jueves, 10 de junio de 2010

HOMERO NO ES HOMER SIMPSON


Hace unos días María José y yo asistimos a la presentación de la nueva versión de la Iliada de Homero que tras muchos años de esfuerzo y buen hacer ha terminado nuestro amigo Óscar Martínez García, experto conocedor de la historia de la traducción de Homero en España. El acto de presentación fue espléndido, amenizado por la lectura de algunos pasajes de la obra. Óscar nos contó que le habían llamado el día anterior para participar en un programa de radio, donde debía hablar de su versión de Homero. Hasta aquí todo nos pareció normal, esperable. Lo más sorprendente, al menos para mí, fue que este programa estaba dedicado a lo que hoy se llama tristemente “cultura friki”. Homero estaba siendo suplantado por Homer Simpson. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE.

La sociedad moderna, en perfecta connivencia con los medios de comunicación, ha desarrollado una suerte de erudición superficial e inútil que venimos en conocer como “cultura friki”, variante en buena medida coincidente con la estética pop que se caracteriza por su empeño en suplantar aquello que durante siglos hemos llamado la “Cultura” con mayúscula. La cultura friki convierte ciertos iconos populares, especialmente televisivos, en referentes supuestamente universales. Si para la mitología griega el paradigma del maestro y tutor pudo ser el centauro Quirón, hoy lo es Yoda. Si el complejo cosmos de los dioses y héroes mitológicos de Grecia encarnaron las pasiones y sentimientos que nos permitieron comprender el mundo, hoy pretenden desempeñar esta función los personajes de la Guerra de las Galaxias o los Simpsons. Hoy día contamos con muchos “eruditos” en estos conocimientos tan vanos como populares. En todo esto pensé cuando Óscar nos contó la que para mí no deja de ser una triste anécdota. Que una persona que ha traducido la gran obra épica de Homero atraiga la atención de los frikis permite que entendamos acaso mejor por qué el creador de Homer Simpsom no lo bautizó así en vano. Al igual que pudo ser el Ulises de Joyce, el Homer que aparece en la televisión en un antihéroe, y su nombre ha logrado que en el buscador google el nombre del antiguo poeta palidezca. De la misma manera, en el lugar donde se celebraba la presentación del libro, la FNAC de Callao, los autores clásicos grecolatinos ocupan ahora tan sólo un ridículo estante a la altura de los pies, al final absoluto de la larga sección de los autores extranjeros. Eso sí, mucha basura llamada literaria se encarama sobre los estantes de novedades tan orgullosa como pasajera. Esto es otra de las características más inherentes de lo friki, a saber, la ausencia de jerarquización. De esta forma, traducir la Iliada hoy día puede parecer una actividad extravagante y parecida a tener en casa todas las maquetas de naves espaciales aparecidas en la dilatada saga intergaláctica, o atesorar todos los adminículos inimaginables de Lady Di. No voy a recurrir al manido recurso catastrofista de pensar hasta dónde hemos llegado en nuestra capacidad de degradar la idea de cultura, invadida hoy día por la idea más simple de ocio, pero no dejo de sentir vergüenza ajena por todo esto. Sigo pensando, como pude leer en un gran crítico literario hace unos años, que mientras existan Homero, Virgilio, Dante, Leopardi, Proust o Thomas Mann, por dar tan sólo algunos ejemplos, no merece la pena perder el tiempo leyendo ciertos libros de temporada. Simplemente quiero decir que Homero, el autor de la Iliada y la Odisea, no puede quedar diluido por un homónimo en la marea negra de la cultura pop. Si somos capaces de ver estas diferencias a lo mejor podemos hacer que cambien realmente nuestras vidas anodinas. FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

lunes, 7 de junio de 2010

ANÓNIMOS Y DESCONOCIDOS


Decía Juan de la Encina que "todo pasa en la memoria, salvo la fama y la gloria". Pero hoy la fama se ha convertido también en algo, ante todo, vulgar, además de efímero. Convertirse en un personaje televisivo, a ser posible esperpéntico, parece ser la puerta grande para acceder al nuevo parnaso de la ignorancia y la grosería. Pero algo que me ha llamado la atención desde hace tiempo es apreciar cómo este tipo de personas, partícipes de una dudosa condición pública, se arrogan el derecho exclusivo a tener nombre, relegando a los demás mortales a la triste condición de "anónimos". POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

