arterias. ¡Haz que sea,
por el amor, mi sangre abrasadora,
mar de oleaje bravío, mar de lava
que se estrella en sus cárceles de roca,
y levanta vorágines, y escupe
a los cielos la espuma de su cólera!
¡Llegad presto, queridas! El deseo
con sus puntas eléctricas me toca.
¡Me parece que os tengo entre mis brazos,
que vuestras carnes con mis carnes rozan,
que un aliento caldeado me enloquece,
en un pujante resollar de forja,
y que son vuestros senos pebeteros
do eróticos perfumes se evaporan!
¡Volad, hijas de Zeus...! Que ya siento
calcinarse las frases en mi boca;
mi lengua se entumece, y es mi labio
un páramo. ¡La angustia, sudorosa,
me aprieta el corazón, tiembla en mis carnes,
me estruja la garganta y me sofoca...!
¡Venid a refrescar este desierto
de mis áridos labios con las pomas
humedosas de miel de vuestros pechos!
Que vuestras carnes, en sus tibias combas,
cual los poros sutiles de los pétalos
dan al insecto su embriaguez de aromas,
me den a mí su seductor perfume..
¡Toda la esencia de sus flores todas!
¡Todo el dulce rocío de sus cálices!
¡Todo el grato licor de sus corolas!
¡Y dormirme, ebrio ya...! ¡Siempre soñando
con otro goce más...! Que me aprisionan
otros brazos mejores, y otros ojos
más fúlgidos me queman... ¡Y en las ondas
del piélago supremo, en los arrullos
del abrasante amor, sentir ansiosa
la divina epilepsia del deleite,
con avidez frenética de loca...!
¡Venid! i Que ya mi ceñidor desciende!
¡Mi túnica está suelta; ya pregona
la pasión delirante...! ¡Me parece
el mareo sentir de vuestras rondas,
oh, lúbricas hetairas...! ¡Vuestro pelo,
en viperina contorsión, retoza
en los rápidos giros de la danza...,
y las sedeñas vestes en la alfombra...,
y la gloriosa seducción sin velos
que vuestros regios cuerpos aureola...,
y los senos recónditos, que emanan
arábigas esencias voluptuosas...,
y los besos que sangran..., y las sangres,
embriagantes, dulcísimas y rojas...,
y la estrechez gratísima..., y el lánguido
desmayo de la dicha enervadora...,
y el hondo frenesí que al reino vuela
donde tiene el Delirio su corona...!

(Tomado de Rubén Darío, El viaje a Nicaragua e Historia de mis libros, VOLUMEN XVII DE LAS OBRAS COMPLETAS, Madrid, Mundo Latino, pp. 84-87)

Esta Safo, parnasiana y carnal, es un producto típico de los primeros decenios del siglo XX, ligada al modernismo hispanoamericano que emparenta de manera natural con el parnasianismo francés. Mi abuelo lo mecanografió en un momento en que aquella estética moría abruptamente, aplastada por los acontecimientos políticos, y todavía me pregunto cómo tuvo la ocasión (y el humor) de hacer aquella copia, entre intentos de huida y una pena de muerte que luego le fue conmutada.
Gracias a mi abuelo conocí a clásicos esenciales, como Homero o Epicuro, y en algún momento me decidiré a estudiar el canon de los autores grecolatinos en el pensamiento anarquista español, al que él pertenecía con orgullo. Su pseudónimo era Helios García, y ya apenas nadie sabe de estas cosas que, sin embargo, forman también parte de mi biografía y ahora también de mi curiosidad.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

domingo, 10 de enero de 2016

Biblioteca Nacional de Irlanda: o la lectura como biografía

Cada vez habrá más gente que no comprenda cómo una lectura puede formar parte de nuestros recuerdos, de los más propios. La lógica parece implacable: si no lo vivimos nosotros mismos, si se trata de una experiencia ajena, ¿cómo va a formar parte de nuestra vida? Pero una lectura, una lectura vital, puede llegar a estar repleta de recuerdos tan genuinos como los supuestamente verdaderos. Por FRANCISCO GARCÍA JURADO.

Lo reconozco, mi forma de entender los viajes, el recorrido por las ciudades, tiene poco de curiosidad por lo nuevo. Esto me ocurre especialmente cuando voy (o, en algún sentido, "regreso") a ciudades donde se esconden mis recuerdos literarios. Soñé Dublín, como tantas otras personas, con el Ulises de Joyce en las manos, particularmente en la traducción española de José María Valverde (en concreto, la primera edición en la colección "Libro Amigo", de 1979, que coeditaron Bruguera y Lumen). La fotografía color sepia de Joyce que aparece en la portada de uno de sus dos míticos tomos se convirtió para mí en algo parecido a un amuleto, precisamente cuando tenía entre dieciocho y diecinueve años. Mi padre me preguntaba, con todo su natural cariño y preocupación, de qué me iba a servir la literatura a la hora de encontrar un trabajo. Y ante esa duda vital, que yo mismo compartía en silencio, me consolaba pensar en el tono cálido de la portada del libro, aunque esto parezca una tontería. De aquella lectura tan temprana del libro de Joyce (ya conocía el Retrato del artista adolescente, que me allanó mucho la difícil lectura del nuevo libro) recuerdo en especial cómo evoqué la erudita conversación que tiene lugar en el despacho del director de la Biblioteca Nacional de Irlanda o, para quien se oriente mejor por las geografías librescas, por el capítulo noveno. Allí, entre juegos de palabras con "Hamlet" y "Hamnet", se desarrolla una teoría que identifica al primero, el príncipe de Dinamarca, con el hijo muerto del propio Shakespeare, que comparte una pérdida semejante con Leopold Blloom, pues también había perdido a su hijo prematuramente. En definitiva, variaciones sobre las complejas relaciones entre padres e hijos. Este capítulo se convirtió, con los años, en uno de los ejemplos más significativos de lo que después he llamado "una historia no académica de la literatura", es decir, una manera libre de interpretar la lectura de los autores antiguos. Aquella conversación ocurrió en un lugar y un momento mítico. El lugar todavía queda en pie, pues se trata del mismo edificio donde hoy sigue estando la Biblioteca Nacional de Irlanda, un notable edificio decimonónico. Necesitaba acudir allí no tanto para rememorar el pasaje de Joyce como para reencontrarme conmigo mismo, con "el otro" que fui y que ya no seré, pero que todavía sigo siendo, para mi propia sorpresa. Así que cuando hace unos años visitamos Dublín, María José no tuvo ningún inconveniente, sino todo lo contrario, para que tuviéramos un primer encuentro con aquel vetusto edifico al caer la tarde, como paseo previo de lo que al día siguiente sería ya una visita en toda regla. En mi retina había una antigua fotografía de la verja de entrada (esa que aquí veis), fotografía que formaba parte de un lugar único que ahora iba a poder convertir en real gracias a mi propia mirada. No tuve problema en reconocer el emplazamiento de la vieja fotografía, a la que ahora conferí el color de una noche feliz, tamizada por las cálidas luces de los alegres pubs, y lugar real donde evoqué el recuerdo de una lectura que ha pervivido para siempre. Francisco García Jurado H.L.G.E.

jueves, 7 de enero de 2016

Hacia la Estación de Finlandia (San Petersburgo). Nuevo viaje sentimental

No sé si hoy día Lenin hubiera podido sortear el tránsito rodado e ir más allá de la estación de Finlancia, en la actual ciudad de Petersburgo, otrora Petrogrado y durante mucho tiempo, incluso, Leningrado. Hoy los automóviles hacen poco aconsejable cruzar desde la orilla del río Neva hasta ella, y esto fue lo primero que se me ocurrió al llegar, no sin esfuerzo, hasta aquel lugar mitificado por la Historia. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE



Una vez más, para Jesús Ángel Espinós, que habita doblemente Petersburgo.

