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viernes, 31 de agosto de 2012

Luis de Mata i Araujo, discreto humanista de la transición


He puesto un título intencionadamente equívoco a esta entrada, pues, como ya sabemos, "la Transición", así llamada, se refiere a un período de la Historia de España que se inicia en el último cuarto del siglo XX. No obstante, el siglo XIX tuvo también sus guerras civiles y sus propias transiciones. La más importante quizá fue la que marcó el paso del absolutismo fernandino al nuevo contexto político del liberalismo moderado. Las humanidades ofrecen igualmente el fiel reflejo de este cambio. POR FRACISCO GARCÍA JURADO HLGE

Como viene siendo una pauta metodológica en nuestro proyecto de investigación, nuestro empeño común es el de estudiar el reflejo de los grandes hechos históricos y políticos en el pequeño mundo de las humanidades. Así las cosas, en la Europa que queda tras la derrota final de Napoleón Bonaparte se dan cita dos formas de estética: la residual del propio siglo XVIII, que pasará a llamarse de manera despectiva "clasicista", y la ideología emergente de aquellos que con el tiempo llamaremos "románticos". España ocupa un curioso papel en el contexto de esta nueva estética, ya como objeto de estudio en sí de los nuevos ideales románticos (la épica, el teatro de Calderón...), ya como incierta receptora de las nuevas ideas. Esta nueva estética, que convertía a España en un tema en sí y que era el vehículo de un incipiente nacionalismo español (después lo será también de otros nacionalismos), no supo ser aprovechada por los ideólogos de Fernando VII (así lo comenta el profesor Álvarez Junco en su recomendable libro Mater dolorosa. La idea de España en el siglo XIX, Madrid, Taurus, 2001, p. 385). El error de no aceptar estas "nuevas ideas", y de aferrarse a unos ideales estéticos "clasicistas" supone una de esas paradojas que nos encontramos constantemente en la historia de las ideas, sobre todo cuando en la estética penetra arbitrariamente la carga de la ideología política. Después, los liberales moderados supieron sacarle partido a todo este nuevo ideario estético y político basado en la equivalencia de una lengua, una literatura y una nación.
El estudio de la Antigüedad había supuesto en Alemania una importante avanzadilla para estos nuevos vientos estéticos. F.A. Wolf concibe en Halle la Literatura Latina como un estudio histórico que se convierte en la expresión genuina de un pueblo: el romano. Esto ocurre en 1787, y se va creando paulatinamente un nuevo paradigma, el de la historia de la literatura latina frente al de la mera enseñanza de su lengua y los mejores autores, es decir, la retórica y la poética.
Cuando en la época de Fernando VII se crean las Escuelas de Latinidad de Calomarde se opta por el modelo de estudio tradicional, frente al nuevo paradigma histórico, que no aparecerá en el panorama educativo español hasta el decenio de los años 40 del siglo XIX.
En este contexto, la obra del preceptista de Latinidad Luis de Mata i Araujo es un buen ejemplo de la situación cambiante, pues él vivió la transición que va de los tiempos de absolutismo a los tiempos liberales, y desde el clasicismo supuestamente retrógrado al romanticismo supuestamente progresivo. El autor fue miembro de la Real Academia Greco-Latina Matritense durante su última etapa (escribió un bonito discurso latino en 1831), además de Catedrático de Retórica en el Instituto San Isidro. Su obras sobre gramática latina tienen una relevancia significativa entre los años 30 y 40 del siglo XIX. No menos importantes son sus libros dedicados a la preceptiva, como los Elementos de retórica y poética extractados de los autores de mejor nota (tercera edición publicada en Madrid en 1829). Pero cabe destacar su obra titulada Lecciones elementales de literatura aplicadas especialmente á la castellana (Madrid 1839), donde José Carlos Mainer ha encontrado ya, desde la primera página, los ecos de Madame de Staël sobre el asunto de la relación entre literatura y sociedad. Tengamos en cuenta los cambios significativos que se han producido en la política española desde el año de 1829 hasta el de 1839, en especial la muerte de Fernando VII el 29 de septiembre de 1833. Mata i Araujo es permeable, si bien sólo en parte, al nuevo ideario romántico en su faceta más conservadora.
El libro combina, además, junto a la esperable Poética, un esbozo de Historia de la literatura "castellana", si bien todavía bajo el epígrafe de una formulación que nos recuerda a las del pasado siglo XVIII: "Del origen i progresos de la lengua i literatura castellana" (p. 370). El libro establece el siglo de oro de la literatura española entre los siglos XV y XVI, al contrario de lo que van a hacer los liberarles como Gil de Zárate, que lo atrasan hasta el XVII, en especial con el teatro, por la influencia de la nueva estética alemana. Mata i Araujo, que ni tan siquiera habla del teatro de Lope o Calderón, defiende al final de su libro un ideario literario-político que mire, ante todo, a los mejores autores españoles del siglo XVIII, pero donde quede expulsado todo resto de afrancesamiento, en aras de una literatura plenamente nacional:

"Debemos sobre todo descartar el filosofismo del siglo XVIII, imitando la sensatez i cordura de nuestros padres que supieron acoger sí las buenas ideas, pero también despreciar los errores i teorías halagüeñas que tantos desastres causaron á la Francia en su delirante republicanismo, i cuyas consecuencias estamos nosotros sufriendo ahora en una guerra civil desastrosa.
Déjense por fin otros de creerse superiores á todos los demas, hablándonos en un lenguaje mas alambicado que el Gongorismo: las obras siguientes en que pueden formarse nuestros jóvenes para escribir con un lenguage nacional digno en todo género de literatura, son ademas de las de los clásicos antiguos, las de los escritores desde el tiempo de Cárlos III (...)" (pp. 407-408).

Como vemos, las paradojas son muchas a la hora de hacer historiografía literaria. En Mata i Araujo lo que ahora es "ideología conservadora" se confunde con las líneas maestras de una parte del pensamiento español del siglo XVIII, el que trató precisamente de encontrar en lo propiamente hispano el germen de la restauración del buen gusto (es el caso de Gregorio Mayáns o Sempere y Guarinos): precisamente en la literatura de los siglos XV y XVI. Sin embargo, los nuevos aires estéticos venidos de Alemania van a cambiar de rumbo esta configuración, poniendo el mayor énfasis en la antigua épica, el romancero y el teatro español del XVII. Buena parte del pensamiento liberal de la época abandona los viejos ideales de los ilustrados españoles del siglo anterior para abrazar la nueva ideolgía romántica. De la idea de patriotismo ilustrado (personas libres que deciden crear una patria común) se pasa a la de nacionalismo romántico (pertenecemos a un pueblo predeterminado por nuestra propio nacimiento). No quiero tampoco que se pase por alto en el texto citado una interesante referencia a la Primera Guerra Carlista, la que tuvo lugar, con la muerte de Fernando VII, entre 1833 y 1840, cien años antes de otra guerra civil que los historiadores han terminado llamando, por antonomasia, la Guerra Civil.
Entiendo que se trataba, sobre todo, de una cuestión de oportunismo, de subirse cuanto antes al carro de las ideas dominantes, a la reacción contra el mundo ilustrado, confundido ya con las tropelías de Napoleón. Casi nunca hay lugar para los matices, o estamos con los buenos o estamos con los malos.
Francisco García Jurado H.L.G.E.