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miércoles, 17 de marzo de 2010

FRANCISCO AYALA, BORGES Y LOS DOS PLINIOS


Conviene recordar[1] constantemente a nuestros alumnos y a nuestros amigos (a veces unos y otros terminan coincidiendo) que la literatura existe para que nuestra existencia sea algo mejor de lo que es, para que la lectura se convierta en una poderosa razón ante la vida y para que hagamos propias experiencias ajenas por medio de la alquimia que supone la narración o la evocación. Regreso así a una sensación remota, la sensación de los libros, al principio mudos, que pueblan las casas de nuestra infancia, y que terminan hablándonos, poco a poco, hasta volverse patrimonio de nuestro recuerdo, testimonio de nuestro propio paso por la tierra. Por Francisco García Jurado

Hay libros que nos acompañan fielmente en el mundo, y a menudo esto ocurre al margen de las bibliotecas. No puedo de dejar de evocar a mi abuelo, andaluz, autodidacto y anarquista, cuando leo a Francisco Ayala. Por mi abuelo, por Antonio Jurado (cordobés y infatigable lector) conocí los primeros clásicos, antiguos y modernos. Homero, Herodoto, Longo de Lesbos, Virgilio, Séneca, Horacio y, sobre todo, Lucrecio y los presocráticos. Un canon no improvisado de autores, hecho de libros que no estaban en los anaqueles vetustos, sino en los bolsillos, en las manos sabias, cinceladas a golpe de experiencia, en el amor sin fronteras por la vida y el saber. Aquella relación con los clásicos es la que vuelvo a encontrar en la prosa de Francisco Ayala. Pero esta pasión corre a veces el peligro de atenuarse. De hecho, la universidad me alejó después de ese afán vitalista y humano por tales lecturas. Allí aprendí, sobre todo, las sutiles –y no tan sutiles- formas de poder que hay en su seno. La universidad, como la política, está sobrada de una actitud que la cultura romana denominó con agudeza Potestas. Este es un viejo concepto que hoy cabría traducir con la gama léxica que va desde la palabra “poder” a la de “despotismo”. El buen ejercicio de la Potestas requeriría de una condición que cada vez es más rara en quienes la ejercen, precisamente la Auctoritas. Difícilmente puede entenderse la dimensión de este concepto si sólo lo transcribimos como “autoridad”, pues tiene que ver con nociones tan profundas como la de ofrecer garantía y confianza a los demás o servir de modelo, de inapelable ejemplo. Pues bien, en este sentido los clásicos constituyen un profundo alegato contra los usurpadores, que siempre están al acecho. En la actual república literaria, que no deja de ser una ingeniosa metáfora social y política para el mundo de los libros, sobra también mucha Potestas y falta en demasía la Autoritas. Esta es la dimensión profunda, ética, de esos clásicos que reconozco ya desde mi infancia, junto a mi abuelo, o en la prosa de Francisco Ayala. Como observa Inmaculada López, ciertas lecturas, ciertos encuentros con clásicos han recorrido la intensa vida de Ayala, sus diferentes etapas literarias, primero en España, luego en América y después, de nuevo, en el país de origen. El tiempo y mi carácter me han llevado a estudiar una forma de historia no académica en la que Inmaculada coincide conmigo o, más bien, yo coincido con ella: una relación de abierto diálogo. La relación de Ayala con ciertos clásicos es comparable a la de su admirado Jorge Luis Borges. Recuerdo ahora la lectura lúcida que Ayala hace de uno de los cuentos más logrados del autor argentino, precisamente “El Aleph”. David Viñas glosa y pondera esta lectura que Ayala hace de Borges en un impar trabajo[2]. Cabe imaginar a Ayala recorriendo las páginas de este cuento que tanto tiene de Dante, de Poe o de Schwob. Y quiero imaginar el momento irrepetible en el que Ayala llegó al descenso del narrador al paraíso-infierno del misterioso Aleph, donde cabe encontrar la razón última de todas las cosas en una enumeración caótica: “(…) vi una quinta de Androgué, un ejemplar de la primera edición inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (…)”. Como señala David Viñas, Ayala nos habla de una “erudición imaginativa” que convierte esta referencias, ciegas para los que estamos sometidos a la barbarie del presente, en imprevistos cauces de la tradición clásica y cultural. La caótica enumeración en el Aleph no me impide entresacar de ella el volumen impar de la Naturalis historia de Plinio el Viejo, el mismo que lee Funes el Memorioso cuando aprende latín en una noche y que Italo Calvino comenta con pasión en su libro titulado Por qué leer los clásicos: es el volumen VII, el que concierne a los seres humanos. Será otro Plinio, el apodado “el Joven”, quien pueble muchos de los escritos y citas de Francisco Ayala, en especial cuando nos hable sobre el ansia de fama y eternidad. No, estos clásicos no son lecturas o citas ajenas a la sustancia literaria de nuestros autores. No se lleven a engaño. Si los lectores no somos capaces ya de saber quiénes fueron tales Plinios habremos perdido una importante herramienta de comprensión, pero sobre todo habremos olvidado en el bolsillo trasero de la biblioteca una pequeña llave para saber quiénes somos en realidad. Lo mismo nos ocurrirá si no somos capaces de reconocer la importancia simbólica del laberinto minoico y su minotauro en la literatura y las artes plásticas del siglo XX. Cuando Ayala escribe su cuento “El hechizado” y lo publica en Buenos Aires en 1944 ya ha logrado convertir a Borges en su lector. Creo que todos los que escribimos hoy día bajo el mando borgesiano nos movemos en esa mezcla de vanidad y nostalgia que supone imaginar lo que el propio Borges pensaría de aquello que creamos pensando en él.
[1] Reflexiones en torno al libro de Inmaculada López Calahorro, Francisco Ayala y el mundo clásico, Granada, Ediciones Universidad de Granada, 2008.
[2] David Viñas Piquer, “Hechizado por El Aleph: Ayala, lector de Borges; Borges, lector de Ayala”, en Antonio Sánchez Trigueros y Manuel Ángel Vázquez Medel (eds.), Francisco Ayala y América, Sevilla, Alfar, 2006, pp. 39-54.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.