martes, 14 de febrero de 2012

Pilar Rubio y Winckelmann: la belleza como Historia

A menudo, la difícil explicación de algo encuentra su evidencia en un hecho cotidiano. Cuando intento dar razones acerca de por qué la Historia del Arte Antiguo, hija del culto a Grecia de Winckelmann, cambió esencialmente la percepción de las obras, siempre hay quien recela, pues creemos a pie juntillas que las “cosas son lo que son”, ahora y siempre. Pero mira por dónde la guapa presentadora Pilar Rubio posa involuntariamente desnuda en este gélido mes de enero del 2012. En realidad, estas fotos que ahora aparecen en la revista Interviú se hicieron para la revista Tiempo, concretamente para un reportaje sobre la censura, y la imagen de la presentadora ya no coincide con su imagen actual. Ella va a demandar a Interviú por publicar aquellas fotos ahora sin su permiso. La pregunta clave, para mí, está en el hecho de preguntarnos si realmente la foto que apareció en la revista Tiempo es la misma foto que ahora aparece en Interviú. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Ha habido muchos casos de fotografías de desnudos que, inéditas, aparecían publicadas en una revista sin el consentimiento de la persona más implicada. Este caso es distinto, pues al menos dos de las fotografías ya habían aparecido antes publicadas. El quid de la cuestión está en el hecho de que, ahora, estas fotos no muestran a una bella modelo desconocida enseñando sus encantos, sino a una mujer muy famosa. La lectura de la belleza cambia, cómo no, dependiendo de que haya o no un nombre propio. No es igual la estatua antigua de una Venus cualquiera que la de la Venus de Milo, y no es igual una estatua de un Apolo cualquiera que la del Apolo de Belvedere. Winckelmann creó la Historia del Arte Antiguo, y con ello generó a lo largo de los siglos XVIII y XIX un deseo voraz de obras de arte grecorromanas. Hizo ver, además, que el arte era también Historia, en especial el griego, cuya evolución había sido vertiginosa. La fotografía que ahora vemos de la presentadora también es histórica. Representa a una mujer diferente de la que ahora es (y no digamos de la que será, e incluso de la que dejará de ser cuando pase mucho tiempo). La fotografía viene a ser, por así decirlo, como una Koré griega, o una de esas bellas estatuas arcaicas que nos sugieren cómo era el arte antes de llegar a su estado clásico. Esta fotografía, supone, por tanto, en febrero de 2012, un conocimiento y una temporalidad que no tenía cuando se publicó por primera vez en la revista Tiempo. Ahora la modelo no adorna la fotografía, sino que cobra todo el protagonismo, dejando al margen la pretensión de ilustrar el tema de la censura. La modelo deja de ser anónima alegoría de la "verdad desnuda" para convertirse en Pilar Rubio. La interpretación de la fotografía ha cambiado radicalmente, y apenas podemos reconocer el significado originario con el significado presente. La corporeidad ahora no es sólo eso, tiene un nombre propio que convierte este cuerpo en único. De igual manera que ocurre con el Quijote borgiano de Pierre Menard, donde el mismo texto significa, en otra circunstancia y escrito supuestamente por un nuevo autor, cosas absolutamente nuevas, esta nueva publicación de una misma fotografía ya no tiene nada que ver con su primigenia motivación. Como veis, las diferencias entre la misma fotografía a uno y otro lado del tiempo hace que ésta se convierta en dos cosas esencialmente distintas. Tiene razón la presentadora en demandar a quien le parezca oportuno, no podemos bañarnos dos veces en un mismo río. FRANCISCO GARCÍA JURADO

domingo, 12 de febrero de 2012

Las altas sombras de las montañas

Un joven muchacho estudia latín en Ginebra (en la fotografía) durante los años de la Primera Guerra Mundial. Esa mañana fría de enero ha comenzado a estudiar y a memorizar la primera bucólica de Virgilio. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE


Dos cosas le han llamado la atención, y ahora las va recordando al tiempo que camina de regreso a su casa, cerca de la Iglesia rusa. Ha leído un verso, "lentus in umbra", y el profesor le ha comentado que aquí el adjetivo significa "relajado". También le ha conmovido el final de la obra:





Et iam summa procul villarum culmina fumant


Maioresque cadunt altis de montibus umbrae.





