Esta charla pretende, ante todo, sugerir un paseo imaginario por la Ciudad Universitaria y, en especial, una de las universidades que en ella se alojan, la Complutense. Nuestro recorrido trata de unir una serie de puntos prácticamente invisibles para la mayoría de los que se relacionan cotidianamente con el Campus de Moncloa. El recinto de la Ciudad Universitaria se diseñó para dotar de un lugar simbólico a una centenaria institución en cuyo escudo aparece representado un bello cisne. Este cisne nos reporta directamente a la época de los humanistas, dado que hace referencia al gran promotor de la Universidad Complutense, inicialmente situada en lo que otrora fue la ciudad romana de Complutum. Pero la modernidad del campus de Moncloa también esconde una antigüedad presente. Para empezar, cabe preguntarse acerca de lo que es un “campus”, algo que nos remontará a las universidades de Nueva Inglaterra, que reconvirtieron los claustros medievales de Cambridge y Oxford, venerables cuadrángulos, en nuevos espacios abiertos al futuro. Precisamente, y no por casualidad, nuestra Ciudad Universitaria cuenta con varios de ellos, de entre los que sobresale el de la Facultad de Medicina, cuya estatua del portador de la antorcha simboliza como pocas el sentido de la tradición cultural y científica. También cabe señalar el que hubiera sido el cuadrángulo más espectacular de todos, el del paraninfo, proyectado inicialmente como una catedral gótica que nunca se llevó a cabo. La catedral gótica simbolizaba el origen medieval de las universidades, como las de Bolonia o París. Pero, antes de proseguir, cabe preguntarse qué es un “paraninfo” y por qué se llama de esta forma, lo que nos llevará hasta el viejo edificio la Calle de San Bernardo, levantado donde en otro tiempo estuvo el Noviciado de los jesuitas. Una inscripción latina, dedicada a la reina Isabel II, nos sorprende al entrar en aquel venerable recinto, y esto traza ahora una nueva ruta por las inscripciones latinas, que nos lleva al así llamado “Arco de la victoria” de Moncloa, donde anacrónicos ecos imperiales y virgilianos han enmudecido ante el ruido de los miles de vehículos que pasan a diario. Este inscripción habla de las armas vencedoras, y meditaremos sobre la inscripción invisible que nos habla sobre las armas vencidas. Otra inscripción, aun menos visible, en la Facultad de Filología, nos vuelve a recordar aquellos tiempos bélicos en que este edificio se convirtió en terrible campo de batalla. Mucho más luminosa, la vidriera de las humanidades vuelve a brillar en el vestíbulo racionalista y art decó del edificio, y ya de vuelta a la plaza, o al cuadrángulo, otra inscripción, ahora escrita en lengua española, nos trae viejos resabios latinos: “Para el éxito sobra el talento, para la felicidad ni basta”. Camilo José Cela expresa así, casi como un nuevo Quevedo, sus reflexiones vitales para los jóvenes que vienen a “llevarse la vida por delante”, como nos recuerda el poeta Francisco Brines en la estación de metro de Ciudad Universitaria. Estos lugares, que fueron míticos, tienen por sí mismos una larga historia. El recinto de la Ciudad Universitaria alberga aún una vieja senda que partía desde Madrid para unirse, ya en Fuencarral, al camino de Santiago. Se trata de la llamada Senda Real, donde hoy día podemos admirar aún la inteligente ingeniería de las estaciones tranviarias que otrora trajeron desde Madrid a estudiantes y curiosos. Y curiosos paseantes es lo que pretendo, en definitiva, que seamos con este paseo sutil y misceláneo. El tiempo propicio de la tarde nos hará evocar, finalmente, la sombra de las grandes montañas, a lo lejos, las del Guadarrama, y acaso pensaremos que este lugar nunca existió. Es lo que ocurre con los espacios simbólicos. FRANCISCO GARCÍA JURADO
miércoles, 7 de marzo de 2012
La ciudad universitaria: espacio simbólico
Esta charla pretende, ante todo, sugerir un paseo imaginario por la Ciudad Universitaria y, en especial, una de las universidades que en ella se alojan, la Complutense. Nuestro recorrido trata de unir una serie de puntos prácticamente invisibles para la mayoría de los que se relacionan cotidianamente con el Campus de Moncloa. El recinto de la Ciudad Universitaria se diseñó para dotar de un lugar simbólico a una centenaria institución en cuyo escudo aparece representado un bello cisne. Este cisne nos reporta directamente a la época de los humanistas, dado que hace referencia al gran promotor de la Universidad Complutense, inicialmente situada en lo que otrora fue la ciudad romana de Complutum. Pero la modernidad del campus de Moncloa también esconde una antigüedad presente. Para empezar, cabe preguntarse acerca de lo que es un “campus”, algo que nos remontará a las universidades de Nueva Inglaterra, que reconvirtieron los claustros medievales de Cambridge y Oxford, venerables cuadrángulos, en nuevos espacios abiertos al futuro. Precisamente, y no por casualidad, nuestra Ciudad Universitaria cuenta con varios de ellos, de entre los que sobresale el de la Facultad de Medicina, cuya estatua del portador de la antorcha simboliza como pocas el sentido de la tradición cultural y científica. También cabe señalar el que hubiera sido el cuadrángulo más espectacular de todos, el del paraninfo, proyectado inicialmente como una catedral gótica que nunca se llevó a cabo. La catedral gótica simbolizaba el origen medieval de las universidades, como las de Bolonia o París. Pero, antes de proseguir, cabe preguntarse qué es un “paraninfo” y por qué se llama de esta forma, lo que nos llevará hasta el viejo edificio la Calle de San Bernardo, levantado donde en otro tiempo estuvo el Noviciado de los jesuitas. Una inscripción latina, dedicada a la reina Isabel II, nos sorprende al entrar en aquel venerable recinto, y esto traza ahora una nueva ruta por las inscripciones latinas, que nos lleva al así llamado “Arco de la victoria” de Moncloa, donde anacrónicos ecos imperiales y virgilianos han enmudecido ante el ruido de los miles de vehículos que pasan a diario. Este inscripción habla de las armas vencedoras, y meditaremos sobre la inscripción invisible que nos habla sobre las armas vencidas. Otra inscripción, aun menos visible, en la Facultad de Filología, nos vuelve a recordar aquellos tiempos bélicos en que este edificio se convirtió en terrible campo de batalla. Mucho más luminosa, la vidriera de las humanidades vuelve a brillar en el vestíbulo racionalista y art decó del edificio, y ya de vuelta a la plaza, o al cuadrángulo, otra inscripción, ahora escrita en lengua española, nos trae viejos resabios latinos: “Para el éxito sobra el talento, para la felicidad ni basta”. Camilo José Cela expresa así, casi como un nuevo Quevedo, sus reflexiones vitales para los jóvenes que vienen a “llevarse la vida por delante”, como nos recuerda el poeta Francisco Brines en la estación de metro de Ciudad Universitaria. Estos lugares, que fueron míticos, tienen por sí mismos una larga historia. El recinto de la Ciudad Universitaria alberga aún una vieja senda que partía desde Madrid para unirse, ya en Fuencarral, al camino de Santiago. Se trata de la llamada Senda Real, donde hoy día podemos admirar aún la inteligente ingeniería de las estaciones tranviarias que otrora trajeron desde Madrid a estudiantes y curiosos. Y curiosos paseantes es lo que pretendo, en definitiva, que seamos con este paseo sutil y misceláneo. El tiempo propicio de la tarde nos hará evocar, finalmente, la sombra de las grandes montañas, a lo lejos, las del Guadarrama, y acaso pensaremos que este lugar nunca existió. Es lo que ocurre con los espacios simbólicos. FRANCISCO GARCÍA JURADO
viernes, 2 de marzo de 2012
Melania, o la ciudad de la eterna comedia
Melania, ciudad invisible, está dentro de la categoría de "Las ciudades y los muertos", pero no debemos pensar que tales muertos son literales, pues siguen viviendo en la piel de los que les suceden. Es una ciudad escenario, o una comedia urbana. Así comienza su descripción, en palabras de Italo Calvino:
"En Melania, cada vez que uno llega a la plaza, se encuentra en mitad de un diálogo: el soldado fanfarrón y el parásito al salir por una puerta se encuentran con el joven pródigo y la meretriz; o bien el padre avaro, desde el umbral, dirige sus últimas recomendaciones a la hija enamorada y es interrumpido por el criado tonto que va a llevar un billete a la celestina. Uno vuelve a Melania años más tarde y encuentra el mismo diálogo que continúa; entre tanto han muerto el parásito, la celestina, el padre avaro; pero el soldado fanfarrón, la hija enamorada, el criado tonto han ocupado sus puestos y han sido sustituidos a su vez por el hipócrita, la confidente, el astrólogo.
La población de Melania se renueva: los interlocutores van muriendo uno por uno y entre tanto nacen los que se ubicarán a su vez en el diálogo, éste en un papel, aquél en el otro. Cuando alguien cambia de papel o abandona la plaza para siempre o entra por primera vez, se producen cambios en cadena, hasta que todos los papeles se distribuyen de nuevo, pero entre tanto la criadita desenfadada sigue respondiendo al viejo colérico, el usurero no deja de perseguir al joven desheredado, la nodriza de consolar a la hijastra, aunque ninguno de ellos conserve los ojos y la voz que tenían en la escena precedente."
Esta ciudad nace, como todas las de Calvino, de una sensación particular, y he comprobado que Nápoles es un escenario real para Melania. Pongo un ejemplo concreto y representativo: los revisores en el tren. A las ocho de la mañana, los trenes que se dirigen a Caserta rebosan de venderores y personajes variopintos. Se supone que hay que validar un billete antes de entrar al tren, y algo aparentemente tan sencillo se convierte en una suerte de asunto cómico. Poco antes de partir aparecen por sorpresa y con gran estruendo los revisores, en grupo y como si hicieran de justicieros implacables. Allí podemos ver todo un despliegue de amonestaciones y riñas, cómo algunos bajan corriendo del tren para, aparentemente, validar el billete que sí han comprado, pero no sabemos cuándo. Otros bajan o se van del vagón antes de que llegue la regañina implacable, no exenta de cierto aire escolar. El revisor no actúa en silencio, hace pública la falta del otro, y si las cosas van a más termina multando a quien posiblemente no pagará nunca la sanción. Una vez que todo el mundo ha hecho como que validaba los billetes y el tren emprende su marcha, se espera que los revisores vuelvan a pasar para comprobar si, en efecto, todo el mundo viaja legalmente. Sin embargo, a partir de ese monento los revisores ya no aparecen más, y observamos cómo en las estaciones entran decenas de personas con aspecto de no saber tan siquiera qué es un billete. El acto primero ha terminado, y ahora comienzan otras comedias más propias de un viaje plácido, cómo las conversaciones a grito pelado con el móvil o con el compañero del vagón. Especialmente divertidos me parecieron los galanes ajados, alguno con aspecto de Alan Delon, aunque añadiéndole varios kilos, que inpeccionan los vagones no tanto para buscar billetes validades como otro tipo de presas. Qué hermoso es vivir representando la vida. Es como vivirla dos veces. Lo de las motos, por cierto, es otra historia muy parecida a la del servus currens. Francisco García Jurado. H.L.G.E.
