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sábado, 20 de agosto de 2011

UN DÓMINE "LAICO". APUNTE PARA LA HISTORIA DE UN CONCEPTO

El laicismo fue ganando terreno a lo largo del siglo XVIII y España no fue una excepción. La batalla por el control de la enseñanza, básicamente en manos de los jesuitas, culmina en 1767 con el decreto de su expulsión. Esto dejaba mayor capacidad de maniobra tanto a otras órdenes religiosas, en especial la de los Escolapios (cuya iglesia de San Antón, en Madrid, aparece en la fotografía), como a otras instituciones que no dependían de la Iglesia. No deben confundirse tales hechos, sin embargo, con el anticlericalismo del siglo XIX. El testimonio de Federico Rubio sobre su profesor de latín es paradigmático a este respecto. FRANCISCO GARCÍA JURADO

Suele decirse que la literatura memorialista escasea en nuestras letras, pero tenemos algunas excepciones notables. Una de ellas es el libro póstumo que el Dr. Federico Rubio y Galí escribió con el título Mis maestros y mi Educación, “libro admirable”, en opinión de Luis Bello, “que sólo tiene par en las memorias de Cajal y acaso en algunas páginas de Unamuno”. Federico Rubio y Galí escribe sus memorias movido por una preocupación relativa a los asuntos educativos, lo que le lleva, asimismo, a tener una estrecha relación con la Institución Libre de Enseñanza. Su libro, publicado muchos años después de su muerte, es muy rico tanto en amargas como en cómicas anécdotas educativas que van desde los terribles maestros de primeras letras a los discutibles eruditos de las cátedras universitarias donde estudió medicina, terrible herencia de una España partida por la Guerra de la Independencia. Tenemos un interesante capítulo titulado “Un profesor de francés y un dómine de latín”. No deja de ser interesante esta contraposición, que ya se había ido perfilando en el siglo XVIII. Del profesor de francés se nos dice, entre otras cosas:

“Su método era bueno. Me enseñaba de viva voz el sonido de vocales y consonantes, y me lo hacía repetir. Me explicaba cada línea de la gramática una por una, y hasta que no me la hacía entender no me ordenaba que la aprendiese de memoria. Así llegamos hasta traducir el Telémaco; y, de haber frecuentado más la conversación, hubiera logrado hablar francés medianamente.” (Federico Rubio y Galí, Mis maestros y mi educación. Prólogo de Pedro Laín Entralgo, Madrid, Tebas, 1977, pp. 181-182)

Este profesor, joven y preocupado por hacer razonar al alumno la gramática, presenta cierto contraste con el dómine de latín que retrata a continuación:

“En primeros de octubre abrió su aula don Santiago Castellanos, dómine de latín muy contra el uso de lo que cualquiera pueda figurarse.
Fama de latino la tenía, y muy grande. ¡Con decir que se le reconocía desde el siglo anterior, a pesar de ser laico, casado y liberal, está dicho todo!
Pero mi don Santiago el año 38 contaba ochenta y ocho de edad. Tenía una catarata senil en cada ojo, que no le dejaba ver tres sobre un burro. De la edad, una tos habitual que por afectación de oficio hacía él más sonora y campanuda. No chocheaba de cabeza; pero su cerebro, batiéndose en retirada, se había quedado sólo con el latín y con la estima de la gravedad de su persona. Y también de los cargos de síndico y de alcalde, que había ejercido en las dos épocas del Sistema, cuyo recuerdo no dejaba perecer, simbolizándolos ad perpetuam en su bastón de caña de Indias, con puño de oro (aunque sin borlas), su gran sombrero de copa y su frac verde con botón dorado y piedra ágata en medio.
Su cátedra de latín, por oposición la había ganado después de mediar el siglo XVIII; pendía de un patronato la retribución, y con sus veinticinco duros cada mes vivía como el pez en el agua.
No era amigo del Arte de Nebrija. Nos hizo comprar otro, cuyo nombre no recuerdo si era Hornos, Hornero o cosa parecida; y ya podrá calcularse por mi olvido lo mucho que me aplicaría sobre el Arte.
Don Santiago tenía la clase en el convento de San Juan de Dios. Entrábase por la calle de la Misericordia; por allí mismo daba acceso a una clase gratuita de primeras letras.
Hoy no puedo menos de sonreírme cuando oigo declamar a algunos varones, que no conocen de la misa la media, porque tuviéramos hospitales, ayuntamientos, gobiernos civiles, capitanías generales, cuarteles, cárceles y presidios establecidos en conventos, sin considerar que ¿qué se había de hacer? Esto prueba que España no era nada, que no había casi hospitales ni escuelas, que no existían, sino por excepción, edificios para los capitanes generales, ni para los jefes civiles, ni para las cárceles, etc. Y que, en cambio, toda población importante se reducía a un amasijo de conventos.
Volvamos a nuestro octogenario don Santiago Castellanos.
Sentábase éste en su pulpitillo o cátedra de madera apolillada, tan vieja como él; y con tantos golpes de tos como palabras campanudas, explicaba la lección. No hay más sino que, para nosotros, así significaban las palabras como las toses: un ruido.
Concluida la explicación, llamaba a un cursante para hacerle una pregunta; y el arrapiezo, abriendo el Arte por donde entendía que debiera tratarse del asunto, abusando de la ceguera del maestro y de la altura a la que se hallaba colocado, leía con la mayor desvergüenza la contestación.
Perro viejo, no dejaba de advertir a veces el engaño; sobre todo, cuando al preguntar sobre los pretéritos leían por los supinos.
Pero a mí, en particular, me cogía menos veces. Primeramente: no iba con el libro entero, sino con la hoja que arrancaba; así la escondía mejor en la palma de la mano. En segundo lugar: trocaba alguna palabra o cometía alguna equivocación, para hacer perder la pista de cosa que oliese a leída; y así me las ingeniaba.
Las rabonas no resultaban necesarias, pues ya porque a don Santiago se le agudizasen los catarros, ya porque el reuma no le permitiera salir, quedaba suficiente número de días completamente en blanco.” (o.c. pp. 182-183)