Sin embargo, aquel lugar un tanto inhóspito, gris y cargado de Historia, como el propio acorazado Aurora, alba de la revolución, me trajo el recuerdo de un emotivo libro de Edmund Wilson, precisamente el titulado “Hacia la estación de Finlandia”. Allí traza su autor la peculiar epopeya historiográfica de aquellos que soñaron la Historia para, quizá, convertirla en pesadilla, desde autores como Vico y Michelet hasta el mismo Lenin. Este libro era para mí completamente desconocido, y supuso una maravillosa laguna de saber. Últimamente he descubierto que las cosas que no conocemos son estímulos para seguir aprendiendo, señales de que seguimos vivos. Me fue dada la existencia de este libro en la salita de una casa sevillana, una noche. Fue María José Barrios quien me lo mostró con entusiasmo al leerme un párrafo delicioso de Michelet. El historiador francés recreaba, con plena conciencia de hacerlo, el mito renacentista de la imprenta, y convertía a su inventor en santo. Desde entonces, la estación de Filandia ha constituido para mí un doble mito, el del libro de Wilson y el del lugar al que su relato tiende, tan lejano en el espacio y, sobre todo, en el tiempo. Aquel día fue de intenso caminar por Petersburgo. Cruzamos el río Neva, tras recorrer los bellos canales de una ciudad que tanto me recuerda a Ámsterdam, pues ya conocéis nuestra pasión por recorrer las ciudades a pie. La ciudad nos pareció un paraíso tras haber padecido la lluvia y el humano frío moscovita. A Petersburgo fuimos, entre otras muchas cosas, para sentir los lugares donde había habitado el poeta Ossip Mandelstam, cuya evocación ovidiana yo estudiaba por aquel entonces. También nos estremecimos recordando las historias trágicas tanto de él como de los poetas de su generación, cuyas vidas sucumbieron bajo la suela comunista. Los recuerdos de la llegada al nuestra particular meta, tras no poco esfuerzo, son literalmente grises. Recuerdo que la estación de Finlandia es un frío edificio de estilo soviético donde aparece la estatua de Lenin, quizá uno de los pocos lugares donde todavía se justifica su presencia en una Rusia que intenta recrear con vehemencia la época de los zares. Materialmente nos sirvió para acceder a un servicio público y apenas es posible entender en su estado actual por qué la incipiente Historia del siglo XX dio allí semejante giro. La Historia termina convirtiéndose en relato, los muertos acaban siendo frías cifras, los pequeños anhelos de la gente normal se desvanecen ante las líneas maestras de los grandes acontecimientos, como nosotros nos habíamos desvanecido unos días antes frente a los imponentes edificios soviéticos. Por ello, una vez superé el mito de llegar hasta aquel lugar, ya sólo me quedó el libro de Edmund Wilson, unido al recuerdo de una cálida noche sevillana en una salita también llena de recuerdos, pero esta vez de recuerdos personales, del tamaño de nuestros sueños. FRANCISCO GARCÍA JURADO

lunes, 28 de diciembre de 2015

El paisajismo hiperrealista de Julián Palazuelos

"Vista de Burdeos", de Julián Palazuelos
Óleo sobre tela
Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York
Sin duda, uno de los grandes pintores de estos comienzos del siglo XXI es Julián Palazuelos. Formado primero en Sevilla y luego en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, ya en Madrid. Palazuelos ha sabido, no obstante su todavía corta edad, crear un estilo propio que podemos denominar justamente como "paisajismo hiperrealista". En la ilustración de este blog podéis admirar uno de sus más bellos cuadros: "Vista de Burdeos". El breve comentario que aquí haremos pretente resumir e ilustrar toda una filosofía pictórica. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

Para Isabel, que ríe mientras escribo

La "Vista de Burdeos", actualmente expuesta en el Museo de Arte Contemporáneo (MoCA) de Nueva York, nos ofrece un universo visual construido a partir de dudas y contrapuntos. El espectador poco avezado quizá piense, al primer golpe de vista, que se encuentra ante una fotografía, pero nada más incierto. Palazuelos, digno heredero de la tradición paisajística española del siglo XIX y comienzos del XX (desde Pérez Villamil hasta Beruete), al tiempo que hábil alumno del hiperrealismo de Antonio López, ha creado una serie de obras paisajísticas repletas de posibles miradas. En un principio, y vista de lejos, La "Vista de Burdeos" puede resultar atemporal, casi un bello grabado del siglo XIX. Pero debemos fijarnos depués en los inquietantes detalles.
Detalle del cuatro "Vista de Burdeos"
Los pequeños personajes que pueblan la obra son estrictamente contemporáneos a nosotros, hiperreales, y esto crea una suerte de melancólico anacronismo con respecto al conjunto. De esta manera, las técnicas pictóricas diversas y los temas nos llevan a visitar un pequeño mundo lleno de sorpresas. El hiperrealsimo de Palazuelos va, asimismo, más allá de la misma sensación de fotografía, pues logra crear una total ambigüedad tanto en la composición general de la obra como en el mismo cromatismo. Invitamos al amable y desocupado lector a que amplíe la vista del cuadro y se sumerja en el pequeño mundo de personajes que lo pueblan. Sentirá no sólo estar ante una dudosa fotografia, sino dentro de otro cuatro completamente diferente al que ha visto de manera sinóptica. Esta es la magia de Palazuelos y esta es también su grandeza.