Este blog está dedicado a Rosa, a quien tanto gusta el genio del lenguaje.
Mis sospechas se confirmaron durante una conversación. Hay un programa (que se me antoja infame) donde ciertos personajes de "renombre" comparten sus días en un lugar exótico y aparentemente paradisiaco. Por lo que parece, ahora se mezclan con personas "de la calle". Pues bien, me cuentan que al aparecer este último grupo el presentador dijo la siguiente frase genial, propia de Séneca: "Que entren los anónimos". Hace mucho tiempo que no veo este tipo de basura ni tan siquiera cinco minutos. Y esto no es una pose o un comportamiento radical: se trata simplemente de una manera de evitar, cuando menos, la mayor vulgaridad posible en una vida que, por desgracia, tiene que presenciar muchas. Aún así, soy consciente de la "perlas" que me estoy perdiendo. En realidad, al no haber visto la escena memorable, puedo imaginarme que cuando el presentador dijo aquello de "que entren los anónimos" podía haber ocurrido cualquier cosa. Imaginemos que en ese momento aparecen los cuadros no firmados del Museo del Prado, o que suenan bellos adagios barrocos como el de aquella película de los años setenta titulada "Anónimo veneciano" (en realidad, el anónimo no era tal, sino de Albinoni, pero esto da lo mismo ahora). En fin, lo que ocurrió fue que irrumpieron en aquel momento unas personas (todavía) desconocidas para el (gran) público (también "anónimo·), que en realidad tenían sus nombres y apellidos, de manera que no acudían allí para recibir el bautismo. Pero la imbecilidad reinante se ha empeñado en llamar a las personas que no salen regularmente en la televisión "personas anónimas". Vamos a ver, "anónimo", según el Diccionario de la Real Academia Española, es:

anónimo, ma.

(Del gr. ἀνώνυμος, sin nombre).

1. adj. Dicho de una obra o de un escrito: Que no lleva el nombre de su autor. U. t. c. s.
2. adj. Dicho de un autor: Cuyo nombre se desconoce. U. t. c. s. m.
3. adj. Com. Dicho de una compañía o de una sociedad: Que se forma por acciones, con responsabilidad circunscrita al capital que estas representan.
4. m. Carta o papel sin firma en que, por lo común, se dice algo ofensivo o desagradable.
5. m. Secreto del autor que oculta su nombre. Conservar el anónimo.

Como puede verse, lo más normal es que la condición de "anónimo" sea propia de las obras, y que el anonimato, cuando se refiere a personas, en particular a creadores, responda más bien a un deseo de quedar al margen de un reconocimiento público. "Anónimo", por tanto, se opone sobre todo a aquello que tiene un nombre, de manera que puede haber obras anónimas que, sin embargo, son "famosas". Pero hoy algunas mentes privilegiadas se han empeñado en convertir "anónimo" en el antónimo de "famoso". Así pues, el mundo se divide en "famosos" y en "anónimos", es decir, entre los que han triunfado en la vida y los que no. Lo curioso es que en la categoría de los segundos pueden aparecer reconocidos profesionales de cualquier gremio que han cometido el imperdonable error de dedicarse a hacer bien su trabajo (pensemos, sin ir más lejos, en un cirujano) y que cuando salen a la calle no son perseguidos por las cámaras. Desde esta nueva perspectiva, propongo que la "Tumba del soldado desconocido" sea ahora la "Tumba del soldado anónimo", y que las "Sociedades anónimas" se conviertan en "Sociedades desconocidas", que las haría aún más misteriosas, al parecerse a las sociedades secretas. La fama, a su vez, ha perdido los honorables atributos que tenía en tiempos de los antiguos. Ser famoso hoy no equivale ya a ser reconocido o simplemente afamado. La fama es un "don" que otorgan ciertas televisiones por formar parte de una comedieta vil representada por personas que ni tan siquiera pueden tener el calificativo de mediocres. En todo caso, recuerdo a todos mis lectores que llamar anónimo a quien no es supuestamente famoso supone una patada al diccionario y una suerte de banalización de la propia idea de fama. Las personas tenemos nombre, aunque sólo lo conozcan una o dos personas más, y no consiento que ningún imbécil me proclame anónimo, pues mi nombre vale tanto como el suyo. Y para que conste, lo firmo a 7 de julio de 2010. FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

jueves, 3 de junio de 2010

POR QUÉ ESTABA SAUSSURE TAN HARTO

Durante varios cursos he compartido con mis alumos de Comentario de textos lingüísticos una interesante carta escrita por Ferdinand de Saussure cuando todavía estaba lejos de ser el gran lingüista que revolucionó su ciencia. Es una carta que responde a otra de su amigo A. Meillet, cuando éste le pregunta simplemente la razón por la que no ha enviado todavía un trabajo a su editor. La razón del retraso nos hace descender a los infiernos personales de un científico genial. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

Resulta curioso, y podéis creer lo que digo, que cada año que leo esta carta con mis alumnos el documento resulta distinto. Desde la novedad de su lectura, las personas que vienen a mis clases descubren a un Saussure diferente del que han aprendido. En realidad, descubren que debajo de ese nombre hay una persona que, ante todo, tuvo que sufrir un gran fracaso científico para terminar triunfando. La vida universitaria suele ser muy rutinaria, y a duras penas se aceptan los cambios. Por ello, cuando Saussure intuyó que se podía hacer una nueva lingüística sufrió los ataques furibundos de sus colegas, en especial los alemanes, cultivadores de un método mecánico. El momento que refleja Saussure es el de la pérdida del rumbo, cuando ya no nos gusta lo que hacemos, pero no sabemos todavía lo que queremos hacer. Leamos la carta que, como dije antes, debería conocer cualquier joven investigador:

(Pasaje de una carta de Saussure a A. Meillet fechada el 4 de enero de 1894):

“Pero estoy muy harto de todo esto y de la dificultad que hay, en general, para escribir diez líneas con sentido común en materia de hechos del lenguaje. Preocupado sobre todo desde hace mucho por la clasificación lógica de estos hechos, por la clasificación de los puntos de vista desde los cuales los tratamos, veo cada vez más la inmensidad del trabajo que sería preciso para mostrar al lingüista lo que hace; reduciendo cada operación a su categoría prevista; y al mismo tiempo la no poca vanidad de todo lo que a fin de cuentas puede hacerse en lingüística.
Es en último análisis tan sólo el lado pintoresco de una lengua lo que hace que difiera de todas las demás como pertenecientes a determinado pueblo con determinados orígenes, es este lado casi etnográfico el que conserva interés para mí: y precisamente ya no tengo el gusto de poderme entregar a este estudio sin segunda intención, y disfrutar del hecho particular atenido a un medio particular.
Sin cesar, la inepcia absoluta de la terminología ordinaria, la necesidad de reformarla, y de mostrar para ello qué clase de objeto es la lengua en general, me estropea el placer histórico, aunque no tenga anhelo mayor que no deber ocuparme de la lengua en general.
A mi pesar, esto acabará en un libro donde, sin entusiasmo ni pasión, explicaré por qué no hay un solo término empleado en lingüística al que conceda yo un sentido cualquiera. Y confieso que no será hasta entonces cuando pueda reanudar mi trabajo en el punto en que lo dejé.
He aquí una disposición tal vez estúpida, que explicaría a Duvau por qué, por ejemplo, he dado largas más de un año a la publicación de un artículo que materialmente no ofrecía ninguna dificultad –y sin conseguir por lo demás evitar las expresiones lógicamente odiosas, ya que para eso sería precisa una reforma decididamente radical.”

Es verdaderamente conmovedor leer a este Saussure que afirma que muy a su pesar terminará explicando una nueva lingüística. Me recuerda una viñeta del humorista Forges donde un individuo leía una gran noticia en el periódico: SE PROPONE NO TRIUNFAR EN LA VIDA Y LO CONSIGUE. Saussure triunfó para la Historia, a pesar de todo y de todos. FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

jueves, 20 de mayo de 2010

BORGES, O EL PALIMPSESTO DE LA ENEIDA


Dentro de unos días, concretamente el 28 de mayo, tendré la oportunidad de dar la conferencia que cierra el congreso sobre palimpsestos que se va a celebrar en Bahía Blanca (República Argentina) -dirección electrónica http://palimpsestos2010.blogspot.com/ -. Será una charla mediante vídeo-conferencia desde la distancia física, que no humana, pues allí estarán algunos grandes amigos que he tenido la suerte de conocer hace ya años. En este congreso se hablará de palimpsestos reales, es decir, de viejos textos enterrados literalmente bajo uno más reciente dentro de un pergamino, pero también de palimpsestos metafóricos, o de textos que subyacen bajo nuevas escrituras modernas. Mi propósito, al hablar de uno de los temas fundamentales de mi trabajo como comparatista, el de la Eneida de Borges, es dar un nuevo giro a la ya añeja metáfora. Quiero hablar sobre el texto que resucita. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

Entre el sentido literal de la idea de palimspesto, propia de los estudiosos de los pergaminos, y la idea metáforica, propia de ciertos teóricos de la literatura, cabe ensayar, de la mano del poeta Leopardi, lo que quizá sea una idea sustancialmente distinta. En 1820, el poeta Leopardi escribió un poema dedicado a su entonces amigo el cardenal Angelo Mai, pues éste había dado con el texto del De República de Cicerón oculto tras la nueva escritura en un pergamino. La imagen del texto literalmente enterrado que vuelve a la vida sirvió a Leopardi para desarrollar una vigorosa metáfora romántica: el texto que resucita. Es conveniente en este punto reproducir el comienzo del irrepetible poema:

Italo audaz, ¿es que jamás te cansas
de arrancar de las tumbas
a nuestros padres, obligando a que hablen
en este siglo muerto, en el que pesa
tanta niebla de tedio? ¿Y cómo llegas
tan fuerte y tan frecuente a nuestro oído,
voz de nuestros abuelos,
tan largo tiempo muda? ¿Por qué tanta
resurrección? Fecundos se han tornado
los pergaminos; a la edad presente
los claustros polvorientos
reservaban las obras generosas
de nuestros padres. (...)

Me ha parecido muy interesante esta nueva forma de ver el palimpsesto, pues no se considera tanto la situación "subterránea" del viejo texto, sino su condición dinámica de volver a la luz, a la vida que le confieren las nuevas lecturas. Rápidamente pensé en un verso de Borges, precisamente dedicado a un poeta sajón: "Hoy no eres otra cosa que mi voz", y pienso, sobrecogido, en esas voces que cesaron en algún momento de la Historia y que nosostros volvemos a hacer que vivan espléndidas. Nosotros pasamos a formar parte de la voz de quienes nos precedieron. Que un texto no sólo tenga una condición subterránea, sino que resucite, debería implicar ciertas cosas inquietantes. Entre otras, cabe preguntarse sobre la identidad de ese texto que regresa a la vida. ¿Será el mismo texto que fue? Las condiciones de vivir un nuevo tiempo le pueden conferir sentidos acaso insospechados por el autor primigenio. La Eneida que revive en la obra de Borges se sustenta, fundamentalmente, sobre la estética de la expresión de Benedetto Croce. Palabras como "noche" o "luna" se vuelven creaciones estéticas en sí mismas, y las tradicionales figuras retóricas, como la famosa hipálage del "iban oscuros por entre la noche solitaria" (y no el acaso esperable "iban solitarios por entre la noche oscura") se convierte en una imagen literal que supera cualquier artificio. Es la Eneida que ha leído Beda el Venerable, Dante, Milton, Edward Gibbon, o T.S. Eliot, plagada de momentos e imágenes irrepetibles. Conscientes errores a la hora de citar o de traducir ciertos versos convierten a la Eneida de Borges en una obra sutilmente diferente de la de Virgilio, en una constatación implícita de que nada es ya lo mismo. Uno de los momentos más memorables de esta resurrección es cuando asistimos a la traducción tácita del verso acaso más difícil de toda la Eneida: "sunt lacrymae rerum". Estas "lagrimas de las cosas" se convierten, de la mano poética de Borges, en "todas las cosas que merecen lágrimas", a lo que después, en una soberbia enumeración, subsiguen las cosas mismas, como si fuera posible resumir el universo de la vida en unos cuantos versos. Entre otras cosas que merecen lágrimas está la hermosura de Helena, la mano de Jesús en el madero, o el propio Virgilio. Borges traduce y amplifica, haciendo de su lectura un acto vital y creador. Todas estas cosas, en definitiva, son las que nos hacen vivir también a nosotros. FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

miércoles, 12 de mayo de 2010

LATÍN, ILUSTRACIÓN Y LIBERALISMO: UNA REVISIÓN DE LAS HUMANIDADES (III)


Terminamos hoy esta pequeña serie dedicada al estudio del latín durante la transición del siglo XVIII al XIX con el excepcional testimonio de un preceptista de latinidad, Luis de Mata i Araujo. Quedará pendiente para una futura entrega un comentario más detenido de la Real Cédula sobre la creación de las escuelas de latinidad de Calomarde. Por Francisco García Jurado. HLGE.
En este contexto, la obra del preceptista de latinidad Luis de Mata i Araujo es un buen ejemplo de la situación cambiante, pues él vivió la transición desde los tiempos absolutistas a los tiempos liberales, y desde el clasicismo supuestamente retrógrado al romanticismo supuestamente progresivo. El autor fue miembro de la Real Academia Greco-Latina Matritense, además de catedrático de Retórica en el Instituto de San Isidro (en la imagen). Sus obras sobre gramática latina tienen una relevancia significativa entre los años 30 y 40 del siglo XIX.

Tengamos en cuenta los cambios que se han producido en la política española desde el año de 1829 hasta 1839, en especial la muerte de Fernando VII el 29 de septiembre de 1833. Mata i Araujo es permeable, si bien sólo en parte, al nuevo ideario romántico en su faceta más conservadora. Su libro titulado Lecciones elementales de literatura aplicadas especialmente á la castellana (Madrid, 1839) combina, junto a la esperable poética, un esbozo de historia de la literatura y establece el siglo de oro de la literatura española entre los siglos XV y XVI, al contrario de lo que va a hacer poco más tarde el liberal Gil de Zárate, que lo atrasa hasta el XVII, en especial con el teatro, por influencia de la nueva estética alemana. Mata i Araujo, que ni tan siquiera habla del teatro de Lope o Calderón, defiende al final de su libro un ideario literario-político que mire, ante todo, a los mejores autores españoles del siglo XVIII, pero donde quede expulsado todo resto de afrancesamiento, en aras de una literatura plenamente nacional:

«Debemos sobre todo descartar el filosofismo del siglo XVIII, imitando la sensatez i cordura de nuestros padres que supieron acoger sí las buenas ideas, pero también despreciar los errores i teorías halagüeñas que tantos desastres causaron á la Francia en su delirante republicanismo, i cuyas consecuencias estamos nosotros sufriendo ahora en una guerra civil desastrosa.»

Y añade además:

«Déjense por fin otros de creerse superiores á todos los demas, hablándonos en un lenguaje mas alambicado que el Gongorismo: las obras siguientes en que pueden formarse nuestros jóvenes para escribir con un lenguage nacional digno en todo género de literatura, son ademas de las de los clásicos antiguos, las de los escritores desde el tiempo de Cárlos III (...)» (Lecciones…, pp. 407-408)

Como vemos, las paradojas son muchas. En Mata i Araujo lo que ahora es ideología conservadora se confunde con las otrora líneas maestras de una parte del pensamiento español del siglo XVIII, el que trató precisamente de encontrar en lo propiamente hispano el germen de la restauración del buen gusto –es el caso singular de Gregorio Mayáns o de Sempere y Guarinos–: precisamente en la literatura de los siglos XV y XVI. Los nuevos aires estéticos venidos de Alemania cambian de rumbo esta configuración, poniendo el mayor énfasis en la antigua épica, el romancero y el teatro español del XVII.

Buena parte del pensamiento liberal de la época abandona los viejos ideales de los ilustrados españoles del siglo anterior para abrazar la nueva ideología romántica. De la idea de patriotismo ilustrado –personas libres con voluntad de crear una patria común– se pasa a la de nacionalismo romántico –la pertenencia a un pueblo predeterminado por mera razón de nacimiento–. No debemos dejar que se pase por alto en el texto citado una interesante referencia a la primera guerra carlista, la que tuvo lugar, con la muerte de Fernando VII, entre 1833 y 1840, cien años antes de otra guerra civil que los historiadores han terminado llamando, por antonomasia, la Guerra Civil.

Por regla general, las cuestiones educativas dependen tristemente del oportunismo y la necesidad de subirse cuanto antes al carro de las ideas dominantes, que en los tiempos de Fernando VII suponía la reacción contra el mundo ilustrado, confundido ya con las tropelías de Napoleón. Ciertos liberales moderados intentaron después la restauración de parte de aquellos ideales ilustrados, confundidos ahora con los nuevos vientos románticos. En esos vaivenes, la enseñanza del latín y de su historia literaria se fue dirigiendo erráticamente hacia derroteros insospechados.
FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

sábado, 8 de mayo de 2010

LATÍN, ILUSTRACIÓN Y LIBERALISMO: UNA REVISIÓN DE LAS HUMANIDADES (II)


Dentro de la serie que hemos iniciado sobre la enseñanza del latín durante la transición que va del siglo XVIII al XIX hoy vamos a centrarnos en los tiempos posteriores a las invasiones napoleónicas. Puede haber aún personas a las que les resulte extraño que la enseñanza de una asignatura como ésta, aparentemente inmutable, dependa tanto del acontecer histórico. Pero así es y así lo vamos a seguir contando. Hoy entramos en el mundo del liberalismo. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
En la Europa resultante tras la derrota final de Napoleón Bonaparte se dan cita dos formas de estética: la residual del propio siglo XVIII, que pasará a llamarse de manera despectiva “clasicista”, y la ideología emergente de aquellos que con el tiempo llamaremos “románticos”. España ocupa un nuevo papel en el contexto de esta nueva estética, ya como objeto de estudio en sí de los modernos ideales románticos (la épica, el teatro de Calderón...), ya como incierta receptora de las nuevas ideas. Esta nueva estética, que era el vehículo de un incipiente nacionalismo español (después lo será también de otros nacionalismos), no supo ser aprovechada por los ideólogos de Fernando VII1. El error de no aceptar estas “nuevas ideas” y de aferrarse a unos ideales estéticos “clasicistas” supone una de esas paradojas que nos encontramos constantemente en la Historia, sobre todo cuando en la estética penetra arbitrariamente la carga de la ideología política. Después, los liberales moderados supieron sacarle partido a todo este nuevo ideario estético y político basado en la equivalencia de una lengua, una literatura y una nación. En lo que a la enseñanza de la lengua y la literatura latina respecta, ya se había desarrollado en España una enseñanza acorde con la propia Historia crítica, de carácter ilustrado, en autores como Mayáns o el propio Sempere. Tales propósitos quedan suspendidos ante una vuelta a la enseñanza tradicional del latín asumida a partir de 1823 por los responsables de la educación durante la época de Fernando VII, que marginan tales contenidos históricos, en particular la incipiente Historia literaria, que termina identificándose con el pensamiento liberal. Tal planteamiento no volverá al panorama educativo, consiguientemente, hasta el regreso de los liberales al poder, aunque no de la misma manera en lo pudieron concebir los pensadores ilustrados, pues la nueva asignatura tendrá ya claramente unos presupuestos románticos. De esta forma, mientras la enseñanza del latín continúa desarrollándose desde una perspectiva dominada aún por la estética del clasicismo, la nueva asignatura de orientación histórica se inspirará en las nuevas ideas que sobre todo vienen de Alemania (en particular de Friedrich Schlegel, cuya Historia de la literatura antigua y moderna se traduce al castellano en 1843). Este reparto no implica, naturalmente, una identificación simplista de la enseñanza del latín con el absolutismo, aunque cabe ver tal tendencia si comparamos la mera enseñanza preceptiva del latín legislada por Calomarde (1824) durante la llamada década ominosa de Fernando VII con el planteamiento que de la enseñanza de la literatura latina hace Gil de Zárate (1855) ya en los primeros años del reinado de Isabel II. El primero opta por una estricta enseñanza de la Poética y la Retórica, mientras el segundo incorpora las novedosas enseñanzas de contenidos literarios, ausentes desde los tiempos de la Ilustración:

“Hase visto en la sección tercera cómo quedó organizada en los Institutos la enseñanza del latín, y los principios que guiaron en la organización de esta parte principal de los estudios clásicos. Aunque se creyó que aquello era bastante para saber la lengua de los romanos, tal cual hoy se necesita, esto es, no para hablarla y escribirla, cosa desusada en el día y que lo será más en adelante, sino para la cabal inteligencia de los autores más difíciles; todavía se tuvo por insuficiente semejante estudio para aquellos que en sus respectivas carreras necesitan mayores conocimientos, o desean profundizar más en tan interesante materia. Con este objeto, se estableció en todas las facultades de filosofía un curso especial de Literatura latina, asignatura que jamás había existido en nuestras escuelas. Destinado este curso a conocer todos los escritores que han ilustrado la lengua del Lacio, desde el origen de la república romana hasta la edad media, como igualmente a perfeccionarse en su traducción, forma el complemento de una serie de estudios bien graduados desde los rudimentos hasta lo más arduo; resultando de todo una instrucción muy superior a la que en todos tiempos se había podido adquirir entre nosotros, y preferible a la que comprenden los que sólo buscan el arte de chapurrear una jerga bárbara, y sin aplicación alguna en las costumbres literarias de estos tiempos.” (Antonio Gil de Zárate, De la instrucción publica en España, Oviedo, 1995, p. 117, publicado originalmente en 1855).

En realidad, entre Sempere y Gil de Zárate había ocurrido un hecho singular que va a condicionar la transición entre los tiempos ilustrados y los liberales: al igual que ocurre con la propia enseñanza de la literatura española, se va creando paulatinamente un nuevo paradigma, el de la Historia de la literatura latina frente al de la mera enseñanza de su lengua y los mejores autores, es decir, la Retórica y la Poética. De esta forma, si durante la época de Fernando VII las Escuelas de Latinidad de Calomarde optan por el modelo de estudio tradicional, el nuevo paradigma histórico no aparecerá en el panorama educativo español hasta el decenio de los años 40 del siglo XIX.

FRACISCO GARCÍA JURADO HLGE

martes, 4 de mayo de 2010

LATÍN, ILUSTRACIÓN Y LIBERALISMO: UNA REVISIÓN DE LAS HUMANIDADES (I)


Iniciamos hoy una pequeña serie de textos sobre un capítulo concreto de la historia de la enseñanza del latín. La educación es un fiel reflejo de lo que ocurre en la Historia, tanto de la de ayer como la de hoy. Es así como los grandes hechos históricos y políticos han dejado su huella en el casi invisible mundo de las humanidades. El profundo cambio que experimenta la enseñanza del latín desde finales del siglo XVIII hasta el cuarto decenio del XIX nos servirá para ilustrar esta huella de la Historia en la enseñanza. De hecho, el latín dejó entonces de ser una lengua de comunicación para convertirse tan sólo en una lengua clásica, en una llave para conocer el pasado. Se daba así un paso decisivo para la transmisión del conocimiento por medio de las lenguas modernas. Dos figuras representativas, el erudito ilustrado Juan Sempere y Guarinos (1754-1830) y el político liberal Antonio Gil de Zárate (1796-1861), nos servirán de hilo conductor a través de este complejo cambio. Asimismo, el testimonio de un latinista, Luis de Mata i Araujo (hacia 1785-1846), será fiel reflejo de la profunda transición. FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE


Cuando Sempere y Guarinos tradujo libremente las Reflexiones sobre el buen gusto en las ciencias y en las artes de Ludovio Antonio Muratori (Madrid, 1782), aprovechó la oportunidad para añadir su propio Discurso sobre el gusto actual de los españoles en la literatura. Allí expuso una interesante reflexión acerca de la necesaria reforma de los planes de estudio en España, con sorprendentes reflexiones sobre las lenguas antiguas y las modernas. Tales reflexiones parten de la conocida preferencia de Benito Feijoo (en la imagen) por la lengua francesa, como vemos en el texto del propio Guarinos:

«Esto mismo dio motivo para que se fuera extendiendo el estudio de la lengua francesa, y con ella el conocimiento de los buenos libros con que aquella sabia nación ha adelantado la literatura. Aunque al principio muchos la despreciaban, o por el desafecto a los franceses, o por la falsa persuasión en que estaban nuestros nacionales de que no había más que descubrir en las ciencias que lo que se sabía en nuestro país. Ella fue gustando poco a poco, hasta que llegó a hacerse moda, y a componer una parte de la educación de la nobleza. El padre Feijoo tenía formado un concepto tan elevado de su utilidad, que no dudó en anteponer su estudio al de la griega y demás orientales. Este honor han merecido siempre las lenguas sabias y en las que se publican obras dignas de la inmortalidad.» (Discurso..., pp. 208-212).

Sempere aprueba la opinión de Feijoo favorable al avance de la lengua francesa, pero también es consciente de que las palabras de éste pertenecen a los albores de la Ilustración española[1]. Si bien es verdad que la enseñanza del francés estaba pugnando en la práctica con la del latín, sin embargo, los asertos de Feijoo no parecen entrar en contradicción con la propia consideración positiva que tiene Sempere de las lenguas clásicas. Nuestro autor desea, ante todo, que se libere al latín de una enseñanza viciada, «estéril y fastidiosa». Es ahí donde hay que apreciar la importancia tanto de los propios contenidos –la necesidad del estudio de la Mitología, la Historia, la Elocuencia y la Poesía– como del uso de una lengua moderna para el aprendizaje de la gramática:

«A esta se añadía el mal método con que se enseñaba. Precisados los niños a aprender los preceptos en latín, se disgustaban luego de un estudio tan estéril, y fastidioso, y esta desazón debilitaba el ardor, y el deseo de saber que en ellos es tan natural. Reducida la enseñanza a sólo el estudio seco de las reglas y a la versión literal y servil de tal o cual autor, no de los mejores, carecían de la utilidad de la Mitología, del conocimiento del oculto artificio en que consiste la belleza, y la elegancia de la lengua Latina, de la noticia de los mejores autores de Historia, de Elocuencia, y de Poesía: todo lo cual es indecible cuánta fuerza tiene para civilizar los hombres, siendo éste el motivo porque entre nosotros se llama con mucha propiedad estudio de las Humanidades.» (Discurso..., pp. 238-239).

Prueba de que ya estamos en otro momento de la Ilustración, lejano a los primeros tiempos de Feijoo, es el hecho de que a esta recuperación pedagógica hayan contribuido, en opinión de Sempere, las obras gramaticales de dos grandes ilustrados, Gregorio Mayáns e Juan de Iriarte, así como de los Padres escolapios[2]. Lo cierto es que las obras gramaticales de Mayáns y de Iriarte fueron fruto notable de los intentos de renovación educativa de la lengua latina en la España del siglo XVIII, tras la expulsión de los jesuitas en 1767. Pero lo que supone una verdadera revolución en la consideración del latín por parte del pensamiento ilustrado es su abandono definitivo como lengua de comunicación y para la creación literaria:

«Es verdad que no son ahora tan frecuentes las obras de buena latinidad como en el siglo XVI. Mas esto no es ya por falta de buenos principios, y de ilustración, sino porque la nación va conociendo, como todas las demás de Europa, que la lengua, de que debe hacerse más caso para las obras, que se consagran a la utilidad pública, es la nativa, o la del país donde se habita.» (Discurso..., p. 241).

Es ahí donde las palabras de Feijoo alcanzan todo su sentido. El texto de Sempere sobre el latín es, pues, el resultado de un sutil equilibrio entre las corrientes afrancesadas del pensamiento ilustrado español y las propiamente hispanas. Por tanto, no podemos hablar de una actitud contraria al latín en la cultura hispana de la Ilustración, sino simplemente, de un cambio de actitud que se integra dentro de los deseos de reforma educativa. El Discurso de Sempere es un documento singular, dado que constituye un buen resumen de los ideales educativos de la etapa culminante de la Ilustración española. Por lo demás, las ideas que en él se exponen con respecto a la enseñanza de la lengua latina constituyen una excepcional síntesis de la evolución de los diversos juicios que fueron esgrimiéndose a lo largo del siglo XVIII. El punto de vista de Feijoo y la herencia del humanismo español aparecen ahora singularmente asociados en la consideración de un latín que no debe ya hablarse, pero sí estudiarse como lengua histórica y que, como tal, debe aportar en su enseñanza mucho más que los meros datos gramaticales.

FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE


[1] Como hace notar Luis Gil en su Panorama social del humanismo español (Madrid, 1997, pp. 151-152), el desinterés que Feijoo sentía por las lenguas clásicas está relacionado, curiosamente, con un complejo de inferioridad con respecto a lo español, y es propio del panorama cultural de los primeros decenios del siglo XVIII, ya que hacia la cuarta década se produce un cambio sustancial en las actitudes hacia la renovación de la cultura.
[2] Estos ocuparon una posición clave para la enseñanza del latín tras la expulsión de los jesuitas en 1767, tal y como ha estudiado Javier Espino en su trabajo titulado “Política y enseñanza del latín: liberales y conservadores en la gramática latina durante el reinado de Fernando VII”, Estudios clásicos 123, 2003, pp. 45-65.