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lunes, 11 de agosto de 2008

ORTEGA Y LA GRAMÁTICA LATINA DE CEJADOR (PRIMERA PARTE)


Quería hace tiempo dedicar algunas de estas reflexiones a un texto de Ortega y Gasset que, además de rendir justo homenaje a su maestro de latín, Julio Cejador, tiene una calidades literarias bastante notables. El texto, en mi opinión, no debe dejarse de lado cuando se acometa el estudio histórico del método para aprender latín que compuso Cejador precisamente en 1907 (es precisamente lo que va a hacer Javier Espino). Así que, sin más preámbulos, ofrezco la primera parte del texto para que lo disfrutéis:

“SOBRE LOS ESTUDIOS CLÁSICOS” (publicado en El Imparcial el 28 de octubre de 1907)

Aere perennius.- Horatio: Carmina

Pan amaba a Siringa, ninfa moza, de azules venas y de nervios de oro. Y era Pan labrador, pastor de encinas, de ásperas hayas, de sonantes olmos y de vagos ensueños generosos. Pan no era más: en sus espaldas broncas cargaba troncos de árboles y luego quedar solían en sus barbas foscas algunas verdes hojas enredadas. De experta planta, de nervudo pecho, de anchas orejas y de tez tostada, sentía Pan fluir por sus arterias la savia añeja que rezuma el campo… Pero ¿a qué contar más por lo largo esta historia, que todos habréis visto, como yo, contada en algún mármol? Pan perseguía a Siringa; cuando llegó el otoño sopló un viento de sierra que se llevó el alma de Siringa tal vez hasta el cuerpo de una corza. El cuerpo suyo quedó tendido junto a una fuente de alma temblorosa; sus sienes quedaron quietas, aquellas sienes donde la sangre golpeaba con ritmo tan claro, que el ciego Homero, oprimiendo una de ellas con sus anchos labios, hubiese podido componer algunos hexámetros, como dicen que los compuso Goethe digitando sobre el hombro de un italiana a quien amó.
El cuerpo de Siringa estuvo tanto tiempo oculto a las pesquisas de Pan, que en el seno de sus pálidos pechos luminosos, una alondra, en abril, labró su nido. Al cabo hallóle Pan y le dio allí mismo sepultura; y sufría con tamaña reciedad su corazón que se le fue de los ojos aquella mirada oscura de bestia melancólica. Y a la vuelta de unas estaciones nacieron sobre la tierra en que la enterrara los brazuelos tiernos de unas cañas. Pan los cortó y se adobó una flauta al modo pastoril, pero de singular dulzura. Y solía venir no lejos de la fuente; sentábase en el umbral del bosque, sobre el dorso de una piedra blanca e inflando los carrillos al tiempo que el sol transmontaba, hacía pasar al través de las rubias cañas toda el alma de la selva armoniosa. El aire temblaba dentro de las cañas y en la fontana temblaba a ritmo el agua. Este amor doloroso fue la flor de su vida eterna y desde entonces amó todas las cosas estrictamente como solo Pan ama. Quedóse simplemente una tibia melancolía que él se curaba con blandas burlas, saliendo a los caminos a arredrar los labriegos medrosos. Tornando al bosque, pensaba.
Todos conocéis esta historia tan bella que da ganas de llorar, y que como a todas las historias bellas, acostumbramos llamar “mito” por eufonía y por continencia científica. Si la cuento ahora, débese a que ayer mi maestro y amigo don Julio Cejador me envió un Nuevo método para aprender el latín, que ha recién compuesto; esto me llevó a pensar en los estudios clásicos, estos al clasicismo griego y este a restaurar la pastoral antigua que os he traído a la memoria.
Porque veo yo en Pan antes de sus amores un símbolo de la bestia blanca de Europa antes de Grecia, que viene a ser la Siringa de la fábula. Como en Siringa se hizo la bestia Pan, Dios-Pan, se hizo hombre en Grecia la blanca bestia. Sin la disciplina helénica solo hubiera sido una posibilidad más hacia lo humano, como lo fueron la bestia metafísica asiática o la bestia totemista de África.
Fue preciso que llegara la claridad de Grecia para que los nervios del antropoide alcanzaran vibraciones científicas y vibraciones éticas; en suma, vibraciones humanas. Dejo para unas disputas que estoy componiendo contra la desviación “africanista” inaugurada por nuestro maestro y morabito don Miguel de Unamuno, la comprobación de este aserto mío: que el hombre nació en Grecia y le ayudó a bien nacer, usando de las artes de su madre, la partera, el vagabundo y equívoco Sócrates.
Acaso no haya habido época de las plenamente históricas, tan ajena como la nuestra al sentimiento, a la preocupación de la cultura. Hoy nos basta con la civilización, que es cosa muy otra, y nos satisfacemos cuando nos cuentan que hoy se va de Madrid a Soria en menos tiempo que hace un siglo, olvidando que, solo si vamos hoy a hacer en Soria algo más exacto, más justo o más bello de lo que hicieron nuestros abuelos, será la mayor rapidez del viaje humanamente estimable. Pues habremos de reconocer que la civilización no es más que el conjunto de las técnicas, de los medios con que vamos domeñando este ingente y bravío animal de la naturaleza para las intenciones sobrenaturales. Adviértase que no digo sobrehumanas, sino sobrenaturales, y ejemplo de estas puede ser la institución del socialismo, o si es de la otra banda, el fomento del sobrehombre. (…)”

(continuará en el próximo blog)

José Ortega y Gasset, “Sobre los Estudios Clásicos”, en Misión del bibliotecario y otros ensayos. Segunda edicion, Madrid, Revista de Occidente, 1967, pp. 21-24