lunes 13 de julio de 2009

MODERNO REGRESO A UN VIEJO CONFLICTO: PAGANOS FRENTE A CRISTIANOS


Estos días están pasando muy deprisa en el Real Colegio Harvard-Complutense. Es un lugar ejemplar, verdadero y eficiente puente entre la Universidad Complutense y la de Harvard. El hebraísta Ángel Sáenz Badillos dirige esta nave con inteligencia y politeness. Aquí es, pues, donde desarrollo mi trabajo dentro del grupo de investigación que dirige la doctora Mercedes López Salvá (RESEARCH GROUP ON EARLY CHRISTIANITY) dedicado a estudiar un apasionante tema: CONFLICT AND COEXISTENCE IN ANCIENT CHRISTIANITY: RHETORIC STRATEGIES AND CONCEPTUAL DEBATES. Para mí, en particular, ésta ha sido una oportunidad de oro no sólo para poder estar aquí disfrutando de Harvard, sino para abordar un tema de alcance historiográfico que venía rondando en mi cabeza desde hace tiempo: la lectura moderna de ese conflicto a partir, precisamente, de la construcción de la idea de Literatura latina cristiana en tiempos modernos. Conviene recordar, como apunta uno de nuestros grandes maestros de la Historiografía literaria, el profesor José Carlos Mainer, que un concepto como "Literatura española" obedece a una elaboración mental bastante compleja que no está en el mismo nivel de ideas tales como "un jarrón gris" o "una manzana roja". Para que alguien, en un momento determinado, haya podido llevar a cabo lo que constituye una abstracción tal como "Literatura española" han tenido que darse diversas circunstancias históricas. Me atrevo yo mismo a apuntar que, entre otras cirscunstancias, ha tenido que crearse previamente el concepto de "Litetura latina" en Alemania, y que es este concepto, precisamente, el que le ha servido de modelo. Aunque nos parezca lo mismo, hablar de "autores latinos" no es equivalente a hablar de "literatura latina". El segundo uso supone una abstracción con respecto al primero (una mera agrupación de autores a partir de un criterio lingüístico). Pero saltar conceptualmente de los "autores latinos" a la "literatura latina" implica que ya no partimos de una mera suma de autores, sino de una perspectiva global, holística, que implica que un hecho quizá circunstancial, como escribir en lengua latina, se convierta en un argumento esencial para el estudio literario. Es como cuando saltamos de términos como "ciudadanos" a abstracciones como "ciudadanía": el concepto abstracto no es exactamente la suma de los miembros, sino el todo que confiere a esos miembros su lugar de ser. Observar, precisamente, cómo nace, a partir del concepto de Literatura latina (romana) el más específico de "Literatura latina cristiana" es una tarea tan apasionante, desde el punto de vista de la historia semántica, como complicada. Algunos parámetros esenciales para su estudio consisten en ver las relaciones que esa novedosa formulación (debida a los autores alemanes de la primera mitad del siglo XIX) mantiene con la más tradicional de Patrología (del siglo XVII). Asimismo, es muy interesante observar cómo la paulatina construcción de una Historia de la Literatura latina cristiana tiene que vérselas con su posición interna dentro otros dos grandes grupos: el de la Literatura latina por un lado, y el de la Literatura medieval, por otro. Entre estos dos grandes gigantes historiográficos irá poco a poco encontrando su propio lugar de ser en el panorama académico, ya fundamentalmente a comienzos del siglo XX. En otro momento hablaré de las cuestiones estéticas e ideológicas que rodearon su configuración como un estudio no dogmático, independiente de la Teología, pero no por ello libre de otras caracterizaciones.
Francisco García Jurado
H.L.G.E.

