Se ha producido un error en este gadget.

lunes, 8 de diciembre de 2008

El Borbón sabía latín

Ahora que se recuerda en los medios de comunicación el grito de guerra de "muerte al Borbón" resuenan en mí los ecos históricos de la lejana Guerra de Sucesión, aquella por la que una nueva dinastía llegó a España para reinar durante un largo e intenso siglo XVIII. Recordaré algunas cosas sobre una de las consecuencias de la llegada de Felipe V a España, la creación de la Real Biblioteca. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
La Real Biblioteca, denominación a la que se añadió después el adjetivo “Pública”, y a la que el siglo XIX llamó, parece que ya definitivamente, Biblioteca Nacional, es uno de estos lugares básicos para entender algunas de las claves de ese siglo XVIII que, en palabras de Aguilar Piñal, algunos llaman “ilustrado”. Si un austria, Felipe II, fue el impulsor de la escurialense Biblioteca Laurentina, a semejanza de las grandes bibliotecas humanistas de su época, como la Vaticana de Roma o la Marciana de Venecia, ahora un borbón, el recién entronizado Felipe V, favorece la creación de una biblioteca que se inspirará, en este caso, en los nuevos aires venidos de Francia. Si bien tendemos a analizarlos de forma separada, la suma resultante de ligar el poder como el amor a los libros explica buena parte de las claves que definen una y otra institución, pues la cultura nunca ha sido inocente: si Felipe II quería ser un príncipe humanista, Felipe V pretende ser un monarca ilustrado, y necesitaban de vehículos de representación.
Hace unos años, en 2004, se celebró una preciosa exposición dedicada a esta biblioteca. La exposición se repartía en cuatro secciones generales: una Introducción Histórica que arranca de la Guerra de Sucesión, una segunda dedicada a la Real Biblioteca Pública como tal, y otras dos secciones destinadas, respectivamente, a las Ciencias y las Artes. El monumental catálogo que recoge la muestra incluye, además, documentados trabajos de algunos de nuestros mejores especialistas en el XVIII, como Antonio Mestre, a quien los latinistas conocemos, sobre todo, por sus estudios sobre el ilustrado levantino Gregorio Mayans, activo bibliotecario e inteligente contrapunto, merced a su marcado talante clásico e hispano, a una Ilustración muy dominada por las corrientes francesas. Permítaseme ensayar un sucinto recorrido por la exposición, precisamente con los ojos del humanismo clásico y sus inevitables transformaciones en el nuevo contexto de la cultura ilustrada. El siglo XVIII trae nuevos rumbos para la historia de la cultura. Entre otros, cabe señalar el historicismo, concebido como una manera de situar las obras en un contexto temporal determinado, con todo lo que ello implica de distanciamiento y de valoración ponderada. Las lenguas clásicas van a verse implicadas en esa nueva “mentalidad burguesa”, en palabras de José Antonio Maravall, cuando paulatinamente comienza a primar su valor de llaves para comprender y reconstruir un mundo pasado a partir de la correcta interpretación de los más importantes documentos artísticos y literarios. Los nuevos monarcas siguen aprendiendo latín, y el caso de Felipe V es significativo. Ha estudiado según un modelo diseñado para los nietos de Luis XIV por Fénelon y Fleury, en el que se incluye una nutrida nómina de autores latinos. De este tiempo es el Terencio publicado en París en 1642 que se expone en una de las vitrinas. Pero los documentos que más llaman la atención a este respecto son el manuscrito de la traducción de una parte de la Guerra de las Galias hecha por Luis XIV que, como podemos comprobar, su nieto guarda y atesora, o las mismas epístolas latinas que compone Felipe V a manera de ejercicios escolares. Véase, como ejemplo, la descripción que hace de los jardines de Versalles en la epístola XIII:

Mane princeps in horto deambulavimus. Hunc statuae tum antiquae cum recenter factae undique ornant. Nec desunt fontes quorum aqua limpidissima gratísima visu est. Vndique apparent umbrosa nemora omnibus avium generibus plena.



Más allá de estos aspectos ligados a la formación y recuerdos personales del rey, la historia de la Real Biblioteca nos ofrece perspectivas sobre la nueva situación de las ciencias y las artes que nos llevan a pensar inevitablemente en aspectos relacionados con las propias lenguas clásicas. La biblioteca muestra un vivo interés por los nuevos avances científicos, como vemos, por ejemplo, en los herbarios y los diferentes libros dedicados a la matemática o la cartografía. Es significativo que en algunas de las obras aquí expuestas puedan leerse nombres significativos de la ciencia hispana, como el “novator” Juan Caramuel o el, entre otras cosas, matemático Torres Villarroel, o la aportación de los jesuitas, tanto antes como después de su expulsión. En este sentido, como bien apunta José Luis Peset en uno de los capítulo del catálogo, no deben olvidarse acontecimientos que dan cuenta de esta preocupación como el nacimiento de diferentes academias o la impartición de materias científicas en el flamante Seminario de Nobles, anejo al Colegio Imperial. Las humanidades clásicas también fueron testigos de estos aires renovadores, tanto en los intentos de reforma de la enseñanza del latín, aun presa de la barroquización del siglo anterior, como en el papel documental, testimonio de un estado de los conocimientos de la Antigüedad, que van a ir ocupando los tratados científicos grecolatinos. No olvidemos, por ejemplo, el interés de un ministro ilustrado como Campomanes por la recuperación de los viejos tratados de agronomía. Sin embargo, el intento de creación de una academia dedicada a las lenguas clásicas no tuvo jamás ni la coherencia interior ni los apoyos externos suficientes, ni tan siquiera ante el vacío que dejara la expulsión de los jesuitas en 1767.
En lo que respecta a las bellas artes, lo más destacable desde el punto de vista que hemos adoptado es la huella que en la biblioteca encontramos de los descubrimientos de los frescos de Herculano, verdadero punto de inflexión para los estudiosos de la reinterpretación del arte antiguo en el mundo moderno. Así lo vemos en el hermoso ejemplar napolitano de 1757 titulado Le antichità di Ercolano esposte, acompañado de un hermoso grabado con el retrato de Carlos III.

Francisco García Jurado H.L.G.E.