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lunes, 22 de abril de 2013

“Aristóteles en el supermercado”, de Adriano Pérez


Dr. Adriano Pérez Cardero, Aristóteles en el supermercado, Astrea, Prensas de la Universidad, 2013

Para Álvaro Cancela, por tantas clases vividas en su compañía
Casi sería obligado comenzar esta reseña con las consabidas palabras que Borges dedicó al afán clasificatorio en su prosa titulada “El idioma analítico de John Wilkins”, pero creo que es mejor dejarlas para el final, como hermosa corroboración de lo que el profesor Adriano Pérez Cardero, de la Universidad de Astrea, ha querido contarnos en este libro absolutamente imprescindible, no tanto por lo que dice, sino por el carácter trágico que adquieren en él sus constataciones. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
El planteamiento de este libro es tan conmovedor que la complejidad de sus argumentos queda realmente reducida a un segundo plano, ante la escena inicial que ocupa prácticamente todo el capítulo primero. Imaginemos que Aristóteles, el gran padre de las categorías como entidades en sí mismas, visitara un moderno supermercado y buscara, por ejemplo, unos palillos de dientes o unas patatas fritas. Desde su concepción “perfecta” del mundo, consideraría que el plan ordenador y clasificatorio de los grandes almacenes siempre sería el mismo, constante y demoledoramente unívoco. Pero algunos cambios, acaso sutiles, darían al traste con sus pretensiones, tan bien expresadas en ese libro que tiene el poético título de “Las categorías”. Nuestro querido Aristóteles, que encarna esta vez la figura del Dr. Pérez Cardero, uno de los sabios y divulgadores más avezados que la humanidad ha conocido jamás, va buscando en varios hipermercados un producto insignificante y a menudo poco visible: unos mondadientes. Resulta que este producto es difícil de encontrar, pues no se localiza en un lugar estable según los criterios clasificatorios que sugerirían, acaso, la perfección de nuestras categorías. Unas veces aparecen en la sección de alimentos, otras dentro de lo que solemos llamar menaje, entre vasos de plástico y tenedores efímeros. Pero en otras ocasiones se los encuentra junto a los productos de limpieza, como si su función fuera pareja a la de las lejías y lavaplatos. El Dr. Pérez Cardero imaginó durante esos ratos aparentemente yermos que suponen ir a la compra qué hubiera pensado Aristóteles ante tales variantes. Si se trataba de un error cabría pensar, entonces, cuál sería la verdadera clasificación de los palillos: ¿junto a las aceitunas, los platos de plástico o los limpiacristales? Quizá, a esta incontinencia clasificatoria le sobrevenía una certidumbre mucho más terrible, como era el hecho de que los objetos se ordenasen de una manera empírica, es decir, junto a aquellos artículos que parecían, merced a su uso, más afines. El drama, el gran drama de esta historia, vino cuando Aristóteles, en la piel del Dr. Pérez Cardero, descubrió la existencia de un tubérculo inclasificado que venía de un continente aún menos clasificado: la patata. Resultaba que este tubérculo se vendía entre las hortalizas y las frutas, pero que cuando se envasaba frito ya no estaba allí, ni tan siquiera en el esperable compartimento de la comida preparada, sino en una categoría conocida como “frutos secos”. Nadie parecía haber reparado en ello, y el pobre Dr. Pérez Cardero, que seguía encarnando durante aquellas horas críticas a Aristóteles, quedó sumido en el mayor de los espantos clasificatorios.
“Aristóteles en el supermercado” es, por tanto, un libro dedicado al fracaso de la categorización de las cosas desde criterios ajenos a la práctica, a partir de rasgos suficientes y necesarios. Se trata de una concesión, casi una rendición, a las categorías y los prototipos que hoy días las nuevas ciencias cognitivas dan en enseñarnos. Pero el libro es, ante todo, no lo olvidemos, un nostálgico canto de cisne en torno a un mundo perdido, donde las cosas eran perfectas y tenían su lugar. Ahora sí, es oportuno que terminemos nuestra reseña con un pasaje de la famosa prosa de Borges citada al comienzo:
Las palabras del idioma analítico de John Wilkins no son torpes símbolos arbitrarios; cada una de las letras que las integran es significativa, como lo fueron las de la Sagrada Escritura para los cabalistas. Mauthner observa que los niños podrían aprender ese idioma sin saber que es artificioso; después en el colegio, descubrirán que es también una clave universal y una enciclopedia secreta.
Ya definido el procedimiento de Wilkins, falta examinar un problema de imposible o difícil postergación: el valor de la tabla cuadragesimal que es base del idioma. Consideremos la octava categoría, la de las piedras. Wilkins las divide en comunes (pedernal, cascajo, pizarra), módicas (mármol, ámbar, coral), preciosas (perla, ópalo), transparente (amatista, zafiro) e insolubles (hulla, greda y arsénico). Casi tan alarmante como la octava, es la novena categoría. Esta nos revela que los metales pueden ser imperfectos (bermellón, azogue), artificiales (bronce, latón), recrementicios (limaduras, herrumbre) y naturales (oro, estaño, cobre). La belleza figura en la categoría decimosexta; es un pez vivíparo, oblongo. Esas ambigüedades, redundancias y deficiencias recuerdan las que el doctor Franz Kuhn atribuye a cierta enciclopedia china que se titula Emporio celestial de conocimientos benévolos. En sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (1) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas. El Instituto Bibliográfico de Bruselas también ejerce el caos: ha parcelado el universo en 1000 subdivisiones, de las cuales la 262 corresponde al Papa; la 282, a la Iglesia Católica Romana; la 263, al Día del Señor; la 268, a las escuelas dominicales; la 298, al mormonismo, y la 294, al brahmanismo, budismo, shintoísmo y taoísmo. No rehúsa las subdivisiones heterogéneas, verbigracia, la 179: "Crueldad con los animales. Protección de los animales. El duelo y el suicidio desde el punto de vista de la moral. Vicios y defectos varios. Virtudes y cualidades varias."”  Jorge Luis Borges
FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE