domingo, 10 de octubre de 2010

LA CIUDAD INVISIBLE DE LOS CLÁSICOS -3-

Continuamos con la serie que hemos iniciado acerca del término clásico y su uso a través de la Historia. Hoy nos centramos en la Antigüedad y en la peculiar metáfora que Aulo Gelio creó a partir de un antiguo uso social: los "clásicos" eran los ciudadanos más ricos de Roma, pero eso era en tiempos arcaicos. Gelio escribe en el siglo II de nuestra era. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

El principio de todo: classicus adsiduusque frente a proletarius

A menudo es difícil saber cuál es el principio de las cosas y el origen de las palabras. De manera excepcional, en el caso que nos ocupa, sabemos quién utilizó por primera vez la palabra “clásico” para referirse a los mejores autores. Se trataba de Aulo Gelio, autor latino del siglo II de nuestra era, que utilizó de manera metafórica el término cuando recreaba, precisamente, una conversación con su amigo Cornelio Frontón, conocido por su epistolario. Gelio es muy dado a la trascripción ficticia de conversaciones mantenidas en un pasado más o menos reciente, ya sea durante su más tierna juventud en Roma, la etapa de sus estudios en Atenas, o su posterior actividad como juez de nuevo en Roma. Aulo Gelio hace que sea Frontón[1] quien tome prestado el término “clásico” con el viejo sentido de la división por clases que existía en Roma durante los antiguos tiempos del rey Servio Tulio. Precisamente, de esta división social y del viejo sentido de “clásico” se nos habla en otro de los capítulos de sus Noches áticas:

“Classici” dicebantur non omnes, qui in quinque classibus erant, sed primae tantum classis homines, qui centum et uiginti quinque milia aeris ampliusue censi erant. “Infra classem” autem appellabantur secundae classis ceterarumque omnium classium, qui minore summa aeris, quod supra dixi, censebantur. Hoc eo strictim notaui, quoniam in M. Catonis oratione, qua Voconiam legem suasit, quaeri solet, quid sit “classicus”, quid “infra classem”. (Gel. 6,13)

No se llamaba “clásicos” a todos los que estaban en las cinco clases, sino tan sólo en la primera, aquellos que estaban censados con un patrimonio de 125.000 ases o superior. Por su parte, se llamaban infra classem a los de la segunda clase y el resto, aquellos que estaban censados por una cantidad menor de dinero que la arriba citada. Por ello, he escrito esta breve nota, porque en el discurso de Marco Catón donde abogó a favor de la ley Voconia suele preguntarse que es classicus y qué infra classem. (trad. de F. García Jurado)

De esta breve noticia que nos ofrece Aulo Gelio cabe destacar la posición preeminente que ocupan los llamados classici, que constituían en realidad la clase de los miembros egregios dentro de una sociedad jerarquizada por la solvencia económica.[2] Así pues, la classis por antonomasia era únicamente la primera, pues las cuatro clases inferiores, según nos cuenta Gelio, se denominarían infra classem por estar debajo de aquélla. Por esta razón, cuando en la conversación con su amigo Frontón se utiliza el término classicus para hablar de los mejores escritores, sabemos claramente que se refiere a los más granados, sólo los de ese primer orden, en el contexto de una oportuna y sutil metáfora que sugiere de manera implícita la existencia de una sociedad literaria ideal y atemporal:

Ite ergo nunc et, quando forte erit otium, quaerite an “quadrigam” et “harenas” dixerit e cohorte illa dumtaxat antiquiore uel oratorum aliquis uel poetarum, id est classicus adsiduusque aliquis scriptor, non proletarius. (Gel. 19,8,15)

Partid, por tanto, ahora, y en cuanto os sea posible, mirad a ver si ha utilizado los términos “quadriga” y “harenas” alguno de la cohorte antigua de oradores o poetas, es decir, algún escritor clásico y solvente, no un proletario. (trad. de F. García Jurado)

Es importante hacer notar, asimismo, que la metáfora que traslada el término classicus del ámbito social y económico al literario hace también lo propio con el término proletarius.[3] Mientras el primero de ellos adquiere una valoración positiva, el segundo ocupa la parte negativa, relativa a los autores de menor nivel. Esta jerarquización, sin embargo, irá cambiando a medida que nos acerquemos a nuestro tiempo y el concepto de clásico se democratice, como iremos viendo en este mismo trabajo. Así pues, en principio, la concepción que tiene Gelio de un “clásico” no coincide precisamente con lo que nosotros entendemos hoy día como tal.[4] Para empezar, y de forma muy distinta a lo que ahora entendemos como “clásicos”, es decir, los mejores autores de cualquier literatura y época, los classici de los que se habla metafóricamente en el texto de Gelio a propósito de una discusión gramatical serían, en particular, autores latinos antiguos. Dentro de este notable grupo de autores destaca el comediógrafo Plauto, objeto de muchos de los desvelos filológicos de Aulo Gelio, y a quien se aplican calificativos tan elogiosos como “el más elegante” (Plautus, uerborum Latinorum elegantissimus [Gel. 1,7,17]), el “príncipe” (Plautus quoque, homo linguae atque elegantiae in uerbis Latinae princeps [Gel. 6,17,4]) y la “gloria de la lengua latina” (Plautus, linguae Latinae decus [Gel. 19,8,6]). Este tercer apelativo se le confiere, precisamente, dentro del mismo capítulo donde se utiliza el término de “clásico”. Plauto sería, por tanto, uno de los principes de esta ideal y atemporal ciudad de las letras. Así pues, es interesante hacer notar cómo el uso metafórico de classicus está pensado, de manera defectiva, para referirse a los autores latinos, de la misma manera que los classici propiamente dichos eran precisamente aquellos ciudadanos de la primera de las cinco clases que habitaban en la antigua Roma, y cuyo escalafón más bajo formaban los proletarii, o aquellos que no podían aportar más que su prole a la riqueza común. Este rasgo patrio desaparecerá después, cuando los humanistas recuperen el término, ampliándolo a también a los autores griegos y otros. Lo que sí va a pervivir con fuerza es el carácter del clásico como autor fundamentalmente antiguo.[5] De hecho, el término “antiguo” será fundamentalmente el que se utilice para hablar de los autores grecolatinos, hasta que se les atribuya por antonomasia el adjetivo de “clásicos” a finales del siglo XVIII. Por su parte, el término adsidui que acompaña a classicus, y que hemos traducido como “solventes”, corrobora la dimensión económica de la clasificación.[6] Estamos, por tanto, ante la representación de una ciudad literaria perfectamente estratificada en torno a la solvencia de los propios autores, en el contexto de una consideración económica de la literatura que no habría de desagradar a los historiadores marxistas.[7] El comparatista Harry Levin hace un sabroso comentario a este respecto en su no menos sabroso libro Contexts of Criticism:

The figure of speech for literary status, borrowed from the Roman classification of taxpayers, is frankly social and snobbishly economic enough to gratify the worst suspicions of Marxist historians. This particular use of the adjective classicus, which seems to have no other ancient or medieval example, would not become a catchword until the humanistic revival of the classics. Then, as Pauly-Wissowa indicates, Melanchthon could use it in recommending Plutarch; and thence it was but a short step to the vernaculars, with programs of education based –like Milton’s- on “works of classical authority”. (Levin, 1957, p. 38)
De esta forma, los classici que formula Gelio metafóricamente tendrían tres rasgos fundamentales: serían autores latinos, autores antiguos y autores “solventes”. Si, como ya hemos anotado, consideramos que este canon de autores se constituye desde el punto de vista de la corrección gramatical de la lengua latina, el término classicus se refirió originalmente tan sólo a los autores que cultivaron esta lengua. Según lo dicho, los escritores griegos quedaron tácitamente excluidos, para sorpresa del estudioso moderno, si bien éstos recibieron en el mismo Gelio otras calificaciones análogas, tales como idonei.[8] No obstante, tanto los idonei Graecorum como los classici (Latini) tienen en común su carácter de autores antiguos,[9] como antigua es también la propia acepción que se utiliza de classicus (recordamos de nuevo que se trata de la acepción relativa a una arcaica estratificación social de los tiempos del rey Servio Tulio) frente al sentido que es ya común en latín clásico de aquello que tiene que ver con la classis, es decir, la flota de guerra.[10] Por lo tanto, Aulo Gelio es el primer autor que lleva a cabo un uso metafórico a partir de la antigua acepción económica de classicus, trasladada desde el ámbito social al de las litterae, aunque no será hasta el siglo XVI cuando la metáfora cobre una gran fortuna para la configuración de los cánones literarios. Sin embargo, la metáfora que nos permite entrever o imaginar una ciudad, muy parecida a la Roma antigua y poblada por sus auctores classici, donde el comediógrafo Plauto sería, precisamente, el que ocupa el lugar de honor entre todos ellos, no va a ser comprendida salvo por unos pocos lectores modernos de Gelio. Uno de ellos, como indica el propio Levin en el texto citado más arriba, será el humanista Philipp Melanchthon, que hace uso del término en un documento de 1519, si bien para referirse ya a un autor que ha escrito en griego, el polígrafo Plutarco.[11]
[1] No obstante, Holford-Strevens (2005, P. 362) comenta que esta caracterización geliana de Frontón apunta más a intereses propios del primero que del segundo. Uría Varela (1998, p. 48), por su parte, se inclina por la posibilidad de que fuera realmente Frontón. La cuestión en todo caso no modifica sustancialmente las conclusiones de nuestro estudio.
[2] Véase también el pasaje recogido en Liv. 1,43,1-11.
[3] Se puede encontrar un buen comentario al respecto en Hout, 1999, pp. 599-600.
[4] Así lo hemos mostrado en nuestro trabajo “¿Qué es la literatura griega y latina para Aulo Gelio?: hacia un protoconcepto”, International Workshop. Social and Literary Bilingualism: Under Rome’s Rule, Pamplona, 9 de octubre de 2009. Universidad de Navarra. Cf. García Jurado (en prensa).
[5] El carácter antiguo de los clásicos será una característica que perviva en la conocida caracterización de los “antiguos” frente a los “modernos” que configurará la llamada “Querelle des anciens et de modernes” básicamente entre los siglos XVII y XVIII.
[6] “En efecto, también adsiduus es palabra con la que, desde el mismo Servio Tulio, según testimonio de Cicerón, se designa a la clase alta como clase «contribuyente»” (Uría Varela, 1998, p. 54).
[7] Como curiosidad, podemos leer cómo recoge la antigua estratificación social el conocido historiador marxista de la antigüedad romana Serguei Ivanovich Kovaliov, que nos habla de la manera siguiente acerca de aquella antigua división en clases: “Servio Tulio dividió a todas la población de Roma, tanto a los patricios como a los plebeyos, en cinco categorías de poseedores o clases (classis). En la primera estaban los ciudadanos que poseían un patrimonio no menor de 100.000 ases, en la segunda los que poseían 75.000 ases, en la tercera 50.000, en la cuarta 25.000 y, finalmente, en la quinta aquellos cuyo patrimonio no era inferior a los 12.500 ases (según Dionisio) o a los 11.000 (según Livio). Los ciudadanos restantes constituían la clase inferior (infra classem) y se les llamaba proletarios (de la palabra proles), es decir, personas que sólo poseían hijos. Estos últimos también eran llamados capite censi (censados por la cabeza)” (Kovaliov, 1985, p. 82).
[8] No obstante, cabe encontrar otras expresiones equivalentes para referirse a éstos últimos, como cuando son calificados de principes (omnes linguae Atticae principes [Gel., I 2.4], que es como también se califica al latino Plauto) o se les aplica el curioso término de idonei, que es una palabra importada, al igual que classicus y adsiduus, del ámbito económico (Uría Varela, 1998, pp. 56-57). De esta forma, idoneus implicaría la misma condición de modelo gramatical para los griegos que classici para los latinos: Sed nos neque “soloecismum” neque “barbarismum” apud Graecorum idoneos adhuc inuenimus (Gel., 5,20,4) (“Mas no hemos encontrado hasta ahora ni «solecismo» ni «barbarismo» entre los mejores autores griegos”).
[9] “Antiquity as a basis for sustaining the idea of Latin’s parity with Greek was as important to Fronto and Gellius as it had been to Cicero” (Swain, 2004, p. 35).
[10] En latín clásico, el término classicus remitía ya al ámbito de la flota de guerra (classis). Así lo vemos en Veleyo Patérculo: classicis peditumque expeditionibus (Vell., 2,121,1), es decir, “expediciones por mar y por tierra”.
[11] “Losgelöst von der ursprünglichen Bedeutung und im modernen Sinne ist das Wort erst von den Humanisten gebraucht worden; so heisst es bei Melanchthon in der Widmungsepistel der Ausgaben von Plutarchs Schrift Ei) kalw=j ei)/rhtai to\ la/qe biw/saj an Bartholomaeus Feldkirch vom April 1519 (Corp. Reformat. I, p. 80): De hac re Plutarchi sententiam, classici videlicet authoris, certum est praelegere scholae nostrae.” (Pauly-Wissowa, 1899, s.v. classici p. 2629).

