sábado, 11 de junio de 2011

LA FIBULA PRENESTINA Y LAS HERRAMIENTAS HISTORIOGRÁFICAS

El asunto de los objetos falsos, sobre todo si son antiguos, suscita continuamente gran interés entre los especialistas y los meros aficionados. Precisamente, el documento que desde comienzos del siglo XX había pasado oficialmente a ser el primer testimonio escrito de la lengua latina quedó en entredicho cuando Margherita Guarducci cuestionó su veracidad en el libro titulado La cosiddetta fibula prenestina. Antiquari, eruditi e falsari nella Roma dell'Ottocento ("Atti della Accademia Nazionale dei Lincei. Memorie", Classe di scienze morali, storiche e filologiche, serie VIII, vol. 28, fasc. 2, Roma 1980). Estas notas de urgencia tan sólo pretenden poner en relación el “oportuno” hallazgo de la fíbula en 1887 a cargo del arqueológolo alemán Wolfgang Helbig, y en consonancia con el desarrollo de la lingüística latina. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
En sus estudios sobre falsarios, Julio Caro Baroja establece una útil división entre dos tipos de falsificaciones: (a) las más antiguas y simples, que consistirían en crear un documento falso, y (b) las más elaboradas, que implican la reinterpretación de un documento o de una serie de documentos para intentar demostar una determinada explicación. Acaso sea oportuno pensar, asimismo, en un tercer tipo de falsificación, que es precisamente la que aúna uno y otro procedimiento, a saber, (c) el meramente factual con el interpretativo.
La clave de mi argumentarción es esta: el texto “MANIOS MED FHEFHAKED NUMASIOI” que aparece en la fíbula de Preneste, datada en el siglo VII a.C., es un documento interesantísimo, sobre todo para los estudiosos de la lengua latina y no tanto para los de la historia de la literatura. Estos dos paradigmas, el de la lingüística latina y el de la historia de la literatura romana, se separaron, precisamente, a finales del siglo XIX. Prueba de ello es la marginación de los textos arcaicos llevada a cabo por Sigmund Teuffel en un importante manual publicado inicialmente en 1862, y que dejó oficialmente al margen los documentos más antiguos del discurso propio de la historia de la literatura romana para centrarse, sobre todo, en la literatura clásica. Los documentos arcaicos pasaron, por tanto, a ser objeto de la lingüística latina, nuevo paradigma que tanto debe a los estudios indoeuropeos y que probablemente arranca con la gramática comparada de la lengua latina compuesta por el danés Madvig. De ahí nace, pues, la oportunidad de este documento que precisamente fue dado a conocer durante los años finales del siglo XIX: la lingüística latina, es decir, el nuevo discurso científico e historiográfico independiente ya del de la historia de la literatura, lo convirtió en un documento fundamental. Desde el punto de vista epigráfico, el C.I.L. legitimó su valor, mientras que en la lingüística latina la pieza pasó al relato normal de la Historia de la lengua (p.e. en F. Stolz), mientras que el gran filólogo A. Ernout lo difundió a comienzos del siglo XX en su Recueil de textes latins archaïques. En resumen, quiero sugerir que la Fíbula de Preneste, al margen de su valor implícito, incluso de su verdad o falsedad, se benefició de un nuevo paradigma científico para alcanzar la relevancia de que ha gozado hasta los años ochenta del siglo XX. Puede que a los especialistas en historia de la lengua latina este paradigma les parezca hoy algo natural, casi invisible, pero el caso es que en la primera mitad del siglo XIX no existía como tal. En el supuesto de que la fíbula hubiera aparecido a finales del siglo XVIII o comienzos del XIX las sospechas serían mucho menores, por no decir inexistenes. FRANCISCO GARCÍA JURADO

miércoles, 8 de junio de 2011

EL DÍA QUE ME ENFADÉ CON PLINIO EL JOVEN

Él no tenía culpa alguna, vaya esto por delante, pero el caso es que hace unos meses sentí un gran enfado contra Plinio el Joven debido, entre otras cosas, al gran trabajo que me estaba dando terminar el libro que he dedicado a ocho (¡sólo ocho!) de sus cartas. Pensaba en cuánta gente publica libros de éxito sin apenas esfuerzo, a manera de productos comerciales pensados para su venta masiva, y en lo idiota que yo me sentía tras tantas horas de improductivo esfuerzo. De hecho, no quise ir a ver el lago de Como, su lugar de origen, cuando llegué a la cercana Bérgamo (en la fotografía). POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Hacía frío y era ya noche cerrada cuando llegamos desde el aeropuerto a la estación de Bérgamo. El hotel no quedaba más que al otro lado de la calle, por lo que tras dejar las maletas salimos prestos a pasear por la recta calle que poco a poco permitía intuir la antigua ciudad, en lo alto de la montaña. Bérgamo es una ciudad pequeña, propia para visitar durante una mañana y así poder aprovechar el resto del tiempo para recorrer otros lugares, como Milán o Brescia. Pensando, precisamente, en posibles itinerarios, María José me preguntó que si quería ver el lago de Como, no sé si ingenuamente o con segunda intención. Fue entonces cuando al frío de la noche se unió cierta sensación desapacible que ya me había acompañado desde Madrid. Estos días intentaba cerrar la antología de cartas de Plinio el Joven, un libro que va a tener el bonito título de "EL VESUBIO, LOS FANTASMAS Y OTRAS CARTAS", pero que en aquel momento no era más que una pesadilla ante los interminables y tediosos comentarios gramaticales que había que escibir para que figuraran a pie de página en el texto latino. Al oír la palabra "Como" no pude menos que ponerla en relación con el pobre Plinio, y expresé con todo el desprecio que me fue posible el desinterés por llegar hasta allí. En realidad estaba enfadado conmigo mismo y con lo inmenso que a veces puede resultar un trabajo bien hecho. Entendía que este libro estaba conllevando demasiado esfuerzo para el resultado final y pensaba en tantos supuestos escritores que publican libros como churros y le sacan a esa actividad un rendimiento económico inversamente proporcional al de sus esfuerzos. En realidad, ya que no escibo por dinero, al menos lo hago por el placer de investigar y de aprender, pero este libro ya no me reportaba placer alguno al respecto. Es probable que pocas cosas conlleven tanto trabajo y se vean menos que una edición escolar de un autor. La codirectora de la colección, María Jesús Pérez Ibáñez, ha mostrado una paciencia casi infinita con mis hábitos de trabajo y mi propia falta de paciencia, pues más de una vez yo le había declarado mi propósito de abandonar la empresa, y mi estancia en Bérgamo se correspondía con una de esas etapas de desesperación. Hoy, cuando corrijo al fin las pruebas de imprenta, pienso de manera retrospectiva en aquella noche fría, donde la emoción de una ciudad nueva y de pisar otra vez Italia quedaba enturbiada por una sensación de desasosiego. Sin embargo, no por tener más años uno deja de aprender que el buen hacer de algunas personas no tiene nada que ver con la vanidad o el dinero. Esa honestidad por el trabajo bien hecho es algo que se aprende o no se aprende, es cierto, pero no deja de ser, en su discreción, una virtud admirable. En algún momento habrá que volver a Italia para visitar (ahora sí) Como, y saludar a Plinio el Joven con los deberes bien acabados. FRANCISCO GARCÍA JURADO

jueves, 2 de junio de 2011

PEDANTERÍA Y GLAMOUR

Preparando o, más bien, anticipando notas para una charla que tendrá lugar en octubre sobre el humor y la historia de la enseñanza, he vuelto a algunos textos interesantes que quiero compartir ahora con mis lectores. En alguna ocasión hemos hablado aquí sobre los pedantes, cuya relación con los pedagogos quizá ya no sea hoy tan clara. Pero en la palabra "pedante" sigue viviendo un sesgo ridículo que define la esencia de la comicidad del personaje del maestro en la literatura. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
El gran lexicógrafo de nuestro siglo de oro, Sebastián de Covarrubias, define de esta manera tan concisa y certera el término "pedante" en su Tesoro de la lengua castellana o española (1611): “El maestro que enseña a los niños; es nombre italiano, del griego pais, paidos, puer.” Alguien dirá ante esta definición que dónde está el sentido peyorativo del término. Aparentemente no puede verse, pero está, precisamente, en su origen italiano, más en particular en el contexto literario donde nace, que es la comedia. En este sentido conviene cotejar esta definición con lo que nos cuenta Michel de Montaigne en su ensayo titulado, precisamente, “De la pedantería” (“Du pedantisme”, I, XXV):

“Recuerdo que en mi infancia me desagradaba ver siempre en las comedias italianas un pedante chocarrero, y hallar que el sobrenombre de maestro no tenía mejor significado entre nosotros. Porque, estando yo a cargo de maestros, ¿qué podía hacer sino sentirme celoso de su reputación? Procuraba excusar el caso achacándolo a la natural desavenencia que hay entre el vulgo y las personas raras y excelentes en su juicio y saber al punto de que unos y otros obran de manera del todo distinta; pero aquí me desconcertaba el advertir que los hombres de más valía eran los que más desdeñaban a los pedantes (...)” (Michel de Montaigne, Ensayos Completos. Traducción de Juan G. De Luaces. Notas prologales de Emiliano M. Aguilera, I-III, Barcelona, Orbis, 1985, p. 91).

Si el término "pedante" pasó a ser peyorativo, algo distinto le ocurrió a otro término también relacionado con el mundo académico, precisamente el del enseñante de gramática. En este sentido, "glamour", tan frecuente en las revistas de moda y en la prensa rosa, conforma un doblete con "grammar". El origen de ambas palabras es el término griego "grammatiké", a través del latín "grammatica". La palabra latina derivó en tiempos medievales al sentido de aprendizaje, con cierta derivación hacia la magia. Esta variante quedó en francés antiguo, concretamente en la voz "gramaire", que adoptó el inglés con la forma "grammar". Pero el inglés también adoptó otra variante del francés antiguo que debía de ser "glomerie" o "glamorie", y que sobrevivió en escocés como "glamour". El escocés sólo conservó el sentido de "conjuro mágico", que en el siglo XIX derivó hacia el sentido por el que hoy conocemos la palabra "glamour", relativo ya al encanto y al donaire. Así es como lo explica, al menos, el diccionario Webster's. FRANCISCO GARCÍA JURADO

lunes, 30 de mayo de 2011

UN HERMOSO LIBRO: "HISTORIA CRITICA LATINAE LINGUAE"

Hasta que la lengua francesa se impuso como vehículo de conocimiento a lo largo y ancho de toda Europa, todavía el latín seguía siendo, durante el siglo XVIII, una lengua franca para la divulgación y la enseñanza. En 1716, Johann Georg Emmanuel Walch (o Walchius, 1693-1775), profesor en Jena, compone un hermoso libro en pulcro latín cuya traducción a una lengua moderna, además de innecesaria, lo convertiría en irreconocible y anacrónico. Hoy quiero relatar alguna de esas joyas olvidadas de la bibliografía que me reporta el Catálogo de Manuales. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
El libro en cuestión se titula "Historia critica Latinae linguae", pero traducirlo como "Historia crítica de la lengua latina" puede llevarnos, ciertamente, a un anacrónico espejismo. Antes de que en los primeros decenios del siglo XIX surgiera la disciplina que hoy conocemos como “Lingüística”, tan ligada al idealismo humboldtiano, encontramos durante el siglo XVIII algunas Historiae Latinae linguae, en particular las de Walchius y Funccius, que utilizan aún como metalenguaje la lengua latina y que servirán, ante todo, para el desarrollo ulterior no tanto de los estudios lingüísticos como de las modernas historias de la literatura romana. La historia de la lengua latina (en particular la literaria) queda así ligada a la propia historiografía literaria romana, hasta que el desarrollo de la lingüística histórica dé lugar a la primera gramática histórico-comparada de la lengua latina, la del filólogo danés Madvig, que implica el paulatino paso a un nuevo paradigma: el de la “lingüística latina”, independiente ya del estudio literario, y ligada a disciplinas como la fonética y la morfología, o la propia historia de la lengua.
De esta forma, y si no se tienen en cuenta estos hechos, los historiógrafos de la literatura romana pueden caer en el “error” anacrónico de considerar las obras de Walchius y Funccius dentro del ámbito de la lingüística, cuando en realidad se formularon cuando aún no existía este nuevo paradigma y quedaba todavía un siglo largo para que se relacionara formalmente con el estudio de la propia lengua latina. Materialmente, el ejemplar que muestro en estas fotografías es una primera edición, la de 1716, mucho más rara que la segunda, de 1729. Me ha sorprendido encontrar en esta editio princeps un grabado en el frontispicio que no he encontrado en la segunda edición. En él se muestra una doble VIA AD LATIVM, la recta y buena, frente a la tortuosa y mala. Asimismo, vemos dos modelos de docente que ya podemos reconocer en las obras humanísticas del siglo XVI. Esta VIA es la base que motiva la palabra "currículo", que muestra la metáfora del aprendizaje como un recorrido. En España, Casto González Emeritense, durante la época de Carlos IV, y Alfredo Adolfo Camús, en tiempos de Isabel II, se inspiraron en esta obra de Walchius para intentar reformar la enseñanza de las LITTERAE LATINAE en España. FRANCISCO GARCÍA JURADO

sábado, 28 de mayo de 2011

ALFREDO ADOLFO CAMÚS EN EL DICCIONARIO BIOGRÁFICO ESPAÑOL



Una gota en el océano, pero una gota al fin y al cabo. Esto es lo que pensé ayer cuando vi en una fotografía los primeros veinticinco tomos, la primera mitad, del Diccionario Biográfico Español, publicado por la Academia de la Historia. Esa gota a la que me refiero es la biografía de mi querido Alfredo Adolfo Camús y Cardero, quien tiene entre sus mayores méritos haber enseñado litetatura latina a personas como Benito Pérez Galdós o Leopoldo Alas Clarín. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

Ya he referido la anécdota en otro lugar. Cuando supe de que el proyecto del Diccionario Biográfico era ya una realidad, no pude resistir la tentación de telefonear a la Real Academia de la Historia para saber si se había previsto incluir esta biografía. Me constestaron que sí, pero que desgraciadamente estaba ya encargada a una persona. Hacía ya un tiempo había publicado mi pequeña monografía sobre Camús, en Ediciones Clásicas, e imaginé entonces, como en un ataque de celos intelectuales, a alguien despojando mi pequeño libro para hacer la biografía de mi amado profesor. Por ello, tampoco pude resistir la tentación de preguntar a mi interlocutora de la Academia que a quién se le había asignado la biografía. La respuesta no pudo ser más admirable y conmovedora: era yo mismo el elegido y, además, se me ofrecía, en calidad de director del Grupo de Investigación "Historiografía de la literatura grecolatina en España", proponer nuevas biografías para que las elaborara el equipo.

No por haber escrito un libro sobre Camús dejé de volver a las fuentes documentales. Las normas para la redacción de la ficha eran claras y concretas. Debía atenerme a datos propios de la biografía externa del autor, es decir, esos datos que llamamos objetivos, como fechas y lugares. Volví con María José Barrios al Archivo Histórico Nacional (en la fotografía), donde revisamos, dentro de la sección de Universidades, la hoja de servicios de Camús. Entre otras cosas, encontramos el texto de su lección de cátedra sobre Aristóteles, que luego María José integró en su relato sobre Camús helenista. Aunque los datos externos parecen sencillos, me vi obligado a repensar la fecha de nacimiento de Camús. Algunas fuentes dicen que nació en 1797, y que su padre fue un "convencional" francés. Otras fuentes, en particular los datos de su hoja de servicios, dan una fecha mucho más tardía, precisamente 1815. Asimismo, para la primera fecha se nos da la ciudad de Baena como lugar de nacimiento, mientras que para la segunda es París. Intuyo una historia algo más ardua en este baile de fechas, y aún hoy no me decanto ciegamente ni por una ni por otra. A resultas de este trabajo de investigación, fui redactando con calma, y con todo el esmero tipográfico que se me requería, la ficha correspondiente a Camús, que terminaría rematada por la bibliografía acerca de su obra y de los estudios concernientes a su figura. Hoy día he ampliado esa bibliografía, pues mi estudio biográfico y bibliográfico sobre Camús sigue estando vivo. En algún lugar oí que hacer una biografía es tan difícil, acaso, como vivirla. De momento, ha sido posible hacer entrar a un personaje secundario, pero básico para entender algunas cuestiones educativas y estéticas, en la galería biográfica española. FRANCISCO GARCÍA JURADO

jueves, 26 de mayo de 2011

OVIDIO Y RAMÓN PÉREZ DE AYALA: TRISTISSIMA IMAGO

Van terminando las clases de Pervivencia de la literatura latina, y recorremos estos días las lecturas del poeta Ovidio entre los modernos. Joyce, Pérez de Ayala y Alberti recuerdan su paso por colegios jesuíticos, y curiosamente los tres tienen en común la presencia más o menos velada del poeta Ovidio. Versos aprendidos de memoria, años de formación que quedaron para siempre en sus conciencias. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE


Ramón Pérez de Ayala traza en su novela autobiográfica A.M.D.G., publicada en 1910, un terrible retrato de la enseñanza de los jesuitas. Aunque en este caso aparece un profesor circunstancial de lengua latina, el peculiar uso del latín en los títulos de cada capítulo, así como la sorprendente contextualización de un texto de Ovidio que veremos al final del pasaje citado:

"El padre Mur perseguía la oportunidad de satisfacer su venganza en Bertuco, el cual en cierta ocasión, había repelido coléricamente las asiduidades cariciosas y pegajosas del jesuita.
(...) Entre las muchas artimañas y máculas ladinas con que Mur cazaba a los enredadores, una de ellas consistía en volverles la espalda, con lo cual ellos, juzgándose libres por el momento, verificaban sin disimulo su travesura; mas, siendo luenga la nariz de Mur, y descansando las gafas en lo más avanzado del apéndice nasal, bastábale subir, como al desgaire, la mano hasta el rostro, poniéndola detrás de los vidrios para tener un espejo en donde se retrataba todo lo que detrás de él acontecía. (...) Mur, en aquel punto, hacía espejo de sus gafas; pero no supo interpretar los movimientos del niño en derecho sentido, sino que dio por averiguado que le hacía burla y muecas de odio con todo desembarazo y desvergüenza. (...)
-¡Lame la tierra! -rugió Mur, con voz estrangulada de ira y torpe fruición.
El paso continuo de centenares de pies había desgastado el ladrillo, formando un polvo terroso y sucio. De otra parte, las fauces de Bertuco estaban resecas. Así que por las tres veces que puso la lengua sobre el suelo convirtiósele en un objeto extraño y asqueroso, como petrificado, que le ocasionaba fuertes torturas y le impedía hablar.
-¡No puedo más...! -articuló con esfuerzo.
Mur le puso el tosco zapato sobre la nuca. El niño, en una convulsión, quedóse rígido, yacente, bañado el rostro en sangre.
-Marchaos ahora mismo de aquí. Y como digáis algo a alguien os hago lo mismo a vosotros.
Los niños huyeron, aterrorizados. Y en estando a solas, el jesuita arrastró el cuerpo de Bertuco hasta un grifo que hay contiguo a los lugares excusados, y chapuzándole la cabeza le devolvió el sentido.
-Lávate bien esas narices. Cuidado con que nadie entienda nada de esto, porque te arranco el alma negra que tienes, canalla. Hoy no te confiesas, porque eres un sacrílego, ni cenas. Te pondrás en el centro del refectorio, en donde todos vean tu cara maldita de criminal, y no probarás bocado hasta que me repitas de memoria la elegía triste de Ovidio. Por la noche, no cerrarás la puerta de la camarilla; te pones de rodillas en el umbral hasta que yo vaya. ¡Ea! Ya estás listo. Al estudio.
A la hora de la cena, convergiendo a él las miradas de todos los alumnos que le aborchornaban, procuró desentenderse de todo y aprender cuanto antes la elegía. Su cabeza estaba débil y dolorida; las mallas de la memoria, tan sueltas que dejaban escapar los versos a ella confiados. Al final de la cena sabía tan sólo una pequeña parte:

Cum subit illius tristissima noctis imago,
qua mihi supremum tempus in urbe fuit,
cum repeto noctem, qua tot mihi cara reliqui,
labitur ex oculis nunc quoque gutta meis

Nada más." (Ramón Pérez de Ayala, A.M.D.G. La vida en los colegios de jesuitas. Edición de Andrés Amorós, Madrid, Cátedra, 1995 quinta edición, pp.335-338)

Este testimonio aparece dominado por la amargura. Estamos ante un profesor ficticio, aunque de profundo transfondo real, de carácter religioso, en concreto un jesuita, dotado de “luenga nariz” (Quevedo) y gran cólera, a quien el autor se refiere bien como "el padre Mur" o simplemente "Mur". Está claro, al igual que veíamos en el retrato que hacía Unamuno de su profesor, que las convenciones del retrato del licenciado Cabra siguen realmente vivas, mezclándose con lo meramente autobiográfico. La impresión general es de rabia y profunda pena , como nos muestra la violencia extraordinaria del pasaje, así como el posterior encierro del muchacho; esta impresión adquiere unos acusados tintes dramáticos. Las alusiones al sistema educativo y a la pedagogía de los jesuitas están expuestas a lo largo de toda la novela, en especial en el capítulo titulado "Pedagogía del padre Mur". En el texto en cuestión que estamos comentando se puede ver de pasada el recurso al estudio memorístico utilizado como castigo.


Por último, en lo que a la referencia a los autores latinos respecta, resulta sorprendente la colocación de un emotivo pasaje ovidiano, citado precisamente en latín ("Cuando acude a mi recuerdo la imagen tristísima de aquella noche / en que pasé los momentos finales en la ciudad, / cuando vuelvo a recordar aquella noche en la que tantas cosas queridas tuve que dejar, / aún ahora una lágrima se desliza de mis ojos"), y que pone un contrapunto lírico a una escena repleta de dolor y violencia. Ciertamente, al igual que Ovidio recuerda su última noche en Roma, antes de partir al exilio, ésta será también la última noche de Bertuco en el colegio de los jesuitas. FRANCISCO GARCÍA JURADO

martes, 24 de mayo de 2011

SÉNECA Y LOS TOROS, SEGÚN RAMÓN PÉREZ DE AYALA

La literatura grecolatina tiene la ambigua ventaja de ser universal o, al menos, de no quedar remitida a una nación actual concreta. Este carácter universal no la convierte en una literatura nacional al uso, como ocurre con literaturas formadas en tiempos más recientes, como la española, la inglesa o la francesa. Sin embargo, se da la interesante circunstancia de que algunos autores grecolatinos se han considerado como parte de la historia literaria de una nación moderna. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Este es el caso de la cuestión de la literatura hispanorromana, considerada en otros tiempos sobre todo como parte de la española. Según este criterio, un autor como Séneca vendría a ser, en definitiva, un autor español. Es, justamente, dentro de este planteamiento donde nos encontramos este heterodoxo retrato que Ramón Pérez de Ayala traza del autor en el ensayo titulado “Nuestro Séneca”:
“La primera vez que vi, en el Prado, la cabeza de Séneca, sin saber todavía quién podría ser, me pareció la catadura de un gitano viejo. En esta impresión falaz cooperaba no sólo la disposición capilar del peinado y las patillas, muy a lo flamenco, mas también la gran finura aguileña de los rasgos faciales.
Esta similitud es desconcertante, por cuanto los gitanos no sobrevienen en Europa y España sino unos catorce siglos después de nacer Séneca. Si no de un gitano, dicha cabeza bien pudiera haber pertenecido a un torero retirado. Del famoso «Lagartijo» solía afirmarse que hablaba como un Séneca. Y Nietzche denominó a Séneca «el toreador de la virtud», por razones, no poco irrazonables, de que más adelante haremos mención.
Huelga señalar que el arte de los toros no se practicó en España hasta los siglos medios. Pero, si no toros bravos, Séneca hubo de lidiar enemigos más peligrosos, a lo largo de su vida, poniendo a juego a veces su magistral habilidad; en ocasiones su noble coraje; y en algún mal trance su instinto de conservación. Esto, en la jerga taurina, se llama volver la cara, salir por pies, tomar el olivo y saltar la barrera.” (Ramón Pérez de Ayala, “Nuestro Séneca”, en Nuestro Séneca y otros ensayos, Barcelona/Buenos Aires, Edhasa, 1966, p. 25)

