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viernes, 14 de agosto de 2009

LA CIENCIA RODEA AL ESPÍRITU: EL DIVINITY HALL DE HARVARD

A mis compañeros del Grupo de investigación del Real Colegio Complutense (Harvard)

Desde que conocí un poco el pensamiento transcendentalista de Ralf Waldo Emerson, posiblemente el primer filósofo norteamericano considerado como tal, siempre me resultó muy sugerente la identificación que hacía del ser humano con el universo. Era el siglo XIX, y el transcendentalismo no dejaba de ser en buena medida una forma de religión, que había importado de Europa el idealismo alemán para hacerlo propio. Luego tuve noticia, ya dentro del mundo de la Tradición Clásica, de las traducciones que del griego había hecho un compañero y amigo suyo, Henry David Thoreau, que vertió al inglés dos tragedias de Esquilo, entre otras obras clásicas. El escenario natural de ambos autores es Nueva Inglaterra, y los imaginé impartiendo sus charlas en lugares como Harvard. Al fin pude ver, concretamente, uno de los escenarios de tales alocuciones, precisamente el Divinity Hall, que se encuentra, como era de esperar, en la Divinity Avenue (es memorable la alocución que Emerson impartió el 15 de julio de 1838 con el título “Acquaint Thyself at First Hand with Deity”). El edificio sigue allí, fabricado en ladrillo rojo y graciosamente simétrico, pero me llamó mucho la atención, y así se lo comenté a María José, que aquel lugar se encontrara rodeado, más bien asediado, por una imponente facultad de Biología que lo cerraba por tres de sus lados. Ya más adelante, y tras pasar junto a invernaderos e instalaciones científicas varias, se llega a la Divinity School, que es un edificio más reciente construido en piedra y con evidentes aires de una Inglaterra soñada. Así pues, quedé muy sorprendido por el emplazamiento del viejo Divinity Hall, que yo imaginaba entre árboles centenarios, semejante a una de esas litografías coloreadas de la época. Esto mismo les comenté, de manera ociosa, a mis compañeros del grupo de investigación de Harvard una mañana de alegre sol en que fuimos paseando desde el Real Colegio Complutense hasta la Divinity. Me apuntaron, entre bromas y veras, que aquello quizá tenía un significado simbólico. Pues bien, cuál habrá sido mi sorpresa cuando leo en las páginas de un libro del profesor Harry Levin, el gran comparatista de Harvard, unas reflexiones semejantes a las mías. En este caso, como ocurre en la dedicatoria de Borges a Leopoldo Lugones, no puedo ocultar cierta vanidad confundida ya con la nostalgia de un mundo que he tenido que dejar atrás. Me refiero al libro titulado “Contexts of criticism”, publicado en 1957. En el libro puede encontrarse, entre otros trabajos de gran interés, un estudio que se titula intencionadamente “New frontiers in the humanities”. “Fronteras”, pero no “barreras”, es lo que quiere precisar el profesor Levin al hablarnos sobre los límites y las relaciones entre los saberes. Así piensan los buenos comparatistas. No me resisto a reproducir el texto inicial de este trabajo, lleno de gracia y de impresiones relativas, precisamente, al Divinity Hall: “Looking toward this highly propitious occasion, looking out of my study window in the general direction of Waltham, I might have looked to a source of inspiration which has quickened many an American scholar. It so happens that my house in Cambridge is no more than a stone`s throw from Divinity Hall, where Emerson delivered his famous address on that very theme – no less a theme than man himself, the whole man, thinking and acting in a world where nature and idea are at one, and where yesterday emerges into today. But if I were to throw a proverbial stone, it would crash against the plate-glass windows of the more modern Biological Laboratories, which impede my view of the old Emersonian structure by surrounding it on three sides. On the fourth side it is confronted and, of course, overshadowed by the Peabody Museum of Archaeology and the Agassiz Museums of Natural History. I sometimes wonder what Emerson, who was so fond of parables, would make of this object-lesson in containment, which outflanks and exhibits the fragile sell of his dream for humanity – and for the humanities – as if it were a fossil preserved from some prehistoric epoch. The missing link in that scientific quadrangle, a new botanical building, is now under construction; and, as a consequence, Divinity Avenue has become a dead-end street. I refrain from pursuing the further implications of that impasse all the more willingly because, at the moment, it seems to be under public litigation.” Este texto me ha devuelto a unos días cercanos, pero que ya son mi pasado, y a unas vivencias extraordinarias.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

martes, 11 de agosto de 2009

EL VIAJE SENTIMENTAL

Viajar, además de ser una fuente de aprendizaje y experiencias, supone una forma distinta de sentir y vivir. Un viaje no deja de ser una pequeña vida dentro de nuestra vida, algo que comienza y termina, aunque queda luego en nuestra conciencia como recuerdo. El viaje tiene un aspecto práctico, fundamental, que implica desde decidir un destino, un medio de transporte y un residencia temporal. Algunos blogs sobre viaje se centran fundamentalmente en estos aspectos y en un sinfín de datos prácticos cuyo conocimiento puede resultar útil y hasta vital. Pero el viaje no es sólo un conjunto de datos prácticos. En el siglo XVIII, Lawrence Sterne escribió una obra singular de gran tradición literaria. Se titula "El viaje sentimental" ("A sentimental journey"), y el autor quiso contar de una manera algo diferente su periplo por Francia e Italia. Ya se habían escrito muchos libros de viaje donde los autores contaban su experiencias y desvelos. Sin embargo, en este caso, Sterne nos contó sus sensaciones, su estado anímico ante lo que iba viendo. El hecho de contar qué sentimos cuándo llegamos a un lugar, nuestras impresiones subjetivas, puede hacer que el interés del relato quede invertido, y no importe tanto a dónde vamos como qué sentimos en un lugar, al margen de donde estemos. Cuando Marcel Proust llega a Venecia nos cuenta cómo el sol matutino que penetra a través de las persianas le recuerda al sol de su infancia en Normandía. Un viaje físico nos lleva, en sus evocaciones, a otro viaje más íntimo. Así es como hacemos que los nuevos lugares se vuelvan también nuestros. La literatura hace posible, asimismo, que a menudo algunos lugares hayan sido soñados por nosotros antes de recorrerlos, y que la novedad que suponen sea tan sólo física. Esto nos ocurrió con el Petersburgo de Ossip Mandelstam o de manera más reciente con el Boston de Henry James. En particular, la experiencia de recorrer la Perspectiva Bolshoi o Mount Vermon Street (en la fotografía) a partir de recuerdos literarios fue una manera de hacer de aquellos lugares algo único e irrepetible. No me basta con llegar tan sólo a un lugar, necesito que ese lugar transcienda, tenga una vida propia.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

domingo, 9 de agosto de 2009

MEMORIA LEJANA DE LA "EDAD DE PLATA". UNA ESPAÑA SOÑADA

Una exposición en el Museo Arqueológico de Alcalá de Henares y, sobre todo, la actual exhibición de los grandes cuadros de Sorolla en el Museo del Prado han hecho de la Hispanic Society of America una referencia de primer orden en la vida cultural madrileña. Cuando María José Barrios y yo fuimos a Alcalá para admirar la exposición sobre piezas arqueológicas, sentimos que ya era un destino ineludible la posible visita a esta institución mítica que desde los Estados Unidos soñó la cultura española. Hoy lo hemos conseguido, y no nos ha decepcionado. Vicente, un madrileño que atiende la pequeña tienda en la sala principal del museo, nos ha mostrado algunos libros en venta verdaderamente tentadores. No me he resistido a la adquisición del catálogo publicado precisamente en 1938. Parece mentira, pero todavía se venden allí impresos de los años 30. Es como si nos hubieran estado esperando, pacientemente, al margen de cualquier otra cosa que hubiera pasado entre tanto. El catálogo, titulado "The Hispanic Society of America Handbook ", publicado en Nueva York, es digno de cualquier Fondo Antiguo. Sólo vale quince dólares llevarse este pedacito de belleza que evoca tanto una época pasada como un país lejano. He explicado a Vicente cuánto me gustan los libros editados en la llamada Edad de Plata de la Cultura Española. De hecho, también se venden allí otros pequeños ejemplares temáticos, como uno dedicado a Zuloaga o a la "Modern Talavera Pottery". Tiempo y espacio se combinan, pues, en una sutil mezcla, pues a la lejanía espacial de España hay que sumar la propia lejanía temporal de una época que ya queda entrevista en un pasado mítico, en un paradigma histórico. Archer M. Huntington creó en 1904 este paraíso cultural del hispanismo. La colección es impresionante, pues reúne desde piezas arqueológicas hasta espléndidos cuadros del Siglo de Oro de la pintura española. Asimismo, Sorolla, que podemos considerar como uno de los grandes pintores de la "Edad de Plata", pintó los famosos y monumentales cuadros dedicados a los distintos pueblos de España que hoy día son ya un icono de la pintura de la época. Me ha resultado muy gratificante encontrar en el catálogo de 1938 la constancia de tales cuadros, entre el resto de tesoros que guarda esta benemérita institución. Este es el sueño, pues, de una España que probablemente nunca fue y que, sobe todo, jamás tendría la posibilidad de ser como fue soñada. El año 38 ya es terrible de por sí si echamos un vistazo a la Historia. España ya estaba inmersa en una guerra, y el mundo se disponía a caer en su particular infierno. Pero el Handbook de la Hispanic Society ha esperado nuestra llegada pacientemente, como si nada hubiera pasado entretanto. Hoy, María José y yo hemos tenido la suerte de caminar en las lindes del tiempo.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.