lunes, 8 de julio de 2013

Literatura y educación

A aquellos que nos sentimos interesados por los contactos entre literatura, historia y sociedad, pocas relaciones nos parecerán tan apasionantes como la que se plantea entre la creación literaria y la historia de la educación. Se trata de una relación rica y compleja que da lugar a un continuo diálogo entre la formación académica de los autores y sus horizontes de expectativas. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE.
Los contactos entre literatura y educación son recíprocos, pues la literatura puede convertirse también en parte integrante del sistema educativo mediante lo que conocemos como lecturas escolares, y éstas, asimismo, servir de acicate para formar nuevos autores y lectores . Uno de los aspectos más evidentes de esta relación entre educación y literatura nos la ofrecen los textos referidos, precisamente, al paso de los autores por las escuelas. Dentro de este marco, hace ya tiempo que nos parecía muy interesante el estudio de una figura literaria de extraordinaria riqueza, como es la del preceptor de latín. A los lectores de la literatura humanística les vendrá rápidamente a la memoria el autor quizá más universalmente conocido a este respecto, François Rabelais, quien en su Gargantúa y Pantagruel describe magistralmente el método de enseñanza de los grammatici y magistri, especialmente el de maese Túbal Holofernes . En la literatura española es, sin duda, el licenciado Cabra de Quevedo, conocido más popularmente como el “Dómine Cabra”, el que ha configurado el retrato más conocido y arraigado en nuestras letras. De esta forma, el profesor de latín, llamado también “gramático”, “preceptor”, “maestro” y en otras ocasiones “pedante”, si bien el nombre de más larga y oscura tradición ha sido el de “dómine”, es un retrato significativo de la literatura española que todavía sigue vivo en nuestro imaginario popular, como podemos ver en la vitalidad que tiene aún hoy la frase hecha “poner como chupa de dómine”. Los profesores de latín son amados unas veces, odiados otras, admirados y temidos, y suelen dejar una huella indeleble, para bien o para mal, en los autores que los retratan. El asunto hunde sus raíces en la propia literatura clásica latina y puede seguir rastreándose hasta los autores más actuales de la literatura española, como es el caso de Antonio Muñoz Molina y Juan Manuel de Prada.
El retrato, naturalmente, no se agota en la literatura en lengua española, y sería muy interesante poder llevar a cabo una historia del profesor de latín en diversas literaturas. Sin salir del siglo XX, vemos cómo la obra James Joyce (en la ilustración) no podría entenderse sin el paso de autor por un colegio de jesuitas. De esta forma, en su Retrato del artista adolescente no podía faltar el personaje del profesor de latín, el Padre Arnall, caracterizado por su carácter colérico. Asimismo, alguno de los personajes más inquietantes de la historia de la literatura universal es profesor de latín, como ocurre con el personaje de Naphta, encarnación de nuevos y oscuros valores que definirán buena parte del siglo XX, y que sirve de contrapunto al humanista Settembrini en La montaña mágica, de Thomas Mann. La primera impresión que obtenemos de Naphta es la de un sujeto desagradable, como después podemos terminar de comprobar cuando, frente a lo que sería esperable en un latinista, emprende un demoledor ataque contra los estudios clásicos y Virgilio. En otro ámbito bien distinto, podemos también recordar un peculiar personaje de la novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez: la figura de aquel sabio catalán, otrora profesor de lenguas clásicas, que con su insólita biblioteca de libros raros hace leer a Ovidio y Séneca en un lugar donde no se había pasado de la escuela primaria. Las posibilidades que nos ofrece este marco de estudio de las relaciones de la literatura con la historia de la educación son, pues, prometedoras , y nos sirven, asimismo, para tener una perspectiva valiosa acerca del propio profesor de latín a lo largo de la historia. A quienes somos profesores de latín nos hará reflexionar, y a los que alguna vez estudiaron la lengua latina les invitará a identificarse con alguno de los testimonios. FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

miércoles, 26 de junio de 2013

Resucitar en Wells: "a world of piety"

La pequeña ciudad de Wells, perdida en esos paisajes de una Inglaterra soñada, me devolvió sensaciones pasadas y puras, tanto como esos pozos o manantiales (wells) que le han dado con merecimiento su nombre. A Wells llegamos precisamente un domingo de resurrección, tras haber podido entrever la liturgia anglicana de Semana Santa (Easter) en ciudades como Bristol o Salinsbury. Fue el día perfecto para llegar a Wells. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Un autobús que se tomaba a la entrada de la estación de Bristol nos llevó durante la pacífica mañana del domingo hasta la ciudad de Wells. Una joven conductora, con dos infantiles coletas, nos contó a María José y a mí que ese día el autobús tenía un precio especial para las familias. Ese día, en efecto, las familias se visitan y por ello pagan menos. De esta forma, y con la tranquilidad de un domingo especial, llegamos hasta la ciudad de Wells entre campos felices. De Wells nos sorprendió sobre todo la visita a los pozos naturales de agua cristalina. Me entretuve en captar la imagen de la catedral reflejada en uno de ellos. Los jardines que rodean los edificios religiosos parecen estar sacados de un ameno grabado del siglo XIX. Había, además, muy poca gente que pudiera perturbar aquella santa paz. Pensé en la novela de Evelyn Waugh titulada "Retorno a Brideshead", cuando el protagonista pasea por Oxford hasta el college donde reside su amigo Sebastian y define aquella mañana como "un mundo de piedad". Así me sentí, vencido por tales sensaciones, intensas y a la vez sencillas. Ya a media mañana entramos en la solemne catedral, engalanada discretamente por ser domingo de resurrección. Me impresionó ver cómo a esa hora los rayos de sol caían oblicuamente sobre el cuerpo de Cristo crucificado, como si se tratase de una visión mística.
Recordé que, de todas las celebraciones de la liturgia cristiana es la pascua de resurrección y el día siguiente lo que más me impresiona. No creo en esta resurrección (y no porque no desee creer en ella), pero me gusta pensar en la posibilidad de reencontrarme, siquiera un momento, con los seres queridos que perdemos. Lo que antes no era más que un cotidiano gesto de cariño, como besar a mi padre, ahora es algo tan imposible que casi nos sobrecoge pensar en cuánto nos hemos equivocado al considerar lo que era o no importante en nuestras vidas. La resurrección reúne en sí misma la belleza de superar las barreras del tiempo y, a la vez, de hacernos ver que lo más sencillo puede convertirse en lo más inefable. También me conmovió, ya en otro orden de cosas, un cochecito de juguete que descansaba en un jardín cercano.
Otro cochecito parecido y otro niño vinieron a mi recuerdo,  y pensé que también a lo largo de nuestra propia vida dejamos de ser muchas cosas, y que muchas de nuestras pequeñas vidas van también muriendo mientras vivimos, como si de pieles distintas se tratara. Aquel niño y aquel otro jardín ahora estaban también lejos, no sólo en el espacio, sino también en el tiempo inexorable. Mi padre y mi hijo, que nunca se pudieron conocer, se reunían ahora, gracias al milagro de las evocaciones, en esta ciudad de pureza y de piedad. FRANCISCO GARCÍA JURADO

viernes, 21 de junio de 2013

Lecturas de la primera bucólica de Virgilio por parte de autores modernos

A menudo los temas de investigación nos buscan a nosotros. Esto es lo que me ha ocurrido al indagar en las lecturas que algunos autores fundamentales de la literatura moderna han hecho de la primera bucólica del poeta Virgilio. Primero fue Borges, luego Machado, y ahora Eça de Queiroz. Diferencias y sutiles coincidencias pueblan este inédito recorrido de tres grandes autores en torno a unos versos pastoriles que han articulado la tradición literaria de Occidente. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Dice Ernst Robert Curtius que la Eneida no basta para conocer a Virgilio, pues la influencia de las Églogas ha sido tan grande como la de aquella: «Desde el primer siglo del Imperio hasta la época de Goethe, la enseñanza de la literatura latina comenzaba con la lectura de la primera égloga; no es exagerado afirmar que quien no tenga en la cabeza este poemita no tendrá tampoco la clave de la tradición literaria europea.» (Ernst Robert Curtius, Literatura europea y Edad Media latina (1), México, F.C.E., 1988, p. 273). Esta lectura escolar de una composición virgiliana, a menudo hecha de memoria, recorre obras como la de Borges, o enriquece con alguna cita puntual los textos de Machado. Eça de Queiroz recurre a ella tanto para su cuento "Civilizaçao" como para su novela póstuma titulada A cidade e as serras. En algún momento, además, haré una suerte de mapa de lectura de la bucólica a partir de estos autores modernos. Si a Borges le apasiona el lentus in umbra, a Machado le llama poderosamente la atención el candidior postquam tondenti barba cadebat y a Eça de Queiroz el Fortunate senex, que cambia a Fortunate Jacinthe. Son muchos más los recuerdos de esta lectura, como las sutiles evocaciones que los tres autores hacen del irrepetible final de la composición, verdadero germen del paisaje como forma de sentimiento ("ya a lo lejos humean las chimeneas de las casas, y se hacen más grandes las sombras desde las altas montañas"). En cualquier caso, se trata del estudio de una lectura que se muestra como algo esencialmente vital, más allá de cualquier culturalismo. En diciembre de 2013, en el II congreso internacional de Tradición clásica y literatura portuguesa, que se celebrará en la Universidad de Lisboa, tendré ocasión de mostrar parte de estos resultados. FRANCISCO GARCÍA JURADO

