martes, 6 de noviembre de 2012

Agustín García Calvo y su maestro Antonio Tovar


Ya no se conserva el “vítor” pintado en la fachada de la Catedral de Salamanca, frente al Colegio de Anaya, en conmemoración de la investidura como Doctor honoris causa, allá por 1954, del dictador que fuera durante cuarenta años jefe del Estado español, Francisco Franco. En aquel vítor podía leerse un ambiguo "Miles Hispanus Gloriosus", cuyo sentido literal, “soldado hispano glorioso”, bien podía trastocarse irónicamente, merced al recuerdo de la comedia titulada Miles gloriosus (El soldado fanfarrón) de Plauto, en “soldado fanfarrón”. De aquel mundo quizá ya no quedan apenas más que unos cuantos recuerdos, de entre los cuales traemos aquí uno muy significativo. (en la fotografía, los chapiteles del claustro del Colegio Fonseca, en Salamanca) POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Estamos ante dos grandes maestros, uno discípulo del otro, además de ser ambos profesores de latín y de representar muchas más cosas. Al tiempo, uno y otro encarnan dos posturas vitales y políticas bien distintas ante la vida. Se trata de la necrología que Agustín García Calvo escribió en recuerdo de Antonio Tovar Llorente (1911-1985), fallecido un lejano día de diciembre de 1985. Apareció en el diario El País, y nosotros la recogimos para nuestro libro sobre el profesor de latín en la literatura española:

“La noticia de la última paz de este hombre me ha alcanzado aquí, retirado unos días de la Corte, entre las nieblas del Duero, y así no me ha dejado asistir a sus honras fúnebres, que no es ciertamente lo que más siento, y me ha tomado seguramente bastante por sorpresa, sin haber tenido tiempo de hacerme, como dicen, a la idea: sólo un par de días antes se me había dicho que había motivos para esperárselo, a lo cual sin duda la pereza o lo que sea no me había dejado prestar bastante oído; y además tenía aquí, de junio todavía, la que ahora habrá de ser la última carta que de él me llegue, donde en su flexible y clara letra de siempre me confesaba haber «pasado una tarde maravillosa» leyendo los prolegómenos de un libro que había yo sacado por entonces.
¿Consuela algo el haber dado algún placer a los que se han ido? No lo sé. Y, además, eso de consolarse, ¿no es también negocio de los sobrevivientes? ¿Quién consolará a los otros, a los que han pasado es pleonas, como decían los antiguos, a la mayoría, a donde se dice que Tovar ha pasado ahora?
Ni sé tampoco si esto de pronunciar epitafios de los caídos o de escribir en su memoria puede ser otra cosa que bulla y comercio de los que siguen vivos, o que se lo creen, y manera de integrar en la rutina consabida la herida de lo que no hay Dios que lo entienda. Pero, por si acaso hay en esa costumbre de los hombres algo más que bombo y tejemanejes culturales, por si acaso puede servirle de algo a él o a quien sea, porque no se sabe...
Quiero conmemorar la manera en que se trabó mi amistad con él: se me antoja que en aquel breve trance se revelan alguna de las mejores gracias de su figura, y querría hacer por que siguieran vivas.
Había yo caído a mis 17, terminándose ya la guerra mundial, a estudiar en Salamanca, y andaba él por los patios y las aulas del palacio de Anaya de joven catedrático, de poco más de 30, con su alta traza un poco bamboleante, con su cara, si bien afeitada, profundamente sombreada de su barba prieta, con su lazo de lunares bajo la nuez.
No recuerdo si me había dado ya antes de lo que cuento clase de Latín; pero seguro que la cosa no se habría precipitado de no ser por otra circunstancia: es a saber, que el Régimen no había instituido todavía profesores especiales para las enseñanzas de formación del espíritu nacional o educación política, o como se llamara la cosa por entonces; y así, se encargaban de ello nuestro decano, tan agudo maldiciente de personajes de la historia, Ramos Loscertales, y don Antonio, que con el derrumbamiento de los ideales germánicos debía de estar pasando también sus guerras interiores, sin que se le notara, sin embargo, en el semblante, si algo adusto, sereno siempre, prometiendo en su seriedad sentido y masa humana, y no negado de cuando en cuando a una risa estrepitosa y un tanto caballuna.
El caso es que en alguna de aquellas clases de política se dedicó don Antonio a declararnos que, al fin, cuál fuera el partido que uno tomara o las ideas, de izquierda o de derecha, a las que uno se afiliase y por las que luchara, era cuestión de segundo orden: que lo que importaba era tomar partido, fuera el que fuera, y no quedarse vagando por las zonas medias de la indiferencia política y el me-da-lo-mismo, lo que al fin no revelaba más que mera conformidad con la miseria propia (trataba él de dar actualidad y nueva vida al tópico antiguo, que Cicerón, por ejemplo, discute con sus amigos, de que al sabio no le es dado en la contienda civil quedarse sin tomar partido), y que, por tanto, ya que él tenía que estar allí presentándonos unas ideas y una actitud determinada, nos invitaba a que nos opusiéramos a lo que se nos dijera, a que tomásemos por lo menos partido en contra, y no que lo recibiéramos con una docilidad que quizá no fuese más que indiferencia y aburrimiento.
Debieron de quedarme dando vueltas las palabras, hasta que me atreví a escribirle una carta en que con torpes letrujas le decía, si bien recuerdo, que bueno, que, ya que se nos invitaba a estar en contra, no me interesaba a mí oponerme a las ideas azules y oficiales con otras de oposición y rojas, sino enfrentarme a aquello mismo que nos decía él sobre la necesidad de tomar partido, proponiéndole que, aparte de la línea que las actitudes políticas trazaban de izquierdas o de derechas, incluidas las odiosas zonas de indiferencia, había también la posibilidad de salirse fuera de las líneas (creo que hasta le pintaba un esquema de la cosa) y ponerse a hacer frente a la línea toda desde fuera; en fin, una misiva lo bastante impertinente como para poner a prueba el temple y el humor de quien la recibiera.
Pues bien, recuerdo ahora, y qué vivamente, cómo una mañana me llamó aparte entre las clases y estuvo paseándose conmigo largo rato en torno a las pilastras del patio aquel de Anaya, respondiendo seriamente a los términos de mi carta y haciéndome hablar más y más sobre el asunto, como si mis patochadas de adolescente le interesaran tanto como los discursos de los sabios.
Así se fraguó aquella amistad, que había luego de seguirse en los años siguientes amasando (y mucho de nuestras historias posteriores se me ha borrado piadosamente, pero sin enturbiar el recuerdo de su figura de aquellos años), con las tardes en la biblioteca de Clásicas, que había Tovar abierto en aquella sala larga, sus muros llenos de libros a la mano, los de los viejos fondos en ringlera con las últimas novedades, sus grandes mesas y sus dos pupitres con sillones frailunos (qué sobra de emulación filial y falta de respeto el ocupar el de don Antonio las tardes que él no estaba) y sus dos balcones abiertos a la calle de Palominos y, acá abajo, al jardín de la facultad de Ciencias, donde el profesor Galán alineaba para experimentos genéticos sus infinitos tiestos de guisantes; y aquellas otras tardes de paseo los dos solos cuesta de Tentenecio abajo hasta las orillas del Tormes, saltando de la poesía contemporánea a los Principios de Trubetzkoy; o las sesiones en la Facultad misma, como aquella en que nos dijo que había que decidirse, rindiéndose a la necesidad de especializarse, por hacerse o filólogos o lingüistas, él, que nunca se decidió por hacerse una de las dos cosas; pero así eran las contradicciones en que estaba la mejor gracia de su magisterio; o las largas visitas en su casa (me temo que algunas demasiado largas, dada mi mucha adhesión y mi escasa atención a los modales), en que alternaba alguna amonestación sobre la importancia del escrúpulo filológico en la puntuación y acentuación del griego (harta paciencia para la barbarie de mis primeros tratos con las letras de los antiguos) con otros ratos en que para algunos familiares se ponía él a tocar algunas piezas al piano con gusto y tacto seguro, y otros en que, llevándome a su despacho, soportaba pacientemente, a propósito de la Vida de Sócrates que acababa él de publicar, mis invectivas y groseras bromas contra la figura del sátiro pensante, que sólo eran, por mero afán de llevar la contra, preludios del más hondo enamoramiento.
Tenían entonces los libros de su biblioteca, que tantas veces me prestara en aquellos años, un ex libris en sello de tinta con la máxima estoica que dice Oút'ólbos oúte phóbos, que se había hecho bastante popular entre los hispanos como «ni dicha ni miedo».
Ni dicha ni miedo. Ojalá que esas palabras, maestro, te hayan acompañado hasta tu fin, y más allá.” (Agustín García Calvo, “En memoria de Tovar”, El país, 24 de diciembre de 1985)

El texto que acabamos de leer se define por la serenidad ante la vida y la muerte. Contiene, además, el recuerdo del primer encuentro entre docente y alumno, como contrapunto a ese último y definitivo adiós que significa la muerte. Naturalmente, no estamos ante un mero retrato literario, pues nos encontramos ante un profesor real, universitario y laico, de quien García Calvo señala algunos aspectos físicos (la barba prieta, el lazo de lunares) y de su carácter (seriedad combinada con la risa), destacando, sobre todo, su juventud en el momento en que se le retrata. El entonces “don Antonio” será llamado, al cabo del tiempo, “Tovar”, y más aún, “maestro”. Las impresiones del paso por aquella Salamanca de los años 40 son honestamente gratas y positivas. Hay algunos aspectos reseñables en lo que se refiere a lo estrictamente académico. Por un lado, la referencia a esas clases de formación del espíritu nacional que tiene que impartir el profesor de latín y entonces falangista Antonio Tovar, y que hacen apuntar a García Calvo su rechazo ácrata al sistema político como tal. Hay, por lo demás, una serie de referencias puramente científicas que nos recuerdan cómo un puñado de profesores universitarios fueron capaces durante la posguerra de traer los nuevos métodos de investigación entonces en boga por Europa, como es el estructuralismo de la Escuela de Praga, al que alude García Calvo. También podemos ver una preciosa alusión a un hecho que con el tiempo iba a escindir en buena medida los estudios filológicos, como era su repartición en filología y lingüística. Esta circunstancia la hemos tenido que vivir (y a veces hasta sufrir) los que después hemos pasado por las facultades de letras(1). Finalmente, cabe destacar el profundo respeto intelectual que el profesor muestra ante aquellas “patochadas de adolescente”, tal y como el mismo autor define sus reflexiones. No es en esta ocasión demasiado pertinente la cita de un autor latino, salvo la pasajera que encontramos de Cicerón. Tovar y García Calvo han salido de los estrictos límites de la filología latina, y es por ello, quizá, por lo que la figura de Sócrates tiene un peso más específico en esta semblanza. Ello apuntaría, asimismo, a esa afición común que uno y otro han mostrado por los clásicos griegos. FRANCISCO GARCÍA JURADO

[1]  A este respecto, puede ilustrarnos muy bien acerca de lo que decimos el trabajo de Tovar titulado “Apuntes sobre la Filología Clásica desde España”, en Tovar 1941, pp. 127-140.

domingo, 4 de noviembre de 2012

"Difícilmente podré morir del todo": un poeta ruso llamado Horacio

Marina Tsvietáieva (1892-1941), autora de la generación de Anna Ajmátova y de Ossip Mandelstam, es una de esas mentes privilegiadas y trágicas que vieron cómo su mundo de poesía sublime, de Atenas pertersburguesas, desaparecía bajo el yugo soviético. No se les permitió ser como eran, sublimes, distintos, y no pudieron ni supieron sucumbir poco a poco a la vida gris que se les imponía.
POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE.
Hace tiempo podíamos leer en un diario un titular sobre Marina Tsvietáieva que nos devolvió a un recuerdo intenso del verano que María José y yo visitamos Moscú. El titular era contundente, hermoso: "Difícilmente podré morir del todo", y es una frase de Marina tomada de una de las últimas cartas que escribió durante su exilio parisino, cuando vivía en la calle y en la extrema pobreza: "Mi vida es terrible. Es mi no-vida... Difícilmente podré morir del todo". Esta frase desoladora es, ante todo, un anhelo que va más allá de la vida, un grito que se impone sobre las circunstancias que constriñen nuestro ser carnal. La frase, sin quererlo, es un eco del poeta Horacio, de su oda trigésima del libro tercero de Odas, la que comienza con un verso inmortal: EXEGI MONUMENTUM AERE PERENIUS ("levanté un monumento más duradero que el bronce"), y que en su verso sexto nos dice NON OMNIS MORIAR, es decir, "no moriré del todo". Que hayamos reconocido a Horacio en este título es un hecho que va más allá, mucho más lejos, de la pedantería o el mero culturalismo. La sombra del poeta romano se confirma ya dentro del artículo, cuando Tsvietáieva anota a sus diecisiete años: "No hay nada real por lo que valga la pena luchar, por lo que valga la pena morir. ¡La utilidad! ¡Qué ordinariez. Lo útil con lo agradable...". Esa frase incompleta del final de la cita es parte de un famoso verso del Arte Poética horaciano, OMNE TULIT PUNCTUM QUI MISCUIT UTILE DULCI (v. 343), es decir, que "ganó todos los votos el que fue capaz de unir lo útil con lo dulce". Marina Tsvietáieva ha aprendido seguramente (no tengo que comprobarlo estudiando su biografía) la preceptiva clásica: tiempos de juventud y de proyectos. Pero el otro eco horaciano es seguramente mucho más vital e íntimo que el de una mera lectura académica, es con toda seguridad un verso que acompañó a Marina a lo largo de toda su dura vida, un verso que anduvo en su cabeza incluso cuando vio morir a su hija de inanición. Voy a contar ahora por qué este verso nos ha recordado nuestro viaje a Moscú, porque aquí está la clave de todo.
Cuando llegamos al aeropuerto de Moscú vivimos una pequeña pesadilla de espera en una interminable cola. Incluso tuvimos que organizar a los desconocidos que estaban junto a nosotros para cerrar filas e impedir que se nos colaran los que iban llegando después con la intención de pasar por el control de pasaportes antes que nosotros. Una vez que tras un tiempo indefinido y denso pudimos acceder a la salida del aeropuerto nos esperaba una joven rusa para acompañarnos al hotel. Nosotros aún salíamos con la adrenalina a flor de piel, tras tantas tensiones (incluso María José había sido retenida durante un rato porque no coincidia una cifra de su visado con la del pasaporte). La muchacha, guía turística, se sentó en el asiento delantero de un mercedes negro y nosotros dos fuimos detrás, mientras el conductor, un joven ruso, hacía de las suyas al volante. Comenzamos a hablar y ella, muy en su oficio, centró la conversación en contarnos cosas sobre Moscú que en realidad ya sabíamos. Después de haber rechazado cortésmente todas las rutas turísticas que nos ofreció (recorridos nocturnos en bus y cenas típicas) quise que habláramos de algo más personal, algo que al menos rompiera un poco el hielo de aquella situación. Le contamos que éramos profesores de lenguas clásicas, y ella, entonces, nos dijo que lo único que sabía de literatura latina era el poema de Pushkin titulado, precisamente, EXEGI MONUMENTUM. y cuyas dos primeras estrofas (en versión de Eduardo Alonso Luengo) son las siguientes:

Me erigí un monumento que no labró la mano,
la ruta que a él conduce no cubrirá la hierba,
y alza muy por encima del pilar de Alejandro
su indómita cabeza.

No moriré del todo - mi alma en la sacra lira
sobrevivirá al polvo y no se pudrirá,
y célebre he de ser mientras aliente un vate
en este mundo sublunar.

Cuando esta muchacha nos habló de Pushkin y de Horacio pude recordar, entonces, en la inmensa lejanía, dónde estaban nuestros queridos libros de Horacio, en la biblioteca española que ahora era una realidad remota, pero que aún permanecía unida a nosotros sentimentalmente por todos los recuerdos personales que suscitan nuestros libros del poeta latino. Fue entonces cuando sentí que Horacio también era un poeta ruso, un poeta que, como Ovidio, había sido cantado y evocado por el gran poeta que funda la poesía rusa, Alexander Pushkin, y que aquello era ya bastante para que comenzara a sentirme ubicado en aquella nueva realidad que se nos abría ahora en la inmensa ciudad de Moscú. Al igual que Mandelstam se sintió Ovidio en los últimos días de su vida, Marina Tsvietáieva evocó un verso de Pushkin-Horacio aprendido durante los tiempos escolares. Cuando un poema pasa a formar parte de nuestro propio ser comienza a ser una compleja y profunda forma de cultura. Todo esto me vino a la cabeza cuando leímos ayer, durante una luminosa mañana de sábado, el periódico del día anterior. En ese momento, María José y yo sentimos uno de esos "claros del bosque" que se abren (afortunadamente) a menudo en nuestra vida cotidiana, y una evocación, una evoación como ésta, compartida por ambos, nos hizo inmensamente felices.
Francisco García Jurado

H.L.G.E.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Agustín García Calvo, sueño y realidad

Soñé que estudiaría filología clásica en la Complutense y que Agustín García Calvo abriría aquel nuevo periplo vital desvelándome los misterios de la poesía latina. Leí su libro sobre Virgilio, en la mítica colección "Los poetas", durante un verano de transición, entre el miedo y la esperanza de mi futuro incierto. Entonces fue cuando soñé sus clases. Agustín García Calvo resumía en su persona la esencia de mis aspiraciones y ensueños. Sin embargo, jamás estudié en la Complutense ni tampoco recibí sus enseñanzas. Pero la suerte cruzó nuestros destinos al cabo de los años en el despacho 321 del departamento de Filología Latina. Hoy ha fallecido y también muere algo en mí. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Necesitamos construir quimeras, sí, quimeras, sobre las que fundar nuestras aspiraciones. Mi mito de juventud no fue un futbolista, ni un actor, sino un poeta y catedrático de filología latina. Fue Agustín García Calvo. Mi abuelo anarquista lo admiraba y solía escucharlo cuando hablaba en el Ateneo de Madrid, o cuando iba a los locales de la CNT. Fuimos mi abuelo y yo a su presentación del libro "Heráclito, razón común", en el Ateneo, y me sentí muy orgulloso cuando al final Agustín nos hizo un ademán de despedida. Por aquel entonces Amancio Prada ponía música a alguno de sus más sentidos poemas, como "Libre te quiero", que a mis dieciocho años me pareció un antes y un después para la lírica amorosa. También me maravillé con su versión de "Edipo Rey" de Sófocles, que interpretó de manera admirable José Luis Gómez. Agustín García Calvo era mi profesor de latín soñado, y hasta recopilé los artículos que el diario EL PÁIS (hoy ya irreconocible) publicaba sobre él y de él. Cómo voy a olvidar las crónicas de las fiestas trágicas que celebraba en la Universidad de Verano de Santander, donde Agustín disertaba sobre las contradicciones del amor, o cómo voy a olvidarme de su artículo "¡Viva Sócrates!", que escribió para replicar a su antiguo discípulo Savater. Tampoco quiero dejar de evocar otro artículo, "Como moscas", donde una supuesta alumna suya contaba cómo se había pasado el verano leyendo a los historiadores clásicos, editados en los Oxford Classical Texts, y donde tan sólo había encontrado muertes por doquier. Me recuerdo leyendo este artículo en la Dehesa de la Villa, tan cerca ya de la Ciudad Universitaria, donde soñaba que Agustín García Calvo me desvelaría los arcanos de Virgilio. Pero todo esto no pasó, y en verdad ahora me alegro. Mi recuerdo, pues, se confunde ya con un viejo anhelo que seguramente, de haberse realizado, hubiera resultado decepcionante. Prefiero ahora haber soñado a Agustín García Calvo. Los años me llevaron ya como ayudante de facultad a la Complutense, y vine a caer en el antedespacho de la cátedra de Agustín. Al principio apenas sabía qué decirle, y él apenas se daba cuenta de mi existencia. Creo que fue una mañana gloriosa, al cabo ya de unos tres años desde mi ingreso en la facultad de filología, cuando Agustín entró al despacho y dijo unas palabras para mí mágicas: "Hola, Paco". Al fin, al nombrarme, me había otorgado la existencia, como si de un demiurgo platónico se tratase. En definitiva, aquí no voy a contar por decoro y profundo respeto a un maestro consumado sus pequeñas miserias humanas. Me refiero a cosas como sus disgustos matutinos con Isabel, que llamaba temprano al despacho para saber si Agustín había llegado. Él se sentía controlado por este ejercicio inocente y rutinario de su compañera. Tampoco quiero pensar en su casi inexistente relación con el resto del departamento de filología latina, o recordar su desinterés absoluto por lo que podía tener que ver con la vida universitaria y administrativa. Cuando ya le cumplía su plazo de profesor emérito, dado que aún no había concluido su ingente tratado sobre prosodia y métrica, quiso pedir al departamento que se le permitiera seguir (ab)usando de sus medios materiales. Me preguntó a mí, sí, a mí, si debía bajar o no a hacer este ruego o demanda a la reunión del consejo de departamento que se iba a celebrar. Yo le contesté que no (me re)bajaría. Él, con el beneplácito del director del departamento, pudo formular su petición al comienzo del consejo, para no tener así que asistir al resto de la reunión (que no deja de ser nuestra obligación) y esperar hasta el punto final, el de ruegos y preguntas. Él bajó al consejo y formuló su petición en estos términos: que eligiéramos entre NUESTRA COMODIDAD (quedaba un despacho libre) o LA CIENCIA (su tratado de métrica y prosodia). Y tras esto terminó diciendo: "Y ahora les dejo a Vds. con sus cosas". No sé si no se le concedió este privilegio de quedarse más tiempo por lo que dijo o si realmente lo dijo para que no se le concediera. Esto, como veis, no es una historia de héroes ni de víctimas. Tuve la suerte de convivir en ese despacho 321 de la Complutense con Agustín durante unos cuantos años. Sufrí los millones de llamadas telefónicas preguntando por él, sufrí sus visitas de acólitos y de personas inclasificables, como el pintor que había conocido Agustín durante su estancia parisina, y que venía a vender cuadros y dibujos. Conmigo siempre, siempre, fue amable y hasta cariñoso, y más de una vez aprendí de sus observaciones y enseñanzas esporádicamente. Quizá lo peor de García Calvo era el mito de García Calvo, que le perseguía como un fantasma. Ahora recuerdo que la última llamada telefónica que recibí en el despacho 321 fue la del actor José Luis Gómez. Acababan de dar a Agustín el premio nacional de teatro. La última vez que vi a García Calvo fue en la Plaza de España. Era de noche e iba cabizbajo, con el pelo recogido en una coleta, y no me atreví a sacarlo de su ensimismamiento. Me pareció pequeño, insignificante, en comparación al gigante que creía ver cuando impartía alguna de sus inclasificables conferencias. Agustín fue perdiendo poco a poco su estrella, que duró más o menos hasta los años noventa del siglo XX. En EL PAÍS escribió un artículo contra las feministas que le valió el ostracismo del diario progre. Tampoco sé si lo expulsaron del diario por haber escrito este artículo "incorrecto" o si lo escribió para que lo expulsaran. En sus años dorados, cuando Leguina presidía la comunidad de Madrid, compuso un anti-himno con música de Pablo Sorozábal. Ya no vive Agustín, pero sigo viéndolo desde mis irreales sueños recitando los versos más hermosos de Virgilio y trato de olvidar tristes realidades. Descanse en paz, maestro. FRANCISCO GARCÍA JURADO

miércoles, 31 de octubre de 2012

Darwin y Lucrecio en una historia liberal de la literatura. El caso de Canalejas


Se ha publicado ya en español un libro que me interesa, y mucho: "El giro. De cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el mundo moderno" (Barcelona, Crítica, 2012), de Stephen Greenblatt. Al igual que otro libro reciente sobre el manuscrito de la Germania de Tácito, "El libro más peligroso. Del Imperio romano al III Reich", de Christopher B. Krebs, se intenta trazar una "historia cultural" del significado que ambos textos tuvieron en el desarrollo de la Historia de Europa. Estamos, ciertamente, ante un nuevo paradigma de historias: las culturales. Quería hacer en este blog mi pequeña aportación al significado de las ideas de Darwin en el discreto mundo de la historiografía de la literatura latina en España, precisamente con uno de sus documentos más interesantes, el manual de José Canalejas y Méndez. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Sabido es que fue un 12 de febrero de 1809 cuando nació Charles Darwin para cambiar el curso de la ciencia. La oportunidad de publicar una entrada sobre Charles Darwin en un blog literario como éste tiene que ver, naturalmente, con la propia historiografía literaria. El Museo de Ciencias Naturales de Madrid tiene una tienda que es mucho más que eso. Me sorprendió ya hace tiempo que, entre pequeños recuerdos y dinosaurios de goma, la tienda fuera, en realidad, una librería especializada en facsímiles de gran calidad y viejos libros de ciencia. Allí estaba la traducción al español de algunas obras de Alexander von Humboldt o libros de algunos de nuestros mejores científicos hispanos, entre estudios botánicos y monografías sobre el universo. De alguna memorable visita hecha a esta gran librería jamás olvidaré el haber encontrado allí la recopilación titulada ·El grabado en la ciencia hispánica· que hizo José Mª López Piñero. La representación de un megaterio, precisamente la ilustración que abre la entrada de este blog, se ha terminado convirtiendo en digno emblema de esta pequeña gran historia científica.
No nos llevemos a engaño. La ciencia hispánica es una gran desconocida, y aún mucho más los nombres que la han hecho. Pero España no ha sido sólo un país de toreros y artistas. El gran problema para entender esta pequeña gran historia está en el mito del héroe romántico aplicado a la propia Historia de la Ciencia: como no hemos tenido nombres descollantes (a excepción de Cajal), a falta de “grandes héroes”, entendemos, pues, que no ha habido ciencia. Desconocer que la ciencia tiene un contexto y que precisa de una comunidad de científicos, no sólo de un “héroe”, es uno de los errores más comunes a la hora de historiarla. Algo parecido, en otra escala, ocurre cuando hacemos historia de, por ejemplo, los estudios filológicos en España. Por supuesto, ahí están los grandes “héroes” llamados Menéndez Pelayo y Menéndez Pidal, pero quedan como nombres aislados en un desierto de ignorancia. Ahora que llevo un tiempo tratando de hacer una “Historia de las Historias de la Literatura en España” es cuando puedo entender con mayor propiedad estos errores de concepción. Los manuales escolares tienen una clara vinculación con el horizonte en el que se divulgan las nuevas ideas científicas, como bien llevan estudiando hace años los componentes del grupo MANES (con sede en la UNED). El grupo MANES lleva descubriendo hace ya tiempo de qué manera estos humildes libros escolares han sido, en definitiva, los grandes divulgadores de las ideas científicas en sus respectivas comunidades. Me pareció, a este respecto, muy interesante, el estudio y exposición que la profesora Margarita Hernández Laille organizó en 2006 acerca de la propagación de las ideas de Darwin en España durante el siglo XIX a través de los manuales de Historia Natural. Como tuve ocasión de leer en un nota de prensa publicada también entonces: «Antes de que El Origen de las Especies (1859) se tradujera al español ya los libros de texto recogían la teoría de la evolución de Charles Darwin, un científico que, tanto en el idioma de Shakespeare como en el de Cervantes, encontró partidarios y detractores. El primer libro de texto que incluía la revolucionaria teoría biológica salió de la imprenta granadina de Francisco Ventura y Sabatel en 1867: el manual se titulaba Libro de Historia Natural y su autor fue Rafael García Álvarez.». Es más, Aunque parezca sorprendente, el eco de Darwin ya había llegado durante aquellos años hasta los propios manuales de Literatura Latina. Uno de los manuales más interesantes publicados en España es el del conocido político José Canalejas y Méndez, que fue alumno de Alfredo Adolfo Camús. Es un manual publicado precisamente cuando se crea la Institución Libre de Enseñanza y tiene un claro sesgo liberal (publiqué en la Revista de Historiografia un estudio concreto sobre este libro). Cabe señalar que el propio Canalejas habla ya de las nuevas teorías de Darwin al tratar acerca del poema científico de Lucrecio:

«No faltan tampoco en el poema de Rerum natura ciertos presentimientos respecto de problemas planteados por la ciencia contemporánea, como por ejemplo, el de los séres ante-diluvianos y la famosa teoría Darwiniana de la selección natural, admirablemente planteados por Lucrecio.
Ofreciendo el cuadro de la Humanidad primitiva, sirve Lucrecio á las tendencias de su escuela, mostrándonos como el hombre nacido del seno de la tierra por una especie de generación espontánea, se ejercita poco á poco en el uso de sus facultades, y de progreso en progreso concluye por abandonar su primitiva incultura, gozando de los encantos de la civilización.» (Canalejas y Méndez, J., Apuntes para un Curso de Literatura Latina. Tomo I, Madrid, 1874, pp. 167-168)

En lo que a Lucrecio respecta, este párrafo nos muestra un notable ejemplo de relectura y actualización de un autor antiguo al calor de las nuevas teorías científicas y sociales, de inspiración darwinista (“selección natural”), en el primer caso, y positivista (“progreso”) en el segundo. Marx alabó a Lucrecio como buen difusor de las teorías materialistas de Epicuro, y nuestro abate Marchena, viejo ilustrado y precedente del ideario liberal, pasó por haber hecho una encendida traducción de su poema épico-científico, o al menos eso es lo que creyó Menénez Pelayo. No por ser menos conocidas estas pequeñas historias dejan de existir. Francisco García Jurado HLGE

sábado, 27 de octubre de 2012

Deliciosa Lyon, y una lectura de Rabelais

Nuestra reciente visita a Lyon no pudo ser más grata. Como siempre que visito un lugar nuevo, intento ponerlo en relación con alguna lectura, motivada o no. En este caso, no podía olvidar que fue, precisamente, en esta deliciosa ciudad donde se publicaron en la primera mitad del siglo XVI las dos famosas obras de Rabelais: su Pantagruel y su Gargantúa. De esta forma, Lyon dejó ser un mero lugar de edición al pie de una portada, y se convirtió en una atmósfera grata donde poder leer a Rabelais. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Hace ya mucho tiempo que conozco la obra de Rabelais, de la que tuve por primera vez noticia gracias a una colección por entregas, la Historia Universal de la Literatura, que compraba semana a semana en mi quiosco de prensa. En un principio, creí que "Gargantúa y Pantagruel" constituían una única novela, algo que los años y el estudio, sobre todo el trabajo que llevamos a cabo mi discípulo, el dr. Javier Espino, y yo mismo sobre los retratos de profesores de latín en la literatura, terminaron desmintiendo. De hecho, Rabelais publicó primero la vida del monstruoso Pantagruel, y luego la de su padre, Gargantúa, y ambas vidas fabulosas y carnavalescas fueron publicadas en la ciudad de Lyon. Esta ciudad, no casualmente, rivalizó con la propia París en el siglo XVI como ciudad renacentista. No en vano, estaba en el camino que llevaba hasta Italia. Montaigne pasó por Lyon de camino a las tierras italianas, y Rabelais ejerció como cirujano en el gigantesco hospital conocido como el Hôtel-Dieu, que hoy puede admirarse cuando cruzamos el Ródano, de camino a esa zona intermedia de Lyon que conocemos como la "Península". No es fácil ya adivinar en este contexto urbano, más propio de las reformas del siglo XIX que de la vieja ciudad del XVI, el mundo de Rabelais, pero siempre consuela adivinar lo que pudo haber antes de que existieran los nuevos edificios. En todo caso, me encontré con una imagen del propio libro de Rabelais en una de las famosas casas "trampantojo" de Lyon, donde sus ciudadanos, pintados en una pared, pero aparentemente reales, pasean para la eternidad. Me llevé a Lyon mi viejo libro de Rabelais, que ya fui leyendo en el avión. Me encantó volver a sus páginas, en especial a las bromas goliárdicas que se hacen con el latín medieval, a los terribles profesores de Gargantúa y Pantagruel, o a la hilarante llegada a París del primero. Todo ello, combinado con la visita a Lyon y a Vienne (María José tomó la certera iniciativa de visitar sus ruinas romanas) convirtió mi viejo libro de Rabelais en un libro renovado que ahora es mucho más que un libro. FRANCISCO GARCÍA JURADO  

sábado, 20 de octubre de 2012

Revolución francesa y humanidades; viaje por Europa

Acaba de aparecer en "EVPHROSYNE, Revista de Filologia Clássica" (40, 2012, pp. 381-392) uno de mis trabajos, quizá por circunstancias, más viajeros. Se titula, "Revolución francesa y humanidades. La nueva consideración nacional de la literatura romana: de Wolf a Schöll" y constituye todo un ejercicio de historia cultural de los estudios clásicos en Europa. Por Francisco García Jurado. HLGE
El trabajo en cuestión estudia cómo pueden verse los efectos de la Revolución francesa y el cambio de mentalidades que conllevó en dos importantes obras dedicadas a la literatura romana. Este tabajo nació, casi sin sospecharlo, cuando di en un puesto de libros antiguos en Toulousse con los tomos de la Historia de la literatura romana de Schöll, publicados en la especial fecha de 1815, y poco después de que se celebrara el Congreso de Viena. Luego, al año siguiente, preparé un trabajo a partir de este libro y del programa de curso de F.A. Wolf, publicado tan sólo dos años antes de la Revolución Francesa, para un encuentro científico que se celebró en Versalles a cargo de Pablo Asencio y Chantal Grell. El tema versaba acerca de las imágenes de la Antigüedad durante la revolución francesa. Esto fue en junio de 2009, y me llevé algunas de las ideas básicas de este trabajo al Real Colegio Complutense, en Harvard, ya en julio de ese mismo año. El trabajo ha terminado publicándose en Lisboa, en la presigiosa revista que publica el departamento de Estudios clásicos de su universidad, y corregí las pruebas de imprensa este último mes de julio en la hermosa ciudad de Estocolmo (en la fotografía). Quiero terminar ofreciendo a mis lectores los primeros párrafos del trabajo, donde expongo cómo las humanidades son a menudo testigos y víctimas de los grandes avatares históricos:

"Los lectores de Stendhal y Goethe pueden apreciar cómo algunas de las obras más notables escritas por estos autores son, en buena medida, fruto de las consecuencias históricas acaecidas tras la Revolución francesa de 1789. Es el caso de La cartuja de Parma, donde Fabricio, el joven protagonista de la novela, queda tan admirado ante Napoleón a su paso por Milán, en 1796, que escapa después para combatir a las órdenes del propio Bonaparte en Waterloo. Por su parte, Goethe crea en su Hermann y Dorotea la singular figura de un héroe “burgués”, Hermann, quien, tras casarse con su amada, a la que conoció mientras ella huía con los suyos de las tierras ocupadas por los franceses, acude presuroso a combatir contra el invasor e intentar así restituir un mundo perdido acaso para siempre. Ambos autores son, al mismo tiempo, testigos de los profundos cambios que las humanidades clásicas sufren en el complejo paso que va desde la Ilustración al Romanticismo. El propio Stendhal constituye un buen testimonio de lo que ocurre con la enseñanza del latín en la sociedad de la restauración durante la primera mitad del siglo XIX, y en Goethe cabe admirar el nuevo uso burgués de los poemas de Homero, que ahora inspiran modernos héroes. Por tanto, literatura, revolución y humanidades constituyen una compleja relación que vamos a intentar estudiar aquí desde el punto de vista del nacimiento de un nuevo paradigma, el de la enseñanza de la historia de la literatura romana, no ya tanto como un conjunto de autores relevantes que escribieron en latín, sino como la expresión genuina de un pueblo particular, cuyo ejemplo servirá para la construcción de las literaturas modernas a lo largo del siglo XIX . La Revolución francesa y sus consecuencias napoleónicas contribuyeron decisivamente, sin pretenderlo, al éxito de este nuevo paradigma.


Las ideas se desarrollan en un mundo cambiante y en conflicto donde, a menudo, las circunstancias que rodean la actividad intelectual condicionan su desarrollo. Más allá de estos condicionamientos externos, las nuevas ideas surgen, asimismo, por oposición a otras precedentes. De esta manera, frente a los ideales universales y cosmopolitas de la Ilustración oficial, ya en el propio siglo XVIII se fue desarrollando una línea de pensamiento que defendía lo particular de cada pueblo. El historiador alemán Johann Gottfried Herder (1744-1803) es un buen exponente de este estado de cosas cuando pretende plantear la historia como una sucesión de civilizaciones y ve en la poesía popular las voces genuinas de épocas y pueblos concretos . Uno de los aspectos más susceptibles de analizarse a la nueva luz de lo nacional es la literatura, cuyo medio de expresión son las lenguas particulares. Frente a la mera historia literaria propia de la Ilustración, es muy discutible afirmar sin más que a cada literatura le corresponda una lengua, aunque los estudios sobre historia de las lenguas (literarias) a lo largo del siglo XVIII vayan a terminar favoreciendo el salto paulatino a la historia de las literaturas nacionales. Por tanto, lo que podría interpretarse como un hecho circunstancial, a saber, que una obra esté escrita en tal o cual lengua concreta, pasará a convertirse en un rasgo distintivo y definitorio, equivalente a hablar acerca de los diferentes pueblos como realidades diferenciales. La visión herderiana de la historia como una sucesión de diferentes civilizaciones va a suponer, en definitiva, un marco propicio para esta nueva comprensión de la literatura, histórica y nacional."

Francisco García Jurado

martes, 16 de octubre de 2012

El fraude de los grandes premios literarios

Sé que se trata de un tema manido y controvertido a más no poder. Los grandes premios literarios tienen mucho más que ver con las grandes maniobras de mercadotecnia que con la literatura, al margen de que las obras "premiadas" tengan calidad como tales obras y transciendan el fenómeno mediático más allá del tiempo. Todo esto parece una verdad obvia, pero hay que demostarla, claro está, con pruebas concretas. A este respecto, me ha gustado mucho el trabajo de una joven investigadora llamada Laura Arroyo, que ha analizado tres obras concretas galardonadas con el Premio Nadal en 2000, 2004 y 2009. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Para empezar, no nos engañemos y comencemos a contar las cosas por el principio, por si todavía alguien no se había enterado. Los grandes premios literarios, como el PLANETA, no son más que derechos de autor pagados por anticipado y encubiertos bajo la forma de un premio literario. El autor, reconocido y, sobre todo, famoso por desenvolverse bien en el ámbito de los medios de comunicacón, es "invitado" a presentar una obra a un determinado concurso para, naturalmente, ganarlo en una convocatoria donde otros autores no invitados y menos conocidos también concurren. ¿Qué fin tiene la convocatoria de un premio que ya está concedido de antemano? El fin está claro: para la editorial supone un negocio redondo, pero también se reparten ciertas sobras para otros muchos. Estos "muchos" son los escritores desconocidos que tienen la oportunidad de que su obra llegue a manos de un buen informante, y de que pueda acabar siendo publicada en alguna de las filiares de la prestigiosa editorial. Ahí es donde se cuece una parte importante de la convocatoria, y probablemente uno de los aspectos más positivos de este tipo de premios ya dados de antemano. Laura Arroyo ha analizado tres obras galardonadas recientemente en el Premio Nadal, debidas a Lorenzo Silva (curiosamente, el Premio Planeta 2012), Antonio Soler y Maruja Torres. Todos ellos comparten el hecho de ser autores conocidos por un sector amplio del público, de forma que, obviamente, no se trata de desconocidos o jóvenes promesas. Esto podría suponer un suicidio para el premio. Del análisis detallado que hace la autora, la obra peor parada es la de Maruja Torres, que no deja de ser una "metaobra" (el palabro es mío) donde otros personajes ligados al Premio Nadal entran en juego, a manera de evocación, como Terenci Moix. La obra en cuestión ha jugado ya con la propia circunstancia que significa el premio. Sin embargo, Laura Arroyo deja ver cómo en el caso del Premio Nadal la calidad literaria no está reñida con los mecanismos mediáticos, aunque la propia convocatoria del Nadal se haya visto obligada a evolucionar desde sus primeros tiempos, cuando ganaron el certamen algunos autores como Carmen Laforet o Miguel Delibes, luego reconocidos como verdaderos escritores de raza. Hoy día, muy al contrario, el premio debe concederse a "valores seguros", no a desconocidos. Esta estrategida de crear un premio para promocionar un libro que supuestamente lo ha ganado, y hacer que los derechos de autor se conviertan en la cuantía de dicho premio, ha triunfado por doquier, de lo que dan testimonio los cientos de premios que organizan las mismas editoriales. No cabe juzgar tales prácticas como malas, simplemente estamos ante una situación donde todo vale para sobrevivir en un mundo editorial cada vez más comercializado y precario. Hay, además, un numero significativo de potenciales lectores que precisa de este tipo de estímulos comerciales para leer o, cuando menos, regalar un libro. Naturalmente, no todos los lectores han podido recibir la formación suficiente como para elegir o tener acceso al tantas veces recóndito mundo literario, ni tan siquiera acceder a lo poco que aparece en los suplementos culturales de los diarios nacionales, tantas veces influidos por intereses de empresa. Los españoles hemos aceptado que las relaciones "familiares" (como dirían los antiguos romanos, tan aficionados a ellas) sean las más fiables, de manera que es realmente difícil que una persona que no tenga los contactos oportunos, o que no haya invertido parte de su tiempo en crearlos, brille con luz propia. He sido testigo directo de las concesiones que se tendrían que haber hecho para que un libro propio apareciera mínimamente reseñado en un lugar de cierto alcance. Pensando sobre todo en los jóvenes, creo que lo oportuno es que pierdan cuanto antes la peligrosa ingenuidad y que sepan obrar en consecuencia. Por todo ello, me ha parecido muy interesante observar cómo Laura Arroyo desmonta desapasionadamente este mundo soterrado e ilusorio (Laura Arroyo, "El premio nadal en el siglo XXI. Estudio de tres ejemplos", Letras de Deusto vol. 40, nº 127, 2010, 253-270). FRANCISCO GARCÍA JURADO