Al cabo de 23 años he regresado a Lisboa, ahora con María José. La otra vez tenía justamente la mitad de los años que tengo ahora, y acababa de terminar mis estudios universitarios. Fui con mi hermano Alberto, que entonces era casi un niño. He regresado, pues, a los lugares y a la memoria. El Chiado, en el Barrio Alto, ya no es el mismo, pues un mes después de visitarlo, en el año 1988, fue pasto de las llamas. Veo que se ha reconstruido de manera ejemplar, si bien la antesala de la Rua Garret es ahora un moderno centro comercial con ascensores interiores, aunque menos vistosos que el famoso ascensor de Santa Justa. Me volvió a emocionar recorrer la Rua Garret, entrar de nuevo en la antigua Librería Bertrand (aunque no viéramos nada de especial interés en ella), y encontrarnos, junto a tantos y tantos turistas, con la estatua de Pessoa en el café A Brasileira. Hacerse una foto junto a Pessoa es fácil, es un acto cándido, y me pregunto cuántos de esos turistas que se sientan junto a ese "raro señor con sombrero" (la estatua no está tomada del natural, sino de un retrato pictórico moderno) saben cabalmente quién es este poeta y qué significa para la cultura portuguesa. Acaso esto no importe demasiado, pero un indicio de esta transcendencia podía encontrarse estos días en la misma FNAC que hay en el Chiado, dentro de los nuevos almacenes de los que antes he hablado. Precisamente, la editorial BABEL (que yo confundo constantemente con BIBLOS) ha publicado el facsímil del manuscrito del libro MENSAGEM, donde pueden encontarse algunos de los poemas más herméticos de Pessoa en relación a la Historia de Portugal y el visionario sueño del Quinto Imperio, el imperio cultural sobre el que volverá a reinar el rey don Sebastián una vez regrese de su falsa muerte en tierras africanas. El facsímil es un icono para las letras portuguesas, pues contiene las correcciones que el propio Pessoa hizo para la publicación de este libro, prácticamente el único que publicó en vida. Me pareció, sin embargo, algo caro, pues no contaba con un estudio anejo, que hubiera sido deseable. He aprovechado este regreso a Lisboa y a mi pasado para releer una edición muy concreta de la poesía de Pessoa. El irrepetible Ángel Crespo, comparatista no académico que aúna las raras condiciones de saber pensar y escribir, preparó para Espasa Calpe una selección de los poemas de Pessoa y sus heterónimos, precedida por un estudio de esos que marcan un antes y un después en la lectura de cualquier persona. Allí puede encontrarse la clave hermética y pagana de los heterónimos de Pessoa, en especial Alberto Caeiro, el filósofo que quería filosofar sin pensar, Álvaro de Campos, el poeta vanguardista y contradictorio, y mi preferido, Ricardo Reis, autor de las últimas odas horacianas. También acudimos a la casa de Pessoa, ubicada en uno de los lugares donde vivió el poeta al final de su rara existencia. El ensayo de Ángel Crespo ha supuesto un paréntesis singular en mi vida, algo parecido a lo que María Zambrano calificaría como un claro del bosque. He pensado en la fascinación que podía sentir yo mismo al leer textos semejantes cuando tenía veintitantos años y todo estaba por hacer. Ahora disfruto, sobre todo, con la relectura, ahora el latín también es nostalgia para mí, como para Machado, ahora soy más yo, acaso, pero también todos los otros que he ido dejando por el camino. FRANCISCO GARCÍA JURADO
viernes, 29 de abril de 2011
Viajes literarios: Pessoa, Lisboa y la nostalgia
martes, 26 de abril de 2011
GONZALO ROJAS, EL LECTOR DE OVIDIO INTACTO
