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jueves, 7 de febrero de 2013

Elogio de los prólogos

En otro tiempo, el del comediógrafo latino Terencio, el prólogo era un actor que daba comienzo a la obra teatral. Luego le sustituyó el telón y el prólogo pasó a ser un texto. Los prólogos, curiosamente, despiertan filias y fobias. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Cierta condesa española declaraba en 1993 que no terminaba jamás su tesis doctoral, dedicada precisamente a los prólogos españoles del siglo XVII, por culpa de la belleza de los libros que manejaba. Por el contrario, Camilo José Cela puso ciertas reservas a la hora de nombrar académico al Duque de Alba, aduciendo que la persona en cuestión tan sólo había escrito prólogos. Amamos o despreciamos a los prólogos, probablemente por causas poco claras. En el primer caso, porque se trata de textos dialogantes que a menudo nos muestran circunstancias del libro, pormenores que quizás sean los que luego mejor recordaremos. En el segundo caso, hay quien desprecia los prólogos porque le parecen textos accesorios y prescindibles. Sin embargo, rompo aquí una lanza a favor de ellos, pues estos pequeños documentos que abren las obras dicen a menudo más de lo que nos imaginamos. El prólogo, más allá de las convenciones que le imponga su época, revela a menudo claves para la lectura. Hoy me he ido a la Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense para copiar el prólogo de la famosa traducción del historiador latino Salustio que Ibarra publicó en 1772. Es un prólogo muy representativo de su momento y, además, pretende esconder la autoría de quien supuestamente lo escribe en un también supuesto acto de humildad. La traducción de este Salustio se atribuye al impar Infante don Gabriel de Borbón, del que ya he tenido ocasión de hablar en otro blog. Sin nombrarse a sí mismo, el infante escribe en primera persona y luego se refiere, también de manera implícita, a su preceptor Pérez Bayer, que escribió para él un tratado sobre las letras fenicias. Todo el libro responde a una operación de propaganda, al crear un personaje, un infante de España, capaz de dar a las prensas semejante traducción. Un príncipe que encarna lo mejor de la Ilustración carolina. Averiguar dónde comienza el personaje y dónde la persona real sería cuestión compleja. Creo, más bien, que a la creación del personaje han contribuido varias personas, incluido el editor. Sin más reflexiones, os dejo con este magnífico prólogo que transcribo aquí en su grafía del siglo XVIII:

"Mi intento en esta traduccion es, que puedan los Españoles sin el socorro de la Lengua Latina, leer y entender sin tropiezo las obras de Cayo Salustio Crispo. Su hermosura, sus gracias y perfeccion han dado en todos los tiempos que admirar a los Sabios, los quales a una voz le han declarado por el principe de los Historiadores Romanos. Ninguno de ellos es tan grave y sublime en las sentencias: tan noble, tan numeroso, tan breve, y al mismo tiempo tan claro en la expresión. En él tienen las palabras todo el vigor y la fuerza que se les puede dar; y en su boca parece que significan mas que en la de otros Escritores: tan justa es la colocacion, y tan proprio el uso que hace de ellas. Aun por esto son casi inimitables sus primores; y no es menos dificil conservarlos en una traduccion. Pero si en algun Idioma puede hacerse, es en el Español. A la verdad nuestra lengua, por su gravedad y nervio, es capaz de explicar con decoro y energia los mas grandes pensamientos. Es rica, harmoniosa y dulce: se acomoda sin violencia al giro de frases y palabras de la Latina: admite su brevedad y concisión; y se acerca mas a ella que otra alguna de las vulgares. Bien conocieron esto los Sabios estrageros que juzgaron desapasionadamente; y aun huvo entre ellos quien la vindicó de cierta hinchazon y fasto, que algunos le han querido injustamente atribuir. Por otra parte los genios Españoles aman de suyo lo sublime, y no se contentan con la mediania; y asi nuestros Escritores de mayor credito se propusieron imitar a Salustio, con preferencia a Cesar, Nepote, Livio, y demas Historiadores Latinos; como se echa de ver en D. Diego de Mendoza, Juan de Mariana, D. Carlos Coloma, D. Antonio Solís, y otros. Pedro Chacon y Geronimo Zurita le ilustraron con eruditas notas. Y cuando todavia los Griegos no havian renovado en el Occidente el buen gusto de la Literatura, ya entre nosotros Vasco de Guzman, a ruego del celebre Fernan Perez de Guzman Señor de Batres, habia hecho la traduccion Española de este Autor, que cito algunas veces en mis Notas, y se halla manuscrita en la Real Biblioteca del Escurial: obra verdaderamente grande para aquellos tiempos, y de que no tuvo noticia D. Nicolas Antonio. De ella desciende la que en el año 1529 publicò el Maestro Francisco Vidal y Noya: el qual, especialmente en el Yugurta, apenas hizo otra cosa, que copiar a este Autor, aunque no le nombra. Otra hizo Manuel Sueiro, que se imprimio en Amberes en el año 1615. Y es bien de notar la estimacion con que se recibieron en España esta traducciones: pues la del Maestro Vidal y Noya, o bien se llame de Vasco de Guzman, se imprimio tres veces en poco mas de treinta años. La desgracia es, que ninguna de ellas se hiciese en el tiempo en que florecio mas nuestra Literatura, y en que por la misma razon se cultivò tambien la Lengua con mayor cuidado. Realmente todas desmerecen cotejadas con el original, y distan mucho de aquel decir nervioso preciso que caracteriza al Autor. Esto me ha movido a emprender de nuevo el mismo trabajo; y a experimentar si podría hacerse una traduccion mas digna de la Lengua Española, y que se acercáse mas a la grandeza del Escritor Romano. Para ello, en quanto al estilo y frase, me he propuesto seguir las huellas de nuestros Escritores del Siglo XVI, reconocidos generalmente por maestros de la Lengua; y evitar con la atencion posible las expresiones y vocablos de otros Idiomas, que muchos usan sin necesidad; no debiendo esto hacerse, sino quando en Español no se halla su equivalente, o no puede explicarse con propiedad y energia lo que se intenta declarar. Tal vez porque huyo este escollo, havrá quien diga que doi en el opuesto; y que en mi traduccion uso afecadamente alguna voz Española ya antiquada. Si se creyese afectacion, la misma notaron muchos en Salustio respecto de las voces Latinas. Y ojala que con esto abriera yo camino a nuestros Escritores, amantes de la riqueza y propiedad de su Lengua, para que hiciesen lo mismo, y poco a poco le restituyesen aquella su nobleza y magestad que tuvo en sus mejores tiempos. No puede verse sin dolor, que se dexen cada dia de usar en España muchas palabras proprias, energicas, sonoras, y de una gravedad inimitable; y que se admitan en su lugar otras, que ni por su origen, ni por la analogia, ni por la fuerza, ni por el sonido, ni por el numero son recomendables; ni tienen mas gracia que la novedad.
Para mayor exactitud en la traduccion, he procurado seguir no solo la letra, sino también el orden de las palabras, y la economia y distribución de los periodos: dividiendolos como Salustio los divide, en quanto lo permite el sentido de la oracion, y el genio del Idioma. De suerte que en muchos de ellos, si se cotejan, se hallarà la misma estructura, y los mismos apoyos y descansos con que se sostiene y suaviza la pronunciacion.
Reconociendo quan dificil es hallar un texto puro de Salustio, he escogido una Edicion acreditada, qual es la de los Elzevirios de Leyden del año 1634; y la he seguido sino en uno y otro lugar, en que manifiestamente està viciada. El Indice de todos puede verse al fin, y en las Notas los motivos por que me aparto de ella, fundado en la autoridad dos Codices de la Real Biblioteca del Escurial, de otro de mi Estudio, y de varias Ediciones antiguas, especialmente de una del año 1475, sin nombre de Impresor, ni de Lugar.
Al fin he añadido algunas Notas, que me han parecido oportunas. En ellas no he querido acumular erudicion, sino dar luz para la mejor inteligencia de varios lugares. Donde he visto que hai dificultad en el texto, he procurado aclararla; y si me ha sido posible, con el mismo Salustio, que seguramente es su mejor interprete: quando no, con sus coetaneos Cesar, Ciceron, Nepote; o con los que mas se acercaron a su tiempo, Livio, Valerio Maximo, Paterculo, Asconio, Plinio el mayor, Tacito, Floro, Suetonio, y otros. En su defecto me ha sido preciso recurrir a los siglos posteriores.
En la Nota 103. sobre el Jugurta, en que se habla de la Lengua de los Leptitanos, viendo que lo que podria decirse para ilustracion de este Lugar de Salustio pedia mayor campo; y que contribuiria mucho a ella, la explicacion de algunas monedas de los Fenices, y de sus antiguas Colonias en España: dispuse por sugeto de mi satisfaccion, y versado en esta Literatura, se tratáse con alguna extension el punto. Y haviendo examinado su escrito, he creido que convendria imprimirlo a continuacion de mis Notas."

Francisco García Jurado
H.L.G.E.