viernes, 8 de octubre de 2010

LA CIUDAD INVISIBLE DE LOS CLÁSICOS (SEGUNDA PARTE)

Damos hoy comienzo a la serie de entregas relativas a la histoira de la palabra "clásico". Hoy veremos cuestiones preliminares y se trazará el esquema que va a seguirse en el estudio. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Posiblemente sea el concepto de “clásico”, junto con el de “canon”, uno de los más controvertidos a la hora de hablar acerca de literatura. La historia del término y de sus transformaciones conceptuales da cuenta, asimismo, de un proceso complejo donde han intervenido aspectos tan diversos como la gramática, la estética, la historia y hasta el propio azar. Nuestro propósito en este trabajo es llevar a cabo un estudio de las dos formulaciones de la idea de “clásico” que se sitúan a uno y otro lado de la línea del tiempo: la primera formulación que encontramos atestiguada, a partir de una curiosa metáfora, en las Noches áticas de Aulo Gelio, y la última gran formulación del concepto, la del autor italiano Italo Calvino, que viene a suponer la culminación de ese largo proceso referido. Esta reflexión servirá para apreciar cuánto ha variado el concepto a lo largo de dieciocho siglos, aunque, para nuestra sorpresa, es posible encontrar todavía algunas coincidencias significativas que demuestran de qué manera el azar, tal como vio Enrst Robert Curtius, sigue ocupando un lugar clave para comprender este término. En particular, queremos revisar la naturaleza metafórica de la formulación y su emplazamiento ideal en una ciudad imaginaria que se parece mucho a la antigua Roma, poblada idealmente de autores jerarquizados por su “solvencia” gramatical y literaria.
Así las cosas, nuestro objeto de estudio lo componen especialmente los textos de Gelio relativos a la palabra classicus en sus dos acepciones: la originaria, de carácter social, y la metafórica, que apunta a la idea de los mejores autores. Haremos después un recorrido histórico del término a partir de dos momentos estelares: el siglo XVI, que marca su resurrección y generalización, y el siglo XIX, que lo transforma profundamente. Tras estudiar algunos de los autores esenciales que revisaron el término a mediados del siglo XX, llegaremos a dos obras clave de Italo Calvino: Por qué leer los clásicos y Las ciudades invisibles.
Nuestro método de trabajo no supone tanto una mera enumeración lineal de testimonios como una ponderación adecuada de ciertos momentos esenciales que nos ilustran acerca de la visión antigua y moderna del propio concepto de clásico. Seguiremos para ello un criterio de oposición entre términos: classicus frente a proletarius o, siglos más tarde, “clásico” frente a “romántico”, que viene a ser una reformulación de la dicotomía entre “antiguos” y “modernos”. Nuestro estudio se desarrolla según el siguiente esquema: (1) el uso que Aulo Gelio hace de classicus adsiduusque frente a proletarius, (2) el uso que Luis Vives hace de classici frente a proletarii atque etiam capitecensi; (3) los “clásicos” frente a los “románticos”; (4) la crisis de mediados del siglo XX: proletarius, non classicus; (5) los clásicos cotidianos, o la biblioteca personal y (6) la ciudad invisible … de los clásicos.

