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sábado, 16 de julio de 2011

Xiam y la infancia: sensaciones y recuerdos de un paseo por la muralla

Las fotografías esconden a menudo pequeñas historias, circunstancias que no pueden recogerse, naturalmente, en una instantánea muda. Quizá sea ésta una buena ocasión para evocar algunos recorridos y sensaciones propias de un viaje sentimental (Sterne). Este es el caso de un paseo por la antigua muralla de la ciudad china de Xiam, que me devolvió queridas sensaciones de la infancia. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE


Un gran retraso aéreo en el aeropuerto de Beijing (el "Pekín" de otros tiempos) hizo que la llegada a Xiam fuera ya casi de madrugada. Todo estaba realmente oscuro, y apenas se veía a nadie por las pocas calles que podían adivinarse desde el viejo autobús que nos recogió en el aeropuerto. Pero la mañana trajo una luz incleíble, quizá lo que más me llamó la atención de Xiam. Este es un destino hoy día obligado para los turistas que recorren China, especialmente por los famosos soldados de terracota (dudamos que los que actualmente se conservan en las excavaciones sean reales y no copias, sobre todo cuando antes de llegar a la excavación propiamente dicha se ven reproducciones arqueológicas de todo tipo en las tiendas que se suceden a lo largo de la carretera). Xiam es también el comienzo (o el final, según se mire), de la mítica ruta de la seda, que nos hace pensar inmediatemente en Marco Polo. Esta ruta ha dejado un pintoresco grupo humano, chinos de credo musulmán, y una bellísima mezquita dedicada al rezo de un dios lejano, no muy conocido en aquellos lugares. El bazar es otro lugar luminoso donde pueden comprarse, entre otras cosas, cajitas de cartón con reproducciones a pequeña escala de algunas de las piezas de terracota. Parece que aquellas figurillas han estado siempre allí, en el legendario mercado, pero debemos recordar que el descubrimiento de la descomunal tumba ha sido relativamente reciente. También visitamos otra tumba menos conocida, pero mejor conservada y excavada (los medios técnicos han avanzado que es una barbaridad) ya muy cerca del aeropuerto. Volviendo al principio de nuestra llegada a altas horas de la noche, y dado que habíamos perdido la posibilidad de pasear por Xiam la tarde anterior, que perdimos en el aeropuerto, la guía nos permitió a quienes quisiéramos dar un paseo matutino mientras ella se llevaba a una parte de nuestro pequeño grupo a la rutinaria fábrica de Jade. María José y yo fuimos sorteando despacio el infernal tránsito de automóbiles, motos, y cualquier cosa que tuviera ruedas, para acercarnos al recinto amurallado, imponente y hermoso. Una vez arriba pudimos dar un precioso paseo, limitado únicamente por las dos horas de las que disponíamos para nuestra personal aventura. Desde la muralla se pueden ver muchas cosas, tales como los modernos edificios, o las personas que de una forma paramilitar se alinean antes de comenzar su jornada de trabajo. Vimos también casas humildes, amenazadas de muerte ante una nueva China imparable que, auque con muchos más medios y tecnología, no deja de recordarme a la España del desarrollismo. Y esa sensación, combinada con un sol fuerte, pero todavía matutino, me hizo evocar allí, tan lejos en el espacio y en mi propio tiempo vital, la infancia perdida en una playa catalana. Por la muralla de Xiam volví a sentir sensaciones olvidadas de la playa, junto a mis abuelos, y recuperé cierta manera de sentir que sólo la infancia puede brindarnos. Aquella mañana me sentía especialmente feliz, entre otras cosas, porque la tarde anterior, gracias a un ordenador público en el aeropuerto de Beijing, había podido enterarme de la concesión del proyecto de investigación de Historiografía por parte del Ministerio. Sentí que Xiam era el premio por el esfuerzo intelectual y vital que nos supuso a mi grupo y a mí conseguir aquel reconocimiento científico. Y aquella mañana volví a ser niño, acariciado por una luz lejana pero familiar... FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE