viernes, 15 de julio de 2011

Jaipur (India): astrología e ilustración

Suelen explicarse los guías en la India con categorías históricas occidentales al hablar de su país. De esta forma, hablan de la “Edad Media” cuando estamos en los templos de Khajurahu, o de la “Ilustración” cuando llegamos a Jaipur, la ciudad rosa. Los tiempos históricos de la India son esencialmente distintos, pero ahora convergen en nuestra conciencia. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Jaipur es la capital del mítico estado de Rajastán. Fundada en 1728 por el maharajá Sawai Jai Singh, gobernante de Amber y gran aficionado a la Astrología (reproduzco el detalle de uno de los artilugios diseñados para la observación del movimiento de los astros), la ciudad muestra todavía el recto trazado de sus calles, y no pude dejar de acordarme del Barrio del Comercio de Lisboa, tan ligado a la memoria del ilustrado marqués de Pombal. La gran diferencia es que en Jaipur, como en todas las ciudades que hemos visitado en la India, la mugre, los taxistas y el tránsito rodado arruinan cualquier intento de paseo tranquilo. Poco a poco fuimos aprendiendo María José y yo que lo que considerábamos “normal”, es decir, poder caminar desde el hotel hasta el centro, era poco menos que una proeza. Los taxistas de los populares motocarros nos acosaban, literalmente, para que montáramos en sus sucios cacharros. Hubo hasta quien nos impidió el paso cruzándose en nuestro camino. ¡Cómo iban a dejar escapar ese potencial dinero de dos turistas que osaban a pasear por su territorio! Decididos a caminar, no obstante, a unos les contábamos que nos gustaba ir paseando, a otros ni les contestábamos siquiera, todo dependía de nuestro estado de ánimo y de la agresividad del sujeto en cuestión. Pero el paseo, en efecto, se volvía a menudo arduo, por no decir imposible. Recuerdo cómo a la salida por una de las puertas de la ciudad antigua, y tras saltar por los orines y la suciedad indescriptible, tuvimos que hacer uso de una suerte de estrategia militar para cruzar la calle. Nos vimos, literalmente, inmersos en un mar de vehículos, con el agravante de que era por la noche. Jaipur sería una ciudad habitable y hermosa si hubiera lugares para disfrutar de su contemplación. Como las aceras están ocupadas por todo tipo de tiendas, motos, vacas y de cualquier cosa inimaginable, hay que estar constantemente sorteando los vehículos que llegan desde todas partes. El bazar está repleto de tiendas de ropa, y también de libros para la selectividad (“competition books”). Recuerdo las colas de estudiantes comprando los libros nuevos, vieja sensación que también me hizo reencontrarme un poco conmigo mismo cuando tenía menos años. A la ciudad vieja se acude, por tanto, para estas cuestiones prácticas, y a esto ha quedado reducida. Pero la belleza del palacio de los vientos, que no es otra cosa que un inmenso velo para que las mujeres vieran y no fueran vistas, sigue allí, pese al tráfico, la mugre y los vendedores. Finalmente, me gustó mucho que nuestro guía recordara, a la salida de la ciudad, que Octavio Paz vivió allí. Recordé su libro titulado “El mono gramático”, donde aparece una curiosa fotografía del observatorio “astrológico” (pues ya sabemos que Astronomía y Astrología sólo se distinguen ya en tiempos modernos) que mandó construir el maharajá para conocer el futuro. Visitar la India suscita constantemente esta paradoja entre el rechazo y la admiración. No es posible encasillar un viaje como éste simplemente entre lo que nos ha gustado y lo que no. Al volver a casa, observé con pasmo que mi fotografía del observatorio era casi la misma que la que había tomado Octavio Paz, salvo que en la suya aparece una mujer. No sé si todo esto fue casualidad. FRANCISCO GARCÍA JURADO

sábado, 9 de julio de 2011

Procesión en el templo dorado (viaje sentimental)