Recuerda de memoria estos dos versos, al tiempo que los traduce para sí en castellano: "Y ya humean a lo lejos las chimeneas de las casas, y grandes sombras descienden desde los altos montes". Desde Ginebra, el niño puede ver esos mismos Alpes que Virgilio evoca en su égloga. Ahora comprende mejor la belleza de las tardes, con una luz dorada que a menudo le causa una rara sensación de tristeza. Qué bello final, piensa para sí, cuántas sensaciones. Al cabo de unos años, este adolescente será ya un prometedor poeta, y publica "Fervor de Buenos aires". Allí seguirá pensando que "lentus" no siempre es "lento", y no olvidará las altas sombras que caen de los montes al atardecer. En el poema “Rosas” dirá:



"Como la sombra de una montaña remota" (v. 12),




y no contento con esta mera imagen, en su poema “Jardín” hablará de:



"Los estériles cerros silenciosos


Que apresuran la noche con su sombra" (vv. 10-11)



Y el "procul" latino ahora se convierte, en su poema “Caminata”, en pura "lejanía":





"Olorosa como un mate curado


La noche acerca agrestes lejanías" (vv. 1-2)


La tarde, la lejanía y la sombra. Virgilio se convierte aquí en algo más que una mera referencia literaria. Ahora somos los lectores los que encontramos la felicidad al reconocer a Virgilio tras estas imágenes poéticas. Descubrimos también la exquisitez de la lectura atenta y vivida. Nos vamos a convertir en algo más que meros lectores. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

jueves, 9 de febrero de 2012

El deber del juez, o la ambigüedad de la justicia, según Aulo Gelio

Cuando Luis Vives recrea en su Templo de las leyes la idea que de los jueces tiene el filósofo estoico Crisipo está, en realidad, recordando un capítulo de las Noches áticas de Aulo Gelio, particularmente el capítulo cuarto del libro 14. Dice así Vives: “Estos jueces, si quisiesen adoptar los principios de la justicia que los rige, cuya imagen pintó estupendamente el filósofo estoico Crisipo, se mostrarán graves, santos, incorruptibles, severos, inalcanzables para la adulación, castos, serenos, prudentes, sin dejarse influir por el favor, ni intimidar por el temor de los hombres; estarán libres de odios, amistad, ira y misericordia; no sentirán nunca codicia de dinero, ni se dejarán someter ante las huestes de la plata.” (Juan Luis Vives, El templo de las leyes, en Diálogos y otros escritos. Introducción, traducción y notas de Juan Francisco Alcina, Barcelona, Planeta, 1988, p. 172). En realidad, el capítulo que vamos a leer nos ofrece la oportunidad de percibir aspectos autobiográficos tamizados por una buena narración con tono de cuento. Aulo Gelio no podía ser un juez más, o simplemente uno de los ambiciosos jóvenes del foro. La cuestión, por lo demás, no ha perdido actualidad. Cuántas veces nos escandaliza una noticia de prensa donde leemos que un juez ha tomado una decisión discutible, o el propio carácter ambiguo que a menudo presenta la justicia, entre el sentido común y la ciega práctica legal. Más allá de los fundamentos jurídicos, al fin y al cabo el juez es una persona que tiene que dictar sentencia en unas condiciones y un momento dado. Disfrutad del texto de Aulo Gelio, traducido por mí. Recordad que leer a los clásicos nunca está de más. FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE.





De qué forma disertó Favorino al preguntarle yo sobre el deber del juez (Aulo Gelio, Noches áticas 14, 2)


