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jueves, 23 de agosto de 2012

Ghettos universitarios: juego de abalorios

El tiempo tranquilo de verano me lleva a pensar en cosas ociosas, acaso demasiado ociosas. Como persona desubicada que soy, en general, le doy muchas vueltas a asuntos tales como "¿por qué hago lo que hago?" o "¿por qué estoy donde estoy?", preguntas de las que no queda excluida, naturalmente, mi labor de profesor universitario. Creo, sin embargo, que una de las cosas que más ha definido mi trayectoria es intentar huir de los ghettos universitarios, cualquiera que éstos pudieran ser. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Hay una novela conmovedora de Herman Hesse, titulada "El juego de los abalorios", donde se nos habla de una suerte de orden imaginaria, llamada Castalia, y situada en el remoto año de 2400. Esta orden practica un juego complejo que tiene como objeto toda la cultura y el saber acumulados durante siglos. El protagonista de la obra es el "magister ludi" Josef Knecht, maestro espiritual de esta orden, que, sin embargo, comienza a albergar ciertas dudas razonables acerca del sentido último de este juego, o de sus consecuencias. Resulta que el juego en cuestión ha terminado convirtiendo a menudo el saber en un mero galimatías, al dar lugar a trabajos de una especialización abusiva. Estos son algunos ejemplos de lo que decimos:

“(...) o el casi milagroso Chattus Calvensis II, que en cuatro voluminosos infolios manuscritos dejó una obra sobre La pronunciación del latín en las Universidades del sur de Italia hacia fines del siglo XII. La obra había sido ideada como primera parte de una Historia de la pronunciación del latín desde el siglo duodécimo hasta el décimosexto, mas a pesar de los mil folios manuscritos no pasó de fragmento, pues nadie más la continuó. Es lógico que se prodigaran las bromas acerca de trabajos meramente doctos de tal linaje: las multitudes no pueden hacer cálculos sobre su valor verdadero con relación al futuro de la ciencia.” (H. Hesse, El juego de los abalorios, Madrid, Alianza, 1989, pp. 62-63)

Este tipo de trabajos recuerda a menudo los temas de nuestras tesis doctorales, a menudo incomprensibles o incluso inexplicables para aquellos que no pertenecen al juego académico. El maestro Knecht tendrá una revelación tan lúcida como inquietante cuando se vuelva consciente, ayudado por la ciencia histórica, de que esta orden castalia no podrá seguir siendo tan inmutable y eterna como ha hecho ver a sus propios seguidores. El tema de la novela de Hesse es, pues, la duda razonable sobre el fin último de nuestros saberes.
A leerla, la novela de Hesse me provocó sensaciones contrarias. Para empezar hizo que me viera a mí mismo escribiendo mi propia tesis y luego adentrándome en "sociedades" casi secretas de universitarios que se reunían cada cierto tiempo para discutir sus resultados científicos. Como los temas de interés eran tan reducidos, las sociedades también eran muy limitadas, pero lo más curioso es que dentro de ellas se tenía una plácida sensación de totalidad. Con esto quiero decir que, pongamos por caso, si hay nueve especialistas en una materia dada, estos nueve especialistas constituyen una suerte de planeta propio y autosuficiente, y que hacer llegar un resultado de investigación a esas nueve personas equivale a dárselo a conocer a la humanidad entera. Es más fácil moverse en estos pequeños mundos que andar constantemente desubicado y pensando en el porqué de las cosas. Pero, como dice Heráclito, nuestro carácter es nuestro destino. No podemos evitarlo. FRANCISCO GARCÍA JURADO