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sábado, 23 de marzo de 2013

La Eneida "perfecta" de Jorge Luis Borges


Cuando escribí el libro titulado "Borges, autor de la Eneida", me encontré con un mundo sorprendente de imágenes y símbolos. Poder leer la Eneida virgiliana desde el universo borgiano es una experiencia irrepetible. Lo que voy a contar a continuación no es más que un ejemplo, pero un ejemplo notable. Un libro como la Eneida puede convertirse en la sustancia de una ficción donde intervienen factores tales como la lógica o lo onírico. Gracias a ciertas y puntuales reflexiones de Leibniz acerca del bien y del mal, así como de Spinoza cuando configura su terrible hombre del Leviatán, Borges imagina una Eneida perfecta en un laberinto de espejos. La perfección como argumento lógico ofrece una perspectiva inusitada para tratar de comprender la composición de la verosímil Eneida de Borges. Esta perfección debe mucho, pues, al filósofo Leibniz, quien, al igual que el matemático Fermat, conocía de memoria el poema de Virgilio. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
El texto de Borges es, como siempre, breve y sumamente intenso:

“Hay un argumento, muy elegante pero muy falso, de Leibniz, para defender la existencia del mal. Imaginemos dos bibliotecas. La primera está hecha de mil ejemplares de la Eneida, que se supone un libro perfecto y que acaso lo es. La otra contiene mil libros de valor heterogéneo y uno de ellos es la Eneida. ¿Cuál de las dos es superior? Evidentemente, la segunda. Leibniz llega a la conclusión de que el mal es necesario para la variedad del mundo.”

(“La cábala”, en Siete noches [O.C. III, p. 273])

Sólo en el caso hipotético de que la Eneida sea calificada de “libro perfecto” cabría establecer, a tenor de lo que el propio Borges dice unas páginas antes, una triple categoría entre “libro clásico”, “libro sagrado” y “libro perfecto”:

“Las diversas y a veces contradictorias doctrinas que llevan el nombre de la cábala proceden de un concepto del todo ajeno a nuestra mente occidental, el de un libro sagrado. Se dirá que tenemos un concepto análogo: el de un libro clásico. Creo que me será fácil demostrar, con ayuda de Oswald Spengler y su libro Der Untergang des Abendlandes, La decadencia de Occidente, que ambos conceptos son distintos.

(...) Los griegos consideraban obras clásicas a la Ilíada y a la Odisea; Alejandro, según informa Plutarco, tenía siempre, debajo de su almohada, la Ilíada y su espada, los dos símbolos de su destino de guerrero. Sin embargo, a ningún griego se le ocurrió que la Ilíada fuera perfecta palabra por palabra. (...) La Ilíada era un libro eminente, se lo consideraba un ápice de la poesía, pero no se creía que cada palabra, que cada hexámetro fueran inevitablemente admirables. Ello corresponde a otro concepto.

Dice Horacio: «A veces, el buen Homero se queda dormido.» Nadie diría que, a veces, el buen Espíritu Santo se queda dormido.”

(“La cábala”, en Siete noches [O.C. III, p. 267])

De tal forma, un libro sagrado vendría a ser aquel en el que no cabe ningún tipo de error, algo que sí puede ser admisible para un libro clásico (aliquando bonus dormitat Homerus). En un caso, el pensamiento religioso justificaría el carácter sagrado, mientras que en el otro, más bien, sería el culto a la tradición y los cánones. El libro perfecto, por su parte, si bien puede ser también sagrado y clásico, participa, no obstante, de unas características propias, ideales, relativas al mundo posible de la lógica. Es desde esta perspectiva desde la que podría pensarse en una Eneida concebida no tanto como objeto material y limitado, sino desde la impecable lógica de Leibniz. Si la Eneida es perfecta (hablamos, lo repetimos, de una mera condición hipotética), sus libros deben participar de esa misma perfección, al tiempo que los versos que componen esos libros también, así como las palabras que componen tales versos. De esta forma, las citas o las palabras de la Eneida que antes hemos revisado no serían fragmentos o meras citas, sino unidades menores de esa perfección, a la manera de mónadas o átomos que pueden recombinarse. De esta forma, las palabras esenciales, como “sombra” o “lento”, constituyen los versos, como “lento en la sombra”, que a su vez dan lugar a los doce cantos. Los cantos crean el libro que, a su vez, es susceptible de crear una biblioteca que muy bien podría corresponderse con la que Leibniz imagina.
En el libro irrepetible titulado Nueve ensayos dantescos, nos encontramos con una referencia a la figura de la Fama, monstrum horrendum, que aparece en el libro cuarto de la Eneida. Lo más sorprendente es la comparación del monstrum horrendum ingens (Aen. 4, 181) con el monstruo de Hobbes:

“Literariamente ¿Qué podría rendir la noción de un ser compuesto de otros seres, de un pájaro (digamos) hecho de pájaros? El problema, así formulado, sólo parece consentir soluciones triviales, cuando no activamente desagradables. Diríase que lo agota el monstrum horrendum ingens, numeroso de plumas, ojos, lenguas y oídos, que personifican la Fama (mejor dicho, el Escándalo o el Rumor) en la cuarta Eneida, o aquel extraño rey hecho de hombres que llena el frontispicio del Leviatán, armado con la espada y el báculo.”

(Nueve ensayos dantestos [O.C. III, p. 366])

En nota, se añade una nueva relación que nos devuelve otra vez a Leibniz:

“Análogamente, en la Monadología (1714), de Leibniz, se lee que el universo está hecho de ínfimos universos que a su vez contienen el universo, y así hasta el infinito.”

De esta forma, cabe ver una concatenación de seres creados por otros seres, Fama y Leviatán, explicables de manera análoga por la monadología. Leer la descripción que de la Fama hace Virgilio desde esta inusitada óptica es un ejercicio necesario:

Monstrum horrendum, ingens, cui quod sunt corpore plumae
tot vigiles oculi subter (mirabile dictu),
tot linguae, totidem ora sonant, tot subrigit aures

(Verg. Aen. 4, 181-183)

“vestiglo horrendo, enorme; cada pluma
cubre, oh portento, un ojo en vela siempre,
con otras trantas bocas lenguaraces
y oídos siempre alertos”

(trad. de Espinosa Pólit)

Pero también sorprende la, en apariencia, inocente referencia al libro cuarto de la Eneida en términos de “cuarta Eneida”, que recuerda, en un hábil y muy falaz juego de palabras, a la Cuarta Enéada de Plotino. En todo caso, la monadología de Leibniz, el Leviatán de Hobbes y la Cuarta Enéada, la de Plotino, tienen en común el problema de la conformación de la realidad a partir de unidades menores. Podríamos entender que la Eneida, la cuarta, la primera, la enésima, se construye (¿se construyen?) de una forma parecida. Así las cosas, las “palabras esenciales” originan los versos, éstos los cantos y, finalmente, los cantos configuran la Eneida, o quizá las Eneidas que dan cuenta de la biblioteca perfecta de Leibniz.
La perfección se convierte así en un inquietante a priori. Francisco García Jurado. H.L.G.E.