domingo 12 de julio de 2009

FELICES TRES VECES Y MÁS: HORACIO EN HARVARD


La zona más antigua de la Universidad de Harvard es la que se conoce como Harvard Yard. Es un lugar delimitado y tranquilo que contrasta ciertamente con el bullicio de Harvard Square, llena de tiendas y otros servicios. Dentro de Harvard Yard podemos encontrar algo así como dos grandes parques rectangulares en torno a los cuales se reparten los venerables edificios. Uno es el Old Harvard Yard, el lugar fundacional de la universidad, en 1636, y el otro, más reciente, es lo que se conoce como el Tercentenary Theater, que es donde está, entre otros edificios, la famosa biblioteca Widener. Precisamente, paseando alrededor de Harvard Yard por la Massachusetts Avenue, ya casi llegando a Harvard Square, encontré dos puertas de entrada simétricas y coronadas cada una por dos versos en latín. En la puerta de la izquierda se podía leer lo siguiente:
Felices ter et amplius,quos inrupta tenet copula nec malis
Una traducción de urgencia nos permite entender: “Felices tres y más veces aquellos a los que una unión no rota mantiene ligados y no con malos...”. Falta texto para entender el sentido completo, que rápidamente encontramos encima de la puerta de la derecha:
divulsus querimoniis supreme citius solvet amor die.
El texto siguiente nos permite ver que el “malis” anterior debe unirse a la palabra “querimoniis”: “... (y) su amor, desgarrado (por malos) lamentos, no se disolverá antes de que llegue el día final”. Los buenos estudiantes de latín de otro tiempo habrían reconocido rápidamente que se trata de los versos 17-20 de la famosa Oda 13 del libro I de Horacio, el poema que ensalza la unión duradera y que tanto se han releído y traducido a lo largo del tiempo. Entiendo que a las puertas de Harvard tales versos pueden hablarnos sobre la propia unión de los estudiantes con su propia universidad. Los turistas hoy día apenas reparan en estas cosas. Sí he visto que en Harvard estos versos se siguen recordando, y se habla de ellos incluso en libros recientes que sirven para explicar la universidad. El otro día, por cierto, encontré a un señor intentando leerlos, y me atreví a decirle que eran versos de Horacio, del poeta latino. No podéis imaginaros la cara de espanto que puso.
Felices tres veces y más veces son aquellos
a los que mantiene una sólida unión, ni su amor,
arruinado por malos lamentos,
se disolverá antes del día final.
Francisco García Jurado
H.L.G.E.

jueves 9 de julio de 2009

NECESIDAD DEL BUEN GUSTO: JUAN SEMPERE Y GUARINOS


Hace ya unos años, quien entonces era mi alumna de latín, Rocío Álvaro Sánchez, me informó sobre una obra muy interesante escrita por Juan Sempere y Guarinos. Se trataba, en particular, de su «Discurso sobre el gusto actual de los españoles en la literatura», que el autor había añadido a su traducción libre de la obra de Ludovico Antonio Muratori titulada Reflexiones sobre el buen gusto en las ciencias y en las artes (editado primorosamente en Madrid en la imprenta de Antonio de Sancha en 1782, en particular, el discurso de Guarinos se encuentra entre las páginas 196-291). El opúsculo de Luis Antonio Muratori sobre el “buen gusto” fue uno de los puentes intelectuales entre Italia y el reformismo hispano del siglo XVIII, precisamente a través de escritores valencianos como Gregorio Mayáns. Muratori, arqueólogo, historiador y literato, representaba el modelo ilustrado, del hombre que sabía unir la tradición humanista cristiana (Erasmo, Vives, Gracián), con los logros del empirismo y del utilitarismo. La posición católica progresista del escritor italiano refrendaba su prestigio ante los españoles cultos, y nuestra Ilustración católica, a la que pertenecía Sempere, podía disponer de sus obras libremente y beber en su sabiduría sin los peligros que comportaban otros autores más vigilados por la Inquisición. De esta forma, Sempere añade a lo que es su versión española del discurso un interesante comentario sobre la necesaria reforma de los planes de estudio. El atraso científico y el corporativismo hipertrofiado de las universidades suponían para Sempere “una barrera impenetrable al Buen Gusto y a la libertad e indiferencia con que debe estar dotado todo literato”. A ello se debe Sempere y los ilustrados en general, censores de la mala calidad universitaria, promovieran con entusiasmo cualquier otro vehículo alternativo de la formación intelectual, científica o meramente cultural, como las Academias, las Sociedades de Amigos del País o la prensa periódica. Si bien Sempere alababa la fundación de las Academias y demás “templos del saber” que se venía erigiendo desde tiempos de Felipe V, consideraba, no obstante, que el “buen gusto” de una nación no debía medirse únicamente por dichas fundaciones ni por el número de sabios que dirigen sus estudios:

