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lunes, 26 de marzo de 2012

Antonio Tabucchi, o el sueño de la vida imaginaria

Apenas puedo creer que haya muerto Antonio Tabucchi. No me ocurre como a su personaje Pereida, quien en la redacción de su diario lisboeta fue escribiendo las necrologías de los autores antes de que ocurriera el fatal desenlace. No voy a escribir una necrología de Tabucchi. Sólo es mi deseo situarlo ahora entre dos autores que, salvando las distancias del amadísimo Pessoa, a él le fascinaban: Borges y Marcel Schwob. Los tres, Tabucchi, Borges y Schwob, coinciden en el cultivo de un microgénero llamado "vida imaginaria" (ahora Cristian Crusat dedida en Ámsterdam sus esfuerzos para trazar la historia subterránea de un género que es, ante todo, una forma de escribir y de sentir). Ahora evoco a Tabucchi imaginándolo en Lisboa (evocada en la fotografía), soñando igualmente con una de las posibles vidas imaginarias de Pessoa. El tiempo es impío con los sueños. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO


En alguna ocasión hemos ensayado estas tres formas esenciales de escribir, en primera, segunda o tercera persona. La gramática y la literatura se confunden, aquí. Frente a la voz poética de la primera persona y el diálogo de la segunda, la tercera persona, menos marcada que las anteriores, aleja de nosotros al autor antiguo[1]. Aparecen así los relatos biográficos, a menudo ficticios, donde generalmente el antiguo escritor y quienes le rodean se convierten en personajes de la propia ficción literaria creada por el primero, de manera que ya se vuelve imposible distinguir qué es biografía y qué es invención. Son, en este sentido, paradigmáticas las vidas imaginarias de Empédocles, Eróstrato, Crates, Séptima, Lucrecio, Clodia y Petronio que recrea el escritor francés Marcel Schwob a finales del XIX. A Schwob debemos la discreta paternidad de una singular forma de narración biográfica y ficticia que ha tenido ilustres seguidores, como Jorge Luis Borges cuando escribe su Historia universal de la infamia, o Antonio Tabucchi en su obra titulada Sueños de sueños (1992). De ambos podemos recordar, asimismo, algunas notables recreaciones biográficas de autores antiguos, como la de Homero, en el caso de Borges, o la de Ovidio, que nos ofrece Tabucchi a la manera de un sueño visionario[2]. Borges juega con la etimología de la palabra “poeta”, que en griego tiene que ver con el verbo “hacer”, para dar título a una de sus prosas inmortales, la titulada “El hacedor”, que abre el libro que lleva el mismo título (1960) y que esta vez nos lleva hasta el mismo Buenos Aires. Vamos a leer simplemente el final del relato:

Con grave asombro comprendió. En esta noche de sus ojos mortales, a la hora que descendía, lo aguardaban también el amor y el riesgo. Ares y Afrodita, porque ya adivinaba (porque ya lo cercaba) un rumor de gloria y de hexámetros, un rumor de hombres que defienden un templo que los dioses no salvarán y de bajeles negros que buscan por el mar una isla querida, el rumor de las Odiseas e Ilíadas que era su destino cantar y dejar resonando cóncavamente en la memoria humana. Sabemos estas cosas, pero no las que sintió al descender a la última sombra.[3]

El poeta-hacedor, Homero, asiste a la revelación de su obra, de manera parecida a como Lucrecio, en la ficción de Schwob, comprendía las razones últimas de la naturaleza (la esencia de su poema De rerum natura) poco antes de morir envenenado por una hechicera africana:

Por esto fue que habiendo vuelto a la alta y sombría casa de los ancestros, se acercó a la bella africana, quien cocía un brebaje en un recipiente de metal en un brasero. Porque ella también había pensado, por su parte, y sus pensamientos se habían remontado a la fuente miste­riosa de su sonrisa. Lucrecio miró el brebaje todavía hirviente. Éste se aclaró poco a poco y se volvió pareci­do a un cielo turbio y verde. Y la bella africana sacudió la frente y levantó un dedo. Entonces Lucrecio bebió el filtro. E inmediatamente después su razón desapareció, y olvidó todas las palabras griegas del rollo de papiro. Y por primera vez, al volverse loco, conoció el amor; y a la noche, por haber sido envenenado, conoció la muerte.[4]

