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jueves, 26 de febrero de 2009

SI ME OBLIGARAN A ELEGIR UN POETA: MACHADO Y VIRGILIO


No soy muy dado a la celebración de los centenarios y mucho menos a dedicarme a conmemorar cualquier acontecimiento que tenga un cifra redonda por el mero hecho de hacerlo. Eso se lo dejo a los profesionales de las conmemoraciones culturales, que para eso cobran. Sin embargo, dado que nos hemos hecho eco de Poe, no quisiera olvidar que el domingo pasado se cumplieron los 70 años del fallecimiento de Antonio Machado en Francia. Así pues, he querido traerlo a nuestro espacio de lectores audaces, precisamente, en calidad de admirable lector de Virgilio. Voy a evocar un momento más feliz de la vida de Antonio, los años en que escribió un libro singular sin pretenderlo. Entre 1919 y 1924, Machado estuvo reuniendo notas en un cuaderno que lleva el título de Los complementarios[1]. La recopilación, que se abre significativamente con una cita virgiliana (Ecl. 1,28 candidior postquam tondenti barba cadebat[2]), ofrece luego una emotivo comentario acerca del poeta latino al que siguen cinco versos muy bien escogidos de la Eneida:

“Virgilio. Si me obligaran a elegir un poeta, elegiría a Virgilio. ¿Por sus Églogas? No. ¿Por sus Geórgicas? No. ¿Por su Eneida? No.

1º Porque dio asilo en sus poemas a muchos versos bellos de otros poetas, sin tomarse el trabajo de desfigurarlos.
2º Porque quiso destruir su Eneida ¡tan maravillosa!
3º Por su gran amor a la naturaleza.
4º Por su gran amor a los libros.

Ibant obscuri sola sub nocte per umbram,
perque domos Ditis vacuas, et inania regna;
quale per incertam lunam sub luce maligna
est iter in silvis, ubi caelum condidit umbra
Jupiter, et rebus nox abstulit atra colorem.

Eneida = Canto VI”

(Antonio Machado, Los Complementarios, edición crítica por Domingo Ynduráin, Madrid, Taurus, 1971, p.34 de la transcripción y 14R del cuaderno de Machado)

El texto citado presupone la conciencia por parte de Machado de una arraigada tradición crítica cuyo desarrollo final ha tenido lugar en el siglo XIX. Para empezar, no se decanta por ninguno de los géneros poéticos (épica, poesía pastoril y poesía didáctica) que cultiva Virgilio en sus tres conocidas obras, sino por el poeta en sí, considerado en su unidad por encima de tales géneros. Ante una apreciación como esta no podemos menos que acordarnos de la concepción estética de Benedetto Croce cuando reacciona con su idealismo contra el positivismo de la historiografía literaria[3]. Los cuatro breves comentarios que siguen enumerados contemplan cuatro facetas fundamentales del poeta. La primera ("1º Porque dio asilo en sus poemas a muchos versos bellos de otros poetas, sin tomarse el trabajo de desfigurarlos") concierne a la cuestión, tan propia de la estética romántica, de la originalidad del poeta. Machado invierte por completo el juicio negativo de Virgilio como plagiario para elogiar, precisamente, esta faceta con la bella metáfora de dar asilo a versos ajenos. En segundo lugar, la nota biográfica ("2º Porque quiso destruir su Eneida ¡tan maravillosa!") concierne al viejo problema, ya recogido por los testimonios de las Vitae Vergilianae, de la intención que tuvo el poeta de quemar su poema épico, donde, más allá del hecho en sí, se nos escapan la motivación que empujó al poeta[4]. El tercer apunte ("3º Por su gran amor a la naturaleza"), responde a un asunto crucial de la estética decadente, precisamente cuando rompió con la idea de que el arte fuera una imitación de la naturaleza[5], y merced al cual Huysmans consideró a Virgilio como un poeta doblemente negativo, ya que era paradigma del clasicismo y cantor de las cosas del campo. La cuarta apreciación ("4º Por su gran amor a los libros") nos coloca ante un poeta que es también lector y amante de los libros, al igual que lo es de la naturaleza, sin fisuras entre uno y otro aspecto. Finalmente, los cinco versos que coronan el apunte (Aen. 6, 268-272)[6], suponen el resultado de una lectura personal en la que se ha hecho un loable ejercicio de selección. Resulta curioso que la famosa hipálage del primer verso (Ibant obscuri sola sub nocte), donde el adjetivo obscuri correspondería por sentido lógico al sustantivo nocte, fuera también motivo de admiración para Jorge Luis Borges, que evoca constantemente al poeta latino al final de su vida, como recuerdo indeleble de su adolescencia en Ginebra, que es cuando leyó en la escuela sus versos[7].
Es admirable este pequeño texto por la complejidad que subyace en su aparente simplicidad.
Francisco García Jurado
H.L.G.E.

[1] "Según consta en la primera página del manuscrito fue escrito el cuaderno entre los años 1919-1924 en Madrid y Baeza, lo que no impide que llegue hasta el año 25 y que escribiera en otros lugares." (Domingo Ynduráin, Introducción a Antonio Machado, Los complementarios. Transcripción, Madrid, Taurus, 1971, p.11).
[2] En traducción de Vicente Cristóbal: "cuando, afeitándome, ya más canosa caía mi barba". La cita de Machado al comienzo del cuaderno puede hacer alusión a su propia edad en ese momento.
[3] Elena Arenas Cruz hace un clarificador recorrido por esta delicada cuestión de los géneros en su trabajo "La teoría de los géneros y la historia literaria", en Mª del Carmen Bobes et alii, La historia de la literatura y la crítica, Salamanca, Ediciones Colegio de España, 1999, pp. 159-188.
[4] En este punto, nos parece de obligada lectura el trabajo de José Luis Vidal titulado "Por qué Virgilio quería quemar la Eneida..., si es que quería", publicado en HVMANITAS in honorem Antonio Fontán (Madrid, Gredos, 1992, pp. 479-484). En este trabajo se repasa la cuestión desde los testimonios positivos procedentes de las Vitae hasta la interpretación puramente hermenéutica del novelista Herman Broch en su obra titulada La muerte de Virgilio.
[5] Para este asunto, puede consultarse el documentado trabajo de Hans Robert Hauss titulado "El arte como anti-naturaleza. A propósito del cambio de orientación estética después de 1789", en Darío Villanueva (comp.), Avances en Teoría de la Literatura, Santiago de Compostela, Universidade 1994, pp. 117-148.
[6] En traducción rítmica de Agustín García Calvo, tales versos suenan como sigue:

"Iban oscuros
por bajo la sola noche por entre
sombra y la yerma mansión de Plutón
y el reino vacío,
tal como en luna incierta
bajo la luz hechizada
se entra al bosque,
a la hora que hundió en las sombras el cielo
Júpiter y el color
robó a las cosas la noche."

[7] Carlos García Gual, "Borges y los clásicos de Grecia y Roma", Cuadernos hispanoamericanos 505-507, 1992, p. 341