domingo, 16 de junio de 2013

Expulsar a los rojos o a los jesuitas. ¿Qué más da?. Sobre educación y poder político

Cuando hablamos de política, sobre todo los que no nos dedicamos a ella, solemos pensar en ideas y planteamientos generalistas. Gran error. Los ciudadanos deberíamos analizar lo que ocurre con la política en las mismas claves que utiliza la mayoría de los políticos: poder y control sobre los demás. El poder puede traducirse en negocios y mero dinero fácil, aunque también en la vanidad de pasar a la Historia. La educación, desde tiempos remotos, es un ejemplo magnífico de este fenómeno que reduce la política a una mera cuestión de poder. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

A menudo, las cuestiones más sencillas se nos vuelven invisibles, pero tuve la suerte de verlo conversando con una persona mayor que yo, de estas que ven Intereconomía y votan al PP ciegamente. Me decía que no se creía que el PP quisiera cargarse el sistema público de enseñanza y sanidad. Es más, que por qué iba a hacerlo, que en definitiva no había nadie tan malo que pretendiera el mal de los demás tan alegremente. Más allá de lo ingenuo de este planteamiento, hay una cuestión de base que queda obviada. ¿Qué significa para el PP el sistema público de educación (no voy a meterme en lo que significa el de la sanidad, que básicamente se traduce en dinero)? Para estos señores, la educación pública es un reducto de la izquierda, de los rojos de siempre, vamos, un feudo ideológico que ha criado tradicionalmente votantes para el PSOE e Izquierda Unida, por este orden. El PSOE lo supo muy bien cuando reforzó y amplió durante los años 80 y 90 el sistema público de enseñanza: se estaba garantizando su futuro. En realidad, tanto PSOE como PP saben que hay que cuidar las canteras donde surgen sus futuros votantes: la pública y la concertada-privada, respectivamente. Esto, naturalmente, es al margen de que los hijos de los grandes dirigentes del PSOE vayan luego a estudiar con los curas, algo que, sin embargo, no ocurre al revés, es decir, que un hijo de un alto dirigente del PP vaya a estudiar a la pública. De esta forma, cada partido obra consecuentemente. No de manera distinta, cuando se expulsó a los jesuitas de los territorios españoles en 1767, fue básicamente por una cuestión de poder: los jesuitas formaban a personas que acataban primero la voluntad del Papa y después la del monarca. Naturalmente, desde aquel Campomanes del siglo XVIII que orquestó la expulsión de los jesuitas hasta el Wert de hoy día hay notables diferencias, pero el móvil de sus actuaciones no es muy diferente. FRANCISCO GARCÍA JURADO

miércoles, 5 de junio de 2013

Feliz en Bath: un paseo sentimental entre Gay Street y la catedral

Una de las calles más importantes y bonitas de la ciudad de Bath lleva el alegre nombre de Gay Street. En ella se sitúa la casa de la famosa novelista Jane Austen. Es posible que algún turista piense, al leer el rótulo de la recta y empinada calle, en connotaciones bien distintas a aquellas que en el siglo XVIII motivaron semejante nombre. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