Me cuesta creer, en especial cuando me encuentro dentro del viaje, que pueda estar en un lugar realmente remoto donde el turismo apenas ha irrumpido. Pero esta circunstancia era cierta cuando llegamos al Templo Dorado de los sijs, conocido como Harmandir Sahib, muy cercano a la frontera con Pakistán. Está situado, como un oasis, en la fea ciudad de Amritsar, dentro de un estado de mítico nombre: el Panyab. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
El moderno y alto hotel donde nos alojamos, situado un tanto a las afueras, marca un curioso contrapunto de modernidad en una ciudad que, como casi todas las que hemos conocido en la India, es caótica y sucia. A Amritsar llegamos en tren desde Delhi, tras un viaje de varias horas recorriendo curiosos paisajes. Es la ciudad donde está el templo más sagrado de los sijs, cuya religión fue fundada para diferenciarse tanto de los hindúes como de los musulmanes, y quienes conservan un tanto su impronta de guerreros. En un principio, la ciudad, sucia y atestada por el tráfico, no invitaba a pensar en el precioso lugar donde está el famoso templo dorado. Aquello tiene algo de Vaticano y de Meca, al mismo tiempo. Los sijs deben peregrinar allí al menos una vez en su vida. Antes de acceder al gran recinto, donde destaca el templo en el centro de un lago, debemos descalzarnos por completo. Todavía guardo cierta sensación desagradable, pues el lugar donde se entregan los zapatos y calcetines recuerda a aquellos viejos gimnasios o vestuarios de piscina. Después hay que andar un trecho entre tiendas y ruido hasta la puerta del recinto, donde debemos introducir los pies en una pequeña piscina para, finalmente, poder pisar el suelo de mármol del templo, que limpian constantemente con una solución de agua y leche. Si los pies deben estar desnudos, la cabeza, sin embargo, debe ir cubierta, tanto en lo que respecta a los hombres como a las mujeres. De hecho, los sijs se caracterizan, además de por sus prominentes barbas, por sus descomunales turbantes, donde recogen el pelo. Todo esto supone el pequeño precio que hay que pagar para poder pasear por el interior del recinto. Desde unos altavoces se recitan cantos que, como después pudimos saber, son la lectura del libro sagrado de los sijs, libro que pasa el día dentro del templo dorado y después es devuelto, ya al anochecer, a su lecho. Me llamó la atención este culto al libro, a falta de otro tipo de imágenes sagradas, y la populosa procesión que se conforma cuando lo sacan del templo dorado para devolverlo al lugar donde pernocta. Como turistas, los asistentes al templo nos miran con mucha curiosidad. A menudo se acercan a nosotros y hablan, e incluso nos hacemos fotografías. Muchos de ellos también vienen de lugares lejanos, aunque sean sijs. Al anochecer, finalmente, pudimos asistir a la procesión. Un sij procedente de Londres, amabilísimo, nos explicó algunos pormenores relativos a la lectura del libro sagrado y a la procesión posterior. Finalmente pudimos ver salir el libro casi a la puerta del templo, en el centro del lago, durante una noche de verano calurosa e inolvidable, con la cabeza cubierta y los pies descalzos. A menudo la lejania y lo remoto dependen tan sólo de nuestras ganas de acercarnos a lo desconocido. FRANCISCO GARCÍA JURADO

martes, 5 de julio de 2011

Arco iris en Tiananmen (viaje sentimental)

Pocas plazas del mundo tienen una fuerza icónica como la gigantesca Tiananmen, en la ciudad de Beijing. Todavía vemos los tanques que terminaron con las revueltas estudiantiles a finales de los años ochenta del siglo pasado. Para nosotros, sin embargo, esta plaza está asociada a un precioso arco iris que vino a poner fin a una embarazosa lluvia torrencial que nos sorprendió justo en medio de la plaza. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Como es de rigor, casi obligado, los turistas que visitan Beijing tienen que pasar por el llamado Mercado de la seda, un feo edificio moderno al que, casi como si de un favor se tratase, los simpáticos guías chinos nos llevan tras visitar, por ejemplo, el bello Palacio de verano. María José y yo no somos en este sentido turistas al uso. No solemos comprar ni ropa ni bolsos ni esas cosas que vuelven loca a la mayoría de las personas. Nuestras búsquedas tienen más que ver con pinturas de paisajes chinos, antiguos libros de seda, artículos de papelería china, o pequeños libros rojos de Mao, a ser posible escritos en lengua originaria. Así que, una vez descargaron a nuestro grupo en el citado mercado, decidimos pasear por Beijing al fin solos, en dirección a la plaza de Tiananmen. Es una verdadera pasión la que sentimos por pasear por las ciudades (estamos a punto de crear el movimiento internacional “CPP”, es decir, “Ciudades Para Pasear”, algo que no es tan fácil de practicar en el tercer mundo, donde la gente que anda lo hace porque no tiene más remedio, no porque desee pasear, que es un lujo). Mientras descendíamos por una gran avenida recordé dos cosas: mis paseos cuando era adolescente por la madrileña Castellana, Recoletos y Paseo del Prado y, en segundo lugar, un cuadro de Giorgione, precisamente el titulado “La tempestad”. En este misterioso cuadro un hombre mira a un mujer que amamanta a un niño. Lo más hermoso de la pintura es la captación del instante, de esas típicas tardes de verano antes de que comience una gran tormenta. Sí, el cielo de Beijing, tan gris, tan contaminado, tan agobiante, se estaba volviendo un revoltijo de nubes entretejidas y amenazantes. Confundí sin querer lo que uno desea (que no llueva), con lo que puede ocurrir (que diluvie) y le dije a María José que podíamos seguir nuestro paseo sin problemas hasta la gran plaza. Al comienzo fueron unas pocas gotas, lo que nos dio fuerzas para adentrarnos por la zona central de la plaza, ya cerca del mausoleo de Mao. Sin embargo, cuando estábamos ya a una trágica equidistancia de todo aquello que pudiera cubrirnos comenzó a caer una de las lluvias más salvajes que he visto en mi vida. No tardamos en estar calados hasta los huesos, mochilas incluidas, y a pesar de intentar llegar a un refugio no pudimos evitar ponernos como verdaderas sopas. El aspecto cómico lo aportaron los vendedores chinos, omnipresentes, que surgieron de la nada a vendernos paraguas cuando ya la lluvia amainaba y no nos hacía falta alguna protegernos. No había nada que proteger, desgraciadamente. Fue entonces cuando pudimos ver la luz más impresionante que jamás llegaríamos a ver en Beijing, una luz propia de los cuadros de Canaletto, dorada y limpia, que vino a coronarse con un arco iris verdaderamente reconciliador. Teníamos los pies mojados e hicimos, como tras un ataque militar, una comprobación de las bajas causadas. Afortunadamente las cámaras de fotos habían resistido el diluvio. Había sido, al fin y al cabo, una experiencia hermosa, casi un alivio, tras dos días de calor propio de un invernadero alimentado por calderas sucias. Después tras vagabundear un poco por la plaza, terminamos, como cualquier turista, en una tienda de regalos. El poco dinero que llevaba estaba mojado y era insuficiente para comprar algunas pulseras verdes de jade (o sucedáneo). Saqué la tarjeta Visa y los chinos de la tienda se exaltaron ante el asomo del dinero electrónico (“¡güisa, güisa! ¡look alound! ¡look alound”, decían casi gritando a coro a fin de exprimir en lo posible la tarjeta de aquel pobre turista empapado). Ante tanta injusticia, ante el peso implacable de la Historia y las dictaduras, he logrado poner en mi recuerdo de Tiananmen esta anécdota hermosa y, cuando menos, refrescante. FRANCISCO GARCÍA JURADO

miércoles, 29 de junio de 2011

Emoción ante Antonio López

Lo he visto alguna vez, y cada vez creo más que su propia imagen es parte esencial de su obra. Antonio López tiene una rara virtud, la de irradiar autoridad como artista y como ser humano. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

Era un adolescente cuando un amigo me trajo un curioso catálogo de libros. Entre las cosas dispersas que allí podían encontrarse, no sé muy bien por qué solicité un libro titulado "La realidad en Antonio López". Aquel libro fue mi puerta de entrada a una manera de ver el arte y, sobre todo, la vida, con dulzura y acritud. Me conmovió especialmente el cuadro donde aparecía un hombre entubado. Al cabo de los años, la película "El sol del membrillo" me trajo la emoción del tiempo, y la exposición del Museo Reina Sofía, creo que en 1993, me trae el llanto emocionado de mi madre ante un cuadro de Carmencita con sus pequeños juguetes. Sí, Antonio López tiene la virtud de convertirse en parte de tu vida, y así es como llevo sintiéndolo desde hace treinta años. Hoy me arriesgo a publicar una fotografía que tomé pensando en alguno de sus cuadros. Se trata del cuarto de baño de un hotel, en cualquier lugar del mundo. La cámara no ha recogido la luz especial que pude ver, pero sirva como huella de aquella impresión. Puede que no sea el mejor homenaje al pintor, ni tan siquiera el más justo, pero esta fotografía se hizo precisamente desde una de las enseñanzas más profundas que jamás haya recibido: admirar lo sencillo. FRANCISCO GARCÍA JURADO

domingo, 26 de junio de 2011

Mirando atrás: la historia de una asignatura

De vez en cuando me gusta comentar algo sobre el estado en que se encuentra el CATÁLOGO RAZONADO DE MANUALES DE LITERATURA GRIEGA Y LATINA EN ESPAÑA (1784-1935), en el que vengo trabajando desde hace ya dos largos años. Estoy tomando el pulso a una asignatura y al pequeño mundo de sus autores, profesores y alumnos. Se trata de una pequeña gran historia. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Cada ficha que cierro, de momento las relativas al siglo XVIII, es un pequeño milagro. El catálogo arranca con un jesuita expulsado por orden de Carlos III y termina con un exiliado republicano. La Historia, la Historia con mayúscula, condiciona esta pequeña historia. Dado el grado de implicación que voy teniendo con este sutil mundo, hoy quiero compartir con mis lectores lo que será el posible texto introductorio del catálogo: "Fue hace muchos años, no recuerdo bien si una tarde de primavera o de otoño, cuando tuve la suerte de encontrar en una feria madrileña del libro antiguo mi primer manual de literatura latina publicado en el siglo XIX. Se trataba de la Historia de la literatura latina de Juan Félix Baehr, vertida al castellano por Francisco María Rivero y publicada en Madrid en 1879. La razón para adquirir este ejemplar no fue más que la mera curiosidad bibliográfica, habida cuenta, por cierto, de la rareza de publicaciones destinadas al estudio de la Antigüedad en la España del siglo XIX. Aquel libro me llamó la atención, además de por su copioso aparato bibliográfico, por la “Advertencia del traductor”, que daba cuenta de un pequeño mundo académico para mí entonces completamente desconocido donde destacaba el agradecimiento a un profesor de la otrora llamada Universidad Central de Madrid, y que no era otro que Alfredo Adolfo Camús, de quien pasado el tiempo supe que había enseñado literatura latina a ilustres alumnos como Benito Pérez Galdós o Leopoldo Alas “Clarín”. Si bien aquello no tenía por qué ser algo que transcendiera más allá de la mera anécdota, no pude dejar de sentir una curiosidad imperiosa por saber algo más sobre aquel mundo académico completamente olvidado. Preguntas como “¿quién podía enseñar literatura latina en la España del XIX?”, “¿habría más manuales?”, o “¿qué es lo que enseñaban realmente estos profesores?” fueron ya, desde entonces, parte de mi catálogo de curiosidades, algo a lo que, en parte voy a contribuir a contestar en esta obra que ahora, lector, tienes en tus manos. La circunstancia de haber curioseado en la biblioteca de filología clásica de la Universidad Complutense de Madrid diversos ejemplares antiguos, e incluso un manuscrito de apuntes tomados nada menos que por José Canalejas de las clases de Camús, fueron también estímulos que me llevaron poco a poco a la compilación bibliográfica y al catálogo que ahora presento aquí, tras los muchos años de estudio y compilación que separan aquella tarde en una feria del libro antiguo de este momento." FRANCISCO GARCíA JURADO

viernes, 24 de junio de 2011

Arturo Capdevila, Adolfo Bioy Casares y “Agelio”. Ensayo de lectura vital

Arturo Capdevila escribió un poema titulado “Aulo Gelio” que pasó a las antologías de la literatura argentina. Es el retrato de un erudito alejado de la vida, feliz entre sus conocimientos vanos. Estos días, junto a Diego Kenis, hemos indagado en la relación que Bioy Casares establece con Gelio. Hoy vamos a desvelar por qué Capdevila fue tan importante para este conocimiento. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

Sí, “Gelio” se llamaba “Gellius” en latín. Sin embargo, en una estrofa del poema de Capdevila se nos ofrece un sutil juego con el nombre de Gelio, que aparece ahora denominado como “Agelio”. No es una errata del poeta, sino de un antiguo copista que confundió la inicial del praenomen “Aulo” con el propio nombre del autor, de forma que de “A. Gelio” pasó a interpretar “Agelio”:

Hoy todavía tu lector, Agelio,
en lánguida actitud te evoca y te halla.
Mientras boga tu barca a Grecia o Roma,
festín recuerdas y festín preparas.

Sorprende, cómo no, que Capdevila conozca este pormenor filológico de la tradición textual geliana. Las historias discretas de silenciosos copistas y filólogos que tanto nos apasionan a los estudiosos, pero que tampoco tienen que ver con las vidas heroicas. Compruebo sin esfuerzo que la fuente de esta noticia la extrajo Capdevila del propio comienzo de la introducción a Aulo Gelio escrita por Francisco Navarro y Calvo en su libro de Hernando, es decir, de la misma traducción de Gelio que utilizaron Cortázar y Bioy Casares, y que éste último consulta cuando, como yo mismo, se asombra de la peculiaridad del nombre “Agelio” al escuchar en boca de una amiga los hermosos versos. Esto es lo que nos cuenta Bioy:

Yo los repetí, y de pronto recapacité: Agelio, ¿por qué Agelio? ¿es posible que yo haya leído tantas veces este poema, haya recitado tantas veces estos versos, y que nunca me haya preguntado “por qué Agelio”? ¿O me lo pregunté, pero no tuve el coraje de revelar mi ignorancia? Ahora que lo tengo, pregunto. Mi amiga me propone una explicación que yo mentalmente había desechado: “A por Aulo”. “Yo no me atrevería a introducir en un verso a Acapdevila”, le contesto.
En casa recorro libros de consulta y por último apelo a mi ejemplar de las Noches áticas (este orden de investigación parece digno de los mejores profesores y estudiantes). En la primera línea de las “Noticias biográficas” del libro (Noches áticas, traducción de Francisco Navarro y Calvo. Madrid: Biblioteca Clásica, 1921) leo: “Aulo Gelio (o Agelio como algunos le llaman, por encontrarse consignado así su nombre en algunos manuscritos, sin duda por ignorancia de copistas que reunieron la inicial del nombre con el apellido de familia). (Bioy Casares, Descanso de caminantes, pp. 51-52)

Como vemos, ahora las piezas encajan al fin, pues en un solo texto quedan explícitamente unidos el traductor de las Noches Áticas, Francisco Navarro, el poeta Capdevila y, como lector de ambos, Bioy. Gelio, junto con Montaigne, hicieron posible el nacimiento de Bioy como ensayista, como cronista de pequeñas cosas, a menudo personales, que esconden, ante todo, la clave autobiográfica de la escritura. Hace unos días, paseando por Burdeos (en la imagen), recordé con gratitud todas estas cosas. FRANCISCO GARCÍA JURADO

lunes, 20 de junio de 2011

Adolfo Bioy Casares y Aulo Gelio: borrar el tiempo

¿Adolfo Bioy Casares y un desconocido autor latino llamado Aulo Gelio? ¿Qué tienen que ver uno con el otro? Esto es lo que cualquier lector decente daría en pensar, quedando de esta forma tranquilo ante un mundo en orden donde cada cosa, cada autor, está en su sitio. Gelio con los antiguos romanos y Bioy con nosotros. Sin embargo, las posibilidades se abren inesperadamente cuando llegamos a saber de la verdadera pasión que Bioy sentía por un raro autor latino del siglo II de nuestra era. A Diego Kenis, admirable lector de Bioy, dedico esta bitácora que habrá de extenderse algún día más. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO




Un hallazgo casual me llevó a descubrir un dato muy revelador para mi futuro como lector: entre las novedades que se exponían en la librería de la Facultad donde trabajo había un libro que no sé bien si definir como de Bioy Casares o sobre él. Se trataba de un volumen recopilatorio de reflexiones que me brindó un dato absolutamente inesperado. ¡Bioy Casares reconocía abiertamente su afecto por las Noches áticas escritas por Aulo Gelio! Este era el texto en cuestion:

“Pocos objetos materiales han de estar tan entrañablemente vinculados a nuestra vida como algunos libros. Los queremos por sus enseñanzas, porque nos dieron placer, porque estimularon nuestra inteligencia, o nuestra imaginación, o nuestras ganas de vivir. Como en la relación con seres humanos, el sentimiento se extiende también al aspecto físico. Mi afecto por las Noches Áticas de Aulo Gelio, dos tomitos de la vieja Biblioteca Clásica, abarca el formato y la encuadernación en pasta española.” (“A propósito de El libro de Bolsillo de Alianza Editorial y sus primeros mil volúmenes”, en D. Martino, ABC de Adolfo Bioy Casares, Alcalá de Henares, Ediciones de la Universidad, 1991, p. 179)

Quienes escriben la Historia saben perfectamente que algunos datos, antes o después, pueden convertirse en grandes acontecimientos debido a su trascendencia para el porvenir. Yo supe de inmediato que esta información iba a resultar fundamental para mi peculiar historia, aún no trazada, de la lectura moderna de Gelio, el autor de una obra miscelánea que podía leerse en el orden que uno quisiera, al igual que ocurría con Rayula de Julio Cortázar. Había conocido a este autor latino, precisamente, leyendo Rayuela, ya que uno de sus capítulos prescindibles es una transcripción de un texto de Gelio vertido al castellano. Volvía a ser sorprendente, como en Cortázar, que un autor latino no muy conocido fuera ocasión de cita tan elogiosa por parte de uno de los grandes cultivadores del relato fantástico moderno. El testimonio ofrecía datos preciosos, en especial el de la traducción al castellano de las Noches en la benemérita editorial Hernando, pues se trataba de la misma versión que había utilizado y citado Cortázar en Rayuela. Ya durante mis lecturas de Cortázar había descubierto que la traducción de Hernando no estaba en venta ni se encontraba en la biblioteca de la universidad, por lo que había que acudir como último recurso a la madrileña Biblioteca Nacional para poder consultarla. Debía volver a revisar esos dos pequeños libros que, según Bioy, habían estimulado sus ganas de vivir. Pero la historia no termina aquí. Queda por resolver cuál es el autor argentino que dio a conocer a Bioy y a Cortázar la existencia de Gelio. FRANCISCO GARCÍA JURADO