miércoles, 29 de febrero de 2012
Alta noche, palabras de Santos Domínguez
No me canso de decir a mis alumnos, los que conmigo estudian los ecos y diálogos que la literatura latina mantiene con la española, que sean, antes que lectores de libros, lectores de textos. Me encanta el vértigo de esta afirmación. Algunos creerán que pido a mis alumnos que no lean libros, y les parecerá una barbaridad. Sin embargo, en ningún momento afirmo semejante aserto, sólo quiero que disfruten de ciertos textos selectos, concretos, ejemplares, y que no se preocupen por el hecho de que tales textos coincidan o no con las dimensiones acaso aleatorias de una encuadernación. Las antologías de textos vienen a suponer este desafío a las dimensiones de los libros. Son atajos, a menudo, que nos cambian la cantidad por la intensidad de lo leído. Estos días leo dos antologías de un mismo poeta. Se trata de Santos Domínguez. Una de las antologías se titula "Plaza de la palabra", la otra aspira a convertir el libro en animal simétrico: "Las alas del poema". Ambas obras suponen dos lecturas particulares, dos recorridos bien distintos de esa suerte de ciudades invisibles que constituyen esta poética. Son, en buena medida, dos materias contingentes de una forma inmutable y serena, que es la infinita palabra poética. Alfonso Reyes sonreiría, acaso feliz, ante esta materialización de sus brillantes teorías sobre esta forma inminente de literatura que son las antologías, las escritas y las mentales. Yo ahora selecciono un poema de una de las antologías, elijo y prescindo, pero no me preocupo por ello. Abandono deliberadamente las músicas y los paisajes sugeridos y me voy a la broncínea literatura de Roma:
"ALTA NOCHE
Como entró el extranjero hijo de diosa,
oculto en una nube,
en la ciudad del tirio guerrero y laborioso
y penetró en un bosque y lloró frente a un templo
y enamoró a una reina piadosa y desgraciada,
así ha entrado la noche, subrepticia y con niebla,
con el primer escalofrío de otoño en el paisaje.
Así ha entrado la noche, como un lento secreto,
la red de nervaduras de la noche,
sísmica y espantada, innumerable,
la dimensión sonora de las sombras,
la oscura voz de un infortunio
antiguo. La alta noche."
Más allá de una comparación homérica, sólo la enumeración lacónica de tres adjetivos, "alto", "lento" y "oscuro", sólo esa adjetivación audaz, aparentemente inapropiada, que llamamos hipálage ("iban oscuros en la noche solitaria") convierte a este poema en una eterna voz personal. La hipálage, por cierto, confiere una dimensión mágica a las cosas, como las sombras sonoras o la voz oscura, y acaso a partir de aquí se crea el momento idóneo, se abre la puerta que nos lleva al diálogo con las almas perdidas, con los mejores espíritus de cada tiempo. Gracias a la hipálage, la de las lámparas estudiosas de Milton, o la del árido camello del lunario, o la propia hipálage, insuperable, que describe a Eneas y la Sibila entrando en los infiernos, pudo visitar Borges a la sombra de Leopoldo Lugones. Felicito a Santos Domínguez por esta "alta noche", que no es castellano, es latín de bronce. Este poema será uno de los textos que pasarán a la antología de mi asignatura. FRANCISCO GARCÍA JURADO
domingo, 26 de febrero de 2012
El tricentenario de la Biblioteca Nacional de España y un catálogo memorable
Los catálogos de la Biblioteca Nacional conforman ya una colección valiosa que muy a menudo hacen las delicias de sus lectores. En una librería de viejo compré hace tiempo el catálogo más antiguo que hay en mi biblioteca, precisamente uno dedicado a la exposición del bicentenario de Moratín, editado en 1960, cuyo comisario fue Joaquín de Entrambasaguas. Desde aquel pequeño catálogo en blanco y negro hasta los actuales, repletos de contenido y sugerentes imágenes, se ha producido una evolución notable que culmina, creemos, con el “libro objeto” que conmemora precisamente el tricentenario de la Biblioteca Nacional de España. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGEMe comenta amablemente mi colega José Manuel Lucía Megías, el catedrático de la Complutense que ha ejercido como comisario de la exposición, que “la idea que nos propuso l'Eixample, que son los editores y diseñadores del catálogo, era hacer un "objeto" como catálogo, un objeto a partir del libro, pero que fuera al mismo tiempo un objeto artístico, dando cuenta de la variedad de las colecciones de la BNE. Nos gustó mucho la idea de innovar, de hacer algo diferente para el Tricentenario, que se quedara en algo realmente fuera de lo común...”. La caja de seda que atesora un libro en gran formato y encuadernado como si se tratara de un viejo volumen restaurado, con una encuadernación flexible, sugiere, sin lugar a dudas, esa idea de recinto sagrado que para muchos de nosotros es la Biblioteca Nacional de España, ya como visitantes de sus exposiciones, ya como lectores de la sala general, o como especialistas que se adentran en los “sancta sanctorum” del conocimiento, como puede ser la Sala Cervantes. El libro no sólo es bello por fuera, sino también en su interior. El mismo comisario de la exposición, Lucía Megías, abre este catálogo con una literaria evocación del P. Rovinet, Consejero y Confesor del Rey Felipe V, quien tuvo la iniciativa de animar al rey para que se creara una biblioteca pública a la manera de lo que ya se había hecho en Francia y, de paso, depositar las bibliotecas incautadas a los nobles austracistas durante la guerra de sucesión. Asistimos, pues, al pequeño gran suceso que tuvo lugar una fría mañana de diciembre de 1711 y que los lectores de este blog pueden leer, a manera de suculento aperitivo, en la dirección electrónica siguiente (http://www.bne.es/es/Micrositios/Exposiciones/BNE300/documentos/300anos_estudio1.pdf). Luego, el catálogo reproduce fielmente las diferentes secciones de que se compone la misma exposición (puede obtenerse muy buena información en la dirección electrónica siguiente: http://www.bne.es/es/Tricentenario/Exposiciones/300.html). De esta forma, cuando la exposición termine, seguiremos sabiendo que se articulaba en torno a cuatro grandes secciones temáticas, a saber: La Biblioteca Nacional de España en su historia; La tecnología al servicio de la información y el conocimiento; La Biblioteca Nacional de España por dentro y Los 300 años de la Biblioteca Nacional de España: línea del tiempo. La primera sección ya fue tema de una exposición anterior dedicada a la Real Biblioteca Pública, y en ella podemos asistir a los orígenes mismos de la biblioteca hasta la actualidad. Aquí me he vuelto a encontrar con un “viejo amigo”, el monetario del Infante Don Gabriel, que tuve la suerte de reseñar para el catálogo de la exposición Corona y Arqueología, que se celebró también hace un tiempo en el Palacio Real de Madrid. La segunda sección nos muestra cómo la tecnología, siempre mudable, ha ido ayudando al mejor conocimiento de la cultura, desde la fotografía, los facsímiles y los fonógrafos, hasta los propios ordenadores. La tercera sección está dedicada a la conservación y enriquecimiento de las colecciones que atesora la BNE, cumpliendo así las tres funciones básicas de salvaguarda, investigación y divulgación. Finalmente, asistimos a una cronología o línea del tiempo donde se nos ilustra muy gráficamente acerca de los acontecimientos más notables que han jalonado la dilatada vida de esta venerable institución. Es una exposición para ser leída desde muchos ángulos. Los amantes del Quijote podrán ver su edición príncipe, los bibliófilos podrán admirar algunos de los libros de horas e incunables más hermosos que existen sobre la tierra, los nostálgicos encontrarán los viejos fonógrafos que han permitido perdurar a la voz humana más allá de los límites impuestos por la vida y el tiempo, y los mitómanos disfrutarán de algunos documentos de archivo realmente únicos. Todos somos, en mayor o menor medida, parte de esta historia. Las bibliotecas nacionales son lugares mágicos, algo parecido al Aleph de Borges, pues aquí es donde podemos encontrar realmente todas las cosas que alguna vez han merecido la pena. FRANCISCO GARCÍA JURADO
sábado, 25 de febrero de 2012
El incendio de Roma del año 64 (segunda parte)
Continuamos hoy con nuestro relato sobre el incendio de Roma. Intentaremos plantearnos la incógnita de si fue o no provocado, la acusación contra los cristianos y, finalmente, la construcción de la Domus Aurea. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. GRUPO DE INVESTIGACIÓN UCM "HISTORIOGRAFÍA DE LA LITERATURA GRECOLATINA"¿FUE PROVOCADO EL INCENDIO?