"Como Felipe V mostró disposición de proteger las letras, en poco tiempo se vieron fundadas muchas academias y estudios, para todos los ramos de la literatura. La Universidad de Cervera, el Seminario de Nobles, la Compañía de Guardias Marinas de Cádiz, la Escuela de Matemáticas de Barcelona, la Sociedad de Sevilla, y las Academias Médica Matritense, y de la Historia, además de la Española, fueron establecimientos de su reinado. Todas estas fundaciones fueron muy útiles y han contribuido cada una por su parte a propagar el mejor gusto en las varias clases que han sido el objeto de su institución. Pero este medio de las academias era muy lento para que la literatura hiciera muchos progresos. Tales escuelas eran para ciertos hombres ya formados. Y aún en éstos no se podía lograr enteramente su fruto por no haber estado bien dirigidos sus primeros estudios." (Discurso..., pp. 208-209). En la segunda parte de este “Discurso”, Sempere criticó los planes de estudio habidos hasta entonces, con indicaciones de cómo habían de ser los que promoviera Carlos III. Su primera crítica iba dirigida especialmente contra los métodos escolásticos ("el desembarazado uso del ergo") (Discurso..., p.209)

El estado de las ciencias no era mejor que el de las “Buenas Letras”. En España se había perdido por completo el gusto por la Filosofía y por todas las asignaturas que la precedían. Las Matemáticas se aplicaban tan sólo en la Arquitectura, en la Náutica, por tradición, y en la Astronomía para hacer almanaques. El resto, la Geometría, el Álgebra, la Estática, la Hidrostática, la Hidráulica o la Física estaban "algunas de ellas olvidadas y las otras utilizadas para supersticiosas ideas de la Magia, encantos y hechicerías". Sempere se quejaba, además, de que las ansias de promoción y posición de la mayoría de los estudiantes supusieran un obstáculo para el desarrollo de las ciencias en España. Después continúa con la Historia, la Teología y el Derecho: para Sempere, influido por el magisterio de Mayans, la Historia y la Crítica eran inseparables. La excesiva atención en la Historia positivista había provocado, según Sempere, que se marginaran determinados aspectos esenciales de la Historia, tales como la política, el examen profundo de las causas que promovieron los hechos, la descripción de lugares, las costumbres, formas de gobierno, ciencias, comercio o artes, “sin cuyo conocimiento falta la parte más esencial de la historia de los pueblos y de los Reynos”. Adelantándose en varios siglos, Sempere nos propone un concepto de “Historia global” próximo a la escuela de Annales: los hechos son importantes, pero no tienen sentido si no se atiende al carácter del pueblo, a su organización social y política y a la geografía que determina su forma de vida. El carácter profundamente religioso de la nación española, así como la condición de ilustrado católico de Sempere, hicieron que éste prestara atención especial a la Teología. Se lamentaba Sempere de la penosa situación que la Teología y la Filosofía tenían dentro de los planes de estudio, además de la escasa calidad de las obras publicadas sobre estas disciplinas. En definitiva, el buen conocimiento de la Historia y de la Teología eran fundamentales para la formación de un buen teólogo. Sempere fue, por otra parte, el “adalid” de la difusión y estudio del Derecho propio de cada país, y lamentaba que este Derecho no se adaptara a la situación social de cada nación, y que se hubiera visto desplazado por el desmesurado interés por el Derecho Romano, “que por el transcurso del tiempo o por muchas otras causas, sus principios quedan obscuros, y muchas veces se contradicen entre sí, y tiene ciertamente menor autoridad que las del Derecho patrio”.
A nuestro juicio, uno de los aspectos más representativos del pensamiento ilustrado en este discurso son los comentarios que dedica a la enseñanza de la lengua latina y las humanidades clásicas en general, pues es aquí donde se advierte mejor que en ningún otro lugar la complejidad de las ideas ilustradas sobre la educación. Para empezar, no es en absoluto despreciable para nuestro estudio la alusión a Feijoó y a su preferencia por la lengua francesa (Feijoó, Cartas eruditas V, carta 23, Oviedo 1759 cf. C.Hernando, o.c., pp.30 y 170):