martes, 5 de octubre de 2010

LA CIUDAD INVISIBLE DE LOS CLÁSICOS. ENTRE AULO GELIO E ITALO CALVINO

Vamos a ofrecer estos días , convenientemente secuenciada, una pequeña historia del término "clásico" desde que comenzó a utilizarse por vez primera en sentido literario. Los materiales que expondremos pertenecen a nuestro trabajo titulado "La ciudad invisibles de los clásicos. Entre Aulo Gelio e Italo Calvino", que ha sido publicado en la revista Nova Tellus 28/1, 2010. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE.
Este es el resumen del trabajo, que puede proporcionar una idea general de lo que iremos exponiendo con más detenimiento en sucesivas entregas:

La formulación de classicus para hablar sobre los mejores autores nace en el siglo II de nuestra era. Surge a partir de un uso metafórico que adopta el sentido arcaico del término, pues classicus está referido en principio a una antigua división social establecida en Roma durante los tiempos del rey Servio Tulio sobre la base de la solvencia económica. Así pues, el uso metafórico designa a los mejores autores latinos arcaicos, como si fueran habitantes ideales de una antigua Roma literaria. El término va a sufrir muchas modificaciones, no ajenas al propio devenir de la Historia, hasta llegar a la última gran formulación, la de Italo Calvino, ya a finales del siglo XX. En pocas palabras, se evoluciona desde una concepción jerárquica a una abiertamente personal de la idea de “clásico”. A pesar de todos estos cambios, entre la primera y la última formulación hay, casualmente, un sorprendente hilo conductor: una ciudad invisible y un autor latino que habita en ella. FRANCISCO GARCÍA JURADO

sábado, 2 de octubre de 2010

EL PROYECTO SOBRE LOS ESTUDIOS CLÁSICOS Y LA EDAD DE PLATA

Dentro de poco aparecerá nuestra monografía titulada"Historia de la literatura grecolatina durante la Edad de Plata de la cultura española (1868-1936) (Málaga, Analecta Malacitana, 2010). Está escrita por dieciséis especialistas y pondrá el broche final a un largo y apasionado proyecto de investigación. Este blog viene a ser una tanto el heraldo de una futura nostalgia que ya es presente. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE.

Una monografía única en su género, prologada por José Carlos Mainer, y una actividad de la Semana de la Ciencia en Madrid programada para el mes de noviembre ("Humanidades en guerra") pondrán fin oficial al proyecto sobre los Estudios clásicos y la Edad de plata de la cultura española que hemos desarrollado durante casi todo este último decenio. Queda la satisfacción de haber dilucidado relaciones entre los Estudios clásicos y la Historia cultural española absolutamente inéditas y muy especialmente el privilegio de haber trabajado con especialistas capaces de dar lo mejor de sí en sus diferentes aproximaciones a un tema diverso y complejo. En otro orden de cosas, no puedo olvidar los intensos meses que tuve el privilegio de participar en las actividades relativas a la exposición sobre la Facultad de Filosofía y Letras durante la II República. Aquello ha supuesto uno de los momentos más hermosos de mi vida académica. El futuro nos depara nuevos horizontes historiográficos, pero este pasado investigador y vital ya quedará para siempre como un verdadero paradigma. Como recuerdo de todo esto, os dejamos con el vídeo que muestra una parte de aquello que hemos estudiado. FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