La pregunta no tiene una respuesta sencilla, como vamos a ver. Tácito declara que hay historiadores que sostienen el origen fortuito del incendio, mientras otros lo atribuyen directamente a Nerón. Naturalmente, a un historiador de ideales tan republicanos como era Tácito le convenía atribuírselo a Nerón, ya que así daba todavía más consistencia al retrato negativo que nos hace del emperador. Sin embargo, es muy probable que el incendio fuera fortuito, dada la calurosa estación del año en que se declaró y la zona tan concurrida donde tuvo lugar. No obstante, aun en el caso de que el mismo Nerón lo hubiera provocado, esta acción no debería atribuirse al mero capricho de un emperador enloquecido, sino a un plan político mucho más complejo. De lo que no cabe duda es de que el incendio, ya fuera casual o intencionado, supuso claramente una gran oportunidad para seguir fomentando la política orientalizante y populista de Nerón.
Si volvemos a la pregunta inicial, es decir, a si el incendio fue o no provocado, hasta puede pensarse incluso en que se dieran las dos posibilidades. Como ya hemos dicho, Tácito nos habla de dos incendios. El primero pudo ser perfectamente casual, y sabemos que el emperador no estaba en Roma cuando comenzó. Ahora bien, el mismo Tácito refiere los rumores que corrían acerca de la imputación del segundo incendio a Nerón. Cabe, por tanto, la posibilidad de que Nerón, si bien no provocó el incendio, aprovechara su carácter fortuito para alimentarlo días más tarde con la ayuda de su consejero y favorito Tigelino.
EL ASPECTO POLÍTICO DEL INCENDIO: ACUSACIÓN CONTRA LOS CRISTIANOS
Además de la conocida la imagen del emperador cantando con su lira, también nos refiere Tácito cómo intentó Nerón asistir a los afectados disponiendo refugio y ayuda para ellos en el Campo de Marte, en los monumentos de Agripa y hasta en los jardines de su propiedad, un gesto generoso que da cuenta indirecta de la magnitud del desastre. Sin embargo, a pesar de sus buenas disposiciones para con la gente afectada, Nerón no consiguió apartar de sí las sospechas de haber provocado el incendio. Era necesario buscar urgentemente un culpable, y para ello nada mejor que recurrir a una de las entonces llamadas“sectas”, la de los cristianos o seguidores de Cristo. Por tanto, el episodio del incendio ha supuesto, de forma indirecta, una ocasión memorable para tener noticias sobre la presencia social de los cristianos en la Roma imperial, gracias a un temprano testimonio de Tácito (Anales 15, 44, 2-3). Algunos historiadores modernos han visto en esta persecución un primer choque entre paganismo y cristianismo, pero esto realmente no tendrá lugar hasta un siglo más tarde. No parece tanto una persecución dirigida contra los cristianos por el hecho de serlo como la urgencia de buscar a alguien a quien poder culpar de lo ocurrido. En todo caso, se llevó a cabo la detención de un gran número de cristianos y, según nos cuenta Tácito, no tanto bajo la acusación de incendiarios como la de su odio hacia el género humano, una imputación no ajena a las propias tradiciones antijudaicas de la sociedad romana. Despedazamientos, crucifixiones y quemas de cristianos se sucedieron en diversos escenarios, entre otros, en los mismos jardines de Nerón, utilizados poco tiempo atrás para acoger a las víctimas del fuego. Sin embargo, Nerón logró el efecto contrario que perseguía, pues este escarnio público movió a más a la compasión que al hambre de justicia, dado que se veía sobre todo como una manifestación de la crueldad imperial.
LA OTRA CARA DEL INCENCIO: LA CONSTRUCCIÓN DE LA DOMUS AUREA
Según cuenta Suetonio, Nerón fue un emperador aficionado a las grandes construcciones. El incendio de Roma le brindó la oportunidad de llevar a cabo su proyecto más ambicioso: reconstruir una nueva ciudad y edificar una descomunal mansión palaciega. La ciudad se volvió a erigir, pero esta vez de manera ordenada, con calles más anchas y espacios abiertos. También se dispusieron fuentes públicas y medios para atajar nuevos incendios. Lo más sobresaliente de esta nueva ciudad fue la Domus Aurea, la inmensa mansión palaciega que se extendía desde el Palatino hasta el Esquilino. Antes del incendio, Nerón había construido en esta zona la que llamó Domus Transitoria, es decir, “Casa de paso”, dado que unía las construcciones imperiales del Palatino con las del monte Esquilino. Sin embargo, cuando quedó destruida por el incendio, su reconstrucción sirvió de pretexto para llevar a cabo numerosas expropiaciones. El nuevo lugar resultante, lleno de riquezas, estaba inspirado en los palacios orientales, con un gran lago artificial, praderas y villas, y era la máxima expresión del llamado neronismo. Séneca dijo de él que resplandecía con el brillo del oro y Suetonio describe su magnificencia sin ahorrar adjetivos. Entre otras cosas, se cuenta que dentro del gigantesco palacio imperial había un mecanismo giratorio en el techo del comedor que permitía una lluvia de perfume y pétalos de rosa sobre los comensales.
