sábado, 11 de enero de 2014

Cien años desde el nacimiento de Julio Cortázar (1914-2014)

Las fiestas del calendario me parecen a menudo una carrera de obstáculos. Bien sé que cuando podemos disfrutar de un día de asueto en medio del fragor de la batalla laboral tales fiestas caen como maná  en el árido desierto, pero no me refiero a esto. Quiero decir que a menudo el santoral y los cumpleaños se me olvidan, cuando no la posición exacta de unas vacaciones en el calendario, y todo ello me lleva a cometer errores imperdonables. Cuando hablamos de centenarios, me considero un caso perdido. Sin embargo, he recordado a tiempo que este año que ahora comienza, 2014, será el centenario de sucesos históricos fatales, como el estallido de la primera guerra mundial, pero también nos trae el nacimiento de Julio Cortázar (Ixelles, Bruselas, 26 de agosto de 1914 - París, 12 de febrero de 1984), a quien tantos debemos horas memorables de lectura. Mi particular homenaje será un trabajo que se publicará, precisamente, en París, acerca de dos autores latinos, Plinio el Joven y Aulo Gelio, que acaso contribuyeron a que Cortázar llegar a ser lo que fue. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

Mi trabajo se va a titular “Dos intertextos latinos en Cortázar: Plinio el Joven y Aulo Gelio. La casa profunda y la miscelánea”, y voy a ofrecer en este blog las líneas que lo abren.

El hecho de que los textos literarios modernos mantengan una incesante relación dialógica con textos diversos de la literatura grecolatina no es incompatible con el propio carácter creador o « poético » de los primeros. La reescritura, como diálogo intertextual, no deja de ser una genuina forma de creación. Vamos a estudiar en este trabajo cómo se manifiestan, a la manera de un iceberg, dos lecturas de Cortázar referentes a la literatura latina dentro de su obra. Nos referimos a la carta sobre los fantasmas de Plinio el Joven y a las Noches áticas de Aulo Gelio. Ambas son rastreables, según la precisa terminología de Gérard Genette[1], como « intertextos », si bien cada una de ellas presenta características diferentes en cuanto a su relación con el texto del autor argentino. De esta forma, mientras el texto pliniano se presenta en calidad de « hipotexto » o de texto subyacente en el cuento « Casa tomada », las Noches áticas de Aulo Gelio se convierten en una suerte de « architexto » o texto genérico para Rayuela. Genette desarrolla esta productiva articulación del diálogo entre textos desde una perspectiva alejada de criterios esencialistas, de manera que, pongamos por caso, un « hipotexto » no puede ser considerado como una mera fuente literaria, a la manera de lo que haría una interpretación positivista del hecho. Los textos antiguos, lejos de ser entidades estáticas o inmutables, plantean un productivo diálogo desde distintos niveles de relación con la modernidad.
En lo que atañe a los dos textos latinos que vamos a estudiar, si bien ambos se manifiestan de forma diferente en lo que se refiere a su diálogo intertextual con la obra de Cortázar, ofrecen una interesante característica en común, dado que las ediciones a las que pudo acceder el autor argentino provienen de una misma colección editorial española publicada a finales del siglo XIX: la Biblioteca Clásica de Luis Navarro. En el caso de Plinio el Joven, la referencia a su texto no llega a constituir una cita como tal, a diferencia de Gelio, de quien se recoge incluso un breve capítulo dentro de los llamados « Capítulos prescindibles » en Rayuela. En cualquier caso, la alusión o la cita (« intertexto » propiamente dicho) no serían más que la parte visible de la lectura, mientras que el « hipotexto » y el « architexto » constituirían el aspecto más rico, sobre todo merced a la motivación que ha provocado esa lectura previa y creativa en la mente de un autor moderno. FRANCISCO GARCÍA JURADO



[1] G. Genette, Palimpsestes. La Littérature au second degré, Paris, Seuil, 1982. 

viernes, 3 de enero de 2014

Clarín y Marcel Schwob como contemporáneos: el cuento latino

Hasta la fecha, que sepamos, ningún crítico ha analizado los aspectos comunes que presentan Marcel Schwob y Leopoldo Alas "Clarín". Este análisis, pionero, lo hemos emprendido quienes firmamos este blog en nuestro artículo titulado “Clarín, Schwob, et l’esthétique du conte latin”, publicado en Spicilège. Cahiers Marcel Schwob 2, 2009, pp. 63-79 (ISSN 1969-8267). POR MARÍA JOSÉ BARRIOS Y FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
No fue hasta el segundo decenio del siglo XX cuando Marcel Schwob (1867-1905) comenzó a ser un autor estimado en las letras hispanas. Nombres como los de Rafael Cabrera en México y, por supuesto, Jorge Luis Borges en Argentina han quedado ya íntimamente unidos a la fortuna de Schwob en el nuevo contexto iberoamericano del siglo XX. Sin embargo, no fue hasta el año 43 con la mítica traducción de las Vidas imaginarias a cargo de Ricardo Baeza, cuando se produce la universalización del autor francés y su posterior conocimiento también en España. Schwob perteneció en su tiempo a una corriente literaria marginal, y esa marginalidad literaria fue, paradójicamente, la que provocó su encarnación como precursor de una interminable estela de grandes autores del siglo XX que tiene en la figura de Roberto Bolaño su última cabeza visible. Por su parte, en España, Leopoldo Alas “Clarín” (1852-1901) ha sido un autor que ha pasado a la historia de la literatura fundamentalmente por su obra La Regenta, una novela que los críticos suelen relacionar, por ciertas afinidades temáticas, con Madame Bovary de Flaubert, y, en segundo lugar, por sus cuentos, entre ellos el titulado “Adiós cordera”. Al igual que en el caso de Schwob, su fortuna literaria no se vio consolidada hasta bien entrado el siglo XX. Tales circunstancias confieren al estudio conjunto sobre Schwob y “Clarín”, autores que pertenecen a mundos vitales y literarios diferentes, un aire retrospectivo y en cierta manera audaz. En este sentido, partiendo de sus aproximaciones al llamado “cuento latino”, una puntual coincidencia estética entre Clarín y Schwob, es posible analizar sus posibles rasgos comunes y sus innegables diferencias. Desde el punto de vista metodológico, cabe establecer una relación sincrónica (no debe olvidarse que Clarín y Schwob son autores estrictamente contemporáneos), donde cada término de esa relación participa de un sistema común de convenciones no exclusivas de Schwob y Clarín. Entre tales convenciones estaría, sin duda, el cultivo más o menos puntual de narraciones inspiradas en la antigua literatura romana, con un marcado componente metaliterario. Así, Schwob es autor de varios cuentos de tema latino, como “Pupa” o “Las bodas del Tíber” e incluye cuatro relatos de tema latino en sus Vies imaginaires (1896), concretamente las dedicadas a Séptima, Lucrecio, Clodia y Petronio, que suponen uno de los tratamientos más originales de la modalidad literaria que estamos comentando. De tales vidas hemos entresacado, precisamente, la titulada “Lucrèce. Poète”, inspirada en el autor del poema científico titulado De rerum natura. Clarín, por su parte, incluye dentro de sus Cuentos Morales (1895) el titulado “Vario”, objeto de nuestro estudio, acerca de la figura de un conocido poeta amigo de Horacio del que no se ha conservado obra alguna: Lucio Vario Rufo. Así las cosas, nos ha parecido notable el interés que tanto Clarín como Schwob muestran por sendos poetas latinos a la hora de tejer las narraciones indicadas . Ambos textos no sólo coinciden en el hecho de tratar acerca de un poeta latino, sino, sobre todo, en la circunstancia de que mientras el poeta Vario llega a saber que en el futuro su obra quedará borrada por el tiempo, el segundo, Lucrecio, se sentirá poeta sin necesidad de haber escrito un solo verso. Estamos, pues, ante la idea literaria del autor sin texto, que no deja de ser el contrapunto de otra idea que es la del texto sin autor. MARÍA JOSÉ BARRIOS Y FRANCISCO GARCÍA JURADO

martes, 17 de diciembre de 2013

Miscelánea como no-ensayo


Ando de nuevo con mis dos libros de cabecera, los Ensayos de Montaigne y las Noches áticas de Gelio. Creo que no se ha trabajado suficientemente en la relación compleja que existe entre ambas obras o, más bien, entre lo que representan: el moderno ensayo frente a la antigua miscelánea, respectivamente. FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Es un hecho que Montaigne apenas cita tres veces al autor latino, pero esta circuntancia ha de valorarse, más bien, de una manera cualitativa. Quiero decir con esto que tres citas pueden ser muchas si consideramos a éstas como la punta de un profundo iceberg. La miscelánea de Gelio supone una forma forma de ver el mundo a partir del AZAR. Él mismo declara que ha compuesto su obra desde un ORDO FORTUITUS, en la esperanza de que ese modo imprevisto de organización de su obra termine encontrando un sentido completo en el posible lector. Es algo así como un rompecabezas que ha de aspirar al orden. Sin embargo, Montaigne parte del escepticismo con respecto a un orden válido o posible. Lo que para Gelio es un medio, para Montaigne constituye una visión del mundo que conecta perfectamente con la interpretación posmoderna del mundo: ausencia de orden y de sistema. En este sentido, y como voy a proponer en un artículo que ahora termino sobre la lectura del Gelio en el siglo XVI, la miscelánea es una forma de no-ensayo, cuando aquélla se analiza de manera retrospectiva desde esta nueva formulación ensayística. La miscelánea supone la tesis, mientras que el ensayo sería la antítesis. Desde esta formulación dialéctica, el paso al ensayo moderno supone la superación de la antigua erudición meramente acumulativa. Una idea de este tipo desarrolló Ortega en sus Meditaciones del Quijote cuando comparó a la vieja erudicion con la Alquimia, frente al ensayo convertido ya en moderna Química.

Por tanto, el hecho de que termine cristalizando una forma nueva de escritura, la ensayística, precisamente como reacción a la antigua miscelánea, la vigilia o elucubración, hace posible que Gelio se pueda leer a partir de ese nuevo marco en términos de autor de “no-ensayo”. Una primera forma de aproximarse a esta modalidad de escritura es la que se encuentra en la epístola humanística de Fray Antonio de Guevara. Según Antonio Orejudo en su edición de las Epístolas familiares de 1995, a partir del Renacimiento la carta busca sobre todo la expresión de lo personal, ocupándose de cuestiones hasta entonces inabordables. La epístola literaria funda así un nuevo espacio comunicativo que terminará desembocando en la novela y el ensayo.

Así las cosas, ¿cabría pensar en una lectura de Aulo Gelio en la nueva clave ensayística? Nuestra propuesta quedó expresa en la introducción preparada para las Noches Áticas que se publicaron en Alianza Editorial (2007, 18): “(…) la demostración más o menos feliz de la capacidad de Gelio como ensayista avant la lettre resulta estéril. Lo fundamental, en mi opinión, es tener presente que la creación moderna del ensayo ha provocado una mirada nueva sobre Gelio, en algún caso curiosa (…)”. El paso de una lectura propia de la miscelánea erudita a una lectura “ensayística” del propio Gelio, conlleva, paradójicamente, la superación del propio autor clásico, ya que el ensayo moderno comienza a rebasar la autoridad de tales autores, manteniendo con ellos una relación dialéctica. Esto explica, seguramente, la relación compleja que Montaigne mantiene con uno de sus antecesores fundamentales (junto a Plutarco y Séneca). Montaigne no puede citar a Gelio porque si bien su nueva prosa ensayística debe mucho al autor latino ésta se configura, precisamente, a partir de su consciente rechazo a la miscelánea.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Dignidad y literatura

Jean Philippe Ronsard, La dignité de la littérature, París, Editions de la Rue, 2013, 150 pp.

No fue hace mucho cuando paseando por la parisina Rue des Écoles me acerqué, inevitablemente, a la Livrairie Compagnie, lugar de donde no suelo salir indemne, es decir, con las manos vacías. Siempre que acudo a este paraíso, alguna novedad editorial, especialmente en lo relativo al ensayo sobre literatura, me asombra e ilumina. A menudo encuentro allí libros soñados, o libros que a mí me hubiera gustado escribir pero que, inevitablemente ya, aparecen publicados y con hermosas portadas. Este ha sido el caso del reciente descubrimiento de un libro pensado por una de las mentes más preclaras del pensamiento literario francés actual, el profesor Jean Philippe Ronsard, miembro del Collège de Paris, cuyas obras, fruto de reflexiones vividas, jamás dejan indiferentes a sus lectores. En este momento me abruma tan sólo pensar en contarles algo acerca de la ingente bibliografía que el profesor Ronsard tiene tras de sí, y supongo que mis lectores no precisan de ello, ya que en la mayor parte de los casos la conocerán. Ronsard nos tiene acostumbrados a transitar por escritores fundamentales de la literatura universal desde perspectivas inquietantes e inéditas. Este es el caso del libro que ahora reseño, y que todavía está en mi mesilla de noche, recién leído. Debo decir que sus ciento cincuenta páginas se me han hecho cortas, pues la experiencia lectora ha sido realmente grata. Intentaré, en pocas palabras, explicar el planteamiento de esta obra. Un lector no avisado probablemente no capte en el título de la obra toda la dimensión que encierra la palabra “dignidad”. El editor ha tenido, en este sentido, el buen acierto de hacernos un guiño ya desde la portada utilizando como ilustración el retrato de Montaigne. Precisamente, el nuevo ensayo de Ronsard es una reflexión humanística, casi renacentista, acerca del hecho literario, desde un concepto acuñado por Pico Della Mirándola: la dignidad del hombre. Frente a la idea medieval del hombre como ente limitado y finito, Della Mirándola nos dibuja al ser humano como proyección, como alguien capaz de romper con sus meras fronteras físicas para convertirse en algo grandioso. Desde esta idea de proyección, Ronsard defiende la idea de que la literatura no es otra cosa que una proyección que va más allá del tiempo, de manera que su estudio no debería ceñirse a las obras como tales, ni tan siquiera a los escritores, sino a esos vectores del tiempo que hacen que una obra  adquiera dimensiones gigantescas y atemporales. El tiempo, la proyección en el tiempo, para ser más exactos, es lo que convierte a la literatura en alquimia, en proyecto incesante de referencia moral y estética. No podría en una reseña tan breve dar cuenta de los diferentes casos sobre los que trata el profesor Ronsard, pero sí me gustaría referir, tan siquiera, algunos que me han parecido extraordinariamente significativos. Por ejemplo, cuando Ronsard aborda los orígenes del ensayo, estudia la manera en que Montaigne “proyecta” el pensamiento de San Agustín en una línea casi continua que apunta a la modernidad. Es fascinante ver cómo las ideas del pensador de Hipona, puestas en el francés de Montaigne, se renuevan sin perder un ápice de su profundidad. También me ha encantado el estudio que hace de la novela de Dostoievski titulado El doble, donde analiza cómo emerge la lectura moral a partir de los textos fundamentales que la Antigüedad y las literaturas europeas nos han brindado al respecto. En este ensayo asistimos al proceso lector del escritor ruso casi como si lo acompañáramos en Petersburgo. No menos luminosa es la lectura que ha hecho Ronsard de un poema de Borges, “Elegía”, desde un verso de Virgilio: sunt lacrymae rerum et mentem mortalia tangunt. Casi no he tenido ocasión de lamentar que el autor no conociera lo que yo mismo he escrito al respecto, pues debo reconocer que su estudio sobre la “proyección” de un verso de Virgilio en un poema de Borges (a Borges lo cita, por supuesto, según la edición francesa de “La Pléyade”) se me antoja definitivo.

En suma, escribo estas líneas todavía desde la provisionalidad y la emoción de una lectura reciente. El libro que aquí comento es, sobre todo, un aviso sobre la necesidad de devolver la literatura, la gran literatura, a la dignidad de su proyección como memoria colectiva, como fábrica de anhelos, utopías y sueños. FRANCISCO GARCÍA JURADO     

sábado, 26 de octubre de 2013

El vestido femenino y la fidelidad: impedimentos en el mundo romano

Los poetas elegíacos como Propercio, Tibulo y Ovidio hoy nos resultan, como varones, hombres “demasiado modernos” en comparación con la propia mentalidad romana de su época. Sin embargo, alguno de los motivos que utilizan para hablar de los arreglos y vestidos de sus amadas siguen muy de cerca los tópicos más ancestrales de dominación. En particular, la relación del vestido con la fidelidad nos lleva a la consideración de las mujeres impedidas de movimiento. Si bien se trata de otra época y circunstancia, no puedo dejar de pensar en los reducidos pies de una anciana china que me encontré en la Ciudad Prohibida de Pekín, víctima de una costumbre ancestral que consiste en vendar los pies para que se atrofien. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Una de las funciones simbólicas básicas que tiene el vestido de la amada, al igual que el de la matrona romana, es la de mostrar su carácter casto y fiel, aunque, como veremos, no de la misma manera en un caso y en otro. Como es sabido, la stola era un vestido especialmente destinado a simbolizar la fidelidad de las matronas. Aunque a la mujer amada por Tibulo no le corresponda este atributo propio de las matronas, el poeta utiliza no obstante este símbolo de la fidelidad marital como motivo poético:

Tib.1,6,67-68 sit modo casta, doce, quamvis non vitta ligatos
impediat crines nec stola longa pedes.

"Enséñale a que sea al menos casta, aunque una cinta no ciña sus trenzas
ni una larga túnica sus pies" (trad. de Juan Luis Arcaz)

A su vez, el poeta una caracterización de la stola bastante significativa cuando nos habla de su carácter de vestido largo (vestis longa), en combinación con el verbo impedio, verbo que, aunque en principio aplicado a la cinta que sujeta los cabellos, también se refiere a la sujeción de los pies por parte de la stola, pues, no en vano, impedio es un verbo denominativo formado a partir del sustantivo pes. Ovidio ofrece, por su parte, un dístico de estructura muy semejante que combina la disposición de los cabellos y, en este caso, la cobertura de los pies con la instita, una especie de volante que se coloca en la parte inferior de la stola y que, por metonimia, puede denominar la prenda completa:

Ov. Ars.1,31-32 este procul, uittae tenues, insigne pudoris,
quae tegis medios instita longa pedes!

"Quedaos lejos, cintas delgadas, símbolo del pudor,
y tú, larga estola, que tapas hasta el empeine" (trad. de Juan Luis Arcaz)

Esta stola que sujeta los pies, al igual que una cinta lo hace con los cabellos, está estrechamente relacionada con el carácter simbólico de la prenda, cuya misión figurada es la de impedir el libre movimiento de la mujer. La contención y el impedimento del cuerpo han sido secularmente aspectos clave en la configuración del atavío femenino y, en especial, cuando afectan a los pies, por ser evidentemente la parte del cuerpo con la que se anda. A este respecto, no debe olvidarse la fuerte carga erótica que tienen las mujeres que a causa de su incómodo calzado no pueden caminar fácilmente, ya que de esta forma ofrecen una impresión de impedimento que simboliza una supuesta debilidad femenina. Squicciarino comenta a este respecto en su libro titulado El vestido habla (p. 73): “En estos prejuicios ancestrales, que ya son menos intensos a causa del tiempo (y cuyos orígenes actualmente se nos escapan), así como en el poder mágico que asignamos inconscientemente a algunos elementos de la indumentaria, tal vez se encuentre la explicación de por qué las mujeres prefieren los pies desproporcionadamente pequeños, así como de la costumbre femenina de forzar el pie en zapatos demasiado estrechos. Las observaciones de Havelock Ellis han puesto de relieve el atractivo sexual existente en las formas artificiales de caminar y habla de la existencia de «una atracción sexual abstracta basada en la sensación de impedimento, ya sea repentino o provocado, o sólo visto o imaginado; los pies se convierten en el núcleo principal de este tipo de atracción, lo que constituye la base sobre la cual se tiene a construir un fetichismo en torno a éstos o en torno a los zapatos»”.
A pesar de que la stola, como símbolo de fidelidad, no le corresponde a la amada del poeta, de ésta se espera, sin embargo, que su propia manera de vestir sea todo un símbolo, aunque no formalizado, de fidelidad, pues ha de llevar un vestido triste cuando la situación personal del poeta así lo requiera. FRANCISCO GARCÍA JURADO

miércoles, 9 de octubre de 2013

¿Es la literatura una religión? La tumba de Marcel Proust

Desde hace un tiempo, lo confieso abiertamente, tengo una profunda crisis de fe. Más bien debo decir que de mi fe, es decir, la que desde que casi tengo uso de razón profeso a la literatura. La literatura o, más bien, algunos escritores, me formaron, me ayudaron a ser quien soy e incluso, vilmente, a ganarme la vida. Pero desde hace un tiempo mi fe hace aguas sin remedio y sin poder ser reemplazada por creencia alguna. Por esto, entre otras cosas, acudí en el Cementerio parisino de Pére Lachaise a visitar la tumba de Marcel Proust, mi maestro. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

A Laura Claravall, por Bouveresse

Hubo un tiempo en que creí que la literatura era un argumento indiscutible. Nos abría fronteras, nos permitía mantener un código común con personas extrañas e, incluso, nos educaba. Poco a poco, esta percepción ha ido cediendo a una suerte de relativismo, ante la constatación más bien obvia de que se puede vivir sin leer e, incluso, sin sentir la literatura. Además, no todas las personas que se consideran lectoras tienen las mismas lecturas. También creía que existían autores fundamentales, pero los que para mí entran en esta categoría son prescindibles para la mayoría de los mortales. A pesar de todo, sigo representando mis sacramentos literarios cuando doy clase. Hago como que sigo creyendo o, más bien, represento al lector que fui hace veinte años. Es terrible, pero ya casi nada es como antes. Ahora he regresado a París, precisamente por razones literarias. Asisto a un congreso sobre los clásicos y las Américas, y voy a hablar sobre mi querido Plinio el Joven y la lectura incierta que de él hace Julio Cortázar. Estos días me alojo entre San Germain y la Rue des Écoles, y apenas a unos pasos tengo lugares tan míticos como la librería Shakespeare and Co., junto al Sena, que no deja de ser un templo que rinde culto a una imagen de escritor ya inexistente. He regresado a París con una frase que se me quedó grabada en la lectura que hice del libro titulado El conocimiento del escritor, de Jacques Bouveresse, que con tanto acierto ha traducido y editado Laura Claravall. En este libro hay una frase que no voy a buscar, pero que reconozco haber leído: “En Francia la literatura sigue siendo una religión”. Es posible que, al recordarla ahora, haya introducido alguna modificación, pero recojo en esencia lo que quería decir el crítico francés. ¿Realmente sigue siendo Francia un país donde la literatura sigue siendo algo tan importante y señero? ¿No ha pasado allí a ser la literatura también un mero divertimento y negocio, como en casi todas partes? No sé la respuesta, por lo demás difícil, ante una pregunta tan general. Pero sí sentí la tentación de visitar Pére Lachaise el otro día para conocer, precisamente, la tumba de mi amado Proust.
La sepultura de Marcel Proust aparece cerca del crematorio, y es una tumba compartida por otros miembros de la familia Proust. Un mármol oscuro y sobrio define este enterramiento. Sin embargo, allí me encontré con algunos objetos efímeros que me devolvieron algo de esperanza o, cuando menos, alivio a mis dudas. Sobre la tumba quedaban los pequeños recuerdos que los lectores devotos han dejado como señal de su visita al maestro. Billetes de metro y algunos papeles escritos llamaron mi atención, en especial uno de ellos donde decía lo siguiente: “Merci pour tous vos mots, merci pour les nuits blances, merci pour tout. Juliette J. 03/10/2013.” Una frase final, como una posdata, no es menos importante: “Avec vous je n’ai pas perdu mon temps”.
Así es, creo que yo tampoco he perdido mi tiempo al haber leído a Proust, y ese tiempo que no perdí es el que ahora recobro casi a diario cuando recuerdo que lo leí, cuando pienso en aquel mundo de personajes que tiñen un época, o cuando simplemente pienso que la primera vez que vislumbré realmente París fue en las páginas de Proust.

Sigo sin saber mucho más de esta extraña fe, acaso en declive, que es la literatura. FRANCISCO GARCÍA JURADO

martes, 1 de octubre de 2013

Antonio Gamoneda y Dioscórides


Conocía la obra de Antonio Gamoneda con motivo de una circunstancia concreta, allá por el año de 1997. Me llegó la noticia por medio de la radio de que se había publicado un bello y extraño libro titulado Libro de los venenos en la editorial Siruela. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
El libro se inspiraba precisamente, en la Materia Medicinal de Dioscórides traducida por el humanista segoviano Andrés Laguna y publicada en Amberes en 1555. Me resultó un hecho sumamente fascinante que un poeta que aún no conocía bien, Antonio Gamoneda, se inspirara en un viejo libro de medicina para componer una obra lírica. Este tipo de relecturas de obras de la Antigüedad en clave de nuevas lecturas ya lo han hecho grandes autores como Borges, que relee los textos de la historia natural de Plinio el Viejo en clave de relato fantástico. Hay un bello facsímil en color que reproduce con todo lujo de detalles la obra de Dioscórides-Laguna. Lo imprimió en 1991 la Consejería de Agricultura de la Comunidad de Madrid. Este creo que es el libro que inspiró a Gamoneda su así llamada "corrupción y fábula" del libro originario, donde a la voz de Dioscórides y de Laguna se une ahora la del propio Gamoneda en una polifonía hermosa y de extraño lirismo. La voz de Gamoneda es muy personal en este libro, y pueden verse algunos de sus temas recurentes, como la tristeza, la tarde o la melancolía. Publiqué un artículo sobre este tema que tuvo egregios lectores, como el querido Joan Perucho y el propio Gamoneda. Para quien quiera leerlo ahora está disponible en la siguiente dirección de la UNED: 
http://e-spacio.uned.es/fez/eserv.php?pid=bibliuned:Epos-EF525F2B-5653-DF95-9889-4AAFB323D7B1&dsID=Documento.pdf
Es un trabajo que ha pasado a formar parte de las bibliografías de estudios dedicados a Gamoneda y su obra. Esto, para mí, no es un mérito académico, es, ante todo, vital.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.