sábado, 30 de noviembre de 2013

Dignidad y literatura

Jean Philippe Ronsard, La dignité de la littérature, París, Editions de la Rue, 2013, 150 pp.

No fue hace mucho cuando paseando por la parisina Rue des Écoles me acerqué, inevitablemente, a la Livrairie Compagnie, lugar de donde no suelo salir indemne, es decir, con las manos vacías. Siempre que acudo a este paraíso, alguna novedad editorial, especialmente en lo relativo al ensayo sobre literatura, me asombra e ilumina. A menudo encuentro allí libros soñados, o libros que a mí me hubiera gustado escribir pero que, inevitablemente ya, aparecen publicados y con hermosas portadas. Este ha sido el caso del reciente descubrimiento de un libro pensado por una de las mentes más preclaras del pensamiento literario francés actual, el profesor Jean Philippe Ronsard, miembro del Collège de Paris, cuyas obras, fruto de reflexiones vividas, jamás dejan indiferentes a sus lectores. En este momento me abruma tan sólo pensar en contarles algo acerca de la ingente bibliografía que el profesor Ronsard tiene tras de sí, y supongo que mis lectores no precisan de ello, ya que en la mayor parte de los casos la conocerán. Ronsard nos tiene acostumbrados a transitar por escritores fundamentales de la literatura universal desde perspectivas inquietantes e inéditas. Este es el caso del libro que ahora reseño, y que todavía está en mi mesilla de noche, recién leído. Debo decir que sus ciento cincuenta páginas se me han hecho cortas, pues la experiencia lectora ha sido realmente grata. Intentaré, en pocas palabras, explicar el planteamiento de esta obra. Un lector no avisado probablemente no capte en el título de la obra toda la dimensión que encierra la palabra “dignidad”. El editor ha tenido, en este sentido, el buen acierto de hacernos un guiño ya desde la portada utilizando como ilustración el retrato de Montaigne. Precisamente, el nuevo ensayo de Ronsard es una reflexión humanística, casi renacentista, acerca del hecho literario, desde un concepto acuñado por Pico Della Mirándola: la dignidad del hombre. Frente a la idea medieval del hombre como ente limitado y finito, Della Mirándola nos dibuja al ser humano como proyección, como alguien capaz de romper con sus meras fronteras físicas para convertirse en algo grandioso. Desde esta idea de proyección, Ronsard defiende la idea de que la literatura no es otra cosa que una proyección que va más allá del tiempo, de manera que su estudio no debería ceñirse a las obras como tales, ni tan siquiera a los escritores, sino a esos vectores del tiempo que hacen que una obra  adquiera dimensiones gigantescas y atemporales. El tiempo, la proyección en el tiempo, para ser más exactos, es lo que convierte a la literatura en alquimia, en proyecto incesante de referencia moral y estética. No podría en una reseña tan breve dar cuenta de los diferentes casos sobre los que trata el profesor Ronsard, pero sí me gustaría referir, tan siquiera, algunos que me han parecido extraordinariamente significativos. Por ejemplo, cuando Ronsard aborda los orígenes del ensayo, estudia la manera en que Montaigne “proyecta” el pensamiento de San Agustín en una línea casi continua que apunta a la modernidad. Es fascinante ver cómo las ideas del pensador de Hipona, puestas en el francés de Montaigne, se renuevan sin perder un ápice de su profundidad. También me ha encantado el estudio que hace de la novela de Dostoievski titulado El doble, donde analiza cómo emerge la lectura moral a partir de los textos fundamentales que la Antigüedad y las literaturas europeas nos han brindado al respecto. En este ensayo asistimos al proceso lector del escritor ruso casi como si lo acompañáramos en Petersburgo. No menos luminosa es la lectura que ha hecho Ronsard de un poema de Borges, “Elegía”, desde un verso de Virgilio: sunt lacrymae rerum et mentem mortalia tangunt. Casi no he tenido ocasión de lamentar que el autor no conociera lo que yo mismo he escrito al respecto, pues debo reconocer que su estudio sobre la “proyección” de un verso de Virgilio en un poema de Borges (a Borges lo cita, por supuesto, según la edición francesa de “La Pléyade”) se me antoja definitivo.

En suma, escribo estas líneas todavía desde la provisionalidad y la emoción de una lectura reciente. El libro que aquí comento es, sobre todo, un aviso sobre la necesidad de devolver la literatura, la gran literatura, a la dignidad de su proyección como memoria colectiva, como fábrica de anhelos, utopías y sueños. FRANCISCO GARCÍA JURADO     

sábado, 26 de octubre de 2013

El vestido femenino y la fidelidad: impedimentos en el mundo romano

Los poetas elegíacos como Propercio, Tibulo y Ovidio hoy nos resultan, como varones, hombres “demasiado modernos” en comparación con la propia mentalidad romana de su época. Sin embargo, alguno de los motivos que utilizan para hablar de los arreglos y vestidos de sus amadas siguen muy de cerca los tópicos más ancestrales de dominación. En particular, la relación del vestido con la fidelidad nos lleva a la consideración de las mujeres impedidas de movimiento. Si bien se trata de otra época y circunstancia, no puedo dejar de pensar en los reducidos pies de una anciana china que me encontré en la Ciudad Prohibida de Pekín, víctima de una costumbre ancestral que consiste en vendar los pies para que se atrofien. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Una de las funciones simbólicas básicas que tiene el vestido de la amada, al igual que el de la matrona romana, es la de mostrar su carácter casto y fiel, aunque, como veremos, no de la misma manera en un caso y en otro. Como es sabido, la stola era un vestido especialmente destinado a simbolizar la fidelidad de las matronas. Aunque a la mujer amada por Tibulo no le corresponda este atributo propio de las matronas, el poeta utiliza no obstante este símbolo de la fidelidad marital como motivo poético:

Tib.1,6,67-68 sit modo casta, doce, quamvis non vitta ligatos
impediat crines nec stola longa pedes.

"Enséñale a que sea al menos casta, aunque una cinta no ciña sus trenzas
ni una larga túnica sus pies" (trad. de Juan Luis Arcaz)

A su vez, el poeta una caracterización de la stola bastante significativa cuando nos habla de su carácter de vestido largo (vestis longa), en combinación con el verbo impedio, verbo que, aunque en principio aplicado a la cinta que sujeta los cabellos, también se refiere a la sujeción de los pies por parte de la stola, pues, no en vano, impedio es un verbo denominativo formado a partir del sustantivo pes. Ovidio ofrece, por su parte, un dístico de estructura muy semejante que combina la disposición de los cabellos y, en este caso, la cobertura de los pies con la instita, una especie de volante que se coloca en la parte inferior de la stola y que, por metonimia, puede denominar la prenda completa:

Ov. Ars.1,31-32 este procul, uittae tenues, insigne pudoris,
quae tegis medios instita longa pedes!

"Quedaos lejos, cintas delgadas, símbolo del pudor,
y tú, larga estola, que tapas hasta el empeine" (trad. de Juan Luis Arcaz)

Esta stola que sujeta los pies, al igual que una cinta lo hace con los cabellos, está estrechamente relacionada con el carácter simbólico de la prenda, cuya misión figurada es la de impedir el libre movimiento de la mujer. La contención y el impedimento del cuerpo han sido secularmente aspectos clave en la configuración del atavío femenino y, en especial, cuando afectan a los pies, por ser evidentemente la parte del cuerpo con la que se anda. A este respecto, no debe olvidarse la fuerte carga erótica que tienen las mujeres que a causa de su incómodo calzado no pueden caminar fácilmente, ya que de esta forma ofrecen una impresión de impedimento que simboliza una supuesta debilidad femenina. Squicciarino comenta a este respecto en su libro titulado El vestido habla (p. 73): “En estos prejuicios ancestrales, que ya son menos intensos a causa del tiempo (y cuyos orígenes actualmente se nos escapan), así como en el poder mágico que asignamos inconscientemente a algunos elementos de la indumentaria, tal vez se encuentre la explicación de por qué las mujeres prefieren los pies desproporcionadamente pequeños, así como de la costumbre femenina de forzar el pie en zapatos demasiado estrechos. Las observaciones de Havelock Ellis han puesto de relieve el atractivo sexual existente en las formas artificiales de caminar y habla de la existencia de «una atracción sexual abstracta basada en la sensación de impedimento, ya sea repentino o provocado, o sólo visto o imaginado; los pies se convierten en el núcleo principal de este tipo de atracción, lo que constituye la base sobre la cual se tiene a construir un fetichismo en torno a éstos o en torno a los zapatos»”.
A pesar de que la stola, como símbolo de fidelidad, no le corresponde a la amada del poeta, de ésta se espera, sin embargo, que su propia manera de vestir sea todo un símbolo, aunque no formalizado, de fidelidad, pues ha de llevar un vestido triste cuando la situación personal del poeta así lo requiera. FRANCISCO GARCÍA JURADO

miércoles, 9 de octubre de 2013

¿Es la literatura una religión? La tumba de Marcel Proust

Desde hace un tiempo, lo confieso abiertamente, tengo una profunda crisis de fe. Más bien debo decir que de mi fe, es decir, la que desde que casi tengo uso de razón profeso a la literatura. La literatura o, más bien, algunos escritores, me formaron, me ayudaron a ser quien soy e incluso, vilmente, a ganarme la vida. Pero desde hace un tiempo mi fe hace aguas sin remedio y sin poder ser reemplazada por creencia alguna. Por esto, entre otras cosas, acudí en el Cementerio parisino de Pére Lachaise a visitar la tumba de Marcel Proust, mi maestro. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

A Laura Claravall, por Bouveresse

Hubo un tiempo en que creí que la literatura era un argumento indiscutible. Nos abría fronteras, nos permitía mantener un código común con personas extrañas e, incluso, nos educaba. Poco a poco, esta percepción ha ido cediendo a una suerte de relativismo, ante la constatación más bien obvia de que se puede vivir sin leer e, incluso, sin sentir la literatura. Además, no todas las personas que se consideran lectoras tienen las mismas lecturas. También creía que existían autores fundamentales, pero los que para mí entran en esta categoría son prescindibles para la mayoría de los mortales. A pesar de todo, sigo representando mis sacramentos literarios cuando doy clase. Hago como que sigo creyendo o, más bien, represento al lector que fui hace veinte años. Es terrible, pero ya casi nada es como antes. Ahora he regresado a París, precisamente por razones literarias. Asisto a un congreso sobre los clásicos y las Américas, y voy a hablar sobre mi querido Plinio el Joven y la lectura incierta que de él hace Julio Cortázar. Estos días me alojo entre San Germain y la Rue des Écoles, y apenas a unos pasos tengo lugares tan míticos como la librería Shakespeare and Co., junto al Sena, que no deja de ser un templo que rinde culto a una imagen de escritor ya inexistente. He regresado a París con una frase que se me quedó grabada en la lectura que hice del libro titulado El conocimiento del escritor, de Jacques Bouveresse, que con tanto acierto ha traducido y editado Laura Claravall. En este libro hay una frase que no voy a buscar, pero que reconozco haber leído: “En Francia la literatura sigue siendo una religión”. Es posible que, al recordarla ahora, haya introducido alguna modificación, pero recojo en esencia lo que quería decir el crítico francés. ¿Realmente sigue siendo Francia un país donde la literatura sigue siendo algo tan importante y señero? ¿No ha pasado allí a ser la literatura también un mero divertimento y negocio, como en casi todas partes? No sé la respuesta, por lo demás difícil, ante una pregunta tan general. Pero sí sentí la tentación de visitar Pére Lachaise el otro día para conocer, precisamente, la tumba de mi amado Proust.
La sepultura de Marcel Proust aparece cerca del crematorio, y es una tumba compartida por otros miembros de la familia Proust. Un mármol oscuro y sobrio define este enterramiento. Sin embargo, allí me encontré con algunos objetos efímeros que me devolvieron algo de esperanza o, cuando menos, alivio a mis dudas. Sobre la tumba quedaban los pequeños recuerdos que los lectores devotos han dejado como señal de su visita al maestro. Billetes de metro y algunos papeles escritos llamaron mi atención, en especial uno de ellos donde decía lo siguiente: “Merci pour tous vos mots, merci pour les nuits blances, merci pour tout. Juliette J. 03/10/2013.” Una frase final, como una posdata, no es menos importante: “Avec vous je n’ai pas perdu mon temps”.
Así es, creo que yo tampoco he perdido mi tiempo al haber leído a Proust, y ese tiempo que no perdí es el que ahora recobro casi a diario cuando recuerdo que lo leí, cuando pienso en aquel mundo de personajes que tiñen un época, o cuando simplemente pienso que la primera vez que vislumbré realmente París fue en las páginas de Proust.

Sigo sin saber mucho más de esta extraña fe, acaso en declive, que es la literatura. FRANCISCO GARCÍA JURADO

martes, 1 de octubre de 2013

Antonio Gamoneda y Dioscórides


Conocía la obra de Antonio Gamoneda con motivo de una circunstancia concreta, allá por el año de 1997. Me llegó la noticia por medio de la radio de que se había publicado un bello y extraño libro titulado Libro de los venenos en la editorial Siruela. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
El libro se inspiraba precisamente, en la Materia Medicinal de Dioscórides traducida por el humanista segoviano Andrés Laguna y publicada en Amberes en 1555. Me resultó un hecho sumamente fascinante que un poeta que aún no conocía bien, Antonio Gamoneda, se inspirara en un viejo libro de medicina para componer una obra lírica. Este tipo de relecturas de obras de la Antigüedad en clave de nuevas lecturas ya lo han hecho grandes autores como Borges, que relee los textos de la historia natural de Plinio el Viejo en clave de relato fantástico. Hay un bello facsímil en color que reproduce con todo lujo de detalles la obra de Dioscórides-Laguna. Lo imprimió en 1991 la Consejería de Agricultura de la Comunidad de Madrid. Este creo que es el libro que inspiró a Gamoneda su así llamada "corrupción y fábula" del libro originario, donde a la voz de Dioscórides y de Laguna se une ahora la del propio Gamoneda en una polifonía hermosa y de extraño lirismo. La voz de Gamoneda es muy personal en este libro, y pueden verse algunos de sus temas recurentes, como la tristeza, la tarde o la melancolía. Publiqué un artículo sobre este tema que tuvo egregios lectores, como el querido Joan Perucho y el propio Gamoneda. Para quien quiera leerlo ahora está disponible en la siguiente dirección de la UNED: 
http://e-spacio.uned.es/fez/eserv.php?pid=bibliuned:Epos-EF525F2B-5653-DF95-9889-4AAFB323D7B1&dsID=Documento.pdf
Es un trabajo que ha pasado a formar parte de las bibliografías de estudios dedicados a Gamoneda y su obra. Esto, para mí, no es un mérito académico, es, ante todo, vital.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Por qué Proust me salvó la vida

Jacques Bouveresse, El conocimiento del escritor. Sobre la literatura y la vida. Traducción de Laura Claravall. Prólogo de Josep Casals, Barcelona, Ediciones del Subsuelo, 2013, 266 págs.

Con el paso de los años sé que Marcel Proust me salvó de vivir una vida corriente. Habitaba en una zona periférica de Madrid, mas un buen día, gracias a mi profesor de literatura en el bachillerato y, además, por medio del tomo impar de una Historia universal de la literatura (editorial Orbis), cuyos fascículos y libros fui coleccionando semanalmente, llegué al primer libro de La búsqueda del tiempo perdido. Prendado por la historia del narrador cuando era niño y de la de Swann, el triste personaje de origen judío que sufría el desprecio constante de una familia de nuevos ricos, los Verdurin, y que soportaba, asimismo, los desdenes de Odette, ya no pude dejar de vivir yo también dentro de aquellas páginas. Cuando supe que aquel dolor de Swann por Odette era equiparable al que el narrador sentía como niño cuando su madre no acudía a besarlo, antes de dormir, comencé a darme cuenta de que mis propios sentimientos podían verse reflejados igualmente en aquella inmensa novela que año tras año fui leyendo hasta llegar a El tiempo recobrado. Todavía no conocía París (y, entretanto, pude ver con mis ojos la Venecia de John Ruskin y el Ámsterdam de Albertine), pero ya no dejé de ser consciente de que aquellos lugares se convertían felizmente en parte de una geografía literaria y mítica, en puros viajes sentimentales. Proust me salvó, en definitiva, de no vivir simplemente una vida anodina, y convirtió mis propios recuerdos y emociones en parte de una realidad literaria acaso más real que la propia realidad. Es por todo ello por lo que he acudido a este libro de Jacques Bouveresse acerca de la naturaleza del conocimiento literario como quien busca en él una suerte de oráculo para encontrar respuestas que, acaso, sólo cabe desenterrar del fondo de nuestra experiencia. Como afirma el mismo autor, él se ha limitado, al igual que su admirado Robert Musil, “a poner en orden algunas ideas que los hombres inteligentes conocen desde hace mucho tiempo”. El libro de Bouveresse logra, en mi modesta opinión, este cometido, e incluso alcanza a desvelar, desde una reflexión rigurosa y articulada, alguno de los enigmas sobre la filosofía y la literatura que acaso tendemos a olvidar. De la mano de autores como el muy olvidado Julien Benda, Marcel Proust, o Dickens, este profesor emérito de la École Normale Supérieure repasa, de una manera poliédrica y, en la mayor parte de las ocasiones, concatenada, treinta aspectos del apasionante tema propuesto. Entre otros, la pertinencia de ver que el conocimiento que nos transmite la literatura es una filosofía práctica y de carácter moral (que no moralista), que no hay una distinción clara entre la forma y el contenido de la obra literaria, dada la identificación entre la belleza del arte y las verdades que éste recrea. El libro aborda con rigor cuestiones de calado, como qué es la realidad y la verdad, o el problema de la objetividad en la ciencia y la literatura. En relación con este asunto, plantea las complejas dualidades que se dan entre la literatura y el conocimiento, ligadas respectivamente a la vida y la ciencia. Como acaso Henry James ha demostrado en algunas de sus más sutiles creaciones literarias, hay enseñanzas que sólo están reservadas a una historia bien contada, pues la emotividad de un relato, la “inteligencia literaria” que éste conlleva, están a menudo vedadas a los ensayos filosóficos o a los tratados científicos. No menos interesante resulta la cuestión de saber dónde está la “verdadera vida”, aspecto donde Proust no dudaría en contestar que en la conciencia que implica la recuperación de lo vivido por medio de la literatura. Bouveresse no es un pensador al uso, como ya dejó claro hace tiempo al apartarse de las modas estructuralistas y luego intertextuales. Su compromiso con el estudio del conocimiento que proporciona la literatura lo ha alejado, además, de cualquier formalismo vacuo. Asimismo, su libro no hace concesiones al público que espera leer lo que ya sabe para sentirse, acaso, satisfecho de sí mismo. El libro es caleidoscópico y ofrece un catálogo de autores y pensadores limitado, pero selecto. Entre ellos, destacan, acaso, Wittgenstein, Robert Musil o Karl Kraus, sin olvidar al omnipresente Proust, cuyo contrapunto quizá pueda encontrarse en el ahora menos transitado Julien Benda (autor que para mí es una gloriosa tarde de diciembre en Málaga, a donde acudí para comprar en una librería de viejo su ensayo Properce ou les amants de Tibur). El libro de Bouveresse desvela, a lo largo de sus treinta lecciones, una visión rica en matices acerca del tema tratado. Como ocurre a menudo con los pensadores franceses, da la impresión de que el libro se narra en un orden provisional, es decir, que podría ser contado de otra manera y no habría ocurrido nada. Pero esta sensación, acaso, nos hace pensar en lo provisionales que resultan los esquemas jerarquizados y trazados a priori. En realidad, hay una monotonía intencionada en la sucesión de los capítulos, aunque yo me quedaría con la emoción que me han transmitido los tres últimos: “el amor y el dolor como medios de llegar al conocimiento”, “¿la literatura puede ser la verdadera vida?” y “el conocimiento del escritor y la gente común”.

El prólogo de Josep Casals es preciso y sitúa al lector en el original pensamiento de Bouveresse, en especial frente las modas impuestas por la teoría de la literatura. El comentario breve pero preciso acerca de la intertextualidad, que encontramos en la página 19, me parece absolutamente esclarecedor. La traducción de Laura Clavavall es tan correcta que se vuelve “invisible”, y todo ello convierte a este libro no sólo en un instrumento de trabajo para el especialista, sino que también lo devuelve a esa rara condición que tenían los ensayos a comienzos del siglo XX, cuando cualquier persona interesada podía leer acerca de un asunto sin ser necesariamente especialista en esa materia. El libro de Bouveresse me ha devuelto recuerdos vitales de mi biografía como lector. Algún día, acaso, escribiré un libro soñado que se titule Proust en Alcobendas. En él narraré emocionado, en pleno uso de una conciencia de lo vivido, cómo un muchacho se salvó, gracias a Proust, de vivir tan sólo una vida más. FRANCISCO GARCÍA JURADO

jueves, 22 de agosto de 2013

Angkor y los niños, el futuro del pasado. Notas de viaje

Un autobús de turistas llega a uno de los templos de Angkor a primera hora de la mañana. Es un templo discreto, si lo comparamos con la mole de Angkor Wat, pero no por ello menos bello. Antes de parar el autobús, puede verse a unos quince niños y niñas jugando a una especie de partido de fútbol. Inmediatamente, en cuanto atisban la llegada de los turistas, todos aquellos pequeños, como llamados al deber, dejan su juego y recogen las cajitas de baratijas y recuerdos para intentar vendérselas a los recién llegados. Los rostros de niños risueños ahora se tornan en expresiones suplicantes. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Lo que acabo de narrar no es más que un pequeño retazo de la vida que palpita en uno de los enclaves arqueológicos más extensos y bellos del mundo. Los turistas americanos leen en sus guías que la superficie arqueológica equivale a Manhattan, pero incluso puede ser mayor. Se trata de ruinas vivas, donde todavía se sigue rezando a los budas (la religión que terminó sustituyendo al hinduismo en aquellos lugares), donde se medio esconden en la selva los asentamientos ilegales (todo sea por estar cerca de las huchas de los turistas) y, sobre todo, donde, a pesar de la endémica corrupción de la clase gobernante del país, se forja el futuro de una nación masacrada hace sólo unos años. Angkor desafía nuestro concepto occidental de ruina, tan romántico y evocador de pasados remotos. Quizá los franceses que comenzaron a desbrozar algunas partes de la selva para recuperar sus templos vieron en aquellos lugares paisajes aptos de un evocador grabado del siglo XIX. Pero Angkor no era algo desconocido por los pobladores del lugar, los jemeres, de manera que la resurrección turística que está conociendo en la actualidad es parte de una larga cadena histórica. Quienes estudian la tradición clásica suelen comparar a ésta con un río que fluye desde las fuentes para llegar al mar, en un único sentido. Curiosamente, el río Mekong, que desciende desde las cordilleras del centro de Asia hasta Vietnam, invierte el sentido de su cauce con la bajada de las aguas de lluvia, de manera que el agua inunda el territorio del lago Tonle Sap, tan cercano a Angkor. En este momento, y como ocurre con el mismo Nilo, el cauce invertido hace posible el milagro de la vida en los lugares primigenios. Quizá sea esta la imagen más adecuada para valorar unas ruinas a las que el presente llena, una vez más, de dinamismo y las convierte no en un mero testimonio arqueológico del pasado, sino en una clave cierta para el futuro.
El autobús de turistas está a punto ya de partir hacia otro templo. Los niños, sin ningún rubor, cambian sus rostros de suplicante por los de niños risueños, dejan sus cajitas de recuerdos a un lado, y reemprenden el partido que habían interrumpido. Ahora, por unos instantes, son niños. Qué triste que no puedan seguir siéndolo, al menos, durante lo que queda de día. FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

martes, 23 de julio de 2013

Alma Tadema en un manual escolar del siglo XX


QUIENES visiten las salas del Museo del Prado dedicadas a la pintura del siglo XIX no pueden dejar de contemplar una obra que, si bien no pertenece a un pintor español, está muy ligada a la vieja colección del extinto Casón del Buen Retiro. Me refiero al cuadro titulado "La siesta", pintado en 1868. Es el cuadro de Alma Tadema al que más unido me siento, por razones, sobre todo, sentimentales. Me hizo mucha ilusión encontrarlo reproducido en uno de los viejos manuales de literatura latina de los años 20. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

la inconografía de este cuadro no está muy lejos de las viejas escenas simposíacas que encontramos en más de una cerámica griega. Todo es calma en la obra. Lo recuerdo desde la primera vez que acudí al Casón, y fue gracias a él por quien conocí la pintura de Alma Tadema. Un pequeño gran tesoro que volvió a la sombra de los almacenes al cabo del tiempo. Muchos años después, mi afición al estudio de los manuales de literatura me llevó a un libro de 1928: Eustaquio Echauri, Literatura latina, Barcelona, Ministerio de Instrucción Pública y Bellas artes (Joaquín Horta, imp.), 1928. Es uno de los típicos manuales del período que denominamos "La Edad de Plata de la Cultura Española". Está destinado a los estudiantes de un bachillerato hoy mítico (de hecho, hay otros excelentes manuales contemporáneos pensados también para la enseñanza de la literatura latina, como los de Vicente García de Diego, Pascual Galindo o Yela Utrilla) y está compuesto por uno de los mejores latinistas de la España del momento, Eustaquio Echauri, conocido también por haber compuesto un diccionario de latín con José Manuel Pabón: el diccionario Spes. No voy a hablar hoy de las polémicas académicas e ideológicas de Echauri con personajes como Américo Castro o Joaquín Balcells, a lo que me dedicaré otro día. Sólo quiero comentar la emoción que me supuso ver reproducida en su manual la estampa del cuadro de Alma Tadema. Recuérdese, estamos en el momento en que los manuales escolares comienzan a incorporar imágenes como un hecho normal. El desarrollo editorial del siglo XIX permitió el uso de la cromolitografía y el huecograbado. La editorial Montaner y Simón fue la primera que generalizó las ilustraciones. Ya en el siglo XX, editoriales como Labor hicieron de la ilustración un pequeño arte. El manual de Echauri es hijo de su momento, en este sentido. Sí me sorprende, no obstante, el uso particular de algunas imágenes que le dan un aire castizo al libro. Es significativa, a este respecto, la aparición de la diosa Cibeles, la madrileña. Asimismo, creo que el cuadro de Tadema tampoco es ajeno a la conciencia de su pertenencia al Museo del Prado. El título que figura a pie de página es "Escena pompeyana". Veo que en la actual ficha del cuadro publicada por la Enciclopedia del Museo del Prado consta como primer título, seguido entre paréntesis por "La siesta". Precisamente, el título de "Escena pompeyana" es el que da lugar a que la ilustración venga junto a la vida de Plinio el Viejo, cuya conocida muerte durante la erupción del Vesubio ha pasado a formar parte de uno de los capítulos estelares de la propia historia de la literatura latina, junto a la muerte de Lucrecio, el exilio de Ovidio o la muerte de Virgilio.



Francisco García Jurado
HLGE