(Estas notas están inspiradas en mi obra Historia imaginaria de la pintura contemporánea)

sábado, 26 de septiembre de 2015

Desconocidos, pero no anónimos

En el momento en que esto escribo, la lejanía de mi biblioteca me impide saber si Fernando Lázaro Carreter escribió algún "dardo en la palabra" relativo al actual abuso del término "anómimo" (como adjetivo o sustantivo) para referirse impropiamente a personas "desconocidas". Debería haberlo escrito en cualquier caso y vayan, por tanto, estas reflexiones en recuerdo suyo. Las personas que no somos famosas deberíamos, cuando menos, rebelarnos contra la imbecilidad de que se nos llame "anónimos". Porque nombre tenemos. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

Los tiempos bélicos suelen dar lugar, cuando pasan a ser historia, a monumentos conmemorativos. Entre ellos, suele estar el llamado monumento al "soldado desconocido". No sé si hoy, nuestros incultos gerifaltes, haciendo ostentación de su profunda y radical ignorancia, hablarían del "soldado anónimo". Asimismo, me llama la atención cuando en la televisión se habla sin rubor alguno de "gente anónima" para referirse a alguien que, sencillamente, no es famoso. Todavía recuerdo un chiste, creo que de Forges, publicado en EL PAÍS, donde alguien leía tal noticia: "SE PROPONE NO TRIUNFAR EN LA VIDA Y LO CONSIGUE". La clave del chiste está en la negación de un propósito que, aparentemente, todo el mundo desea: triunfar en la vida. Habría que pararse a pensar, sobre todo, lo que puede costar ese supuesto triunfo, sobre todo cuando se asocia con ciertas formas de fama. Asimismo, recuerdo otro chiste genial donde un señor firmaba en la parada del autobús un sinfín de autógrafos a sus vecinos. La leyenda del chiste era como sigue, más o menos así: "INDIVIDUO FIRMANDO AUTÓGRAFOS A SUS VECINOS TRAS HABER SODOMIZADO UN SOMORMUJO EN LA TELEVISIÓN LA NOCHE ANTERIOR". Naturalmente, la clave del chiste radicaba en cómo se logra la fama por cosas absurdas y abyectas. Legiones de personas desconocidas, llamadas por los periodistas "anónimas", pelean cada día por salir de ese desconocimiento y lograr tener un nombre mediático. Entonces pasan a llamarse VIPs, o "personas muy importantes" (me pregunto por qué o para qué), de manera que, pongamos por caso, cualquier cretino hijo de vecino que aparezca rebuznando en un programa de telebasura alcanza la categoría de famoso mientras un reputado médico que se pasa la vida salvando vidas tan sólo es un vulgar ser "anónimo". No me meto en estos desiguales repartos que dispensa la fama, tan sólo reivindico que las personas normales seamos, simplemente, "desconocidas" (a Dios gracias puedo ir por la calle libremente sin que nadie me mire por ser famoso o me pida autógrafos, o se haga fotos conmigo, salvo cuando voy a la India, claro está). La palabra "anónimo" se usa propiamente cuando algo o alguien no tiene nombre o lo quiere ocultar, pero las personas solemos tener nombre, aunque éste sea desconocido para los demás.
En cualquier caso, más allá de su impropiedad, este uso de "anónimo" por "desconocido" da que pensar a la hora de valorar lo que hoy se considera como fama. Desde los tiempos de Juan del Encima, que nos decía aquello de:

Todos los bienes del mundo
pasan presto y su memoria,
salvo la fama y la gloria.
El tiempo lleva los unos,
a otros fortuna y suerte.
y al cabo viene la muerte,
que no nos dexa ningunos.

