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lunes, 24 de octubre de 2011

La fíbula de Preneste y los grados de verdad y falsedad

Hace unos días comenté que estaba trabajando en unas notas sobre la fíbula de Preneste para un volumen colectivo que se publicará en Oviedo acerca de los falsos y los falsarios. Mi intención, más bien humilde, no es otra que hacer una lectura historiográfica de los documentos que convirtieron la fíbula en un “hito” para la entonces incipiente disciplina que hoy conocemos como “Historia de la lengua latina”. FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Tras varias semanas de lectura, una de las cosas que más me ha llamado la atención al repasar libros, reseñas y artículos sobre la fíbula es la obsesión por demostrar que es verdadera o falsa de una manera unívoca. A ello acuden argumentos de muy diverso tipo, tanto internos (lingüísticos, epigráficos…) como externos (propios de las ciencias experimentales), en incluso detectivescos, propios de la ciencia positiva del siglo XIX, como los de A. Ernest Gordon en su delicioso libro titulado The inscribed fibula Praenestina, University of California Press, 1975.
A mí no me interesa tanto el QUÉ como el CÓMO, es decir, la presentación científica de la fíbula en el contexto académico. Así pues, y en la línea historiográfica que he emprendido hace ya unos años, tengo el privilegio de leer estos días una de las primeras presentaciones escritas de la fíbula, precisamente la publicada por su “descubridor”, W. Helbig en una nota titulada “Sopra una fibula d’oro trovata presso Palestrina” (Mittheilungen des kaiserlich Deutschen archaeologisches Instituts. Roemische Abtheilung. Band II, 1887, pp. 37-39), a la que sigue otra nota del epigrafista F. Dümmler titulada “Iscrizione della fibula prenestina” (Mittheilungen des kaiserlich Deutschen archaeologisches Instituts. Roemische Abtheilung. Band II, 1887, pp. 40-43). Me llama especialmente la atención la segunda nota, donde Dümmler se propone demostrar que la inscripción de la fíbula es mucho más arcaica que la inscripción latina más antigua hasta entonces conocida, y que no es otra que la del vaso de Duenos, hallada en 1880. Asimismo, me llama la atención la cita que se hace de dos monografías: la muy conocida de A. Kirchhoff titulada Studien zur Geschichte des griechischen Alphabets, libro publicado inicialmente en 1863 y que en 1887 veía de nuevo la luz en su cuarta edición, y la monografía de H. Jordan titulada Beiträge zur Geschichte der Lateinischen Sprache (1879). Todo esto me ha confirmado, de momento, mi presupuesto de la clara conciencia que los autores tenían del nuevo marco histórico que dominaba la ciencia de aquel momento, y en el cual se apoyan decididamente para presentar la fíbula de Preneste como un documento excepcional. Por su parte, Helbig se encarga en su nota correspondiente de relacionar la fíbula con el tesoro Bernardini para asegurar su antigüedad.
Independientemente de que la fíbula sea o no verdadera, ambos autores orquestaron una fabulosa presentación académica para legitimar la pieza, tanto en lo que respecta a la antigüedad material de la fíbula como en lo relativo al carácter excepcional de su inscripción. Asimismo, incluyeron una reproducción que es la que luego pasó al propio CIL. De esa manera lo puramente facticio, es decir, la pieza en sí, considerada materialmente, como lo interpretativo, es decir, el carácter antiguo de la pieza y lo excepcional de la inscripción, quedan extraordinariamente representados en esta primera presentación escrita. Esto, vuelvo a repetir, era un requisito necesario para que la inscripción pasara a los anales de la historia de la lengua latina, al margen de la veracidad o falsedad del documento. FRANCISCO GARCÍA JURADO