Mi insólita biblioteca de autores para una historia no académica de la literatura grecolatina en el siglo XX ha sufrido hoy una ligera transformación. A esos paréntesis que van tras el autor y se abren con un año debo añadir, en el caso de Gonzalo Rojas, el del cierre de su vida. Ahora, cuando escriba sobre Gonzalo Rojas, habré de poner tras su nombre las fechas de 1917 y 2011. Más de noventa años de intensa vida que encierra, además, las vicisitudes de la convulsa historia contemporánea. Ahora recortaré del periódico lo que se ha publicado hoy en torno a su figura y lo guardaré en su Diálogo con Ovidio, acaso cumpliendo con un viejo rito de guardar el recuerdo en papel, como si no fuera suficiente la conciencia. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGELa poesía del poeta chileno es resultado de un original cruce de lenguajes poéticos donde cabe destacar el surrealismo de Bretón y la ascendencia del creacionismo de su compatriota Vicente Huidobro, sin olvidar tampoco la sombra de otros grandes poetas como César Vallejo o el mismo Ezra Pound. Pero a ello hay que unir un buen conocimiento directo de la obra de los poetas latinos, como Catulo y Ovidio. Con Ovidio vuelve a compartir también Rojas la experiencia autobiográfica del exilio. Tales condiciones proporcionan al poeta una original forma de fusión entre el horizonte de la literatura antigua y el horizonte literario moderno que llegan a su máxima expresión en su Diálogo con Ovidio, título de un libro y del poema que lo abre. Gonzalo Rojas se refiere al poeta Ovidio en segunda persona, sobre todo mediante vocativos. La fórmula recuerda a menudo la de la carta poética, género que han ensayado tanto el viejo poeta romano como el chileno. Asimismo, el tratamiento en segunda persona se asemeja, si bien de lejos, a algunos poemas de autores del XIX y el XX dedicados a autores clásicos, como Pushkin cuando escribe sobre Ovidio o el argentino Arturo Capdevila cuando dedica a Aulo Gelio un poema que ha pasado, como en el caso del poeta ruso, a las antologías de su literatura nacional. No obstante, esta referencia a Ovidio en segunda persona implica una proyección del poeta moderno en el antiguo, como atestigua, sin ir más lejos, la fusión de sus lenguajes (veremos cómo Rojas integra en su propio discurso poético palabras y expresiones ovidianas). La transformación de Ovidio en una segunda persona como proyección del propio Gonzalo Rojas puede tener que ver, ya lo indicábamos antes, con el «desdoblamiento del yo del personaje poemático en un “tú” al que el poeta se dirige», en palabras de Carlos Bousoño. El poema de Rojas contiene la cita de los dos primeros versos de la consabida elegía tercera del libro primero de Tristia:
DIÁLOGO CON OVIDIO
Cum subit illius tristissima noctis imago
quae mihi supremum tempus in Urbe fuit…
Leo en romano viejo cada amanecer
a mi Ovidio intacto, ei mihi,
ay de mí palomas,
cuervas más bien, pájaras
aeronáuticas, ya entrado
el año del laúd del que no sé
pero sé aciago.
Ovidio, la asociación mental imprevista y la contradicción lógica, características de todo el poema, ya están presentes en la primera estrofa. Rojas abre la composición declarando su lectura del poeta al amanecer (costumbre que practica realmente, convertida ya en motivo dentro de su poesía), al que califica de “intacto”, frente a un mundo adulterado. La cita latina, que puede tener mucho de evocación escolar, nos sitúa en principio ante el poeta del exilio, algo que corroboran también las dos palabras latinas del segundo verso, “ei mihi”, pues pertenecen a la elegía primera que abre Tristia:
Parve (nec invideo) sine me, liber, ibis in urbem:
ei mihi, quod domino non licet ire tuo! (Ov. Tr. I 1 1-2)
«¡Sin mí, pequeño libro (y no por esto te desprecio), irás a la ciudad,
ay de mí, porque no le está permitido a tu dueño!»
Sin embargo, la primera asociación de ideas tras el lamento (“palomas”) parece tener carácter de recuerdo erótico, y va a derivar hacia imágenes poéticas propias del surrealismo y el futurismo (“pájaras aeronáuticas”) e ideas vinculadas a la biografía íntima del autor, como el “año del laúd” (sabemos que este instrumento es el preferido del poeta). La contradicción (“no sé pero sé aciago”) irá articulando el poema (“se ve pero no se ve” vv. 19-20, “no es lo que es o lo que no es” vv. 26-27). A continuación, a partir de una imagen poética reconocible en otro lugar de su obra (“mármol ardiente”), se ordena escribir en el frío mármol el contradictorio epitafio de un poeta que no nació pero ardió (¿el Ovidio de Amores?):
Escriban,
limpio en el mármol: aquí yace
uno que no nació pero ardió
y ardió por los ardidos.
