martes, 15 de noviembre de 2011

La fíbula de Preneste y el sarcófago etrusco del British Museum: la verdad de la mentira y la mentira de la verdad

Esta semana se celebra el CONGRESO INTERNACIONAL "De FALSA et VERA HISTORIA.
Realidad y ficción en la investigación arqueológica, histórica y filológica" en el MUSEO de los ORÍGENES. Tengo una intervención el 18 de Noviembre de 2011, a la diez de la mañana, con el título "La fíbula de Preneste y el sarcófago etrusco del British Museum: la verdad de la mentira y la mentira de la verdad". Este es el resumen. Francisco García Jurado HLGE
Los documentos falsos, o supuestamente falsos, no siempre tienen porqué serlo del todo. Así, por ejemplo, y a pesar de que el Museo Británico se resistió a aceptarlo durante bastante tiempo, finalmente tuvo que reconocer que uno de sus sarcófagos etruscos más singulares, el de los esposos de Cerveteri (BM GR 1873. 8-20. 643 [Catalogue of Terracottas B630]), era falso (Andrén 1986, pp. 67-68; Jones 1990, pp. 30-31). Sin embargo, el sarcófago no era falso del todo, pues estaba compuesto en buena medida por piezas realmente antiguas y etruscas, aunque la suma resultante sí fuera una falsificación. No deja de ser curioso, por lo demás, que, en el caso del sarcófago etrusco, la inscripción que en él se encuentra sea “verdadera”, al haber sido tomada precisamente de una antigua fíbula que se conserva en París, como también son verdaderamente antiguos algunos elementos, aunque no el conjunto. Cabe establecer algunas interesantes analogías entre la fíbula de Preneste y el falso sarcófago de los esposos de Cerveteri. En primer lugar, la intermediación del otro gran anticuario romano, junto a Martinetti, A. Castellani, que en este caso no dona la pieza al British Museum, sino que la vende a buen precio. Si la fíbula de Preneste tiene como referente el Vaso de Duenos, el falso sarcófago mira al verdadero sarcófago de los esposos de Cerveteri (530-510 a.C.) que se conserva en el Museo del Louvre. También cabe señalar la ubicación en un museo y su posterior arrinconamiento en los almacenes. Este problema de mentiras a medias también ha estado presente en la discusión sobre la fíbula de Preneste, ante la posibilidad de que todo el documento fuera falso o de que sólo lo fuera la inscripción.
Desde el año 2008 venimos trabajando en el “Catálogo razonado de manuales de literatura griega y latina en España (1784-1935)”, que constituirá uno de los resultados del PROYECTO PADCAM S2007/HUM-0543. La elaboración de este catálogo dentro del marco general del presente proyecto contempla, a su vez, el estudio de las relaciones planteadas entre la historia de la literatura clásica y las fuentes epigráficas, desde el siglo XVIII, donde ambas materias se englobaban dentro de lo que conocemos como Historia lit(t)eraria, hasta la especialización de su estudio en diferentes disciplinas, entre otras, la historia de la lengua latina, independiente ya de la historia de la literatura romana, al calor del desarrollo de la gramática histórico-comparada. Precisamente, dentro de este amplio marco de estudio historiográfico, y en calidad de investigación asociada al catálogo, hemos revisado las cuestiones relativas a la fíbula desde dos puntos de vista:

a) Realizar una lectura historiográfica de los documentos que han divulgado, legitimado y cuestionado la fíbula de Preneste, tanto los antiguos de 1887 como los modernos de 2011.
b) Indagar en los primeros documentos que divulgaron el conocimiento de la fíbula en España.

La primera cuestión a) se incardina dentro de una interesante circunstancia que tiene lugar durante los decenios de los años setenta y ochenta del siglo XIX, especialmente en Alemania: el desarrollo de una nueva disciplina llamada “Historia de la lengua latina”, independiente ya de la “Historia de la literatura romana”. Se trata de un fenómeno bilateral por parte de ambas disciplinas que arranca con el manual de literatura romana de S. Teuffel (1862): éste crea una suerte de “prehistoria” de la literatura romana, desde los primeros documentos hasta Apio Claudio el Ciego, donde en la práctica margina tales reliquias a una suerte de limbo previo a lo que el autor considera que es la historia de la literatura romana propiamente dicha. El hecho está implicado con el paulatino desarrollo, especialmente a partir del decenio de los años 80 del siglo XIX, de la disciplina que conocemos como historia de la lengua. La presentación de la fíbula se aprovechó del nacimiento y desarrollo de este nuevo paradigma, sin en cual no se hubiera convertido en un objeto tan relevante. Si en 1887 era la lingüística histórica del latín el emergente paradigma científico, ahora, en 2011, será la llamada “química física de los materiales”. Siempre se busca, pues, la legitimación en un nuevo paradigma.
La segunda cuestión b) tiene un interés más parcial, pero da cuenta, ante todo, del proceso de asimilación de la fíbula de Preneste al paradigma de la historia de la lengua latina, que culmina probablemente en 1916 con el Recueil de textes latines archaïques de A. Ernout, libro que marca la divulgación escolar del documento. En España, como veremos, la fíbula aparece precisamente en un manual de historia de la lengua latina (traducido del alemán) publicado en 1922, lo cual quiere decir que entre la presentación pública del documento en 1887 y esta fecha han pasado nada menos que 35 años. FRANCISCO GARCÍA JURADO

viernes, 11 de noviembre de 2011

Encuentros complejos entre autores antiguos y modernos

La historia no académica, cuya hipótesis propongo, se sustenta sobre la multiplicidad de las relaciones literarias, en especial aquellas que se plantean entre autores antiguos y modernos. La noción de "encuentro complejo" responde a esta relación múltiple entre los autores antiguos y modernos que va más allá de los consabidos modelos de influencia o imitación, y cuyas relaciones imprevistas dan lugar a una suerte de contrahistoria de la literatura. Complejidad es un término que debo a Claudio Guillén (véase su introducción al libro titulado "Múltiples moradas"), que aparece en la fotografía, por cortesía de su viuda. La complejidad, al menos en literatura, no tiene que ver con la dificultad, sino con la diversidad frente a lo simple y lo estéril. FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Fue en 1999, antes de emprender un viaje académico por Argentina, precisamente al encuentro de mis compañeros Alba Romano, Estela Assis y Rubén Florio, cuando me atreví a poner en limpio mis primeras reflexiones teóricas acerca de la naturaleza de la relación entre los autores antiguos y modernos en las que venía trabajando desde, al menos, 1993. El librito, editado por la Sociedad Española de Eslavistas, gracias al Dr. Jesús García Gabaldón, se publicó con el título de "Encuentros complejos entre las literatura latina y las modernas. Una propuesta desde el comparatismo". Ahora hace más de diez años de aquello, y desde entonces han pasado muchas cosas.
La superación del modelo científico que conocemos como positivista, aquel que entiende que los datos son independientes de cualquier interpretación, fue la piedra de toque de aquella pequeña obra. Las enseñanzas de Claudio Guillén, en especial tomadas de su libro titulado "Entre lo uno y lo diverso", me llevaron a la idea de la literatura como un complejo sistema de relaciones. Ya no se trataba de estudiar o constatar la presencia de un autor antiguo en otro moderno (el modelo llamado "A en B", al estilo de "Horacio en España"), sino la relación, no siempre lineal ni directa, entre el autor antiguo y el moderno. Poco a poco fui llegando, mediante el estudio concreto de autores esenciales, a las ricas configuraciones que, por ejemplo, ponían en relacion al poeta Ovidio con Pushkin como intermediario de Mandelstam, o a Plinio el Joven con Maupassant, que se convertía en intermediario entre el primero y el argentino Julio Cortázar.
En definitiva, configuraciones, articulaciones de una sistema, visiones parecidas a las que los biólogos nos muestran de las estructuras moleculares. La literatura, sus configuraciones históricas, no son más que un conjunto de relaciones inacabables. Precisamente, esta tarde, he terminado de leer y corregir las conclusiones de la tesis de mi discípula Ana González-Rivas Fernández acerca de la compleja configuración que establecen los modernos relatos góticos con la literatura grecolatina. Creo que este trabajo de investigación es la mejor prueba de la validez de aquellos estudios que se sugerían en aquel pequeño libro que viajó a América.
A veces los profesores universitarios nos vemos obligados a teorizar y pensar en herramientas conceptuales para desarrollar nuestras hipótesis. Sin darme cuenta, terminando precisamente el trabajo titulado "Las personas de Ovidio: Osip Mandeltam, Gonzalo Rojas y Antonio Tabucchi. Encuentros complejos entre autores antiguos y modernos" (Res Publica Litterarum. Studies in the classical tradition, 2006, p. 89) di con la definición más precisa que he encontrado para definir mi idea de "encuentros complejos", y con la que termino hoy este blog tan académico:
"La conciencia de la Tradición Clásica convive con la nueva conciencia de la Tradición Moderna, y cabe una productiva interacción entre ambas. A esta relación múltiple entre los autores antiguos y modernos que va más allá de los consabidos modelos de influencia o imitacion y cuyas relaciones imprevistas dan lugar a una suerte de contrahistoria de la literatura es a lo que denominamos "encuentros complejos"". Francisco García Jurado H.L.G.E.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Los "clásicos cotidianos", o el canon personal

Seguimos exponiendo las claves para trazar una historia no académica de la literatura antigua en los autores modernos. Hoy corresponde hablar de un concepto medular, el de "clásicos cotidianos". No se trata de autores que habitan el Olimpo de los más excelsos, sino de aquellas lecturas que nos acompañan a lo largo de la vida. El canon literario suele ser caprichoso. En este caso tan sólo es personal, como querría Italo Calvino. Eça de Queiroz, cuya estatua en Lisbola aparece en la fotografía, nos dio precisamente la idea al hablar de Virgilio. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE


El libro de Huysmans con el que comenzábamos el blog anterior dio lugar a reacciones literarias diversas. Resulta muy interesante que uno de los mayores escritores portugueses de todos los tiempos, José María Eça de Queiroz, escribiera al final de su vida una emotiva novela titulada La ciudad y las sierras, encaminada, precisamente, a ir a contracorriente de la novela de Huysmans. La situación plateada con esta novela póstuma no deja de ser curiosa, y en ella han reparado críticos como Alfonso Reyes[1] cuando observa que se trata de una historia “al revés” con respecto a la propia obra de Huysmans. Podría pensarse que estamos ante una obra reaccionaria, pero no lo es en absoluto, como vamos a intentar demostrar. De manera inversa al personaje de Huysmans, que se aleja de los clásicos como Virgilio y del canto que hace a la vida en contacto con la naturaleza, Eça de Queiroz nos describe cómo su personaje, Jacinto, presa también del spleen de la vida parisina, vuelve a su tierra natal portuguesa, precisamente a su villa en el campo, y allí emprende una existencia bucólica que no por ello estará ajena a los problemas sociales de su gente. La novela, de hecho, presenta aspectos comunes con el regeneracionismo hispánico, lo que la hace todavía más interesante. Para el asunto que aquí nos ocupa, un lector perspicaz podría intuir que en algún momento de la historia habría de aparecer el poeta Virgilio, como ocurre, en efecto. De los dos pasajes de la novela en que se recrean sus versos hay uno fundamental, ya que el protagonista de la novela termina por quedarse plácidamente dormido sobre un libro del poeta:

"Sobre una de esas tablas descansaban dos espingar­das; en las otras aguardaban, diseminados, como los pri­meros doctores llegados a un concilio, algunos nobilísi­mos volúmenes, un Plutarco, un Virgilio, la Odisea, el Manual del Epicteto y las Crónicas de Froissart. Después, en ordenadas hileras, sillas de enea, muy nuevas y lus­trosas. Y en un rincón, un mueble para bastones.
Todo resplandecía de orden y limpieza. Los postigos entornados protegían contra el sol, que de aquel lado caía ardientemente escaldando los ventanales de piedra. Olían los claveles. Del suelo, lavado con agua, emanaba en la tamizada penumbra una blanda frescura. Ningún rumor turbaba los campos ni la casa. Tormes dormía bajo el esplendor de la mañana santa. Y, vencido por aquella consoladora quietud de convento rural, acabé por tenderme en un sillón de junco junto a la mesa y abrir lánguidamente un tomo de Virgilio, murmurando, sin más que apropiar ligeramente el dulce verso que leí primero:

Fortunate Jacinthe! Hic, inter arva nota
et fontis sacros, frigus captabis opacum...[2]

¡Afortunado Jacinto, en verdad! ¡Ahora, entre los campos, que son tuyos, y las fuentes que te son sagradas, encuentras finalmente sombra y paz!
Leí todavía otros versos. Y, con el cansancio de las dos horas de camino y de calor desde Guiaes, acabé por dormirme irreverentemente sobre el divino bucólico." (La ciudad y las sierras, pp.160-161)

En otro lugar[3], hemos sugerido cómo esta dulce siesta no tiene nada de inocente, sino que encierra un significado trascendente. El personaje de Eça de Queiroz no ha regresado simplemente a Virgilio como el poeta privilegiado del canon académico, sino en calidad de amigo personal y, sobre todo, de lectura vital. Se está desarrollando una actitud diferente hacia el clásico que al cabo del tiempo será común entre diferentes autores del siglo XX, y que Italo Calvino supo captar perfectamente en los ensayos que conformaron su libro titulado Por qué leer los clásicos (Barcelona, Tusquets, 1992). Esta nueva actitud hacia el clásico, que nosotros denominamos «clásico cotidiano», podría definirse, al menos, por cuatro características esenciales:

-El clásico está íntimamente ligado a la experiencia vital. Bioy Casares nos ofrece un particular testimonio de lo que decimos cuando nos habla de Aulo Gelio:

"Pocos objetos materiales han de estar tan entraña­blemente vincula­dos a nuestra vida como algunos libros. Los queremos por sus enseñanzas, porque nos dieron pla­cer, porque estimularon nuestra inteligencia, o nuestra imaginación, o nuestras ganas de vivir. Como en la rela­ción con seres humanos, el sentimiento se extiende tam­bién al aspecto físico. Mi afecto por las Noches Áticas de Aulo Gelio, dos tomitos de la vieja Biblioteca Clási­ca, abarca el formato y la encuadernación en pasta espa­ñola." (Adolfo Bioy Casares, "A propósito de El libro de Bolsillo de Alianza Editorial y sus primeros mil volúmenes", en D. Martino, ABC de Adolfo Bioy Casares, Alcalá de Henares, Ediciones de la Universidad, 1991, p. 179)

-Forma parte de una biblioteca personal de lecturas, frente al tradicional canon académico. Los clásicos se ordenan a la manera de una antología de lecturas o, en palabras de Alfonso Reyes, una “antología inminente”[4].

-Tiene una función educadora esencial, consistente en la enseñanza para la vida. Esta función no está necesariamente ligada a los años escolares, ya que si bien algunos clásicos han podido conocerse durante esta etapa (sería el caso de Virgilio) otros forman parte de lecturas de la edad adulta (así ocurre con Aulo Gelio).

-Frente a la lucha agonística por la originalidad y la superación de los modelos (la conocida tensión entre clasicismo y romanticismo) el clásico se convierte en un relajado compañero de viaje.

Esta concepción relajada de los clásicos que presenciamos en la novela postrera de Eça de Queiroz y que luego recoge Calvino es, en buena medida, precursora de una consideración abierta de los clásicos sin la cual no sería posible entender cuál es la compleja relación de los autores antiguos con la literatura moderna. FRANCISCO GARCÍA JURADO



[1] Alfonso Reyes, Obras completas XII, México, FCE, 1969, pp. 136-137.
[2] Se trata de una cita de Verg.Ecl.1,51-52, donde se ha cambiado senex por Jacinthe y flumina por arva, sin tener en cuenta la métrica del hexámetro: fortunate senex, hic inter flumina nota / et fontis sacros frigus captabis opacum.
[3] “«Clásicos cotidianos», o libros que ayudan a vivir. Entre Virgilio e Italo Calvino”, ahora en Modernos y Antiguos. Ocho estudios de literatura comparada.
[4] “Toda historia literaria presupone una antología inminente”, Alfonso Reyes, “Teoría de la antología”, en La experiencia literaria, Obras completas XIV, México, F.C.E., 1962, p. 137.

lunes, 7 de noviembre de 2011

La modernidad y sus melancolías: historia no académica

En una conocida novela de Oscar Wilde se describe un estado de ánimo concebido como una enfermedad propia de artistas: “(...) enfermo de ese tedio, de ese terrible taedium vitae, que se apodera de aquellos a quienes la vida no niega nada”. Esta enfermedad del espíritu recibe comúnmente el nombre de spleen, y también se alude a ella con las palabras latinas de taedium vitae. Esta melancolía da lugar a una genuina forma de historia no académica de la literatura, o historia al revés. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE


Nuestro término “melancolía” puede recoger, aunque sólo en parte, el concepto que nos interesa. Esta enfermedad del espíritu creador ha de remitirse a un momento histórico, las postrimerías del siglo XIX, y tiene que adscribirse a un autor determinado, el francés Joris Karl Huysmans. Huysmans crea un personaje, el decadentista Des Esseintes, que ha sido inspirador de creaciones literarias como la de Dorian Gray, personaje que es, precisamente, lector del autor francés[1], el Marqués de Bradomín de Valle Inclán, o un antagonista llamado Jacinto en la novela póstuma de José María Eça de Queiroz, de quien hablaremos más adelante. Uno de los aspectos más característicos de Des Esseintes es su reacción contra un mundo burgués, bienpensante y autosatisfecho. Asimismo, se rebela contra la naturaleza, rompiendo con uno de los más arraigados preceptos de la estética clásica acerca de la capacidad imitadora que tiene el arte con respecto a la naturaleza, por lo que decide aislarse en un mundo de artificios. Esa sociedad bienpensante que queda fuera de su residencia abarca también a la Universidad y los críticos académicos. Por ello, resulta muy interesante ver cómo se dedica un capítulo entero de la novela a invertir los cánones de la literatura latina. Si Virgilio aúna en su persona la circunstancia de ser la cumbre del canon de la literatura latina y el gran cantor de la naturaleza, hay dos motivos básicos para mostrar un radical desprecio hacia él, así como a todo el denominado periodo augusteo de esa literatura:

“Entre otros, el dulce Virgilio, al que los pedantes apodan «el cisne de Mantua», sin duda porque no nació en esta ciudad, le parecía uno de los más terribles maestros de escuela, uno de los más siniestros lateros que la antigüedad haya producido nunca. Sus pastores lavados y emperifollados, tirándose por turno a la cabeza pucheros llenos de versos sentenciosos y helados; su Orfeo, a quien compara con un ruiseñor lacrimoso; su Aristeo, que lloriquea a causa de las abejas, y su Eneas, ese personaje indeciso y alfeñicado que se pasea, cual una sombra chinesca, con gestos de madera, detrás del transparente mal sujeto y mal engrasado del poema, le exasperaban. Habría aceptado las fastidiosas faramallas que esos monigotes cambian entre sí en un rincón; habría aceptado hasta los impúdicos hurtos hechos a Homero, a Teócrito, a Enio y a Lucrecio; el simple robo que nos ha revelado Macrobio del segundo canto de la Eneida, casi copiado palabra tras palabra de un poema de Pisandro; toda la inenarrable vacuidad, en fin, de ese montón de cantos. Pero lo que le horripilaba más era la factura de esos hexámetros que sonaban a hojalata, a caldero vacío, y prolongaban sus raciones de palabras pesadas por kilos con arreglo a la inmutable receta de una prosodia presuntuosa y seca; era la contextura de esos versos rasposos y engolados en su indumento oficial y en su bajuna reverencia a la gramática, de esos versos cortados mecánicamente por una imperturbable cesura, siempre de la misma manera, por el choque de un dáctilo contra un espondeo (...) (J.K. Huysnams, Al revés. Prólogo de Vicente Blasco Ibáñez. Versión española de Germán Gómez de la Mata, Valencia, Prometeo, ca. 1919, pp. 74-75)

En este texto, al margen de la sorpresa que pueda depararnos, hay una serie de aspectos muy interesantes que conciernen a la propia historia de la literatura y de la crítica contemporánea a Huysmans. Por una parte, estamos ante un autor que tiene clara conciencia de esa disciplina tan propia del siglo XIX que es la historia de la literatura. La literatura concebida en su historicidad es fruto del romanticismo y del positivismo. Ésta divide las creaciones literarias de una nación por géneros y periodos cronológicos. Por otra parte, puede resultar inesperado que una literatura como la latina desempeñe un papel en la conformación de unos juicios estéticos que atañen directamente a uno de los movimientos artísticos que se convierten en prototipo de lo moderno, como el decadentismo. Pero a cualquier especialista en este periodo no se le escapa el conocimiento que autores como Baudelaire tenían de los clásicos. De hecho, la denominación peyorativa de “decadente” aplicada a la literatura latina que se escribe a partir del siglo II (desde Lucano, concretamente) es la que, por analogía, luego se vino a aplicar a los poetas modernos.



Habida cuenta de lo que decimos, deberíamos indagar acerca de lo que hay de verdad y de impostura en el texto de Huysmans. No nos parece que su reacción sea tanto contra Virgilio, el autor latino que se convierte en la diana de sus retorcidos dardos, como contra una visión de la literatura, oficial y académica, que establece o impone unos cánones determinados. De esta reacción contra la historia oficial de la literatura, sustentada y difundida por las cátedras universitarias así como por los manuales oficiales va a derivar un postura al margen de lo oficial, una actitud no académica, que terminará desarrollándose de maneras muy diversas a lo largo de las numerosas obras literarias que se han escrito desde finales del siglo XIX. Desde hace tiempo venimos estudiando la manera en que se manifiesta una literatura clásica como la latina en las letras modernas. Intentamos escudriñar la naturaleza de las citas o juicios críticos que nos encontramos de forma inesperada al leer una obra literaria moderna. En este afán por encontrar unas claves comunes que den cuenta de estos testimonios hemos llegado a articular una hipótesis de trabajo, como es la de suponer que estamos ante una historia no académica de la literatura. FRANCISCO GARCÍA JURADO
[1] “El héroe de la maravillosa novela que tanto influyó en su vida conocía por sí mismo aquellas curiosas fantasías. Cuenta en el capítulo VII que se sentó, coronado de laurel, como Tiberio, en un jardín de Capri, leyendo los imprudentes libros de Elefantina, mientras unos enanos y unos pavos reales se contoneaban a su alrededor, y el tocador de flauta se burlaba del turiferario y, como Calígula, estuvo de francachela en las cuadras con caballistas de camisas verdes, y cenó en un pesebre de marfil con pedrerías; y como Domiciano, se paseó por una galería recubierta de espejos de mármol, mirando a su alrededor con ojos alucinados, pensando en la daga que iba a terminar sus días, enfermo de ese tedio, de ese terrible taedium vitae, que se apodera de aquellos a quienes la vida no niega nada; y examinó, a través de una clara esmeralda, las sangrientas carnicerías del circo, y después, en una litera de perlas y de púrpura tirada por mulas herradas de plata, le transportaron por la Vía de las Granadas hasta la Casa de Oro, y oyó gritar a los hombres a su paso: «¡Nero César!», y como Heliogábalo, se pintó la cara, tejió en la rueca entre mujeres, e hizo traer la Luna desde Cartago y la dio al Sol en unos esponsales místicos” (Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray. Trad. De Julio Gómez de la Serna, Barcelona, Orbis-Origen, 1982, p. 202).

sábado, 5 de noviembre de 2011

Encuentro entre géneros antiguos y modernos

Estos días nos estamos dedicando a hablar sobre la naturaleza de las historias no académicas de la literatura. Uno de los aspectos quizá más sobresalientes es cuando los géneros antiguos son releídos por los autores modernos de maneras ciertamente imprevistas. Es el caso de Borges cuando lee la Eneida de Virgilio en clave de elegía, o la Historia Natural de Plinio en clave de relato fantástico. Pero es necesario hacer una incursión previa en el cuestionamiento que el filósofo italiano Benedetto Croce hizo del concepto tradicional de los géneros literarios, pues ese cuestionamiento tiene mucho que ver, a su vez, con las fusiones modernas que vamos a estudiar. La fotografía que ilustra este blog está tomada en Nápoles, la ciudad donde habitó Croce y que ahora recuerda con una de sus calles más céntricas. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
De la siguiente manera desafió Croce ese sancta sanctorum de la Poética que son los géneros literarios: “Bastante mayores y deplorables consecuencias ha tenido en la crítica y en la historiografía literaria y artística una teoría de origen diferente pero análogo, la de los géneros literarios y artísticos. Ésta, al igual que la anterior, se funda en una clasificación formada por ella misma y que le resulta legítima y útil: si aquélla se basaba en el agrupamiento técnico o físico de los objetos artísticos, ésta lo hace en las clasificaciones que se hacen de las obras de arte según su contenido o motivo sentimental: obras trágicas, cómicas, líricas, heroicas, amorosas, idílicas, novelescas y así sucesivamente” (Croce, Breviario de estética, p. 207). No parece que sea posible responder a ciencia cierta cuál es la naturaleza de esos géneros, si antemporal o histórica. En todo caso, cabe observar cómo el tiempo los recrea y los transforma. La que hemos podemos llamar “poética intertextual”, aquella que explica precisamente los encuentros complejos entre los textos antiguos y los modernos, cobra toda su trascendencia cuando esos textos que se encuentran funden, merced a este encuentro, el horizonte de sus géneros diversos. Que un moderno poeta lea un viejo texto de ciencia para convertirlo en materia lírica es, cuanto menos, una circunstancia estimulante. De la misma forma, sorprende que los viejos autores enciclopédicos, como Plinio el Viejo, se conviertan hoy en fuentes de maravillas. No en vano, Plinio alimentó los bestiarios medievales, y todos ellos han configurado la moderna zoología fantástica, poblada por viejos animales del imaginario como la anfisbena o el catoblepas. En otro sentido, una obra como las Geórgicas, de Virgilio, no deja de ser en el presente un libro incomprendido para las estrechas categorías que sobre los géneros tiene un normal lector moderno. Nadie, o casi nadie, espera ahora un largo poema que hable sobre las cosas del campo. FRANCISCO GARCÍA JURADO

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Los datos y las intuiciones en el estudio de la literatura

¿Datos, fríos datos, o intuiciones? Ese es el reto que define nuestra propuesta de una historia no académica de la literatura. Cómo explicar por qué Virgilio quiso quemar su Eneida. Podemos recurrir a las vidas del poeta escritas por los antiguos y cotejarlas. Podemos proceder como se procede con un estudio experimental. Hermann Broch, el escritor austríaco, se metió en la piel del poeta durante sus últimos días de vida (en la imagen, la llamada tumba de Virgilio, en Nápoles). Hizo uso, para entendernos, de una hermenéutica vital. Esta es una de las características de nuestra historia no académica, pues somos los portadores de unos textos que, una vez leídos, forman parte de nosotros. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

Frente al criterio positivista que domina buena parte de la historiografía literaria, especialmente la del siglo XIX, nuestra historia no académica se caracteriza por sus criterios intuitivos. No vamos a entrar en una polémica discusión acerca de la conveniencia de los diversos métodos, si bien no ponemos en duda que sin el positivismo la ciencia no tendría fundamentos empíricos. Parece evidente que hay que partir de los datos, y que estos deben clasificarse de manera razonada. A resultas de este método, la historia de la literatura se divide por géneros, autores o periodos cronológicos. Nuestra reserva surge cuando nos hacen creer que la manera en que los manuales de historia de la literatura ofrecen los hechos es la única posible, y es, precisamente, en esa imposibilidad de concebir alternativas donde encontramos la mayor reserva. No en vano, la historia de la literatura que bulle en nuestras mentes no tiene forma de manual, como algunos podrían pensar (y cuánta culpa tiene esta creencia en el hecho de que algunos cursos de literatura terminen siendo un desastre) sino que presentan, más bien, la forma de una “antología inminente”, en palabras ya comentadas antes de Alfonso Reyes. Somos los portadores de unos textos que, una vez leídos y soñados, forman parte de nosotros. Si bien no somos sus dueños (como pretenden los partidarios más extremos de la estética de la recepción) sí somos sus transmisores y los que hacemos posible que estos textos vuelvan a la vida. La alquimia que los sentidos del texto van conformando en nuestra mente, ligados a nuestras experiencias vitales, es, en definitiva, la que va a conferir su significado más profundo y vital, al menos para nosotros. La historia no académica que proponemos ofrece de vez en cuando interesantes muestras de este método hermenéutico, como las de James Joyce, Herman Broch y Luis Goytisolo.


Joyce desarrolla en el capítulo noveno su Ulises una sugerente interpretación que, partiendo de la semejanza fonética entre el personaje de Hamlet y el nombre del hijo de Shakespeare, Hamnet, lleva a uno de los personajes de Joyce a identificar a Shakespeare no tanto con Hamlet como con el espectro de su padre[1]. Por su parte, Hermann Broch indaga desde dentro de su propia circunstancia vital acerca de las razones por las que Virgilio quiso quemar su Eneida al margen de los criterios positivistas que han aportado tradicionalmente las Vitae Vergilianae, como ha estudiado el profesor Vidal[2]. Y no podemos pasar por alto la subjetiva indagación que sobre la cólera de Aquiles desarrolla un personaje de Luis Goytisolo:

“No quiero dejar de señalar, por otra parte, la enorme repercusión que tuvo en el desarrollo de mi autoanálisis el descubrimiento, en la figura de Aquiles, de un claro antecedente de mi propio caso, antecedente mejor que modelo, dado lo muy subjetivo que todo resulta en esta materia. Sobre todo si se tiene en cuenta que el mérito de tal descubrimiento -que, más aún que mi propia personalidad, explica la de Aquiles- es algo que, o mucho me equivoco, o me pertenece por entero. Que yo sepa, al menos, nadie hasta la fecha ha encarado el tema con suficiente agudeza. Me gustaría ver, si no, quién es la eminencia capaz de explicarme la reacción de Aquiles en dos momentos cruciales del asedio de Troya -el abandono de la lucha y su retorno a ella, similares en ambas ocasiones así el motivo como el resultado, a cual más aciago- sin remontarse hasta la primera infancia, sin rastrear el enmarañado panorama que allí se ofrece a nuestros ojos (...)” (Luis Goytisolo, La cólera de Aquiles [Antagonía 3], Madrid, Alianza Editorial, 1987, p. 236)

Se trata de una interpretación personal y muy poco filológica de la consabida cólera de Aquiles, en cuya figura se encarna uno de los personajes femeninos de su novela para tratar de ver a través de ella diferentes aspectos de su propia vida. Esta identificación lleva al personaje de Goytisolo a una apropiación de la figura de Aquiles, a quien cree comprender mucho mejor en sus reacciones psicológicas que algunas "eminencias". POR FRANCISCO GARCÍA JURADO




[1] José María Valverde comentaba así este peculiar capítulo en su ya mítica traducción de Joyce: “Es de notar que las teorías que Stephen dice no creer, a pesar de exponerlas brillantemente, eran tomadas bastante en serio por el propio Joyce y empiezan a serlo por algunos especialistas en Shakespeare.” (Prólogo a James Joyce, Ulises, Barcelona, Bruguera-Lumen, 1979, pp. 59-60).
[2] "Por qué Virgilio quería quemar la Eneida..., si es que quería", publicado en HVMANITAS in honorem Antonio Fontán (Madrid, Gredos, 1992, pp. 479-484). Nos parece también muy interesante el libro Hermann Broch (1886-1951) (Madrid, Ediciones del Orto, 2001), de Berit Balzer, quien habla así del problema de dar fin a la obra: “La forma cíclica encierra en sí el peligro de desembocar en lo esotérico, y a Broch le preocupaba el problema de cómo llevar a término su novela sin caer en el misticismo. De esa disyuntiva saca la conclusión de que toda verdadera obra de arte se mueve en el precario umbral de lo mítico/místico. Virgilio, consecuente con esta idea última, quiere ver destruida su Eneida después de su muerte –como lo dispuso Kafka con algunas obra suyas-, pero el emperador Augusto quiere conservarla por el interés que ha de tener para la posteridad.” (p. 32).

lunes, 31 de octubre de 2011

Nuestra biblioteca

Acabo de leer el libro que Jesús Marchamalo ha publicado sobre varias bibliotecas de escritores: “Donde se guardan los libros”. Siento gran interés por este tipo de textos que relatan bibliotecas y, haciendo caso omiso a mi propia recomendación de no leer novedades, terminé por comprármelo e incluso leerlo. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
En realidad, buscaba en este libro renovar el grato recuerdo de una lectura que encontré en los años 80 sobre bibliotecas personales. Era un reportaje del dominical de El País (cuando todavía aparecían artículos que me interesaban) donde, entre otras bibliotecas, aparecían las de Jesús Aguirre (el jesuita, “autor de prólogos, según Cela, que entonces aparecía como flamante Duque de Alba), el músico Luis de Pablo, el antropólogo Julio Caro Baroja o la impar Esther Tusquets, de cuya biblioteca recuerdo, sobre todo, un bello busto modernista. Aquel reportaje, creo que se titulaba “Bibliotecas vivas”, me ha acompañado durante toda la vida, y no sólo físicamente. Entre otras cosas, recuerdo la fascinación que me produjeron los libros de brujería que atesoraba Caro Baroja en su biblioteca de Itzea, o el sano hábito de Eshter Tusquets de no dejar que su biblioteca fuera más allá de 5.000 ejemplares. Leí y releí aquel artículo, como queriendo extraer de él toda la felicidad que acaso podría seguirme reportando. Hoy día lo conservo en mi archivo sobre bibliotecas, pero no he querido rescatarlo para escribir este blog, sino relatarlo de memoria, para que el juego de olvidos y recuerdos lo muestre, si cabe, aún más propio y personal. Para quienes hemos dedicado buena parte de nuestra vida a los libros, las bibliotecas personales son un buen reflejo de lo que somos, en definitiva. Constituyen una riqueza no material, y son difíciles de entender para los profanos en la materia, es decir, los que no viven con libros. Nosotros vemos en nuestros anaqueles relieves difícilmente perceptibles para quienes no nos conocen, y que suelen ver moles de papel amenazantes. Pero ese carácter amenazante, invasivo, propio del cuento “Casa tomada”, de Cortázar, hace ya tiempo que se va adueñando también de mi percepción. No es el caso de María José, que sigue conservando una pasión libresca propia de una adolescente estudiosa. Algunos de los libros que me llegan a la facultad a veces no viajan hasta casa, pues pienso en las abarrotadas librerías, en cómo las secciones que destiné, por ejemplo, a la literatura latina ya no pueden seguir recibiendo nuevos inquilinos, a no ser que los viejos se vayan. Naturalmente, cerrar la entrada a los nuevos libros supone ya una forma de tiempo detenido, de conciencia de lo ya leído y de cierta desconfianza por lo nuevo. Son cosas de la edad, supongo, pero el día que compré el libro de Marchamalo ya estaba devorándolo por la Avenida Complutense, poco antes de llegar al metro de Ciudad Universitaria. No me ha reportado tanta felicidad como el artículo de las bibliotecas vivas, pero tampoco es cuestión de que las cosas y las sensaciones sean igual siempre. FRANCISCO GARCÍA JURADO