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jueves, 26 de febrero de 2015

Phnom Penh (Camboya): rezar en el museo

Tras un largo viaje en autobús de línea desde Siem Reap, al norte de Camboya, llegamos a la capital, Phnom Penh, con el tiempo suficiente de dejar las maletas en el hotel y de acercarnos hasta el Museo Nacional de Camboya, casi a punto de cerrar, con el fin de que al día siguiente pudiéramos volver con más calma. El precioso edificio de comienzos del siglo XX, herencia de los tiempos ya lejanos de la colonización francesa, albergaba no sólo las bellas estatuas del antiguo arte jemer, sino sorpresas y vivencias no menos reseñables. Por FRANCISCO GARCÍA JURADO, HLGE
Phnom Penh emerge poco a poco como una de las nuevas capitales del sudeste asiático. Ciudades como Bangkok o la más cercana Saigón son, en buena medida, sus modelos, incluido el infierno de los millones de motocicletas. Nuestra pasión por los museos de arte nos hizo acudir en primer lugar hasta el edificio del Museo Nacional, aunque el breve paseo que hicimos desde el hotel ya nos dio algunas claves acerca de cómo eran las gentes de la ciudad. Menos pobres que en las zonas rurales, los habitantes de Phnom Penh son, al igual que en toda Camboya, mayoritariamente jóvenes. Tristemente, algunas preciosas muchachas aparecían sentadas en las terrazas de cafés europeos junto a occidentales maduros que compran su "amor" por unos cuantos dólares. Frente a ello, no lejos del museo, hay un conocido restaurante concebido precisamente para sacar de la calle a personas jóvenes, de manera que puedan ganarse la vida dignamente. Lo primero que hicimos durante nuestra breve y primera visita al museo fue curiosear en la tienda, que no es más que un mostrador de cristal en forma de ángulo recto. Elegí diez postales de antiguas esculturas jemeres, no sin antes preguntar su precio: medio dólar por cada una. Cuando ya había reunido diez, y ante mi evidente interés, la mujer que ne atendía dobló sin más el precio de las postales. Ante mi negativa a semejante atropello terminó volviendo al precio inicial de la compra, aunque con ello quedó evidenciada la común práctica de muchos camboyanos, incluida la policía, de intentarse quedar con algo de dinero mediante artimañas variadas. La policía, por ejemplo, vende sus placas oficiales por cinco dólares. Advertí a una mujer holandesa de que tuviera cuidado si iba a comprar algo.

Al día siguiente volvimos al museo, no sin antes haber recibido las amables invitaciones a tomar un vehículo motorizado (los asiáticos no entienden ni quieren entender nuestra obsesión europea por pasear) o las "atentas" indicaciones de espontáneos que te informan de que el museo o el palacio real están cerrados a tal o cual hora, con el fin de engañarte y llevarte a donde ellos quieren. Ya en el museo, estábamos prácticamente solos a la hora de apertura, las ocho de la mañana. Volvieron a sorprenderme en el mostrador de la tienda unas ramitas de azahar, blancas y olorosas, que había visto el día anterior, pero que debido al cansancio del largo viaje y al intento de engaño al comprar las postales no había observado de manera consciente. ¿Por qué estaban allí?, me pregunté, ¿acaso como adorno?

La respuesta vino luego, ya en las salas del museo, cuando pude comprobar cómo las cuidadoras ofrecían a los visitantes tales ramitas para hacer un ofrenda a los budas que allí se exponían. ¿Os imagináis que en el Museo del Prado los vigilantes proporcionaran velas para poner delante de un Cristo pintado por el Greco? Me llenó de asombro ver cómo aquellas mujeres encargadas de cuidar de las salas del museo no concebían las esculturas religiosas como piezas artísticas, sino como objetos de culto. Las ramitas de sándalo humeantes y el azahar formaban parte del propio ambiente del museo, algo que confería a aquel lugar una sensación extraña de estar vivo, pese a la asepsia que la museografía francesa de comienzos del siglo XX había conferido a aquel hermoso edificio. La cultura europea creó, fundamentalmente a lo largo del siglo XVIII, una peculiar visión de las obras de arte: su museización. Podíamos leer a Santa Teresa de Jesús sin necesidad de ser místicos, estudiar el Cristo de Velázquez sin tener por ello que profesar la fe católica, porque todo aquello pasaba al acervo de la historia del arte. En aquel lugar, las cuidadoras desconocían felizmente nuestra componendas intelectuales e historicistas, de manera que un "buda" seguía siendo un buda allí y en Sebastopol.
Me acordé de ciertos sacerdotes católicos que, cuando acudimos a visitar una iglesia antigua, nos miran con una medio sonrisa, porque no visitamos el lugar santo por motivos de fe, sino de laico interés por el arte. La fe es hermosa cuando ayuda a vivir a los demás, pero puede convertirse en un arma destructiva. Hace unos años, los talibanes afganos dinamitaron unos budas gigantescos esculpidos en piedra porque eran impíos (hoy, en febrero de 2015, han destruido un museo arqueológico en Iraq). No se consideró que pudieran ser patrimonio de la Humanidad o fruto de una larga historia. Aquí, en Phnom Penh, el museo se convertía ahora en una improvisada pagoda, al margen de que aquellas esculturas figuren hoy día en todos los grandes libros de la historia del arte.
Si os apetece saber algo más acerca de este museo no dudéis en consultar su página web:
http://www.cambodiamuseum.info/index.html
FRANCISCO GARCÍA JURADO