En aquel primer tiempo en el que había sido elegido por los pretores para ingresar en el cuerpo de los jueces, a fin de que me encargara de los procesos que se denominan privados, recogí por todas partes libros escritos en griego y latín acerca del deber del juez, a fin de que, como joven que de las fábulas de los poetas y los tratados retóricos era llamado a los pleitos, tuviera conocimiento de la materia judicial, si no de viva voz, dada la penuria de maestros vivos, al menos de los mudos, por así decirlo. Día a día, ciertamente, nos fuimos instruyendo y defendiendo en la materia gracias a los aplazamientos hasta el día siguiente (diffisiones), o los aplazamientos hasta el tercer día (comperendinationes), y otros procedimientos legítimos derivados de la misma Ley Julia, de los comentarios de Sabino Masurio y de algunos otros juristas. No obstante, en estas situaciones ambiguas que suelen darse en los procesos y en la circunstancia incierta de opiniones divergentes, en nada nos ayudaron tales libros. De esta forma, aunque los jueces deben tomar decisiones según se dan las causas en cada situación, hay enseñanzas y consejos de alcance general con los que, antes de asistir a un proceso, el juez debería armarse de antemano y prepararse para las ocasiones inciertas de futuras dificultades. Así tuve yo que vérmelas en cierta ocasión con esta compleja y ambigua situación a la hora de dictar sentencia.
Se hacía ante mí una reclamación de dinero prestado que, según se decía, había sido entregada en dinero contante y sonante; sin embargo, aquel que la reclamaba no justificaba su préstamo ni con tablillas ni testigos, y se basaba en argumentos bastante endebles. Sin embargo, me constaba que este hombre era una persona íntegra, de palabra probada y vida absolutamente irreprochable, y en verdad se mostraban sobrados e ilustres testimonios de su hombría de bien y su carácter sincero; por contra, se mostraba a todas luces que aquel a quien se reclamaba el dinero no era una persona de bien, sino de vida vergonzosa y sórdida, descubierto públicamente en sus falsedades y rebosante de deslealtades y engaños. A pesar de ello, pedía a gritos, con la ayuda de sus numerosos abogados, que demostrara ante mí mediante los procedimientos acostumbrados que el dinero había sido prestado, a saber: un registro de la suma, libros de cuentas, un recibo, la firma del registro, o la intervención de testigos. Si no podía probarse por ninguno de estos procedimientos, convenía ya que se le absolviera y que se condenase a su oponente por calumnia; y respecto a lo que se había dicho acerca de la vida y hechos de uno y otro, esto no tenía valor alguno, pues se trataba de un proceso de reclamación de dinero ante un juez privado, y no de un juicio sobre las costumbres ante los censores.
Así las cosas, mis amigos, a los que había pedido consejo, personas ejercitadas, célebres en la defensa y labores forenses, y habituados a moverse en torno a causas difíciles, me decían que este caso no merecía más atención y que sin duda debía ser absuelto el acusado, ya que no había quedado demostrado mediante prueba legal alguna que recibiera el dinero. Sin embargo, yo mismo, al considerar a ambos hombres, uno de buena fe, y el otro rebosante de oprobio y una vida absolutamente sucia e infame, de ninguna manera podía determinarme a absolver a este último. Así las cosas, ordené que se aplazara la causa por un día, y del banquillo de los acusados acudo al filósofo Favorino, a quien por aquel tiempo solía frecuentar muy a menudo. A él le cuento todo lo que se había dicho sobre la causa y los dos hombres, tal como era la situación, y le ruego que me ayude a ser una persona más prudente en lo relativo a estas cosas, tanto en lo que respecta a este escollo en el que me encontraba como en lo demás que debía ser observado en el cargo de juez.
Entonces, Favorino, habiendo aprobado lo escrupuloso de mis dudas y preocupaciones, me dijo: “Este asunto sobre el que ahora reflexionas puede parecer en apariencia baladí y de poca importancia. Sin embargo, si deseas que yo te instruya sobre todo lo que implica el oficio de juez, no es éste ni el lugar ni el momento; en efecto, una exposición de este tipo implica problemas variados y sinuosos, y requiere de una cuidadosa y total atención. Así pues, por considerar ahora una parte mínima de los aspectos capitales referentes a tales asuntos, lo primero que se pone en cuestión respecto al oficio de juez es lo siguiente: si el juez, por algún casual, sabe algo acerca del asunto sobre el que se litiga ante él, y esta información le ha llegado antes de que se inicie el proceso o se haya dictado sentencia, y si por alguna razón o circunstancia lo que le consta que es cierto o ha averiguado no se tiene en cuenta, sin embargo, en el desarrollo de la causa, ¿conviene que juzgue de acuerdo a ese conocimiento adicional, o debe remitirse únicamente a lo que se trata dentro del proceso? Y esto también,” continúa diciendo, “suele preguntarse, si es lícito o conveniente que, conocida ya la causa que se instruye por parte del juez, puede contemplarse la facultad de arreglar el pleito y, diferido un poco el papel de juez, como un amigo común y pacificador, conciliar las partes. Asimismo, sé que esto es aún materia más ambigua y dudosa, si acaso debe un juez, entre esas cosas que es necesario decir o preguntar durante la investigación del caso, decir y preguntar también lo que a él le interesa, o no. En efecto, dicen que esto es más bien ejercer de abogado, no de juez. Además de estas cosas, también hay desacuerdo sobre este aspecto, si es conforme a la costumbre y cometido de un juez expresar y consignar el asunto y la causa que investiga mediante sus propias preguntas, de manera que antes de que llegue el momento de la sentencia, a partir de estas cosas que ante él se han dicho de manera confusa y variada, según se muestre él en cada ocasión y momento, ofrezca signos e indicios de sus emociones y de su parecer. Pues,” nos dice, “los jueces que parecen activos y rápidos no estiman que sea posible de otra forma indagar y hacerse cargo de un asunto si el que juzga no muestra su propio parecer y capta el de los litigantes mediante frecuentes preguntas e interrupciones pertinentes. Frente a ello, los jueces que tienen reputación de ser más tranquilos y graves, niegan que el juez deba mostrar su parecer antes de la sentencia y mientras se desarrolla la causa, cuantas veces se sienta conmovido por algun hecho presentado. Dicen, en efecto, que lo que ocurrirá es que, como la variedad de proposiciones y argumentos obliga a contemplar opiniones contrarias, dará la impresión de que se piensa y se interpela de manera contradictoria en torno a una misma causa y a un mismo tiempo.
Mas sobre esto”, nos dice, “y sobre el resto de asuntos prácticos que conciernen al oficio de juez también yo, depués, cuando haya una ocasión propicia, intentaré contarte lo que opino, y te reseñaré los preceptos de Elio Tuberón acerca del oficio de juez que he leído hace muy poco tiempo. En cuanto al asunto del dinero prestado que me has referido, te aconsejo, por Hércules, que hagas uso del consejo de Marco Catón, varón de gran prudencia, quien, en el discurso que a favor de Lucio Turio y contra Gneo Gelio pronunció, dice que era costumbre observada y transmitida por nuestros antepasados que, si entre dos personas había un pleito y no era posible resolverlo mediante tablas o testigos, entonces, en presencia del juez, informado sobre la causa, se preguntase cuál de los dos litigantes era mejor persona y, si se trataba de personas iguales, o si eran igualmente buenos o malos, entonces se diera la razón a aquel de donde se reclama el dinero y se dictara sentencia a su favor. No obstante, en este proceso en el que tú te encuentras dudoso, la persona óptima es la que reclama, mientras que es persona deplorable aquella a la que se reclama, y la causa se ha desarrollado sin documentos que testifiquen. Así pues, ¿debes dar la razón al que reclama el dinero y condenar a quien se le reclama, dado que, como tú afirmas, no se trata de personas iguales y el que reclama es mejor persona?
Este fue, ciertamente, el consejo que me dio Favorino, digno de un filósofo. Sin embargo, consideré que era un consejo de más alcance y profundidad de lo que convenía a mi edad y mediocridad, pues iba a parecer que me había informado sobre el caso y había dictado una condena atendiendo a los aspectos morales, y no a las pruebas materiales. A pesar de ello, no logré determinarme a dar la absolución, y por ello decidí que el caso no estaba claro. De esta forma me vi liberado de dictar una sentencia.
Estas son las palabras del discurso de Marco Catón a las que se refiría Favorino: “Y yo he aprendido de nuestros antepasados que si alguno reclama algo de otro, en caso de ser personas iguales, ya de buena o mala condición, en cuanto al proceso que entablen, cuando no hay pruebas de por medio, hay que dar la razón a aquel a quien se reclama. En ese caso, si Gelio ha contraído una obligación con Turio, y no es mejor persona Gelio que Turio, nadie estaría tan loco como para juzgar que Gelio es mejor que Turio: si no es mejor Gelio que Turio, conviene dar la razón a aquel a quien se reclama.” FRANCISCO GARCÍA JURADO