Precisamente, esa misma atmósfera visionaria evocada por Schwob en un París finisecular es la que el italiano Tabucchi recrea a partir de la imagen de un Ovidio exiliado que sueña con haberse convertido en gigantesca mariposa, hecho que conlleva una extraordinaria fuerza poética y metaliteraria. En este sueño afloran las propias metamorfosis cantadas por el poeta latino, que ahora, sin embargo, ya no podemos entender sin pensar en la moderna Metamorfosis de Kafka. Asimismo, la visión de un Ovidio convertido en mariposa y con las alas cortadas nos hace pensar también en la melancólica imagen poética del poema “Albatros” de Baudelaire, donde un enorme pájaro mutilado, alegoría del poeta caído en desgracia, cojea torpe y humillado sobre la proa de un barco. Este es el final del sueño de Ovidio, escrito por un escritor que enseña literatura en la Universidad de Siena, en la misma tierra italiana a la que el poeta romano jamás pudo volver:

Soldados, dijo el César, cortadle las alas. Los pretorianos desenvai­naron la espada y con pericia, como si podaran un árbol, cortaron las alas de Ovidio. Las alas cayeron al suelo como si fueran suaves plumas y Ovidio comprendió que su vida finalizaba en aquel momen­to. Movido por una fuerza que sentía era su destino, tomó impulso y balanceándose sobre sus atroces patas salió de nuevo a la balconada del palacio. A sus pies había una multitud enfurecida que reclamaba sus restos, una multi­tud ávida que lo aguardaba con las manos furiosas.
Y entonces Ovidio, tambaleándose, bajó la escalera de palacio.[5]

Algunas de las vidas imaginarias relativas a autores antiguos (Homero, Lucrecio, Ovidio…) plantean esta inquietante relación entre la inspiración artística y la muerte. Ahora Tabucchi pasa a esta incierta gloria de los autores imaginarios.



FRANCISCO GARCÍA JURADO




[1] Resulta imposible, al referirse a estos pormenores, no acordarse de un gran ensayo de Émile Benveniste titulado “Estructura de las relaciones de persona en el verbo” (Problemas de lingüística general I, México, Siglo XXI, 1986, pp. 161-171).
[2] Hoy día es Roberto Bolaño quien ofrece la representación más difundida de este curioso tipo de relato metaliterario en obras como la Historia de la literatura nazi en América. Véase a este respecto Cristian Crusat, “La tradición de la vida imaginaria. Marcel Schwob y Roberto Bolaño”, Revista de Occidente 332, 2009, pp. 87-114.
[3] Jorge Luis Borges, “El hacedor”, en El hacedor, dentro de Obras completas II, Barcelona, Emecé, 1989, p. 160.
[4] Marcel Schwob, “Lucrecio”, en Vidas imaginarias. Trad. de Julio Pérez Millán, Barcelona, Orbis, 1987, pp. 45-49.
[5] Antonio Tabucchi, Sueños de sueños, seguido de Los tres últimos días de Fernando Pessoa. Trad. de Carlos Gumpert Melgosa y Xavier González Rovira, Barcelona, Anagrama, 1996, pp. 19-21.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Fíjate qué dato, querido Paco, nos proporciona Jorge Herralde a propósito de la muerte del gran Tabucchi:

"Vino muchas veces a España para promocionar sus libros o aceptando invitaciones, también nos encontramos en la Feria del Libro de Turín, en su piso de París en la rue de l’Université (que en su día perteneció a Marcel Schwob, el autor de Vidas imaginarias, un libro que tanto le gustaba), en su hermosa casa de Lisboa..."

Eso quiere decir que Don Antonio -el autor que mejores y más educadas personas ha sabido retratar- las soñaba, reales o no, en la casa de Schwob.

Abrazos,
Cristian