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martes, 28 de octubre de 2014

Lecturas y censuras: historias no académicas

Leer a los clásicos en la actualidad es una actividad relativamente sencilla, al menos desde el punto de vista del acceso a las obras de los autores, pues es innegable el hecho de que jamás fue tan fácil tener libros y, en buena medida, tan barato. Por otra parte, los lectores de tercer milenio dispondremos de un acervo literario riquísimo, tanto de literaturas antiguas como modernas. Pero no siempre fue tan fácil. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE.Los lectores actuales, por lo demás, ya no tenemos que escondernos de las censuras ni arriesgar nuestras vidas para leer autores que en otra época estuvieron proscritos. Todavía en el siglo XIX se condenaba la lectura de algunos clásicos latinos por impíos, y hoy día podemos adquirir una traducción de los Coloquios de Erasmo en unos grandes almacenes sin que nos denuncien por herejes. Esta no era, ciertamente, la situación de aquel humanista de la localidad extremeña de Barcarrota cuando tuvo que emparedar algunos de sus más queridos libros, como el Lazarillo publicado en Medina del Campo en 1554 o una edición de la Lingua, de Erasmo (Jesús Casas Murillo, Una edición recién descubierta de Lazarillo de Tormes. Medina del Campo, 1554, Mérida, Junta de Extremadura, 1997). No es necesario remontarse al Renacimiento, pues en pleno siglo XIX podemos asistir a una auténtica cruzada contra los clásicos abanderada por el ultracatolicismo del abate Gaume, persona hoy desconocida, pero que en su momento tuvo una gran repercusión ideológica. El propio Menéndez Pelayo fue acusado de “pagano” por escribir un prólogo a la traducción de los Idilios de Teócrito de su amigo Ignacio Montes de Oca. Fue, precisamente, el poeta Lucrecio quien acaparó buena parte de las críticas, debido a su impiedad, como podemos leer en la Historia de la Literatura Latina de Martín Villar y García:

“El poema didáctico de Lucrecio, titulado De rerum natura, contiene la doctrina de la filosofía epicúrea, que habiendo empezado como una secta de apariencia elevada, degeneró en grosero materialismo que hacía consistir la felicidad en la satisfacción del placer, y no en los goces del espíritu y señorío de las pasiones como había enseñado el fundador Epicuro. En esta funesta degeneración pasó a los romanos la escuela del filósofo de Samos con todas las absurdas máximas que la habían hecho lisonjera y popular; y no contribuyó poco a que se desataran sus vínculos religiosos y se precipitaran violentamente por el sendero de la corrupción. Reducido todo a la materia, niega la existencia de la vida futura quitando así todos los estímulos a la virtud, y como consecuencia de este absurdo principio, niega también la espiritualidad del alma y su existencia distinta del cuerpo. Tal doctrina debió forzosamente contribuir a la desmoralización de Roma que veía levantar al vicio. Ídolo que adoraba, un monumento magnífico: sensible extravío del genio, que repetidamente se manifiesta en la literatura romana.” (Martín Villar y García, Historia de la Literatura Latina, Zaragoza, 1875, p. 118)

No todas las lecturas son las mismas ni tan siquiera en una misma época. Así lo vemos en el tono bien diferente que emplea entre 1839 y 1841 un doctorando alemán acerca de los textos de Lucrecio y el epicureísmo. Se trata de Carlos Marx, quien nos ha dejado siete interesantes cuadernos relativos a esta etapa:

“Así como la naturaleza en primavera se acuesta desnuda y, por así decir, segura de su victoria, pone a la vista todos sus encantos, mientras que en invierno cubre sus vergüenzas y su desnudez con nieve y hielo, de igual modo se diferencia Lucrecio, el fresco, audaz, poético señor del mundo, de Plutarco, quien envuelve su mezquino Yo en la nieve y el hielo de la moral.” (Karl Marx, Escritos sobre Epicuro (1839-1841). Traducción, presentación y notas de Miguel Candel, Barcelona, Crítica, 1988, p. 156)


En esta apreciación sobre Lucrecio nos damos cuenta de que lo que cobra una gran relevancia es la particular lectura que ha hecho de sus versos un lector moderno. La historia de una literatura puede entenderse, dejando a un lado los principios positivistas, como la historia de las distintas lecturas que se han hecho de ella a lo largo de los siglos, sobre todo si se trata de una literatura como la clásica grecolatina. Hasta tal punto es importante el estudio de las lecturas que la historia de éstas puede constituir una suerte de historia alternativa y no necesariamente académica, frente a las historias al uso, que tiende a rescatar generalmente una sucesión de datos. Desde hace unos años, y desde posturas muy cercanas a las de la “estética de la recepción” de Jauss, venimos defendiendo la posibilidad de plantear una historia de las lecturas de la literatura grecolatina en los autores modernos, desde el siglo XVIII hasta nuestros tiempos. Esta historia es la que, precisamente, da cuenta de la vitalidad, y nos ofrece datos a menudo distintos de aquellos que podemos extraer de las historias académicas. Pero para que exista un historia no académica de la literatura grecolatina tiene que haber, evidentemente, lectores (pues los autores ya no están vivos entre nosotros), y no basta con los filólogos clásicos u otros especialistas. Generalmente, el acceso a los autores clásicos ha venido dado por medio de dos vías: por un lado, el paso por la escuela, que permite acceder a ciertos autores que podemos considerar como el canon escolar, y, por otro, el acervo de distintas lecturas, sobre todo aquellas que remiten a otros libros, lo que va configurando en el lector una suerte de “antología inminente”, en palabras de Alfonso Reyes.
Francisco García Jurado H.L.G.E.