“No obstante, el P. D. Benito Jerónimo Feijoó concibió este glorioso designio. Su gran talento, su facilidad en explicarse, y en persuadir lo que quería, su estilo, su erudición, su crianza, y buen modo, a la que contribuyó mucho la nobleza de su nacimiento, sus méritos adquiridos en la esclarecida orden de San Benito, y su celo por la gloria de la religión, y de la patria, le facilitaron en algún modo la empresa de romper por todos los reparos que podían proponérsele, y darle algunas esperanzas de que no se malograrían sus deseos, y sus tareas. (...)

Esto mismo dio motivo para que se fuera extendiendo el estudio de la lengua francesa, y con ella el conocimiento de los buenos libros con que aquella sabia nación ha adelantado la literatura. Aunque al principio muchos la despreciaban, o por el desafecto a los franceses, o por la falsa persuasión en que estaban nuestros nacionales de que no había más que descubrir en las ciencias que lo que se sabía en nuestro país. Ella fue gustando poco a poco, hasta que llegó a hacerse moda, y a componer una parte de la educación de la nobleza. El padre Feijoó tenía formado un concepto tan elevado de su utilidad, que no dudó en anteponer su estudio al de la griega y demás orientales. Este honor han merecido siempre las lenguas sabias y en las que se publican obras dignas de la inmortalidad. Todos las estudian, se hace moda el saberlas, y llega a veces a tenerse por grosería el ignorarlas.” (Discurso..., pp.208-212)

Llama significativamente la atención el hecho de que Sempere no exprese juicio alguno ante esta postura de Feijoó, sobre todo si pensamos en su deseo de una buena enseñanza del latín, siguiendo una tradición hispana de grandes gramáticos humanistas, que comentaremos más adelante. El propio Sempere puede ser consciente de que esas palabras pertenecen a la propia historia de los albores de la Ilustración española. Como hace notar Luis Gil, el desinterés que por las lenguas clásicas sentía Feijoó está relacionado, curiosamente, con un complejo de inferioridad con respecto a lo español, y es propio del panorama cultural de los primeros decenios del siglo XVIII, ya que hacia la cuarta década hay un cambio sustancial en las actitudes hacia la renovación de la cultura. Es significativo, a este respecto, que el Deán Martí sí confesara su disgusto a Mayans ante el juicio superficial que Feijoó había expresado acerca de sus Epistolarum libri XII, motivado en gran parte por estar escritas en latín, lengua que no dominaba Feijoó. El hecho es que, desde el punto de vista histórico, Feijoó se inscribe en los primeros tiempos de la Ilustración, mientras que Sempere es un epígono. Si bien es verdad que la enseñanza del francés está pugnando en la práctica con la del latín, sin embargo, los asertos de Feijoó no parecen ir en contra de la consideración que por las lenguas clásicas tiene Sempere, quien hereda de sus antecesores levantinos Martí y Mayans la admiración por los ideales educativos del humanismo español:

"Juan Dulard, maestro del gran sabio Juan Luis Vives, solía decir a sus discípulos: Cuanto mejor gramático seas, tanto serás peor filósofo y teólogo. Esta máxima tan bárbara, que habían llegado por fin a desacreditarla el mismo Vives, y otros famosos españoles del siglo XVI, volvió a resucitar, y duraba en éste todavía. Yo la he oído muchas veces y he visto sujetos que han perdido mucho de su crédito, por habérseles encontrado entre las manos autores de pura latinidad, y de buen gusto.
Como el motivo porque se estudia el latín generalmente en las escuelas es para seguir después de las Facultades mayores, bien se deja conocer los progresos, que harían en esta lengua los que estaban imbuidos de aquella máxima, y maldita preocupación (...)
El gran mérito de Lebrija, Vives, el Pinciano, los Vergaras, el Brocense, Sepúlveda, Cano, Núñez, Antonio Agustín, Arias Montano, Matamoros, Perpiñán, y otros muchísimos españoles del siglo XVI, no permiten dudar la gran disposición del talento de estos, así para la lengua latina como para las orientales. El autor del Ensayo para la historia de las ciencias y artes, la reconoce, y celebra con mucha particularidad." (Discurso..., p.239)

