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domingo, 3 de junio de 2012

Tiempo de exámenes

Siempre que veo los corrillos de alumnos arremolinados ante la puerta de un aula para hacer un examen me llega esa amarga sensación de los nervios a flor de piel y de las horas dejadas en los apuntes. Son sensaciones que no olvidamos, aunque ese tiempo haya quedado muy atrás. Pero tampoco olvidamos a nuestros buenos profesores, ellos nos siguen enseñando en el recuerdo. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
El viernes pasado, uno de junio de 2012, terminaron las clases en la Facultad de Filología de la Complutense. Ahora comienza ese nuevo período penitenciario de los exámenes finales, aderezado de todos sus ritos, como noches en vela, revisión de notas, alegrías y penas sin cuento. Cuando tengo que pasar a través de algún grupo de examinandos no puedo dejar de recordar los nervios de aquellos malos ratos. Ahora me toca estar al otro lado, es decir, debo "cuidar" los exámenes de mis alumnos (aquí, en una cultura latina, no tenemos costumbre de dejarlos solos, en la confianza de que son personas de bien que no van a copiarse) y luego corregir sus exámenes y trabajos. Entre mis examinandos están las personas que han asistido a las clases durante el curso, aquellas con las que he compartido ideas, propuestas y alguna excursión que otra, y aquellas que se presentan al examen, pero que no han venido a clase. Dentro de este último grupo, hay personas que han justificado su ausencia por motivos de trabajo, pero que han mantenido conmigo un contacto, cuando menos, epistolar, donde hemos intercambiado impresiones. Hay también quien se presenta como persona absolutamente desconocida que me reduce a la función de un mero examinador. En su Ensayo sobre la vida privada, Manuel García Morente, que fue decano mítico de la facultad de Filosofía y Letras de Madrid, diserta acerca de esta curiosa forma de relación que mantenemos por medio de relaciones impersonales, como, por ejemplo, hablar con un empleado de correos para enviar una carta. A veces esto es lo que ocurre con nuestros alumnos. Un mecanismo ciego, profundamente burocrático, nos pone en contacto a personas absolutamente desconocidas durante al menos cuatro meses para cursar unas enseñanzas. A partir de ahí, con unas personas tendemos lazos más cómplices a la hora de enseñar y de aprender, otras se quedan justo al borde de lo que exige la burocracia educativa. Este es el misterio de las relaciones humanas. Y pasan los cursos al igual que la Ilíada dice que pasan las generaciones de hombres, cual hojas de un árbol que van cayendo. Ahora todo termina para volver a empezar dentro de unos meses. Lo mejor de todo este carrusel sin retorno es, posiblemente, la conciencia de haber vivido momentos irrepetibles mientras dábamos clase, y saber que algunas personas no nos olvidarán, de igual manera que nosotros tampoco hemos olvidado a algunos profesores. Sus cursos duraron para siempre, al menos en nuestro recuerdo, y transcendieron esa mecánica dimensión administrativa. FRANCISCO GARCÍA JURADO