miércoles, 21 de julio de 2010

HISTORIADORES DE ROMA EN LA OBRA DE CORTÁZAR Y RIBEYRO


La historiografía antigua ha suscitado pasión en muchos de los autores modernos y contemporáneos. Sería sorprendente comprobar cuántos sugerentes pasajes de la historiografía latina han pasado y quedado latentes en las mentes de los creadores literarios, aflorando después en bellos episodios narrativos. No sólo los antiguos historiadores, sino incluso los modernos son objeto de la ficción. Cortázar, García Márquez, Lezama Lima, Alejo Carpentier o Julio Ramón Ribeyro son sólo interesantes cabezas de este inmenso iceberg.
Publicado por Francisco García Jurado HLGE


Vamos a repasar como ejemplo algunos sugerentes textos de Julio Cortázar y Julio Ramón Ribeyro. Julio Cortázar (1914-1984) da buena cuenta de su conocimiento de los historiadores romanos al referirse explícitamente en uno de sus cuentos nada menos que a Tácito, Suetonio, la Historia Augusta y Amiano Marcelino:

"Por fin, en el presente año, estudio paralelamente una antología de moderna poesía angloamericana de Louis Untermeyer, la historia del Renacimiento en Italia de John Aldington Symonds y -absurda complacencia- la serie de los Césares romanos desde el héroe epónimo hasta el último capítulo de Amiano Marcelino. Para esta tarea me traje -con la gentil aprobación de la bibliotecaria de la Escuela- Tácito, Suetonio, los escritores de la Historia Augusta y Marcelino. En el momento de escribir este relato he llegado a conocer en detalle la vida de los emperadores hasta Probo; pegada a la pared de mi habitación hay una gran hoja de cartulina y ahí registro uno por uno los nombres de aquellos romanos y las fechas de sus reinados (...)"

Todavía resulta más curioso otro fenómeno derivado, como es ver que son, precisamente, los historiadores modernos de Roma, en concreto Theodor Mommsen y Jérôme Carcopino, los que hacen su aparición en la ficción literaria. De esta forma, y aunque los datos son imprecisos, nos da la impresión de que Julio Cortázar está aludiendo a la figura del historiador alemán Theodor Mommsen en el cuento titulado "Sabio con agujero en la memoria", compuesto precisamente mediante retazos de célebres frases latinas, a la manera de un mensaje telegráfico, y donde hace participar también en la acción nada menos que al mismísimo emperador Caracalla:

"Sabio eminente, historia romana en veintitrés tomos, candidato seguro al Premio Nobel, gran entusiasmo en su país. Súbita consternación: rata de biblioteca a full-time lanza grosero panfleto denunciando omisión Caracalla. Relativamente poco importante, de todas maneras omisión. Admiradores estupefactos consultan Pax Romana qué artista pierde el mundo Varo devuélveme mis legiones hombre de todas las mujeres y mujer de todos los hombres (cuídate de las Idus de marzo) el dinero no tiene olor con este signo vencerás. Ausencia incontrovertible de Caracalla, consternación, teléfono desconectado, sabio no puede atender al Rey Gustavo de Suecia pero ese rey ni piensa en llamarlo, más bien otro que disca y disca vanamente el número maldiciendo en una lengua muerta."

A pesar de la vaguedad intencionada, sí podemos encontrar dos referencias dentro del pequeño relato que pueden hacernos pensar en Mommsen: el historiador alemán fue, en efecto, Premio Nobel en 1902 y su Historia de Roma tan sólo abarcó el periodo de la República, hasta el punto de que Gilbert Highet dedica unas páginas encaminadas a valorar por qué no quiso terminar su obra más conocida . Por el contrario, Carcopino sí aparece explícitamente citado e involucrado como especialista de la Historia Antigua en un cuento del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro (1929) titulado "Terra Incognita". El cuento, escrito precisamente en París en 1975, tiene como protagonista a un erudito en Historia Griega, el doctor Álvaro Peñafiel, amigo y colega en la ficción del profesor Carcopino:

"El doctor Álvaro Peñaflor interrumpió la lectura del libro de Platón que tenía entre las manos y quedó contemplando por los ventanales de su biblioteca las luces de la ciudad de Lima que se extendían desde La Punta hasta el Morro Solar. Era un añochecer invernal inhabitualmente despejado. Podía distinguir avisos luminosos parpadeando en altos edificios y detrás la línea oscura del mar y el perfil de la isla de San Lorenzo.
Cuando quiso reanudar su lectura notó que estaba distraído, que desde esa galaxia extendida a sus pies una voz lo llamaba. Habituado a los análisis finos escrutó nuevamente por la ventana y se escrutó a sí mismo y terminó por descubrir que la voz no estaba fuera sino dentro de él. Y esa voz le decía: sal, conoce tu ciudad, vive. (...)
Pero la soledad tenía muchos rostros. Él había conocido únicamente la soledad literaria, aquella de la que hablaban poetas y filósofos, sobre la cual había dictado cursillos en la universidad y escrito incluso un lindo artículo que mereció la congratulación de su colega, el doctor Carcopino. Pero la soledad real era otra cosa. (...)
Cuando estuvo frente al volante quedó absolutamente absorto. Él tenía un conocimiento libresco pero perfecto de las viejas ciudades helenas, de todos los laberintos de la mitología, de las fortalezas donde perecieron tantos héroes y fueron heridos tantos dioses, pero de su ciudad natal no sabía casi nada, aparte de los caminos que siempre había seguido para ir a la universidad, a la biblioteca nacional, a la casa del doctor Carcopino, donde su madre. Por eso, al poner el carro en marcha, se dio cuenta que sus manos temblaban, que este viaje era realmente una explicación de lo desconocido, la terra incognita (...)"

Vemos, pues, cómo en un sillón de cuero de la biblioteca de Álvaro Peñaflor, Carcopino contaba a éste sus últimas lecturas de historia romana. Carcopino, cuya obra acerca de la vida cotidiana en Roma ha servido de tanta inspiración para los cultivadores de la novela histórica, y tan amigo de estudiar las relaciones entre la historia y la literatura, se ve involucrado ahora, aunque sin participar directamente en el trasunto del cuento, en esta particular ficción tan irónica con respecto a la erudición libresca.