http://www.youtube.com/watch_popup?v=_J-3nsjV3ME&vq=medium

martes, 28 de septiembre de 2010

LA ETIMOLOGÍA COMO ORIGEN Y COMO HISTORIA DE LAS PALABRAS

¿Os habéis preguntado alguna vez por qué resultan tan interesantes las etimologías y, a la vez, son tan discutibles la mayor parte de las veces? Pues quizá sea por la misma razón. El interés por las palabras siempre ha estado en el blanco de las controversias más variopintas, en muchos casos ajenas al lenguaje. La polémica, de manera indirecta, alimenta más, si cabe, el interés por las cosas discutibles. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
La etimología, la disciplina más antigua que conocemos dedicada al léxico, ha tardado siglos en constituirse como un objeto de estudio en sí mismo para dar lugar así a una disciplina lingüística. No obstante, todavía hoy no es unánime la consideración de la etimología como tal disciplina, pues no es posible una teorización general que, como en el caso de la gramática, enseñe a hacer etimologías, sino que se mueve en el ámbito de lo particular. Aún así, como argumenta Zamboni, si bien la teoría no es suficiente, sí es necesaria para etimologizar con fundamento. Durante la Antigüedad la etimología estuvo ligada a diversos aspectos de la vida, entre los que cabe señalar la religión, la magia, la explicación de la naturaleza, el pensamiento, o el lenguaje poético. Como apunta Alberto Zamboni "la especulación etimológica es ciertamente bastante antigua, tanto que la encontramos documentada ya en las primeras manifestaciones literarias: está ligada, naturalmente, no a una mentalidad histórica y científica en el sentido moderno, sino a una voluntad interpretativa de tipo mágico-religioso o filosófico y es inseparable de la reflexión sobre la naturaleza y sobre el origen del lenguaje humano". Por tanto, podemos decir que una de las características esenciales de la etimología antigua es que no se trata de algo aislado del conjunto de la historia de la cultura. La utilidad que se le dé a la etimología dependerá, en gran medida, de la concepción que tengamos de ella.
De esta forma, la diferencia entre la etimología antigua, concebida como una búsqueda del significado verdadero (esto es, de hecho, lo que parece significar el término griego Eτυμoλoγία), y la etimología moderna o científica, que no es otra cosa que una historia de las palabras (en este sentido, es muy pertinente el subtítulo que Ernout y Meillet pusieron a su "Dictionnaire étymologique de la Langue Latine", y que no es otro que el de" Histoire de mots"), conlleva, asimismo, una diferencia en sus posibles utilidades, bien sean reales o imaginarias.
Hay, en definitiva, dos sentidos diferentes de etimología, según nos refiramos a la etimología antigua (tradicional) o a la etimología moderna (científica):

a) Búsqueda del origen verdadero de las palabras. Esto sería, además, el propio sentido etimológico que tiene la palabra "Étimo".

b) Historia de las palabras, es decir, el estudio de su evolución fonética y semántica a través de fuentes documentales. Se trata de la visión lingüística y moderna de la etimología.

Estos dos parámetros resultan útiles a la hora de estudiar la propia historia de la etimología. Ilustramos este blog con una imagen de la parte trasera del antiguo edificio de la Universidad de París-Sorbona, donde está el afamado Centro de Estudios Latinos que lleva el nombre del egregio latinista Afred Ernout. FRANCISCO GARCÍA JURADO

sábado, 25 de septiembre de 2010

A SILVIA, RECUERDO DE LA PRIMAVERA

Tengo el gusto de traer aquí uno de los poemas más conocidos del poeta Giacomo Leopardi, su elegía a Silvia, donde la melancolía, como evocación de tiempos felices, preside todos los versos. Entramos en tiempos difíciles, además, se va acercando el invierno, y me alegro de que al menos tengamos la gran poesía para poder evocar las cosas perdidas. Al poeta latino Propercio, al que tanto debe Leopardi, su amada Cintia se le apareció como un fantasma. A Leopardi tan sólo le basta la evocación contenida para hacerla revivir. En la imagen, la tumba de Leopardi, cerca de Nápoles, y junto a la supuesta tumba del gran Virgilio. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE.

Poema A Silvia de Giacomo Leopardi

¿Todavía recuerdas
de tu vida mortal, Silvia, aquel tiempo,
en el que la beldad resplandecía
en tus ojos huidizos y rientes,
y alegre y pensativa, los umbrales
juveniles cruzabas?
Resonaban las calmas
estancias, y las calles
vecinas con tu canto inagotable,
mientras a las labores femeniles
te sentabas, dichosa
de aquel vago futuro de tus sueños.
Era el mayo oloroso: y tú solías
pasar el día así.
Yo los gratos estudios
tal vez dejando y los sudados pliegos,
que mi temprana edad
gastaban y de mí la mejor parte,
en los balcones del hogar paterno
escuchaba el sonido de tu voz
y tu mano ligera
recorriendo la tela fatigosa.
Miraba el cielo calmo,
los dorados caminos y los huertos,
y allá el lejano mar, y allá los montes.
Lengua mortal no dice
lo que mi alma sentía.
¡Qué dulces pensamientos
qué esperanzas, qué pálpitos, oh Silvia!
¡Cómo la vida humana
y el hado contemplábamos!
Cuando recuerdo tantas ilusiones,
me abruma un sentimiento
acerbo y sin consuelo,
y me vuelve a doler mi desventura.
Oh tú, naturaleza,¿por qué no das después
lo que un día prometes? ¿por qué tanto
engañas a tus hijos?
Antes que el frío arideciera el prado,
de extraña enfermedad presa y vencida,
moriste, oh mi ternura, sin que vieras
las flores de tu edad;
no alegraba tu alma
el dulce elogio o de las negras trenzas
o de tu vista esquiva y amorosa;
ni contigo en las fiestas las amigas
de amoríos hablaban.
También murieron pronto
mis dulces esperanzas: a mis años
también les negó el hado
la juventud. ¡Ah, cómo,
cómo pasaste, cara compañera
de mi primera edad,
mi llorada ilusión!
¿Es este el mundo aquel? ¿estas las obras,
el amor, los sucesos, los placeres
de los que tanto entre los dos hablábamos?
¿esta es la suerte de la raza humana?
Al llegar la verdad
tú, mísera, caíste: y con la mano
la fría muerte y la desnuda tumba
de lejos señalabas.
Versión de Luis Martínez de Merlo

martes, 21 de septiembre de 2010

¿AUTORES SIN OBRA? ENTRE EL ACCIDENTE Y EL MITO

Nos parece lo más natural del mundo que un autor escriba una obra literaria, o que una obra literaria pertenezca a un autor concreto. Sin embargo, son frecuentes las ocasiones en que este esquema del autor y su obra se rompe por circunstancias diversas. Hay obras sin autor, aquellas que generalmente denominamos “anónimas”, pero también puede haber, en sentido inverso, autores sin obra. Esta circunstancia va desde lo real a lo meramente verosímil. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Hay un extraordinario cuento de Clarín que lleva como título un nombre propio romano: “Vario”. Vario fue un reconocido poeta de la época de Augusto que ha pasado a la posteridad con su obra completamente perdida, con la excepción de un par de versos. Clarín recrea la figura de Vario en el foro, orgulloso de su obra y de su fama. En una suerte de viaje imaginario ulterior, Vario recibe un mensaje terrible por parte de unas sirenas. Éstas le dicen que su obra se perderá para siempre, y que todos sus esfuerzos literarios han sido en vano. Hay muchos autores antiguos que han pasado a los modernos manuales de literatura privados de sus obras, que han terminado convertidas acaso en unos escuetos títulos. Estos autores han quedado privados de sus precisados frutos literarios, pero han sido autores reales alguna vez. Cuando estudiamos este cuento de Clarín, María José Barrio y yo nos atrevimos a compararlo con otro texto de estética latina escrito por Marcel Schwob, concretamente su vida imaginaria de Lucrecio. Quedamos sorprendidos al comprobar cuántas semejanzas se daban entre ambos cuentos. Una de las más notables es que Schwob también planteaba el asunto del autor sin obra en la figura del poeta Lucrecio. En la ficción, Lucrecio moría imaginando o entreviendo tan sólo la magna obra por la que hoy le conocemos, el “De rerum natura”. En este caso, la vida singular y repleta de elementos visionarios, de amor y de muerte, se convertía en la gran obra del autor. Este mito que convierte la vida de un escritor en su gran obra tiene claros referentes bohemios y decadentes. En España, Alejandro Sawa, a pesar de ser el autor de un libro titulado Iluminaciones, ha pasado a nuestro imaginario como personaje de Valle-Inclán. El hecho de convertirse en un famoso autor sin obra va mucho más allá de la circunstancia en la estética bohemia. Es, cuando menos, una manera de creación irrepetible e inenarrable con la materia más cercana a nosotros: nuestra propia existencia. Como podéis ver, la posibilidad de un autor sin obra, ya por accidente, ya como una actitud, resulta realmente interesante. A este tema nos condujo nuestro estudio sobre Clarín y Schwob, ahora publicado en el número dos de los “Cahiers Marcel Schwob”, y también constituye uno de los lugares más curiosos de la historia no académica de la literatura antigua en las letras modernas. (En la ilustración puede verse el cuadro "Tirteo", de Gustave Moureau). FRANCISCO GARCÍA JURADO