domingo, 18 de enero de 2009

BORGES Y SAN AGUSTÍN


La suerte a menudo acompaña a los audaces. Tuve hace ya unos años el atrevimiento de proponer a una de mis revistas míticas, Variaciones Borges, un trabajo complejo que proponía una transversalidad entre dos gigantes de la literatura y el pensamiento: San Agustín y Borges a partir de la reflexión sobre el lenguaje. El entonces director de la revista, afincada por aquellos años en la danesa (y vikinga) universidad de Aarchus, aceptó mi trabajo, que apareció, curiosamente, publicado dentro de una volumen dedicado a "Lo que se cifra en el nombre -Borges y las palabras-". Era el año 2002, y el volumen aparecía dedicado a Umbeto Eco, miembro del comité editorial, que aquel año cumplía 70 años. El texto que viene a continuación presenta el planteamiento de este estudio.


Hace ya tiempo, dentro de un estudio encaminado a analizar las complejas relaciones entre etimología y literatura desde la Antigüedad al presente[1], observamos cómo en Agustín y Borges, aun mediando entre ellos varios siglos, se daba una singular coincidencia en el escéptico juicio que tenían acerca de la etimología. De esta forma, salvando las distancias científicas e históricas, ambos coinciden en calificar a la etimología de disciplina curiosa o interesante, aunque poco necesaria o útil. Uno y otro autor se expresan de forma muy parecida:

AGUSTÍN "de origine verbi": res nimis curiosa / minus necessaria
BORGES "etimología": "escasas disciplinas habrá de mayor interés" / "de nada o de muy poco nos servirá para la aclaración de un concepto el origen de una palabra"

El juicio, como es fácil comprobar, se compone de dos asertos en cierto sentido contradictorios, pues hay una valoración positiva, por un lado, que reconoce la curiosidad o el interés de la etimología, pero, por otro lado, se declara explícitamente su inutilidad a la hora de ayudarnos a entender el concepto que expresa la palabra en cuestión. La coincidencia resulta significativa, y más aún porque no creemos que Borges haya leído el texto concreto de Agustín donde aparece expresado este juicio. Es cierto que Borges cita a menudo a Agustín[2], pero es siempre a propósito de la refutación de la idea estoica del tiempo cíclico en La Ciudad de Dios: "(...) la idea del tiempo cíclico, que fue refutada por San Agustín en La ciudad de Dios. San Agustín dice con una hermosa metáfora que la cruz de Cristo nos salva del laberinto circular de los estoicos." ("El libro", Borges oral [1979] en OC 4: 165-166). Volviendo al juicio sobre la etimología, el texto de Agustín, que es también una crítica al pensamiento estoico, se encuentra en su obra de juventud titulada De dialectica, escrita en el año 387:

"Nos preguntamos acerca del origen de una palabra cuando nos planteamos de dónde proviene que se diga de tal manera: asunto bastante curioso, en mi opinión, pero menos necesario. No me gustó decir esto que a Cicerón[3] parece merecerle la misma opinión; aunque, ¿quién necesita de una autoridad en un asunto tan evidente? Pero si fuera de mucha utilidad explicar el origen de una palabra, no sería apropiado adentrarse en lo que ciertamente es imposible de alcanzar. ¿Quién hay que pueda justificar por qué se tiene que decir de tal manera lo que nombramos? Ocurre que, al igual que en la interpretación de los sueños, así se declara el origen de una palabra de acuerdo con el ingenio de cada cual."[4]

A continuación, se desarrollan cuatro posibles etimologías para la palabra verbum y se termina concluyendo que con tal de saber lo que significa una palabra no nos importa tanto conocer su origen. En lo que respecta a Borges, si bien las referencias al significado y la etimología de las palabras aparecen en muchos pasajes de su obra, vamos a destacar de momento la prosa que cierra el volumen misceláneo titulado Otras inquisiciones, publicado en 1952[5], y que lleva el título "Sobre los clásicos":

"Escasas disciplinas habrá de mayor interés que la etimología; ello se debe a las imprevisibles transformacio­nes del sentido primitivo de las palabras, a lo largo del tiempo. Dadas tales transformaciones del sentido primitivo de las palabras, que pueden lindar con lo paradójico, de nada o de muy poco nos servirá para la aclaración de un concepto el origen de una palabra." ("Sobre los clásicos", en Otras inquisiciones [1952], OC 2: 150)

El texto continúa con una serie de ejemplos:

"Saber que cálculo, en latín, quiere decir piedrita y que los pitagóricos las usaron antes de la invención de los números, no nos permite dominar los arcanos del álgebra; saber que hipócrita era actor, y persona, máscara, no es un instrumento valioso para el estudio de la ética. Parejamente, para fijar lo que hoy entendemos por clásico, es inútil que este adjetivo descienda del latín classis, flota, que luego tomaría el sentido de orden." (OC 2: 150)

Aun a riesgo de simplificar la cuestión, tanto en Agustín como en Borges puede encontrarse la articulación de un pensamiento etimológico que puede justificar por qué la etimología no es una disciplina necesaria, si bien es interesante:

a. En primer lugar, porque hay una notable distancia entre el origen y el significado actual de las palabras. Es lo que lo que ocurre, por ejemplo, con piscina, cuyo significado real poco tiene que ver con la palabra "pez":

" Cuando se habla de «piscina» en lo referente a los baños, donde no hay rastro de peces, ni tiene nada que nos recuerde a los peces, parece, no obstante, que toma su origen de los peces a causa del agua, que es donde éstos viven. Así pues, la palabra no se transfiere a causa del parecido, sino que se toma debido a cierta contigüidad (...). Esto, sin embargo, demuestra perfectamente -lo que podemos dilucidar ya con tan sólo un ejemplo- la distancia que hay entre el origen y la palabra, la que se toma por contigüidad de aquella que se pone por similitud."[6]

Esta última razón es bastante coincidente con la que esgrime, por su parte, Borges, ya dentro de un contexto moderno de etimología histórica, cuando nos habla de la paradójica transformación del sentido primitivo de las palabras, que es lo que ocurre cuando explicamos el término "clásico" a partir de la palabra latina classis "flota"[7], cerrando una pequeña lista de etimologías paradójicas ("cálculo" significaba "piedrita", "hipócrita" era "actor" y "persona" originariamente era "máscara"). La conciencia de que el significado actual de una palabra sea tan diferente del significado originario lleva a cada uno de nuestros autores a soñar con una forma de lengua perfecta: lo dicibile en Agustín, o una lengua de imágenes de carácter extraverbal, y las lenguas cabalísticas o filosóficas en Borges.

b. En segundo lugar, a pesar de sus paradojas, la etimología es una forma de ver el lenguaje gracias a la interpretación que hacemos de unas palabras a través de otras. Para Borges, esta visión supondrá una "pura contemplación de un lenguaje del alba", al margen de las paradojas que suscite. Sin embargo, Agustín pondrá el énfasis en la variedad de interpretaciones posibles que puede tener una etimología, circunstancia que acerca la actividad etimológica a la hermenéutica de los sueños, como tendremos ocasión de comprobar con la irónica ilustración de las posibles etimologías de la palabra verbum (3). Asimismo, puede verse cómo esta combinación de etimología e interpretación de los sueños nos depara todo un inesperable hallazgo en la ficción borgesiana.

En definitiva, bajo esta compleja interpretación subyace el hecho de que la materia que estudia la etimología, el lenguaje verbal humano, es engañosa, lo que se adscribe claramente a una determinada corriente escéptica de pensamiento lingüístico que tiene su origen en el Crátilo de Platón y llega hasta alguno de los más penetrantes filósofos del lenguaje del siglo XX, como el vienés Ludwig Wittgenstein. El lenguaje, en definitiva, es engañoso como vehículo de conocimiento, pero es fascinante por la posibilidad de juego que nos ofrece, en especial la etimología.






[1] Este trabajo se inserta en el proyecto de investigación PB-98-0794 financiado por la Dirección General de Enseñanza superior del Ministerio de Educación y Cultura. Quiero agradecer a la profesora Barrios Castro su interés en leer una versión previa de este trabajo. Parte de los resultados de esta investigación pueden encontrarse en García Jurado "La etimología..." citado en la bibliografía final.
[2] Así podemos verlo, por ejemplo, en diversos lugares de la obra de Borges, que citaremos por la edición de sus De entre las citas que hemos encontrado de San Agustín destacamos las siguientes: OC 1: 359, 362, 365, 391, 392, OC 2: 92 y OC 4: 201).
[3] Esta referencia es muy interesante, pues en el De natura deorum de Cicerón puede rastrearse ya una parte del juicio sobre la etimología, concretamente, la parte negativa: Cic. N.D. 3,63 magnas molestias suscepit et minime necessarias primus Zeno post Cleanthes deinde Chrysippus.
[4] De origine verbi quaeritur, cum quaeritur unde ita dicatur: res mea sententia nimis curiosa, et minus necessaria. Neque hoc mihi placuit dicere, quod sic Ciceroni quoque idem videtur; quamvis quis egeat auctoritate in re tam perspicua? Quod si omnino multum iuvaret explicare originem verbi, ineptum esset aggredi, quod persequi profecto infinitum est. Quis enim reperire possit, quod quid dictum fuerit, unde ita dictum sit? Huc accedit, quod ut somniorum interpretatio, ita verborum origo pro cuiusque ingenio praedicatur. (Aug. Princ.dial. 6).
[5] Si bien este dato no tiene porqué pasar de la mera esfera de la casualidad, llama la atención que Borges cite también en este libro pasajes del De natura deorum de Cicerón, como N.D. 2, 40-44, en el ensayo titulado "Quevedo" (OC 2: 39) y N.D. 2, 17 en el ensayo titulado "Pascal" (OC 2: 82 n. 1).
[6] (...) cum piscina dicitur in balneis, in qua piscium nihil sit, nihilque piscibus simile habeat, videtur tamen a piscibus dicta propter aquam, ubi piscibus vita est. Ita vocabulum non translatum similitudine, sed quadam vicinitate usurpatum est (...). Illud tamen bene accidit, quod uno exemplo dilucidare iam possumus, quid distet origo verbi, quae de vicinitate arripitur, ab ea quae similitudine ducitur. (Aug. Princ.dial. 6).
[7] También encontramos esta definición etimológica en "La cábala" (Siete noches [1980], OC 3: 267): "Tomemos la palabra clásico. ¿Qué significa etimológicamente? Clásico tiene su etimología en classis: «fragata», «escuadra». Un libro clásico es un libro ordenado, como tiene que estarlo a bordo; shipshape, como se dice en inglés."

miércoles, 14 de enero de 2009

EL MUNDO CLÁSICO DESDE LA MIRADA FEMENINA


Si somos capaces de proponer diferentes historias de la literatura grecolatina, académicas y no académicas, podemos considerar que estas historias responden a diferentes miradas. Más allá de modas científicas, hay algunas lectoras, mujeres cultas y perspicaces, que han hecho posible la configuración de una mirada propia de los autores grecolatinos. Un canon diferente, unas lecturas a veces sutilmente distintas caracterizan la cristalización de esta historia de la literatura que nace en una nueva circunstancia. El trabajo de Ana González Rivas-Fernández que aquí se presenta indaga en la particular lectura que de la literatura grecolatina hicieron tres mujeres del siglo XIX.:



El mundo clásico desde la mirada femenina: Margaret Fuller, Mary Shelley y George Eliot (2008) analiza las relaciones que se establecen entre la literatura grecolatina y tres autoras anglosajonas del siglo XIX: la norteamericana Margaret Fuller, una de las pioneras en luchar por los derechos de las mujeres, como demostró en su ensayo Women in the Nineteenth Century; la británica Mary Shelley, que en su inmortal Frankenstein; or the Modern Prometheus recrea la tragedia griega desde una estética gótica; y, finalmente, la también británica George Eliot, que llena de referencias clásicas su novela autobiográfica The Mill on the Floss, donde además nos ofrece un espléndido retrato de la educación de su época, y el lugar que en ella ocupaban los autores grecolatinos. El estudio de estas tres autoras y sus obras nos ofrece una nueen el apartado de E-Excellence, dentro de la sección de “publicaciones electrónicas”: http://www.liceus.com/cgi-bin/aco/publi.asp?opcion=1. va mirada de Grecia y Roma, una mirada femenina y diferente a la acostumbrada desde los cánones académicos.
Este libro puede adquirirse en el portal http://www.liceus.com/.


Ana González-Rivas Fernández (anagonfer27@telefonica.net) es licenciada en Filología Clásica y en Filología Inglesa por la Universidad Complutense de Madrid. Por Filología Inglesa, además, obtuvo el premio extraordinario de licenciatura de la Universidad Complutense. Ha publicado varias reseñas tanto de literatura inglesa, como de literatura clásica, en revistas científicas y de difusión cultural. Asimismo, ha participado en varios congresos nacionales e internacionales, con comunicaciones relativas a la tradición clásica, novela gótica inglesa y literatura femenina, fundamentalmente. Es autora de artículos como “Frankenstein; or the Modern Prometheus: una tragedia griega” (Minerva. Revista de de filología Clásica, 19 (2006) pp. 309-326) “Paradojas literarias: George Eliot, los clásicos y el terror gótico” (Mujer y Terror: VIII Jornadas de Estudios de la Mujer, Navarra, Editorial Aranzadi, 2008) o “Death and Love in Poe’s and Schwob’s Readings of the Classics” (CLCWeb: Comparative Literature and Culture, 10:4 (2008) http://docs.lib.purdue.edu/clcweb/vol10/iss4/). Actualmente, trabaja en su tesis doctoral en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense.

martes, 13 de enero de 2009

IMÁGENES DEL SABER


Mientras preparo materiales para una congreso que se celebrará en la UNED el futuro mes de marzo de 2009, reflexiono, más allá de lo que será mi trabajo, acerca del tema sobre el que voy a tratar: la lectura de Aulo Gelio en el siglo XVI español. Cuando traduje una parte de las Noches Áticas para Alianza Editorial fui observando cuántas y curiosas lecturas dependían, al cabo del tiempo, de los textos de Aulo Gelio. Siendo una obra discreta, en parte un libro de apuntes y lecturas, ha sabido conectar con el espíritu de la modernidad como pocos.


Las Noches Áticas de Aulo Gelio no se traducen al castellano hasta finales del siglo XIX. Sin embargo, su aparición en la literatura española, si bien discreta, en comparación con otros grandes autores de la Antigüedad, es constante, y da prueba de que hay, al menos, un conocimiento de la obra por parte de autores como Pedro Mexía o Fray Antonio de Guevara. De hecho, al tratarse de una miscelánea, sus noticias se transmiten de una manera directa o indirecta a través de los diversos autores. El carácter misceláneo de la obra de Gelio, su naturaleza de obra abierta, de recopilación de escritos varios, también se deja ver en la propia recepción de la obra. Es un libro destinado a personas eruditas, de ahí la no necesidad de una traducción hasta pasados muchos siglos. Sin embargo, el estudio de la huella de sus lecturas en la literatura española nos permitiría llevar a cabo una antología (“antología inminente”, en palabras de Alfonso Reyes) de una parte significativa de las historias y noticias que en ella se nos da. Por lo tanto, sí cabría hablar de una forma de traducción implícita de la obra, que unos leen y narran para que otros la conozcan.

En lo que respecta a las Noches Áticas, el siglo XVI da lugar a dos frutos destacables: de una parte, lo que va a ser una primera edición bien difundida y provista de notas críticas, como es la edición de Stephanus; por otra parte, el salto cualitativo de la miscelánea al ensayo, que podemos presenciar en la lectura de Michel de Montaigne.


Estoy observando, desde autores como Fray Antonio de Guevara o Pedro Mexia, cómo se cita a Gelio en el siglo XVI. En especial, como era previsible, veo que las citas textuales o paráfrasis son mayoría. Pero también, de vez en cuando, aparece algún apunte sobre el propio autor de las Noches Áticas, como cuando se le llama "historiador" o "filósofo". En la edición que Gronovio hace ya en el siglo XVII podemos ver cómo se representa a Gelio dentro de una estética de poshumanista. Gelio, de hecho, quiso dejar su imagen personal, de manera implícita, cuando tituló a su libro con el término "noches": mientras leemos, podemos imaginar al autor escribiendo a la luz del candil. Autores ya modernos como Montaigne o Erasmo tuvieron especial cuidado en difundir sus imágenes. Por muchas circunstancias que aqui ahora no vienen al caso necesitamos imaginar a quien escribe.


FRANCISCO GARCÍA JURADO

H.L.G.E.

sábado, 10 de enero de 2009

INFLUENCIA DE LAS LITERATURAS CLÁSICAS EN LA FORMACIÓN DE LA PERSONALIDAD


De la admirable producción bibliográfica de Pedro Urbano González de la Calle quisiera hoy destacar un curioso artículo publicado en 1920 con el título “Influencia de las literaturas clásicas en la formación de la personalidad” (Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 41 (1920), pp. 205-232). Se trata de un artículo muy significativo por lo que supone de renovación del discurso propio de un filólogo clásico en los primeros decenios del siglo XX, dado que capta muy bien el espíritu intelectual de su época (desde el idealismo del Croce hasta la prosa culta de Pérez de Ayala...) sin perder de vista el objeto de la propia Filología. El trabajo comienza de manera muy afín a las preocupaciones etimológicas de Unamuno, Ortega o Pérez de Ayala:


“En el proceso de las derivaciones de los vocablos, persona ha servido de base a la formación de personalis, que a su vez ha contribuido a la aparición del abstracto personalitas, del que procede (en la forma del acusativo personalitatem) nuestro término castellano personalidad. Mas para alcanzar clara noción de lo que el adjetivo personalis y el abstracto personalitas expresan, es indispensable analizar etimológicamente la palabra persona”.


La cercanía con la prosa “etimológica” de Ramón Pérez de Ayala está a la vista:


“De aquí que en el teatro griego, como en el latino, los actores no trabajaban a rostro descubierto, sino con unas carátulas que los griegos llamaban máscaras y los latinos personas, que figuraban en inmovilidad plástica el carácter supuesto del personaje, y cuyo propósito se cifraba en ampliar y henchir la voz (persona, viene de per sonare, para que resuene; y la acepción moderna y universal de la palabra personalidad, ¡curiosa mutación de los conceptos!, se deriva de aquellas máscaras de rostro exagerado y fijo).” (apud Pelayo H. Fernández, Ideario etimológico de Ramón Pérez de Ayala, Madrid, José Porrúa Fernández, 1982, pp.189-190).


Es admirable la afinidad, y nos invita a no perder de vista esta deseable faceta intelectual de los propios estudios filológicos.


Francisco García Jurado

H.L.G.E.

miércoles, 7 de enero de 2009

EJEMPLO Y MEMORIA DE PEDRO URBANO GONZÁLEZ DE LA CALLE


Sí, ejemplo y memoria de una persona excepcional que si hubiera nacido en Francia o Alemania hoy sería un reputado y recordado filólogo. Uno de los primeros asuntos a los que me dediqué en este cuaderno de bitácora fue a hablar sobre Pedro Urbano González de la Calle y Agustín Millares Carlo. Pero Urbano ha sido, después de Alfredo Adolfo Camús, mi otro gran descubrimiento de entre los académicos españoles dedicados a los estudios clásicos en España. Ahora que la revista Estudios Clásicos, en concreto su número 134, ha llegado a los buzones de sus lectores, ya estoy en condiciones de contar aquí lo que he dejado por escrito en ella sobre este profesor inolvidable. También hay en mi biblioteca varios libros y separatas suyas, algunos dedicados de puño y letra, y como muestra de una bibliografía exquisita y copiosa. Que no cunda el mito de que quien escribe mucho escribe necesariamente mal, pues en ese caso, quien no escribe nada vivirá con un inmerecido beneficio de la duda. Su obra trata sobre asuntos de estilítica latina y de humanismo español, entre otras cosas, y todavía leen sus trabajos quienes estudian al humanista Sánchez de las Brozas.


Reproduczo a continuación lo que cuento en mi artículo "El nacimiento de la Filología Clásica en España. La Facultad de Filosofía y Letras de Madrid", publicado en la revista ya aludida:


Hay que esperar hasta los años 30, ya en los tiempos de la Segunda República, para el nombramiento de un nuevo catedrático, Pedro Urbano González de la Calle (1879-1966). Pedro Urbano se había formado en Madrid, pero desde 1904 hasta 1926 fue catedrático en Salamanca. De esta etapa, es destacable el apoyo que brindó a Unamuno tras su destitución como rector en 1914[1]. Sus años salmantinos dan cuenta de importantes estudios sobre El Brocense y el Humanismo Español[2]. En un trabajo muy tardío[3], fruto de una conferencia impartida en México en 1964, da cuenta del ideal que le llevó a este tipo de estudios, inspirado básicamente en la idea de progreso del propio Renacimiento frente a la Edad Media. En 1926 se traslada a Madrid, tras lograr una excedencia para dar clases como auxiliar temporal de la cátedra de Lengua y Literatura Latinas que había dejado vacante Cejador. Sin embargo, esta excedencia supuso en su anhelo por ser catedrático en Madrid una singular cortapisa[4], pues lo dejó excluido en el concurso por traslado de esta misma cátedra, a pesar de ser la que él mismo impartía en ese momento[5]. Como antes dije, fue la cátedra que obtuvo Alemany Selfa. No obstante, continuó como auxiliar en Madrid hasta lograr el nombramiento de catedrático
Pedro Urbano González de la Calle representa lo más granado de la incipiente Filología Clásica en la España de comienzos del siglo XX.de Lengua y Literatura Latinas cinco años más tarde, en 1932, si bien luego pasó a ser profesor de Lengua y Literatura Sánscritas en Valencia y, finalmente, en la Universidad de Barcelona, donde explicó Poesía Latina e Historia de la Filología hasta 1939, fecha de su exilio[6]. Durante su permanencia en Madrid, impartió también, por acumulación, la materia de Sánscrito, asumiendo la cátedra vacante de Mario Daza de Campos, en 1933, con quien colaboró en la docencia de esta materia[7]. Pedro Urbano, a quien, según testimonio de Julián Marías, apodaban “Petrus Cajus”[8], tuvo durante su etapa madrileña una activa participación en el período fundacional de la revista Emerita. Interesante es, por las ideas que se expresan, la reseña que publica acerca del manual de Literatura Latina en la Edad Republicana y Augustea a cargo del filólogo italiano Vincenzo Usani (Emerita 3, 1939, pp. 376-378). Destaca en la breve reseña el eco de la crítica estética de Croce, frente al positivismo de la historiografía literaria (practicada, como antes vimos, en manuales como el de Alemany Selfa), y se deja ver también la herencia intelectual krausista que viene de su propia familia, ya que su padre, Urbano González Serrano[9], había sido discípulo dilecto de Nicolás Salmerón. Asimismo, en el artículo que publica en Emerita acerca de las cláusulas métricas en la prosa de Marcial[10] puede verse la clara influencia de Eduard Norden, cuyas ideas acerca de la Estilística son válidas más allá del propio ámbito de la Filología Latina[11]. Su proyecto de traducir la Historia de la Literatura Latina de Friedrich Leo dentro de la colección “Estudios de Emérita” no se llegó a hacer realidad como tal, aunque apareció anunciado en Emerita 3/2, 1935. No obstante, este libro terminó editándose en Bogotá, el año de 1950[12], por lo que se convierte en todo un símbolo de lo que después definiremos, evocando a Claudio Guillén, como una tensión entre la continuidad y la discontinuidad. Además de sus intereses por la historia del Humanismo y la Estilística, Pedro Urbano fue un excelente lingüista (así lo vemos, en parte, en algunos de los estudios compilados en su libro Varia[13]), y sus trabajos reflejan la importancia que la Lingüística Latina había adquirido en los primeros decenios del siglo XX en España. Precisamente, es como lingüista donde continuó manteniendo un ritmo de investigación excepcional en Bogotá, dentro del afamado Instituto Rufino J. Cuervo, para luego terminar en la U.N.A.M.[14]. Nunca olvidó España, pero tampoco las circunstancias por las que tuvo que marchar. Así lo recuerda la arabista Manuela Manzanares de Cirre:

(...) Don Pedro Urbano González de la Calle, tío de los Barneses, que era exactamente igual que el tercer hombre que está en El entierro del Conde de Orgaz y que estaba allí con Angelita (una mujer pequeñita, dulce y delicada). Este hombre era muy concienzudo y preparaba sus clases de latín[15] todos los días con un diccionario y ella le decía (suaviza la voz): «Pero Urbano ¿cuándo te vas a saber ese libro?». Era genial, no me ayudó mucho porque cuando le decía que una frase no la entendía muy bien me contestaba: «Está muy claro, esto es el genitivo de esto y aquello el acusativo de lo otro», total que me daba una clase de gramática, pero no me resolvía la duda. Estudié sánscrito con él, pero luego se me olvidó. Un día en una fiesta don Urbano coincidió con un ministro español que le dijo que ya podía volver a España porque Franco había perdonado a los republicanos. A don Urbano se le puso la barba de punta y le contestó: «Lo que hace falta saber es si yo le he perdonado a él», se dio la vuelta y se fue. Era fantástico.[16]

Otro de los testimonios más definidores de este profesor nos lo ofrece Guillermo Díaz Plaja[17]:
“El catedrático de sánscrito, don Mario Daza, tenía su clase encomendada a un pintoresco señor, don Pedro Urbano González de la Calle, ejemplar implacable de perfección docente y de ética laica aprendida de los círculos krausistas-institucionistas de que procedía.”