Francisco García Jurado
Universidad Complutense

sábado, 17 de julio de 2010

LEYENDO A GONZÁLEZ GARBÍN, ENTRE LA INCOMPRENSIÓN Y EL ENTUSIASMO

Nuestro trabajo de investigación, con lo que esta actividad conlleva de especialización y trabajo metódico, a menudo ha de enfrentarse a la incomprensión de los demás. Las motivaciones profundas de nuestro trabajo metódico se vuelven a menudo meras anécdotas para los que nos rodean. Por ello, también es importante que sepamos llamar la atención sobre aquello que hacemos y que no se ve a simple vista. ¿Por qué alguien colecciona, por ejemplo, etiquetas de agua embotellada? ¿Qué hay debajo de esta actitud? Un texto de Carlos Martín Escorza, director científico del exquisito períodico que publica el madrileño Museo Nacional de Ciencias Naturales, me hizo comprender muy bien esta necesidad de explicar por qué hacemos lo que hacemos. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. GRUPO DE INVESTIGACIÓN HLGE
Ayer volví por un rato a mi querido Museo de Ciencias Naturales. A este museo le debo en gran medida que hoy día sea lo que soy, y que dedique una parte de mi actividad laboral a la investigación, si bien ésta pertenece al ámbito de las llamadas ciencias humanas. Mis visitas al museo son siempre gratas, pues me recuerdan a menudo cómo comenzó mi vocación por el conocimiento. Todavía recuerdo cuando me quedé fascinado ante lo que se llamaba "Exposición permanente de entomología", y cómo no tardé en comenzar también mi propia colección, que todavía se conserva en la casa de mi madre. Las circunstancias me hicieron derivar a otro tipo de investigación, y hoy no estudio insectos, sino documentación para ilustrar el desarrollo de la historiografía de la literatura grecolatina en España y las influencias que ésta ha recibido del exterior. Estos días soy testigo de mis pequeños descubrimientos, de los hilos ocultos que convierten el conjunto de manuales que estudio en una caja de resonancia de problemas que tienen que ver con la historia de las humanidades en el mundo contemporáneo. Pues bien, en muchos casos, quien no participa de una investigación suele quedarse con la mera anécdota y puede pensar que lo que hago es recopilar libros viejos. Volviendo a mi visita al Museo de Ciencias Naturales, no me olvidé de recoger el períodido que esta institución edita y que me reporta gratos momentos de lectura. Entre otros trabajos interesantes y notables, encontré uno de Carlos Martín Escorza donde nos cuenta las circunstancias que le llevaron a coleccionar miles de etiquetas procedentes de botellas de agua mineral. En apariencia, podría tratarse de una manía de coleccionista como la de aquellos que coleccionan, por ejemplo, billetes de metro. Sin embargo, el planteamiento es tan sencillo como fascinante: lo que le interesa al profesor Martín Escorza es la composición química que figura en tales etiquetas, no las etiquetas en sí. Esto le está permitiendo llevar a cabo un estudio sobre la diversidad de los minerales que hay en ellas. Sin embargo, la etiqueta no queda sólo en mero contenedor. Él mismo declara que muchas de las etiquetas que ahora guarda con la impagable colaboración de su mujer esconden recuerdos gratos de viajes y vivencias. Esta sensación me resulta también muy reconocible, pues la investigación no es sólo método y constancia, es también biografía. En el tiempo silencioso de los laboratorios y las bibliotecas vivimos momentos únicos, aunque no sean muchas veces evidentes como un certamen deportivo. Ahora pienso, precisamente, en el estudio que llevo haciendo durante años acerca de los manuales de literatura griega y latina en España, desde finales del siglo XVIII hasta los años treinta del siglo XX. El catálogo sistemático conlleva manejar muchos datos sobre los autores, los traductores y sus obras. Estos días he estado estudiando una importante obra debida a una profesor almeriense: Antonio González Garbín. Su liberatura latina, publicada a comienzos de los años ochenta y luego en 1896, supone la entrada de la modernidad historiográfica en el pequeño ámbito de los estudios de literatura latina. El autor ha adaptado las ideas de W. Teuffel, el profesor alemán que fue capaz de crear una literatura latina a la medida de la nueva Prusia de Bismark. Frente a lo que habían sido los manuales románticos, el libro de Teuffel desplaza el interés desde los textos arcaicos a los textos imperiales, y consigue perfilar el concepto de una literatura nacional romana que se desarrolla de una manera cíclica. Garbin hizo de impagable intermediario entre el pensamiento historiográfico alemán de la época y el humilde contexto de la Universidad de Granada casi de manera simultánea. Esta circunstancia que aquí expongo supone un pequeño pero importante argumento para poder estudiar los intentos de renovación metodológica que algunos españoles llevaron a cabo a partir de los años ochenta del siglo XIX. Es relevante que estos intentos también se llevaran a cabo dentro de los precarios estudios clásicos, donde la aportación de González Garbín resulta fundamental. Poder ver estas cosas supone tiempo y paciencia, a menudo desespera no ver el final de nuestro trabajo, pero un cierto imperativo interior nos lleva a continuar incansables. FRANCISCO GARCÍA JURADO

jueves, 15 de julio de 2010

CUANDO UNA CIUDAD NOS RECUERDA A OTRA


Este juego de estar en una ciudad y recordar otra es propio, quizá, de viajeros nostálgicos o sentimentales, como diría Laurence Sterne. También es curioso buscar en las ciudades el lado menos representativo, como si se tratara de un antídoto contra los tópicos. Bolonia, cuyo canal medieval aparece en esta foto, es conocida por sus cuarenta kilómetros de soportales y sus torres de piedra. Por ello, resulta toda una sorpresa encontrar esta estampa tan veneciana, aunque excepcional, en una ciudad bien diferente. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
No sé si fue casualidad que el día que descubrí este canal boloñés me dirigía a la estación de ferrocarril para visitar Venecia. Me pareció un bonito anticipo, y me fui con este recuerdo insignificante a la ciudad de los canales. Después, he vuelto varias veces a visitar este mismo lugar. La última vez que lo he visto ha sido hace apenas un mes, cuando María José y yo visitamos Bolonia durante un fin de semana. Para ella era una visita primeriza, para mí era simplemente volver a una ciudad donde han quedado recuerdos muy diferentes de una estancia de estudiante y de un congreso internacional. Ahora, felizmente, tengo otros recuerdos renovados y felices. Entre otras cosas, volví a subir a un famoso santuario que está a las afueras de la ciudad, pero al que se accede por un soportal que se extiende desde la puerta de Zaragoza a lo largo de varios kilómetros. En el exquisito viaje por Italia que narró el Presidente de Brosses (obra traducida al castellano por Nicolás Salmerón y publicada por Calpe a comienzos de los años 20 del siglo pasado) se nos habla sobre los pórticos de Bolonia, que el autor califica de anchos y, además de estar embaldosados; asimismo, se nos dice que "han construido otro fuera, que, comenzando en una de las puertas, va subiendo hasta la cima de una montaña bastante alta, a terminar en una pequeña iglesia, muy frecuentada por la gente devota. Este dichoso pórtico no tiene menos de una legua de largo. En el sitio en que termina la llanura para subir más suavemente a la montaña han tendido una especie de puente, que sostiene un bello peristilo cubierto por una bóveda y que salva muy artísticamente la irregularidad del terreno. Sería una obra digna de romanos si en vez de los feos pilares cuadrados, acoplados, que forman este pórtico, hubieran empleado en él columnas de buen gusto (...)". La verdad es que apenas recordaba cómo era este itinerario porticado, que completé con bastante esfuerzo a causa de la pronunciada inclinación del terreno y del calor de la tarde. Curiosamente, recordaba que había hecho esta excursión también un sábado, esta vez de 1992, y que al volver a mi residencia de estudiante (el colegio Poeti, en la vía Barbería), cené, entre otras cosas, una lata de sardinas. Por muchas razones, entre ellas la de poder volver ahora con María José a la ciudad, esta tercera estancia ha sido la más feliz con diferencia. La primera vez que vi Bolonia mi futuro era incierto. Acababa de defender mi tesis doctoral y mi beca se extinguía al cabo de unos meses. Al cabo del tiempo, en 2003, volví a un congreso en circunstancias no del todo felices, y con un calor de justicia. Ahora, al fin, regresaba con cierta paz en el alma y, además, un libro excelente de Julio Caro Baroja: Las veladas de Santa Eufrosina. El libro es todo él una evocación romana. He tenido ocasión de releer esta evocación en Italia, aunque no en Roma, y así he continuado jugando al interminable pasatiempo de evocar una ciudad cuando estamos realmente en otra. FRANCISCO GARCÍA JURADO

sábado, 10 de julio de 2010

PETERSBURGO A CONTRALUZ

Seguimos contando circunstancias de viajes a partir de algunas fotografias especialmente recordadas. Hace unos días, en la exposición sobre Turner que ahora se puede ver en el Prado, me vino a la memoria la fotografía que ilustra este blog. El contraste entre la luz y las sombras, entre las líneas horizontales y las que se elevan al cielo da forma a una determinada sensación, como es la creo que se plasma en esta imagen. Petersburgo, tras la dureza de Moscú, fue un gran regalo para los viajeros y estuvo a la altura de nuestras expectativas. Nos devolvió la serenidad. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE.
Fue en Moscú donde encontré, no sin ironía, una nueva categoría hotelera: "hotel con desencanto". Hace unos años no estaban tan extendidas las páginas web de reserva hotelera que permiten saber la opinión de los usuarios. Lo que creímos que sería un hotel aceptable vino a ser casi una cárcel, a las afueras de Moscú, y bastante peligroso en sus alrededores. A ello se añadieron varios días de lluvia y una ciudad bastante dura de recorrer. Algo tan sencillo como intercambiar una sonrisa, la sonrisa que podemos intercambiarnos entre personas desconocidas por cortesía, allí es sinónimo de desconfianza o debilidad y, naturalmente, no es correspondida. Menos mal que poco a poco logramos encontrar pequeños encantos, como la casa de Leon Tolstoi o la ruta de Bulgákov, que nos llevó al Estanque del Patriarca, y casi pude olvidarme de que estábamos en Moscú. Cuando al fin salimos de la ciudad, una noche, en el compartimento de un tren, el "Flecha roja", este hecho supuso para mí una liberación. A pesar de que el recibimiento de nuestro conductor por la mañana no fue precisamente bueno, San Petersburgo mostró ya de principio su lado amable. Aquello era otra ciudad, y allí pudimos pasear más tranquilamente, a pesar de que el tránsito rodado llegaba a ser a menudo insufrible. Llegar, por ejemplo, a la mítica Estación de Finlandia, supuso cruzar por un lugar no muy seguro, y pensé que, con este tráfico, hoy día a Lenin le hubiera sido imposible llegar hasta la ciudad desde su puno de llegada. Los canales de la ciudad, por cierto, me devolvieron sentimentalmente a Ámsterdam y a mis paseos de estudiante Erasmus, y tuve el placer de recordar una ciudad dentro de otra. Pero lo que más me gustó fue la luz de Petersburgo, gracias a la cual pude captar algunas imágenes espectaculares como la que se ve al comenzo. En Petersburgo, además, tomé una decisión transcendental para mi futura vida profesional y la de otra personas cercanas a mí. Allí comenzó a forjarse el proyecto de historiografía de la literatura grecolatina, precisamente una mañana paseando por las salas del Hermitage. Allí dejé enterrado un problema que había llevado desde Madrid. Creo que, vista ahora de manera retrospectiva, esta fotografía refleja alegría combinada con la serenidad del ánimo. FRANCISCO GARCÍA JURADO