Lo que se hace particularmente necesario es una renovación pedagógica que libre al latín de una enseñanza viciada cuyo método reduce su estudio a una tarea “estéril y fastidiosa”. La importancia de los contenidos, donde podemos ver la necesidad del estudio de la Mitología, la Historia, la Elocuencia y la Poesía, es fundamental a este respecto:

"A esta se añadía el mal método con que se enseñaba. Precisados los niños a aprender los preceptos en latín, se disgustaban luego de un estudio tan estéril, y fastidioso, y esta desazón debilitaba el ardor, y el deseo de saber que en ellos es tan natural. Reducida la enseñanza a sólo el estudio seco de las reglas y a la versión literal y servil de tal cual autor, no de los mejores, carecían de la utilidad de la Mitología, del conocimiento del oculto artificio en que consiste la belleza, y la elegancia de la lengua Latina, de la noticia de los mejores autores de Historia, de Elocuencia, y de Poesía: todo lo cual es indecible cuánta fuerza tiene para civilizar los hombres, siendo éste el motivo porque entre nosotros se llama con mucha propiedad estudio de las Humanidades." (Discurso..., pp.238-239)

Prueba de que ya estamos en otro momento de la Ilustración, lejano a los primeros tiempos de Feijoó, es que a esta recuperación pedagógica hayan contribuido, en opinión de Sempere, las obras gramaticales de dos grandes ilustrados, Mayans e Iriarte, así como los PP. Escolapios, lo que aprovecha para hacer, seguidamente, una curiosa reivindicación social de la figura del gramático:

"En estos últimos tiempos se ha pensado en restablecer estos estudios, y en corregir los abusos, que se habían introducido en su enseñanza. Se han publicado varios artes nuevos más exactos en las reglas, y más acomodados a los alcances de los niños, tales son el del señor Mayans, el de los PP. Escolapios, y el de don Juan Iriarte. Los maestros hacen uso de los mejores autores de latinidad, cuales son El Brocense, el Sciopio, Vossio, Casaubon, y otros. Buscan con la mayor diligencia los autores romanos, y griegos de las mejores ediciones. No se tiene ya este ejercicio por inferior, ni menos decente que el de las facultades mayores. Un buen latino se aprecia ahora tanto como un gran teólogo, un jurisconsulto, o un buen médico: lo cual no es pequeña prueba de que se ha adelantado entre nosotros la razón, y el gusto. El incomparable Antonio de Lebrija, no obstante que estuvo instruido en muchas ciencias, y que podía con justo motivo haberse llamado Profesor de cualquiera de ellas, antepuso y prefirió a todos los títulos con que suele gloriarse la ambición de los sabios el de Gramático. España acaba de honrar este título en la persona de don Juan de Iriarte. Después de haberle hecho los mayores honores mientras vivió, se le ha hecho lámina, se han publicado por subscripción varias obras suyas, y se tiene su memoria por uno de los monumentos más preciosos de la gloria de la nación." (Discurso..., pp.239-240)

Lo cierto es que las obras de Mayans y de Iriarte fueron fruto más que discutible de los intentos de renovación educativa de la lengua latina en la España del siglo XVIII. Lo que sí supone una verdadera revolución en la consideración del latín por parte del pensamiento ilustrado es su abandono definitivo como lengua de comunicación y para la creación literaria (actitud que ya puede rastrearse en el humanista Sánchez de las Brozas). El latín, así como el griego y el hebreo, son lenguas muertas, pero también sabias:

