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domingo, 30 de septiembre de 2012

Un momento memorable en Salamanca

Cuando escribo estas líneas estoy recordando, más bien evocando, un texto previo, “Un cocido memorable”, del escritor Joan Perucho. Siempre me atrae la atmósfera de la nostalgia, o de esa lucha desigual que mantiene la emotiva memoria contra el ciego e implacable tiempo. Por ello, he querido hoy rememorar una amena comida que transcurrió el 21 de septiembre de 2012 en Salamanca con muy agradable compañía (de derecha a izquierda): Mireya Fernández Merino, Luisa Shu-Ying Chang, Carlos García Gual, yo mismo y Ana González-Rivas Fernández. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

Iba dando sus últimas bocanadas el XIX Congreso de Literatura Comparada de Salamanca, y teníamos prevista una suerte de comida oficial, de despedida, con la Junta directiva de la propia sociedad (Carlos es presidente de honor, quien esto escribe dejaba de ser vocal ese mismo día, y Ana ingresaba como flamante vocal de jóvenes investigadores). Sin embargo, un hecho casi extraordinario nos arrojó, un tanto como improvisados náufragos, a esta pequeña mesa redonda. Resulta que la mesa presidencial fue llenándose de japoneses, recién llegados al congreso para celebrar por la tarde una ceremonia del te que pondría cierto broche exótico a las actividades académicas, en particular a la sección del congreso dedicada a la literatura japonesa. A Carlos, a Luisa (catedrática llegada desde Taiwán, y, entre otras muchísmas cosas, traductora de Camilo José Cela al chino), a Mireya (experta en literatura caribeña) y a Ana (que tiende puentes insospechados entre la literatura gótica inglesa y la grecolatina) les pareció una idea magnífica crear este grupo del que tuve la inmensa suerte de formar parte. En el menú de la comida había una suerte de ensalada griega provista de salmón y carente de pepino y pimiento, algo que suscitó asombro y hasta pasmo. Sin embargo, esta ensalada era algo típico de los imaginarios que estudiamos en la literatura comparada, donde la recreación del otro a menudo tiene poco que ver con su realidad. Carlos nos estuvo relatando preciosas anécdotas, por ejemplo, sobre el encuentro que en torno a la literatura fantástica se celebró en Sevilla en 1983. Jacobo, el conde de Siruela, fue el organizador. A este encuentro concurrieron personas como Italo Calvino y Borges, a la vez que otros españoles, como Luis Alberto de Cuenca y el mismo Carlos, y a mí me vino a la memoria el precioso ejemplar editado por Siruela que recuerda este encuentro (lo adquirí de oferta un día muy feliz de mi vida, cómo iba a olvidarlo). Luisa nos habló sobre sus traducciones al chino de literatura española, y tuvimos la oportunidad de comprobar la diferencia esencial que hay entre ser “hispana” y ser “hispanista”, pues la primera es una condición defectiva, mientras que la segunda es puro fruto de la voluntad de ser. Luisa citó en cierto momento el microrrelato de Monterroso “Cuando despertó, el dinosaurio todavía esta allí” y yo le comenté la inspiración que el autor había recibido de un concepto propio de la literatura latina clásica, la “brevitas”, que define perfectamente la obra del fabulista Fedro. Pensé en lo lejos que quedaba, al menos conceptualmente, Fedro de Taiwan, pero recordé en silencio, para mí solamente, el encuentro imaginario que yo mismo tuve con el erudito Aulo Gelio cerca de Shanghai, hace ya unos años. Fue cuando en una inmensa librería encontré la palabra “Classics”, que Gelio utiliza por primera vez para hablar acerca de los mejores autores. En fin, aquella comida transcurrió alegremente, con la tranquilidad que sólo ciertas afinidades confieren a las personas. Después tuvimos que partir, la mayor parte a Madrid (sólo se quedaba Mireya, pues debía intervenir por la tarde). Luisa marchaba también para adquirir libros y seguir con su intenso periplo español. Nos despedimos ya fuera del restaurante, en el precioso patio renacentista que Gil de Siloé diseñó para el Colegio Fonseca, y como apenas puedo vivir sin literatura, me fui de aquel lugar deseando relatar ese momento y recordando el admirable y melancólico texto que Joan Perucho dedicó a un cocido memorable en el madrileño Lhardy. Francisco García Jurado