Este retrato de Ramón Pérez de Ayala que convierte a Séneca nada menos que en un anacrónico torero arrugaría el entrecejo a más de un serio estudioso del autor latino. Es, precisamente, el tono relajado de ese largo ensayo en que revisa la figura y la obra (incluso traduciendo un fragmento del Thyestes), el que le permite hacer una aproximación tan original no exenta de buen humor. Pero lo que más significativo nos resulta es el fuerte contenido intencional del propio título del ensayo[1], que subraya el anacrónico carácter español de Séneca, dentro de una consideración de las naciones como algo inmanente, y no como un producto del devenir de la historia[2]. La afirmación de la españolidad de Séneca la toma Pérez de Ayala del regeneracionista Ángel Ganivet, quien en su Idearium español (Granada, 1897, p. 46) afirma que “Séneca no es un español, hijo de España por azar: es español por esencia”[3]. Esta circunstancia tan marcada de la españolidad de Séneca contrasta con la ausencia de cualquier referencia al respecto en otros textos que ya no se circunscriben al ámbito estricto de la cultura española. Salvando las distancias geográficas y temporales, observamos cómo el escritor chileno Jorge Edwards deja entrever, sin declararlo explícitamente, el carácter cosmopolita de Séneca, no aludiendo en momento alguno a su lugar de nacimiento y dejando adivinar por ello que Séneca podría haber venido al mundo en cualquier lugar civilizado del Imperio Romano:

“Parece que en sus años de adolescente siguió con gran pasión las enseñanzas de un filósofo, Sotión, seguidor de Pitágoras y que prescribía, debido a su creencia en la reencarnación de las almas, una dieta vegetariana. Dado que Séneca nació un año antes de Cristo, su juventud correspondió a tiempos de repliegue cultural, de dictadura, de profunda desconfianza frente a las ideologías y a las sectas exóticas. Los primeros cristianos iban a conocer esta atmósfera represiva, este mundo de la sospecha y de la delación, un poco más tarde. El padre del joven Séneca creyó, probablemente con buenas razones, que el hecho de adherirse a una doctrina filosófica y de no comer carne podía comprometer su futura carrera. Primero lo convenció de que debía renunciar a singularizarse. Después decidió mandarlo a Egipto, donde Galerio, el nuevo prefecto, era pariente suyo. Fueron seis años de tranquila concentración, de lectura, de conocimiento del mundo. A la vez, fueron años de postergación de su ingreso obligado en el mundo de la administración y de la política. Más tarde, en años de madurez y a consecuencia de luchas internas de poder, el emperador Claudio, sin llegar a desterrarlo, le asignó residencia en la isla de Córcega.” (Jorge Edwards, “El buen uso de Séneca”, en El País, 22 de marzo de 1997)

En este caso, tenemos a un Séneca ante todo viajero, y abierto a las influencias del exterior. Esta distinta perspectiva va a marcar diferentes actitudes ante la literatura clásica que diferenciará las letras de España con las del continente americano. Por ello, es aún más llamativo, si cabe, observar cómo María Zambrano ha sabido entender perfectamente esta singular tensión entre lo local y lo universal que podemos ver en la figura de Séneca:

“Séneca nació, como es sabido, en un rincón provincial de la España romana, en la silenciosa, encalada Córdoba. Salió de ella sin que a ella jamás retornara. Y sin embargo, es de los pocos hijos de España que le han devuelto acuñado en moneda indeleble, la vida que de ella sacaran. No es este el lugar de mirar a Séneca en lo que significa para la tradición de la cultura popular española. Al contrario, hay que seguir el rastro de su universalidad; de ver el motivo de su renacimiento.
Ser figura de la Historia universal, más allá del país, del terruño que le diera a luz, sólo puede acontecer a los que han encarnado una de las maneras más fundamentales de ser hombres. Porque el hombre es una criatura que admite, y aun requiere, varias versiones. Y cada una de estas versiones ya realizadas es precisamente una experiencia histórica, una figura trascendente. Una figura, un camino; una manera de aceptar la vida y la muerte.” (María Zambrano, El pensamiento vivo de Séneca, Madrid, Cátedra, 1992, pp.14-15)

Ciertamente, Séneca no fue español, pero algunos españoles se han sentido hijos de Séneca y ese es el privilegio de tener antepasados. En cierto sentido, habría que considerar si no estamos en este caso ante la búsqueda consciente de un precursor, ya que algunos clásicos como Séneca son esa constante que mantiene la continuidad de una cultura[4]. La cuestión de la literatura hispanorromana sigue teniendo vigencia tanto desde la perspectiva de la literatura no académica como de la historia del pensamiento hispano. FRANCISCO GARCÍA JURADO

[1] Matías López López señala, hablando de las innumerables citas que de Séneca hace Menéndez Pelayo, cómo éste seguía el uso propio de los autores cristianos primitivos de calificarlo como noster (Séneca, Diálogos. Introducciones, traducción y notas de Matías López López, Lleida, Universitat, 2000, p. 45).
[2] La cuestión de la “literatura hispanorromana” en los tiempos antiguos, que fue abiertamente aceptada por los más eminentes intelectuales españoles, hoy día resulta relevante únicamente para la historia de la cultura española moderna. Dice a este respecto José Luis Moralejo (“Literatura hispano-latina (siglos V-XVI)”, en José María Díez Borque (coord..), Historia de las literaturas hispánicas no castellanas, Madrid, Taurus, 1980, p. 15): “Es ésta una práctica que responde, en última instancia, a las mismas raíces que el tan traído y llevado «senequismo hispano» o «hispanismo de Séneca», que tuvo en Ganivet su más conocido formulador. Nosotros consideramos que no debe mantenerse tal actitud, por amplio que sea el aliento de los manuales de conjunto. El lector ya se habrá percatado de que estamos incidiendo en una cuestión todo menos banal. En efecto, con ella nos vemos implicados en la histórica lid entre A. Castro y Sánchez Albornoz en torno al origen y ser de lo hispánico (...)”.
[3] Así habla el mismo Pérez de Ayala acerca de Ganivet una páginas antes: “Ganivet, en su conciso y denso Idearium español, trata de asentar que el carácter (y la historia de España) es ni más ni menos que senequismo por los cuatro costados. Yo no me arriesgo a semejante afirmación; ni tampoco a denegarla en absoluto. Pero que, cuando menos, algunos costados (y acaso los más nobles, no sé si los más serios o los más frágiles) son permanentemente senequistas, aun en los españoles de temperamento más epicúreo, y aun inmoral; esto, para mí, es obvio. Por lo cual califico a Séneca como nuestro Séneca.
En el friso frontal de la gran literatura latina descuellan, par a par de las figuras más eminentes, cinco españoles. Cada uno de ellos es manantial de una corriente literaria, que, con las demás, confluyen en el gran río caudal de la literatura española autónoma.
Estos escritores hispanolatinos, y la respectiva corriente que emanan, son: Séneca, el estoicismo y el conceptismo; Lucano, el culteranismo; Marcial, el realismo satírico en carne viva; Quintiliano, el clasicista académico, y Prudencio, el clasicismo en la poesía cristiana” (Ramón Pérez de Ayala, “Nuestro Séneca”, o.c., p.19)
[4] Actualmente, dentro del marco del llamado Estado de la Autonomías, la cuestión de la “españolidad” de Séneca ha vuelto a resurgir con algunas complicaciones añadidas en lo que se refiere a los libros escolares de latín. Reproducimos un texto tomado del diario La Razón del domingo dos de junio de 2000: “El presidente de Anele, Mauricio Santos, recuerda haber realizado varias versiones del libro de Latín por culpa de Séneca. En Andalucía, el filósofo romano nacido en Córdoba era, evidentemente, cordobés. Pero en Cataluña, no: se trataba de un autor de la Hispania romana. Es, en fin, la poco conocida vertiente regionalista del latín”.