jueves, 8 de julio de 2010

DE L'ALLEMAGNE


No en vano estos días he recordado más de una vez a una inteligente mujer que vivió entre los siglos XVIII y XIX: Madame de Staël. Esta impar mujer tuvo la ocurrencia de escribir un libro sobre Alemania en un momento en que Francia, bajo el imperio napoleónico, vivía grandes tensiones con el país vecino. Elogio a contracorriente y peligroso, es verdad, pero por ello elogio más sincero. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

Corría el año de 1810 cuando Madame de Staël publicó su libro sobre Alemania, que no tardó en convertirse en un libro perseguido. En él, por cierto, se reconoce de manera novedosa algo que hoy nos parece tan natural: que el gusto estético no es universal, y que depende de las naciones. Alemanes y franceses constituirían, pues, diferentes formas de entender el arte. Staël, gran viajera y conocedora de las tierras teutonas, quedó admirada ante el incipiente romanticismo, ante aquellos filósofos profundos, aquellas ciudades de cultura, como Dresde. Era, no en vano, la época en que se asientan las bases del humanismo moderno, de la renovación de la filología clásica, o de la nueva universidad, la que se vuelve científica al calor de los tilos de una bella avenida berlinesa. Es posible que hoy mis lectores reconozcan la circunstancia que motiva este inesperado texto. Dentro de unos años, si alguien llega a estas líneas, habrá olvidado la anécdota inmediata, pero no por ello dejarán de tener senido las palabras de afecto que aquí se expresan. FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

sábado, 3 de julio de 2010

MI VIDA, ENTRE JULIO CORTÁZAR Y AULO GELIO


Hace ya unos años, un joven paseaba por Alcobendas (Madrid) llevando en su mano una edición de Rayuela, de Julio Cortázar. Había comprado aquel libro por indicación de un amigo, y quedó fascinado ante el intrépido mecanismo que le permitía saltar de un capítulo a otro con relativa libertad. Rayuela era un juego literario, y hubo algo que le dejó especialmente confuso: una larga cita de un autor latino dentro de los llamados "capítulos prescindibles". El autor latino era Aulo Gelio, autor de las Noches áticas. El hecho de que ambos libros, Rayuela y las Noches áticas, pudieran leerse en libertad, que una y otra obra fueran collage y miscelánea, respectivamente, planteó una seria pregunta a aquel joven: ¿esta cita de Gelio en Cortázar responde al mero azar o hay una razón oculta para explicarla? La pregunta ha pervivido durante años, y un profesor de latín de la Universidad Complutense, acaso una sombra de aquel joven, tuvo la suerte de responderla. Este el inicio del trabajo que acaba de publicarse en Argentina, en la revista Argos (32, 2008-2009, pp. 45-63), de la Asociación argentina de estudios clásicos, con el título "La peculiar fortuna de Aulo Gelio en la moderna literatura argentina". POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE




Para Holford-Strevens, por su pasión y saber acerca de Aulo Gelio




Estamos acostumbrados a estudiar la fortuna de los autores clásicos hasta el siglo XVIII, donde parece que terminó para siempre una forma de relación con el mundo antiguo, precisamente la que explicamos dentro de los cauces de la tradición clásica. Sin embargo, cuando nos adentramos en los dos siglos posteriores, el XIX y el XX (no hablaremos del XXI, del que apenas tenemos aún conciencia), parece que las condiciones del estudio de esta tradición se vuelven más complejas, pues los clásicos dejan de ser parte de una convención compartida para convertirse en consciente elección frente a nuevas tradiciones, la popular y la moderna[1]. En el caso particular de Aulo Gelio, discreto escritor latino del siglo II de nuestra era y autor de la obra miscelánea titulada las Noches áticas, está claro que su fortuna tuvo su cénit en el siglo XVI y que ésta fue decreciendo a lo largo del XVII, sobre todo a medida que las misceláneas también caían en desuso ante nuevas formas de escritura más propias de la modernidad, como el ensayo[2]. Sin embargo, Aulo Gelio sigue vivo en la literatura moderna gracias, sobre todo, a su relectura en calidad de conjunto de relatos y de informaciones varias sobre asuntos variados. Es notable, por ejemplo, el caso del autor siciliano Andrea Camilleri, quien recrea, en homenaje a Vázquez Montalbán, un personaje llamado Montalbano, comisario y héroe cotidiano, con un espacio literario ubicado en una particular Sicilia. Sorprendentemente, Camilleri tiene un relato titulado “Lo que contó Aulo Gelio” dentro de su libro Un mes con Montalbano. Un conocido capítulo de las Noches áticas, precisamente el dedicado al episodio singular de Androcles y el león (Gel., 5,14), ha sido releído en clave detectivesca por Camilleri, que utiliza esta historia para explicar uno de los casos policíacos que narra. Sólo referiré el momento en que se nos habla explícitamente acerca de Gelio:

“Aquella noche se le caían los ojos de sueño y pensaba apagar la luz y echar un buen sueñecito, pero le llamó la atención un artículo largo dedicado a Aulo Gelio, con ocasión de la publicación de una selección de fragmentos de sus Noches áticas. El autor, después de haber dicho que Aulo Gelio, que vivió en el s. II después de Cristo, compuso su dilatada obra para entretenerse durante las largas noches invernales en su propiedad del Ática, concluía dando su opinión: Aulo Gelio era un escritor elegante de cosas absolutamente fútiles. Sólo cabría recordarlo por una historieta que contó, la de Androcles y el león.” [3]

El juicio sobre Gelio que aquí expone un crítico anónimo no resulta algo nuevo. El poeta Arturo Capdevila vio en Gelio el prototipo de la erudición vana, por lo que nuestro autor latino ha pasado a formar parte de esa nómina de eruditos inútiles que puebla la literatura. Precisamente, el poeta argentino Arturo Capdevila inaugura la peculiar historia de la presencia viva de un viejo libro en un siglo, el XX, y un lugar, el cono sur americano, donde, en principio, sería menos esperable encontrar un diálogo con Gelio, si lo comparamos con otras épocas y lugares, como, por ejemplo, las misceláneas renacentistas en Europa. Vamos a llevar a cabo este peculiar recorrido de la lectura de Aulo Gelio por la literatura argentina del siglo XX a partir de cuatro puntos de vista diferentes: la recreación de la figura del autor como tal autor, la cita de sus textos, el comentario que merece su obra y, finalmente, las posibilidades de relectura que ofrece para la modernidad. Para ello, utilizaremos, respectivamente, los testimonios de Arturo Capdevila, Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges.



[1] García Jurado, F. “¿Por qué nació la juntura “Tradición Clásica”? Razones historiográficas para un concepto moderno”, CFC (Lat.) 2007, 27/1, pp. 161-192
[2] Así lo hemos estudiado en nuestra ponencia titulada “La antología inminente. Aulo Gelio y la literatura española del siglo XVI”, presentada al XX Coloquio Internacional de Filología Griega (Universidad Nacional de Educación a Distancia, Madrid, 5 de marzo de 2009).
[3] Andrea Camillero, Un mes con Montalbano, Barcelona, 1999, pp. 199-207.