"Es verdad que no son ahora tan frecuentes las obras de buena latinidad como en el siglo XVI. Mas esto no es ya por falta de buenos principios, y de ilustración, sino porque la nación va conociendo, como todas las demás de Europa, que la lengua, de que debe hacerse más caso para las obras, que se consagran a la utilidad pública, es la nativa, o la del país donde se habita.
Con todo, no han faltado en este siglo quienes manifestaran que no es ajeno de nuestro suelo este género de erudición. El deán Martí, don Gregorio Mayans, el Mencionado Iriarte, y el Señor Bayer en nada ceden a aquellos famosos polígrafos de que tanto se jactan la Italia, Holanda, Francia y Alemania. Pudieran hacerse una buena colección de las Oraciones que se han dicho en las Universidades, Colegios y Academias de las Epístolas, y otras piezas menores que no desmerecerían la estimación de los sabios. El Abad Serrano, después de haber publicado en España algunas Oraciones Latinas muy bien escritas, acaba de dar a luz en Italia dos Epístolas, en las que el juicio, y la crítica compiten con la elocuencia, y la pureza del estilo." (Discurso..., p.241)

El texto de Sempere sobre el latín es, pues, el resultado de un sutil equilibrio entre las corrientes afrancesadas del pensamiento ilustrado español y las propiamente hispanas -que en algunos momentos pudieron llegar al enfrentamiento- al tiempo que podemos percibir en él la evolución de este mismo pensamiento.

No podemos hablar, en suma, de una actitud contraria al latín en la cultura hispana de la Ilustración, sino simplemente, de un cambio de actitud que se integra dentro de los deseos de reforma educativa por parte de algunos ilustrados, como fue el caso de Sempere y Guarinos. El deseo de reforma social era global, y parte de esa globalidad estaba en su anhelo de reforma educativa. Esta reforma no sólo afectaba a las lenguas sabias, sino también al estudio del Derecho, la Teología y la Historia, así como a las propias estructuras universitarias del momento. El Discurso de Sempere y Guarinos es un documento singular, dado que constituye un buen resumen de los ideales educativos del último período de la Ilustración española. Por lo demás, las ideas que en él se exponen con respecto a la enseñanza de la lengua latina constituyen una excepcional síntesis de la evolución de los diversos juicios que fueron esgrimiéndose a lo largo del siglo XVIII. La herencia francesa de Feijoó y la herencia del humanismo español, de la que son excepcionales representantes el Deán Martí y Mayans, aparecen ahora singularmente asociadas en la consideración de un latín que no puede ya hablarse, pero que debe estudiarse como lengua histórica, y que, como tal, debe aportar en su enseñanza mucho más que los meros datos gramaticales.

miércoles 8 de julio de 2009

THIS CRAFT OF VERSE: LAS CONFERENCIAS SOBRE POÉTICA EN HARVARD


Esta tarde dimos un paseo hasta Harvard Square para visitar con calma la librería que la Harvard Coop. tiene junto al Banco Americano. El ambiente era magnífico, pues al calor de las luces cálidas (las lámparas estudiosa, que diría Milton) y de la música clásica se podía encontrar a muchos lectores que utilizaban aquel lugar como una biblioteca. De hecho, si compras un libro ya usado te hacen un descuento del 25 por ciento. Mis intenciones de compra estaban ya determinadas desde España: los tomos de Aulo Gelio editados por la Loeb (la famosa colección de Clásicos editada por Harvard, que se ha convertido en un verdadero icono cultural para aquellos anglosajones que han estudiado humanidades clásicas) y las conferencias que impartió Borges sobre Poética en esta misma universidad. Ya tengo la edición española de estas charlas, pero quería tener también el CD de las grabaciones y la edición inglesa. Mientras en España sus conferencias se han titulado simplemente Arte poética, aquí llevan un título verdaderamente sugerente: This craft of verse. Sabiendo que "craft" en inglés tiene que ver con la habilidad, el arte (entiéndase como técnica), podemos comprender rápidamente que la versión española intenta con éxito parafrasear el título inglés, aunque devolviéndolo a un clasicismo estático. Resulta, asimismo, extraño, que la transcripción de las conferencias de Borges, impartidas entre 1967 y 1968 no se hayan publicado hasta el año 2000. Calin-Andrei Mihailescu se encargó de esta proeza, y el libro fue editado por la Harvard University Press. Las conferencias se impartieron dentro del prestigioso ciclo de las Charles Eliot Norton Lectures, donde han participado personalidades como T.S. Eliot, Jorge Guillén, Italo Calvino o Umberto Eco. La primera vez que tuve conocimiento de tales ciclos de conferencias fue gracias a un artículo de mi admirado Juan Marichal, uno de nuestros grandes maestros españoles de Harvard, publicado en el País el jueves dos de septiembre de 1999. El artículo de opinión se titulaba "Borges en Harvard", y en él Marichal contaba diversos avatares relativos a la estancia de Borges en los Estados Unidos. Ya entonces se sugería la edición de las grabaciones tomadas de Borges en discos de vinilo. Tales conferencias, leídas con calma, están repletas de ideas valiosas para todo aquel que desee introducirse en los vericuetos de la poética borgiana. Gracias a este libro logré apropiarme del famoso verso de Byron: "She walks in beauty, like the night". Luego pensé en Homero, y en Virgilio, y ya todo fue distinto. Es probable que sea un habitante de un Harvard perdido en la ontología de Platón.