El testimonio, no exento de gracejo y de cierta atmósfera de pícaros afín al Lazarillo, nos presenta algunas características reseñables. Estamos ante un profesor muy bien caracterizado: es real, no religioso y pertenece a la enseñanza secundaria. Se trata, irónicamente, de un “dómine”, pero de un dómine “laico, casado y liberal”, adjetivo este último que nos ofrece una nueva dimensión histórica, pues si bien hemos visto aplicar el término de dómine a laicos, como el dómine Lucas, el término “liberal” nos acerca a un aspecto ya propio del siglo XIX, que es cuando podemos encontrar los orígenes del pensamiento anticlerical tal y como hoy lo entendemos. Es, precisamente, en este momento, cuando el latín comienza a considerarse como “cosa de curas” en sentido global (ya no se trata de una disputa entre órdenes, como los jesuitas o escolapios), y por ello resulta en cierto sentido una antítesis que este dómine, además de no ser cura y estar casado, sea liberal. Este tópico del profesor de latín considerado tradicionalmente como conservador en política y afín al clero pervivirá hasta nuestros días. El profesor es anciano y está medio ciego, y es todo él una reliquia del siglo anterior, frente al romántico profesor que veremos en el apartado siguiente, cuando analicemos la obra de Palacio Valdés. El antiguo alumno no guarda especial inquina contra este profesor, pues se refiere a él como “mi don Santiago”. La impresión del paso por la clase de latín no es ni buena ni especialmente mala. Hay, en lo que respecta al sistema educativo y la pedagogía, algunas vagas alusiones de singular interés. Sabemos que aunque le denomina “dómine”, no es exactamente el pobre diablo que se dedica a dar lecciones por su cuenta, sino un catedrático por oposición. Con ello, estamos en los albores de un sistema educativo que comenzó a desarrollarse en la segunda mitad del siglo XVIII, donde algunas instituciones, como la Real Academia Latina Matritense, trataron de hacerse con los derechos de examinar para la obtención de cátedras. El catedrático tiene, asimismo, un sueldo asignado, aunque ha de dar clase en el inmueble de un convento, ya que aún no se han desarrollado las instituciones propias de un estado moderno. En lo que a la pedagogía del profesor respecta, es muy significativo su rechazo del Nebrija y su preferencia por la gramática de Hornero, pues esto da cuenta indirectamente de los cambios pedagógicos que supuso la expulsión de los jesuitas en 1767. El método docente, al contrario que el razonado del profesor de francés, está basado en la memoria, y sus clases siguen el consabido procedimiento de preguntar la lección, a lo que los alumnos reaccionan con una singular picaresca que nos recuerda el conocido episodio del ciego y Lázaro de Tormes. No hay autores latinos en el retrato, lo que puede explicarse porque el autor, al parecer, no pasó de los primeros rudimentos gramaticales. A este respecto, es muy elocuente el texto en el que se nos cuenta cómo terminó su relación con el latín:

“Entré a cuentas conmigo, y dije:

«¿Qué voy a aprender aquí? Subjuntivo, ¿y qué es subjuntivo? Gerundio, ¿y qué es gerundio? Pluscuamperfecto: esto parece que significa una cosa más que perfecta o que no tiene tacha; y si es perfecta, ¿cómo es más perfecta todavía? ¡Al diablo con tales jerigonzas! Más quiero sentar plaza que volver a abrir el maldecido Arte de Latín.»


Volví la espalda; y aquí dieron fin, por entonces, mis humanidades.” (o.c. p. 185)


FRANCISCO GARCÍA JURADO