martes, 7 de febrero de 2012

Lenguas sabias, o la visión ilustrada del mundo clásico

La nueva historia de los estudios clásicos en el mundo moderno requiere de planteamientos que todavía hoy son novedosos. Entre ellos, hay que prestar especial atención a los nuevos conceptos que se van articulando a partir de los siglos XVIII y XIX. Esta dimensión, a menudo invisible para casi todos, nos permite ver mejor cómo las nuevas categorías de la modernidad han ido reinterpretando el mundo antiguo a la luz de las modernas ideas. El pensamiento ilustrado francés trajo una nueva denominación para las lenguas de la Antigüedad: la de "lenguas sabias". (en la fotografía, detalle de la sala dedicada a la Ilustración en el Museo Británico) POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
El siglo XVIII supone, entre otras cosas, el comienzo del pensamiento historicista. El recurso a la historia como argumento tendrá consecuencias importantes para la propia consideración de las lenguas antiguas, en especial el latín, que deja de entenderse en términos de lengua de comunicación para pasar a considerarse como una lengua que abre el conocimiento de un tiempo pasado. Son los albores de la moderna filología. Para apreciar cabalmente cómo evoluciona la consideración de las lenguas antiguas, es oportuno que consideremos algunas denominaciones dadas al latín en el siglo XVIII y XIX: “lengua sabia” y “lengua clásica”. Ambas intentan sustituir la peyorativa denominación de “lengua muerta”, fruto de una disputa quinientista que, a partir del tópico de la vida y la muerte de las lenguas, trataba de caracterizar al latín frente a las emergentes lenguas modernas, llamadas también “vivas”, “maternas”, “vulgares” y, ya tiempo después, “vernáculas” (de verna, “esclavo”). “Lengua sabia”, por tanto, resulta ser una acuñación ilustrada y sustitutiva de “lengua muerta”, debido al carácter peyorativo de esta última , que pugnará en el siglo siguiente con la denominación de “lengua clásica”, afincada en el mito del clasicismo y lo clásico, hasta que ésta última termine triunfando. Es oportuno revisar una y otra con más detalle.
Muy propia de la cultura ilustrada es la denominación de “lenguas sabias”. Conviene observar, asimismo, que la denominación “lenguas sabias” se diferencia de todas las demás (“muertas” o “clásicas”) por tener una interesante expresión alternativa para las lenguas modernas de carácter diferente a las anteriores. Así pues, mientras la denominación de “lenguas muertas” se opone a la de “lenguas vivas” y la de “clásicas” a “modernas”, la de “lenguas sabias”, a tenor de lo que vamos a ver en dos ejemplos más adelante, encuentra su expresión alternativa en la formulación de “lenguas europeas” o “propias”. De esta forma, la denominación de “lenguas sabias” tendría que ver con una formulación no peyorativa frente a las nuevas lenguas de cultura, como el francés, el inglés o el alemán. En español, parece que la denominación de “lenguas sabias” es un galicismo léxico proveniente de la juntura “langues savantes”. La primera ocurrencia que encontramos de ella en castellano, en oposición a las lenguas “europeas” modernas (entiéndase, sobre todo, la lengua francesa), es en la famosa “novela rousseauniana” de Pedro Montengón titulada Eusebio (1786):

Acrecentaba mucho más a su concepto la fama que cundía de la cultura de su ingenio, de sus letras, de su erudición, del conocimiento de las lenguas sabias y de las europeas que poseía; sus muchas luces adquiridas en los viajes y que daban tan grande realce a su virtud y piedad, que le granjeaban la universal estimación. (Pedro Montengón, Eusebio, Madrid, Cátedra, 1998, p. 805 apud CORDE)

Asimismo, Menéndez Pelayo opone “lengua sabia” a “lengua propia” en un comentario sobre el abate Marchena:

Así él, como su contemporáneo Sánchez Barbero, eran mucho más poetas usando la lengua sabia que la lengua propia. (Marcelino Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles V, Madrid, CSIC, 1946-1948, p. 448 apud CORDE)

Si bien la denominación de “lengua sabia” tiene un sabor claramente ilustrado, observamos que puede utilizarse de manera retrospectiva para referirse al latín humanista . El uso es a todas luces anacrónico, ya que en el siglo XVI no se contaba con una expresión semejante para referirse, por antonomasia, a una lengua como el latín. Podemos verlo en este texto de Moratín referente al humanista Pérez de Oliva:

Su extensa erudicion en las lenguas sabias, sus profundos conocimientos en las ciencias morales y exactas, su aplicacion á las buenas letras, juntamente con las prendas estimables de su caracter, despues de haberle merecido el favor de los Pontífices Leon X, Adriano VI y Clemente VII determinaron á Carlos V á elegirle por maestro del príncipe, su hijo, empleo que no llegó á servir, habiendo muerto en el año de 1533 antes de cumplir los cuarenta de su edad. (Leandro Fernández de Moratín, Orígenes del teatro español, Madrid, Real Academia de la Historia, 1830, pp. 165-166 apud CORDE)