En la siguiente estrofa podremos leer el primero de los superlativos del poema (“remotísimo”), tan caros al poeta, y un audaz contrapunto entre lo estático del universo y el movimiento de una muchacha. A ello se unen apuntes autobiográficos del propio Gonzalo Rojas que relacionan su experiencia amorosa con el Ovidio que canta al amor, todo ello contado con brillantes audacias sintácticas:
Todo anda bien, el universo
anda bien, las estrellas
están pegadas a ese techo
remotísimo, mismo este árbol
parado ahí en sus raíces que esta casa
hueca de aire, misma la obsesión
de la muchacha flexible que me fue locura
a los dieciséis, la que aparentemente no se ve
pero se ve, morenía
y turquesa y piernas largas que va ahí
corriendo por esa playa vertiginosa donde no hay nadie
sino una muchacha velocísima encima de
la arena del ventarrón, corriendo.
Pero pronto regresa al poeta del destierro con la reiterada queja en latín, y la descripción de la caótica actualidad:
Ei mihi: pero el horror
Ovidio mío no es lo que es o
lo que no es sino el desparramo
de la gente, los corrales
enloquecidos de los Metros fuera de madre de
Nínive a New York a la siga
de la usura como dijo Pound, el riquerío
contra el pobrerío del planeta, la dispersión
de los dioses, todo el uranio
de los bombarderos contra Júpiter, sin hablar
35 de la servidumbre del seso
a cuanta altanería, llámese
computación o parodia,
todo anda bien
en la Urbe, todo y todo.
Si bien se termina diciendo que en la “Urbe”, “todo anda bien”, en la estrofa siguiente se incurre deliberadamente en una nueva contradicción al negar la existencia de la propia “Urbe”. A continuación leemos una suerte de diálogo paralelo con el cuerpo de Ovidio, en especial a su nariz, en claro juego con el apodo del poeta, Nasón:
Pero no hay Urbe, hay
estrépito y semáforos hasta las galaxias, pero no
hay Urbe, falta
el placer de ser sin miedo al
pecado del psicoanálisis, el páramo
de los rascacielos es mísera opulencia, el mismo amor
que amaste pestilencia seca del rencor, y
ya en el orden del cuerpo ¿dónde está el cuerpo?,
la nariz que fuiste ¿dónde?, y tú sabes de nariz, ¿la oreja
de oír dónde?, ¿el ojo
de ver y de transver? (...)
El final del poema subraya la distancia entre Ovidio (“ahí”) y el autor (“aquí”) y se reitera la negación de la Urbe, así como de todo el imperio, sin más permanencia que la del río “Tibre”. La alusión al “púer”, en perfecta pronunciación acorde con la prosodia latina, puede tener que ver con el final de la égloga cuarta de Virgilio (incipe, parve puer, risu cognoscere matrem...). El poema termina casi como comenzó, con la lectura al alba:
(...) No hay visiones
a lo Blake sino hoyo
negro, Publio
Ovidio, ¿me oyes, estás ahí en
la dimensión del otro exilio más allá del Ponto, en la imago
tristissima de aquella noche, o
simplemente no hay Urbe allá, mi romano, nunca
hubo Urbe ni
imperio con
todas las águilas? ¿Sólo el Tibre*
quedó? Aquí andamos
como podemos: hazte púer
otra vez para que nos entiendan el respiro
del ritmo. Ya no hablamos en portentoso como entonces
latín fragante sino en bárbaro-fonón. Piénsalo,
Te estoy leyendo al alba.
*Léase Tibre, conforme dijo Quevedo para aludir al Tíber, o Tevere en italiano.
Destacan a lo largo del poema algunas alusiones explícitas a poetas modernos, como Quevedo (en nota, a propósito de “Tibre”), William Blake (acerca de lo visionario), o Pound, figura clave en la poética de Gonzalo Rojas, y a quien dedica, al menos, dos de sus poemas. Asimismo, se hace un recorrido sutil por dos de las facetas de la obra ovidiana, la amorosa y la del exilio. Ya para terminar este comentario, es destacable la sutil ligazón de los ecos de sus lecturas latinas con los ecos de sus lecturas surrealistas. El uso deliberado de los superlativos (“remotísimo”, “velocísima”) está en perfecta sintonía con la cita explícita de la “imago tristissima” ovidiana, dado que en él se identifica el verso ovidiano con la poética del propio Rojas, que ha sido capaz, en otro lugar, de ligar incluso el latín de Catulo con la música de jazz («Leo en un mismo aire a mi Catulo y oigo a Louis Armstrong, lo reoigo / en la improvisación del cielo, vuelan los ángeles / en el latín augusto de Roma con las trompetas libérrimas, lentísimas (...)»).
Descanse en paz Gonzalo Rojas, pero que sepa que le seguiremos leyendo intacto cada amanecer. FRANCISCO GARCÍA JURADO
viernes, 22 de abril de 2011
REGRESO FÍSICO Y SENTIMENTAL A EÇA DE QUEIROZ
La obra, no exenta de aspectos que nos recuerdan al regeneracionismo hispano, es una réplica de la famosa novela titulada Al revés (1884), escrita por Joris Karl Huysmans, que se convirtió en la "biblia" del decadentismo estético. En otro lugar , hemos estudiado la notable circunstancia de que el poeta Virgilio, denostado por Huysmans como paradigma del canon académico , se convierta para Eça de Queiroz en una plácida y amena lectura, después de que su personaje haya regresado a Portugal para emprender una nueva vida en contacto con la naturaleza. Si bien no es la única vez, hay un momento esencial en que Eça de Queiroz recurre a los versos de Virgilio para insertarlos en la paz del nuevo ambiente rural:
"Sobre una de esas tablas descansaban dos espingardas; en las otras aguardaban, diseminados, como los primeros doctores llegados a un concilio, algunos nobilísimos volúmenes, un Plutarco, un Virgilio, la Odisea, el Manual del Epicteto y las Crónicas de Froissart. Después, en ordenadas hileras, sillas de enea, muy nuevas y lustrosas. Y en un rincón, un mueble para bastones.
Todo resplandecía de orden y limpieza. Los postigos entornados protegían contra el sol, que de aquel lado caía ardientemente escaldando los ventanales de piedra. Olían los claveles. Del suelo, lavado con agua, emanaba en la tamizada penumbra una blanda frescura. Ningún rumor turbaba los campos ni la casa. Tormes dormía bajo el esplendor de la mañana santa. Y, vencido por aquella consoladora quietud de convento rural, acabé por tenderme en un sillón de junco junto a la mesa y abrir lánguidamente un tomo de Virgilio, murmurando, sin más que apropiar ligeramente el dulce verso que leí primero:
Fortunate Jacinthe! Hic, inter arua nota
et fontis sacros, frigus captabis opacum...
¡Afortunado Jacinto, en verdad! ¡Ahora, entre los campos, que son tuyos, y las fuentes que te son sagradas, encuentras finalmente sombra y paz!
Leí todavía otros versos. Y, con el cansancio de las dos horas de camino y de calor desde Guiaes, acabé por dormirme irreverentemente sobre el divino bucólico." (La ciudad y las sierras, trad. de Eduardo Marquina, Barcelona, Bruguera, 1984, pp.160-161)
Aunque parezca irrelevante, la circunstancia de caer plácidamente rendido sobre el libro de Virgilio es muy significativa. Tengamos en cuenta que el personaje de Eça de Queiroz ha hecho un camino de vuelta al campo y que en lo literario se ha alejado, asimismo, de los excesos del decadentismo. Ahora bien, no se trata de una mera vuelta a un autor canónico y sagrado, sino, más bien, a un viejo amigo, con quien se tiene la confianza suficiente como para poder quedarse dormido en su presencia. Este hecho, más que una vuelta, supone una reconsideración del autor clásico. Por ello, la anécdota de esta bucólica escena responde a un complejo trasfondo. Tras siglos de tradición imitativa, tan sólo salpicada por la sátira y la parodia, los autores que llamamos clásicos se convirtieron a partir del romanticismo en metas que superar, merced al anhelo de originalidad imperante. El decadentismo, por su parte, intentó invertir lo que la estética académica proponía como canónico, reaccionando, precisamente, con hastío -el spleen o la melancolía literaria - ante lo aceptado por una sociedad burguesa y bienpensante. De esta forma se conforma una nueva tradición, la moderna, al decir de Octavio Paz, lo que nos ha llevado a pensar en una confrontación irreconciliable con la tradición clásica que pondría, por representarlo con dos autores significativos, a Virgilio de un lado y a Baudelaire del otro. La realidad, felizmente, es más rica y las dos tradiciones han terminado por convivir. FRANCISCO GARCÍA JURADO
"Sobre una de esas tablas descansaban dos espingardas; en las otras aguardaban, diseminados, como los primeros doctores llegados a un concilio, algunos nobilísimos volúmenes, un Plutarco, un Virgilio, la Odisea, el Manual del Epicteto y las Crónicas de Froissart. Después, en ordenadas hileras, sillas de enea, muy nuevas y lustrosas. Y en un rincón, un mueble para bastones.
Todo resplandecía de orden y limpieza. Los postigos entornados protegían contra el sol, que de aquel lado caía ardientemente escaldando los ventanales de piedra. Olían los claveles. Del suelo, lavado con agua, emanaba en la tamizada penumbra una blanda frescura. Ningún rumor turbaba los campos ni la casa. Tormes dormía bajo el esplendor de la mañana santa. Y, vencido por aquella consoladora quietud de convento rural, acabé por tenderme en un sillón de junco junto a la mesa y abrir lánguidamente un tomo de Virgilio, murmurando, sin más que apropiar ligeramente el dulce verso que leí primero:
Fortunate Jacinthe! Hic, inter arua nota
et fontis sacros, frigus captabis opacum...
¡Afortunado Jacinto, en verdad! ¡Ahora, entre los campos, que son tuyos, y las fuentes que te son sagradas, encuentras finalmente sombra y paz!
Leí todavía otros versos. Y, con el cansancio de las dos horas de camino y de calor desde Guiaes, acabé por dormirme irreverentemente sobre el divino bucólico." (La ciudad y las sierras, trad. de Eduardo Marquina, Barcelona, Bruguera, 1984, pp.160-161)
Aunque parezca irrelevante, la circunstancia de caer plácidamente rendido sobre el libro de Virgilio es muy significativa. Tengamos en cuenta que el personaje de Eça de Queiroz ha hecho un camino de vuelta al campo y que en lo literario se ha alejado, asimismo, de los excesos del decadentismo. Ahora bien, no se trata de una mera vuelta a un autor canónico y sagrado, sino, más bien, a un viejo amigo, con quien se tiene la confianza suficiente como para poder quedarse dormido en su presencia. Este hecho, más que una vuelta, supone una reconsideración del autor clásico. Por ello, la anécdota de esta bucólica escena responde a un complejo trasfondo. Tras siglos de tradición imitativa, tan sólo salpicada por la sátira y la parodia, los autores que llamamos clásicos se convirtieron a partir del romanticismo en metas que superar, merced al anhelo de originalidad imperante. El decadentismo, por su parte, intentó invertir lo que la estética académica proponía como canónico, reaccionando, precisamente, con hastío -el spleen o la melancolía literaria - ante lo aceptado por una sociedad burguesa y bienpensante. De esta forma se conforma una nueva tradición, la moderna, al decir de Octavio Paz, lo que nos ha llevado a pensar en una confrontación irreconciliable con la tradición clásica que pondría, por representarlo con dos autores significativos, a Virgilio de un lado y a Baudelaire del otro. La realidad, felizmente, es más rica y las dos tradiciones han terminado por convivir. FRANCISCO GARCÍA JURADO
jueves, 14 de abril de 2011
II REPÚBLICA Y FILOLOGÍA CLÁSICA EN ESPAÑA
No porque haya pasado ya un tiempo dejo de acordarme de los días "geniales" en que participé en los actos de conmemoración de los 75 años de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid, lo que con tanta pasión y entrega hizo posible Santiago López Ríos. Aquello supuso una oportunidad única para poder adentrarme en el pequeño mundo de la filología clásica de la época, con algunos profesores tan notables como Agustín Millares Carlo o Pedro Urbano González de la Calle. De manera más anecdótica sé también dónde estaban los seminarios de filología latina y griega, dentro de la facultad, y en la exposición que se celebró en el Centro Cultural Conde Duque se exhibió discretamente una de las joyas bibliográficas de la época, precisamente el "Ratnavali o collar de perlas", una comedia escrita en sánscrito, que fue resultado de la colaboración entre Pedro Urbano y el benemérito catedrático Mario Daza de Campos. En 2008, asimismo, la revista Estudios Clásicos tuvo a bien publicar un trabajo mío titulado "EL NACIMIENTO DE LA FILOLOGÍA CLÁSICA EN ESPAÑA. LA FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS DE MADRID (1932-1936)". El trabajo planteaba un asunto hasta cierto punto novedoso, pues sólo de manera muy puntual se habían hecho referencias y sobre todo autobiográficas a la filología clásica durante el período de los años 30 en España. Jaime Siles me brindó datos de gran interés, y Santiago López Ríos me hizo accesibles materiales de archivo realmente preciosos. El trabajo, sin embargo, suscitó alguna crítica por parte de alguno de mis colegas, que quiso ver en él que yo decía, más o menos, que la II República había creado la filología clásica en España. En particular, los datos fríos eran estos: por Decreto de 27 de enero de 1932 se crea la licenciatura de filología clásica (frente a la de filología moderna) y asimismo, por una Orden Ministerial del 28 de febrero de 1933 se funda la sección de Estudios Clásicos dentro del Centro de Estudios Históricos, cuyo primer resultado visible fue la revista Emerita, cuya historia reciente ha narrado, gracias a las cartas conservadas del Centro de Estudios Históricos, María José Barrios. La coincidencia en el tiempo no implica, de manera automática, una mera causalidad. La filología clásica en España es producto de un largo proceso, a menudo maltrecho, que se inicia de una manera consciente hacia los años 70 del siglo XIX, al calor de la llamada "Polémica de la ciencia en España". Ahí, de la mano de personas como Menéndez Pelayo o Soms y Castelín, se fue creando una idea de filología clásica. Por ejemplo, Menéndez Pelayo expresa en uno de los artículos dedicados a la polémica la necesidad de crear una cátedra de filología latina en Salamanca. Y se trata de "filología latina", no meramente de "latín". Con ello nos referimos al estudio científico de los textos clásicos y de su lengua. Soms y Castelín tradujo, no en vano, la por entonces novedosa gramática griega de G. Curtius, que también ha estudiado brillantemente María José Barrios en la monografía colectiva que hemos dedicado a la historiografía de la literatura grecolatina durante la Edad de Plata de la cultura española, publicada en Analecta Malacitana el año 2010). Durante la II República culminó, por tanto, un largo proceso para que cristalizara la filología clásica en España. El Centro de Estudios Históricos fue en buena manera responsable de ello, pues precisaban, ante todo, de buenos latinistas para la historia del español y para el estudio de la documentación medieval latina (así lo hemos revisado también en un trabajo que aparecerá en el homenaje a nuestra compañera Ana Aldama). La II República, que en lo cultural quiso parecerse a otra república también maltrecha, la de Weimar, favoreció estas circunstancias, como también supo heredar el proyecto de Ciudad Universitaria iniciado con la monarquía (aquel proyecto que dio lugar al mítico viaje de un grupo de expertos por los mejores centros universitarios de los Estados Unidos y Canadá). Pero saber heredar y conservar, con las dosis de humildad que conlleva asumir lo ajeno, es tan loable como el mismo acto de crear. SUUM CUIQUE. FRANCISCO GARCÍA JURADO
lunes, 11 de abril de 2011
TEXTOS ORIGINARIOS, O EL REGRESO A LA INSPIRACIÓN
Los herederos académicos del irrepetible Menéndez Pelayo hablarían acerca de la "influencia de Plinio el Joven en Cortázar", o simplemente de "Plinio el Joven en Cortázar", de igual manera que el santanderino planteó su modelo de investigación como "Horacio en España". Pero cuando superamos el ámbito de las influencias y las convenciones, cuando ya no se espera que un poeta escriba como Horacio, cuando la tradición de la ruptura con lo clásico crea nuevas tradiciones, esta vez modernas, los textos antiguos se convierten en algo bien distinto, quizá más auténtico. Recuerdo ahora al genial cuentista mexicano Juan José Arreola y su cuento titulado "Parturient montes", donde un escritor es obligado a crear una nueva versión de la fábula del parto de los montes y termina representándola él mismo. Mis pruebas sobre Cortázar y Plinio no son concluyentes (afortunadamente, pues estos dogmatismos me asustan, y me encanta vivir en la provisionalidad de mis ideas e intuiciones, como buen ensayista), pero si tuviera que fijar alguna función del relato de Plinio sobre los fantasmas dentro del cuento de Cortázar diría que se trata de un texto originario, seminal, del texto del que nacieron después todos los relatos del género de las casas de fantasmas. De la misma manera, creo, Cortázar regresó a la vieja miscelánea de las "Noches áticas" de Aulo Gelio para escribir su nueva miscelánea, "Rayuela", y no de forma distinta Borges acudió a la "Naturalis Historia" de Plinio el Viejo para hablar sobre la memoria en su cuento "Funes el Memorioso". Los textos originarios no son meras fuentes o lugares de partida. Se convierten, cada vez más, en necesarios puntos de retorno. FRANCISCO GARCÍA JURADO
martes, 5 de abril de 2011
LA ENEIDA Y LA BIBLIOTECA PERSONAL JORGE LUIS BORGES
domingo, 3 de abril de 2011
HACIA LAS HISTORIAS NO ACADÉMICAS
Cuando nos adentramos en la literatura del siglo XX podemos contemplar la complejidad que tiene en sí misma la propia historia de las lecturas, en especial las que no son académicas. Particularmente compleja es la historia de las lecturas no académicas de un poeta como Virgilio durante el convulso siglo pasado. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE El acicate que llevó a una nueva lectura, probablemente tiene lugar cuando en 1884 un ferviente decadentista, Joris Karl Huymans, publica su novela Al revés, donde considera a Virgilio como paradigma del encorsetamiento de la llamada Edad de Oro de la literatura latina y como vacío cantor de la naturaleza, en unos tiempos donde el lema artis natura magistra se está quebrando a favor del rebuscado artificio. Unos años después, a comienzos del siglo XX, el portugués Eça de Queiroz replica al francés y nos devuelve en su novela La ciudad y las sierras a la naturaleza y al poeta latino, si bien todo ello apunta a una nueva consideración de su carácter de clásico, precursora de Italo Calvino, pues ahora se trata de un compañero de viaje. Esta es la situación que nos resume, con tono inocente, Antonio Machado en un apunte de su cuaderno Los Complementarios: “Virgilio. Si me obligaran a elegir un poeta, elegiría a Virgilio. ¿Por sus Églogas? No. ¿Por sus Geórgicas? No. ¿Por su Eneida? No. 1º Porque dio asilo en sus poemas a muchos versos bellos de otros poetas, sin tomarse el trabajo de desfigurarlos. 2º Porque quiso destruir su Eneida ¡tan maravillosa! 3º Por su gran amor a la naturaleza. 4º Por su gran amor a los libros. Ibant obscuri sola sub nocte per umbram, perque domos Ditis vacuas, et inania regna; quale per incertam lunam sub luce maligna est iter in silvis, ubi caelum condidit umbra Jupiter, et rebus nox abstulit atra colorem. Eneida = Canto VI.” (Antonio Machado, Los Complementarios, p. 34 de la trascripción y 14R del cuaderno de Machado) Pero no nos llamemos a engaño, pues tras esta fresca e inocente impronta virgiliana de Machado hay mucho de la historia de la crítica y la lectura precedente sobre el poeta latino. Probablemente, se trata de una reacción al decadentismo y un sincero afán de recuperación de un poeta considerado inalcanzable en otras épocas, representante otrora de un canon agonístico, tan propio del romanticismo y de la angustia de las influencias descrita por Bloom, pero que ya ha perdido su razón de ser. Frente a ello, asistimos, desde la simplicidad y la frescura del apunte machadiano, a la contemplación de un Virgilio que supera los géneros, el bucólico, el didáctico y el épico, para recobrar su unidad como poeta. También es importante observar que no es tachado de plagiario, lo que pone fin a una larga tradición que desde la Antigüedad llega a su máxima expresión en la época moderna, desde autores dieciochescos como Voltaire hasta Huysmans. Este Virgilio, que quiere quemar su obra maestra, ama la naturaleza, algo que, tras el artificioso decadentismo, supone un rasgo más que buscado e intencional, un hilo conductor al propio descubrimiento de la naturaleza y del paisaje que nos muestran los autores del 98. Finalmente, y en una pincelada biográfica inédita, pero verosímil, ama los libros. El apunte termina con unos versos conocidos y geniales del libro VI de la Eneida, el primero de ellos será el más amado de Borges, que luego lo recreará para su propia Eneida, cuando la hipálage ("iban oscuros bajo la noche solitaria por entre la sombra) se convierta en la llave que permita bajar a los infiernos y transcender el tiempo (la dedicatoria a Leopoldo Lugones). FRANCISCO GARCÍA JURADO
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