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jueves, 30 de julio de 2009

EL DOBLE EN SU LABERINTO


Algunas personas llenas de ilusión han logrado sacar a la luz el segundo número de la Revista Nostromo, que se edita en la Universidad Nacional Autónoma de México. Es una revista dedicada al apasionante tema de la política y la literatura hispanoamericana, muy cuidadosamente editada, además de interesante. Entre las personas que han hecho posible este pequeño-gran milagro editorial destacaré a Edgar Adrián Mora, de nombre tan literario como el de la propia revista Nostromo. Hace ya unos meses, los editores de Nostromo me invitaron a contribuir con un ensayo. Elegí un tema que me apasiona, el del doble. Esta vez lo he analizado desde la óptica de una singular novela, Amphytrion, escrita por un autor mexicano, Ignacio Padilla. Se le adscribe a la llamada generación del Crack. En particular, la obra de Padilla titulada Amphytrion fue publicada por España Calpe en 2000. Su relectura el verano pasado me ha abierto nuevas puertas para entender mejor el tema del doble, sobre todo tras haber publicado con María Jesús Pérez Ibáñez otro trabajo dedicado a la novela de Saramago titulada El hombre duplicado. Asimismo, durante el verano de 2008, mientras redactaba este ensayo, reapareció aquel siniestro dictador de la República Servia: Karadzic. Sin embargo, su aspecto era ahora muy distinto, y realmente parecía otro. Esto me hizo recordar, como nos cuenta un genial escritor ruso, que sólo las malas personas pueden tener este tipo de dobleces. Voy a permitirme reproducir el comienzo de mi trabajo sobre el Doble en su laberinto, publicado en el número 2 de Nostromo, como pequeño botón de muestra de lo que quiero decir:

Cuando escribo estas líneas veo en la prensa una fotografía de Radovan Karadzic, el sanguinario presidente de la República Serbia entre 1992 y 1996. Su rostro está cubierto por una poblada barba blanca que lo hace difícilmente reconocible y tiene un inquietante aspecto de santón. El criminal de guerra había adoptado una identidad falsa y se dedicaba a la medicina alternativa. La realidad supera la ficción constantemente. Tras los genocidios, los verdugos adoptan nuevas identidades y procuran ser otros para sobrevivir. De igual manera, tras la Segunda Guerra Mundial, el criminal de guerra nazi Adolf Eichmann huyó de Austria y marchó a Argentina, donde vivió bajo el nombre de Ricardo Klement. No fue desenmascarado hasta 1960, cuando agentes del servicio de seguridad hebreo lo capturaron y trasladaron a Jerusalén para su posterior enjuiciamiento y ejecución. Karadzic o Eichmann representan una de las dimensiones más escalofriantes de lo que venimos en llamar el tema del doble: la relación de la duplicidad con el mal. Como diría Fiodor Dostoyevski en su fundamental novela titulada El doble, sólo son dúplices los malvados.
El tema del doble constituye uno de esos aspectos esenciales de nuestra cultura y creación literaria desde el testimonio más antiguo, la comedia Anfitrión, del comediógrafo latino Plauto. La vieja historia de Júpiter que, ayudado por otro dios, Mercurio, suplanta al general tebano Anfitrión, ausente por la guerra, para poder pasar una larga noche con su legítima esposa, Alcmena, supone uno de los argumentos más recreados de la literatura de Occidente. Es una comedia donde todo parece duplicarse: el propio nombre del protagonista, ambiguamente llamado Anfi-trión, el género de la obra, que, no conforme con ser comedia o tragedia, se vuelve tragicomedia, o los propios suplantadores, nada menos que dos dioses, que ocupan el lugar de Anfitrión y su criado Sosia. Al final de la obra, Alcmena da a luz dos niños, concebidos de su legítimo esposo y del dios. El del dios será Hércules. La comedia plautina supone el horizonte imprescindible de cualquier nueva obra que se escriba sobre el doble. Algunos de sus elementos, como la importancia del nombre propio como dispensador de identidad, el papel que tiene el vestido como disfraz para poder ser “el otro”, el peso específico de los personajes femeninos, víctimas del engaño, la aparición de la noche como tiempo de suplantaciones y la plasmación del espacio literario, donde el suplantador queda dentro y el suplantado fuera, se van repitiendo con audaces variaciones.
Cuando un escritor moderno vuelve a plantear el tema del doble debe ser consciente de que sus lectores pueden pensar en las obras que le han precedido. Cada nueva historia es, como diría Juan José Arreola en un famoso cuento, una nueva versión del parto de los montes. El asunto ha sido tratado una y otra vez en la literatura y en el cine. No puedo ofrecer aquí una lista interminable de obras, pero sí debo recordar algunas imprescindibles, como ciertos relatos de Borges (“Borges y yo”, o “El otro”) y algunas novelas sobre el tema escritas a comienzos del siglo XX, en especial El Gólem, de Gustav Meyrink1, heredera de la tradición romántica del siglo XIX, que nos ha dejado la novelita titulada El haya de los judíos, de Annette von Droste-Hülshoff, la fundamental El doble, de Fiodor Dostoyevski, y atrevidos desarrollos del tema en autores como Oscar Wilde, Edgar Allan Poe y Robert Louis Stevenson. Antes del romanticismo, verdadero hito en la explicación del desarrollo literario del tema, están los cultivadores de la tradición más clásica, como Molière o Shakespeare, y al final de este camino inverso nos queda el Amphitruo de Plauto. Mis dos lecturas más recientes sobre este tema son El hombre duplicado (Madrid, Alfaguara, 2003), de José Saramago, y Amphitryon (Madrid, Espasa-Calpe, 2000), de Ignacio Padilla. Ninguna de las dos me ha defraudado, sobre todo al leerlas desde el prisma del texto plautino. Esta lectura tan particular no implica, en todo caso, una relación servil de estos autores modernos con respecto al texto primigenio, más bien son ellos los que hacen que ese primer texto cambie y se reafirme con la llegada de los nuevos aportes. En este punto, hace años formulé una manera algo distinta de plantear las relaciones entre los autores antiguos y modernos del siglo XX. Propuse una relación múltiple entre ambos, más allá de los consabidos modelos de influencia o imitación, cuyas relaciones imprevistas daban lugar a una suerte de contrahistoria de la literatura que denomino «encuentros complejos». Ignacio Padilla dialoga o plantea un encuentro complejo con muchas de las obras fundamentales que constituyen el tema del doble.