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jueves, 3 de marzo de 2011

DECIR "LITERATURA" IMPLICA "HISTORIA"

La lectura de viejos libros de actas, como los dedicados a las reuniones de las antiguas academias del siglo XVIII, depara algunos momentos inolvidables. La rutina de las fechas y sus reuniones nos permite mirar a veces, como tras el ojo de una cerradura, una pequeña vida cotidiana que está muy lejos de los grandes acontecimientos. De los pequeños detalles que nos deparan tales lecturas recuerdo especialmente unas actas redactadas precisamente el día 3 de mayo de 1808. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

Hoy día hemos convertido lo que entonces pudo ocurrir en Madrid en materia histórica, en puro acontecimiento. Los cuadros de Goya han grabado en nuestra retina esos momentos, y la historiografía oficial nos ha contado que el pueblo de Madrid se alzó en armas contra los invasores franceses. Aquellos sucesos se han vuelto hoy materia legendaria, y nos cuesta imaginar que las personas que poblaron aquellos escenarios fueron también de carne y hueso. De carne y hueso eran los preceptores de latinidad que se reunieron al día siguiente en casa de uno de ellos para celebrar, como de costumbre, su reunión académica. Podría pensarse que allí aparecería alguna referencia a lo ocurrido tan sólo unas horas antes. No en vano estamos ante testigos casi directos. Lo curioso es que no hay ni una sola referencia a lo acontecido. Al cabo del tiempo, y tras meditar sobre ello, he llegado a la conclusión de que quizá no sea tan curioso, pues, en definitiva, no somos capaces más que de relatar aquello que creemos comprender. Para estos preceptores de latín, no en vano personas de un siglo anterior, aquel levantamiento no fue otra cosa que un hecho levantisco. Aquellos hombres, cuyos predecesores crearon una academia en 1755 tratando de subirse a la nuevas modas ilustradas (sin comprenderlas), no sentirían lo ocurrido como un hecho heroico. El pueblo de Madrid todavía no había ocupado oficialmente ese lugar en la historia, concedido sobre todo por los nuevos ideales románticos que penetrarían débilmente en España hacia 1820. Aquellos “ilustrados menores”, o “ilustrados de a pie” que eran algunos de estos académicos no podían entender que el populacho se convirtiera en “pueblo”. Por esta misma razón tampoco podrían entender aquellos componentes de la Real Academia Latina Matritense lo que terminaría siendo la nueva historia de las literaturas nacionales, legítima voz de sus respectivos pueblos, frente a la universalidad de la poética. La incorporación de nuevos paradigmas a la historia de la enseñanza suele ser larga y a menudo compleja. Resulta de gran ayuda, cuando no imprescindible, que haya un poder político decidido a introducir y legitimar las nuevas materias . La enseñanza de la literatura ha venido siendo desde la Antigüedad hasta bien entrado el siglo XIX un dominio propio de la Poética y la Retórica. Sin embargo, a lo largo de ese siglo observamos cómo a tales materias les va saliendo un curioso competidor, el de la Historia de las literaturas nacionales. Mientras las dos primeras materias tratan de explicar la literatura desde una perspectiva atemporal y normativa, la tercera, no en vano heredera del pensamiento ilustrado, hace hincapié en el cambio, en el devenir de los hechos. No tenemos, por lo demás, formulaciones tales como “Poética griega”, “latina” o “española” , pero sí hablamos de literaturas nacionales con gentilicio. Un formulación como “Literatura española” es resultado de una construcción moderna, marcadamente romántica, que es, precisamente, cuando se desarrollan desde el punto de vista metodológico las modernas historias literarias nacionales. No se trata, en todo caso, como bien señala José Carlos Mainer, de un sintagma que designe sustancias naturales . Decir “Literatura española” implica historia. FRANCISCO GARCÍA JURADO