Francisco García Jurado
H.L.G.E.

sábado 4 de julio de 2009

BORGES EN HARVARD


Todo cuento tiende, en su brevedad, al infinito de la perfección. Como en el caso de algunos poemas, hay cuentos que aprendemos y guardamos casi como consignas vitales para que nos acompañen y sean nuestros. Es, quizá, un vicio literario intentar representar tales cuentos en sus espacios naturales. Hace años, cuando leí el cuento de Borges titulado "El otro", soñé con el lugar donde tenía lugar la escena del encuentro del viejo protagonista con su otro yo, mucho más joven y en otra dimensión. El comienzo del cuento me permitió entrever el imponente río Charles. Entre 1967 y 1968 Borges impartió sus Norton Lectures sobre poética. De las conferencias se conservan grabaciones sonoras y una interesante edición escrita que me fue utilísima para mi libro Borges, autor de la Eneida. Pues bien, como el cuento de Borges tiene lugar un año después y junto al río, en uno de los muchos Bancos que miran a las aguas en las orillas sinuosas quise ayer representar a este personaje que piensa en el tiempo y se encuentra con su alter ego juvenil. Quise que mi sueño de aquel cuento que es una pesadilla se convirtiera en algo visual y tangible. La destreza de María José Barrios para la fotografía hizo el resto. Terminamos con el comienzo del impar cuento:

"El hecho ocurrió el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge. No lo escribí inmediatamente porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no perder la razón. Ahora, en 1972, pienso que si lo escribo, los otros lo leerán como un cuento y, con los años, lo será tal vez para mí. Sé que fue casi atroz mientras duró y más aún durante las desveladas noches que lo siguieron. Ello no significa que su relato pueda conmover a un tercero.
Serían las diez de la mañana. Yo estaba recostado en un banco, frente al río Charles. A unos quinientos metros a mi derecha había un alto edificio, cuyo nombre no supe nunca. El agua gris acarreaba largos trozos de hielo. Inevitablemente, el río hizo que yo pensara en el tiempo. La milenaria imagen de Heráclito. Yo había dormido bien, mi clase de la tarde anterior había logrado, creo, interesar a los alumnos. No había un alma a la vista.
Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a los estados de fatiga) de haber vivido ya aquel momento. En la otra punta de mi banco alguien se había sentado. Yo hubiera preferido estar solo, pero no quise levantarme en seguida, para no mostrarme incivil. El otro se había puesto a silbar. Fue entonces cuando ocurrió la primera de las muchas zozobras de esa mañana. Lo que silbaba, lo que trataba de silbar (nunca he sido muy entonado), era el estilo criollo de La tapera de Elías Regules. El estilo me retrajo a un patio, que ha desaparecido, y la memoria de Alvaro Melián Lafinur, que hace tantos años ha muerto. Luego vinieron las palabras. (...)"


Francisco García Jurado
H.L.G.E.

viernes 3 de julio de 2009

INDIAN COLLEGE: O EL ANACRÓNICO MULTICULTURALISMO DEL SIGLO XVII


Ayer jueves paseábamos al caer la tarde María José y yo por Harvard Yard. Precisamente veníamos del Memorial Hall, repleto a aquella hora de jóvenes estudiantes que iban y venían de cenar (cuánto futuro a nuestro alrededor, y quizá algún nobel que aún no conocemos). Entramos en el viejo campus para decir buenas noches a nuestro amigo John Harvard, y María José recordó que por la mañana había visto unos curiosos paneles que hacían referencia a un Colegio Indio cuyas ruinas se están excavando todavía. Ciertamente, bajo unas pequeñas lonas se intuyen los yacimientos, a la sombra de los árboles centenarios. Desde hace un tiempo se excavan los cimientos de lo que se llamó el Indian College. Fue una institución académica fundada a mediados del siglo XVII a expensas de la Society for the Propagation of the Gospel in New England. Hasta aquí todo bien, pues es comprensible que en los tiempos del puritanismo más estricto los afanes evangelizadores fueran, cuanto menos, un buen pretexto para que el incipiente Harvard saliera de sus problemas econónicos. Nuestros estudios en Historiografía nos han convertido, sin embargo, en personas "poco inocentes" a la hora de intepretar los modernos textos sobre el pasado. Digo esto porque nos pusimos a leer los citados paneles donde, en un tono aparentemente aséptico, se contaba el proceso de excavación. En cierto momento nos dimos cuenta de que se estaba reinterpretando de una manera abusiva el pasado, apelando al "multicuralismo" de Harvard en el siglo XVII. Recordé que era muy parecido a cuando una guapísima guía turística de Palermo nos enseñó en el Palacio Real una antigua inscripción escrita en tres lenguas como un ejemplo de "perfecta convivencia entre culturas". Que hoy esté de moda lo que llamamos el "diálogo entre culturas" (y nos dejamos lo mejor, es decir, la naturaleza de este diálogo, que puede ser perfectamente de sordos) nos obliga a reinterpretar el pasado en esa clave, al margen de lo que realmente unos pensaran de los otros hace siglos. Que los griegos llamaran "bárbaros" a los demás, es decir, a los que no hablaban griego y que sólo hacían "ba ba ba", no deja de ser algo significativo acerca del desinterés por los otros (y eso no es óbice para que hombres curiosos como Herodoto relataran cómo era el mundo). Los ingleses románticos que recorrían la España de los bandoleros se extasiaban ante las vistas de Ronda, pero luego reconocían que no había nada como su tea at five o'clock. En fin, veo por la Wikipedia que en el susodicho Indian College estudiaron unos cuatro indios hasta que la institución dejó pronto de servir a tales propósitos evangelizadores. El hecho de que ahora interese potenciar esta inciativa es ya una clara invención, como cuando el Museo Británico proclama sus fines multiculturales (en otro tiempo imperialistas) para defender o legitimar sus tropelías arqueológicas. En suma, lo único que pervive es la hipocresía, que cuando se reviste de togas académicas y pasan unos años termina convirtiéndose en una verdad oficial. Algo de esto es lo que voy a investigar en Harvard en lo que respecta a ciertos problemas de reinvención de la literatura latina.
Francisco García Jurado
H.L.G.E.

jueves 2 de julio de 2009

A UN RÍO LLAMABAN CARLOS


Dámaso Alonso y Borges coincidieron, si bien en diferentes tiempos, en Harvard, y también coincidieron en calificar de "gris" al río Charles mientras uno y otro se preguntaban, como Heráclito, acerca del tiempo. El poema de Dámaso, es el famoso "A un río le llaman Carlos", escrito en el duro febrero de 1956. Borges evocó el río Charles en su historia "El otro", una mañana de 1969, lleno de témpanos de hielo. Hoy, dos de julio de 2009, el río se muestra tan gris como entonces, cubierto de niebla, pero no por ello vacío de vida y actividad. (fotografía de María José Barrios Castro tomada desde Peabody Terrace).
Francisco García Jurado
H.L.G.E.