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sábado, 23 de julio de 2011

Perugia, o el reencuentro de ciertas sensaciones

Al ver filtrarse una tenue luz por la persiana de su habitación, en un hotel veneciano, Marcel Proust cuenta en la primera persona de su personaje protagonista cómo este recupera una lejana sensación de sus veranos de infancia, en la no menos lejana Normandía. Llegar a un lugar y revivir algo que sentimos por primera vez en otro, esto es lo que me sugiere a mí la hermosa ciudad italiana de Perugia. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE




Desde la adriática ciudad de Ancona el ferrocarril no llega directamente a Perugia. Hay que hacer un transbordo en Foligno. Antes, ya habremos asistido al milagro del maravilloso paisaje italiano, que rápidamente cambia las vistas marítimas por las de la montaña. Pasamos desde Le Marche a la región de Umbría, y nos perdemos, literalmente, en el corazón de Italia, en la única región que no linda con el mar o con otros países. La ciudad de Asís nos sorprende desde el ferrocarril, poco antes de llegar a nuestro destino. Perugia puede encarnar perfectamente este tipo de ciudades a las que uno quisiera ir, pero que quedan siempre fuera de las principales rutas turísticas, más allá de lugares como Roma o Florencia. Ahora los vuelos baratos nos acercan a tales sueños. La estación de ferrocarril queda lejos del centro, pero esto, como sabéis, no es más que un reto para quienes militamos en el movimiento CPC, es decir, "Ciudades para caminar". El camino en cuesta no es aconsejable para viajeros cargados con equipaje, según dice la Guía del Lonely Planet, pero no para dos caminantes con poco peso y muchas ganas de conquistar las ciudades a pie. Tras un paseo agradable, al fin llegamos a algo que nos pareció sorprendente: un grandioso sistema de escaleras mecánicas dispuestas dentro de una antigua construcción semisubterránea, de galerías prestas para ser dibujadas por un moderno Piranesi. Ciertamente, son un alivio para el calor y el sol, además de un descanso. Tras ascender por allí uno llega literalmente al centro de Perugia, y se encuentra con uno de los conjuntos urbanos del Renacimiento más inesperados y notables que jamás haya visto. Los tonos claros de los edificios acentúan más, si cabe, este esplendor que gracias a la historia hemos idealizado, llamándolo "Renacimiento" por antonomasia. En el centro de Perugia, ante la logia de la catedral, volví a tener sensaciones de asombro propias de un antiguo viaje a Florencia, cuando sólo tenía veinte años y en el mundo campaban alegres los dinosaurios. Florencia quedó grabada en mi recuerdo como símbolo de una eterna juventud y de una eterna sed de belleza. A menudo he intentado recuperar aquella sensación de plenitud y desasogiego, a un tiempo, en otras plazas del mundo, incluso en la serena Haarlem, tan alejada del sur de Europa. Sin embargo, ni tan siquiera cuando regresé a Florencia, unos años más tarde, logré recuperar aquellos espontáneos rayos de plenitud y felicidad. Las sensaciones, acaso, no hay que buscarlas, vienen espontáneamente cuando uno menos se lo espera. Por la tarde, el museo arqueológico nos brindó el tesoro de las tumbas etruscas y los restos del pueblo de los umbros, que me trajeron también el recuerdo de mis apuntes de clase de la asignatura de dialectos itálicos. Los rostros felices de las figuras etruscas me sugirieron cuánto les había gustado la vida a aquellas personas desaparecidas hace tanto tiempo. Una sensación es absoluta, atemporal y, en su tímida consistencia, casi eterna. FRANCISCO GARCÍA JURADO