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domingo, 19 de julio de 2009

OTRA VEZ SOBRE EL MULTICULTURALISMO


Como era de esperar,mi estancia en Harvard me ha devuelto en más de una ocasión a esa nueva realidad cultural llamada "multiculturalismo", que en rasgos generales viene a ser como una aceptación, al menos oficial, de la relación no jerárquica entre distintas culturas. Sólo tenemos que ir al metro para poder apreciar cómo en los innumerables reclamos publicitarios que hacen aquí los centenares de centros universitarios aparecen "casualmente" al menos tres estudiantes pertenecientes a diferentes (vamos a decir) razas. Así lo vi ayer mismo en un cartel del Eastern Nazarene College (cuyo lema reza así: "Many differences, one faith"), o en la propia web de la universidad de Harvard (que da la impresión de ser una universidad de orientales), y ya lo hemos comentado cuando hablamos sobre el antiguo Indian College. La cuestión tiene ya unos años, y el otro día encontré en la Harvard Book Store un resto editorial del año 1996 dedicado precisamente a tratar críticamente este tema. Se trata del libro titulado Great Books, escrito por el periodista David Denby. Denby, antiguo alumno de Columbia University, volvió a las clases de su alma mater neoyorkina para cursar de nuevo, como en su juventud, una asignatura llamada precisamente Great Books. Homero, Dante, Virgilio, o Bocaccio son los "grandes libros" que se leen y estudian en tal asignatura. En teoría no hay nada malo en leerlos, al menos eso creo. El problema viene cuando ciertos grupos universitarios entienden que leer a Dead Whites European Males puede suponer una forma de Eurocentrismo dominante sobre el resto de culturas concurrentes en la nueva sociedad multicultural. No adquirí este libro cuando apareció en español. Luego me di cuenta de que era un gran libro también, no sé si como aquellos de los que habla, pero se trata de un libro útil y necesario. El autor relata cómo transcurren las clases en Columbia y su relación personal con estas lecturas esenciales. Cuando hace tiempo traté el tema de la crisis de la cultura occidental en Thomas Mann, T.S. Eliot y Jorge Luis Borges debí haber incluido este libro. Su lectura me devuelve a los tiempos en que comencé a trabajar en serio en el campo de la Literatura Comparada. Ya he dicho en otro lugar que la suerte de las humanidades clásicas ha corrido pareja a la misma suerte que viene corriendo la propia cultura occidental. Las reflexiones que hizo Borges tenían mucho de incorrección política y de afinidad con T.S. Eliot. Me gustaría recordar ahora algunos de los planteamientos que expuse en su momento. Todo comenzó con un curioso aserto borgesiano que encontré en una entrevista concedida sólo un año antes de su fallecimiento a José-Miguel Ullán. Borges volvía a hablar sobre su conocida aversión a los comunistas, precisamente en relación con las importancia de las lenguas clásicas:

“-¿Le sigue preocupando el comunismo?
-Está en la Universidad. Los comunistas han encontrado una trampa. Dicen que el estudiante puede optar por el griego, el latín, el inglés, el italiano, el ruso, el alemán... Eso quiere decir, ni más ni menos, que el estudiante puede prescindir del latín y del griego. Se trata, en consecuencia, de una opción falsa. Esa opción está hecha para matar las humanidades. Optar por quiere decir realmente prescindir de. Si el estudiante puede recibirse de doctor en Letras sin conocer las lenguas básicas, eso tiene un nombre: incitación a la pereza” (José-Miguel Ullán, “El olor de los tigres (entrevista con Jorge Luis Borges”, Culturas. Suplemento semanal de Diario 16, nº 10, 16 de junio de 1985)

Tales asertos, en apariencia improvisados e ingeniosos, que ponen en relación a los comunistas con la optatividad de las lenguas clásicas no se deben exclusivamente a Borges, sino que pueden situarse dentro de una larga y compleja tradición cultural europea. A este respecto, resulta significativa, y va mucho más allá de lo casual, la defensa, a menudo apasionada, que algunos de los grandes autores del siglo XX hacen de las humanidades clásicas como parte fundamental de la propia cultura europea. Ésta, definida en clave de cultura burguesa, o aquella que entiende aún lícitamente las categorías de su cultura como universales, tiene su comienzo propiamente dicho después de la Revolución Francesa y continúa vigente como representación cultural por antonomasia hasta bien pasada la Segunda Guerra Mundial, momento en el que se van a ir constituyendo nuevas formas alternativas de interpretación del mundo que vienen definidas por las etiquetas genéricas de poscolonialismo y estudios culturales, entre otros.
Por lo demás, el concepto de cultura europea u occidental, ligado estrechamente al de cultura burguesa, ha desarrollado una manera de entender la propia realidad europea y mundial desde una cultura post-ilustrada que se caracteriza, entre otras posibles cosas, por el historicismo o el distanciamiento intelectual de aquello que se lee o interpreta. Era esta manera de interpretar lo propio la que se consideraba como válida o legítima también para interpretar el resto de realidades. Asimismo, esta cultura burguesa ha configurado un canon literario y una manera propia de entender la literatura, cuya manifestación más representativa es la novela burguesa. Tan ligadas están la cultura y la novela burguesas que, en realidad, la definición de la primera puede aplicarse a la segunda. En un interesante trabajo acerca de los trasiegos del héroe antiguo y el héroe moderno, Rubén Florio recoge una certera observación de Carlos Fuentes sobre Thomas Mann, en la que consideraba a éste como el autor culminante de esta novela burguesa europea, por el hecho de entender aún “lícitamente” las categorías de su cultura como universales. Esta observación puede completarse con otra de Hans Mayer al respecto, que considera a Mann un “punto crítico” y ve, a su vez, las afinidades de éste con Goethe en cuanto a la conciencia que ambos tienen de su lugar en la Historia.
Goethe y Mann pueden representar, respectivamente, los comienzos de la literatura burguesa propiamente dicha y el final de su periodo dorado. Asimismo, ambos autores son exponentes de la íntima relación que esa cultura burguesa moderna tiene con la cultura clásica grecolatina. Sin embargo, no es Thomas Mann el único autor europeo del siglo XX que ilustra este peso específico que la cultura clásica ha tenido en el desarrollo de la cultura burguesa. Junto a Mann puede ponerse a otros destacados autores, como es el caso de T.S. Eliot. Para ambos, hay un poeta latino que encarna las virtudes y la tragedia de los clásicos en el mundo moderno: Virgilio. Para ambos la cultura clásica está íntimamente ligada con la cultura burguesa, frente a los peligros del “alba proletaria” (Mann) o el “radicalismo” (Eliot). Es aquí, pues, donde debemos incardinar las ideas borguesianas acerca de la educación clásica y los comunistas. El asunto es, a todas luces, extremadamente complejo y no invita, precisamente, a la parcialidad, dado que cae en los terrenos de la actual incorrección política.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

2 comentarios:

Antonio dijo...

Una vez más, tu texto no defrauda: estimula. Pienso, sinceramente, que mientras la catedral de León sea más hermosa que la parroquia de la Virgen de Nuria de la calle Juan de Urbieta de Madrid (es un bajo...), podemos sostener que la Divina Comedia es más hermosa que El código da Vinci. Y yo me pregunto, si el marxismo llevó a una mala política, ¿por qué ha de conducir a una excelente crítica literaria? Cuando leemos y disfrutamos los grandes libros no despreciamos necesariamente a los "pequeños". Pero ars longa, vita brevis. ¿Por qué lo último va a ser lo mejor? ¿Por qué menospreciar a los antiguos? Sinceramente creo que somos enanos subidos a hombros de gigantes. Quizás seamos también gigantes, pero ¿hemos de ser nosotros los que nos valoremos a nosotros mismos en tal medida? Me parecería pretencioso. Agradezco infinitamente a los copistas pacientes e impresores de Platón, Virgilio o Dante. La tradición, como escribió Chesterton, es "la democracia de los muertos".

Francisco García Jurado dijo...

Comparto tu interpretación, tanto desde un punto de vista racional como afectivo.