[1] Martínez Lasso, Los estudios helénicos..., p. 350.
[2] De entre sus obras dedicadas al humanismo español destacaré: Arias Montano, humanista (Badajoz, Imprenta del Hospital Provincial, 1928), o Contribución a la biografía del “Brocense” (Madrid, Tipografía de Archivos, 1928).
[3] P. U. González de la Calle, “Desiderata de las investigaciones acerca del humanismo español”, Nova Tellus, 3, 1985, pp. 149-185. Cabe señalar en este artículo las observaciones críticas que hace acerca de los estudios de Menéndez Pelayo y Bonilla: “La historia del humanismo español está por trazar, y la propia existencia del humanismo hispano ha sido discutida, cuando no desdeñosamente olvidada, o preterida en algunas exposiciones modernas muy consultadas por los estudiosos de la historia de la filología clásica. Los nombres de Ulrichs, Gudemann, Immisch y Sandys bastarán como dolorosos «specimina» de las omisiones aludidas. Y no se nos arguya que, en cambio, Menéndez Pelayo y Bonilla San Martín principalmente han concedido a la evocación de los humanistas hispanos fructuosas y largas vigilias y deferentísima atención. El glorioso maestro y el ilustre discípulo, famoso maestro también, han consagrado, es cierto, a los estudios del humanismo hispano serias y numerosas investigaciones, mas no creemos pecar de injustos con esos insignes doctos, afirmando que ninguno de ellos ha trazado la cardinal y característica trayectoria, seguida por los principales humanistas españoles de los siglos más fecundos y gloriosos de nuestra tradición erudita” (“Desiderata…”, pp. 150-151).
[4] Ya en 1914 había firmado la cátedra de Lengua y Literatura Griegas dejada vacante por Soms y Castelín, pero no se presentó. Obtuvo la plaza Mazorriaga (Martínez Lasso, Los estudios helénicos..., p. 193).
[5] Según comunicación de 26 de julio de 1927 enviada por el “Iltrm. Sr. Director general de enseñanza Superior y Secundaria” (Expediente de Pedro Urbano conservado en la Sección de Personal de la Facultad de Filología), donde se dice: “(...) no pudiendo incluirse al Sr. González de la Calle, porque reuniendo méritos por su brillante carrera y excelentes y reconocidas obras publicadas para desempeñar con brillantez la Cátedra de que se trata, la Ley lo excluye para el presente concurso (...)”.
[6] Parra Garrigues, Historial..., p. 237.
[7] Muy representativa de esta labor conjunta es el libro Ratnavali o El collar de perlas por CriHarsa; comedia traducida directamente del sánscrito y prácritos por Pedro Urbano González de la Calle; precede una introducción al estudio de la dramática india antigua por Mario Daza de Campos (Madrid, Victoriano Suárez, 1934). El libro tiene un interesante proemio debido a Daza, donde celebra la inclusión de los estudios de sánscrito dentro de los cursos de la licenciatura de Filología Clásica, no quedando así recluidos en el doctorado: “Estudios excelsos los de la gramática y literatura sánscritas, encerrados, hasta hace poco tiempo, en el impropio marco del doctorado de Letras, felizmente han hallado su adecuado asiento en la licenciatura de «Lenguas clásicas», cuyo nombre, ciertamente, no podría ostentar dentro de nuestra Facultad, si quedase reducida al cultivo de la filología occidental y se omitiere tan alta disciplina, como es la que abarca la lingüística indiana, origen venturoso del conocimiento científico de la gramática indoeuropea.”
[8] J. Marías, Una vida presente. Memorias 1, Alianza, Madrid 1988, p. 118.
[9] Estudiado por A. Jiménez García, El krausopositivismo de Urbano González Serrano, Badajoz, Diputación Provincial de Badajoz, s.d.
[10] P. U. González de la Calle, “Algunas observaciones acerca de la prosa de Marcial (notas para un ensayo)”, Emerita 3, 1935, pp. 1-31.
[11] En un interesante trabajo titulado “Ortega y Gasset, escritor”, texto del lingüista Salvador Fernández Ramírez que ha rescatado José Polo (BRAE 63, 1983, p. 181), se hace una penetrante observación sobre este libro de Norden a la hora de calificar la prosa del pensador: “Acaso hay que calificar su prosa de prosa artística, en el sentido filológico en que la empleó el gran filólogo alemán Eduardo Norden, al estudiar en su monumental Die antike Kunstprose el estilo de los escritores griegos y latinos hasta el renacimiento, obra que algún día encontrará dignos continuadores para los pueblos herederos de la cultura clásica”.
[12] F. Leo, Literatura Romana. Traducción castellana directa del alemán anotada y provista de adiciones bibliográficas y de varios índices alfabéticos por P.U. González de la Calle, Bogotá, Prensas del Ministerio de Educación Nacional (Publicaciones del Instituto Caro y Cuervo. Series Minor I, 1950. En la página 257 del libro el traductor se hace eco de la aparición de una Historia de la literatura latina (México – Buenos Aires, Breviarios del Fondo de Cultura Económica, 1950) cuyo autor, su colega y amigo Millares Carlo, tuvo a bien dedicársela.
[13] P. U. González de la Calle, Varia. Notas y apuntes sobre temas de letras clásicas, Madrid, Librería General de Victoriano Suárez, 1916.
[14] Realmente, la etapa americana constituye otro capítulo de la actividad investigadora de Pedro Urbano, con obras como Contribución al estudio del bogotano (Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1963), o Quevedo y los dos Sénecas (México, El Colegio de México, 1965). José Polo ha rastreado alguna de las importantes recensiones que ya en América hizo de obras de sus antiguos colegas del Centro de Estudios Históricos, como Menéndez Pidal o Antonio Tovar (J. Polo, “Tres clásicos de la gramática histórica española. Bibliografía y antología parcial de reseñas. Propuesta de nuevas ediciones (críticas o no)”, Filología Románica, 5, 1987-88, pp. 187). También es interesante la siguiente visión de conjunto sobre el exilio: A. H. De León-Portilla, “Filólogos españoles en la U.N.A.M.”, en J. L. Abellán y A. Monclús (Coords.), El pensamiento contemporáneo y la idea de América II. El pensamiento en el exilio, Madrid, Anthropos, 1989, pp. 225-241, esp. 231-234.
[15] Su sobrina Ángela Barnés me ha contado la misma anécdota, pero asegura que se trataba del Sánscrito, y no del Latín.
[16] M. del Amo, “Una mañana con la arabista Manuela Manzanares de Cirre”, Aljamía. Revista de la Consejería de Educación de la Embajada de España en Rabat, 15, diciembre de 2003, p. 14.
[17] G. Díaz Plaja, Memoria de una generación destruida (1930-1936), Barcelona, Delos-aymá, 1966, p. 88.

martes, 30 de diciembre de 2008

LOS ORÍGENES DE LA FILOLOGÍA CLÁSICA EN ESPAÑA


Lecturas informales -lo eran todavía- de textos escritos en la década de los años 80 del siglo XIX, en particular de Menéndez Pelayo y Alfredo Adolfo Camús, me llevaron a la sospecha de que el uso de la juntura "Filología clásica" no fue efectivo en España hasta esta etapa. Es evidente que cuando hablo de "uso" estoy pensando en ciertos contextos intelectuales privilegiados, pues ni aún hoy día, si salimos a la calle, nuestros paisanos tienen muy claro eso que llamamos -aún- Filología. El caso es que la conformación de unos estudios de Filología clásica en España responde, como ya he tenido ocasión de decirlo en otras ocasiones, a un complejo complejo cultural cuyo comienzo puede situarse en la etapa señalada y su cristalización -primera- ya en los años de la II República. Todo ello lo he tratado con cierto detenimiento en un trabajo del que me siento particularmente orgulloso, y que acaba de aparecer en la revista Estudios Clásicos. Cien notas a pie de página, en nada accesorias, enriquecen este trabajo, donde he dejado muchas horas de archivo y biblioteca y, sobre todo, he intentado hacer una propuesta metodológica diferente, que integre la historia de la Filología en el contexto más amplio de la Historia de la Cultura. También quiero dejar constancia de inestimables ayudas a la hora de escribirlo, como la de Santiago López Ríos y Jaime Siles. Esta publicación, además, coincide con las celebraciones relativas a la creación de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid en 1933. Es por ello por lo que ilustro este blog con una de las partes de la vidriera art decó -recién montada, tras su recuperación- que muestran, precisamente, las alegorías de Grecia y Roma, dentro del contexto más general de la representación de las humanidades. Como adelanto de lo dicho, tengo el gusto de reproducir el comienzo del artículo, lo que puede servir, asimsimo, de invitación a su lectura:



En unos tiempos como los actuales, donde parece que a nadie le preocupa lo que ocurre en las disciplinas académicas ajenas, resulta curioso, cuanto menos, leer lo que dice un historiador y filólogo de la talla de Américo Castro en 1928 acerca de los Estudios Clásicos en España:
¿Puede continuar el hecho de que no se produzca un solo libro en España sobre antigüedades clásicas -latín y griego-, que merezca la pena incorporarse a la bibliografía internacional sobre estas materias?1
Este aserto no era, ciertamente, gratuito o casual. El mismo Américo Castro había publicado en 1922 una traducción de la Historia de la Lengua Latina de Friedrich Stolz para la llamada “Biblioteca española de divulgación científica”2. Américo Castro contribuye decisivamente a fomentar el interés por los Estudios Clásicos en general y la Lingüística Latina en particular dentro del propio Centro de Estudios Históricos, que en 1933 crea una Sección de Estudios Clásicos y otra dedicada a los Estudios Árabes. Menéndez Pidal deja clara esta circunstancia cuando declara el interés específico que tienen los Estudios Clásicos, sobre todo los relativos a la lengua latina, para el conocimiento del español: “Los estudios clásicos se cultivaron en el Centro de Estudios Históricos principalmente en torno al latín, presupuesto básico para el estudio del español”3. De hecho, no faltan buenos latinistas en este momento, como Pedro Urbano González de la Calle o Vicente García de Diego, de los que luego hablaré, junto a otros nombres imprescindibles como los de Eustaquio Echauri4 o Abelardo Moralejo5. Sin embargo, mientras para la dirección de los Estudios Árabes no se dudó en la figura del catedrático Asín Palacios, para el caso de los Estudios Clásicos se recurrió a un profesor italiano. Fue Américo Castro, de hecho, quien trajo a España al lingüista italiano Giuliano Bonfante6, que quiso rebautizarse como “Julián” (así aparece en los papeles de su expediente). Bonfante, que desempeñó un lectorado de italiano en la Universidad de Madrid durante el curso 34-35, se convirtió en una persona clave de la Sección de Estudios Clásicos del Centro de Estudios Históricos como redactor de la revista Emerita hasta el año 37, donde colaboró con otros eminentes profesores, como el mismo Pedro Urbano, José María Pabón y Antonio Tovar. Junto al Centro de Estudios Históricos, otra institución fundamental para este giro fue la nueva Facultad de Filosofía y Letras de Madrid7, “si no se piensa que la novedad se limitó a la erección de unos espaciosos edificios algo monótonos”, sino en las grandes ideas que en ellos se gestaron, como bien apunta José Carlos Mainer8.


1 A. Castro, “La Ciudad Universitaria”, El Sol, 6 de enero de 1928.
2 F. Stolz, Historia de la Lengua Latina. Traducción de Américo Castro, Madrid, Victoriano Suárez, 1922. Si bien figura oficialmente Américo Castro como traductor, me comenta Jaime Siles que la traducción en realidad pertenece a José Vallejo, según la información que a él mismo le proporcionó el profesor Antonio Fontán.
3 R. Menéndez Pidal, “Discurso de D. Ramón Menéndez Pidal”, en Actas del II Congreso Español de Estudios Clásicos (Madrid-Barcelona, 4-10 de abril de 1961), Madrid, S.E.E.C., 1964, p. 18. Véase también el documentado estudio de José López Toro, “La Filología Latina, propedéutica para la española”, en Cuadernos Hispanoamericanos 238-240, 1969, pp. 296-307.
4 L. S. Sanz de Almarza, Eustaquio Echauri Martínez. Su vida y “Notas filológicas”: (Sobre voces y frases incorrectas). Polemista (contra Américo Castro y J. Balcells Pinto) y eximio lingüista. Apéndice: locuciones latinas y extranjeras frecuentes en literatura, Logroño, s.e., 1992. La figura de Echauri (1873-1953) es muy interesante, tanto por su actitud de polemista como por su Diccionario manual latino-español (primera edición de 1927, con prólogo de Luis Segalá), precedente del diccionario escolar Vox.
5 J. J. Moralejo Álvarez y J. L. Moralejo Álvarez, “Abelardo Moralejo Laso (28.1.1898-10.4.1983)”, Estudios Clásicos 86, 1981-83, pp. 291-298. En Salamanca, Pedro Urbano González de la Calle aficionó a su alumno Abelardo Moralejo en la Lingüística Histórica y Comparada. Asimismo, ya en Madrid, siendo becario del Centro de Estudios Históricos, éste llevó a cabo su tesis doctoral sobre Las oclusivas sonoras aspiradas en latín bajo la dirección de Julio Cejador.
6 Cf. P. Martínez Lasso, Los estudios helénicos en la Universidad española: 1900-1936, Madrid, Universidad Complutense (tesis doctoral), 1988, pp. 697-698. Hasta el momento, este es el único estudio de conjunto sobre el tema que tratamos, si bien no se contempla en él la Filología Latina.
7 Al mismo tiempo, en Cataluña se está produciendo un proceso paralelo gracias a instituciones como el Instituto de Estudios Catalanes, la Universidad Autónoma de Barcelona, e instituciones privadas, como la Fundación Bernat Metge, que crea la fundamental colección de clásicos bilingües del mismo nombre. Asimismo, varios profesores encarnan en Cataluña este proceso de cambio, como José María Balcells (muy bien estudiado por José Luis Vidal en “Joaquim Balcells, el llatinista de la Universitat Autònoma”, en J. Malé et alii (eds.), Del Romanticisme al Noucentisme. Els grans mestres de la Filologia Catalana i la Filologia Clàssica a la Universitat de Barcelona, Barcelona, Universitat de Barcelona, 2004, pp. 93-106) o Lluís Segalá (a quien Carles Miralles ha dedicado interesantes estudios, como Lluís Segalà i Estatella. Sembança biogràfica, Barcelona, Institut d’Estudios Catalans, 2002). En otro momento, debería abordarse el asunto de la complejas relaciones que pueden trazarse entre los clasicistas de Barcelona y Madrid.
8 J. C. Mainer, La Edad de Plata (1902-1939). Ensayo de interpretación de un proyecto cultural, Quinta edición, Madrid, Cátedra, 1999, p. 287.




“Los orígenes de la Filología Clásica en España. La Facultad de Filosofía y Letras de Madrid (1933-1936)”, Estudios Clásicos 134, 2008


Francisco García Jurado

H.L.G.E.

domingo, 28 de diciembre de 2008

MADAME DE STAËL EN MÁLAGA


No, no se trata de una ficción o de una invención audaz sobre la biografía de la deliciosa escritora suiza que, como en otros casos conocidos, hoy se considera francesa. Madame de Staël (1766-1817) nació en un mundo, el ilustrado, y murió en otro, el romántico. En otra ocasión hablé sobre su libro de memorias y sus impresiones acerca de Napoleón, quizá una de las mayores decepciones de su vida. En todo caso, andaba hace tiempo con ganas de leer una de las novelas más populares de esta autora, la titulada Corina o Italia. Por diferentes razones, entre otras, la de adquirir una rara obra de Julien Benda sobre Propercio (1928) de la que hablaré en otra ocasión, acudimos a la preciosa librería de Antonio Mateos que se encuentra muy cerca de la calle Larios, en Málaga. Mientras curioseábamos entre los lomos de piel, María José dio con un ejemplar soñado, precisamente la edición que de la novela Corina se hizo en España en 1820 (publicada en Valencia por Cabrerizo). Se trata de dos bonitos tomos en plena piel, algo fatigada, pero en muy buen estado. Su traductor, Juan Ángel Caamaño dedica a la novela un interesante prólogo que ha sido estudiado pormenorizadamente por la profesora María José Alonso Seoane, de la Universidad Complutense. Ahora que tengo tanto interés en saber sobre los avatares de las humanidades en esa época convulsa que va desde finales del siglo XVIII al tercer decenio del XIX, tenía en mis manos uno de los documentos más tempranos de la conciencia del romanticismo en España. No en vano, la edición coincide con la etapa casi efímera del llamado Trienio Liberal (1820-23), previa a los exilios de lo que después fue la llamada "Década Ominosa". El ideal romántico penetró en España por vías diversas, llegó incluso a los manuales de literatura latina (sobre todo por la inspiración de Schlegel), pero sorprende, en verdad, el prólogo que Caamaño pone a la novelita de viajes escrita por Madame de Staël, donde ya se ve configurada la conocida oposición entre clásicos y románticos: "La voz clásico, como que es una abstracción, puede tener varias acepciones; por tanto, para hablar con juicio de la literatura clásica, y de la romántica, es menester fijar primero el sentido de lo que se quiere dar." Así de claro se muestra nuestro traductor antes de iniciar el viaje literario por Italia.
Todo esto me ha hecho pensar en Madame de Staël mientras tomábamos un café, al caer la tarde, en una cafetería de la calle Larios. La circunstancia por la que esta autora quedará para nosotros siempre unida a Málaga es algo naturalmente circunstancial, si se quiere, incluso arbitrario, pero no deja de ser por ello una razón eficaz. Málaga es una ciudad literaria y cargada de historia. Quizá no sea tan casual haber encontrado esta edición del libro precisamente en ella.

Francisco García Jurado

H.L.G.E.