Hoy día ya no hablamos de lenguas sabias, pero, sin saberlo, hemos heredado el moderno sentido enciclopédico para clasificar nuestras disciplinas a partir de la idea del "arbor scientiarum", o de las ramas del saber. Superar el viejo concepto circular o cíclico de la enciclopedia antigua para pasar al de la ramificación supuso un profundo paso hacia la modernidad. FRANCISCO GARCÍA JURADO

viernes, 3 de febrero de 2012

La literatura y sus mitos

Seguimos con estas notas acerca de una historia no académica de la literatura. Ahora corresponde hablar acerca de los mitos que la propia literatura crea acerca de ella misma. El autor, el texto, la crítica y el lector pueden servirnos perfectamente como elementos para esta reflexión. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Queremos llevar a cabo un viaje real e imaginario por algunas de las intensas lecturas que los escritores modernos han hecho de los autores grecolatinos, desubicándolos y confiriéndoles una nueva vida en contextos y circunstancias completamente nuevos. Hay que fijar un criterio para este recorrido, de manera que no se convierta en una mera enumeración de datos o una simple miscelánea, por agradable e imprevista que ésta pudiera resultar. Recurriremos, no obstante, a lo que, en nuestra opinión, son los cuatro grandes mitos[1] sobre la literatura y sus circunstancias, a saber:

-El mito del autor y su obra (“mito biográfico”)
-El mito del texto (“mito filológico”)
-El mito de la crítica (“mito de lo clásico”)
-El mito del lector y la relectura (“mito de Pierre Menard”)

El primer mito parte de una realidad que todos consideramos natural (cabe pensar que quien escribe una obra literaria no es otro que un escritor), aunque no siempre se cumpla, pues el esquema del autor y su correspondiente obra a menudo se ve truncado por la ausencia de uno de los dos elementos, dando lugar a obras sin autor y, lo que es quizá más interesante, a autores sin obra. El mito del autor y su obra se podría resumir en una formulación más simple como el “mito biográfico”. El segundo mito tiene que ver, ante todo, con la realidad material de la literatura: la existencia de unos textos y las diferentes representaciones de esa textualidad, como puede ser el uso de las citas de textos ajenos en nuevos contextos. Bien podría denominarse como el “mito filológico”, por el carácter reverencial que todavía sigue mostrando el ámbito de lo escrito. Como luego veremos, Platón lo denomina el mito de Theuth. El tercer mito tiene que ver con lo que, en palabras del crítico literario Miguel García Posada, vendría a constituir el “vicio crítico”[2] de juzgar los escritos que leemos, tratando de separar lo que queremos que perdure frente a lo que nos parece meramente efímero; los cánones literarios serían consecuencia de este ejercicio crítico. De esta forma, al igual que en las religiones existen libros sagrados, en el ámbito profano contamos con libros clásicos, y cabría hablar, en este sentido, del “mito de lo clásico”[3]. El cuarto mito, finalmente, viene a ser complementario del primero y cierra el ciclo, pues tiene que ver con el destinatario natural de la propia literatura, aquel que la lee y le confiere su última razón de existir: el lector. Este mito podría denominarse perfectamente como el “mito de Pierre Menard”, en recuerdo del genial lector-autor del Quijote recreado en una impar ficción borgesiana.
Los autores griegos y latinos han sido objeto constante de estas mitologías, y no con menos intensidad en la dilatada literatura escrita a lo largo del siglo XX. Encontramos variadas recreaciones de sus personas dentro de las modernas ficciones; asimismo, sus textos aparecen citados o incluso reinventados de manera inesperada. Por lo demás, no pocos autores del siglo XX se aventuran en la crítica de los textos de la Antigüedad con mayor o menor fortuna, de manera que cabría incluso hacer una historia de tales juicios de valor, muy ligados a las propias estéticas de la modernidad. Finalmente, hay lectores modernos que hasta se han apropiado de los viejos textos con la pretensión de hacerlos también suyos, como es el caso paradigmático de Jorge Luis Borges y la Eneida de Virgilio. Vamos a ver, por tanto, cómo los viejos autores, sus libros y sus textos se recontextualizan y se desubican a medida que pasamos revista a los cuatro mitos de la literatura. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO


[1] El uso del término “mito” que hacemos en este punto se acerca al que Roland Barthes emplea en su obra Mitológicas (México, Siglo XXI, 1980, p. 8), cuando por “mito” entiende, sobre todo, la confusión creada al interpretar hechos que son producto de la historia como meras circunstancias naturales. Esta noción de mito intenta, por tanto, desvelar ciertas falsas evidencias. Entiéndase, pues, que el uso que aquí hacemos de la palabra “mito” tiene un sentido muy general, pensando en aquellas supuestas certezas que, a pesar de referirse a una realidad no siempre comprobable, son aceptadas comúnmente. Jorge Luis Borges preferiría sin lugar a dudas hablar de “supersticiones”. Sobre los mitos, su definición y su concepto puede consultarse Lluís Duch, Mito, interpretación y cultura: aproximación a la logomítica. Traducción Francesca Babí i Poca, Domingo Cía Lamana, Barcelona, Herder, 1998 y Luis Cencillo, Los mitos, sus mundos y su verdad, Madrid, Biblioteca de autores cristianos, 1998.
[2] Aludimos de esta manera al ameno libro titulado El vicio crítico, Madrid, Espasa Calpe, 2000.
[3] Hemos estudiado la historia del término “clásico”, desde su primera ocurrencia en el ámbito literario (Aulo Gelio) hasta su más moderna reformulación (Italo Calvino), en Francisco García Jurado, “La ciudad invisible de los clásicos. Entre Aulo Gelio e Italo Calvino”, Nova Tellus 28, 2010, pp. 271-300.

miércoles, 25 de enero de 2012

Viajes por un historia imaginaria de la literatura grecolatina en el siglo XX



Hoy ha llegado a mis manos el pulcro ejemplar titulado Imágenes modernas del Mundo Antiguo, editado por Emilia Fernández de Mier y Julio Cortés Martín. Cinco textos se recogen en él, procedentes de las conferencias impartidas en Caixa Forum dentro del ciclo “Imágenes modernas del mundo antiguo” organizado por la Delegación de Madrid de la Sociedad Española de Estudios Clásicos, desde finales de 2010 a comienzos de 2011. Os ofrezco el comienzo de mi charla, que sugería un viaje imagiario y real por los lugares donde habían quedado desubicados los autores antiguos: Virgilio en Harvard, Esquilo en Albania, Suetonio en La Habana o Píndaro en Atlanta. Un viaje inédito por la alquimia de la lectura (en la imagen, edición de bibliófilo de la República literaria de Saavedra Fajardo, años 20). POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE.

Nos sigue pareciendo un hecho mágico que unos libros, los modernos, nos puedan hablar acerca de otros libros, precisamente los antiguos. Esto convierte a la literatura en estimulante juego y en biblioteca viva, capaz de contar incluso la historia de sí misma como tal literatura, si bien de una manera bastante lejana a la de las historias de la literatura que se encuentran en los libros académicos. Nuestras lecturas, de hecho, son algo bien distinto a la linealidad que a menudo trazan tales historias literarias, parecidas más bien a grandes autopistas que atraviesan la selva[1]. Nosotros, por el contrario, somos capaces de asociar obras muy diferentes entre sí, lejanas en el espacio y el tiempo, y podemos articular una visión radicalmente nueva de la propia historia de la literatura. Así pues, frente al criterio eminentemente positivista que domina buena parte de la historiografía literaria, especialmente la de los siglos XIX y XX, la historia no académica que vamos a proponer aquí se caracteriza por sus criterios intuitivos de relación, frente a las historias oficiales, organizadas normalmente a partir del doble criterio de los géneros y los períodos literarios. Muy al contrario de lo que encontramos en los manuales, nuestra forma de organizar mentalmente las lecturas realizadas a lo largo de nuestra vida no tiene forma de manual, como algunos podrían pensar (y cuánta culpa tiene esta creencia en el hecho de que tantas clases de literatura sean recordadas al cabo de los años como algo tedioso), sino que presentan, más bien, el aspecto de una “antología inminente”, en palabras de Alfonso Reyes. Por lo tanto, nosotros como lectores y posibles autores, somos los portadores de unos textos que, una vez leídos y soñados, terminan formando parte de nuestra vida en asociaciones completamente imprevistas. Si bien no somos sus dueños (como pretenden los partidarios más extremos de la llamada “estética de la recepción”), tales textos nos pertenecen y nos convierten en sus transmisores, los que hacemos posible que aquéllos vuelvan a la vida cada vez que los recordamos o evocamos. La alquimia que los sentidos del texto van conformando en nuestra mente, ligados a nuestras experiencias vitales, es, en definitiva, la que va a conferir su significado más profundo y vital, al menos para nosotros. Hay, por tanto, una posibilidad, cada vez menos remota, de que sea la propia literatura quien cuente la historia de sí misma, de una manera mucho más imaginativa que la que se relata en las historias oficiales. Que muchos autores dejen a lo largo de sus obras testimonios diversos de sus lecturas supone una ocasión magnífica para poder rastrear, a su vez, esta forma imprevista de historia literaria a la que nos referimos. En muchos casos, esta insospechada historia de la literatura generada en la experiencia de un lector-autor ha supuesto por sí misma una avanzadilla notable con respecto a las interpretaciones académicas. Por ejemplo, el escritor austriaco Hermann Broch[2] indaga desde dentro de su propia circunstancia vital acerca de las razones por las que el poeta Virgilio quiso quemar su Eneida poco antes de morir, y lleva a cabo esta indagación al margen de los datos que han aportado tradicionalmente las llamadas Vitae Vergilianae[3]. Esta comprensión de Virgilio en términos estrictamente hermenéuticos ha llamado la posterior atención de académicos, especialmente los de la llamada “Escuela de Harvard”[4]. De esta forma, la creación literaria ha ido significativamente por delante de la propia actividad filológica. FRANCISCO GARCÍA JURADO






NOTAS
[1] Escuchamos esta metáfora a José Carlos Mainer en la presentación de uno de sus últimos libros.
[2] Hermann Broch, La muerte de Virgilio. Versión de J. M. Ripalda sobre traducción de A. Gregori, Madrid, Alianza, 1995.
[3] Véase, a este respecto, el lúcido trabajo de José Luis Vidal titulado “Por qué Virgilio quería quemar la Eneida..., si es que quería”, publicado en HVMANITAS in honorem Antonio Fontán, Madrid, Gredos, 1992, pp. 479-484.
[4] Se trata de críticos como Adam Parry. Véase, a este respecto, el capítulo titulado “Más allá de Virgilio”, en el libro de Cesáreo Bandera, El juego sagrado. Lo sagrado y el origen de la literatura moderna de ficción, Sevilla, Universidad, 1997, p. 115.

lunes, 23 de enero de 2012

¡Alejandría!

Un nombre de ciudad que evoca un mundo. Es un mundo perdido, sí, pero que vivirá para siempre en nosotros. Alejandría me trae a la memoria tres autores que leí con pasión cuando la primera cifra de mi edad no pasaba del número dos: Pierre Louys, Lawrence Durrell y Constantino Cavafis. POR FRANCISCO GARCIA JURADO


Eran los tiempos en que cierto autor catalán ganó el Premio Planeta con una novela de tema Alejandrino: "No digas que fue un sueño", y que evocaba, naturalmente, un verso del poema titulado "El dios abandona a Antonio", de Constantino Cavafis. Asimismo, un autor anglosajón llamado Lawrence Durrell era muy leído gracias a su "Cuarteto de Alejandría", novela de la que recuerdo la primera aparición del poeta de la ciudad, el poeta que representa el espíritu de una ciudad cosmopolita que murió para siempre. Cavafis me trajo tantas imágenes de Alejandría, de la antigua y la moderna, que a duras penas podía imaginarlas todas. Es, quizá, aquel poema dedicado a Marco Antonio la última noche antes de su derrota, cuando, según Plutarco, un cortejo báquico pasó cerca de él como si de una despedida se tratase, la que más evocaciones me trajo. A Pierre Louys lo conocí gracias a un microprograma de crítica literaria que emitía Radio Nacional de España. Era un programa más que curioso, que hoy se me antoja como una alucinación. Un día hablaba Luis Antonio de Villena, de quien llegué a saber gracias a un profesor de literatura, también escritor, que tuve en COU, Luis Martínez Mínguez (alias de Mingo). Luis Antonio alternaba su crítica con otro escitor mucho mayor que él, nada menos que con Ernesto Giménez Caballero, el falangista que había participado en las vanguardias de los años 30. Era alucinante escuchar, todavía en plenos años ochenta, alegatos que hacía, por ejemplo, a favor de la virginidad como salvaguardia de la raza que lanzaba Giménez Caballero con una voz metálica, propia aún de tiempos bélicos. Quizá por ello Luis Antonio comentó un día la novela "Afrodita", de Pierre Louys, donde la protagonista se nos muestra como una suerte de diosa abocada a la sensualidad y el placer. Algo parecido ocurre en la primera parte del "Cuarteto de Alejandría", de Durrell, la parte titulada "Clea", cuya protagonista es una suerte de antivirgen. Tanto vicio la lleva a una antitética forma de pureza. Mundos opuestos, imaginarios convulsos que giran en torno a representaciones exaltadas de la belleza. Las ediciones antiguas de la "Afrodita" de Pierre Louys ofrecen grabados sensuales que acaso marcan un contrapunto con respecto a las escenas de la Antigüedad pintadas por Alma Tadema, tan comedido. Todo este mundo estaba muerto ya antes de ser mínimamente evocado, pero acaso también ha muerto el de sus evocadores. Sin embargo, como bien dijo Cavafis en uno de sus poemas alejandrinos, nunca pensamos que aquellos días duraran para siempre. FRANCISCO GARCÍA JURADO