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martes, 3 de noviembre de 2009

FRANCISCO AYALA, IN MEMORIAM


No ha llegado a su centésimo cuarto cumpleaños, pero la vida ha sido generosa con él, convirtiéndolo en una biografía meridiano, una de esas vidas que atraviesan como flechas diferentes periodos de tiempo. Ofrezco, lacónicamente, una parte del prólogo que escribí para el libro de Inmaculada López Calahorro, Francisco Ayala y el mundo clásico, publicado por la Universidad de Granada:

"Dos libros sobre Ayala que hay en mi biblioteca marcan el tiempo inmediatamente anterior al año 75 y el tiempo posterior. El primero, publicado por la editorial Novelas y Cuentos, recoge una selección de sus relatos. Está publicado en 1972. El segundo es la edición en Espasa Calpe de El tiempo y yo y El jardín de las delicias. Está publicado en 1978 y supone, la vuelta de Ayala a la literatura española no ya como autor del exilio, sino como autor español, a secas. Curiosamente el tiempo, al pasar, unifica, borra fronteras. Separar ambos libros será sólo un empeño histórico con el irremediable paso de los años. La historia española está construida a partir de inmensas discontinuidades, como diría Claudio Guillén. Y fue precisamente en ese ejemplar de El tiempo y yo donde tuve la grata experiencia de la prosa miscelánea de Ayala, una dimensión compartida con otros escritores de su tiempo, como el catalán Joan Perucho. La miscelánea es un fenómeno antiguo, se trata de una exposición ajena a los sistemas, a los esquemas, que aspira a una reconstrucción ulterior, a cargo del lector, del aparente desorden. Es materia de gran interés cómo las cosas intrascendentes de cada día se convierten en materia solemne, duradera, gracias al uso de textos clásicos, especialmente los de Plinio, Tácito o Apuleyo. El afán de conferir trascendencia a una noticia anclada en la actualidad inmediata es un hábil juego con el tiempo, casi un anhelo. Ayala penetra en el concepto de fama a través de las reflexiones que sobre ella, como afán vital, hace Plinio el Joven. El autor latino convierte este afán de fama en un acto de nobleza, no de vanidad, en un propósito legítimo. La trascendencia de los hechos asegura, al fin y al cabo, su permanencia en el tiempo. Recuerdo que González Iglesias ha cantado las hazañas de los atletas españoles en Atlanta, pues sus empeños humanos no podían quedar reducidos a la hueca narración de la prosa deportiva. Para ello escribió, como Píndaro, unas nuevas Olímpicas.

Ahora es tiempo de terminar. Al cabo de los años aspiramos a conservar vivos los mejores recuerdos de nuestra vida. Veo mientras escribo estas líneas una foto de Ayala junto al cuadro Nuestro jardín, el que pintara su madre antes de casarse. Una niña mira ensimismada, tras dejar el aro en el suelo, lo que hay dentro del estanque rodeado de flores. Es ya una mirada eterna."

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

1 comentario:

antonia dijo...

Según el decía, el secreto para conservarse lúcido es "el no perder el interes...". Él si que es para muchos como para mi un modelo a seguir. Descanse en paz