FRANCISCO GARCÍA JURADO

martes, 29 de junio de 2010

IGUALES A LOS DIOSES MEJOR QUE A LOS BRUTOS


Durante este curso que termina he tenido la ocasión de ver varias veces el magnífico ejemplar que los entendidos llaman "el Salustio de Ibarra". La Biblioteca Marqués de Valcecilla y el Palacio Real (en la ilustración) fueron los escenarios ideales, y mis alumnos tuvieron la suerte de ser testigos privilegiados de esa contemplación. Es sin duda un gran libro, representante de una política absolutista, que llegó a las manos de los más poderosos de Europa, compuesto por personas que quisieron parecerse más a los dioses que a los brutos. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

"La conjuracion de Catilina y la Guerra de Iugurta por Cayo Salustio Crispo" fue publicada en Madrid a cargo del mitico Joachin Ibarra, Impresor de Camara del Rei Nuestro Señor, en el año de 1772. La traducción del texto latino debe ser atribuida al Infante D. Gabriel Antonio de Borbón, si bien fue revisada por Francisco Pérez Bayer. Esta obra fue considerado con toda razón como el mejor libro impreso en la España del siglo XVIII. Se trata de la traducción de las dos obras que se han conservado completas del historiador latino Salustio, La conjuración de Catilina y Guerra de Yugurta, y responde a lo que podemos considerar como una obra compuesta en equipo con un consciente fin político y propagandístico. El libro, de hecho, representa las nuevas ideas sobre la enseñanza auspiciadas por Gregorio Mayáns tras la expulsión de los jesuitas de los dominios españoles en 1767. De esta forma, el infante aparece como beneficiario ejemplar de los nuevos principios educativos, en particular los relativos a la enseñanza del latín, que el propio Mayáns había plasmado en obras tales como su Idea de la gramática de la lengua latina (1767). Así las cosas, este Salustio responde a la cuidadosa creación de un personaje, el de un infante humanista que encarna lo mejor de la educación y la Ilustración carolina. Ya en el prólogo, sin firma alguna, don Gabriel escribe en primera persona acerca de sus intenciones de reforma del buen gusto literario en España para luego referirse, también de manera implícita, a su preceptor, el polígrafo Francisco Pérez Bayer, que escribió para él un tratado sobre las letras fenicias, incluido a manera de apéndice dentro de la misma obra. El deslinde entre el personaje del infante y el de la persona de carne y hueso es cuestión compleja, pues al menos tres personas han intervenido directamente en esta empresa editorial: además del propio infante don Gabriel como traductor, está su preceptor, Pérez Bayer, en calidad de supervisor del texto y autor del estudio ya referido, y el impresor Joaquín Ibarra, artífice de la magnífica edición que es gloria de la imprenta española. Tampoco es baladí la labor de los diseñadores y grabadores de las estampas que convirtieron este libro en una verdadera obra de arte difundida entre las personas más notables de Europa y hasta de América, pues llegó a las mismas manos de Benjamin Franklin. Cada página de esta obra es un pequeño prodigio tipográfico, pues presenta el texto castellano en cursiva y, debajo de él, el texto latino a dos columnas y en letra redonda. El tercer elemento lo constituyen las notas eruditas, igualmente importantes para comprobar la excepcional erudición manejada. Que la obra tipográfica más importante y bella de aquel siglo esté dedicada a un historiador latino no es un hecho casual. Precisamente, la restauración del buen gusto literario se hace con un doble punto de referencia: los clásicos grecolatinos y los mejores autores españoles del siglo XVI, que también son traductores de los primeros, como es el caso de Fray Luis de León, traductor de Horacio y Virgilio. De esta forma, el infante traduce a Salustio a la manera de aquellos autores españoles del Siglo de Oro, con el empeño decidido de pasar a la posteridad gracias a una gran obra, y atiende a las propias enseñanzas del historiador latino, en especial cuando éste nos habla de los afanes humanos al comienzo de su biografía sobre Catilina, que reproducimos aquí como colofón en la propia versión del infante:
“Justa cosa es que los hombres, que desean aventajarse a los demas vivientes, procuren con el mayor empeño no pasar la vida en silencio como las bestias, a quienes naturaleza criò inclinadas a la tierra y siervas de su vientre. Nuestro vigor y facultades consisten todas en el animo y el cuerpo: de este usamos mas para el servicio, de aquel nos valemos para el mando: en lo uno somos iguales a los Dioses, en lo otro a los brutos.”
FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE