viernes, 14 de febrero de 2014

¿"Parir" o "marir"? En torno a "monomarental" y la imbecilidad política

Que conste que este texto no tiene ningún afán crítico, y que cuando llamo "imbéciles" a los políticos lo hago con mi mejor afán pedagógico, pensando en el sentido que en latín tiene semejante palabra, es decir, la debilidad producida por la carencia de un buen bastón o báculo de apoyo (intelectual, en este caso). El caso es que esto que ahora voy a relatar yo tampoco me lo creía, es más, imaginé que era una noticia propia del día de los inocentes, pero fuera de fecha. Sin embargo, era cierta: en uno de los programas políticos (me da completamente igual el partido concreto) se maneja el neologismo (¿?) "monomarental" (tal como puede leerse) para sustituir al de "monoparental". Relacionar "monoparental" con "padre" es un error sólo achacable a la imbecilidad profunda que inunda las mentes de nuestros gestores y políticos..., de todos. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

Antes de seguir leyéndome, y por si aún no creéis lo que os digo, os envío directamente a la noticia, pues no me la he inventado:
http://www.europapress.es/epsocial/politica-social/noticia-psoe-dice-termino-monomarental-no-excluye-padres-solteros-divorciados-20110503195205.html
Mi amiga Rosa me hizo llegar semejante joya hace ya tiempo, precisamente cuando me encontraba pensando en una nueva entrada para este blog, de manera que no tuve que pensar mucho más en un posible tema para escribir. Como puede verse, la noticia gira en torno al problema artificial de que, una vez queda sustituido el esperable término "monoparental", aplicado a la familia compuesta solamente por una madre o un padre, el término resultante, "monomarental", parece excluir a los segundos. Está claro que quien ha acuñado semejante voz está pensando por aproximaciones fonéticas. Es oportuno que intentemos reproducir el proceso de pensamiento (por llamarlo de alguna manera) emprendido por la persona creadora de este nuevo vocablo: el término "monoparental" suena a "¿padre?, ¿pare?", y éste término evoca para la persona en cuestión la masculinidad de manera exclusiva, por lo que podemos adivinar. Seguimos intentando reproducir el argumento: si las familias monoparentales españolas están en su mayoría conformadas por una madre y sus hijos, ¿por qué no darle a éstas una denominación "más específica", precisamente, y hacer que residualmente el nuevo término también se refiera a los pocos padres que pueden estar en esta situación de estar solos, sin pareja y al frente de los hijos? No cabe entrar aquí en cuestiones políticas o, más concretamente, de corrección política, es decir, aquellas que intentan favorecer el reflejo de una nueva realidad mediante la adecuación del lenguaje a nuevos usos y costumbres. El problema está en que la premisa mayor del argumento, es decir, relacionar "monoparental" con "padre" (en sentido masculino) es un error que sólo puede achacarse a la más terrible de las imbecilidades intelectuales o estulticias... "Monoparental", compuesto del griego "mono-" (único) y "parental", referido a la madre o al padre, tiene que ver con el término PARIENTE, no con PADRE. Nuestros padres (madres) son, por tanto, nuestros parientes más cercanos, y lo más divertido es que "pariente" parece ser el participio de presente del verbo "PARIR" en latín. De esta forma, la persona a la que de manera más estricta cabe asignarle el término de "pariente" es a nuestra propia madre, es decir, la que nos ha parido. Por extensión, luego pasa a designar al padre y a los demás familiares con los que guardamos una línea cosanguínea.

Cabe pensar, no obstante, que la persona que ha dado a luz ("ha parido") esta palabra sea, más allá de las meras y ensidiosas ataduras etimológicas, una consumada lectora del Crátilo de Platón, o de la Ciencia Nueva de G. Vico, y se haya sentido demiurga del lenguaje, con lo cual se ha visto inspirada para dar ser al nuevo vocablo sólo por una cuestión de afinidad fonética o estética. Por esta razón, le ha parecido que la "P" de "monoparental" es de por sí poco dada al género femenino, por lo que ha recurrido a redecorar la palabra mediante una hábil "M". En ese caso, debe pensar que esto va a tener consecuencias inmediatas en todas aquellas palabras que tienen que ver con "pariente" y, especialmente, con la palabra "PARIR". Según esta modificación, cuando una mujer dé a luz tendrá que decir que "MARE" o que "ESTÁ MARIENDO", y no que "PARE" o "ESTÁ PARIENDO", dejando este último término para los hombres, en caso de que ellos sean capaces alguna vez de hacer algo semejante (decía un inteligente dominico que conocí muchos años atrás que si los hombres tuvieran que parir el aborto sería un sacramento). El "parentesco" y la "parentela", por su parte, deberán quedar sólo para las líneas de familiares "masculinos" (o "pasculinos", si aplicamos con precisión esta neolengua orweliana), de manera que habrá que acuñar nuevos términos como "MARENTESCO" y "MARENTELA" para todo lo relativo a lo femenino.

No hay nada más nefasto que un político metido a gramático o lingüista, pues es cuando comprobamos con meridiana claridad la imbecilidad, es decir, debilidad (intelectual) que preside su cabeza. Desde el emperador Claudio, que intentó imponer nuevos grafemas para ciertos sonidos del latín, sin éxito, hasta Stalin, que, según nos cuenta Cerni en su genial Historia de la lingüística, quiso pasar por el mayor lingüista de la Historia durante los más oscuros tiempos de la URSS, estos engendros y mostruosidades se han repetido una y otra vez. Cabría escribir, de hecho, una historia de las palabras creadas por la imbecilidad. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

viernes, 24 de enero de 2014

El emperador Augusto como escritor: una faceta poco conocida

A veces asombra comprobar cómo algunos grandes personajes de la Historia, renombrados por sus hechos, también quisieron ser recordados por sus escritos. La suerte literaria, sin embargo, no siempre ha corrido pareja a su relevancia en otros aspectos. El caso del emperador Augusto supone, a este respecto, un buen ejemplo, pues no todo el mundo sabe que el primer emperador de Roma dejó también escritos propios, y algunos de carácter personal . POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Conocido como gran personaje histórico y por haber sido el primer emperador de Roma, es fácil olvidar otra faceta menos notoria de Augusto, pero no menos importante, precisamente su condición de escritor. Augusto quiso, como su padre adoptivo, Julio César, dejar a la posteridad sus propios escritos, aunque con menor fortuna. Es evidente que Augusto está muy lejos de la genialidad literaria del primero, aunque sus textos constituyen importantes documentos históricos. Entre ellos, destaca el conocido como Res Gestae Divi Augusti, editado por Theodor Mommsen en 1883 y traducido al castellano por Guillermo Fatás. Transcribimos el párrafo final de la obra, escrito el último año de vida del emperador:

“Cuando ejercía mi decimotercer consulado, el Senado, el Orden de los Caballeros Romanos y el pueblo romano entero me designaron Padre de la Patria y decidieron que el título había de grabarse en el vestíbulo de mi casa, en la Curia y en el Foro de Augusto y en las cuadrigas que, con ocasión de un senadoconsulto, se habían erigido en mi honor. Cuando escribí estas cosas estaba en el septuagésimosexto año de mi vida.” (trad. de Guillermo Fatás)

Más allá de este tono tan formal que aleja el personaje de nosotros, también podemos leer algunos testimonios más íntimos y cercanos. A este respecto, tenemos un interesante testimonio epistolar donde vemos cómo se aúna la cuestión sucesoria y la longevidad cuando el emperador acababa de cumplir sesenta y cuatro años. Así lo vemos en una carta que el propio Augusto escribió a su nieto y también hijo (adoptivo) Gayo, y transmitida por Aulo Gelio en sus Noches Áticas (15, 7):

“Saludos, mi querido Gayo, mi asnillo gratísimo, a quien echo de menos, a fe mía, cuando estás ausente. Y, especialmente, durante días especiales como el de hoy mis ojos buscan a mi Gayo, a quien, donde quiera que hayas estado este día, confío en que feliz y sano te hayas acordado de mi sexagésimo cuarto aniversario. Pues, como puedes ver, he logrado superar los sesenta y tres años, esa edad crítica para el común de los viejos que se llama climaterio. Ruego a los dioses que a mí, en lo que me quede de vida, me sea posible vivirlo con salud en la más absoluta prosperidad del Estado, y siendo vosotros, mis sucesores, personas de bien preparadas para asumir el relevo.” (trad. de F. García Jurado)

En Roma, superar con la edad la cifra que es producto de multiplicar el número siete por nueve era señal de haber superado una edad crítica. Creo que esto encierra algo de cierto, a tenor de lo que nos ha ocurrido con algunas personas muy cercanas, fallecidas precisamente poco antes de llegar a esta edad concreta. También llama la atención el tono cariñoso de la carta, donde cabe adivinar que el sentimiento también puede vivir en la persona de un emperador. En todo caso, el tono familiar no debe impedir que veamos las claras intenciones políticas del texto, pues tan importante era que el sucesor de Augusto estuviera disponible como que se encontrara en una posición de poder semejante a la del propio emperador. J. Béranger ha visto en este texto transmitido por Aulo Gelio cómo la ideología monárquica romana se concentra en la frase que cierra la carta: la disposición del sucesor para estar en condiciones de asumir el poder. En definitiva, el tono cariñoso no esconde las intenciones concretas de esta carta. Esto es una constante histórica. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

sábado, 11 de enero de 2014

Cien años desde el nacimiento de Julio Cortázar (1914-2014)

Las fiestas del calendario me parecen a menudo una carrera de obstáculos. Bien sé que cuando podemos disfrutar de un día de asueto en medio del fragor de la batalla laboral tales fiestas caen como maná  en el árido desierto, pero no me refiero a esto. Quiero decir que a menudo el santoral y los cumpleaños se me olvidan, cuando no la posición exacta de unas vacaciones en el calendario, y todo ello me lleva a cometer errores imperdonables. Cuando hablamos de centenarios, me considero un caso perdido. Sin embargo, he recordado a tiempo que este año que ahora comienza, 2014, será el centenario de sucesos históricos fatales, como el estallido de la primera guerra mundial, pero también nos trae el nacimiento de Julio Cortázar (Ixelles, Bruselas, 26 de agosto de 1914 - París, 12 de febrero de 1984), a quien tantos debemos horas memorables de lectura. Mi particular homenaje será un trabajo que se publicará, precisamente, en París, acerca de dos autores latinos, Plinio el Joven y Aulo Gelio, que acaso contribuyeron a que Cortázar llegar a ser lo que fue. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

Mi trabajo se va a titular “Dos intertextos latinos en Cortázar: Plinio el Joven y Aulo Gelio. La casa profunda y la miscelánea”, y voy a ofrecer en este blog las líneas que lo abren.

El hecho de que los textos literarios modernos mantengan una incesante relación dialógica con textos diversos de la literatura grecolatina no es incompatible con el propio carácter creador o « poético » de los primeros. La reescritura, como diálogo intertextual, no deja de ser una genuina forma de creación. Vamos a estudiar en este trabajo cómo se manifiestan, a la manera de un iceberg, dos lecturas de Cortázar referentes a la literatura latina dentro de su obra. Nos referimos a la carta sobre los fantasmas de Plinio el Joven y a las Noches áticas de Aulo Gelio. Ambas son rastreables, según la precisa terminología de Gérard Genette[1], como « intertextos », si bien cada una de ellas presenta características diferentes en cuanto a su relación con el texto del autor argentino. De esta forma, mientras el texto pliniano se presenta en calidad de « hipotexto » o de texto subyacente en el cuento « Casa tomada », las Noches áticas de Aulo Gelio se convierten en una suerte de « architexto » o texto genérico para Rayuela. Genette desarrolla esta productiva articulación del diálogo entre textos desde una perspectiva alejada de criterios esencialistas, de manera que, pongamos por caso, un « hipotexto » no puede ser considerado como una mera fuente literaria, a la manera de lo que haría una interpretación positivista del hecho. Los textos antiguos, lejos de ser entidades estáticas o inmutables, plantean un productivo diálogo desde distintos niveles de relación con la modernidad.
En lo que atañe a los dos textos latinos que vamos a estudiar, si bien ambos se manifiestan de forma diferente en lo que se refiere a su diálogo intertextual con la obra de Cortázar, ofrecen una interesante característica en común, dado que las ediciones a las que pudo acceder el autor argentino provienen de una misma colección editorial española publicada a finales del siglo XIX: la Biblioteca Clásica de Luis Navarro. En el caso de Plinio el Joven, la referencia a su texto no llega a constituir una cita como tal, a diferencia de Gelio, de quien se recoge incluso un breve capítulo dentro de los llamados « Capítulos prescindibles » en Rayuela. En cualquier caso, la alusión o la cita (« intertexto » propiamente dicho) no serían más que la parte visible de la lectura, mientras que el « hipotexto » y el « architexto » constituirían el aspecto más rico, sobre todo merced a la motivación que ha provocado esa lectura previa y creativa en la mente de un autor moderno. FRANCISCO GARCÍA JURADO



[1] G. Genette, Palimpsestes. La Littérature au second degré, Paris, Seuil, 1982. 

viernes, 3 de enero de 2014

Clarín y Marcel Schwob como contemporáneos: el cuento latino

Hasta la fecha, que sepamos, ningún crítico ha analizado los aspectos comunes que presentan Marcel Schwob y Leopoldo Alas "Clarín". Este análisis, pionero, lo hemos emprendido quienes firmamos este blog en nuestro artículo titulado “Clarín, Schwob, et l’esthétique du conte latin”, publicado en Spicilège. Cahiers Marcel Schwob 2, 2009, pp. 63-79 (ISSN 1969-8267). POR MARÍA JOSÉ BARRIOS Y FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
No fue hasta el segundo decenio del siglo XX cuando Marcel Schwob (1867-1905) comenzó a ser un autor estimado en las letras hispanas. Nombres como los de Rafael Cabrera en México y, por supuesto, Jorge Luis Borges en Argentina han quedado ya íntimamente unidos a la fortuna de Schwob en el nuevo contexto iberoamericano del siglo XX. Sin embargo, no fue hasta el año 43 con la mítica traducción de las Vidas imaginarias a cargo de Ricardo Baeza, cuando se produce la universalización del autor francés y su posterior conocimiento también en España. Schwob perteneció en su tiempo a una corriente literaria marginal, y esa marginalidad literaria fue, paradójicamente, la que provocó su encarnación como precursor de una interminable estela de grandes autores del siglo XX que tiene en la figura de Roberto Bolaño su última cabeza visible. Por su parte, en España, Leopoldo Alas “Clarín” (1852-1901) ha sido un autor que ha pasado a la historia de la literatura fundamentalmente por su obra La Regenta, una novela que los críticos suelen relacionar, por ciertas afinidades temáticas, con Madame Bovary de Flaubert, y, en segundo lugar, por sus cuentos, entre ellos el titulado “Adiós cordera”. Al igual que en el caso de Schwob, su fortuna literaria no se vio consolidada hasta bien entrado el siglo XX. Tales circunstancias confieren al estudio conjunto sobre Schwob y “Clarín”, autores que pertenecen a mundos vitales y literarios diferentes, un aire retrospectivo y en cierta manera audaz. En este sentido, partiendo de sus aproximaciones al llamado “cuento latino”, una puntual coincidencia estética entre Clarín y Schwob, es posible analizar sus posibles rasgos comunes y sus innegables diferencias. Desde el punto de vista metodológico, cabe establecer una relación sincrónica (no debe olvidarse que Clarín y Schwob son autores estrictamente contemporáneos), donde cada término de esa relación participa de un sistema común de convenciones no exclusivas de Schwob y Clarín. Entre tales convenciones estaría, sin duda, el cultivo más o menos puntual de narraciones inspiradas en la antigua literatura romana, con un marcado componente metaliterario. Así, Schwob es autor de varios cuentos de tema latino, como “Pupa” o “Las bodas del Tíber” e incluye cuatro relatos de tema latino en sus Vies imaginaires (1896), concretamente las dedicadas a Séptima, Lucrecio, Clodia y Petronio, que suponen uno de los tratamientos más originales de la modalidad literaria que estamos comentando. De tales vidas hemos entresacado, precisamente, la titulada “Lucrèce. Poète”, inspirada en el autor del poema científico titulado De rerum natura. Clarín, por su parte, incluye dentro de sus Cuentos Morales (1895) el titulado “Vario”, objeto de nuestro estudio, acerca de la figura de un conocido poeta amigo de Horacio del que no se ha conservado obra alguna: Lucio Vario Rufo. Así las cosas, nos ha parecido notable el interés que tanto Clarín como Schwob muestran por sendos poetas latinos a la hora de tejer las narraciones indicadas . Ambos textos no sólo coinciden en el hecho de tratar acerca de un poeta latino, sino, sobre todo, en la circunstancia de que mientras el poeta Vario llega a saber que en el futuro su obra quedará borrada por el tiempo, el segundo, Lucrecio, se sentirá poeta sin necesidad de haber escrito un solo verso. Estamos, pues, ante la idea literaria del autor sin texto, que no deja de ser el contrapunto de otra idea que es la del texto sin autor. MARÍA JOSÉ BARRIOS Y FRANCISCO GARCÍA JURADO

martes, 17 de diciembre de 2013

Miscelánea como no-ensayo


Ando de nuevo con mis dos libros de cabecera, los Ensayos de Montaigne y las Noches áticas de Gelio. Creo que no se ha trabajado suficientemente en la relación compleja que existe entre ambas obras o, más bien, entre lo que representan: el moderno ensayo frente a la antigua miscelánea, respectivamente. FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Es un hecho que Montaigne apenas cita tres veces al autor latino, pero esta circuntancia ha de valorarse, más bien, de una manera cualitativa. Quiero decir con esto que tres citas pueden ser muchas si consideramos a éstas como la punta de un profundo iceberg. La miscelánea de Gelio supone una forma forma de ver el mundo a partir del AZAR. Él mismo declara que ha compuesto su obra desde un ORDO FORTUITUS, en la esperanza de que ese modo imprevisto de organización de su obra termine encontrando un sentido completo en el posible lector. Es algo así como un rompecabezas que ha de aspirar al orden. Sin embargo, Montaigne parte del escepticismo con respecto a un orden válido o posible. Lo que para Gelio es un medio, para Montaigne constituye una visión del mundo que conecta perfectamente con la interpretación posmoderna del mundo: ausencia de orden y de sistema. En este sentido, y como voy a proponer en un artículo que ahora termino sobre la lectura del Gelio en el siglo XVI, la miscelánea es una forma de no-ensayo, cuando aquélla se analiza de manera retrospectiva desde esta nueva formulación ensayística. La miscelánea supone la tesis, mientras que el ensayo sería la antítesis. Desde esta formulación dialéctica, el paso al ensayo moderno supone la superación de la antigua erudición meramente acumulativa. Una idea de este tipo desarrolló Ortega en sus Meditaciones del Quijote cuando comparó a la vieja erudicion con la Alquimia, frente al ensayo convertido ya en moderna Química.

Por tanto, el hecho de que termine cristalizando una forma nueva de escritura, la ensayística, precisamente como reacción a la antigua miscelánea, la vigilia o elucubración, hace posible que Gelio se pueda leer a partir de ese nuevo marco en términos de autor de “no-ensayo”. Una primera forma de aproximarse a esta modalidad de escritura es la que se encuentra en la epístola humanística de Fray Antonio de Guevara. Según Antonio Orejudo en su edición de las Epístolas familiares de 1995, a partir del Renacimiento la carta busca sobre todo la expresión de lo personal, ocupándose de cuestiones hasta entonces inabordables. La epístola literaria funda así un nuevo espacio comunicativo que terminará desembocando en la novela y el ensayo.

Así las cosas, ¿cabría pensar en una lectura de Aulo Gelio en la nueva clave ensayística? Nuestra propuesta quedó expresa en la introducción preparada para las Noches Áticas que se publicaron en Alianza Editorial (2007, 18): “(…) la demostración más o menos feliz de la capacidad de Gelio como ensayista avant la lettre resulta estéril. Lo fundamental, en mi opinión, es tener presente que la creación moderna del ensayo ha provocado una mirada nueva sobre Gelio, en algún caso curiosa (…)”. El paso de una lectura propia de la miscelánea erudita a una lectura “ensayística” del propio Gelio, conlleva, paradójicamente, la superación del propio autor clásico, ya que el ensayo moderno comienza a rebasar la autoridad de tales autores, manteniendo con ellos una relación dialéctica. Esto explica, seguramente, la relación compleja que Montaigne mantiene con uno de sus antecesores fundamentales (junto a Plutarco y Séneca). Montaigne no puede citar a Gelio porque si bien su nueva prosa ensayística debe mucho al autor latino ésta se configura, precisamente, a partir de su consciente rechazo a la miscelánea.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Dignidad y literatura

Jean Philippe Ronsard, La dignité de la littérature, París, Editions de la Rue, 2013, 150 pp.

No fue hace mucho cuando paseando por la parisina Rue des Écoles me acerqué, inevitablemente, a la Livrairie Compagnie, lugar de donde no suelo salir indemne, es decir, con las manos vacías. Siempre que acudo a este paraíso, alguna novedad editorial, especialmente en lo relativo al ensayo sobre literatura, me asombra e ilumina. A menudo encuentro allí libros soñados, o libros que a mí me hubiera gustado escribir pero que, inevitablemente ya, aparecen publicados y con hermosas portadas. Este ha sido el caso del reciente descubrimiento de un libro pensado por una de las mentes más preclaras del pensamiento literario francés actual, el profesor Jean Philippe Ronsard, miembro del Collège de Paris, cuyas obras, fruto de reflexiones vividas, jamás dejan indiferentes a sus lectores. En este momento me abruma tan sólo pensar en contarles algo acerca de la ingente bibliografía que el profesor Ronsard tiene tras de sí, y supongo que mis lectores no precisan de ello, ya que en la mayor parte de los casos la conocerán. Ronsard nos tiene acostumbrados a transitar por escritores fundamentales de la literatura universal desde perspectivas inquietantes e inéditas. Este es el caso del libro que ahora reseño, y que todavía está en mi mesilla de noche, recién leído. Debo decir que sus ciento cincuenta páginas se me han hecho cortas, pues la experiencia lectora ha sido realmente grata. Intentaré, en pocas palabras, explicar el planteamiento de esta obra. Un lector no avisado probablemente no capte en el título de la obra toda la dimensión que encierra la palabra “dignidad”. El editor ha tenido, en este sentido, el buen acierto de hacernos un guiño ya desde la portada utilizando como ilustración el retrato de Montaigne. Precisamente, el nuevo ensayo de Ronsard es una reflexión humanística, casi renacentista, acerca del hecho literario, desde un concepto acuñado por Pico Della Mirándola: la dignidad del hombre. Frente a la idea medieval del hombre como ente limitado y finito, Della Mirándola nos dibuja al ser humano como proyección, como alguien capaz de romper con sus meras fronteras físicas para convertirse en algo grandioso. Desde esta idea de proyección, Ronsard defiende la idea de que la literatura no es otra cosa que una proyección que va más allá del tiempo, de manera que su estudio no debería ceñirse a las obras como tales, ni tan siquiera a los escritores, sino a esos vectores del tiempo que hacen que una obra  adquiera dimensiones gigantescas y atemporales. El tiempo, la proyección en el tiempo, para ser más exactos, es lo que convierte a la literatura en alquimia, en proyecto incesante de referencia moral y estética. No podría en una reseña tan breve dar cuenta de los diferentes casos sobre los que trata el profesor Ronsard, pero sí me gustaría referir, tan siquiera, algunos que me han parecido extraordinariamente significativos. Por ejemplo, cuando Ronsard aborda los orígenes del ensayo, estudia la manera en que Montaigne “proyecta” el pensamiento de San Agustín en una línea casi continua que apunta a la modernidad. Es fascinante ver cómo las ideas del pensador de Hipona, puestas en el francés de Montaigne, se renuevan sin perder un ápice de su profundidad. También me ha encantado el estudio que hace de la novela de Dostoievski titulado El doble, donde analiza cómo emerge la lectura moral a partir de los textos fundamentales que la Antigüedad y las literaturas europeas nos han brindado al respecto. En este ensayo asistimos al proceso lector del escritor ruso casi como si lo acompañáramos en Petersburgo. No menos luminosa es la lectura que ha hecho Ronsard de un poema de Borges, “Elegía”, desde un verso de Virgilio: sunt lacrymae rerum et mentem mortalia tangunt. Casi no he tenido ocasión de lamentar que el autor no conociera lo que yo mismo he escrito al respecto, pues debo reconocer que su estudio sobre la “proyección” de un verso de Virgilio en un poema de Borges (a Borges lo cita, por supuesto, según la edición francesa de “La Pléyade”) se me antoja definitivo.

En suma, escribo estas líneas todavía desde la provisionalidad y la emoción de una lectura reciente. El libro que aquí comento es, sobre todo, un aviso sobre la necesidad de devolver la literatura, la gran literatura, a la dignidad de su proyección como memoria colectiva, como fábrica de anhelos, utopías y sueños. FRANCISCO GARCÍA JURADO     

sábado, 26 de octubre de 2013

El vestido femenino y la fidelidad: impedimentos en el mundo romano

Los poetas elegíacos como Propercio, Tibulo y Ovidio hoy nos resultan, como varones, hombres “demasiado modernos” en comparación con la propia mentalidad romana de su época. Sin embargo, alguno de los motivos que utilizan para hablar de los arreglos y vestidos de sus amadas siguen muy de cerca los tópicos más ancestrales de dominación. En particular, la relación del vestido con la fidelidad nos lleva a la consideración de las mujeres impedidas de movimiento. Si bien se trata de otra época y circunstancia, no puedo dejar de pensar en los reducidos pies de una anciana china que me encontré en la Ciudad Prohibida de Pekín, víctima de una costumbre ancestral que consiste en vendar los pies para que se atrofien. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Una de las funciones simbólicas básicas que tiene el vestido de la amada, al igual que el de la matrona romana, es la de mostrar su carácter casto y fiel, aunque, como veremos, no de la misma manera en un caso y en otro. Como es sabido, la stola era un vestido especialmente destinado a simbolizar la fidelidad de las matronas. Aunque a la mujer amada por Tibulo no le corresponda este atributo propio de las matronas, el poeta utiliza no obstante este símbolo de la fidelidad marital como motivo poético:

Tib.1,6,67-68 sit modo casta, doce, quamvis non vitta ligatos
impediat crines nec stola longa pedes.

"Enséñale a que sea al menos casta, aunque una cinta no ciña sus trenzas
ni una larga túnica sus pies" (trad. de Juan Luis Arcaz)

A su vez, el poeta una caracterización de la stola bastante significativa cuando nos habla de su carácter de vestido largo (vestis longa), en combinación con el verbo impedio, verbo que, aunque en principio aplicado a la cinta que sujeta los cabellos, también se refiere a la sujeción de los pies por parte de la stola, pues, no en vano, impedio es un verbo denominativo formado a partir del sustantivo pes. Ovidio ofrece, por su parte, un dístico de estructura muy semejante que combina la disposición de los cabellos y, en este caso, la cobertura de los pies con la instita, una especie de volante que se coloca en la parte inferior de la stola y que, por metonimia, puede denominar la prenda completa:

Ov. Ars.1,31-32 este procul, uittae tenues, insigne pudoris,
quae tegis medios instita longa pedes!

"Quedaos lejos, cintas delgadas, símbolo del pudor,
y tú, larga estola, que tapas hasta el empeine" (trad. de Juan Luis Arcaz)

Esta stola que sujeta los pies, al igual que una cinta lo hace con los cabellos, está estrechamente relacionada con el carácter simbólico de la prenda, cuya misión figurada es la de impedir el libre movimiento de la mujer. La contención y el impedimento del cuerpo han sido secularmente aspectos clave en la configuración del atavío femenino y, en especial, cuando afectan a los pies, por ser evidentemente la parte del cuerpo con la que se anda. A este respecto, no debe olvidarse la fuerte carga erótica que tienen las mujeres que a causa de su incómodo calzado no pueden caminar fácilmente, ya que de esta forma ofrecen una impresión de impedimento que simboliza una supuesta debilidad femenina. Squicciarino comenta a este respecto en su libro titulado El vestido habla (p. 73): “En estos prejuicios ancestrales, que ya son menos intensos a causa del tiempo (y cuyos orígenes actualmente se nos escapan), así como en el poder mágico que asignamos inconscientemente a algunos elementos de la indumentaria, tal vez se encuentre la explicación de por qué las mujeres prefieren los pies desproporcionadamente pequeños, así como de la costumbre femenina de forzar el pie en zapatos demasiado estrechos. Las observaciones de Havelock Ellis han puesto de relieve el atractivo sexual existente en las formas artificiales de caminar y habla de la existencia de «una atracción sexual abstracta basada en la sensación de impedimento, ya sea repentino o provocado, o sólo visto o imaginado; los pies se convierten en el núcleo principal de este tipo de atracción, lo que constituye la base sobre la cual se tiene a construir un fetichismo en torno a éstos o en torno a los zapatos»”.
A pesar de que la stola, como símbolo de fidelidad, no le corresponde a la amada del poeta, de ésta se espera, sin embargo, que su propia manera de vestir sea todo un símbolo, aunque no formalizado, de fidelidad, pues ha de llevar un vestido triste cuando la situación personal del poeta así lo requiera. FRANCISCO GARCÍA JURADO