Nerón murió el año 68, sólo cuatro años más tarde del incendio, y no tuvo mucho tiempo para disfrutar de su mayor creación arquitectónica. Tras su muerte, el odio a su recuerdo hizo que sus sucesores ordenasen la destrucción de la Domus Aurea. El edificio quedó literalmente sepultado, pero desde hace unos años pueden visitarse de nuevo los restos subterráneos de la Domus Aurea. Vespasiano construyó sobre el lago artificial el Coliseo, Adriano el templo de Venus y Roma, en la parte correspondiente al vestíbulo, y Trajano erigió sus termas sobre el edificio principal. El descubrimiento en el siglo XV de las cúpulas hizo que éstas se reinterpretaran como “grutas”, y que al estilo pictórico encontrado en ellas se lo denominara “grotesco”. Nerón y su mito ya estaban servidos para el futuro. FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
La pregunta no tiene una respuesta sencilla, como vamos a ver. Tácito declara que hay historiadores que sostienen el origen fortuito del incendio, mientras otros lo atribuyen directamente a Nerón. Naturalmente, a un historiador de ideales tan republicanos como era Tácito le convenía atribuírselo a Nerón, ya que así daba todavía más consistencia al retrato negativo que nos hace del emperador. Sin embargo, es muy probable que el incendio fuera fortuito, dada la calurosa estación del año en que se declaró y la zona tan concurrida donde tuvo lugar. No obstante, aun en el caso de que el mismo Nerón lo hubiera provocado, esta acción no debería atribuirse al mero capricho de un emperador enloquecido, sino a un plan político mucho más complejo. De lo que no cabe duda es de que el incendio, ya fuera casual o intencionado, supuso claramente una gran oportunidad para seguir fomentando la política orientalizante y populista de Nerón.
Si volvemos a la pregunta inicial, es decir, a si el incendio fue o no provocado, hasta puede pensarse incluso en que se dieran las dos posibilidades. Como ya hemos dicho, Tácito nos habla de dos incendios. El primero pudo ser perfectamente casual, y sabemos que el emperador no estaba en Roma cuando comenzó. Ahora bien, el mismo Tácito refiere los rumores que corrían acerca de la imputación del segundo incendio a Nerón. Cabe, por tanto, la posibilidad de que Nerón, si bien no provocó el incendio, aprovechara su carácter fortuito para alimentarlo días más tarde con la ayuda de su consejero y favorito Tigelino.
EL ASPECTO POLÍTICO DEL INCENDIO: ACUSACIÓN CONTRA LOS CRISTIANOS
Además de la conocida la imagen del emperador cantando con su lira, también nos refiere Tácito cómo intentó Nerón asistir a los afectados disponiendo refugio y ayuda para ellos en el Campo de Marte, en los monumentos de Agripa y hasta en los jardines de su propiedad, un gesto generoso que da cuenta indirecta de la magnitud del desastre. Sin embargo, a pesar de sus buenas disposiciones para con la gente afectada, Nerón no consiguió apartar de sí las sospechas de haber provocado el incendio. Era necesario buscar urgentemente un culpable, y para ello nada mejor que recurrir a una de las entonces llamadas“sectas”, la de los cristianos o seguidores de Cristo. Por tanto, el episodio del incendio ha supuesto, de forma indirecta, una ocasión memorable para tener noticias sobre la presencia social de los cristianos en la Roma imperial, gracias a un temprano testimonio de Tácito (Anales 15, 44, 2-3). Algunos historiadores modernos han visto en esta persecución un primer choque entre paganismo y cristianismo, pero esto realmente no tendrá lugar hasta un siglo más tarde. No parece tanto una persecución dirigida contra los cristianos por el hecho de serlo como la urgencia de buscar a alguien a quien poder culpar de lo ocurrido. En todo caso, se llevó a cabo la detención de un gran número de cristianos y, según nos cuenta Tácito, no tanto bajo la acusación de incendiarios como la de su odio hacia el género humano, una imputación no ajena a las propias tradiciones antijudaicas de la sociedad romana. Despedazamientos, crucifixiones y quemas de cristianos se sucedieron en diversos escenarios, entre otros, en los mismos jardines de Nerón, utilizados poco tiempo atrás para acoger a las víctimas del fuego. Sin embargo, Nerón logró el efecto contrario que perseguía, pues este escarnio público movió a más a la compasión que al hambre de justicia, dado que se veía sobre todo como una manifestación de la crueldad imperial.
LA OTRA CARA DEL INCENCIO: LA CONSTRUCCIÓN DE LA DOMUS AUREA
Según cuenta Suetonio, Nerón fue un emperador aficionado a las grandes construcciones. El incendio de Roma le brindó la oportunidad de llevar a cabo su proyecto más ambicioso: reconstruir una nueva ciudad y edificar una descomunal mansión palaciega. La ciudad se volvió a erigir, pero esta vez de manera ordenada, con calles más anchas y espacios abiertos. También se dispusieron fuentes públicas y medios para atajar nuevos incendios. Lo más sobresaliente de esta nueva ciudad fue la Domus Aurea, la inmensa mansión palaciega que se extendía desde el Palatino hasta el Esquilino. Antes del incendio, Nerón había construido en esta zona la que llamó Domus Transitoria, es decir, “Casa de paso”, dado que unía las construcciones imperiales del Palatino con las del monte Esquilino. Sin embargo, cuando quedó destruida por el incendio, su reconstrucción sirvió de pretexto para llevar a cabo numerosas expropiaciones. El nuevo lugar resultante, lleno de riquezas, estaba inspirado en los palacios orientales, con un gran lago artificial, praderas y villas, y era la máxima expresión del llamado neronismo. Séneca dijo de él que resplandecía con el brillo del oro y Suetonio describe su magnificencia sin ahorrar adjetivos. Entre otras cosas, se cuenta que dentro del gigantesco palacio imperial había un mecanismo giratorio en el techo del comedor que permitía una lluvia de perfume y pétalos de rosa sobre los comensales.
Nerón murió el año 68, sólo cuatro años más tarde del incendio, y no tuvo mucho tiempo para disfrutar de su mayor creación arquitectónica. Tras su muerte, el odio a su recuerdo hizo que sus sucesores ordenasen la destrucción de la Domus Aurea. El edificio quedó literalmente sepultado, pero desde hace unos años pueden visitarse de nuevo los restos subterráneos de la Domus Aurea. Vespasiano construyó sobre el lago artificial el Coliseo, Adriano el templo de Venus y Roma, en la parte correspondiente al vestíbulo, y Trajano erigió sus termas sobre el edificio principal. El descubrimiento en el siglo XV de las cúpulas hizo que éstas se reinterpretaran como “grutas”, y que al estilo pictórico encontrado en ellas se lo denominara “grotesco”. Nerón y su mito ya estaban servidos para el futuro. FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
jueves, 23 de febrero de 2012
El incencio de Roma del año 64 (primera parte)
En el año 64 de nuestra era se declaró un terrible incendio por los barrios más populosos de Roma. Fue tan devastador que duró varios días. No sabemos si fue Nerón quien provocó esta catástrofe. En todo caso, el emperador aprovechó la circunstancia para emprender la reconstrucción de Roma y levantar un palacio colosal: la Domus Aurea o Casa Dorada. Como casi siempre en estas circunstancias, los grandes perdedores fueron las capas populares de Roma. En particular, hubo una “secta” que fue acusada de haber provocado aquel incendio: los cristianos. Las interpretaciones sobre los hechos de este incendio continúan siendo hasta hoy controvertidas.
EL INCENDIO DE ROMA DEL VERANO DEL 64
El incendio de Roma del año 64 descrito por Suetonio en la Vida de Nerón y por Tácito en el libro 15 de los Anales sigue hoy día constituyendo uno de los episodios más conocidos de la agitada historia de la Roma imperial. Gracias, primero, a la obra de los historiadores antiguos y, después, a los modernos relatos históricos, en especial la novela Quo vadis?, escrita por el polaco Sienckiewicz, podemos imaginar al emperador Nerón cantando con su lira un poema sobre la caída de Troya mientras contempla extasiado el pavoroso incendio. Sea verdad o fabulación, Nerón ha pasado a la Historia como uno de los mayores pirómanos jamás conocidos.
De lo que no cabe duda es de que el desastre llegó a asolar una gran parte de Roma, como si se hubiera producido una invasión enemiga. La zona más afectada fue la que luego acabaría correspondiendo a los alrededores del Coliseo. El incendio se declaró una noche de julio, en la parte del Circo que está más cerca de los montes Palatino y Celio. Las llamas se propagaron de manera virulenta, pues esa parte de Roma estaba constituida por un entramado de callejuelas y casas hacinadas. Tácito describe con tonos vivos cómo aquel lugar se convirtió en una trampa mortal para sus habitantes, ante la rapidez con la que se extendía el fuego. En poco tiempo, gracias al viento, alcanzó las proporciones del Circo y se extendió por las zonas llanas para luego subir por las irregulares manzanas. Las capas sociales más desfavorecidas se llevaron la peor parte, ya que sintieron primero el miedo a la muerte y, en caso de sobrevivir, la desolación de haberlo perdido todo. Las calles estaban atascadas por el tumulto de personas, pues mientras unas corrían para salvarse y otras no podían huir tan rápido de una muerte cierta. Como suele ocurrir en las desgracias colectivas, entre tanta desesperación y pavor hubo quien aprovechó para hacer rapiña e incluso seguir quemando otros lugares con la ayuda de teas. Algunos piensan que estos incendiarios seguían órdenes concretas, quizá del mismo emperador.
Tras seis días interminables de devastación sin tregua se había logrado habilitar cerca de las Esquilias una zona abierta para servir de cortafuegos. Es entonces cuando, según Tácito, volvió a declararse un segundo incendio, ya en zonas más abiertas de la ciudad. El foco de este nuevo incendio estaba en el barrio Emiliano, en una finca de Ofonio Tigelino. Tigelino era un siniestro personaje y la mano derecha de Nerón, que incluso participaba en las orgías privadas de éste. El nuevo incendio, si bien no provocó tantas víctimas como el primero, arrasó numerosos templos y lugares de recreo, de manera que contribuyó aún más a la sensación de ruina colectiva. La magnitud del desastre, ahora más monumental que propiamente humano, hizo concebir la sospecha de que Nerón pretendía fundar una nueva ciudad sobre las ruinas de Roma. Ciertamente había motivos reales para creerlo, pues de las catorce regiones en que se dividía la urbe sólo cuatro habían quedado completamente ajenas al desastre. Quizá ahora el capricho de Nerón había llegado muy lejos.
LA FIGURA DE NERÓN
Resulta innegable que, independientemente de la participación real del emperador en los sucesos, este gran incendio de Roma no puede narrarse al margen de su persona. De hecho, al día siguiente de haberse declarado el primer incendio Nerón volvió de su villa de recreo, en Anzio, cuando las llamas tocaban ya sus propiedades palaciegas, que tampoco se libraron del fuego. Aquí es donde, según nos cuenta Tácito, corrió la voz de que Nerón no había tenido mejor ocurrencia que subirse a un escenario dispuesto en su propia casa para cantar la destrucción de Troya, como si la mítica y lejana historia contada por los grandes poetas tuviera ahora un excelente marco para su memorable recuerdo. No hay constancia cierta de que el emperador cometiera semejante excentricidad. Más bien, parece que tiene mucho de leyenda, sobre todo cuando vemos que las otras dos fuentes antiguas relevantes sobre el incendio sitúan a Nerón en lugares distintos al referido por Tácito. Suetonio nos cuenta que hizo este canto desde la llamada torre de Mecenas, sobre el monte Esquilino, y Dión Casio, por su parte, dice que fue en la zona alta de palacio. Sin entrar en la veracidad de este hecho, el emperador ya había dado muestras suficientes de su carácter estrafalario para que la leyenda de su canto ante las llamas fuera, cuando menos, creíble. Gracias a la historia, a la novela y al cine, podemos imaginar cómo al tiempo que decenas de personas morían o huían ante la desolación más absoluta, el emperador convertía la desgracia común en improvisado escenario para una de sus acostumbradas locuras. Pero el emperador no se había comportado siempre de esta manera tan esperpéntica.
Conviene recordar que Nerón había sido aclamado imperator a los diecisiete años, en el 54. Cuando se declara el incendio lleva, por tanto, diez años a la cabeza del imperio. El primer lustro había resultado un ejemplo de respeto a las tradiciones políticas romanas, gracias a la excelente educación recibida de sus maestros Séneca y Afranio Burro. Fue una época tan benigna que se la denominó el quinquennium aureum (“el quinquenio dorado”), si bien no era oro todo lo que relucía, pues ya durante este período había comenzado el emperador a derivar hacia un nuevo modelo despótico. El punto de partida lo marcó el asesinato de su propia madre, Agripina. De esta forma, Nerón se fue alejando paulatinamente del modelo inicial, basado en las viejas costumbres romanas, para convertirse en un monarca absoluto al estilo oriental, dentro de una política fuertemente marcada por el personalismo. Para ello, Nerón contaba con la simpatía de la plebe y se había ido rodeando de nuevos consejeros, como Tigelino, debilitando así la autoridad de sus viejos y honorables maestros.
De esta forma, cuando llegamos al año 64, fecha del incendio de Roma, parece que este proceso de cambio ha culminado: la vieja nobleza se siente marginada y maltratada frente al auge de personas provenientes de otras clases, como el orden ecuestre. Nerón ha logrado hacerse con un apoyo social variado y suficiente para su nuevo proyecto político, el neronismo. En estas circunstancias, si bien el incendio pudo ser una mera casualidad, acabó convirtiéndose, al mismo tiempo, en todo un síntoma de este nuevo estado de cosas. FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
EL INCENDIO DE ROMA DEL VERANO DEL 64
El incendio de Roma del año 64 descrito por Suetonio en la Vida de Nerón y por Tácito en el libro 15 de los Anales sigue hoy día constituyendo uno de los episodios más conocidos de la agitada historia de la Roma imperial. Gracias, primero, a la obra de los historiadores antiguos y, después, a los modernos relatos históricos, en especial la novela Quo vadis?, escrita por el polaco Sienckiewicz, podemos imaginar al emperador Nerón cantando con su lira un poema sobre la caída de Troya mientras contempla extasiado el pavoroso incendio. Sea verdad o fabulación, Nerón ha pasado a la Historia como uno de los mayores pirómanos jamás conocidos.
De lo que no cabe duda es de que el desastre llegó a asolar una gran parte de Roma, como si se hubiera producido una invasión enemiga. La zona más afectada fue la que luego acabaría correspondiendo a los alrededores del Coliseo. El incendio se declaró una noche de julio, en la parte del Circo que está más cerca de los montes Palatino y Celio. Las llamas se propagaron de manera virulenta, pues esa parte de Roma estaba constituida por un entramado de callejuelas y casas hacinadas. Tácito describe con tonos vivos cómo aquel lugar se convirtió en una trampa mortal para sus habitantes, ante la rapidez con la que se extendía el fuego. En poco tiempo, gracias al viento, alcanzó las proporciones del Circo y se extendió por las zonas llanas para luego subir por las irregulares manzanas. Las capas sociales más desfavorecidas se llevaron la peor parte, ya que sintieron primero el miedo a la muerte y, en caso de sobrevivir, la desolación de haberlo perdido todo. Las calles estaban atascadas por el tumulto de personas, pues mientras unas corrían para salvarse y otras no podían huir tan rápido de una muerte cierta. Como suele ocurrir en las desgracias colectivas, entre tanta desesperación y pavor hubo quien aprovechó para hacer rapiña e incluso seguir quemando otros lugares con la ayuda de teas. Algunos piensan que estos incendiarios seguían órdenes concretas, quizá del mismo emperador.
Tras seis días interminables de devastación sin tregua se había logrado habilitar cerca de las Esquilias una zona abierta para servir de cortafuegos. Es entonces cuando, según Tácito, volvió a declararse un segundo incendio, ya en zonas más abiertas de la ciudad. El foco de este nuevo incendio estaba en el barrio Emiliano, en una finca de Ofonio Tigelino. Tigelino era un siniestro personaje y la mano derecha de Nerón, que incluso participaba en las orgías privadas de éste. El nuevo incendio, si bien no provocó tantas víctimas como el primero, arrasó numerosos templos y lugares de recreo, de manera que contribuyó aún más a la sensación de ruina colectiva. La magnitud del desastre, ahora más monumental que propiamente humano, hizo concebir la sospecha de que Nerón pretendía fundar una nueva ciudad sobre las ruinas de Roma. Ciertamente había motivos reales para creerlo, pues de las catorce regiones en que se dividía la urbe sólo cuatro habían quedado completamente ajenas al desastre. Quizá ahora el capricho de Nerón había llegado muy lejos.
LA FIGURA DE NERÓN
Resulta innegable que, independientemente de la participación real del emperador en los sucesos, este gran incendio de Roma no puede narrarse al margen de su persona. De hecho, al día siguiente de haberse declarado el primer incendio Nerón volvió de su villa de recreo, en Anzio, cuando las llamas tocaban ya sus propiedades palaciegas, que tampoco se libraron del fuego. Aquí es donde, según nos cuenta Tácito, corrió la voz de que Nerón no había tenido mejor ocurrencia que subirse a un escenario dispuesto en su propia casa para cantar la destrucción de Troya, como si la mítica y lejana historia contada por los grandes poetas tuviera ahora un excelente marco para su memorable recuerdo. No hay constancia cierta de que el emperador cometiera semejante excentricidad. Más bien, parece que tiene mucho de leyenda, sobre todo cuando vemos que las otras dos fuentes antiguas relevantes sobre el incendio sitúan a Nerón en lugares distintos al referido por Tácito. Suetonio nos cuenta que hizo este canto desde la llamada torre de Mecenas, sobre el monte Esquilino, y Dión Casio, por su parte, dice que fue en la zona alta de palacio. Sin entrar en la veracidad de este hecho, el emperador ya había dado muestras suficientes de su carácter estrafalario para que la leyenda de su canto ante las llamas fuera, cuando menos, creíble. Gracias a la historia, a la novela y al cine, podemos imaginar cómo al tiempo que decenas de personas morían o huían ante la desolación más absoluta, el emperador convertía la desgracia común en improvisado escenario para una de sus acostumbradas locuras. Pero el emperador no se había comportado siempre de esta manera tan esperpéntica.
Conviene recordar que Nerón había sido aclamado imperator a los diecisiete años, en el 54. Cuando se declara el incendio lleva, por tanto, diez años a la cabeza del imperio. El primer lustro había resultado un ejemplo de respeto a las tradiciones políticas romanas, gracias a la excelente educación recibida de sus maestros Séneca y Afranio Burro. Fue una época tan benigna que se la denominó el quinquennium aureum (“el quinquenio dorado”), si bien no era oro todo lo que relucía, pues ya durante este período había comenzado el emperador a derivar hacia un nuevo modelo despótico. El punto de partida lo marcó el asesinato de su propia madre, Agripina. De esta forma, Nerón se fue alejando paulatinamente del modelo inicial, basado en las viejas costumbres romanas, para convertirse en un monarca absoluto al estilo oriental, dentro de una política fuertemente marcada por el personalismo. Para ello, Nerón contaba con la simpatía de la plebe y se había ido rodeando de nuevos consejeros, como Tigelino, debilitando así la autoridad de sus viejos y honorables maestros.
De esta forma, cuando llegamos al año 64, fecha del incendio de Roma, parece que este proceso de cambio ha culminado: la vieja nobleza se siente marginada y maltratada frente al auge de personas provenientes de otras clases, como el orden ecuestre. Nerón ha logrado hacerse con un apoyo social variado y suficiente para su nuevo proyecto político, el neronismo. En estas circunstancias, si bien el incendio pudo ser una mera casualidad, acabó convirtiéndose, al mismo tiempo, en todo un síntoma de este nuevo estado de cosas. FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
domingo, 19 de febrero de 2012
Paradojas en la historia de la enseñanza
Las disciplinas de carácter histórico entraron en el panorama educativo español tras la muerte de Fernando VII. Pensad que, gracias a la Historia o al cambio de un estado de cosas, el tercer estado, llamado quizá impropiamente burguesía, había logrado el protagonismo político al que venía aspirando. Es normal que las personas poderosas que se identificaban con el antiguo régimen no quisieran saber nada de la Historia, y mucho menos de su enseñanza, que marcaba ya un sesgo decididamente liberal a la educación. Por ello, no es tan inocente cuando vemos cómo durante el decenio de los años 40 del siglo XIX políticos como Gil de Zárate legitiman las enseñanzas históricas. La literatura latina, o la española, herederas de las historias literarias del siglo XVIII, más el componente romántico de convertirse en literaturas nacionales, entraron en la escena educativa como alternativa a los intemporales estudios de poética y retórica. Así pues, profesores liberales que se identificaban plenamente con el nuevo estado de cosas de la etapa isabelina tuvieron a bien crear manuales y programas de curso que ayudasen a la realización de los nuevos principios de la flamante enseñanza pública. Alfredo Adolfo Camús fue uno de los más importantes compiladores de manuales y programas. Lo más curioso de todo esto es que el presbítero Jacinto Díaz y Sicart (1809-1885), nacido en Vallfogona de Riucorb (Segarra) y personaje de un ideología marcadamente reaccionaria con respecto al nuevo estado de cosas, fue el autor de mayor éxito editorial a la hora de publicar manuales de literatura latina en España. Estudió gramática latina y retórica en la localidad de Igualada. Después, a partir de 1822, cursó filosofía y derecho en Cervera, donde logra el titulo de bachiller en leyes (1829), así como doctor en cánones tres años más tarde. En Cervera fue profesor desde 1832 a 1835. Entre 1835 y 1839 vivió en Italia como preceptor de dos nietos de su antiguo protector, Llàtzer de Dou. Después pasó a desempeñar la cátedra de retórica en el seminario de Vic. En 1847 pasó a ocupar la cátedra de literatura latina en la Universidad de Barcelona. Precisamente en esta ciudad fue nombrado miembro de la Academia de Buenas Letras en 1852. Se trasladó después a la Universidad de Sevilla, pero logra regresar a Barcelona en 1867, al conseguir la cátedra de historia de la literatura griega y latina. En 1879 sucedió al helenista Bergnes de las Casas como decano de la facultad de letras y tuvo entre sus alumnos a Marcelino Menéndez Pelayo. Se jubiló en 1885, y pasó la última etapa de su vida en el Monasterio de Montserrat como postulante. Pues este es el autor que más manuales de literatura latina publicó en la España liberal. Su primer manual apareció en 1848, y siguió publicándose, con modificaciones que en nada afectaban ni a la estructura ni a su planteamiento, hasta 1879. Este autor siempre creyó que la enseñanza de los tiempos de Fernando VII había sido mejor que la de los nuevos tiempos liberales. Recuerdo a los pacientes lectores que hayan llegado hasta aquí leyéndome que el rey absolutista había mandado promulgar un ley de educación, conocida como el Plan Calomarde, que estaba dirigido a los súbditos del reino. La nueva educación liberal ya no hablaba de súbditos, sino de ciudadanos, pero éstos, en opinión de Jacinto Díaz, eran ahora mucho más ignorantes (la consagración de los "asnos eruditos" de los que nos habla Forner en el siglo XVIII) y la literatura latina, que poco a poco fue alejándose del conocimiento de la lengua latina, no era más que una materia para parleros de diario. En fin, qué pocas cosas importantes cambian en nuestro comportamiento social y humano. FRANCISCO GARCÍA JURADO
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