Entre los cuidados jardines de Queen Square hasta los centenarios árboles que pueblan The Circus asciende la pequeña y bella Gay Street. Paseamos por la ciudad georgiana de Bath, que ya desde la misma estación de ferrocarril semeja una estampa de tinta china. Las columnas dóricas y jónicas de algunas casas nos traen recuerdos de antiguas arquitecturas clásicas, y el aspecto recoleto de las viviendas en hilera crea un armonioso conjunto donde la utilidad urbana se alía con el decoro. Estamos ante un urbanismo ilustrado y orgulloso, donde podemos recordar a aquellos viajeros europeos por las Islas Británicas que en pleno siglo XVIII quedaban maravillados ante su sistema parlamentario. El concepto de “felicidad”, en especial si es pública, resulta clave para entender estos proyectos urbanísticos tan propios del Siglo de las Luces.
Gracias a los buenos conocimientos que del latín tienen todavía buena parte de aquellos ideólogos, no es difícil comprobar cómo el término FELICITAS, relativo en sus orígenes rurales y romanos a la fecundidad del campo (así como LAETITIA, que tiene que ver con las tierras abonadas), preside estos anhelos de bien común. Por vericuetos lingüísticos que ahora no vienen al caso, el término inglés “gay” bien podía recubrir en el siglo XVIII lo que pretende expresar el adjetivo latino FELIX, antes de que “gay” pasara luego a adquirir otras connotaciones concretas. Hoy día, el posible equívoco de “gay” entre el viejo sentido, relativo a la FELICITAS, y el nuevo, nos puede hacer incluso sonreír. Lo que quizá no sepa todo el mundo, ni tan siquiera los habitantes de Bath, es que, en su catedral, una de las inscripciones que revisten los solemnes y altos muros representa a esta felicidad como una suerte de divinidad con el singular título de ORBIS TERRARUM FELICITAS, es decir, “Felicidad de las tierras del mundo”.
La felicidad, personificada en una mujer que porta una suerte de cornucopia, está acompañada por otra que porta una balanza, símbolo de la justicia, y por un camellero con turbante que probablemente simboliza el comercio. Otros elementos concurren a los pies de la felicidad, como un carnero, un niño o un joven que sostiene una suerte de nutria. En fin, que nuestro paseo por Bath transcurrió sutilmente desde “Gay Street” a la FELICITAS ORBIS TERRARUM, y en ese hilo conductor que pone en relación ambas cosas supe, una vez más, reconocerme en un lugar ajeno para apropiármelo ahora sentimentalmente. FRANCISCO GARCÍA JURADO





domingo, 26 de mayo de 2013

Venecia inventada: viaje real e imaginario

El viaje puede ser un deseo, un anhelo futuro, o un recuerdo. Y rara vez la vivencia inmediata llega a estar a la altura del deseo o del recuerdo. Durante uno de mis retornos a Venecia, quise retratarla inspirado en los cuadros que hiciera siglos antes el inmortal Canaletto. Y así confirmé de primera mano algo que sabía, pero que me había resistido a creer: Canaletto había alterado las dimensiones reales, había inventado una ciudad que nunca existió, pero que pervivirá más allá de su modelo. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

Para Antonia García, por su pasión por las cosas

No puedo disfrutar de los lugares si estoy "simplemente" en ellos. Ya sé que esto es una suerte de perversión viajera, pero el caso es que disfruto más de la vista del Palacio Real de Madrid desde el río manzanares si imagino que se trata de la Acrópolis de Atenas y, de manera inversa, en Atenas tiendo a evocar calles y lugares de mi antiguo barrio madrileño de Tetuán, tratando de reencontrar la infancia donde acaso nunca estuvo. Con el tiempo supe que éste era el juego que utiliza el protagonista de ese grandioso libro (en todos los sentidos) que es "A la búsqueda del tiempo perdido", de Marcel Proust. El caso es que cuando nuestro personaje llega al fin a Venecia, tras haberla evocado durante años, imagina que el sol que entra por las rendijas
de las persianas no es otro que el sol de Combray, el reino normando de sus ensoñaciones infantiles. Qué sol más lejano en el tiempo y en el espacio, pensará el amable lector, pero esa lejanía es la que nos lleva a la conciencia, en especial de lo perdido. Es posible que no saber disfrutar de lo presente, de lo que está a la vista, sea una sutil forma de infelicidad, aunque también puede ser una sutil manera de vivir. Pues bien, yo no dejo de pensar, cuando paso por la Calle de los Estudios, en Madrid, que la fachada en escorzo del Instituto San Isidro es, en realidad, el llamado Campo de los Jesuitas veneciano tal y como lo retrató el impar Canaletto. Así lo he visto durante años, desde que adquirí un libro sobre Canaletto de la serie "Entender la pintura", donde se estudia precisamente cómo el pintor italiano alteró las perspectivas de la plaza. La verdad es que en anteriores viajes a Venecia jamás se me había ocurrido acercarme hasta aquel lugar periférico. Por fin logré llegar allí, acopañado de María José y de su antigua profesora de griego y ahora amiga, Carmen. El momento aquel fue realmente simpático. Yo llevaba en la memoria el lugar preciso desde el que Canaletto había tomado la perspectiva. Se trataba de uno de los infinitos puentecillos por los que se puede cruzar los innumerables canales de la ciudad. Pero, al llegar, me encontré con una pareja de enamorados que, sentados a un lado del puente, no tenían intención de marcharse. Dado que aquellos jóvenes heridos por la flecha de Eros no parecían moverse, y puesto que no podíamos echar la mañana entera en aquel lugar, me dirigí resuelto hasta ellos para pedirles que, por favor, me dejaran hacer una fotografía del lugar precisamente desde allí, "pues era la perspectiva de Canaletto". Hubiera querido haber llevado conmigo el libro sobre el pintor para que aquellos jóvenes vieran que no les estaba tomando el pelo. El caso es que los pobres se levantaron amablemente y me permitieron hacer la soñada fotografía. Cuando volvimos a Madrid pude comprobar, al igual que ahora vosotros también podéis hacerlo si comparáis las imágenes, que la vista de Canaletto diverge claramente de la realidad. Sin embargo, si un día desapareciera Venecia y sólo quedara la vista de Canaletto, sería muy difícil entonces determinar qué fue verdad o mentira. Así suelen ser, igualmente, nuestras evocaciones, recuerdos y sueños. Se trata de ese lado oculto que tiene la mentira y que no es otro que el de su propia verdad. FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

miércoles, 22 de mayo de 2013

De lo sublime y lo bello


Todavía cuesta hacer ver, al menos a quienes no se han iniciado en la materia, que el clasisismo no es más que una forma, y sólo una, de interpretar el pasado grecolatino. Se trata, sin más, de una estética que tiene su momento áureo en el siglo XVIII, pero que no tomó nombre hasta el siglo siguiente, cuando libros como los de Madame de Stäel comienzan a hablar ya sin ambages sobre el romanticismo, que precisa de un contrapunto para abrirse camino en una nueva realidad europea. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Identificar, sin más, el clasicismo con el arte y la literatura grecolatina lleva a grandes y graves errores de percepción. Otras estéticas, además de la clasicista, han concurrido en reinterpretar este legado, como el propio romanticismo, o después sus naturales seguidores, el simbolismo, lo parnasiano, y hasta las vanguardias de comienzos del siglo XX, con la ruptura de la tradición, nos dieron sus propias visiones estéticas de la Antigüedad. Que lo bello no es suficiente, pues no sólo ha de complacer el buen gusto, sino incluso conmovernos, es una de las líneas maestras que nos permitirá asistir paulatinamente al sutil tránsito que va desde las posturas más neoclásicas a las plenamente románticas. Sin embargo, el proceso tiene visos de ser simultáneo más que sucesivo, como ha podido ver claramente Ana González-Rivas Fernández en su tesis doctoral. Su tesis nació de una intuición, como fue el interés por valorar cuál sería la relación entre los antiguos textos de la literatura grecolatina y la moderna literatura gótica. Se trata de una relación no explorada apenas que ahora aparece analizada brillantemente en esta tesis doctoral, redactada a caballo de dos continentes. El concepto de lo sublime apareció ya en la propia Antigüedad, dentro de un tratado hoy anónimo que lleva, precisamente, este título: Sobre lo sublime. En él se desarrolla la idea fascinante que liga la belleza a la conmoción estética, y de ahí incluso al terror. A mitad del siglo XVIII, un pensador político, Edmund Burke, desarrollará estas ideas en su tratado titulado "Indagación filosófica sobre el origen de nuestra ideas acerca de los sublime y de lo bello". El tratado se convierte en el gran precursor de la estética romántica, la que da lugar a los intensos paisajes de Caspar Friedrich, o a la estética visionaria de un William Blake. Dolor y placer se combinan en la contemplación estética, como cuando nosotros mismos asistimos a las Sacramentales de San Isidro y Justo para explicar, precisamente, las claves "sublimes" de los panteones del siglo XIX. Edmund Burke estudió en el Trinity College de Dublín, y hoy su estatua preside el flanco derecho de la entrada principal al venerable campus. Siempre es grato reencontrarse con los autores que se han leído con pasión. Hay quien considerará estas cosas como actos intrascendentes. Para mí es una forma de contemplación y de estar en el mundo. Francisco García Jurado H.L.G.E.