Damos hoy comienzo a la serie de entregas relativas a la histoira de la palabra "clásico". Hoy veremos cuestiones preliminares y se trazará el esquema que va a seguirse en el estudio. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGEAsí las cosas, nuestro objeto de estudio lo componen especialmente los textos de Gelio relativos a la palabra classicus en sus dos acepciones: la originaria, de carácter social, y la metafórica, que apunta a la idea de los mejores autores. Haremos después un recorrido histórico del término a partir de dos momentos estelares: el siglo XVI, que marca su resurrección y generalización, y el siglo XIX, que lo transforma profundamente. Tras estudiar algunos de los autores esenciales que revisaron el término a mediados del siglo XX, llegaremos a dos obras clave de Italo Calvino: Por qué leer los clásicos y Las ciudades invisibles.
Nuestro método de trabajo no supone tanto una mera enumeración lineal de testimonios como una ponderación adecuada de ciertos momentos esenciales que nos ilustran acerca de la visión antigua y moderna del propio concepto de clásico. Seguiremos para ello un criterio de oposición entre términos: classicus frente a proletarius o, siglos más tarde, “clásico” frente a “romántico”, que viene a ser una reformulación de la dicotomía entre “antiguos” y “modernos”. Nuestro estudio se desarrolla según el siguiente esquema: (1) el uso que Aulo Gelio hace de classicus adsiduusque frente a proletarius, (2) el uso que Luis Vives hace de classici frente a proletarii atque etiam capitecensi; (3) los “clásicos” frente a los “románticos”; (4) la crisis de mediados del siglo XX: proletarius, non classicus; (5) los clásicos cotidianos, o la biblioteca personal y (6) la ciudad invisible … de los clásicos.


