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domingo, 11 de octubre de 2009

LA AUTORIDAD QUE LLEGA A TRAVÉS DEL RECUERDO

Quizá una de las peores cosas que tiene la juventud, frente a la lista interminable de sus ventajas, es la ignorancia y la osadía. A menudo, sólo la experiencia logra poner en su justo lugar a algunas personas que no fuimos capaces de reconocer en toda su dimensión cuando compartimos con ellas un momento de nuestra vida. Esta enseñanza es la que podemos extraer del recuerdo de un profesor de latín en el que he pensado mucho durante estos últimos días, ahora que tanto se discute a propósito de la autoridad de los profesores. Andrés García de Barga (1887-1974), más conocido por su pseudónimo «Corpus Barga», nos ha dejado un interesante recuerdo de un profesor de latín, de carácter laico y perteneciente a un colegio con ciertas afinidades a la Institución Libre de Enseñanza. Lo encontramos en uno de sus tomos de memorias, escritos a partir de los años sesenta, al hablar de su profesor, don Rufino Lanchetas. Este hecho permite a Corpus Barga reconsiderar su primera impresión del profesor, del que como adolescente sólo recuerda algunas anécdotas algo histriónicas:

"Nuestro colegio no era de curas, como se decía de los religiosos, sino de profesores laicos, algunos de los cuales fueron lo que no se llamaba aún intelectuales. La entrada en el bachillerato se hacía con solemnidad pasando por debajo del arco romano; el primero (el primer año) de latín venía a ser en los estudios como la primera novia en los placeres y el primer frac en la vida social, algo por lo que no había más remedio que pasar, indispensable y engorroso. «El que no sabe latín no puede tener buen fin», se sentenciaba todavía. De nuestra clase todos debíamos acabar mal, porque ninguno lo llegó a aprender; nuestro profesor, creo que sólo lo fue durante un año, era el latinista don Rufino Lanchetas, del que nos reíamos por su nombre y porque los días fríos se liaba la capa a las piernas, como si fuese una manta, a partir de su abultada barriga, lo mismo que los cocheros para sentarse en el pescante, y porque así enrollado y sentado nos explicaba acompañándose con la mímica, no sé qué tragedia de la antigüedad y hacía el gesto que él suponía en el actor al exclamar: «¡Míralos, míralos cómo huyen!» Luego he sabido que don Rufino Lanchetas fue un temido compañero de oposiciones de Unamuno y he oído hablar de él con respeto y cariño a don Ramón Menéndez Pidal (...)" («Corpus Barga», Los pasos contados II. Puerilidades burguesas, Barcelona, Bruguera, 1985, pp.55-56)

Nos encontramos ante un profesor laico y de bachillerato. Este profesor, Rufino Lanchetas, participó en unas oposiciones a la cátedra de Filología Comparada del Latín y del Castellano de la Universidad de Madrid en 1899, junto con Menéndez Pidal, quien en sus memorias recuerda el temor compartido con el anterior de que Unamuno se decidiese finalmente a participar. Del mero recuerdo infantil, el autor tan sólo recuerda algunos rasgos histriónicos, tales como enrollarse la capa en los días fríos, así como por sus discutibles dotes de actor. Es significativo que el profesor, además de ser citado por su nombre, algo que parecía suscitar la risa de los alumnos, sea presentado como "el latinista don Rufino Lanchetas", digno homenaje a la figura intelectual que el entonces niño no pudo reconocer. Es, por otra parte, muy interesante la calificación de "intelectuales" que el autor da a algunos de sus profesores, así como Clarín o Menéndez Pelayo no dudaba en calificar de "humanista" a Alfredo Adolfo Camús. La impresión general no es negativa, salvo en lo que respecta a que el latín tuviera que ser obligatorio en el primer año de bachillerato; en cuando a la pedagogía del profesor, observamos que éste ofrece ciertos ademanes histriónicos que sirvieron de muy poco, ya que ningún alumno, en opinión del autor, aprendió latín.

(en la ilustración R. Magritte, El maestro de escuela, 1954. Ginebra, colección privada)

Francisco García Jurado
H.L..G.E.