han pasado muchas cosas, y hoy la fama y la gloria se han vuelto algo tan efímero como el resto de bienes del mundo. La fama se gana y se pierde al paso de los programas de televisión, y tan grande es la horda de aspirantes a esa efímera fama como el grupo de náufragos que, tras pasar unos días por las pequeñas pantallas, son arrojados de nuevo a sus orígenes de personas normales y corrientes. El escritor bohemio Cansinos Assens (en la imagen inicial) tituló uno de sus libros "El divino fracaso". En aquellos tiempos de comienzos del siglo XX los poetas y los artistas buscaban la fama y el reconocimiento. Hoy días los poetas, salvo alguna excepción, son considerados tan "anónimos" como cualquier hijo de vecino. Así son los tiempos. FRANCISCO GARCÍA JURADO

domingo, 30 de agosto de 2015

El templo y sus habitantes: Madurai (al sur de la India)

Ya solamente el nombre del estado de Tamil Nadu es una referencia mítica para cualquier viajero que recorra el sur de la India. Allí se encuentra Madurai, una de las ciudades más antiguas del mundo que hayan sido continuamente habitadas. Su Templo de Meenakshi, en realidad un inmenso complejo religioso, una ciudad templo, ocupa el centro urbano y constituye una experiencia inolvidable. La entrada al templo es, como bien cabría imaginar, un inmenso mercado de tiendas. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Ya lo sabía de antemano, pero no por ello dejaba de ser asombroso, que el Templo de Meenakshi en Madurai era uno de los puntos fuertes de nuestro viaje a la India del sur. Tanto que, en realidad, lo demás que puede visitarse en la ciudad queda empequeñecido ante sus dimensiones y magnificencia. El hecho de que durante el mes de agosto los turistas escaseen convierte la visita al complejo en algo todavía más inolvidable. Imaginemos que pudiéramos visitar un antiguo templo griego con sus antiguos sacerdotes y su vida cotidiana, es decir, un templo aún vivo. Esto es lo que sentimos al disfrutar no sólo de la luz cenital que crea un ambiente realmente mágico en las largas galerías, sino del trasiego de fieles que van y vienen en su sagrado deambular. Es curioso, no obstante, observar cómo algunos sacerdotes, por lo general muy bien alimentados, distraen sus horas muertas junto a los dioses con móviles de última generación. La ilusión mística queda un tanto desdibujada, pero debemos aceptar que en un templo semejante el día a día se confunde con lo sagrado de una forma sutil. El sinfín de tiendas que encontramos nada más entrar en el complejo religioso nos da la idea de cómo aquel lugar ha regulado desde hace decenios la vida no sólo religiosa de la ciudad, sino también su cotidianidad. Allí acuden los fieles a reunirse, a pasar la mañana, o simplemente a dejarse vivir.
Esto se entiende mejor cuando has intentado moverte andando por la ciudad. Poco menos que de aventura puede calificarse la "excursión", por llamarla de alguna manera, que María José y yo organizamos para desplazarnos desde el hotel hasta el centro. Es mucho más rentable pagar un tuc-tuc que te lleve en cuestión de minutos, pero, en ese caso, nos habríamos perdido una inmensa farmacia, la vida que late bajo la carretera elevada, o las miradas de tantas personas que se asombran ante nuestra inusitada aparición en medio de sus quehaceres. Cuántas veces me sentí desalentado ante lo que me parecía una prueba de resistencia más que un paseo, pero finalmente llegamos hasta el centro de la ciudad y atisbamos, a lo lejos, la altas torres del templo, verdadero oasis en el bullicio. Pudimos comer en un restaurante indio que recomendaba nuestra guía y hasta hicimos fotos desde su terraza. La India, como siempre, esconde el secreto de las historias de sus gentes, como la del orgulloso abuelo que, ese domingo, invitaba a comer a su familia, llegada desde América, para pasar unos días con él. Así nos lo contó junto a su nieto. Madurai nos brindó, además, la visita a un supermercado que había cerca del hotel. Allí compramos frutos secos al estilo indio, mientras una dependienta se me quedaba mirando boquiabierta y su compañera se reía abiertamente ante su pasmo. En fin, todo, al final, era como una inmensa extensión de aquel templo donde la fe y la vida se confunden con sabiduría y paciencia. FRANCISCO GARCÍA JURADO

martes, 25 de agosto de 2015

Sagradas areriscas: los tempos de Badami (Sur de la India)

La entrada a Badami, como ocurre casi siempre en cualquier ciudad de la India, tiene algo de desolador. El turista (que a veces se cree viajero) no comprende cómo aquel lugar, parecido a todos los lugares sucios y atestados que se diseminan por este inmenso país, puede conservar algo verdaderamente memorable. Pero viajar por la India supone siempre estar dispuestos a contemplar este milagro. Los templos de Badami, tanto los edificios como las cuevas, dejan boquiabiertos a sus visitantes. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Hace ya unos días que volvimos de un intenso viaje por el sur de la India, desde Mumbai, en el Mar Arábigo, hasta Chennai, en el Golfo de Bengala. Cientos de kilómetros que hemos hecho en un avión, en tres autos y en dos trenes nocturnos. Badami era uno de los lugares clave del viaje, ya lo sabíamos de antemano. Sin embargo, tanto el hotel, ciertamente con aspecto de desolado hostal de carretera, como la propia ciudad, atestada y ruidosa, siempre supone una bienvenida más bien inhóspita. Nada más llegar, nos dispusimos a acercarnos andando a buscar el museo arqueológico. María José, mucho más avezada que yo en estas cosas, había leído que dicho museo cerraba al día siguiente, por lo que, en caso de que quisiéramos visitarlo, debíamos hacerlo esa misma tarde. Allá fuimos, primero por un trecho de carretera, luego por la calle principal, llena de carritos, de autos, de ruido, de gente, como en cualquier ciudad india que se precie. Nuestra llegada a la zona arqueológica se vio "amenizada" por niños que nos saludaban y pobres que recibían comida gratuita en una suerte de templo. Por confusión, nos internamos en un recinto abierto donde decenas de desarrapados acudían a recibir una ración de arroz. Los pobres de la India son, como bien dice el escritor de viajes Paul Theroux, parte constituyente de la riqueza de este país próspero y desigual. Aquí, en Europa, serían, simplemente, personas que se han quedado fuera del sistema, pero allí son el soporte que hace posible que las cosas funcionen.
Al fin llegamos al museo, que pudimos visitar con un margen de tiempo limitado, pero la sorpresa vino cuando observamos cómo unos turistas indios ascendían por unas escaleras de piedra internándose en la montaña. El caer de la tarde, que proyectaba esa luz propia de los grabados románticos de David Roberts, nos condujo a un lugar mágico.
Estábamos ante los bellos templos de Badami, diversos, construidos de una arenisca veteada que nos enamoró. Sobre todo, nos sobrecogió la soledad, y pensamos en los viajeros del siglo XIX. A lo lejos se oía el zumbido de los cláxones, como si de una manifestación o protesta colectiva se tratase, pero aquel ruido, por lejano, nos permitía disfrutar aún más, si cabe, de un conmovedor silencio y de una luz dorada. Tuve conciencia de eso que los autores del siglo XVIII denominaban la sublimidad, y entonces me di cuenta de que el milagro que nos transporta desde el polvo y la contaminación a la belleza se había vuelto a producir.
Al descender, disfrutamos del precioso y antiguo estanque o presa que también es parte del conjunto arqueológico. Se trata de un conjunto vivo, porque las mujeres acuden a lavar la ropa allí, como han hecho desde hace siglos. A veces siento vergüenza a la hora de hacer una foto a una muchacha lavando.Al día siguiente, volvimos ya para visitar las cuevas-templo, al otro lado del estanque, y tampoco nos decepcionaron. Como bien dice Henri Michaud en su libro Un bárbaro en Asia, el viajero occidental dice que ha visto tal o cual monumento o ciudad cuando, en realidad, ha sido visto sobre todo él. Los indios nos preguntaban de dónde éramos, nos daban la mano, se hacían fotos con nosotros, y entre pose y pose intentábamos visitar las cuevas. La luz, esta mañana, ya no era tan sugerente como lo había sido en la dorada tarde del día anterior. Nada es perfecto, pero parece que hay un dios que convierte esa imperfección en belleza. FRANCISCO GARCÍA JURADO